* * * * *
CAPITULO VI.
* * * * *
DIEZ Y OCHO HORAS DE CONTRASTES.
La "Huerta" de Valencia.—San Felipe de Játiva.—La diligencia española.—Almanza.—La Mancha y el valle del Tajo.—Un personaje de España.
Una serie de curiosísimos contrastes me esperaba en el trayecto que debia recorrer desda Valencia hasta Madrid. El opulento valle se extiende, largo y angosto, al norte y sur de Valencia, limitado al poniente por las montañas que determinan la curiosa formacion de la alti-planicie de Cuenca. Hácia las alturas del Bonete se desprende de la serranía circular un ramal de cerros que cierra por el sur el valle de Valencia y va á morir sobre la costa de Alicante entre Jijona y Denia. El ferrocarril de Valencia surca el valle hácia el sur, cortará la serranía por el abra ó "puerto" de Almanza, y se ligará en la villa de este nombre con el ferrocarril que enlaza á Madrid con Alicante.
El tránsito por la via férrea desde Valencia hasta adelante de Alcudia, donde terminaba la seccion en servicio, tiene no sé qué de fabuloso, que hace recordar los cuentos de las Mil y una noches. Una campiña admirable, perfumada por las riquísimas esencias del azahar y el jazmin, se extiende allí encuadrada entre cerros desnudos y rocallosos, como una inmensa esmeralda engastada en acero occidado. Por todas partes el cultivo mas perfecto, los angostos canales de irrigacion, los bosques de naranjos y limoneros cargados conjuntamente de flores y amarillas frutas en asombrosa profusion. Es de esa Huerta fabulosa que van á todas las ciudades de Europa las deliciosas naranjas de finísima corteza. Parece una tonta exageracion; pero yo alcanzaba casi á tocar los racimos de naranjas, alargando el brazo desde el wagon del tren en que iba con la velocidad del rayo. Imagínese lo que será esa Huerta de Valencia, cuando el ferrocarril gira en gran parte de su trayecto por entre una calle literalmente formada por bosques de naranjos y moreras, donde se crian simultáneamente la almibarada fruta y el laborioso gusano de seda.
La parte meridional del valle, hasta el puerto de Almanza, excluyendo á Valencia, contiene en solo la linea del ferrocarril una poblacion de 55,000 almas, robusta y laboriosa en alto grado, concentrada en once villas y distritos.
Algunos de esos pueblos tienen una situacion pintoresca y graciosa, haciendo descollar sus campanarios como los centinelas de la llanura. Causa un verdadero placer, mezclado de curiosidad, la rápida inspeccion, en las estaciones del ferrocarril, de aquellos grupos de labriegos encantados al oir el prolongado silbido de la locomotiva, que les ha sorprendido en sus hábitos moriscos y su ignorancia peninsular. Sus pardas ó amarillentas mantas, sostenidas como capas; sus sombreros de anchurosas alas, cuando no de estilo calañes; sus pantalones cortos ciñendo la rodilla; sus polainas ó calcetas de piel, y sus carcajadas francas y ruidosas que les dan un aire de placer y satisfaccion, fijan la atencion del viajero dejándole una impresion muy agradable.
De todas las pequeñas poblaciones del valle solo merecen especial mencion, por su masa ó por su historia, las villas de Alcira (que tiene 14,000 almas), Carcagente (bonita y rica poblacion, con 8,200) y San Felipe de Játiva, que cuenta 15,800, y es bastante célebre en la historia de España.
Alcira como un jardín flotante, ostenta sus tres torres entre dos brazos del rio Júcar, sobre el cual existe todavía el puente romano por donde pasaban los ejércitos de César. Es famosa en la historia la resistencia tenaz que le opusieron á Cárlos V los comuneros alciranos, que les costó la pérdida de sus fueros.
Cerca de Játiva el valle se estrecha notablemente entre los cerros escarpados que por todos lados lo dominan, y sobre cuyas eminencias se destacan, como nidos colosales suspendidos de las rocas, los escombros de algunos castillos feudales, testimonios que el tiempo ha querido respetar en parte para recordarle al viajero la impotencia de las civilizaciones fundadas en la fuerza y el aislamiento egoísta.
La pobre Játiva, de heróica memoria, cuna del Españoleto y teatro secular de tantos combates, no es hoy sino una momia de plaza fuerte, con su castillo derrumbado y sus reductos en escombros. Parece la imágen de una de esas mujeres altivas que, despues de haber brillado hermosas y lozanas, dejan enmohecer sus joyas y no presentan sino caras arrugadas, ojos enjutos, bocas sin dientes y cabezas calvas…. El aspecto lamentable de esa ciudad pretérita hace un extraño contraste con aquella admirable campiña, llena de verdura, de galas y perfumes. Dichoso contraste que está mostrándole al labriego que si las glorias militares pueden engrandecer por un momento, se pierden luego en el olvido, en tanto que el poder adquirido con la industria se reproduce y perpetúa.
En Játiva tuerce su curso el ferrocarril, dirigiéndose rectamente al sur hácia Almanza, por el fondo del estrechísimo valle, verdadera bifurcacion del de Valencia. Allí, el terreno, careciendo de solidez y de humedad y aproximándose á las montañas rocallosas, pierde esa fertilidad de la gran llanura, y en vez de alimentar naranjos, moreras y trigos, se cubre de viñas dispersas sobre las colinas ó de olivos que entristecen la campiña con su tinta gris. Así, instantáneamente se pasa de la vegetación risueña á la melancólica, y de la tersa llanura á los planos inclinados y á las sinuosidades profundas.
La noche se acercaba cuando descendí en Alcudia del tren del ferrocarril. Despues de aquellos contrastes puramente materiales iba á conocer otros de carácter social muy interesantes. Allí hube de tomar por primera vez esa máquina infernal que se llama diligencia y que caracteriza vigorosamente á uno de los tipos mas curiosos,—tipo que se divide en tres entidades homogéneas pero diversas: el mayoral, el delantero y el zagal.
Francamente, creo que Santo Domingo de Guzman, Felipe II y el amable Torquemada no entendian el oficio. Si hubieran sido maestros en el arte de torturar habrían inventado la pena de viajar en diligencia, y no habría quedado un solo hereje en la piadosa España. En mis cavilaciones sobre el infierno, en los ratos desocupados, no habia podido formarme sino una idea muy confusa de los terribles dramas de aquel mundo de cóleras, relámpagos y fuego. Cuando por primera vez viajé en diligencia española, tuve la nocion completa de lo que debe de ser una legion de demonios que se lleva un racimo de almas al infierno, por entre precipicios espantosos y con grande orquesta de reniegos.
En el momento del arranque, al sentir aquella casa de madera arrastrada por diez mulas frenéticas, como si la impeliese el huracan, la primera impresion es de miedo, de cólera y horror.
Algunos minutos despues, cuando se ha visto que el peligro era exagerado, se crispa uno de risa (porque tenderse ni exaltarse es imposible en aquella prison celular), y se deleita como un salvaje en la contemplacion del drama convertido en comedia.
Figúrese el lector una enorme caja (los Franceses la llaman machine) dividida en cinco compartimientos en forma de palomares ó gallineros, donde el viajero es la gallina y el mayoral el gallo-sultan. Arriba, una cueva que se llama cupé, donde empacan á cuatro bultos numerados del género humano. Abajo, en primer término, la berlina, donde va en número de tres la aristocracia de las victimas; en el centro una cripta romana que llaman interior, calabozo de seis rematados; y atras la cocina del infierno, pomposamente decorada con el nombre de rotunda. Encima, el departamento de equipajes, denominado la vaca, Chimborazo ambulante que se parece un poco á la cueva de Montesinos. Total, diez y nueve Cristos que tienen la idea de viajar, bajo el poder de un Poncio Pilato que se llama el mayoral, como quien dice, don Manuel Rosas y los salvajes unitarios de marras.
Esto en cuanto á la parte animal que va adentro. Por lo que hace á la de afuera se clasifica, en el órden de bestialidad, así:
El mayoral,
El zagal,
El delantero
Y las mulas.
Esas cuatro entidades se agitan, se atacan, se estropean y golpean conjuntamente, formando los tres primeros individuos un alboroto infernal, y levantando las ocho ó diez mulas bravías que les están asociadas una nube de coces y de polvo, dentro de la cual se cierne una lluvia de latigazos y garrotazos.
Los tres directores de aquel convoy de veintinueve víctimas (sumando viajeros y mulas) llevan sus puestos respectivos. El mayoral, en el pescante, entre el cupé y la berlina, como un Phaeton que conduce su alado carro. El zagal, á su lado, ó prendido de un garfio del pescante, á guisa de apéndice. El delantero, á caballo sobre la bestia primera de la fila izquierda, dando la direccion á las diez mulas.
Estas, formadas en columna, en dos filas, van ligadas entre sí por un laberinto de pesadas cadenas, de garfios, correas y trozos de madera que aumentan el enorme peso y la extravagancia de aquella montaña portátil.
