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Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie cover

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Chapter 15: CAPITULO II.
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About This Book

A Colombian traveler recounts an Atlantic voyage that begins with river journeys along the Magdalena and visits to coastal towns, proceeds through shipboard episodes and storms, and continues with extended stays in England and France. The narrative follows routes from London to Paris, then through Burgundy, Lyon and the Rhone valley into southern France, before entering Spain to describe Catalonia, Valencia, Madrid, Toledo, La Mancha and extensive Andalusian landscapes and cities such as Granada, Seville, Córdoba and Cádiz. Observations alternate among monuments, urban life, commerce, industry, social types, local customs and reflective comparisons about Spain’s condition and institutions.

Después, el día 28, estuvimos en plena tempestad. El huracan zumbaba sacudiendo las chimeneas y todo el arbolaje; la lluvia oscurecía el cielo; las olas venían como derrumbes á bañar todo el puente de cubierta; y el enorme buque, soltando fatigado sus negras bocanadas de humo, saltaba entre las concavidades de las ondas como un toro enfurecido por los golpes que en todas direcciones recibe. Tres noches de peligros, noches solemnes y sombrías, tuvieron á todos los pasajeros en ansiedad, aunque al venir el dia los espíritus se tranquilizaban y el buen humor volvía. La noche multiplica siempre la gravedad de las impresiones, y es el sol con sus eternas alegrías el que hace palpitar el corazon de esperanza y placer.

El 7 de marzo todos los pasajeros saludámos con alegría, desde temprano, la faja oscura que indicaba la cercanía del cabo Lizard, en la costa de Inglaterra, que determina con la punta francesa de Brest la ancha embocadura occidental del canal de la Mancha. Por una singular casualidad, el canal estaba tranquilo como un lago, y sus aguas verdes y trasparentes reflejaban un cielo magnífico.

Centenares de bergantines y goletas, de botes carboneros y de barcas pescadoras se cruzaban en todos sentidos, ya mostrando el rico velámen, y el pabellon frances, inglés ú holandes, ya la roja y única vela del barco pescador ó puramente costanero, rápido como una gaviota que roza apénas la superficie de las ondas. Puertos pintorescos; bellísimas bahías en cuyo fondo se veian las poblaciones, entre otras Falmouth, Plymouth, Dartmouth y Sidmouth; multitud de fanales brillando á la luz de un sol que no parecia de invierno; colinas ondulantes, surcadas por el arado para recibir luego la simiente, ó campos cubiertos de una vegetacion amarillenta ó gris; depósitos lejanos de nieve detenidos sobre las rocas ó en los pliegues del terreno; y picos y peñascos románticos de formas admirables, destacándose sobre las olas en los pequeños golfos de la costa y formando semicírculos de trecho en trecho: todo eso, contrastando con la multitud de casas campestres levantadas sobre las colinas y los planos inclinados, entre arboledas disecadas y ennegrecidas por el invierno, que parecian esqueletos aéreos, tenia un encanto indefinible, preparando mi imaginación para el espectáculo enteramente nuevo de la civilización europea.

Recordaba las selvas y los desiertos de mi patria, donde la naturaleza reina sola en todo su esplendor; donde faltan el cultivo, el arte, la prevision y los monumentos que atestiguan un colosal progreso y la actividad de la vida industrial; y la comparación me afligia profundamente. Saludé con entusiasmo á este viejo mundo que se me ofrecía como un inmenso libro de estudio y observación; y cuando puse el pié sobre los muelles y diques de Southampton comprendí que una nueva existencia empezaba para mi corazon, ansioso de impresiones, y mi espíritu, anhelante de luz, de ciencia y de progreso.

* * * * *

SEGUNDA PARTE.

ALGO DE INGLATERRA Y FRANCIA.

* * * * *

CAPITULO I.

* * * * *

SOUTHAMPTON.

La ciudad y su puerto.—Movimiento comercial.—Interior de la ciudad.—Primeras impresiones.—Un compañero mistificado.—El primer tren de ferrocarril.—De Southampton á Londres.

Southampton es una ciudad interesante y pintoresca bajo todos aspectos y que tiene la bella cualidad de predisponer el espíritu del viajero en favor de Inglaterra, á la cual sirve de vanguardia comercial en el centro del canal de la Mancha. Un bonito rio de diminutas proporciones desemboca en el arrabal de la ciudad, confundiéndose con la angosta y hermosísima bahía que le sirve de asiento hácia el Sur, y que la primorosa isla de Wight interrumpe en la embocadura, formando dos canales marítimos entre las costas de Portsmouth y Lymington. La bahía, penetrando en la tierra vigorosamente, se ensancha en el, interior en una especie de círculo oblongo, y por todos lados la costa es el término de colinas notablemente bellas, pobladas de quintas, palacios, bosques artísticos de pinos y encinas, jardines espléndidos, sementeras de cereales y huertas de frutas y legumbres. Todo ese conjunto es tan pintoresco, que aún en medio de los rigores del invierno conserva su gracia y seduccion.

En el fondo de ese horizonte de primores artisticos y trabajos de cultivo refinado, de toda esa decoracion de palacios y casas campestres elegantes, dormían las ondas cristalinas y azules de la bahía, contrastando con la multitud de conos caprichosos, brillantes á la luz del sol, de espesa nieve aglomerada al pié de los árboles y los enrejados, los setos y los grupos artísticos de invernáculos y alamedas enanas. Y en el centro de ese interesante anfiteatro de ondas azules, rocas, colinas, palacios y pequeños pinales, se destacaban las chimeneas y los mástiles de multitud de grandes y pequeños vapores, gigantescos navíos, bergantines y barcas, y se cruzaban caracoleando, impulsadas por el remo, centenares de lanchas ó faluchos pintados de colores, como mariposas volando sobre la tersa superficie de un lago.

Southampton es el centro y punto de partida de muchas grandes líneas de paquebotes que giran entre Inglaterra y las Antillas, Francia, el Norte de Europa, España, Portugal, todo el Mediterráneo, el Brasil, el Africa y la India. Esta circunstancia es la que ha contribuido mas poderosamente á darle mucha importancia comercial á Soulhampton y crear allí un movimiento poderoso en la telegrafía, los ferrocarriles, las comisiones de cambio, las industrias marítimas, las construcciones navales, los correos y las grandes importaciones de metales preciosos, tintes finos y otros artículos de produccion trasatlántica.

La bahía carece en el puerto de esas famosas construcciones de mampostería que se llaman docks ó diques (tan útiles y necesarias en Lóndres, Liverpool y otros puertos comerciales), obras que allí son reemplazadas con muelles de mampostería y de madera, de grandes proporciones, avanzados á una distancia considerable. Así, á pesar del excelente fondeadero del puerto, la accion de la marea es siempre indispensable para la entrada de los grandes vapores y los buques de vela.

La aduana de Southampton tiene un movimiento extraordinario, y á pesar do la rigidez con que se hacen los registros y se cobran los derechos pude observar dos cosas muy notables: 1ª que en Inglaterra el viajero es tratado con decencia y respeto por los empleados fiscales, pues allí no hay esas inquisiciones sobre la persona, que insultan 1ª delicadeza del hombre de honor y el recato de una señora; 2ª que el viajero que quiere evitarse prolijos registros en su equipaje, no necesita mas que decir franca y lealmente lo que lleva en sus baules, en cuyo caso el registro se limita á los objetos denunciados por el propietario. En Inglaterra se tiene un gran respeto por la palabra del hombre, y la sinceridad es siempre el camino mejor. Una señora es muy considerada por los funcionarios públicos. Por lo demas, si alguna dificultad se presenta, los chelines lo arreglan todo en último resultado, pues en este punto Inglaterra se parece á todo el mundo. Lo que allá es cuestión de pesos, de reis ó dollars, por acá es asunto de chelines, francos, thalers ó florines: los nombres varían, pero el dinero tiene en todas partes la misma elocuencia para todos los pueblos.

Después de salir de los vastos salones de la Aduana, el viajero se ve asaltado por los cocheros y carreteros, especie de mendigos sobre cuatro ruedas, que se disputan los chelines del gentleman novicio. Cuando la gavilla da el asalto lo mas prudente es no escoger el victimario, sino entregarse á discreción del primero que llega, so pena de ser estrangulado con equipaje y todo. La primera parte de la ciudad pertenece propiamente al puerto, la aduana, la estación del ferrocarril y del telégrafo y todo lo relativo al servicio de comunicaciones. Allí es donde tiene el marino su soberanía, campea gallardamente el remero, atruena el carretero, y se pavonea, trasformado, el steward (sirviente de paquebote) que pocas horas antes servia al pasajero la hirviente taza de punch.

