Mas léjos pasa un grupo de hermosas madrileñas, de majestuoso andar, fisonomías graves y cabezas de reinas, cubiertas todas con las opulentas mantillas nacionales; y ese grupo aristocrático hace contraste con otro de toreros andaluces que celebran los golpes de la última corrida, burlones, pendencieros, rumbosos, petulantes y simpáticos al mismo tiempo; llamando la atencion por sus fachas vigorosamente varoniles, sus negras y abundantes patillas y el conjunto curioso del sombrero calañés, redondo y recogido sin alas como un bonete de felpa ó paño, la chaqueta de paño cuajada de bordados y botones lucientes, la ancha faja roja ó azul en la cintura, el calzon corto, y el botin prolongado hasta la corva en polainas labradas, con borlas de menudas correitas.
Si ademas de los mil grupos diferentes que componen la fisonomía social quereis fijaros en algunos incidentes que la caracterizan, observad el movimiento en cada estanco de tabaco y en cada tienda de licores; oid los gritos de los innumerables vendedores de billetes de lotería, corredores de la corrupcion explotada en beneficio del Fisco; contemplad á los paseantes ociosos, y en todas partes hallareis algo de original y especialísimo de España. Ved, por ejemplo, al obrero español, el tipo que mas resiste á la invasion de las costumbres extranjeras: rebelde á la blusa, la cachucha y la actividad del obrero frances, el español conserva su sombrero redondo, su chaqueta y su manta para tener el derecho de conservar su inmobilidad é indolencia.
Llega la tarde: son las cinco y estamos en primavera. Dos largas hileras de caballeros y de carruajes se dirigen del centro de Madrid hácia el Prado por la gran calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo. En el Prado no encontrareis ni al torero ni al mendigo, ni al baratero ni al aguador; allí no pasea sino el Madrid dichoso ó que hace el papel de serlo. Corrillos de periodistas y diputados, de financistas y de dandys, de extranjeros curiosos y de provincianos muy currutacos, hormiguean allí, en alegre confusion con las damas elegantes,—todos en incesante vaiven, rozándose sin ceremonia, aspirando con libertad y espíritu expansivo el aire del campo. Allí las confidencias, los dulces y estériles coqueteos, los cumplimientos de todo estilo, y la ostentacion del lujo, de la hermosura y de la charla. El Prado es encantador. El tipo español, múltiple, se ostenta allí, á pié ó en coche, en lo que tiene de mas bello y distinguido.
Y ¡qué lujo en las formas de aquellas naturalezas! La bella castellana, de tez pálida y fina, cejas arqueadas, ojos severos y andar aristocrático, sacude el abanico con una gracia inimitable, y lleva la mantilla medio caida con la majestad que una reina su manto. La picante andaluza, la valenciana de mirada de fuego y frente enhiesta, la locuaz y casi rubia bilbaína, la gentil madrileña medio afrancesada; todas seducen y forman un conjunto admirable de fisonomías generalmente simpáticas reuniendo la gracia expresiva á la hermosura. Todas sonrien, saludan, hablan con llaneza delicada y prohiben al extranjero la eleccion.
Entre los hombres se hallan figuras distinguidas por donde quiera, revelando mas corazon que espíritu, mas vivacidad de pasion que reflexion. Grandes y negras patillas ó retorcidos bigotes, cuerpos robustos, cabezas altivas; un poco de petulancia en todas las miradas y de benevolencia en todas las sonrisas; la conversacion siempre ruidosa; el cigarrillo en todas las bocas, apoyado con gordas interjecciones por via de puntuacion; riqueza de fantasía y de proyectos; inclinaciones heróicas y poca formalidad: tal es el conjunto de circunstancias sobresalientes. Añadid, en cuanto á las mujeres, unas cabelleras admirables que parecen mantos, y un pié pequeñuelo que se asienta todo pero sin lentitud perezosa, y tendreis un mediano bosquejo.
De repente circula un rumor y se nota en todos los grupos cierta sensacion: es que la reina va á pasar en su carroza. Todos se detienen un instante, saludan quitándose el sombrero, la reina hace sus graciosas reverencias, y asunto concluido. Ni un viva, ni una exclamacion: es un pueblo galante que saluda á la primera de sus damas y que conserva el respeto tradicional hácia los reyes; pero nada de entusiasmo. Cuando mas algun admirador anticuario dice por lo bajo: «¡Qué guapa moza es nuestra reina!» La España que creia en el derecho divino de los reyes ha muerto, y sobre sus ruinas se está levantando la España demócrata.
Ni un soldado acompaña en los dias comunes la carroza de la reina: esa es una manifestacion de confianza en la lealtad de los Españoles. Con todo, la reina en sus paseos revela una transaccion. Renunciando á los soldados ó guardias transige con la opinion ó las ideas del presente; pero haciéndose tirar en una antigua carroza, por mulas enjaezadas á estilo rococó, manifiesta su culto al pasado y á las tradiciones de la época que murió.
Cierra la noche, y si no hay luna el Prado queda enteramente desierto; las mariposas vuelan hácia sus nidos, y las hormigas de casaca negra emprenden su viaje en busca de labores nocturnas. Entónces les llega su turno al teatro, el casino y el café, escenarios democráticos donde la sociedad española se exhibe admirablemente. El teatro es mucho mas querido en España de lo que se piensa. Si los toros son populares, no por eso destruyen ni atenúan siquiera el gusto por el teatro en aquella raza ardiente y siempre ansiosa de fuertes impresiones. El teatro, aunque frecuentado por la aristocracia, es democrático en España. Todas las clases se aproximan allí, se respetan mutuamente, gozan y se confunden sin desórden.
Por desgracia el gusto literario no adelanta en proporcion. El teatro mas popular es el de la Zarzuela, cuyas operetas bufas son generalmente vulgares. Lo mas clásico y selecto no es lo que mas agrada, sino las petipiezas bufonas que pervierten el arte, la lengua, las ideas y las letras. Algunas, sinembargo, suelen ser ingeniosas y espirituales. No sucede lo mismo en cuanto á música y canto que en lo recitado: los Españoles manifiestan en lo general una disposicion notable para la música, aunque no muy educada; lo que no quita que á veces sean intolerantes y bruscos con los artistas. Los Españoles, extremosos en todo, no saben censurar á un autor con el silencio; necesitan del pito para hacer entender la improbacion. Es que les falta el pulimento y les sobra la ardiente espontaneidad de la franqueza.