De tiempo en tiempo, cuando alguna de las mulas afloja el paso (porque van siempre á galope largo y al coche rueda como un huracan por cuestas y valles), el zagal da un salto al suelo, y se lanza á la carrera, á la par de las mulas, armado de un garrote delgado ó de un látigo fuerte. A cada mula le reparte (porque siempre los justos pagan por los pecadores) cuatro ó seis golpes frenéticos; y cada una de ellas responde, según su estilo peculiar, con cuatro ó seis coces furibundas, que el zagal evita con asombrosa habilidad. Entónces aquellos animales se enfurecen, brincan como cabras, corren como demonios y levantan una polvareda que hace perder de vista el horizonte é invade, á los viajeros en sus navetas martirizadoras.
El mayoral grita como un dragon, sacudiendo las riendas y el foete,—agitando en una convulsion rabiosa todo el cuerpo; el zagal le acompaña en gritos, movimientos y reniegos; y el delantero, que les sacude tambien á veces á las mulas que están á su alcance, redobla la actividad para apurar la carrera. El viajero, entretanto, sintiéndose á discrecion de aquellos salvajes y de diez mulas furiosas, se agita en un drama cómico de las mas vivas emociones, acabando por resignarse á todo. Imagínese lo que habrá de sentir el que, saliendo de un magnífico tren de ferrocarril, se entrega por primera vez á esa pesadilla sin sueño que se llama un viaje en diligencia.
Cuando el viaje es largo los peligros aumentan. Como jamas se varía el mayoral ni el delantero, que son los pilotos de la diligencia, el sueño los domina á veces, y con frecuencia el coche vuelca y se despedaza, se estrella en un recodo, ó se precipita en un desfiladero, sucediendo no pocas desgracias. Y no hay que hacer observacion alguna, ni quejarse de hambre ó cosa parecida; porque el viajero que sufre la ley tiránica de los empresarios, es un esclavo á la disposicion del sultan que tiene su trono en el pescante. Todo eso sin perjuicio del escamoteo, al fin del viaje, que los mayorales, delanteros y zagales ejercen contra el viajero, mendigando como si no tuviesen dotacion ó paga.
Aconsejo á los que padezcan de los nervios y quieran obtener una curacion violenta pero segura, que vayan á España á hacer un viajecito en diligencia. En España casi siempre que cae un ministerio le destierran, á lo ménos diplomáticamente. No sé por qué llega el rigor hasta ese punto, cuando con unas doce horas de diligencia todo quedaría compensado, aunque, á decir verdad, los pecados de casi todos los ministerios españoles no son de los muy veniales.
Despues de cuatro horas de diligencia toqué en Almanza con el ferrocarril de Alicante, empresa que, á pesar de los muy buenos elementos con que cuenta, se distingue por su mal servicio. Algun dia se corregirá. Nada diré sobre la ciudad de Almanza, porque la noche me impidió observar siquiera su aspecto general. Con todo, de paso y al claro-oscuro tuve mis sospechas de que es una poblacion que no brilla por la hermosura ni la actividad. Es una ciudad de antiquísima data, muy anterior á las guerras entre Romanos y Cartagineses. Así, aquella es una de las ciudades españolas cuya historia está ligada á las cuatro dominaciones sucesivas de mas significacion que han impreso su sello á la nacion ibera. La llanura de Almanza es célebre por la famosa batalla ganada allí por los Españoles, en abril de 1707, contra las tropas anglo-portuguesas, dándole á España la imponderable ventaja de cambiar de amos, puesto que los Borbones ocuparon con Felipe V el trono que la casa de Austria habia tan atrozmente inmortalizado. Todavía se conserva en la llanura el obelisco que conmemora el suceso. En España se conservan esos monumentos muy bien, pero se dejan cegar los antiguos canales que datan del siglo pasado.
De Almanza á Madrid el ferrocarril toca en veinte y dos poblaciones, sobre terreno llano, con un total de cerca de 100,000 habitantes, exclusivamente consagrados á la agricultura, cuyos productos principales son los trigos y vinos y algun aceite de olivas. De esas veinte y dos poblaciones solo tienen alguna importancia: Almanza fuerte de mas de 9,000 almas; Albacete, capital de provincia, con cerca de 17,000; Villa-Robledo, que cuenta 8,000, y Aranjuez, ciudad cortesana, con mas de 5,000, que es la Versalles de la corte de España, verdaderamente primorosa. Mas adelante haré su descripcion.
Es curioso tambien, en el trayecto, el pueblo de Villacañas, correspondiente al país de Don Quijote. Cuéntanse allí hasta trecientas cuevas, practicadas en las colinas del campo (que se desprenden de la sierra de Toledo), en donde viven todas las familias pobres. Esta singular arquitectura de la miseria no es rara en España, y en ninguna parte interesa tanto como en uno de los barrios de Granada. A su tiempo descubriré ese curioso pormenor.
La travesía de la Nueva Castilla continuaba la serie de contrastes que yo iba observando. La noche me habia hecho perder de vista las campiñas al salir del valle de Alcudia, continuacion ó inflexion del de Valencia. Cuando al siguiente dia ví aparecer en el horizonte las tintas primeras de la aurora, el tren pasaba por las vastas y tristísimas llanuras de la Mancha. Así, habia cerrado los ojos ante un paisaje en extremo pintoresco, para abrirlos despues en el centro de un país singularmente notable por su desolacion y su silencio. Ni la sombra de un árbol, ni el rumor de un arroyo, ni el canto de un gallo ó de un pájaro campestre, ni el mugido de una vaca, ni el mas leve ruido se sentia al atravesar aquel desierto…. ¡Ni una choza en las praderas interminables, ni un cercado para manifestar la presencia del hombre por allí!…
Y sinembargo, la Mancha es un país asombrosamente fértil en la produccion de trigos y vinos, que cuando está cubierto de mieses y sarmientos tiene una hermosura suntuosamente triste. ¿Por qué no hay allí ni un solo árbol, ni casas, ni jardines, ni otra cosa que inmensos prados ó trigales solitarios?—Porque no hay agua,—dicen los optimistas, que creen que lo que no se hace es porque no se puede.—Porque los manchegos son perezosos,—indican á su turno los pesimistas que deprimen y calumnian al pueblo español.
Ambas disculpas son sofísticas. Donde quiera que en la Mancha se quiere tener agua, no hay mas que cavar un poco y surge á torrentes. Ademas, á corta distancia están las serranías, de cuyas corrientes purísimas puede la industria obtener, por medio de canales, toda el agua necesaria. El pueblo manchego no es tampoco perezoso por índole, como se dice. Esa es una mentira que los malos gobiernos han inventado para encubrir su incapacidad.
En materia de gobierno hay que optar entre uno de dos sistemas: ó la represion reglamentaria, y entónces los gobiernos tienen el deber de hacerlo todo, y son responsables del malestar social; ó la libertad y la prescindencia, en cuyo caso el individuo tiene la iniciativa y los pueblos la responsabilidad de sus actos de todo género. Como en España se ha seguido el primer sistema, sus gobiernos son los responsables, los verdaderos haraganes, puesto que no han abierto canales y caminos (hasta ahora se trabaja en eso), á fin de que los pueblos manchegos tengan agua (y con ella árboles, irrigacion, casas de campo, etc.) y medios de dar salida á sus trigos, vinos y aceites, con lo cual la agricultura tomaría un poderoso incremento. Si los gobiernos constitucionales tienen su proceso en los presupuestos, los absolutos lo tienen en el aspecto de las poblaciones y los campos.
El primoroso valle de Aranjuez, regado por el Tajo y el Jarama (nuevo contraste en la topografía), me ofreció una prueba evidente en apoyo de las observaciones que acabo de hacer. Allí, en vez de la soledad y la tristeza del resto de Castilla, hay una pompa de vegetacion que arrebata y deleita. Aquel país es un verdadero paraíso, durante la primavera. En un espacio pequeño se halla aglomerada una inmensa riqueza en ganados, bosques, hortalizas y otros frutos agrícolas, sin contar los tesoros artísticos. ¿Por qué tanta opulencia allí en el centro de una vastísima planicie desierta? Se dirá que todo se debe á la abundancia de aguas en Aranjuez. Error: he visto muchos otros valles de España, admirablemente dotados de aguas y fertilidad, donde reina también la soledad. El valle de Aranjuez es precioso, porque es un dominio real; porque no le pertenece al pueblo español, pobre y abandonado, sino á sus monarcas, opulentos siempre. Y sinembargo, los reyes que han gastado inmensos tesoros en embellecer ese Real-Sitio, no han tratado de suprimir las fiebres, que son el real patrimonio de los vecinos de Aranjuez, á causa de las inundaciones que producen los rios. En tanto que el Jarama y el Tajo desbordan por falta de canalizacion, los palacios de Aranjuez rebosan en maravillas de pintura y escultura, que han costado millones sin cuento. Miéntras que los cortesanos se alojan allí en suntuosas habitaciones, el pueblo español sufre las fiebres tercianas, ó se aloja en Villacañas en cuevas húmedas y desabrigadas, abiertas en las peñas.