El cuadro de costumbres es animado y vigoroso, porque todas las gentes que se cruzan por las cercanías de la aduana son los obreros del sol y del agua, endurecidos por las fatigas de un trabajo penoso. Ya tropieza el viajero con el marino de pequeña estatura, rollizo y mofletudo, con su chaqueta de paño negro, abierta, el ancho cuello de la camisa de franela, el sombrerito redondo y charolado, puesto al desgaire sobre una oreja, la corbata negra y flotante y los monumentales botines llenos de clavos, sonando como herraduras de caballos. Ya pasa el carretero como un derrumbe, atrepellando á todo el mundo, enorme, tosco, insolente y oliendo á cerveza como un tonel, trasportando castillos ambulantes de equipajes y trastos, con una fuerza y agilidad que parecen prestadas al caballo normando y á la locomotiva. Ora nos codea el steward, sonriéndonos con malicia porque nos muestra suspendida del brazo la Calipso a quien ha consignado todos los chelines escamotados en la navegacion, y porque en vez de la humilde servilleta, esa blanca y prosáica librea del comedor flotante, ostenta una levita azul de botones amarillos ó blancos, la cachucha del doméstico marino y el estrecho corbatín del dandy. En fin, el guarda de la aduana, con sus aires de persona importante ó cancerbero del puerto, arroja sobre el recien venido una mirada escrutadora ó de proteccion, como para hacer comprender que tiene en sus manos las llaves de las puertas.

La segunda parte de la ciudad, separada del puerto, aparece luego pintoresca, alegre y agradable por la elegancia de sus casas, fondas y palacios, la hermosura de sus alamedas, el aseo exquisito de sus anchas calles macadamizadas, la gracia de sus jardines, el humo de sus altas chimeneas, sus azoteas de techos cubiertos de nieve, sus ricos é innumerables almacenes, las románticas torres de estilo gótico de sus templos, y el movimiento incesante de paseantes, de vendedoras de fruslerías, de hermosas damas y loretas, de coches, de carretas, de barateros, de muchachos gritando, y de cuanto puede hacer la animacion de una ciudad comercial.

Southampton es una ciudad renovada, y de esto dependen en mucha parte sus bellezas materiales y el carácter de su poblacion. Esta es de cuarenta á cincuenta mil habitantes, que el movimiento exterior aumenta accidentalmente mas ó menos. La ciudad tiene un teatro, que regularmente está cerrado;—y carece de periodismo, pues solo cuenta una hoja hebdomadaria. Su verdadero periodismo está en Lóndres, á causa del movimiento activo de la telegrafía y los ferrocarriles; y por lo que hace á teatro los Ingleses no le tienen mucha aficion. El Francés ama el teatro, el café y el periódico;—el Inglés las carreras de caballos, la Bolsa y el almacen. Y en una ciudad tan esencialmente comercial como Southampton, donde se cruzan dia por día millares y millares de viajeros sucediéndose con rapidez, los espectáculos carecen naturalmente de importancia. Allí el silbido incesante de la locomotiva, al partir ó al llegar, en la amplia estacion que centraliza muchos ferrocarriles en actividad prodigiosa; los numerosos partes telegráficos haciendo vibrar los alambres eléctricos á todas horas; las especulaciones consiguientes á los negocios trasatlánticos, y el movimiento aturdidor de grandes carretas de mercancías cruzándose en todas direcciones, le hacen comprender al viajero que en Inglaterra no hay casi tiempo para vivir, ni mucho menos para divertirse.

En este país del comercio, de la especulación, de la vida práctica, de los espíritus serios, reflexivos, glacialmente calculadoras, el tiempo es el capital mas valioso, y para sacarle interes ó hacerlo producir todo el mundo anda como en ferrocarril, no obstante la frialdad de los caractéres. Cada palabra sale medida, tasada por los labios, por economía; cada hombre es una locomotiva, un tren expreso; cada accion es un cálculo; el ser humano es el número hecho carne y hueso,—la aritmética pensando ú obrando. En Inglaterra se vive tan apriesa, que la nación entera es un circo de corridas de caballos ó un inmenso railway.

Allí no hay tiempo para sentir el corazon, porque el bolsillo es todo. Ser Inglés negociante no es una manera de ser moral; es apenas una operacion de aritmética, formulada por una cabeza, un par de brazos, otro de piernas, etc.

Southampton es una bella ciudad. Carece de monumentos, porque es casi nueva, pero tiene varias iglesias de estilo gótico normando algo curiosas. Su verdadera edilidad se reduce á puentes secos muy sólidos, muchas líneas de ferrocarriles, grandes y espléndidas fondas, hermosísimas quintas en los alrededores, algunos edificios públicos muy bien mantenidos, y un sistema generalmente elegante en las construcciones de las casas.

Las calles son en lo general muy espaciosas, muchas de ellas cortadas en ángulos rectos, y casi todas con el suelo macadamizado. No faltan bellos paseos, grandes plazas muy bien mantenidas y abundantes mercados.

El barrio opulento, donde tiene sus grandes y lujosos almacenes el comercio, es el del lado occidental, comprendiendo principalmente las calles magníficas de High y Oxford, en cuyas innumerables tiendas se encuentra reunido cuanto la civilizacion de Europa y el comercio del mundo pueden producir.

En el centro están los talleres ó fábricas y las habitaciones de la clase media; al sur, cerca de la grande estacion del ferrocarril y el telégrafo, y de la aduana, se encuentran los famosos hoteles para los viajeros; y en el barrio oriental viven los obreros, se cruzan las vivanderas y hormiguean los campesinos, terminando la ciudad hácia el norte y el éste por una serie de quintas, huertas de hortalizas y jardines que tienen el aspecto mas pintoresco aún en los dias helados de invierno rigoroso.

Recorriendo rápidamente los barrios de la ciudad pude penetrar en varias iglesias y recorrer sus cementerios adyacentes. Al entrar en un templo anglicano, vacío, oscuro, sin adornos de ninguna clase, sin imágenes ni ficciones, se siente (la primera vez) una vivísima impresion. Allí toda poesía falta: aquel no es el reino de los sentidos, sino el de la razon. Se comprende que el templo del protestante no es lugar de fiesta mundanal ó de espectáculo, sino de recogimiento solemne; que Dios no es allí el actor de formas humanas impíamente rebajado á figurar en un teatro lleno de colores, colgaduras y cuadros de pintura, sino un poder invisible y supremo, adorado con infinito respeto, y tan grande, tan inefablemente bello, que no puede ser representado, porque no hay en el mundo nada que se le parezca, excepto el alma del hombre, partícula misteriosa de un poder inescrutable.

Jamas he creído en eso que se llama sofísticamente el destino de las razas; sino que, para mí, son las instituciones, no la sangre (ni los climas en tanto grado) las que forman el carácter moral de los pueblos. Pude confirmar esta opinion al visitar, por la primera vez de mi vida, en Southampton, una iglesia protestante. Ningun pueblo fué mas feroz hasta la edad media, que el de Inglaterra; ninguno mas turbulento y antipático para la civilizacion. Y sinembargo, hoy es frio, reflexivo, civil, pacífico, humano, moral y eminentemente progresista. ¿Quién ha operado este prodigio?—El protantestismo y las libertades públicas aseguradas en las dos revoluciones del siglo XVII.—Si ellas le han dado al pueblo la vida civil y la moralidad con la conciencia del derecho, el protestantismo ha fundado en Inglaterra el reinado de la razon, del libre exámen, de la veneracion profunda, sin los atavíos de la supersticion y de la idolatría moderna.

No hay en Inglaterra objeto tan respetable como las tumbas; un cementerio es allí positivamente el templo de la muerte, que goza de absoluta inviolabilidad. El extranjero quo ignora esto, se admira mucho, al recorrer á Southampton ú otra ciudad inglesa, de ver los cementerios al lado de las iglesias, separados de la calle solo por una verja con entradas libres, y ostentando sus sencillos y severos monumentos entre yedras y pequeños cipreses, sin que esto desagrade en manera alguna. Muchos de esos monumentos, con inscripciones ordinariamente en latin (esa lengua de los muertos,—hombres, siglos ó imperios) se reducen á piedras talladas, colocadas de pié como linderos. No dudo que este sistema de panteones al aire libre, dentro de las ciudades, sea pernicioso para la salud; y en Inglaterra se trabaja ya por suprimirlos. Pero hay para mí no sé qué de filosófico, de solemnemente epigramático en esa union de la vida y la muerte. La multitud, al desfilar por la calle delante de un panteon, comprende cada dia que la tumba es el fin de las miserables pasiones de una vida que la virtud no engrandece, y fortifica su conciencia para la peregrinacion mundanal con el pensamiento de ese algo misterioso que se adivina detras de la losa.

Pasemos de la muerte á la vida. Inglaterra es el país de las mujeres hermosas, admirablemente hermosas, pero no bellas,—es decir, estatuas de nácar primorosamente modeladas, con cabellos de oro, crespos y abundantes, ojos azules ó castaños, morbidez de formas, piel rosada y purísima, brazos encantadores, y todo un conjunto de Venus corporal, salvo eso si los piés, que pertenecen al género fosil ó antediluviano, porque son mastodónticos. Pero esas mujeres de tan completa hermosura, carecen, en general, de esa vida en la mirada, ese fuego en la sonrisa, esa poética expresión reveladora del alma y del sentimiento, que constituyen la belleza. No hay que confundir jamas la bonita, la graciosa, la linda, la hermosa y la bella en una vulgar y común denominación, porque cada una de ellas es un tipo especial que corresponde á condiciones diferentes.