Al salir del teatro, el Español no se va á dormir: necesita ir primero al Casino ó al Café. Es que allí tiene su vida libre y su tribuna; allí reina como soberano, pudiendo componer el mundo político á su acomodo. Cada café es un club de centenares de grupos, que entra en actividad desde las siete ú ocho de la noche. Las señoras de la aristocracia (de sangre, de posicion ó de dinero) no van jamas á los cafés en España; pero eso no impide que los frecuenten mucho las damas irreprochables aunque no aristocráticas. En cuanto á los hombres, con excepcion de los ministros, los diplomáticos, los rezanderos y los duques, todos los de buena sociedad se reunen allí. El café es un terreno neutral donde todas las opiniones se manifiestan libremente, donde todos los partidos disputan sin reñir y á donde la policía no tiene entrada. Los Españoles, á falta de prensa libre y de Córtes independientes, tienen el café inmune para formar allí la opinion.
Vastos salones se suceden, al nivel de la calle, pudiendo contener algunos cafés muchos centenares de personas, y casi nunca queda un lugar desocupado. No hay un lugar donde los Españoles revelen mejor que en el café su invariable movilidad. Cada parroquiano pertenece á un grupo inalterable y se sienta infaliblemente todas las noches en el mismo lugar, delante de la misma mesa y haciendo rueda con las mismas fisonomías de la noche anterior. Cada cual llama al mismo mozo, pide la misma cosa, se insinúa de igual manera y permanece el mismo tiempo que en la última sesion. Allí, en esa invariabilidad, pasa cada uno tres, cuatro ó cinco horas sin levantarse.
Y sinembargo ¡qué admirable movilidad y fecundidad no desplegan todos en sus confidencias, sus noticias, sus discusiones y disputas, sus chistes, anécdotas y epigramas! Jamas una conversacion se reproduce entre los mismos interlocutores, cualquiera que sea la composicion de los grupos en las cincuenta ó cien mesas de cada café. En unos no hay mas que hombres; en otros se reunen los dos sexos; aquí son escritores, allá negociantes; en este todos son jóvenes; en aquel se confunden todas las edades. El marques se hombrea con el pobre artista y el senador con el estudiante de derecho al derredor de la misma mesa; se habla de todo y en voz alta en todos los salones; se fuma cigarro y cigarrillo sin tregua, y todo el mundo está contento, expansivo y chistoso entre aquella atmósfera caliente y espesa que obra sobre los cerebros excitando el ingenio picante y la locuacidad.
¡Singular y curioso conjunto! Como en el café español las costumbres han establecido la libertad completa, cada interlocutor es muy franco y dice todo lo que piensa sin temor ninguno. El andaluz, impresionable, susceptible y graciosamente hiperbólico, discute sin ceremonia; el mesurado castellano ostenta su aticismo y buen sentido en mil epígramas y comentarios burlescos; el severo y estentóreo catalan toma las cosas de serio, como si estuviese en el Parlamento ó en la Bolsa. Todo se comenta en el café: los misterios de la Corte, la conducta del Gobierno y de las Cámaras, las manifestaciones de la prensa, las causas y sentencias ruidosas, los grandes escándalos, los sucesos internacionales y los triunfos gloriosos del literato y del torero, del orador y de la cantatriz. Discusiones profundas, peroraciones elocuentes y galanterías, crónica escandalosa, frivolidades y grandes cosas, delirios y negocios ligeros, y aún amores ardientes y terribles pasiones se agitan en aquel santuario bullicioso y esencialmente democrático. Quien no haya estudiado un poco el café, en Madrid como en Barcelona, en Sevilla como en Cádiz, no conoce una de las faces mas marcadas de la sociedad española.
Por lo demas, el café no es para los Españoles sino un elemento de asociacion, pues aparte de ser muy sobrios ellos no tienen gusto por el café ni saben beberlo. Lo que toman es leche muy azucarada con una ligerísima tintura de café, y tienen el capricho de beberlo en un vaso de vidrio, para tenerlo caliente. Ellos no son autoridad sino en cuanto al chocolate y el vino. Lo amargo les repugna en el café, como los deleita lo rancio en el aceite. Cada cual tiene sus gustos y en eso no cabe disputa.
Despues de estas rápidas observaciones, una palabra mas acerca de Madrid político y social, á reserva de insistir sobre ello en otro lugar. En tanto cuanto el roce con gentes de buena sociedad me permitió conocer la situacion de la clase media en España, pude notar varias cosas: primera, que la juventud literata se deja dominar mucho por la tendencia hácia la metafísica alemana, estéril en un país que, no teniendo discusion libre, lo que necesita es recibir un fuerte impulso en la via económica para agitarse en un gran movimiento que produzca por contragolpe la regeneracion moral. Segunda, que esa juventud, toda liberal, y tendiendo hácia un solo fin—el progreso—está en gran desacuerdo, hasta el extraño capricho de que los demócratas y los libres-cambistas ó economistas parecen estar en antagonismo. Los talentos parecen divorciados unos de otros, dominados por un absolutismo de ideas ó de sistemas que tiene mucho de escolástico.
Nótase ademas en los jóvenes escritores y oradores cierta manía de teologizar todas las cuestiones, dándose á disputas religiosas en que nadie puede ser convencido, y haciéndole tomar un giro bíblico á toda predicacion política ó histórica, en vez de servirse de la análisis, estudiando atentamente los hechos sociales. La economía política es muy popular en Madrid, pero es tan téorica que rara vez se la ve en el periodismo tratando las cuestiones que afectan mas gravemente los intereses del pais. España necesita tener algunos metafísicos y poetas de ménos é investigadores de mas. La poesía verdadera es la sintesis, la suprema revelacion de la verdad; pero los pueblos que se hallan en la situacion de España, necesitan de espíritus vigorosamente analíticos que escudriñen, revelen y hagan palpar las debilidades de la sociedad.
La juventud española tiene bellas cualidades: patriotismo, fe, entusiasmo y ambicion varonil. Pero necesita para elaborar grandes cosas un teatro diverso del que tiene: dejar los misterios del gabinete por la plaza pública, fortificando su temple en las pruebas azarosas de la vida realmente popular del ciudadano activo. El dia que reciba un sacudimiento profundo que la arroje sobre el terreno de los hechos, la juventud española hará prodigios: hoy…no hace mas que soñar, conversar y vegetar….
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CAPITULO III.
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ARANJUEZ.
Un paseo popular.—Mi compañero.—El valle de Aranjuez.—Un grupo de periodistas.—Una corrida de toros.—El monte en ferrocarril.