Con excepcion de tres ó cuatro parajes bellos, como en las cercanías de Toledo, de Valladolid ó de Palencia, no hay en las dos Castillas, otros puntos notables por su hermosura artificial que los Reales-Sitios. Lo demas son llanuras desiertas, aunque cubiertas de trigos ó viñas en gran parte. Con el valor de los cuatro Reales-Sitios podría el pueblo español pagar todas sus deudas, ó cubrir de ferrocarriles todo el territorio nacional, quedándole algo para alfileres. ¿Quién sabe si algún día se hará ese negocio….?
Al tomar la diligecia en Mogente (ó Alcudia) tuve por compañero en la berlina á un sugeto que me impresionó vivamente y á quien no olvidaré jamas. Era un doble tipo, como se verá, muy digno de atencion. Un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años, robusto y rosado, lleno de salud y de vida, con una fisonomía admirablemente honrada, una risa franca y llena de benevolencia, una mirada cordial, y una conversacion en que se confundia la sencillez del lenguaje con el aticísmo del estilo y la solidez de las observaciones.
Desde los primeros momentos de la conversacion (que empezó casi al entrar á la diligencia) conocí que me las habia con un liberal de puño cerrado, hombre de instruccion, e muy buen sentido y en extremo tolerante. A juzgar por su aspecto modesto y su lenguaje sencillo y chistoso, le tomé por un propietario campesino, de vida retirada, aunque muy culto. Pero luego fuí cambiando de opínion. Al saber que yo era republicano de Hispano-Colombia, me tomó cariño y me hizo mil preguntas sobre la vida de perros que llevamos los demócratas en el Nuevo Mundo. Mis respuestas le encantaban, y se mostraba como triunfante cada vez que yo le indicaba algunas de las mas bellas conquistas hechas en Nueva Granada por las ideas verdaderamente democráticas. Ya puede colegirse que mi excelente compañero y yo quedamos muy amigos, sin conocernos. La comunidad de creencia política y de toda clase de convicciones nos habia ligado; y me aproveché de la ocasion para adquirir muchas luces sobre la situacion de España.
Al día siguiente, cuando aquel excelente caballero se despedia de mí en la estacion del ferrocarril, en Madrid, ofreciéndome cordialmente su amistad, vine á saber que habia viajado nada ménos que con don José María de Orense, marques de Albaida, grande de España de primera clase, y jefe del partido demócrata español, cosa que vale mucho mas que todas las grandezas de pergaminos.
Así, aquel sujeto no solo me habia ofrecido un notable contraste social, sino tambien un bello tipo de la sociedad española. En Barcelona habia tratado en la fonda á un marques de muchas campanillas, absolutista de tuerca y tornillo. Era un sugeto de excelente corazon, pero de endemoniada cabeza, infatuado con su noble estirpe, intolerante en todo, porque no admitia contradiccion, y energúmeno en su tenaz absolutismo y su odio á las ideas democráticas.
El otro marques, mi compañero de viaje—el noble demócrata—era un tipo enteramente opuesto. No hacia el menor caso de la pretendida nobleza; no se nombraba sino por su simple apellido de Orense (sin partícula); se distinguia por su sencillez modesta y su tolerancia; hablaba de los pueblos, sin acordarse de los reyes (que eran la pesadilla del otro marques), y no reconocia en los hombres otro valor que el de su mérito personal. Así, el estudio de las cuestiones sociales y el sentimiento profundo de la justicia, habian hecho un ciudadano de un grande de primera clase. Orense me ofrecia, pues, el tipo del noble moderno, que comprendiendo que los tiempos han cambiado y el mundo marcha hácia el reinado de la libertad y la igualdad, se ha puesto del lado del pueblo, para defender una causa que no ofrece medros sino gloriosa pobreza, dejando el viejo camino por donde con tanta comodidad se iba hácia el poder con la opulencia.
Orense, ademas, me mostraba el noble tipo del viejo castellano (no del «castellano viejo»), tan simpático y respetable; es decir, del hombre sencillo, de sólido juicio, francote, honradote, lleno de chiste, espiritual en su conversacion, agradable en su porte, y hospitalario y servicial en grado eminente.
No se crea que he querido hacer un homenaje á una persona, que acaso no leerá jamas estas páginas. El rápido estudio que pude hacer del pueblo español me convenció de que Orense era un tipo de doble carácter; y los hombres típicos son precisamente los mejores rasgos de la fisonomía de una sociedad. No era extraño que yo llegase á Madrid agradablemente impresionado.
* * * * *
CUARTA PARTE.
LA NUEVA CASTILLA
* * * * *
CAPITULO I.
* * * * *
MADRID MONUMENTAL.
Aspecto general.—Plazas, paseos y jardines.—Museos y bibliotecas.—Palacios, teatros y otros monumentos.—Las caballerizas reales.
El viajero que carece absolutamente de relaciones en Madrid no debe detenerse allí mas de una semana. La capital do la nacion española, relativamente nueva y mal favorecida por la naturaleza, no puede ocupar la atencion, bajo su aspecto monumental, por mas de ocho dias; á no ser que se quiera hacer un estudio especial de bellas artes. Es que en Madrid lo mas interesante no es lo que se ve, lo que está á la disposición del público, sino lo que no se ve, ó no puede estudiarse sino al favor de las relaciones sociales.
Los templos de Madrid no merecen mención especial, ni por su arquitectura, pesada y vulgar, ni por sus tesoros interiores. Ese es un hecho que contrasta singularmente con las tradiciones del catolicismo español y con la pompa religiosa de las catedrales de España. La España religiosa no está en Madrid: es preciso buscarla en Toledo y Granada, en Sevilla y Valencia, en Barcelona, Burgos y León. Madrid es la imagen de la España política, mediocre, artificial y contradictoria.
He residido veinte y siete días en la metrópoli española, aprovechando todos los momentos y todas las relaciones para palpar y comprender los rasgos principales de su fisonomía social; y tengo la pretension de no haber perdido mi tiempo. Seré tan minucioso en los pormenores cuanto lo permitan el interes de los objetos y la paciencia del lector.
Desde que se llega á Madrid se comprende que allí reina con todo su poder y su abandono una autoridad que no emana del pueblo. La vasta ciudad, hermosa en su conjunto y en algunos de sus edificios, hace un extraño contraste con sus cercanías: es un oásis de piedra en medio de un desierto. En el interior de la ciudad algunos bellos y aun espléndidos jardines, las casas agrupadas y de elevada aunque vulgar construccion, la vida, el movimiento, la animacion. Pero al derredor de la ciudad colinas desnudas, sin un árbol, sin poblacion; campos calcinados, solitarios, sin irrigación, sin vida. El desierto por todas partes, la soledad, como si el Africa empezase á las puertas de Madrid….
Me olvidaba; hay algo que no está desierto, que ostenta la verdura, la pompa de la naturaleza ayudada por el hombre,—el lujo del arte: ese algo es, de un lado el Buen Betiro, con sus parques magníficos y sus primores; del otro el Pardo, inmensa propiedad riquísima y preciosa, que parece un pedazo de marco de esmeralda para cercar á Madrid, del lado del Palacio-real. Esos dos algos le pertenece á la familia real…. Allí están la hermosura y la vida. En lo demás, que pertenece al pueblo, están la desolación y la esterilidad.
Verdad es que Madrid cambiará en breve, gracias al nuevo canal de Losoya, que le llevará abundantes aguas de los montes de Guadarrama. La capital de las Españas no tendrá sed y podrá fertilizar y embellecer sus campiñas.
Aunque Madrid es relativamente nuevo (pues su habilitacion como capital data del tiempo de Felipe II), sus calles revelan el contraste de la vieja sociedad española con la moderna. Sus paseos interiores, su espléndida calle de Alcalá, su hermosa plaza de Oriente y las nuevas construcciones que dondequiera se levantan, manifiestan inclinación hácia el buen gusto, la comodidad, el aseo y el comfort; mientras que su vieja plaza Mayor, de vastas y oscuras arcadas, cerrada por grandes pórticos, sus antiguas calles tortuosas, sucias y repugnantes, como las que avecinan esa plaza, y algunas callejuelas tristísimas mantenidas en los barrios centrales, están probando que todavía resisten á la acción del progreso las raices de la España antigua, abandonada, rezandera, tolerante de la mugre, amiga del silencio y de la oscuridad.