Pero si Inglaterra es el país de las hermosas, y Lóndres encierra centenares de miles de esas hadas engañosas (verdaderos sofismas, puesto que lo moral no corresponde con la seducción física),—las ciudades como Southampton y Liverpool son los puestos avanzados de ese admirable ejército de caras admirables. Como allí se reúnen tantos extranjeros, ricos americanos, gallardos españoles y elegantes franceses, pasando del uno al otro mundo, el diablo (por sí ó por no le echaré la culpa)—el diablo que no se duerme y es muy previsor y hospitalario, ha tenido el talento de inspirar á muchas de sus mas hermosas parroquianas un loco entusiasmo por las brisas marítimas de Southampton. Infeliz del extranjero que no tenga fuerza para resistir á la seduccion de esas sirenas peligrosas, y crea en los tesoros del amor de puerto de mar!

Conozco la historia auténtica de un excelente Hispano-colombiano, solteron sencillo, que acostumbrado a ver las caras aceitunadas de su parroquia de indígenas, se vino á desaburrirse en Europa. Al llegar nomas á Southampton, el buen descendiente de Colombia, que nunca las había tenido tan gordas, se encontró lelo. Empezó por enamorarse de todas las hembras que veia, porque todas le parecían señoritas de rango, supuesto que usaban gorras de terciopelo, trajes de seda y elegante calzado, atavíos que en Hispano-Colombia corresponden solo á las damas de buena sociedad. Pero luego luego fué reparando que sus señoritas vendían frutas ó baratijas, ó llevaban distintivos de domesticidad, y perdió sus primeras ilusiones, en asocio de unas cuantas manotadas de libras esterlinas representantes de las viejas onzas desempaquetadas.

Con todo, la fascinacion seguía, y nuestro solteron parecia confinado á Southampton, mirando en derredor cómo aturdido y con los ojos claros y sin vista. Un dia vió pasar una hermosa sirena en un lujoso coche, y luego descender sobre el enlosado de la calle. Se cruzaron, y la Inglesa que adivinó bajo el paltó del Colombiano la existencia de una mina de oro, le arrojó una de esas miradas que tumban de redondo como las bolas del gaucho de Buenos-Aires, y le magnetizó. Lo demás siguió como todas las historias de amor. Ello es que á vuelta dé dos meses nuestro solterón del Nuevo Mundo se apercibió, en un momento lúcido, de que apenas le quedaban unas 150 libras por todo fondo, sin relaciones ningunas que le sacasen del apuro. Preciso le fué resignarse. Hizo su paquete, se le huyó á la sirena y se embarcó para Colombia, con el placer de haber conocido a Europa…. Él tenia la persuacion de que después de Southampton el mundo se acababa de este lado del Atlántico. Bienaventurado!

En Southampton fuí testigo de un episodio graciosísimo, cuyo resúmen daré apénas. En el hotel en que permanecí en esa ciudad con mi familia, durante cuatro días, había una señorita sumamente linda, llamada Fanny, y estaba hospedado un joven compañero mío de navegacion. La ley de la atraccion produjo sus efectos y mi compañero (le llamaré H) se enamoró perdidamente de Miss Fanny. Esta no fué insensible, y concedió algunas coqueterías inocentes, propias de los diez y seis años. H no pensó mas en seguir á Lóndres ó París, y cada momento hacia ingeniosas evoluciones para lograr instantes de conversacion a solas con la chica, como él, á fuer de Español, la llamaba, un dia entraba yo á la casa, ví á Miss Fanny en un balcon y me detuve á saludarla y habrarle algunos momentos en muy macarrónico inglés. Subí, y al pasar por un corredor dí con H, que salia de una sala común frotándose las manos y muy alegre.

—¿Qué tenemos? le dije.

—Que la chica Fanny acaba de darme el beso mas suculento del mundo!

—Diantre! le repuse, si yo acabo de verla en el balcon….

—Es imposible, porque yo salgo de hablar solo con ella en el salon opuesto.

No quise adelantar la discusion por prudencia, pero quedé persuadido de que la afirmacion de H no era mas que una chapetonada, mentira de amante jactancioso. Al siguiente dia un lance muy cómico nos aclaró el misterio. Miss Fanny tenia una hermana gemela, tan perfectamente igual en todo, que ni mi esposa con la penetración de una mujer había podido distinguirlas. Como el joven Español no sabia una jota (ó una h) de inglés, su lenguaje había sido el de las sonrisas y señas, las flores y regalos de fruslerías elegantes, etc., etc., y había podido sostener, sin saberlo él y sin que lo comprendieran Fanny y Caroline, un sistema do amorcejos por partida doble; no sin admirarse algunas veces de la rapidez con que Fanny entraba por una puerta y salía poco después por la contraría, fenómeno de bilocuidad que se comprendía al saber que había en la casa dos Fannys ó una Fanny por duplicado.

Debo hacerle á mi Español la justicia de advertir que al punto de comprender el juego en que una rara casualidad le habla mantenido, se fué á tomar su billete para el tren de Lóndres, resuelto á evitar unos amores por duplicata que podian tener mal fin despues de un principio tan risible. Aconsejo á los lectores muy respetuosamente que eviten en todo caso los amores de fonda, tan peligrosos como las amistades de corrillo,

El 12 de marzo tomé el tren expreso que partía para Londres á las once y media de la mañana. ¡Qué impresion tan vigorosa la que experimenté al sentirme por primera vez arrastrado, con la rapidez del huracan, por ese animal de hierro, animado por el espíritu del hombre y silbando como una enorme serpiente enfurecida, que se llama locomotiva! El alma se siente fascinada por ese poder que la hace delirar, soñar con la vista de regiones misteriosas cubiertas por la niebla luminosa de la ciencia, y asistir á la maravillosa generacion infinita del progreso.

Los bosques, las quintas, los castillos aristocráticos, las chozas rústicas, las colinas, las llanuras, los riachuelos, las sementeras, los ganados y las poblaciones, pasan por delante del viajero como visiones fantásticas ó cuadros de leyendas fabulosas;—y la ilusion es tan poderosa algunas veces, segun la hermosura del paisaje, instantáneamente descubierto y perdido, que se llega hasta dudar de sí mismo y palparse para convencerse de que aquello no es un sueño, sino una gigantesca y sublime realidad de los prodigios de la civilizacion. Es en presencia de esos espectáculos que se aprende á: estimar el mérito del hombre, á respetar la ciencia, adorar á Dios como el gérmen supremo del espíritu soberano que agita á la humanidad, y tener fe en el progreso como el destino interminable de la Creacion!

La línea férrea de Southampton á Lóndres gira por en medio de un interminable paisaje de los mas bellos colores, de una riqueza vigorosa en todos los pormenores como en el conjunto, en donde se confunden, formando un juego encantador, las obras de la industria con los encantos de una naturaleza apacible y de contornos suaves. Sinembargo, la rapidez del tren no permite apreciar bien los objetos, salvo en las numerosas estaciones cerca de las ciudades y las villas que demoran sobre el trayecto.

En Inglaterra hay una absoluta libertad industrial que permite el establecimiento de trenes, ferrocarriles y telégrafos sin sujecion casi á reglamentos de la autoridad, y por eso cada compañía se esfuerza por rivalizar á las demás. De aquí proviene la rapidez muy notable de las locomotivas inglesas, que hacen 35 á 40 millas por hora, miéntras que en Francia no vencen sino unas 30. Los Ingleses estiman en mucho el tiempo y no evitan nada por economizarlo. Tambien es de notarse la gran multiplicacion de alambres en los telégrafos que están adjuntos á las líneas de ferrocarriles, circunstancia que se presta á una mayor precision y un servicio mas extenso de la telegrafía en Inglaterra.

El hecho que resalta mas á la vista del viajero al atravesar las campiñas inglesas es, aparte del órden admirable en los establecimientos agrícolas, el tino con que se aprovecha todo el terreno sin desperdiciar una partícula. Así, al lado del parque aristocrático destinado solo á los placeres campestres, se ve la magnífica huerta de preciosas legumbres y árboles frutales, admirablemente bien conservada y tan limpia como el pavimento de un salon; y el jardin mismo, que parece no ser sino un objeto de recreo, da sus productos á merced de un cuidado singular.

Mientras que la estéril colina arenosa ó de terreno calizo es aprovechada con bosques artificiales de pinos y otros árboles alpestres, en extension muy considerable y con gran provecho por la renta que procuran, al mismo tiempo que hermosean primorosamente todas las eminencias,—las llanuras están pobladas de ganados lustrosos y robustos, de razas cuidadosamente educadas y mejoradas; los cuadros de plantaciones ostentan su variada vegetacion, ó el arado vigoroso del agricultor inglés (siempre movido por caballos enormes) abre los surcos fecundantes que preparan la simiente.

Por todas partes se cruzan las acequias, en una red inteligentemente preparada, para la irrigacion de los campos; el obrero trabaja con laboriosa asiduidad aún en medio de los depósitos de nieve que salpican de trecho en trecho los setos de las llanuras y blanquean bajo la sombra oscura de los pinos y abetos; innumerables quintas y casas campestres de construccion pintoresca y caprichosa, se destacan en todos sentidos de entre los grupos de pinos enanos y los jardines y huertos; los puentes, los caminos vecinales, los pequeños diques de irrigacion, las fábricas y los rediles se multiplican hasta lo infinito, dándole al inmenso cuadro los mas graciosos contornos; y de tiempo en tiempo se alcanza á ver el grupo encantador de las casas de alguna pequeña ciudad, dominada por las altas torres de las iglesias, católicas y protestantes, miéntras que atras oscurece la perspectiva el ancho lomo de alguna colina cubierta de negros pinos repartidos en interminables callejuelas sombrías, ó brilla á la luz momentánea del sol algun pequeño rio de graciosa configuracion.