La visita de los Reales sitios es un asunto de interes para todos los extranjeros. Yo me prometia visitar mas tarde el Escorial y la Granja; pero no creia que el Pardo y otras propiedades de la familia reinante, contiguas á Madrid, mereciesen un estudio particular. Aranjuez me pareció exigir la preferencia, tanto mas cuanto que, habiendo pasado por allí en un tren del ferrocarril, sentia el atractivo que ejerce sobre los curiosos aquel oásis encantador. Por otra parte, se habia anunciado una gran corrida de toros en la plaza de aquella pequeña ciudad, y yo deseaba vivamente conocer este espectáculo singular y típico, que tanto difiere de los juegos de toros en Hispano-Colombia. Verdad es que ni el Tato, ni Cuchares, ni otro de los príncipes de la tauromáquia debian trabajar en Aranjuez; pero estaba anunciado como rey de la fiesta un tal Pepete, espada de segundo órden no sin alguna reputacion.
Millares de personas de todas condiciones estaban agrupadas en la estacion del ferrocarril para ir á la corrida. Todo contribuia á seducir á los madrileños: los toros, los mil primores del Real sitio, el placer casi fantástico que produce el vuelo en ferrocarril, y aún la novedad de convertir á Aranjuez en el Versalles de Madrid. Los trenes se sucedian y los asientos no alcanzaban. Para lograr wagones de primera clase tuvimos que organizar una cotizacion entre diez y seis viajeros, so pena de pasar ratos bien amargos en los coches de segunda y tercera. Confieso que lo sentí, porque deseaba aprovechar mi oscuridad en España para deslizarme entre la plebe, aceptando todo contratiempo, á cambio de conocer un poco la índole de las clases llamadas inferiores. Pero yo acompañaba á un distinguido literato español, el cual á fuer de Español, era muy galante; y como él habia visto una espléndida madrileña de ojos azules y cabeza rubia, capaz de seducir al mas cuerdo, era preciso dejarse llevar á remolque.
Aquella circunstancia me hizo confirmar una vez mas la inexactitud fisiológica de la famosa regla: similia similibus… que es tambien un principio de química. Acaso haya verdad en eso, en algunas situaciones; pero en lo general no he visto sino contrastes en la misteriosa química de los afectos. Mi compañero era un catalan de sangre pura y demócrata de ribete; mientras que la hada del wagon en que íbamos era una rubia de fisonomía británica, é hija nada ménos que de un escritor absolutista á puño cerrado.
La conversacion se entabló con exquisita cordialidad como entre viejos amigos. Así es siempre en España, sobre todo en los lugares públicos. Debo decir con placer que no tengo sino gratos recuerdos de los numerosísimos amigos de café, de teatro, de wagon, de diligencia, etc., que coseché en España; amigos de una hora, anónimos, que se pierden para siempre un instante despues, pero que dejan buenos recuerdos por la amabilidad obsequiosa de sus maneras y la buena voluntad con que le dan al viajero, cuantos informes solicita.
En honor de mi compañero de paseo y para hacer justicia á su elocuencia, debo recordar una circunstancia. Poco despues de la partida del tren, cuando la conversacion andaba por los desfiladeros de la galantería disimulada, la señorita rubia, como una reina que abdica su corona por capricho, declaró que detestaba el matrimonio y no se casaría nunca; y eso, no por odio á los hombres, sino…. (¡Cosa rara en la hija de un absolutista!) por amor á la libertad. El poeta catalán batió la brecha con calor. Cuando descendimos del wagon en Aranjuez, la hermosa rebelde estaba convertida…ó parecia estarlo; pero el poeta predicador no habia dado ni un solo paso fuera del camino de las galanterías. El mismo dia les predicó en mis barbas el mismo sermon á otras tres ó cuatro empedernidas del momento, con una admirable fogosidad de galantería.
El opulento valle de Aranjuez, formado por el levantamiento de algunas colinas en la gran planicie que tiene al Tajo por centro hidrográfico, recoge las aguas de este rio así como las del Jarama, cuya confluencia se verifica á poca distancia de la ciudad de Aranjuez, que está á 49 kilómetros de Madrid. No sin razon se puede llamar á ese valle el huerto de Madrid, pues se distingue por la abundancia y excelencia de sus frutas y hortalizas. En España la tierra clásica de las fresas y los espárragos es Aranjuez. Su industria es muy reducida, y su agricultura de poquísima importancia, si se ha de juzgar por las escasas viñas y los diminutos olivares de algunas colinas del contorno. Lo mejor de Aranjuez está en sus bosques, sus jardines, sus palacios y sus crias, todo lo cual pertenece al «patrimonio real».
La poblacion es apénas de poco mas de 5,000 habitantes, guarismo que suele duplicarse durante la primavera por la invasion de los que buscan las delicias del campo. Ciudad nueva y cortesana, Aranjuez se distingue por la capacidad de sus casas, y sus calles anchísimas tiradas á cordel y cortadas en ángulos rectos. Es entre la ciudad y el Tajo que se extiende lo mas espléndido de los jardines y parques del Real-sitio.
En un hotel-restaurador nos encontramos con cuatro periodistas y un jóven del mundo que habia comenzado su carrera en la diplomacia: galante, gastador, rumboso y «cansado de la vida» á los veintidós años apénas…. Era curioso ver la franca cordialidad que reinaba entre tantos escritores allí reunidos. Mi compañero redactaba un periódico progresista-demócrata; dos de los otros eran redactores de un diario moderado de oposicion; dos mas lo eran de uno ministerial; el jóven fatigado de la vida (pagano en tipografía) era absolutista; y para completar el contraste yo figuraba allí como republicano de Colombia y colaborador de los órganos de la democracia en Madrid.
La mas completa armonía reinó entre nosotros. Sea que el pueblo español haya sido calumniado en eso de la intolerancia política; sea que la vida constitucional le haya mejorado mucho; sea, en fin, que los periodistas constituyan donde quiera una raza aparte, lo cierto es que en España he hallado entre los escritores una singular cordialidad en las relaciones personales. En los cafés, los teatros, etc., se ve fraternizar á los hombres (los jóvenes sobre todo) que se hacen la guerra mas cruda por medio de la prensa y en todos los terrenos ardientes de la política.