Por desgracia, ese noble país del arte y del orgullo, que á pesar de sus defectos de educacion ha hecho tan grandes cosas, tiene pocas nociones del buen gusto. La arquitectura madrileña es pesada y carece de elegancia y majestad; sus monumentos no tienen valor sino por lo que contienen en el interior; sus edificios públicos son de suma vulgaridad, en comparación de su objeto (con rarísimas excepciones); sus calles, anchas y rectas en su mayor número, no tienen buen pavimento ni suficiente aseo; y las nuevas construcciones, aunque con pretensiones de suntuosidad, no hacen honor á los arquitectos españoles. El palacio inmenso del duque de Medinaceli (por via de muestra) es una suntuosa caricatura pintorreada, sin dignidad; y el afamado Palacio Real, sin nobleza artística, aunque, muy vasto, es inferior en su aspecto exterior á cualquier palacio notable de los que decoran á Lóndres ó París.
Es que (debo repetirlo) las buenas cualidades del pueblo español son internas ó intimas. Si se quisiese juzgar á esa sociedad por sus exterioridades solamente, se la conoceria muy mal, hallándola muy inferior á lo que es en realidad. Puesto que voy hablando de Madrid monumental, detallaré los principales rasgos de su fisonomía.
* * * * *
La plaza de Oriente, situada entre el Palacio real y el Teatro principal ó de la ópera, es la única de Madrid que merece atencion. Vasta, sombreada por magníficas arboledas, poblada de jardines alegres, encuadrada por bellos edificios y llena de luz, interesa tambien por su hermosa estatua ecuestre de Cárlos V, en bronce, situada en el centro y rodeada por un vasto círculo de estatuas de todos los reyes godos y españoles, en piedra bruta, algunos del mas macarrónico trabajo y en lo general escasos de mérito artístico. Los madrileños tienen por muy famoso su Palacio-real, y lo es en efecto, para España; pero comparado con muchos otros de Europa no merece gran reputacion, como obra de arte.
Entre los paseos de Madrid, intramuros, su renombradísimo Prado, su inmensa calle de Alcalá, cubierta de alamedas en gran parte, y su laberinto y parque de la Fuente Castellana, tienen sin disputa la preeminencia; sin contar los hermosos jardines Botánico y del Retiro. Es allí donde se reune por la tarde todo lo que hay de mas bello, de mas rico y elegante en la alegre sociedad madrileña; donde puede admirarse la hermosa raza española en sus variados tipos y tenerse una idea general de la fusion que se va produciendo en las costumbres y los elementos de diversas épocas.
El Prado es una vastísima calzada sombreada por varias calles larguísimas de álamos y olmos gigantescos, y embellecida por grandes fuentes. Una parte del paseo es mas espaciosa, encuadrada entre la ciudad y los jardines del Retiro y cuidadosamente macadamizada; y es en ese trecho, llamado el Salon del Prado, donde reinan como soberanas las elegantes bellezas castellanas. De un lado, el Prado se prolonga en cierto modo hácia las alamedas de los Recoletos y la Fuente castellana (al norte) y del otro (al sur) hácia la puerta de Atocha, los paseos de las Delicias y la estacion de los ferrocarriles.
Si la Fuente castellana atrae al curioso por sus laberintos de verdura, sus graciosos bosquecillos y sus elegantes quintas vecinas (verdaderos palacios campestres) que asoman sus enrejados, sus balcones cubiertos de guirnaldas y sus minaretes por entre las copas redondas de los olmos; si en los Recoletos se vaga, en la embriaguez de los perfumes, bajo bóvedas de follaje que incitan á la pereza; en el Prado el movimiento de las gentes, los mil coches tirados por hermosas mulas ó yeguas andaluzas, y el extraño aspecto de los grupos de provincianos, hacen afluir la corriente de paseantes hácia el monumento del Dos de Mayo, los reales jardines del Retiro y el vasto y bien mantenido jardin Botánico, uno de los mas hermosos que se conocen en Europa.
Los parisienses tienen orgullo de poseer sus espléndidos jardines de las Tullerías, del Luxemburgo, etc. Dejándolos en su buena y merecida reputacion, prefiero el del Retiro en Madrid, ménos suntuoso sin duda, pero mas agradable, mas natural, mas espontáneo, sin carecer por eso de bellas obras de arte, que adornan las alegres calles de árboles y las cercanías del enorme estanque establecido en el centro.
Yo me complacia, hijo del Nuevo Mundo y republicano, en recorrer aquellos bosques tupidos y suntuosos, aquellas alamedas perfumadas, aquellos jardines repletos de fuentes, estatuas y primores. Si me faltaban las florestas vírgenes de mi patria y los mil rumores de sus cataratas, sus torrentes, sus pájaros y sus insectos zumbadores,—al menos veía fisonomías hermanas, reproduciendo muchas de mi tierra natal; oia hablar en la opulenta lengua que me enseñó mi madre á balbucear; contemplaba con recogimiento las numerosas estatuas de los reyes españoles, bajo los olmos corpulentos, no porque fuesen de reyes, sino precisamente porque ellas me parecian escombros artísticos de épocas que la libertad y el progreso han trasformado profundamente, y me hacian evocar la historia de esa heróica raza ibérica que llevó su sangre al suelo colombiano para fundar pueblos que la revolucion debia regenerar y que la democracia habrá de engrandecer.
La primera vez que recorrí esos jardines espléndidos, iba de bracero con un marques republicano, Orense, que no pensaba sino en la democracia, y le daba mas energía al contraste mi situacion. Allí, á la sombra de las alamedas y ante las imágenes de los monarcas, dos hombres enteramente distintos fraternizaban cordialmente. El uno, hijo de la aristocracia antigua, español y hombre de edad y de mundo, soñaba con la libertad y el progreso. El otro, hijo del Nuevo Mundo, plebeyo por su nacionalidad, como todo demócrata, educado en la vida republicana, jóven, inexperto, viajando en busca de luz, y buscando en la patria de sus abuelos la prueba práctica, pero negativa, de las verdades democráticas! Cuando nos estrechábamos la mano ¿no establecíamos en cierto modo, sin pensarlo, la alianza de los pueblos españoles en la democracia, en el amor de la libertad que nos habia hecho amigos?
* * * * *
Madrid es digna de su rango de capital de una vasta monarquía, en cuanto á la posesion de buenos y numerosos museos y muy estimables bibliotecas, tanto públicas como privadas. Por desgracia, los Españoles no les acuerdan á sus establecimientos de esa clase toda la atencion debida. Verdad es que los estímulos faltan, porque allí no se puede ejercer ninguna profesion sin diploma oficial; los escritores, que podrían consultar las bibliotecas y estudiar los museos, hallan fuertes trabas legales que restringen mucho la publicidad; y los artistas han tenido que resignarse á la modesta condicion de copistas de las obras maestras, por carecer de apoyo social.
Los pueblos que no tienen libertad de accion para darse una vida propia, se hacen noveleros y superficiales. Este hecho se nota en gran parte de la sociedad madrileña, dominada por un francesismo fútil, que la hace buscar con ahinco los objetos del arte parisiense, mas ó ménos exagerados ó fascinadores, en vez de proteger la inspiracion de los artistas nacionales. En Madrid hay muchos y buenos artistas; pero ninguno de ellos crea: sus gabinetes están en los museos públicos, á donde van á hacer copias casi automáticas, en lugar de ponerse á copiar la naturaleza ó sus propias inspiraciones y producir las grandes y nobles obras de que son muy capaces unos cuantos. Madrazo mismo, tan superior artista, no hizo mas que vegetar brillantemente en el arte divino de Rafael, de Rubens y Murillo.
Muy laboriosa sería mi tarea y superior á mis conocimientos (porque en materia de bellas artes no tengo sino instintos), si me detuviese á mencionar todo lo que hay de bueno, de interesante y primoroso en los numerosos museos de todo género que enriquecen á Madrid. Perdóneseme, pues, que solo me detenga en lo mas sobresaliente, sin hacer mas que apreciaciones someras.
La verdadera maravilla de Madrid es, sin disputa, el Museo de Pintura y Escultura, situado en el paseo del Prado. El palacio es espléndido en su exterior, evocando en su fachada principal las figuras inspiradas y los nombres gloriosos de los mas eminentes artistas españoles. Allí, en ese noble altar de piedra levantado al genio en presencia de un pueblo que ha sido tan heróico, se ven las estatuas de Alonso Cano y Herrera, de Velázquez y Murillo, de Ribera y Montañez, de Roelas y Zurbarán, y de toda esa pléyada de divinos maestros que le dieron á España el derecho de llamarse nacion de artistas como de héroes y poetas. Ese museo hace honor á España y merece bien la codicia con que lo miran los artistas extranjeros.
El vasto edificio, construido ad hoc, contiene en sus numerosos salones cerca de 2,000 cuadros pertenecientes á todas las escuelas de pintura, entre los cuales no sería dificil contar centenares de obras maestras ó de gran mérito. Por desgracia, hay gran exceso de cuadros para el edificio, lo que hace que muchos estén como perdidos en oscuras y estrechas galerías ó corredores, donde no pueden ser apreciados por falta de luz, espacio y buena colocacion.