Al recorrer los campos de Inglaterra se comprende el misterio de la grandeza universal que favorece á esa nacion, porque se ve que aquel pueblo, que vive como en el puente de un inmenso navío flotando entre dos mares, ha comprendido que su aislamiento físico le impone la necesidad de desarrollar simultáneamente todos los intereses. En presencia de la riqueza británica no se sabe qué decir de su carácter,—si es agrícola, industrial ó comercial,—porque lo es todo, y en alto grado en todo. La agricultura inglesa no tiene rival en Europa, por su irrigacion, su régimen de cultivo, la educacion de las crias, sus instrumentos de labor, sus excelentes abonos, la fecundidad del suelo, la paciente laboriosidad de los obreros y otras circunstancias.

Pero si al recorrer los campos se cree que Inglaterra es principalmente agrícola,—despues se la juzga fabricante al visitar las inmensas, poderosas é innumerables fábricas de sus catorce ciudades manufactureras, así como al conocer á Lóndres, Liverpool, Bristol, Southampton y otros muchos puertos de mar y de rio se inclina el viajero á reconocer que el carácter comercial es el predominante. Al cabo es preciso persuadirse de que Inglaterra es todo en primera línea, excepto espiritual y artística, pues sus géneros de trabajo son los que los especuladores llaman positivos, como, si todo lo que es útil en el mundo no produjese riqueza.

Las mas importantes ciudades del tránsito, entre Southampton y Lóndres, son las de Winchester y Bishopstoke. La primera es de gran celebridad histórica y bien considerable por su poblacion y su sociedad literata; es el asiento de un arzobispado de primer órden, y á parte del mérito de muchos de sus edificios antiguos tiene una famosa catedral de arquitectura gótica que es uno de los mas notables monumentos de Inglaterra y aún de toda la Europa. El exterior es imponente y majestuoso por su tamaño y por el carácter secular y admirable de su arquitectura,—y el interior tiene mil primores de arte y reliquias históricas (no obstante que es catedral protestante) que son consideradas como de mucho valor.

Bishopstoke es mucho mas reducida en todos sentidos, y es una ciudad prosáica y sin particularidad alguna en lo material, pero tiene su especialidad para la agricultura y el comercio que la hace notable. Es un gran mercado de quesos, tan valioso, que de allí parten para todo el país y el extranjero valores muy considerables en ese artículo que es al mismo tiempo fruto pecuario y fabril.

La igualdad del terreno, que es perfectamente plano para el viajero, y la multitud de puentes secos, tunels y bosques de pinos en todo el trayecto, no permiten registrar de lejos el inmenso panorama de Lóndres. El viajero presiente que va á llegar, porque ve que los jardines, los parques, los caminos y las quintas se multiplican de un modo prodigioso, y siente muy cerca, casi de minuto en minuto, los silbidos de las locomotivas que arrastran los trenes de otras líneas cercanas de ferrocarriles dirigidas a la colosal metrópoli. Al fin se alcanza á ver una larga fila de colinas, á la derecha, poblada de arrabales de Lóndres y de castillos y quintas; luego se descubre á la izquierda la primorosa planicie ó valle del Támesis que se extiende hacia Richemond, y se ve serpentear el opulento rio por entre alamedas y edificios, á algunas millas de distancia; en seguida se atraviesan los arrabales de la ciudad, y cuando ménos se piensa está uno en el corazon de la metrópoli monstruo, bajo la techumbre monumental de hierro y vidrio que cubre el embarcadero del ferrocarril en la estacion de Bishops Road.

Hay no sé qué de fantástico, algo que hace recordar las románticas visiones ó las extravagantes maniobras del «Diablo Cojuelo» de Lesage, al pasar en alas de un wagon por encima de una ciudad, como una gigantesca bruja saltando de torre en torre, de chimenea en chimenea y de cuadra en cuadra. El ferrocarril está construido sobre un piso artificial muy elevado que forma un inmenso puente sobre la ciudad, á fin de poder penetrar hasta el centro, sin interrumpir el tránsito de las calles; así es que, al pasar el viajero, ve debajo, en la profundidad, las casas apiñadas en interminables filas, y las gentes hormigueando por las calles como enanos ó liliputienses. Todo contribuye, pues, á producir una ilusion completa de viaje aéreo y extravagante, una profunda impresion que, por su novedad, persiste grabada en el espíritu por muchos dias.

La idea de Lóndres no se puede adquirir al llegar, por falta de un punto de vista que ofrezca el panorama completo. Para saber lo que es Lóndres—ese mar de casas, de humeantes chimeneas, de torres y fábricas, de parques y jardines, de coches, carros y almacenes, de moles gigantescas salpicadas de niebla, por cuyo centro se desliza el Támesis, cubierto de navíos y botes como un largo arrecife de millares y millares de rocas multiformes;—para comprender la grandeza de ese mar artificial, repito, es preciso subir á las cúpulas de San Pablo ó del «Coliseo» y hundir la mirada, pasmado de admiracion, entre Dios y el hombre, el cielo y la tierra, el horizonte y la pequeñez del balcon que sirve de mirador. Entónces se comprende que, desde que se ha penetrado á esa Babilonia, la personalidad ha desaparecido ante una grandeza que aturde, que abruma, que pulveriza sin misericordia! Lóndres es una inmensidad compuesta de ceros, es la paradoxa de millones de nadas, de séres nulos ante el conjunto, formando la suprema grandeza! Lóndres, bajo ese aspecto, es la verdadera imágen de la civilizacion, del progreso, de la humanidad en su obra secular. La partícula parece insignificante y lo es aisladamente; pero la armonía y la cohesion providencial de todas las partículas producen la fuerza de la Creacion y de la humanidad y el admirable fenómeno de la civilizacion.

Desde el momento en que el viajero extraño desciende del wagon del ferrocarril, su persona es libre, enteramente libre, pero su bolsillo, su fortuna portátil queda á discrecion de una legion tan extensa, tan complicada y hábil de «filibusteros desarmados», que toda defensa es imposible. Disputado por un enjambre de cocheros y carreteros que se apoderan de todo el equipaje por sí y ante sí para llevarlo á su destino, y pelotean al pasiente-propietario como una jauría de perros al derredor de un ciervo humilde y aturdido,—el recien llegado se resigna á abdicar su voluntad y entregarse al que tiene mas fuerza para estrujarle y pulmones para ofrecerle á gritos sus servicios. El cochero y el carretero son los reyes de las calles de Lóndres, como el mendigo y el salteador entre las ruinas de Roma, Ademas, aquellos dos personajes clásicos de Inglaterra son los «Carones» de esa laguna Estigia de Lóndres: ellos se apoderan del extranjero, le despojan de una parte del capital de viaje y le consignan al infierno del «hotel» para que la obra se complete. Francamente, no he conocido ladrones iguales á los cocheros de Lóndres (salvo los dueños de «hotel», á quienes no quiero defraudar en su honorable reputacion); y lo peor de todo es, que aquellos salteadores de «chelines» despluman á la víctima con una insolencia sin igual.

El hotel es en Lóndres la forma conspicua del sofisma, pues está preparado segun todas las reglas de la fascinacion para recibir dinero sin ofrecer en cambio casi otra cosa que apariencias ó ilusiones. Edificios inmensos y sombríos, que son como una ciudad bajo un mismo techo; escaleras de mármol, suntuosas en apariencia; colgaduras, lámparas, espejos, alfombras, camas monumentales; muebles brillantes y todo lo que puede fascinar y excitar la vanidad,—he ahí lo que constituye un hotel inglés, servido por criados que parecen miembros de Parlamento. Todo aquello es suntuoso y promete un excelente servicio para el viajero que llega fatigado y hambriento.

Pero luego viene la realidad á establecer una triste compensacion. Comidas pobres y vulgares servidas con una calma capaz de hacer perder el apetito, completando la digestion entre plato y plato; un café detestablemente preparado; sopas inmundas (cuyo secreto vine á descubrir por medio de un sirviente) que salen de una caldera general en donde arrojan las sobras de los platos servidos á otros en el «restaurador» del hotel; dificultades y dilaciones para todo; criados que el huésped tiene que pagar de varios modos, y por remate de cuento y mil contrariedades una «cuenta» escandalosa, de proporciones judáicas, llevada hasta el abuso mas grosero de la superioridad del empresario: hé ahí lo que son los hoteles de Lóndres. En resumidas cuentas, lo que el viajero paga no es lo que se come ó le sirven, sino lo que ve, es decir, los espejos, los mármoles, las alfombras, las lujosas casacas de los lacayos y todo el tren de ostentacion; sin que haya modo de evitarlo, porque todos los hoteles que no son inmundos son así, Allí no hay eleccion posible (si no se apela al boarding house, en caso de larga residencia) entre el hotel-palacio, que saquea y arruina sin provecho para el viajero, ó el hotel-figon, indigno y repugnante por su desaseo y su vulgaridad.