El tiempo nos faltaba absolutamente para visitar las maravillas artísticas de la Casa del Labrador, de los jardines privados y de todo lo que hay admirable en ese museo de verdura, de piedra, de mármoles, de aguas saltadoras y de flores, que se llama el "Real sitio" (dividido en dos grandes porciones—la del Príncipe y la de la Isla), que contiene cuanto hay de mas precioso en el arte nacional, de mas bello y opulento en la vegetacion española y aún en la exótica. Yo recorria embelesado, con suprema delicia, algunas de las alamedas anchurosas, llenas de sombra, de perfume y de amor, que dan acceso á los grandiosos parques, los tupidos bosquecillos, los preciosos jardines, las plazoletas rústicas de verde alfombra y ricos pabellones flotantes de variados colores, las caprichosas isletas, las bellas ensenadas, los lagos en miniatura, las cascadas bulliciosas, los pintorescos puentes y los mil primores que el arte ha aglomerado allí, aprovechando la asombrosa fertilidad del suelo y las aguas del perezoso Tajo. ¡Cuántas veces al pasar bajo las inmensas cúpulas formadas por los olmos estupendos, los sicomoros, los fresnos de tinta oscura y menudas hojas, las encinas y hayas y otros árboles europeos, alcanzé á ver algunas familias colombianas, acogidas en el seno de la madre patria como testimonios de fraternldad! Hablo de las lianas enormes, las lujosas parásitas y muchos árboles y arbustos del Nuevo Mundo, que yo habia saludado en los dias de la juventud, errante cazador, entre las selvas seculares de mi dulce patria. A veces me parecia que esos séres trasplantados de Colombia hacian temblar sus festones flotantes, no al soplo de las brisas españolas, sino bajo la presion de una conmocion secreta, al ver pasar á un compatriota! Acaso ellos me decian, en su lenguaje de rumores misteriosos que el hombre no comprende: «Te reconocemos….»
El contraste mas vigoroso me aguardaba en la plaza de toros. A la escena suntuosa de la naturaleza, llena de vida, de majestad, de misterio y de recuerdos de amor, iba á suceder una escena terrible de ruido, de pasion frenética y de muerte…. En vez de la poesía de Dios y de la contemplacion deliciosa, la extravagante poesía del heroismo salvaje! Eran las cuatro y media de la tarde, y ya la plaza de toros, situada hácia el extremo sur de Aranjuez, estaba colmada de espectadores. Todas las clases sociales se habian aglomerado allí, pero por capas ó de piso en piso, segun los recursos pecuniarios. Los puestos, los palcos y lunetas, á pesar de su incomodidad y su grosera estructura, cuestan en lo general, en las plazas de toros, respectivamente lo mismo que en los teatros. Es increible el interes que el espectáculo despierta, dando lugar á la ventajosa especulacion que hacen los revendedores de billetes. Frecuentemente su ganancia es de cincuenta por ciento, y á veces muy superior, cuando el primer Espada ó Matador es alguna de las grandes notabilidades del arte, príncipes de la carnicería heróica.
No pretendo hacer una descripcion completa de las corridas de toros. No hay viajero ni escritor de costumbres eminente que no haya ostentado en ese asunto su habilidad descriptiva: por lo mismo si yo tratase de imitarlos, ó mi descripcion sería pálida y mediocre, ó para interesar mucho tendría que ser plagiario. Asi, me limitaré á las observaciones que se refieren á los rasgos mas salientes y vigorosos de aquel drama original.
En Colombia, gracias á Dios, los toros no son una institucion permanente. Cada año, con motivo de la fiesta del santo-patrono, ó del aniversario de la independencia, hay regocijos publicos, esencialmente democráticos, que duran de tres á ocho dias. Durante ese tiempo, ninguno en la ciudad y el pueblo tiene otra ocupacion que la de divertirse, excepto los que especulan con la diversion, que se divierten y hacen negocio al mismo tiempo. Allí, las fiestas son un conjunto curiosísimo de corridas de toros, bailes, paseos, representaciones dramáticas, rifas y juegos, canciones patrióticas, banquetes y meriendas, conciertos, exhibiciones, peroratas, etc., etc. Pero todo es popular y público, todo es gratúito, pasajero, y como todo lo pasajero original, vehemente y febril. Pasan las fiestas, se arranca la última estaca de las barreras y los balcones improvisados de la plaza de toros, y no queda rastro alguno de la ruidosa y variadísima escena. Hasta el año siguiente, en la misma época, no se vuelve á pensar en el asunto. Ademas, no ha habido víctimas torunas ni caballunas en la plaza, y es raro que se cuenten hombres muertos ó heridos de gravedad, apesar del desórden que preside á las corridas y de los prodigios del aguardiente, la chicha y otros licores que corren á torrentes por millares de gargantas.
En España los toros constituyen un drama crónico. Cada ciudad tiene su plaza permanente, especie de circo de gladiadores heterogéneos (unos cornudos y otros sin cuernos), y la estacion de las corridas dura desde el principio casi de la primavera hasta el fin del otoño. El invierno dispersa á los toreros y da treguas á los caballos viejos y los toros. Las capitales clásicas de la tauromáquia son Madrid, Sevilla, Valencia y Barcelona. Es allí donde se conservan los mas espléndidos circos y adonde afluyen, en busca de aplausos, dinero y aventuras galantes, los mas célebres espadas, los mas guapos picadores y los mas ágiles capeadores.
Tocóme por fortuna una luneta que dominaba precisamente el toril, que es la «capilla» de aquellos bandidos de las llanuras y las ásperas lomas, de gruesa cornamenta, poderosa nuca y contextura de fierro, condenados á sucumbir en un combate desigual y terrible. Nada mas eléctrico para la inmensa turba aglomerada en el anfiteatro circular y los balcones de la plaza, que la voz aguda y bélica de los clarines que ordenan y anuncian la salida de un toro á la sangrienta liza. Una conmocion simultánea agita á todos los espectadores y un rumor que revela ansiedad y curiosidad al mismo tiempo, circula en el ámbito de aquel grandioso matadero.
Si el toro al salir da un salto gigantesco y parte como un rayo sobre los objetos que se le presentan, unánimes aplausos lo acogen y estimulan; su popularidad es inmensa y todos los espectadores son de su partido. ¿Qué tiene eso de extraño, si hay en el mundo tantos animales aplaudidos y populares? Si el toro, al contrario, se muestra cobarde ó sorprendido al salir, la rechifla popular lo abruma, la opinion lo condena y todo el mundo lo insulta y apostrofa con los mas ultrajantes epítetos, prestados á veces á la política. Así, el toro es un personaje que apasiona hasta el frenesí, y da lugar á un juego de epigramas que tienen frecuentemente su aplicacion á los sucesos notables de la situacion. El primer momento decide, pues, de la reputacion y de la suerte del toro, sin que le valgan para rehabilitarse en la opinion sus actos de valor, si ha comenzado por tener sorpresa ó miedo. Así es la suerte de los hombres tambien.
Si el toro sale de ley se le respeta, se le trata con dignidad, porque no se apela al insulto supremo de las banderillas. Se le ataca, se le capea en regla, y se le da muerte en singular combate, á manos del primer espada, como á un caballero de los tiempos heróicos. Pero si es cobarde, la gavilla de toreros lo acosa con brutalidad, lo vilipendia con las banderillas, lo atonta con los capeos grotescos, lo hala de la cola, lo acogota y aniquila como á un ladron vulgar y despreciable. Para el guapo la espada; para el cobarde la punta del innoble cachete.