Pero la inmensa coleccion privilegiada basta por sí para embelesar y arrebatar. Allí se pueden apreciar y comparar todas las escuelas, en cuadros de primer órden cuyo valor es incalculable. Si los salones destinados á la pintura española son opulentos, la cosa es natural. Pero esa riqueza incomparable está equilibrada por la de los cuadros pertenecientes á las escuelas holandesa y flamenca, en que el Museo de Madrid es superior á todos los demás de Europa. Verdad es que en la parte italiana no hay comparacion con el Louvre de París, pues aunque hay muy bellos Correggios, Caraccios, Renis, Tintorettos, Tizianos, Verones, Salvator Rosa, etc., etc., son escasísimos los Rafael y Miguel Angel. Con todo, el Museo posee la famosa Perla, esa divina creacion del pintor de Urbino, que haría adorar la Vírgen al que no la hubiese comprendido ni soñado en sus fantasías religiosas.
La parte flamenca y holandesa tiene cuadros en que se revela toda la grandiosidad caprichosa del genio de Rubens, todo el poder de imitacion y fantasía de Van-Dick, toda la verdad y la energía de las risueñas escenas de Teniers, y toda la originalidad típica de esos cien pinceles holandeses y flamencos que buscaban en el hogar doméstico y en las realidades de la vida asuntos de inagotable inspiracion.
En cuanto á los grandiosos salones españoles, el visitante como yo, que no conoce el arte, sino que apénas siente en el corazon y en el instinto de lo bello y lo grande los rudimentos de un arte íntimo y natural, no sabe qué admirar mas entre tantas obras maestras. Ora se siente uno atraido á la meditacion religiosa por esas vírgenes y esos santos de Murillo, llenos de uncion, de espíritu celeste, de majestad divina, como si el artista hubiese trabajado siempre al pié de los altares, despues de sus comuniones que precedian al comienzo de cada cuadro. Ora se pone uno á reir, ó se encanta imaginando risueños pasatiempos, al ver creaciones de Velázquez, ese crítico de pincel, donde el espiritualismo burlon se revela en cada pincelada; donde cada sombra es un pensamiento, cada rasgo un epígrama y cada golpe de luz ó de colorido da la imágen de una sonrisa, de un retozo, de un chiste sarcástico. Ya se contemplan con recogimiento los severos cuadros de Ribera, profundamente filosóficos; ó se admira la frescura lozana de las creaciones de Alonso Cano.
Cuando yo terminaba la rápida inspeccion de aquel inmenso templo del arte mas divino, mas fecundo y elevado que el hombre ha podido cultivar,—templo que sería preciso visitar durante meses para darse una idea cabal de su valor,—sentia que mi espíritu se habia ensanchado, que mis nociones intuitivas sobre lo sublime tomaban consistencia. Entónces me dije: si la historia no hablase tan alto, este museo sería bastante para probarme que España ha sido un gran pueblo. Solo una raza eminente (por mal dirigida que sea) puede producir é inspirar artistas como los que tienen aquí un altar!
El Museo de Escultura, que ocupa la parte baja del Palacio artístico, no corresponde en manera alguna á la magnificencia del Museo de Pinturas. Algunas antigüedades, mas ó ménos mutiladas, procedentes de las excavaciones de Pompeya, varios bellos mosáicos, bastante raros, un grupo de Cástor y Pólux, admirable, magistral y antiguo (en mármol blanco), y las estatuas de bronce de Carlos Quinto y su esposa, Felipe II y otro personaje que no recuerdo—obras superiores de un artista italiano—, he ahí todo lo que merece bien atencion en ese museo todavía pobre.
Madrid posee tres grandes museos militares de bastante mérito: el de la Artillería, el de la Armería y el Naval. En ellos se encuentran verdaderos tesoros y maravillas de arte; pero por desgracia los locales no son suficientes para contenerlos ni están bien apropiados al objeto. Allí no solo se encuentran obras maestras de exquisito primor en materia de cinceladura y forja, de bordado y otras artes, sino que puede seguirse paso á paso y metódicamente la historia militar de España, y la marcha no solo de su civilizacion especial sino de la de todo el mundo.
Nada hay que haga comprender tan enérgicamente la tendencia de la humanidad hácia la supresion de la fuerza brutal (como potencia dominadora) y la suavizacion de las costumbres, ahorrando la sangre y evitando torturas y crueldades, como esos museos de la matanza y la devastacion donde el hombre retrata en cascos y armaduras, alabardas, hachas y cañones la brutalidad de las viejas sociedades y las luchas cruentas por las cuales ha tenido que pasar la civilizacion para espiritualizarse y conducir los pueblos hácia el reinado del derecho, de la razon y de la opinion, en reemplazo del de la lanza y el tormento.
Los museos militares de Madrid son triplemente ricos, porque, á virtud de las condiciones históricas de España, muy excepcionales, sus colecciones tienen que representar los elementos de combate de épocas y regiones muy diversas y la huella de las dominaciones romana, gótico-arábiga y austro-francesa, que han pesado sucesivamente sobre la sociedad ibérica. Aquellos museos no solo evocan la historia de esas dominaciones, sino tambien la de la conquista de «América», de las guerras en Italia y los Paises-Bajos, y de la Inquisicion, cuyos símbolos sombríos se ven en los instrumentos de tortura.
La España moderna está representada allí por innumerables modelos de armas, buques y elementos de guerra,—de planos en relieve, plazas fuertes y puentes civiles y militares,—de estatuas y bustos, y de banderas y trofeos. Hay ademas riquísimas colecciones de muestras de maderas (de España y sus colonias) superiores para la construccion y la ebanistería. Entre las obras de arte llama la atencion un enorme plano en relieve de la ciudad de Madrid, en yeso, que es de un mérito sobresaliente; así como entre las curiosidades históricas se notan: la famosa, tienda de los Reyes Católicos en Granada, trabajo exquisito y muy adelantado para su época, y la mesa y las sillas que sirvieron para redactar y firmar el convenio de Vergara, que puso fin á la guerra civil de los carlistas. Aquellos muebles, desfondados y cojos, me parecieron un poco epigramáticos en medio del vasto Museo de Artillería. Se me figuraba que por su cojera remedaban al gobierno español. Veinte años hace que Espartero y Cabrera inmortalizaron con sus asentaderas esas rústicas silletas de una choza, y todavía España está esperando la libertad y el gobierno sinceramente constitucional que debieron surgir del famoso convenio de Vergara.
El Museo de Historia natural, que ocupa un vasto edificio en la gran calle de Alcalá, no parece haber merecido muy grandes atenciones de parte del gobierno. Me pareció, apesar de su mérito real, un poco descuidado en la clasificacion de las especies y familias, y relativamente inferior á los museos de ciudades mucho ménos considerables que Madrid. Busqué sobre todo, con particular ahinco, las colecciones de objetos colombianos, y me parecieron lamentablemente pobres, en atencion á las incomparables ventajas con que ha contado España para procurarse en el Nuevo Mundo una abundante y variada cosecha de productos de los tres reinos.
Madrid es rica en bibliotecas universales y especiales que merecen alto interes, principalmente en lo relativo á Colombia, y posee tambien archivos abundantes con numerosísimos y muy raros manuscritos. Pero es preciso confesar que no se hace mucho caso de las tales bibliotecas, muy poco frecuentadas, segun noté. Los duques de Osuna y Alba tienen bibliotecas particulares repletas de tesoros y primores, y casi nadie las visita ni consulta.
Entre las cinco ó seis públicas que pude ver debo citar la nacional y la del Congreso. La primera, casi escondida en un rincon de Madrid, en un pobre edificio, está muy mal alojada y en completo desórden. Los soldados y las mulas reales tienen palacios por habitaciones, miéntras que los grandes pensadores de la humanidad viven como trastos inútiles encajonados en desconcierto, en una mala casa y cubiertos de polvo. Algunos salones estaban vedados, á causa del desórden ostensible; pero en los que estaban á la disposicion de los lectores hallé tal mezcolanza de literatura y teología, ciencias y necedades, latin é inglés y todos los idiomas, que si los autores de los libros pudieran resucitar y asomar la nariz en los respectivos estantes, se hallarían muy asombrados de la compañía y mistificados por los anacronismos.
La Biblioteca del Congreso, cuya base principal es la que perteneció al pretendiente Don Cárlos, no tiene de particular sino sus documentos políticos que le son especiales. El bibliotecario me mostró con suma galanteria cuanto le pedí, y tuve la particular curiosidad de hojear y leer las famosas constituciones de 1812 y 1837, autógrafas y firmadas por todos los legisladores respectivos. Yo admiraba la audacia y el patriotismo de esos hombres eminentes, regeneradores de España; pero al ver los armarios repletos de códigos, constituciones y tratados, me decia con tristeza: «¡Cuánta letra muerta!» Entretanto pasaba por la calle un batallon, y el ruido de las cornetas penetró hasta la biblioteca del Congreso, «Esa es la verdadera ley;—me dije entónces,—esa voz gobierna á los pueblos con mas poder que la de sus pretendidos representantes….