En Inglaterra todo es extremoso, en general: allí la riqueza colosal vive al lado de la miseria suprema;—lo admirable alterna con lo inmundo. Pero en materia de hoteles, como de cafés, almacenes, etc., el Inglés hace conocer que le falta absolutamente la nocion del arte y casi del todo la del gusto delicado. Allí todo es vigoroso, segun la idea materialista que se tiene de lo útil, y se piensa mas en la especulacion y el lujo suntuoso y muy fascinador ú ostensible, que en el arreglo agradable de las cosas que consulta al mismo tiempo la economía, la delicadeza de gustos y la comodidad. Ese es el genio del pueblo inglés, y sería inútil rebelarse contra los resultados que de él se derivan.

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CAPITULO II.

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ASPECTO GENERAL DE LONDRES.

Las grandes calles.—Costumbres diversas,—Miseria y beneficencia.
—Contrastes dolorosos.—Reflexiones sobre el pauperismo.

Mi residencia en Lóndres fué tan corta que á decir verdad, no alcancé á ver sino los rasgos generales de su fisonomía. Lóndres es tan colosal, tan complicada en su estructura material, que para recorrerla en todas direcciones y escudriñar sus secretos se necesita un estudio permanente de algunos años. Y sinembargo, qué extraño fenómeno se encuentra en el carácter de esa inmensa metrópoli! Si para averiguar toda la estadística de Lóndres es indispensable una larga observacion, para comprender su estructura general bastan quince dias bien empleados.

París tiene apenas la mitad de la grandeza positiva de Lóndres, y sinembargo, para estimar en todo su valor la capital francesa se requiere mas tiempo que para conocer á Lóndres perfectamente. ¿Por qué?—La razón es obvia: Londres no es absolutamente otra cosa que la metrópoli de la industria y del comercio del mundo,—es decir, el reflejo colosal de una de las grandes faces de la civilizacion; mientras que París es la metrópoli de la civilizacion en todas sus manifestaciones;—es una fisonomía compleja y de mil colores. En Londres todo se reduce al movimiento de la riqueza material, con raras excepciones. En París no solo se ve la riqueza en acción,—sino que tambien se encuentran reunidos todos los tesoros del arte, de la ciencia y de cuanto hay de espiritual y delicado en el refinamiento de la humanidad.

Si la gran capital británica tiene espléndidos jardines y museos, famosos templos, palacios y puentes, parques magníficos, bancos opulentos y multitud de monumentos dignos de atención (generalmente nuevos), los lugares donde esa sociedad debe ser estudiada preferentemente para comprender su condición moral, social y económica, son: la prensa, las calles y el Támesis. Es allí donde Londres se revela con toda su evidencia, al través de su ruido ensordecedor, á los ojos del viajero que observa y medita sin preocupacion. Si los monumentos públicos acreditan la fuerza y el orgullo del pueblo inglés, las calles de Lóndres y las orillas del Támesis revelan conjuntamente las debilidades y los vicios profundos como las cualidades de esa sociedad, y la prensa su vida política y económica.

Pero para adquirir la idea completa, no basta recorrer las grandes arterias de Lóndres donde está acumulada su vitalidad: al contrario Lóndres tiene dos caras, la una que aterra y acongoja, y otra que deslumbra. Es preciso verlas ámbas casi simultáneamente, y compararlas sin prevencion, para comprender los contrastes asombrosos del conjunto. Quien saliese de Lóndres después de haber estudiado una sola de las faces del coloso,—verdadera esfinge de la humanidad,—llevaría las ideas mas erróneas, creyendo, según la parte de fisonomía que hubiese visto, que Lóndres es todo opulencia maravillosa, todo progreso y bienestar,—ó bien todo miseria, inmundicia y degradacion suprema….

Examinemos, pues, á Lóndres, empezando por sus calles. No debe olvidarse que Lóndres se ha formado por la reunion paulatina de muchas pequeñas ciudades circunvecinas, ó distritos, á la antigua City del Tamésis, privilegiada y poderosa, que ocupa casi el centro de la inmensa poblacion actual. Así, aunque la ciudad es una sola en su apariencia, se observa una profunda diferencia entre el centro y los arrabales. En estos reina principalmente la actividad de la fabricacion, mientras que en el interior está la del comercio;—de manera que en aquella parte están aglomerados centenares de miles de obreros, las calles son mas ámplias, las casas mas diseminadas y ménos altas, y se nota por punto general cierto grado de bienestar modesto que está tan léjos de la opulencia y el bullicio como de las miserias de los barrios centrales. Allí se levantan por millares las altísimas chimeneas de las fábricas, el elegante coche aparece rara vez, los carros repletos de mercancías se cruzan en inmensa multitud, la mendicidad es ménos visible, y el trabajo activo se manifiesta donde quiera, sin el espectáculo del lujo y de los suntuosos palacios y almacenes brillantes.

Pasando de esos arrabales al centro de la ciudad hay un terreno de transición generalmente apacible y hermoso, que se compone de barrios aristocráticos y elegantes, establecidos al derredor de parques de una magnificencia agradable, particularmente hácia el oeste de la ciudad. Allí, en las cercanías de los parques del Regente, San James, Green-Park, Hyde Park y otros varios, están los ricos palacios, las elegantes quintas de suntuosas fachadas, las bellas casas de tres ó cuatro pisos nomas, que habitan las gentes acomodadas, los palacios de recreo y de residencia real, y en fin toda la parte de la ciudad destinada exclusivamente al comfort, donde en vez de fábricas y almacenes no hay sino paseos, mansiones mas ó menos aristocráticas, calles anchas, limpias y tranquilas, plazas en cuyo centro se mantienen dentro de verjas de hierro bellísimos jardines, y todo lo que puede revelar el buen gusto y la comodidad.

Si las fábricas y las clases trabajadoras sedentarias ocupan los arrabales, y la sociedad elegante está agrupada al derredor ó en las cercanías de los parques, así como en algunas grandes calles del centro, tales como la de Piccadilly y otras vecinas, el gran foco de los negocios y la actividad comercial se encuentran en los barrios centrales. Es recorriendo á Oxford (la calle) Regent, el Strand y las calles mas animadas de la City, como Ludgate, Cornhill, Cheapside, etc., que se puede admirar ese flujo y reflujo de gentes, de coches, de mercancías y de cuanto puede causar ruido; ese hormigueo de mendigos asquerosos frotando sus harapos con las capas suntuosas de las damas elegantes; ese inmenso conjunto de almacenes y tiendas de variedad y riqueza increibles; ese ruido sempiterno y complejo de mil ecos que proceden de las voces mas heterogéneas; ese conjunto grotesco de ventas de víveres, de órganos de Berbería, de artistas callejeros y extravagantes, de saltimbancos brutales y adiestrados en la explotacion de los necios, de pilluelos ladrones espiando toda ocasion de hacer su negocio; ese ir y venir de cocheros insolentes, verdadera canalla entre todos los bribones del mundo; ese espectáculo de oro y mugre, de grandeza y oprobio, de orgullo y prostitucion, de hambre y egoismo, de lujo y aniquilamiento social….

Lóndres tiene dos grandes aristocracias, á cual mas curiosa, que reinan en todos sus barrios: la nobleza, orgullosa en extremo, pero que, no obstante su orgullo, fundado en el nacimiento y la riqueza, tiene cierta elevacion de ideas debida á la instruccion y á la ingerencia activa en los negocios públicos; y la aristocracia monetaria, familia de banqueros y especuladores de bolsa, de comerciantes, fabricantes y usureros que, salidos de la nada, á fuerza de especulaciones laboriosas, cuando llegan á la opulencia suelen olvidar su origen, renegar la santidad del trabajo que les dió fortuna, y sentados sobre pilas de oro como sobre tronos invulnerables, miran con desprecio á veces á la multitud como un enjambre de viles insectos! Esta segunda aristocracia, la mas noble por su origen—el trabajo,—pero la mas odiosa en parte, por su conducta,—el egoismo y el orgullo,—es la que tiene la soberanía en el centro de Lóndres.

¡Y qué contraste el que hacen las carrozas doradas de esos banqueros millonarios y esos nobles opulentos, con los harapos hediondos y ridículos de millares y millares de mendigos! Los unos salen á ostentar su grandeza, y brillan á la luz del sol ó de las innumerables centellas de gas que iluminan las calles, persuadidos de que la turba los admira como semidioses. Su orgullo les hace mirar como animales á sus semejantes que rodean la carroza, hambrientos, agotados de fatiga, degradados por todos los vicios y luego pisoteados en las grandes calles por los caballos que tiran la envidiada carroza. ¡Engaño miserable del orgullo! Esa turba macilenta y enhambrecida ve pasar á los poderosos con un sentimiento de odio profundo que los contrastes envenenan. Cada uno de esos pobres párias de la sociedad se dice con despecho sombrío: «Muchos de estos hombres tienen cien, doscientas, quinientas ó mas libras esterlinas de renta por dia, ó cuando ménos veinte,—miéntras que yo apénas puedo conseguir, cuando mejor me va, tres, cuatro ó seis peníques para mantenerme con inmundicias…. Lo que uno de esos señores gasta en uno solo de sus magníficos caballos sería bastante para asegurar la subsistencia de toda mi familia…. Los perros de ese lord son mas respetables y felices que yo; y la querida de ese banquero gasta en sus guantes cada semana mucho mas de lo que mi esposa, que es honrada, gana con sus fatigas de un año entero….»