La tumultuosa escena de la plaza de toros requiere muchos dias de observacion para poder apreciar todos los pormenores. No tuve valor, lo confieso, para contemplar esa carnicería mas de una vez. Por eso tengo que reducirme á lo mas notable del conjunto. Allí llaman la atencion simultáneamente los actores del drama y los espectadores. Entre los primeros, el Espada es el primer galan, el segundo espada su protagonista; el toro es el gran barba terrible; los picadores son los auxiliares de la trama, y los capeadores y ayudantes de toda clase constituyen la lucida falange de comparsas. Francamente, el toro, defendiéndose de cien enemigos, me pareció el personaje mas bello, mas digno de admiracion y de interes. Sus enemigos me parecieron mas atrevidos, pero mas estúpidos que cada toro. Todos ellos, á cual mejor, se distinguen por la originalidad, el lujo ó lo pintoresco del vestido. Pero sus papeles son muy desiguales. El Espada representa lo sublime de la barbarie; el Picador, la perfeccion de la bestialidad; el Capeador ó simple torero, la simple union del atrevimiento, la agilidad y la gracia.
El capeador, muy elegantemente ataviado (estilo majo) se reduce á provocar al toro, sacarle lances, conducirlo al lugar del combate decisivo y divertir. Es el cortesano del Espada, su auxiliar, su lacayo pedestre. El picador, caballero en un esqueleto de caballo mas bien que un caballo, con las piernas aforradas en tablillas de fierro y pantalones de ante muy fuerte, y provisto de una larga púa, se presenta delante del toro, lo busca, lo acosa, lo pica sin piedad ni miedo, y aguarda como un autómata el tremendo golpe de la fiera irritada. Como el escombro de caballo en que anda tiene los ojos vendados y no puede defenderse, por falta de fuerza y agilidad, cuando la púa del picador no resiste para contener el empuje del toro, este se aboca sobre el miserable rocin, le hunde las hastas aguzadas en el pecho y el vientre, lo despedaza y lo lanza á algunos pasos de distancia; quedando el picador tendido en el suelo, sin defensa, bajo la sangrienta y confusa mole del caballo y el toro. Este, mas generoso que el hombre, se retira y busca á otro enemigo; rara vez se ceba en una víctima. Ademas, al caer un picador todos los toreros acuden á salvarle, y el caido es levantado como una estatua, porque sus piernas, entablilladas como están, no tienen movimiento. Al punto le sacuden, y si el caballo no ha muerto lo hacen enderezar para que el picador monte otra vez.
Cuando ese lance se ha repetido tres ó cuatro ó mas ocasiones, el espectáculo es tan odioso como inmundo. Unos cuantos hombres, manchados de sangre y empolvados, se agitan como demonios, con la tenacidad de la petulancia, sobre cadáveres ambulantes que arrastran ó sacuden en un movimiento de agonía todos los intestinos que las astas de la fiera han destrozado y hecho brotar por anchas heridas…. Ví caballos que fueron martirizados en esa situacion durante una hora!
Llega el momento del sacrificio del toro, y los clarines lo anuncian con un toque fúnebre que hace pasar por los nervios y la sangre un hondo calofrío de terror y compasion. El Espada, rey de la escena, no entra en accion sino para dar muerte al toro. Brinda la suerte á un personaje, escoge un sitio, tantea su arma, recoge su lujosa capa carmesí, arroja al viento su cachucha, se aprieta el moño postizo y aguarda con serenidad á que la fiera, conducida con maña por los cortesanos, venga á aceptar el combate mortal…. El lujo brillante y la singularidad de su vestido, la altivez de su andar y la terrible especialidad de sus funciones, las mas peligrosas, hacen del Espada, á los ojos de los Españoles, un héroe, un semidios de la muerte, una especie de artista sanguinario, si se me permite la violencia herética de la expresion!… Todas las miradas le contemplan, le devoran y le siguen sus movimientos con agitacion febril.
El toro llega y, como presintiendo la inminencia del peligro, rehusa en el primer momento el ataque formal. Acaso adivina luego que si no muere heróicamente ó si no mata, le aguarda la pena infamante del cachete. Acepta la espada, mide á su enemigo con una mirada de fuego, le apostrofa con un espumante resoplido, irgue un instante la formidable nuca, escarba la arena con suprema desesperacion y coraje, y embiste como un huracan…. El Espada se defiende con tres ó cuatro lances, casi inmóbil, y la fiera, como deseando poner fin á su lucha y su martirio, vuelve sobre el flanco de su antagonista, agacha la cabeza, surge como un relámpago de acero, estalla un inmenso grito de millares de bocas, suenan los clarines, y se ve, al disiparse la polvareda, la gran mole de un cadáver oscuro, como un peñasco, al pié de un hombre que saca su espada de entre el corazón y los lomos de la víctima, y la limpia tranquilamente contra la tosca piel del palpitante escombro….
Renuncio á describir las mil manifestaciones frenéticas que constituyen la ovación del triunfador salvaje; como renuncio á pintar el sereno orgullo de aquel bello demonio, de aquel majo que reune en su persona, para las mujeres de cierta condición, el ideal del valor y la galantería. ¡Ay del Espada si la suerte le es adversa! La rechifla le abruma, si, salvo, manca la estocada del modo indispensable. Aquel día hubo seis toros en campaña: tres fueron muertos guapamente, de un golpe instantáneo como el rayo, por un Espada de garbosa figura y negras y grandes patillas, llamado por sobrenombre Pepete. Los otros tres, acribillados á estocadas inhábiles por un Espada llamado Lilo (si mal no recuerdo), murieron bajo los golpes de ese atroz clavo ó puñal que llaman el cachete. Lilo fue silbado sin misericordia, no obstante la buena reputación de que gozaba.
Cuando el toro sucumbe, se presenta un episodio que armoniza con los combates mismos. En medio de la gritería que aturde, á causa de la ovacion ó de la rechifla, segun el caso, aparecen tantas parejas de mulas bravías cuantos cadáveres hay en la plaza. Aquel dia conté en las seis corridas quince caballos muertos ademas de los seis toros. Las parejas de mulas, curiosamente enjaezadas, entran, dirigidas cada una por dos mozos de uniforme especial, al trote solamente. Un travesaño pendiente de las correas del tiro, con garfios de fierro, agarra el cadáver de un animal, casi hecho trizas; los látigos traquean, y las mulas parten á escape, como demonios frenéticos, saltando, tirando coces y bufando, estimuladas á golpes. Todo aquel peloton de animales de tres especies—unos de dos piés, otros de cuatro que brincan y los demas cadáveres—sale por una gran puerta, y apenas acaban de cerrarla cuando se abre la del toril para recomenzar la matanza….