* * * * *
El palacio destinado al Congreso es un bello y noble monumento, de estilo griego en su fachada principal; pero carece de elevacion, y las otras tres fachadas son absolutamente vulgares. En el interior se encuentra bastante gusto y sencillez de adornos, aunque los salones, demasiado multiplicados, son pequeños. Uno de ellos contiene un gran reloj-cronómetro, de armario, fabricado en Barcelona, verdadera maravilla bajo todos aspectos. El salon de las sesiones es elegante y posee muy hermosos frescos pero revela, por la distribucion mezquina de las tribunas públicas, que en lo que ménos se pensó fué en darle asiento al pueblo español para que, oyendo á sus representantes, pueda juzgarlos, formarse una opinion y hacer efectiva la responsabilidad moral.
En el centro de la plazuela dominada por el palacio del Congreso está colocada, entre una verja de hierro, la bella estatua de bronce erigida á Cervantes, y cantada por Zorrilla, el bardo de las fantasías y las opulentas armonías. Los Españoles no han sido muy pródigos en estatuas y monumentos para perpetuar la gloria de sus genios; pero ya comienzan á pensar en eso. Sinembargo, aunque el inmortal Quintana tendrá su monumento, ha sido asunto de grande y acolorada disputa entre los partidos la ereccion de una estatua á Mendizábal. El proyecto nomas hizo caer á un ministerio (ó contribuyó en mucho á la fechoría), convertido en cuestión de gabinete. En un país donde no hay libertad para adorar á Dios como le plazca á cada cual, no es extraño que se prohiba dar culto á las ideas liberales representadas por un gran patriota.
Hay en Madrid un monumento que prueba, por su popularidad ó el respeto universal que le rodea, que los Españoles, si bien se arrancan los ojos por las cuestiones interiores, están unidos por un solo sentimiento—el de la independencia—cuando se trata de la nacionalidad. Ese monumento, tan noble por su severa sencillez como por las epopeyas que evoca, es el del Dos de Mayo, que domina una de las espléndidas alamedas del Prado. Una pirámide do granito y piedra, algunos nombres escritos que valen por un poema, un leon en relieve, una inscripcion conmemorativa y un doble círculo de cipreses, he ahí lo que basta para recordar á los Españoles que en aquel sitio sufrieron su martirio glorioso algunos defensores de la independencia y la libertad, y que no es digno de su patria ni de llamarse ciudadano sino el que sabe darse todo con abnegacion á la causa que la justicia, el derecho y el honor santifican.
Ese monumento me hizo fijarme en una observacion curiosa que he podido repetir en muchos lugares de España. Los Franceses, invasores y sacrificadores en la época del primer imperio, son muy simpáticos en España; en tanto que los Ingleses, que le ayudaron al pueblo español á rechazar la invasion, no gozan de simpatías en la península. ¿De qué depende ese contraste al parecer injusto? Es que las razas llamadas latinas en Europa, tienen por distintivo esencial de su carácter la abnegacion, el heroismo y la iniciativa espiritual; y la nacion francesa, que á pesar de sus defectos políticos, es la primera en todo lo que es generoso y magnánimo, ha adquirido un inmenso é indestructible prestigio sobre los pueblos que se le asimilan.
Ademas, los Españoles han hecho, como lo hace todo extranjero que visita el pais, una observacion muy importante. Durante la guerra de 1808, los Franceses, como enemigos, hicieron volar muchas fortalezas, pero construyeron puentes, teatros y otras obras; en tanto que los Ingleses, como aliados, aprovecharon la oportunidad para destruir en España las fábricas de porcelanas, paños y otros artículos, que podian hacerles competencia. Muchas veces los amigos hacen mas daño que los enemigos.
Madrid posee siete ú ocho teatros, aunque regularmente no funcionan sino cinco: el de la Opera, el Frances, el de la Zarzuela y dos de dramas y comedias, con acompañamiento de baile, etc. Los demas son insignificantes. Con excepcion del Teatro real ó de la ópera, que es espléndido, suntuoso, muy vasto, bello como monumento y uno de los mas grandiosos de Europa, en su género, los demas, aunque bonitos en su interior, carecen de positivo mérito en sus formas. Mas adelante hablaré de la situacion del arte dramático en Madrid, como un elemento de la vida social.
Perdóneseme que pase de los monumentos personales y los teatros, ex abrupto, á las caballerizas reales, monumento elevado á los caballos y las mulas de la Corte con mucho mayor esmero que las vergonzantes estatuas ó columnas consagradas á la gloria de los grandes genios. Si de la transicion surge un curioso epígrama, la culpa no es por cierto mia.
Las caballerizas reales son consideradas (con mucha razon por desgracia) como una de las maravillas de España, el país por excelencia de los contrastes y extraños fenómenos sociales. La Corte, que ocupa el palacio real (que no pude visitar por estar presente la reina), tiene á su derecha casi todas las Legaciones extranjeras, y á la izquierda las caballerizas: las unas que tiran del coche de la nacion española, cada cual por su lado; las otras que sirven para las carrozas de la reina de España. No sé de qué lado tirarán con mas fuerza ó habrá genios mal recalcitrantes.
Un inmenso palacio, aunque no de condiciones aristocráticas, sirve de alojamiento á los dichosos brutos que tienen el honor de llevar sobre sus lomos á las personas de la Corte ó tirar sus doradas carrozas y berlinas. El edificio está dividido en grandes compartimientos adecuados para guardar los carruajes y arreos, en asombrosa profusion; abrigar los potros y las yeguas de primer órden, que están allí como joyas de primor; alojar setenta soberbios caballos de tiro, otros tantos de silla, doscientas mulas para los coches de palacio, y un enjambre de lacayos y mozos puestos al servicio de sus amos, cuadrúpedos de sangre azul. Los dignos brutos están todos enjaezados con hermosas libreas en sus magnificas é interminables cuadras, y parecen enorgullecerse al recibir las visitas de tantos extranjeros, ya pateando con garbosa satisfaccion, ya irguiendo sus lustrosos cuellos y sus abundantes y crespas colas, como cisnes terrestres. La gualdrapa que viste cada uno de esos miembros de la aristocracia de los brutos, vale mas que todo el vestido que un labriego español puede consumir en un año. Cada caballo es un príncipe, con su corte de lacayos, cada yegua una jóven mimada, y cada mula una matrona respetable y corpulenta que, al mirar con desden al Español plebeyo que se acerca, parece tener la conciencia de su dignidad y su grandeza.
Todo el edificio es admirable por la cómoda distribucion, el aseo, la magnificencia de las razas de brutos y el buen servicio. Pero despues de admirarlo pregunté si la Corte no permitia la propagacion en el país de aquellas razas superiores, procedentes de diversas regiones del mundo, y me dijeron que no. Todos esos tesoros son, pues, de puro lujo, sin utilidad para el Estado. Y ese palacio de los brutos ha costado millones, esos animales valen millones, y su manutencion espléndida cuesta enormes sumas anuales. Entre tanto, hay poblaciones enteras de mendigos, hay millares de familias que habitan cuevas practicadas en los barrancos, hay canales cegados, puertos inseguros, rios sin puentes, calles sin salubridad, y muchas miserias que remediar y obstáculos que remover….
Parece que no alcanza el dinero para hacer todo eso, ni hay urgencia, puesto que las mulas no tienen novedad en su importante salud.
* * * * *
CAPITULO II.
* * * * *
MADRID POLÍTICO Y SOCIAL.
La Corte y la nobleza.—La juventud española.—Escenas matinales.—Las calles de Madrid.—El Prado.—El teatro español.—El café público en España.—Tendencias sociales.
No pretendo en manera alguna centralizar la sociedad española, bajo todas sus faces, en Madrid. Como he dicho, hay en España cuatro Españas distintas, que tienden á confundirse, que se van mezclando fuertemente y que no muy tarde formarán una sola. Pero Madrid, aunque no representa principalmente sino la España castellana, es, como centro político, un espejo fiel de la vida general de la nacion española. Lo que sucede en Madrid, en lo político y social, so repite en las demas grandes ciudades españolas, con mas ó ménos vigor segun las costumbres características de cada provincia.
Si la Corte es un elemento de estudio para el viajero en España, por sus especialidades, la sociedad de Madrid no deba observarse, para apreciar sus cualidades y sus defectos, sino en el Prado, en los teatros, la plaza de toros, los hoteles ó fondas, los cafés, las calles y las reuniones públicas y privadas. En cuánto á Madrid político, hay que buscarlo en las Cámaras, en el periodismo, los tribunales, las juntas anónimas, el Ateneo, y sobre todo los cafés. El que juzgase á los Españoles por lo que escriben ó peroran en público y solemnemente, formaría opiniones muy erróneas. Para conocer el tipo del Español, como ciudadano, hay que oirle hablar en el café, donde se revela libremente tal cual es. La mesa del café público es la verdadera tribuna del Español.