¡Quién sabe cuántas maldiciones acompañan los suspiros del miserable indigente que así piensa, en tanto que el noble lord medita en el proyecto de una cacería ó en la seduccion de una jóven, ó el banquero egoista va calculando las ventajas de su juego de bolsa!

La noche es el momento mas propicio para recibir el golpe de vista de las calles de Lóndres en su parte mas concurrida. La luz del sol es casi siempre triste y opaca, y solo al reflejo de la iluminacion deliciosa que produce el gas se destacan las figuras con toda su energía y se ven en toda su verdad los contrastes de luz, de sombra y claro-oscuro. Es entónces que Oxford y Regent street, el Strand, y todas las grandes arterias del movimiento tienen su espléndida fisonomía que pasma. Téngase presente que Lóndres cuenta casi tres millones de habitantes,—que la afluencia de viajeros de todos los puntos del globo es inmensa,—que durante la noche toda la poblacion indigente y la obrera sale á buscar en las calles limosna ó distraccion,—que la circulacion de coches es de 13,000 por hora, por término medio, sin contar los millares de ómnibus y carros, cuyo conjunto asciende en la ciudad á la enorme cifra de 80,000 vehículos de ruedas,—y por último, que la noche favorece las transacciones de todo género y las escenas de galantería á que da lugar la prostitucion,—y se comprenderá toda la complicacion del cuadro inmenso que se ofrece á la vista.

Los almacenes y las tiendas, espléndidamente iluminados por el gas en el interior y el exterior, ostentan la infinita variedad de los valores que contienen, en términos que las muestras nomas, expuestas en las fachadas y entre vidrieras luminosas, representan capitales ó fortunas considerables. El oro, la plata, el cobre, el acero y todos los metales bajo mil formas, brillan donde quiera en moles tentadoras para la multitud,—miéntras que los diamantes, todas las piedras preciosas conocidas y los cristales de imitacion, incrustados en una joyería de inagotable variedad, multiplican los reflejos de la iluminacion, dándoles á las calles no sé qué aspecto de fantasmagoría hechicera ó prodigiosa como los cuentos de las Mil y una noches. Todo lo que la industria puede producir, lo que el arte y el refinamiento son capaces de labrar para alimentar la pasion del lujo, y cuanto es posible desear para satisfacer todas las necesidades y todos los caprichos, se ve allí detras de los cristales, realzado por la reproduccion de la luz y por el bullicio de un mundo que fermenta sin cesar, mirando, comprando, codiciando, vendiendo, agitándose en todas direcciones.

El viajero que no está habituado á esas escenas, que viene de las soledades del Nuevo Mundo y trae nociones y recuerdos enteramente exóticos en esa Babilonia del comercio, cree asistir á una representacion fantástica, vivir soñando ó contemplar, al traves de los lentes de un cosmorama, una coleccion extravagante de dibujos chinescos ó de figuras producidas por el delirio de un artista invisible y febricitante. Dichoso el que, trayendo formado su corazon y preparado su espíritu á todas las sorpresas y al estudio atento de todos los prodigios y fenómenos de la civilizacion, tiene la fuerza de resistir, sin dejarse deslumbrar, á esa fascinacion que todo lo desconocido y lo grande ejercen sobro las almas impresionables y sencillas!

En ninguna parte es mas extremoso el lujo que en Lóndres, ni se exageran con mas extravagancia las modas y toda clase de invenciones. Allí falta en general la verdadera elegancia,—la que consiste en la sencillez y el gusto delicado,—y hasta en el modo de insinuarse las gentes de la clase media y de las masas hay un fondo de grosería y de insolencia, no sé qué de tosco y áspero que repele y produce disgusto. Allí faltan ese pulimento y esa gracia que cautivan, y que son siempre el resultado de la educacion social y de los espectáculos que le inspiran á la multitud el gusto por el arte y la espontaneidad seductora en las maneras. Como en Lóndres todo es frio y severo, cuando no sucio, en los edificios públicos, el pueblo no ha podido hacerse fino ni simpático. Y como la libertad individual no está unida á la igualdad social, sino que el orgullo de las aristocracias ha establecido una valla profunda entre las clases, todo el mundo, altivo con su personalidad é insociable, se cree con derecho de ser brusco y ordinario en su porte, sin cuidarse del efecto que produce su modo de insinuarse. Allí se considera tiempo perdido el segundo que se gasta en saludar ó pronunciar una frase cortés y agradable. El interes domina en todo y cada palabra tiene su precio.

Recuerdo à propósito de esto un incidente que me impresionó mucho. Una noche, paseándome por Regent Street, tropecé con una mujer hermosísima y lujosamente vestida, que me miró al pasar, como por casualidad. Despues de dar dos ó tres pasos dejó caer un pañuelo de olan, y yo con mis preocupaciones colombianas de consideracion hácia las señoras, tomándola por tal, levanté el pañuelo y quitándome el sombrero para saludarla con respeto, le presenté su perfumado batista. La contestacion fué darme un apreton en la mano, muy significativo, y engarzar su brazo del mio sin decir una palabra. Lleno de admiracion, la miré con estrañeza, apartándome, para hacerle comprender que sin duda se habia equivocado; pero sin desplegar los labios volvió á darme un apreton capaz de magullarme el brazo, Entónces comprendí que estaba al lado de una indigna loreta y le volví la espalda con desprecio. Mas tarde supe que esas bellas y lujosas cortesanas, que se cruzan á millares por las calles de Lóndres, se valian siempre de artificios como el del pañuelo para sus impudentes provocaciones.

Todas esas mujeres son como estatuas, á juzgar por su exterior. Hermosas admirablemente, frias y calculadoras, sin gracia ninguna en su actitud, recargadas de seda, volantes y cadenas (fruto de su degradacion), y siempre con el ojo atento á adivinar al extranjero que pasa por delante para atraerle con demostraciones descaradas, esas mujeres son la ignominia mayor de Lóndres, mil veces mas despreciables que el ratero ó el mendigo borracho á quien pisan al pasar. Feliz el viajero que, sabiendo estimar su propia dignidad y toda la santidad y el espiritualismo del amor, desdeña á esas mujeres,—mercancías que se venden públicamente al mejor postor, sin pensar en el hospital que las aguarda para el tiempo de la miseria, la fealdad y el remordimiento!

Uno de los rasgos característicos de Inglaterra es la tendencia hácia la ostentacion aristocrática, que se manifiesta en todas las clases, y sobre todo ¡quien lo creyera! en los mendigos y las gentes mas miserables. En Inglaterra, y particularmente en Lóndres, el indigente carece de la conciencia de su posicion. Si hay un estado que exija mayor dignidad ó estimacion de sí mismo para soportarlo, es el de la pobreza. El indigente debe llevar en su exterior la lógica de su indigencia, que es su dignidad. Pero eso no sucede en Lóndres, la tierra clásica de la librea y la ostentacion. El mendigo se viste como el lord, con la casaca del conde ó baronet, del banquero ó del ministro, con la diferencia de que los vestidos de estos son brillantes, limpios y magníficos, miéntras que sobre los miembros del obrero enhambrecido ó del indigente que pide limosna están asquerosos y hechos hilachas.

He visto innumerables fruteras en las calles con gorras y chales de las señoras aristocráticas;—los limpiabotas cubiertos de oropeles y bordados, y los salta-caños y chimny-sweepers (frotadores de chimeneas) ataviados con casacas y sombreros que en su primera época de servicio activo cubrieron á millonarios y lores del Parlamento. ¿Por qué esos disfraces innobles y ridículos que hacen de la escena pública un carnaval? El espíritu aristocrático y la vanidad los explican. El lacayo hereda los ricos vestidos del amo, ya usados;—el mercader de trapos se los compra al lacayo cuando están viejos;—el remendon y el limpia-botas los toman del ropavejero, ya remendados, y al fin, cuando los harapos galonados empiezan á deshacerse de viejos é inmundos, llegan hasta donde el mendigo ó el salta-caños, en cambio de algunos peniques. ¡Tal es la sucesion de las clases sociales en Lóndres! Ellas descienden de lo mas alto hasta lo mas bajo, sin que en todas las gradas de la escala falten el orgullo, la vanidad y el espíritu de ostentacion é imitacion.