Es en la plaza de toros donde el pueblo español ofrece mas caprichos en su tipo moral. ¡Singular fenómeno! ese pueblo no tiene nada de inhumano en el fondo, ni ama las iniquidades sangrientas; y sin embargo no siente la mas leve impresion de disgusto al ver tantos actos de tortura, tantos vientres destrozados y tantos cadáveres! La emocion de las peripecias y el interes de la escena, en cuanto revela valor, habilidad y peligros, le arrebatan la conciencia de lo que aquello tiene de bárbaro y atroz. Se olvida la muerte, porque al lado de ella se ve al hombre que arriesga la vida por galantería y amor á la gloría (á su modo), se ostenta una habilidad artística especial y terrible, y hasta se satisface el orgullo nacional con la superioridad de los toros españoles, corpulentos y fieros…. El pueblo español revela allí graves defectos de educacion, pero muestra tambien grandes virtudes de carácter, aunque mal dirigidas y aplicadas. Sus defectos no son mas que la exageracion de sus cualidades.
Uno de los rasgos mas curiosos de los toros es la energía del espíritu de partido que ellos despiertan. En el circo ninguno es indiferente, y los partidos se multiplican hasta la extravagancia, Cada cual tiene su espada, su picador, su torero y su toro predilecto. Los propósitos, los dichos, los epigramas y las interjecciones gordas se cruzan; las miradas son fulminantes, los gestos y movimientos dan la idea de la fiebre unida á la rabia. Todos se gritan, se silban, se apostrofan y gesticulan como enemigos encarnizados. Este arroja á la plaza su sombrero en un rapto de entusiasmo, y otro hace remolinear en el viento su cachucha, mientras que los adversarios del ídolo le lanzan cortezas de naranja y vituperios intrascribibles….
Pero acaba la funcion, la inmensa multitud se dispersa, el circo queda desierto y, como por encanto, la cordialidad se restablece y los antagonismos terminan, sin que las disputas hayan tenido consecuencia alguna, sin que un bofeton ó una injuria de las que no pertenecen al vocabulario convencional del anfiteatro, haya producido realmente una sola querella. ¡Singular elasticidad de carácter que prueba todo el fondo de poética admiracion por lo fuerte, varonil y heróico, que hay en el entusiasmo de los Españoles por la tauromáquia!
Los viajeros, en lo general, extrañan que las corridas de toros subsistan en España, no obstante la popularidad del teatro, que podría reemplazarlas totalmente. Yo no extraño tal cosa, ni creo que esa diversion brutal sea la prueba de malos sentimientos entre los Españoles. Hay tipos que, prescindiendo de las influencias locales é históricas, son principalmente engendrados por la ley. El torero, el contrabandista, el jugador ó tahur y el guerrillero son en España hijos de las instituciones. El sistema económico, tan vicioso en España, ha hecho nacer al contrabandista como el contrapeso de la voracidad y codicia del fisco. Las plazas de toros son explotadas como elementos fiscales ó rentísticos. El juego está erigido en institucion normal, puesto que el Gobierno es, por medio de las loterías permanentes, un banquero de roleta. En cuanto al guerrillero, la violencia oficial lo hace surgir, como engendra las conspiraciones. Lo mismo diré hasta cierto punto del mendigo.
Se cree que el pueblo español no soportaría la supresion de los toros. Error! ¿No ha tolerado y aplaudido la supresion de los frailes que le eran tan queridos, como se decia? Puesto que las corridas de toros están reglamentadas por la autoridad, nada mas fácil que ir suprimiendo en ellas paulatinamente los rasgos mas repugnantes y brutales hasta hacerles perder el interes actual. «Si el gobierno en España lo reglamenta todo (hasta la prostitucion), ¿por qué no aplicar su poder á abolir en lo posible lo que hay de salvaje en las costumbres, ó hacer siquiera ménos frecuentes los espectáculos?» Tales son las reflexiones de algunos enemigos de la tauromáquia.
Yo pienso de distinto modo. Creo que solo dos poderes suprimirán en España, mejor que los reglamentos, las corridas de toros: las elecciones populares y los ferrocarriles, es decir la actividad de la industria y la locomocion, y la vigorizacion de la vida política. El dia que todo el mundo pueda ir á España fácilmente, y salir de allí, los caractéres se suavizarán, por el doble contagio de los nuevos espectáculos que el extranjero llevará al país y de lo que los Españoles verán en el extranjero. El dia también que el pueblo español pueda saborear las nobles fiestas de la democracia, de la vida libre y popular, trocará el circo de toros por la asamblea y el gabinete de lectura. Sus defectos actuales no provienen sino del aislamiento, que ha impedido sacudir los malos hábitos y las preocupaciones perniciosas. Cuando la sangre española se renueve con la sábia de una civilizacion mas culta, habrá perdido, es cierto, mucho de su originalidad típica, pero habrá ganado inmensamente en grandeza y gloria, progreso y bienestar.
A propósito del juego (pasion singularmente arraigada y esparcida en España, en todas clases de la sociedad y bajo todas las formas imaginables), haré una observacion, porque recuerdo un incidente curioso. Al volver por la noche de Aranjuez á Madrid, yo iba con mi fino compañero en un wagon pleno. Los otros seis sujetos me habian sido desconocidos ántes de aquel dia. Uno de ellos, aburrido de su inmobilidad en la movilidad del tren, propuso una partida de monte, con apuestas de menor cuantía. A falta de naipes nos rogó á todos que le diésemos nuestros billetes de trasporte, y con ellos arregló, pintando números en los reversos blancos, cuatro pares de ases, doses, treses y cuatros. De ese modo la partida, aunque muy modesta por el interes, se empeñó entre cuatro ó cinco de los viajeros.
¿De dónde proviene esa pasion del juego en España? A parte del estímulo incesante que le da el gobierno con el escándalo de las loterías, influyen muchas causas: la falta de libertad industrial, el aislamiento, la vida sedentaria que imponen las condiciones de un país exuberante pero sin fáciles salidas, la inmobilidad política proveniente de instituciones fundadas en el privilegio, la ociosidad forzada de una juventud impresionable y apasionada, que encuentra muchos obstáculos á la entrada de casi todas las carreras. La libertad (paradoja aparente pero verdad incontestable!) la libertad de todo lo lícito, será el solo poder que suprimirá los abusos de las costumbres ó lo ilícito. Es que cuando la ley y la autoridad pretenden dirigirlo todo, la opinion pública y el interes individual bien entendido no tienen la fuerza bastante para condenar y reprimir los malos impulsos del momento ó los extravíos de una educacion viciosa.