La prensa en España está amordazada y generalmente prostituida en el periodismo, como sucede con todo elemento de civilizacion que se degrada cuando lo comprimen ó guian artificialmente. Pero los Españoles se desquitan de palabra de la esclavitud que les han impuesto en la prensa. No hay un país en Europa, inclusive Inglaterra, donde se hable con mas libertad que en España, en los recintos que no tienen carácter oficial ó político. Y puede decirse que donde realmente se discuten en ese país los asuntos políticos es en los cafés, las mesas redondas de los hoteles y los casinos ó círculos privados.
Hablemos primero de la Corte y despues de los Españoles. Pero no hay que confundir a la Corte y los cortesanos con la aristocracia. Talvez la mayor parte de los verdaderos cortesanos no pertenece a la aristocracia, la cual, en España, si vale mucho menos intelectualmente que la de Inglaterra y Francia, tiene mejores cualidades morales.
Ese orgullo insolente de los nobles de otros paises no se conoce en España. Su aristocracia moderna, la que se ha formado por su accion en la política, en la literatura ó en la guerra, es muy reducida, y no ostenta sus títulos (único distintivo), sino que se confunde con las demas clases sociales en todas las relaciones. La aristocracia antigua ó tradicional gusta, en lo general, de ostentar sus títulos en grandes escudos de armas y blasones, en ruidosas denominaciones y en otras exterioridades. Pero en realidad, esas demostraciones no revelan una infatuacion personal sino un alto orgullo de familia, sentimiento piadoso y patriótico en el fondo; puesto que consiste en el culto á las glorias de sus antepasados y á las tradiciones de la independencia y de las grandes proezas de la España antigua.
Creo muy sinceramente que la aristocracia de títulos ó hereditaria, no tiene de malo sino los privilegios y las desigualdades inicuas en que generalmente se apoya. Pero reducida á títulos, sin prerogativas injustas, es meramente ridícula, y por tanto inofensiva, ó racional en cuanto se funde en la conservacion incólume del honor, de la gloria y del respeto hácia los progenitores, y entónces puede ser un estímulo hasta cierto punto. Con todo, no vale la pena una aristocracia inofensiva ó puramente titular de hacer tanto ruido y de empeñarse en conservarla legalmente. Mejor sería que su valor se estableciese por la opinion fundada en la libertad.
Como quiera que sea, la aristocracia española es realmente un pergamino viviente. Sin mayorazgos ni privilegios ante la justicia, su poder es nulo; y como no ha procurado adquirir influencia moral por medio de las letras, la tribuna, etc., cada dia se hace mas insignificante, reducida á muchos blasones y algunos doblones. Los nobles de España son, de resto, los mas demócratas (si los puede haber) de cuantos se conocen en el mundo. Ni piden limosna, como los de Italia; ni dan látigo, como los de Rusia; ni se hacen caballeros de industria, como tantos en Francia; ni viven á estilo feudal, como los de Alemania; ni viajan como los de Inglaterra con orgullosas ínfulas. Confundidos frecuentemente con el comun de la sociedad, se les ve en la mesa redonda del hotel, en el corrillo de la calle ó del café, en al parterre del teatro ó en la diligencia de viaje, muy contentos de alternar familiarmente con todo el mundo. Ví en los cafés á muchos nobles discutiendo afectuosamente con estudiantes y periodistas, y siempre mostrándose tolerantes.
Recuerdo que un dia cierto baron ó conde muy estimable, me invitaba á dejarme presentar en Palacio para conocer la Corte de cerca y besar la mano á la reina. Le contesté riendo: «Señor mio, no tengo inconveniente en besarle la mano á una dama; por galantería; pero cuando la dama fuese reina, me sentiría humillado en mi altivez de republicano. Ademas, los reyes no son para mí sino animales curiosos; y despues de haber visto en los jardines zoológicos las girafas, los hipopótamos y los orangutanes, no me siento con urgencia de ser curioso.» El excelente sugeto, en vez de picarse de mi brusquedad colombiana, me dijo con suma amabilidad: «Vamos,—tiene U. razon; cada cual tiene el punto de vista de sus ideas y de su educacion social. Nuestra reina es una guapa señora; pero para U. no hay mejor reina que la libertad. Enhorabuena.»
Esas condiciones que distinguen á la aristocracia española (que no es egoista ni avara) prueban dos verdades: 1ª que la nacion española es y ha sido en el fondo, por su carácter, esencialmente democrática, á pesar de sus detestables instituciones; y 2ª que su regeneracion actual es mucho mas positiva de lo que las apariencias pueden hace creer.
La Corte es un mundo muy diferente de la aristocracia. Talvez la de España es la mas corrompida de Europa, despues de las de Turquía y Roma. Es allí donde se agitan y pululan los mas extraños manejos y las mas impuras intrigas, á despecho de la nacion española. Es allí donde se hacen y deshacen ministerios, que no debieran tener su cuna ni su tumba sino en el seno de la opinion nacional. Y á decir verdad, hay casas entre las gentes de la Corte á donde las familias que se estiman no van jamas ó van muy rara vez y por necesidades de etiqueta. La política mas impura se elabora en esos salones y esas alcobas, donde tienen sus templos la lisonja, la empleomanía y el interes.
No habiendo penetrado á las regiones de la Corte, ignoro personalmente (y espero seguir viviendo en mi santa ignorancia) los misterios de ese mundo de tinieblas. Pero he recogido en España abundante provision de anécdotas que edificarían al mejor amador de escándalos. No las relataré, pues, gracias á los Españoles, tengo mejores cosas de qué hablar….
En España hay una cuarta clase de la sociedad, compuesta de brillantes párias, que inspira el mayor interes: la juventud. Es observando su situacion y desarrollo que puede comprenderse mejor la lucha actual, definitiva, entre la antigua y la moderna España. El ejército le es antipático á esa noble falange; el foro y el profesorado le están casi vedados, porque las leyes oponen poderosas cortapisas al libre acceso; la vida parlamentaria está monopolizada por los empleados públicos y los ministros, así como por los grandes capitalistas; el periodismo está sometido á la censura previa y la persecucion, y la ingeniatura civil misma está sujeta á las influencias oficiales. Así, la juventud pobre que quiere avanzar y hacer carrera y se siente animada por las mas generosas inspiraciones, vegeta en realidad, reducida á rumiar ensayos literarios, perorar en los cafés, mantener justas especulativas en los círculos literarios y gastar su vigorosa naturaleza de un modo estéril.
Donde quiera, en Madrid, he visto una juventud muy inteligente, ambiciosa de luz y de condiciones excelentes para desempeñar un gran papel. La filosofía moderna alemana, la economía política y la historia son muy cultivadas por esa clase briosa y casi abandonada; y es de su seno que salen dia por dia, á pesar de mil dificultades, oradores elocuentes y escritores de buen temple, que un dia serán hombres de estado, porque el viento del siglo los empuja, pero que harán su carrera muy trabajosamente. Toda esa juventud es liberal, demócrata, y es en sus manos que veo el porvenir de España.
La gran mayoría social de Madrid es ardientemente liberal, y el espíritu de progreso y de independencia se revela en los obreros ó artesanos de un modo inequívoco.
Lo mismo sucede á casi todos los grandes centros de poblacion, donde el fanatismo ha decaido notablemente y las ideas de gobierno civil son generales. Creo que la democracia española, ántes de diez años, saldrá triunfante de esas grandes ciudades á dominar toda la península, porque en ellas se está verificando un trabajo de discusion privada y de propaganda que acabará por crear las convicciones correlativas de los instintos democráticos.
Varias veces asistí á las sesiones del Congreso en Madrid, y tuve la fortuna de oir discurrir á los mejores oradores de todos los partidos. A juzgar por ellos, y teniendo en cuenta la intolerancia reglamentaria que les impide hablar con libertad, me pareció que España era superior en la oratoria á la España periodista ó escritora. Y eso es muy natural, puesto que allí todo el mundo tiene en el café una tribuna, donde entre taza y taza de chocolate se producen excelentes cosas espontáneamente. En lo general, los discursos de los diputados tenian una fuerte dósis de personalidad, vicio que proviene de la organizacion artificial y contrahecha que tienen los partidos. Tambien noté sobrada abundancia de palabras y repeticiones aún en el afamado Olózaga y el brillante Aparici; pero ese defecto no solo proviene del mal giro de la política española, sino tambien de la natural ampulosidad de la lengua castellana, de la cual se abusa mas cuando, por falta de libertad en el discurso, se tienen que sacrificar las ideas á las formas.