Es increible hasta dónde llega la fecunda inventiva de los vagamundos, los caballeros de industria, grandes y pequeños, y los perezosos é indigentes, para crearse pequeñas manipulaciones y oficios de explotacion de los ociosos, en infinita variedad. Podrian escribirse volúmenes enteros solo para explicar las mas conocidas de esas pequeñas industrias que ocupan á los que quieren vivir en la vagancia, degradándose en las calles con ejercicios que son el deshonor de la sociedad, porque presentan al sér racional como inferior al bruto. Entre esas industrias hay una que tiene verdadera utilidad, pero que provoca la risa por su original extravagancia: la del hombre-aviso. Como Inglaterra es el país de los anuncios y los rótulos en supremo grado, no se considera bastante hacerlos circular en los diarios y en los cartulones de las esquinas, y así como hay individuos-escobas y de peor condicion aun, hay hombres-avisos. El hombre-aviso es de dos especies: parlante ó berreante, y de bulto; el primero no tiene mas oficio que andar por las calles dando gritos atroces, que parecen graznidos de un ganso, cuando no berridos de un ternero, haciendo saber al público un suceso industrial cualquiera, con la direccion del empresario ó interesado en el asunto. El segundo es un aviso mudo: el pobre diablo va metido entre un enorme farol de papel ó de género blanco, iluminado durante la noche, en cuyas cuatro faces está escrito en letras monumentales el anuncio de alguna empresa, artículo en venta ó cualquier otro objeto; y la obligacion del portador ó esquina ambulante es vagamundear por todo Lóndres, en absoluto silencio, mostrando su armazon elocuente, y soliendo á veces, por via de figura oratoria, estrellar su farol contra las narices de algun pasante distraido. El hombre-aviso gana por dia tres, cuatro ó seis peniques, cuando mejor le va!

Si en general los saltimbancos innumerables de las calles no inspiran sino desprecio por su desvergüenza en escamotar, y si los mil y mil vagamundos de órgano berberisco llevan su impertinencia hasta hacer desesperar, hay entre las muchas clases de artistas y pobres ambulantes una que suele inspirar simpatías al viajero:—es la de los músicos. Verdad es que muchas veces el músico de callejuela ó de plaza no es mas que un perezoso y un vulgar rascador de violin ó de arpa, sin gracia ni atractivo alguno; pero de tiempo en tiempo se da con bandas de verdaderos artistas nómades que encantan y merecen aplausos y favor.

En una de mis nocturnas excursiones en Lóndres me hallé cerca de siete ú ocho músicos italianos que daban un concierto público en una esquina de la gran calle del Regente. La tropa tenia mucha popularidad, porque se componia de proscritos Italianos de Milan, Venecia, Roma y Nápoles, hombres de familias honradas, y que careciendo de recursos para subsistir habian organizado una compañía filarmónica para no ser gravosos á nadie y vivir honradamente. Como en Italia todo el mundo sabe algo de música, y el pueblo entero es artista, fácilmente se forma con Italianos proscritos una banda escogida.

Creo que jamas la música me habia impresionado tanto como aquella noche. Los ocho artistas tocaban por nota deliciosamente, sobresaliendo en el violin y la flauta, y pude saborear las admirables cavatinas y particiones de Norma, il Trovatore, la Traviata y el Himno de Italia. Aquellas armonías,—los recuerdos de Colombia que me hacian evocar,—esas caras varoniles, de barba negra y crespa, llenas de la melancolía del proscrito y de la del artista,—el efecto de la iluminacion sobre el inmenso grupo de espectadores, y sobre todo, la profunda emocion con que el concierto me hacia pensar en la desventurada y noble Italia, cuyos hijos sufrían la esclavitud, el calabozo ó la proscripcion, sin perder nunca la esperanza de la libertad y la independencia: todo eso contribuyó á dejar en mi alma un sentimiento de indefinible pesar que no he olvidado nunca. Después de poner mi óbolo humilde en él gorro de uno de los artistas proscritos, me alejé acongojado, sintiendo que llevaba en mi oido como el eco vago de los últimos aires del himno italiano, y orgulloso de haber nacido en el seno de la democracia para poder ofrecer desde el fondo de mi corazon un voto de fraternidad á los hermanos oprimidos.

Cuando volvía pensativo, en la dirección de Hyde Park, pasando por entre los grupos animados de la opulenta calle de Oxford, me decía con tristeza: «¿De qué sirve toda esta grandeza deslumbradora, si ella es el testimonio de un malestar profundo consistente en las mas crueles y dolorosas desigualdades? ¿Es esta la civilización? ¿Es este el progreso, ó es mas bien la decadencia? ¿Esta sociedad no está en peligro inminente de una descomposición completa? ¿Este coloso que se llama Inglaterra no está minado por su base?» No encontrando fácil solucion á tales problemas, y comparando á Lóndres con los pobres pueblos de Colombia me dije luego: «Nó! la civilizacion no es el refinamiento del bien y del mal, no es la exuberancia de prodigios, de invencíones y descubrimientos! La civilizacion es justicia, es el acuerdo de la sociedad con la naturaleza, es la armonía de los hechos humanos con el derecho eterno y divino, es la equidad en la distribucion del bien—herencia divina—no del mal, que es un accidente del error! Ese heróico y hospitalario pueblo de Colombia no es una sociedad bárbara, como la califican los afortunados en Europa, puesto que allá ninguno se muere de hambre, la igualdad avanza dia por dia, el corazon es generoso, la nocion de la justicia es mas general, y el desgraciado no necesita para buscar la subsistencia de entregarse á oficios infamantes que degradan el alma, envenenan el corazon y hacen descender la humanidad hasta el nivel del bruto!…»

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Solo á los genios privilegiados es dado adquirir la nocion de la verdad por intuicion; el comun de los hombres no conoce otra via que la de la comparacion. Como en las cosas humanas casi todas las verdades son relativas, porque lo absoluto en la tierra excluye la idea del progreso indefinido, nada puede conducir el espíritu hácia la luz tanto como la observacion de los contrastes.

Lóndres, esa mole colosal de grandeza y podredumbre, de oro y de hierro, como de lodo y amarguras, es por excelencia la metrópoli del romanticismo social. Allí el drama se confunde con la comedia, como el millonario se codea con el mendigo, el dandy superficial y afeminado con el bandido de larga experiencia en los misterios del crímen, y la elegante y bellísima lady de esmerada cultura y candorosa pureza con la meretriz infame que vive del inmundo comercio de la lujuria.

Pero el tiempo y el desórden en las construcciones de la gran ciudad han confundido los escenarios del drama, de tal manera que el observador no necesita de largas peregrinaciones al traves de los barrios desiertos para descender al abismo de miseria y degradacion que se esconde bajo el oropel y la ostentosa opulencia de una industria exuberante pero viciosa en su organismo. El cuadro se ofrece allí con una pasmosa energía, presentando á la sociedad de Lóndres como uno de esos suntuosos palacios, entre cuyos bajos relieves, mármoles, cornisas doradas y preciosos mosaicos se complace la brutalidad de los ociosos en trazar caricaturas y mamarrachos con carbon, ó pegotear inmundicias de todo género.

No tuve en 1868 tiempo para estudiar detenidamente las condiciones de la sociedad inglesa, ni aún de Lóndres siquiera, y si pretendiese pasar por conocedor, cien libros me servirían para ostentar el barniz del viajero erudito. Pero mi propósito es describir mis propias impresiones, no las ajenas, y por tanto mis pequeños cuadros solo pueden abarcar algunos pormenores. Mas tarde debía adquirir, en un viaje completo por la Gran Bretaña, las nociones que me faltaban. Entretanto, pintaré lo que he visto, rápidamente es cierto, pero guiado por el deseo de encontrar la verdad.

Lóndres tiene aglomeradas sus principales miserias en el inmenso barrio de Southwark comprendido entre la parte fronteriza de los Docks de Lóndres y Vauxháll Gardens, con el Támesis de por medio que lo separa de los cuarteles de Westminsfer, el Strand y la City,—y ademas en el corazon de los barrios mas activos y opulentos de la vieja ciudad. En el primero de esos territorios de la miseria viven amontonados, enhambrecidos y generalmente miserables, mas de novecientos mil individuos. Allí se encuentran fábricas valiosas y en número muy considerable, tienen su término tres grandes líneas de ferrocarriles, hay cinco ó seis pequeños parques ó jardines públicos, vastas arterias de comunicacion y un gran movimiento que ensordece,—no obstante que, en lo general, esa es la peor de las inmensas porciones de poblacion que constituyen á Lóndres.

¡Pero qué de tristes compensaciones de lo que en ese barrio interminable revela algun bienestar! Es allí donde viven los ociosos amontonados como brutos, harapientos, semi-proscritos como gitanos, lívidos como el hambre que los devora, y hormigueando en las callejuelas, los sucios y ennegrecidos patios y las cloacas, como semilleros de gusanos. Es allí donde vagan ciento ó doscientos mil obreros sin trabajo, levantando su triste clamoreo por do quiera, ostentando sus harapos, pidiendo limosna á todo el mundo, aplacando el pesar con la embriaguez, y ofreciendo en sus riñas, sus escenas de pugilato y sus mil actos de brutalidad salvaje el espectáculo de la cólera, la degradacion y la miseria á que la falta de trabajo, la absoluta ignorancia y los vicios de la ociosidad los han conducido.