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CAPITULO IV.
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TOLEDO.
La Semana Santa.—Por la orilla del Tajo.—Topografía de Toledo; su origen.—La Catedral y otros monumentos religiosos.—El Alcázar. —Condicion social de los toledanos.
La Semana Santa habia empezado, y era el momento mas oportuno de hacer una visita á la «imperial Toledo», la antigua capital de un reino morisco, y de la monarquía española hasta principios del reinado de Felipe II. Aunque en España todas las grandes capitales celebran con bastante pompa la Semana Santa, Sevilla, Toledo y Madrid llaman en esos dias principalmente la atencion.
Sevilla descuella, como una segunda Roma, haciendo prodigios de ostentacion en que las apariencias de lo religioso se confunden con las realidades pasajeras de lo mundanal, y la fiesta católica se completa con una inmensa feria, donde se reune cuanto tiene la Andalucía de mas rico, de mas original y característico. De todos los puntos de España afluyen los extranjeros, los meros paseantes y los especuladores ó tratantes, á divertirse, curiosear ó negociar en la gran ciudad andaluza.
Madrid solo brilla los juéves y viérnes santos por su lujo exorbitante en los atavíos de las gentes, las ceremonias cortesanas y dos procesiones muy sencillas por su tren, pero que llaman mucho la atencion por la suntuosidad de los cortejos que las acompañan bajo la presidencia personal de la reina y su consorte.
Por lo que hace á Toledo, ella ha sido siempre el punto de reunion de todas las gentes no cortesanas que gustan de los grandes espectáculos religiosos y de la contemplacion de monumentos en todo el territorio de la Nueva Castilla. Actualmente la afluencia de forasteros es mucho mayor en Toledo, durante la Semana Santa, con motivo del ferrocarril ya establecido, que liga á Aranjuez con aquella ciudad ofreciendo muchas comodidades á los madrileños. Esa circunstancia ha hecho surgir en Toledo nuevas necesidades, entre otras la de crear fondas y multiplicar las posadas, á fin de dar alojamiento á los muchos viajeros que van á ver las maravillas ó al menos curiosidades de aquella singular ciudad.
El tren partió de Madrid, pasó rápidamente por delante de Getafe, Pinto, Valdemoro y Cien-pozuelos, poblaciones sin gracia ni particularidad alguna, con un total de 10,600 habitantes; tocó en Aranjuez, y luego, apartándose de la línea férrea que conduce al puerto de Alicante en el Mediterráneo, tomó la ramificacion parcial de Toledo, que arranca adelante de Castillejo, pasando por Algodor, estacion aislada que sirve de embarcadero á trece pequeños peublos circunvecinos, mas ó ménos apartados de la via.
Desde Aranjuez hasta Toledo el paisaje es encantador, porque el ferrocarril sigue el valle del Tajo, sobre la orilla izquierda, aproximándose muchas veces hasta tocar casi en las playas del perezoso rio. De un lado se ven, como bajos estribos ondulosos de los Montes de Toledo, graciosas colinas de seno granítico y superficie arenosa y arcillosa, absolutamente desnudas de vegetacion natural, pero cubiertas de sementeras de cereales, de pequeños olivares y viñedos, en los puntos ménos estériles; en tanto que sobre las ásperas lomas ó los campos muy desiguales y agrios pacen algunos rebaños do ovejas ó de vacas, cuyos grupos contrastan en el horizonte con los picachos rocallosos que de trecho en trecho se alzan sobre los lomos de las mas altas colinas.
Del otro lado se extiende una doble faja verde y luciente, llana y de anchura desigual, humedecida por el Tajo, que contrasta mas notablemente, por su rica vegetacion y su pintoresca alegria, con las desnudas colinas y campos arenosos de que acabo de hablar. Bosques de álamos blancos y de muchos árboles gigantescos se suceden, alternando á veces con hermosas praderas, donde saltan y retozan los magníficos potros, las lustrosas vacas y las robustas ovejas de las crias escogidas pertenecientes al patrimonio real, ó á varios propietarios que poseen terrenos en las márgenes ó vegas del Tajo. En algunos puntos, en todo el trayecto hasta Toledo, se ven ricas plantaciones de hortalizas; y donde quiera reina una humedad vivificante para la vegetacion, pero funesta para la poblacion por las fiebres intermitentes que en algunos meses producen los derrames del Tajo, que carece de un lecho bien determinado y hondo.
El ferrocarril se detiene en la vega del Tajo, al pié de la eminencia que sirve de asiento á Toledo, como á un kilómetro de la ciudad. Allí hay que tomar una especie de coche-diligencia, todavía rudimentario, circunstancia muy embarazosa cuando hay muchos viajeros. Cuando llegué á la estacion llovia á torrentes, y no había ómnibus en que hacer el trayecto hasta el centro de Toledo. Estuve á punto de volverme de allí nomas á Madrid, y sin la generosa obsequiosidad de un caballero español que me dió un asiento en su carruaje particular, no habría podido escalar la cima de la imperial y pobrísima y atrasadísima Toledo.
Nada mas raro, mas único en su estructura que esa ciudad, tan llena de monumentos y recuerdos como vacía de industria y de vitalidad moderna. Como en España no se viaja por buscar ciudades, fábricas y campiñas de estilo moderno, sino por estudiar un país de condiciones especialísimas, Toledo encanta al viajero que la visita, apesar do las detestables incomodidades que hacen allí desagradable la vida. Perdido en un laberinto de callejuelas y vericuetos, aunque llevaba un guia, vagué durante dos horas buscando alojamiento en la ciudad. Ya desesperaba de hallar un rincon donde ajustar mi persona, despues de pedirlo en diez ó doce fondas ó posadas mas ó ménos ostensibles, cuando la casualidad me permitió dar con una posada improvisada, decente para el caso, pero que exigia conformidad. Toledo tenia en esos dias cuatro ó cinco mil huéspedes; y aunque la ciudad, que solo cuenta 17,275 habitantes, puede contener materialmente en sus casas el doble, carece de recursos y comodidades para alojar bien á doscientos huéspedes. Toledo es, por excelencia, el resúmen de la vieja España. Hagamos su descripcion.