El mariscal O'Donnell, jefe del gobierno, se ponia furioso cuando le contradecian los oradores de la oposicion, sin saberse sujetar á las buenas reglas parlamentarias. Es que; bajo todas las latitudes, los hombres de sable se creen siempre en el cuartel, cualquiera que sea su posicion. Cuando parecen hacer un argumento, en realidad no tienen la intencion sino de decir á la asamblea que los escucha: Armas al hombro y paso redoblado!
Madrid, que cuenta 281,170 habitantes, no solo tiene muchos institutos literarios y cientificos importantes, sino que revela su vitalidad política por medio de numerosas publicaciones periódicas. No tiene ménos de veinte grandes periódicos, casi todos diarios, algunos muy bien escritos, casi todos llenos de aticismo y personalidades; y publica ademas gran número de revistas y periódicos ilustrados, que no carecen de mérito.
Por desgracia, el periodismo español está demasiado afrancesado en algunas materias; se descuida mucho lo nacional por las traducciones de futilezas parisienses; y no pocas veces hay que recordar á Fígaro, á propósito de ciertos traductores que no cuentan para su labor sino con «atrevimiento y diccionario,—y algunos con el atrevimiento solo.»
¿Quereis tener alguna idea respeto de Madrid social? Acompañadme á pasar allí un dia ordinario, y en todos sus incidentes hallareis mas de cuatro revelaciones. Son las siete de la mañana y salgo á buscar el sol y el aire puro. Madrid despierta á medias. Sus ricos capitalistas, sus gentes de la aristocracia y sus hombres del mundo elegante y político, duermen profundamente. No se levantarán sino á las once, á medio dia ó mas tarde, porque no se han acostado sino á las dos ó las tres de la mañana. Esa es la costumbre. Las puertas de las casas y tiendas se abren lentamente, si son de rango subalterno. En la calle no se encuentra sino al pobre vendedor de legumbres, sucio y harapiento; los barberos afilan filosóficamente sus navajas, detras de sus celosías bajas; los aguateros asturianos empiezan su tarea, arriando sus diminutos pollinos cargados de pequeños toneles de agua; los mozos de café, trasnochados por sus innumerables é inamovibles parroquianos, bostezan, se estiran voluptuosamente, y hacen traquear sus coyunturas como matracas. Las calles están…revelando que la noche ha pasado por encima de ellas, y saludan el dia con los olores ménos confortables del mundo.
Oigo un extraño ruido sobre mi cabeza, cual si tuviese lugar un aéreo tiroteo. Vuelvo la vista y descubro á todas las cocineras y sirvientas de la real Madrid exhibiendo todas las curiosidades de los lechos conyugales, celibatarios y de párvulos. La una sacude en el balcon, sobre la calle, un viejo tapete, una sábana ó un faldellin de lana, si no un cuero de oveja de indescriptible aplicacion; la otra desenrolla una estera…imposible. Esa cuelga una crinolina al aire, como farol; aquella pone en exposicion artística un colchon ó algo peor. Madrid íntimo, el Madrid de la alcoba, sale á luz en toda su desnudez, asomándose á todas las ventanas, sacudiendo su polvo en todos los balcones, y ámbas aceras quedan colgadas durante dos ó tres horas, como si fuese á pasar alguna procesion de caricaturas.
Tal es Madrid por la mañana, en casi todas sus calles. ¿Quereis acompañarme al almuerzo? No vale la pena: es como en todas partes. Venid mas bien conmigo al chirivitil del barbaro español, que hallareis en cualquier entresuelo de casa vieja ó en una tienda que da sobre la calle. Si no teneis barba que rapar no importa: entrad siempre y os divertireis, conociendo un interesante tipo español.
Todo barbero charla sin cesar: eso es trivial y universal. Pero el barbero español no se parece á ningun otro barbero en ciertas cualidades. El viejo Fígaro no existe: es un tipo que las revoluciones han suprimido. Su sucesor en Madrid no tiene los recursos de intriga, ni las mil hábilidades, ni la literatura del héroe de Beaumarchais. Truhan por excelencia y amable y meloso, el barbero contemporáneo os hará reir, os hablará de teatros, de las corridas de toros, del ministerio y las Córtes, de las muchachas bonitas, y sobre todo de las vidas ajenas. Le hallareis malicioso, pero jamas calumniador; sumamente chistoso, pero sin grosería; instruido en todos los misterios de alcoba y de fortuna, pero sin llevar la indiscrecion muy adelante. Una palabra, un gesto, una sonrisa burlona del barbero os dirá mas que un discurso. El barbero español tiene la ática elocuencia del gesto.
No le hableis de religion, porque os barajará el asunto y agachará la oreja con malicia. Dejáos manosear libremente, si quereis complacerle y que os afeite bien. Su oficina carece de aseo, sus peines aterran por las plantas parásitas que contienen; os enjabonará la cara con las manos, en vez de la brocha; os raspará como si pelase á un cerdo; pero al fin os divertirá, os hará mil cumplimientos y un hermoso par de patillas andaluzas, y cuando le pregunteis cuánto vale su trabajo, os responderá con el tono mas español, mas generoso, altivo sin afectacion: «Lo que U. guste, caballero.»
* * * * *
Salgamos á dar una vuelta por las calles de Madrid. Su movimiento es interesante. El aspecto material de las calles tiene bien poco de importante, porque Madrid por ese lado es una mala copia de Paris. Hoteles y cafés, almacenes y tiendas, casas y coches, todo se parece en su exterior, si es nuevo. Es en los pormenores, en los grupos sociales donde, apesar del dandy madrileño, del leon español (bastande insípidos), se revela España, la verdadera España, compuesta de tantos tipos diferentes, pero que armonizan en Madrid de un modo singular.
Apartemos la vista de lo que es puramente imitativo, exótico, aunque el contraste no carece de interes. Allí un grupo de rancios castellanos discurre bajo de un portal sobre las maravillas de una civilizacion que les sorprende. Los ferrocarriles en España!—es cosa de perder la cabeza para un segoviano de puño cerrado, ó uno de esos aragoneses ó burgueños de la vieja estirpe. Mas allá departen sobre el precio de los pellejos de vino algunos manchegos cosecheros, ó echan sus cuentas sobre la escasez de los trigos, á la puerta de un ventorrillo de esquina, entre uno y otro largo trago de Valdepeñas; con la manta amarillenta de lana burda recogida sobre un brazo, medio levantado por delante el fieltro de anchas alas, y dándole á la conversacion ese acento perezoso de los paisanos del inmortal Caballero de la triste figura.
Mas léjos, al derredor de una fuente pública, se agrupan en desórden los aguadores asturianos, de calzon corto y alpargata, chaqueta remendada, camisa indefinible, sombrero diminuto y fisonomía contradictoria, en cuyos rasgos parecen luchar la imbecilidad del servilismo y la inquietud del genio pendenciero. Todos gritan, hormiguean al pié de la fuente, se restregan, se apostrofan; pero al echar sobre la espalda el barril de agua, recobran no sé qué del aire paciente de la mula de carga.
Al dar con una callejuela, de esas que son las vias de comunicacion obligadas entre dos grandes calles, tropezais con un enjambre de curiosos tipos. En la esquina grita con voz chillona la vendedora de papeles, casi andrajosa, anunciando la «Correspondencia» ó la «Iberia», y tal ó cual opúsculo del dia; y á su lado le hacen mil reverencias al pasante el mozo de cordel y el limpia-botas, anhelosos de obtener clientela. Mas adelante el baratero os pone en las barbas su pequeña Babel portátil de fósforos y lápices, jabones y pomadas y las mas heterogéneas sustancias, que os ofrece sin gracia ni donaire. En España nadie tiene la gracia seductora del Frances para vender, porque aquel ha sido un país poco especulador y condenado al aislamiento moral. Un paso mas en la callejuela, y os codea la tentadora sevillana ó madrileña de opiniones…muy despreocupadas, guiñándoos un ojo negro y candeloso capaz de tentar al diablo mismo si no tiene juicio; en tanto que al pié de cada muro veis una fila de mendigos lamentables, rascando sin piedad ó punteando una raida guitarra para producir un ruido que punza los nervios, acompañamiento de la usual frase: una limosna por amor de Dios.
Llegais á la Puerta del Sol ú otra plaza de primer órden por su posicion central, y el espectáculo es variado. Al lado del espléndido carruaje á la francesa se cruzan las pesadas y monumentales diligencias, que afluyen de todas las provincias ó van á ellas, con el tren de enganche mas extravagante y tiradas por cuatro ó cinco pares de furias que llaman mulas. Allí, grupos de leones afrancesados hablan de modas, cerca de otros grupos de especuladores ó meros chimógrafos que le van tomando aficion al deleite de la Bolsa. Acá ronda distraído, por una acera, un par de guardias civiles ó gendarmas de estrambótico uniforme, que hacen recordar el carnaval; ó se detienen, con la conciencia de su inutilidad, a departir con algún barbero desocupado que espera á sus parroquianos en la puerta del taller, armado de su amenazante navaja.