Pero el cuadro es muy extenso. Como una enorme serpiente que enrosca sus anillos y se intercala por entre las hendeduras de un viejo tronco roido, dejándose ver de trecho en trecho, pero asida á todas las sinuosidades, la miseria oprime á Lóndres y la estrecha en todas direcciones, asoma en todos los barrios y parece asfixiar con su aliento y su presion horrible á la parte de la sociedad que vive en la abundancia ó en la loca indolencia del lujo sibarita. Varias veces, al recorrer las brillantes calles de Oxford y el Regente, las bellas plazas cubiertas de jardines (squares) ó las calles enlosadas, ámplias y repletas de gente en actividad incesante, donde se ostentan los tesoros del Strand y de la City,—tesoros de arte, de elegancia, de industria colosal y maravillosamente avanzada;—al recorrer esas calles, repito, pensaba con tristeza que á dos pasos de allí está una raza proscrita del bien y de la vida,—raza de mendigos y bandidos, de prostitutas y muchachos hambrientos, de criaturas condenadas á la mas espantosa degeneracion, que se revuelcan en el fango físico y moral, como un sarcasmo animado que desmiente la civilizacion sofística de los barrios vecinos.

Los barrios que sirven de asilo ó de foco principal á esa raza degradada son los de Saint Giles, Spitalfields, Bethnal-Green y White-Chapel; pero no todos tienen el mismo destino ni una situacion análoga. Si San-Gil ocupa el centro mismo de Lóndres y es principalmente el barrio de la indigencia, la inmundicia y la suprema desnudez,—Bethnal-Green y Spitalfields son los asientos del vicio en todas sus formas y con toda la hediondez de la crápula infame,—en tanto que White-Chapel, que recoge sus reclutas en las filas de la miseria, es la espantosa madriguera del crímen. El ser que en San-Gil es mendigo hambriento y lastimoso, en Bethnal-Green es jugador, concupiscente y ebrio, y en White-Chapel se convierte en bandido.

No pude tener ni el tiempo ni las facilidades necesarias para visitar con provecho los barrios de Bethnal-Green, White-Chapel y Spitalfields, muy excéntricos y complicados pero vecinos de las extremidades lejanas de la City. Hube, pues, de limitarme á San-Gil, á donde es fácil penetrar por cualquiera de las grandes calles del centro aristocrático. Y con todo, mis visitas, que no pasaron de dos, fueron diurnas, escogiendo algunas de las callejuelas mas horribles, como la de Church-Lane, tan á la vista de todo el mundo que desemboca nada ménos que en la espléndida calle de Oxford y el Strand.

El barrio de San-Gil está enclavado, como un cangro ulcerado y fétido, entre las magníficas vias públicas de Picadilly, la plaza de Trafalgar, el Strand y las calles de Regent, Oxford y Holborn. Una red inescrutable de callejuelas oscuras y estrechísimas, de patios húmedos ó infectos, de calles tapadas ó laberintos sin salida, de cuevas y guaridas horribles, con alguna que otra plazuela que horripila por su mugre,—tal es la estructura exterior ú ostensible del barrio de la muerte que se llama San-Gil! Dicen que aquello es aún mas espantoso durante la noche que en el dia; y lo creo así, porque aún á la luz nebulosa de las doce de la mañana sentí, al recorrer una parte de ese laberinto, una impresion de angustia, de dolor y espanto que jamas habia experimentado. Los cabellos se me erizaban, la carne me temblaba, sentia la sangre helada y la respiracion difícil, y algo como un sudor frio, como un vértigo de horror, me hizo, despues de dos horas de exámen la primera vez, decirle al amigo bondadoso que me guiaba: «¡Salgamos, salgamos de aquí, porque en esta cloaca se siente la tentacion de blasfemar, se pierde la esperanza, la vida se esconde bajo el fango y se adquiere una idea de la degradacion humana que abruma y trastorna la razón….» Muchas de aquellas callejuelas se hallaban, aún á medio dia, en una oscuridad casi completa, producida por la estrechez de las casas y la elevacion de los muros; y muchos de los patios, los vericuetos y las encrucijadas de aquel cementerio de cadáveres ambulantes, tenian el frio, la fetidez y todo el aspecto de una fosa de cien cuerpos removida por los cerdos…. Donde quiera la oscuridad, cien agujeros sombríos, la humedad glacial, el fango pútrido, los muros negros y medrosos, los depósitos de inmundicias, los harapos enmohecidos por la mugre flotando delante de las troneras irregulares habilitadas con el carácter de puertas y ventanas…. Y al pié de cada uno de esos edificios cubiertos de ollín y de lama húmeda, una tumba subterránea! Allí no hay mas que tumbas, porque no hay mas objetos que abrigar que enjambres de esqueletos disecados por el hambre, la impiedad y la prostitucion!…

Como los edificios tienen cuatro, cinco ó siete pisos exteriores y las aceras distan entre sí dos, tres ó cuatro metros, cada callejuela tiene el aspecto de un abismo ó de una grieta enorme producida por algun terremoto en los estratos rocallosos de una montaña caliza. Los pisos ostensibles ó visibles se componen de una multitud de cuartos ó alcobas de lamentable desnudez, sin aire, luz ni fuego, amontonados en desórden, y á donde los miserables inquilinos trepan por andamios medrosos que no merecen el nombre de escaleras. Y sinembargo, como todo en el mundo tiene sus gradaciones, esas habitaciones, que son las de la aristocracia de la miseria, parecen paraísos en comparacion de las cloacas subterráneas que constituyen la base de cada uno de esos palacios de la lujuria en harapos y del hambre y la intemperancia!

—¿Tiene U. valor para entrar?—me dijo mi amigo cicerone, mostrándome un agujero practicado al pié del muro exterior de una casa mohosa.

—¿Entrar á dónde?—le contesté.

—Pues…al infierno! me repuso con profunda emocion.—Sí; aquí vive una parte de la especie humana, de la Europa civilizada,—en el corazon de Lóndres, como el enjambre de gusanos que vive en el centro de una hermosa fruta. Vea Ud.; asómese por ese hueco, y dígame despues si su Nuevo Mundo no vale mucho mas que esta podredumbre dorada….

En efecto, tuve valor para acercarme y ver…. Una estrecha escalera de piedra bruta descendia de la abertura ó puerta, practicada al pié del muro, al fondo de una cueva ó sótano húmedo y pestilente, sin mas luz que la muy confusa que entraba de la calle por entre los barrotes de una reja de hierro. El piso de esa cloaca era de tierra apénas apretada y estaba casi todo cubierto de montones de paja sucia y empapada por la humedad. Ningun mueble se veia en el centro, y solo en dos rincones se destacaban las sombras de algunas esteras de tamo en forma de colchones enrollados.

Entre uno de los montones de paja se movia un pequeño objeto revolcándose sobre algunos harapos: un grito agudo me hizo ver que era un niño. Muy cerca estaba sobre otro monton de tamo una vieja tullida que pocos momentos despues se arrastró sobre las manos y las rodillas para recoger la limosna que mi compañero le arrojó desde la escalera. En otro rincon roncaba un hombre, con ese estertor característico del sueño brutal de la embriaguez, tirado como un tronco negro, y á su lado se rascaba un perro que empezó á gruñir con desconfianza al vernos aparecer sobre la cima de la escalera. Cuando saqué la cabeza al aire ménos infecto de la callejuela, sentí como si me hubiesen sometido á la accion mortal de una máquina neumática….

—Oh! esto es espantoso! exclamé al respirar. No es posible que criatura humana viva allí….

—Y sinembargo, me dijo mi compañero, U. no ha visto sino la muestra. La cueva está vacía porque sus habitantes andan ahora por las calles opulentas buscando la subsistencia con la mendicidad, el hurto ratero, los mas viles oficios, los tratos de la prostitucion, ó los desperdicios, huesos y cortezas que recogen en las orillas de los caños ó en las puertas de los mercados y las tiendas de víveres. Cuando llegan las ocho de la noche, se ve un largo cordon de miserables que vuelven lentamente por sus oscuras callejuelas á buscar el rincon de sus cloacas. Hombres y mujeres, ancianos y niños, adultos que pasan de la pubertad á la vejez del cuerpo y del alma con una precocidad increible, por la accion de los vicios y de las privaciones,—todos van entrando, descendiendo esa escalera y aglomerándose como los insectos sobre una charca pútrida, para pasar allí la noche, confundidos, revueltos, medio ebrios, medio idiotas, extenuados de fatiga y hambrientos,—odiándose á veces mútuamente,—sin conciencia de su ser,—ni nocion de Dios, ni amor á la humanidad, ni resignacion, ni remordimiento, ni aspiraciones, ni esperanza….

—Hebetados por la miseria (continuó diciendo mi guia), estos seres no distinguen lo pasado de lo presente ni del porvenir, y como el bruto, solo comprenden que existen porque tienen hambre ó sed, cansancio ó frio, paja dura ó sueño…. El dolor no tiene para ellos ninguna significacion moral; su espíritu ha muerto asfixiado por la inmundicia que rodea la materia! Y apesar del hambre y del dolor físico, esos séres que se amontonan allí sobre esa paja enmohecida por la humedad, buscan frecuentemente los deleites asquerosos de la concupiscencia! Ahí los sexos se confunden, y entre las 30 ó 40 personas que yacen en el fondo de la cloaca sombría, suceden cosas que solo el ojo impasible de Dios puede mirar sin estremecimiento, y que no tienen nombre en el vocabulario de la civilización….