Una inmensa roca ó pequeña montaña en forma de península se levanta de un modo abrupto y severo sobre la márgen derecha del Tajo, cuyo angosto valle queda interrumpido al pié de la ciudad, al sur. Altas colinas graníticas se alzan en un cordon semicircular del oriente al sur, rodeando por esos lados á Toledo. Al noroeste se desprende de otras colinas semejantes, que dominan el Tajo á uno y otro lado, una angosta lengua de tierra, como un istmo rocalloso y ondulado, que se liga con el asiento de Toledo. El Tajo, llegando al norte de la ciudad y al oriente de ese istmo, se precipita como un torrente en la abra profunda que separa la montaña de la ciudad del cordon rocalloso del E.S.E.; rodea la basa gigantesca de Toledo, haciendo un círculo casi completo, y vuelve sobre el norte, como á buscar su propio cauce, lamiendo al poniente los cimientos graníticos del istmo que liga la península fluvial de Toledo con los cordones de cerros del N.O.
De ese modo, Toledo está incomunicada topográficamente por todos lados ménos uno, teniendo á sus costados los profundos abismos del Tajo, que desciende con suma rapidez por entre rocas estupendas tajadas casi perpendicularmente. Ademas, en la cima de la inmensa roca donde reposa Toledo, hay siete eminencias ó montículos desiguales, cubiertos de edificios, plazas y calles. De ahí resulta que la ciudad tiene el aspecto de una estupenda fortaleza, sin que su fisonomía pueda ser abarcada con la vista, en su totalidad, por ningun lado. Toledo domina todos los contornos, pero ningun punto domina á Toledo.
Para llegar, pues, á la ciudad por cualquier lado es indispensable, ó pasar por uno de los puentes de Alcántara y San Martin, ó penetrar por la puerta de Visagra, que da sobre el istmo del noroeste. De todos modos es preciso escalar ó trepar la montaña. Y en la ciudad misma, como los siete montículos hacen muy desigual el terreno, es forzoso subir ó bajar, por cualquiera calle que se tome, en una especie de círculo vicioso que hace de Toledo la mas extraña poblacion. No puede tenerse idea cabal, sin conocerla, de un laberinto semejante. El hombre mas experto, el de la mas prodigiosa memoria de localidades, se perdería en Toledo, sin el auxilio de un guia, al volver la segunda esquina de una callejuela.
Casas desiguales y de construccion tosca y antiquísima encajonan todas las calles, dándoles un aspecto lúgubre y siniestro, como si se anduviese por los ásperos é irregulares senderos de una montaña. El extranjero, al volver cada recodo, se hace la ilusion de que le espera una celada morisca en alguna de las mil encrucijadas que se complican y enlazan en la mas enredada trabazon. Donde quiera empedrados atroces, murallones irregulares, repechos, ángulos y curvas indescriptibles que desafían al mas hábil matemático por su ausencia de figuras determinadas. Las mil callejuelas se cruzan, se bifurcan, se redondean, se cuadran, se confunden, se rodean á sí mismas, se detienen repentinamente en rincones sin salida, ó se prolongan en los mas extravagantes pasajes, trazando una red indescriptible. Cuando cree uno haberse alejado 500 metros de un punto, segun lo que ha marchado, se encuentra en la direccion opuesta, á veinte pasos de distancia, completamente desorientado. Aquella ciudad, esencialmente morisca en sus detalles de ese género, parece haber sido combinada para las emboscadas, los combates de guerrillas y las defensas inesperadas y formidables.
El orígen de Toledo carece de historia, pues es atribuida su fundacion á razas diferentes, y no se conoce la época precisa de su aparicion. Los Romanos la hallaron muy respetable ya, le daban importancia y la hicieron capital de la provincia Carpetana. Conquistada por los Godos en el siglo VI la hicieron capital de su corte y sus dominios. Dominado el país en el siglo VIII por los Sarracenos, fué tambien el asiento de los vireyes moros, y despues la capital del poderoso reino de Toledo. Por último, recobrada en el siglo XI por el rey castellano Don Alfonso VI, fué todavía la capital de los monarcas españoles, hasta que en el siglo XVI trasladó Felipe II su corte á Madrid. Desde entónces comenzó á decaer Toledo, aislada y sin industria, no obstante su condicion de metrópoli de la iglesia católica en España.
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No habiendo pasado en Toledo sino tres dias, que son suficientes para un viajero que no es artista, apénas pude recoger impresiones rápidas. Toledo es interesante por su tipo social y su mérito monumental; pero el primero me importaba mas que el segundo, tanto mas cuanto que adolezco de una completa ignorancia en materia de arquitectura, pintura y escultura. Por lo mismo no puedo emitir juicios, so pena de copiar lo ajeno (arte fea en que estoy ménos versado aún que en bellas artes), y solo indicaré las emociones sentidas.
Toledo carece absolutamente de industria. Es una ciudad muerta ó por lo ménos paralizada. Lo único que allí llama la atencion en lo económico es la famosa fábrica de armas, situada á la márgen derecha del Tajo, al poniente del istmo que he descrito. Me fué imposible visitarla, porque estaba cerrada en esos dias con motivo de la Semana Santa, que los pueblos españoles y sus análogos celebran con la ociosidad. Supe sinembargo, que las armas toledanas eran de las mismísimas condiciones que las de lejanos tiempos. Los siglos han pasado por encima, sin que los forjadores se hayan dado por notificados, pues hoy los procedimientos de fabricacion son los mismos que ahora cuatrocientos años, sin que los productos hayan mejorado notablemente. La vieja España machaca el acero con los mismos martillos. La civilizacion moderna no ha llegado sino hasta la estacion de ferrocarril, al pié de Toledo. De ahí para arriba…. ¡cuidado con tocar las telarañas!
En Toledo todo lo que es monumental es interesante y curioso; todo tiene un tipo especial, que no se encuentra en ninguna otra ciudad española con igual energía, aún en Valencia, Sevilla, Córdoba y Granada. Donde quiera se ven alternando las construcciones góticas y las moriscas, así como algunas del Renacimiento, resultando de esa promiscuidad los mas curiosos contrastes.—Me detendré en los mas notables monumentos nomas, que son las joyas de esa ciudad donde corrió la infancia de Quevedo y yacen los restos del favorito ahorcado Don Alvaro de Luna, del poeta Moreto y del historiador Mariana.
La catedral es, sin disputa, uno de las mas grandiosos templos católicos de Europa. Todo es allí gigantesco, severo y sombrío, como las mas típicas catedrales góticas. Si las formas exteriores y casi todo el conjunto del edificio pertenecen á esa arquitectura majestuosa, hay muchos detalles sinembargo, como la famosa capilla Muzárabe, que corresponden al estilo morisco, por haber estado la catedral sujeta á cambiamientos sucesivos. Su espléndido pavimento de baldosas de mármol blancas y azules; sus cinco naves atrevidas sostenidas por ochenta y cuatro columnas colosales; sus veintitres capillas cuajadas de oro y ricos ornamentos; sus tres enormes rosetones y setecientas cuarenta y siete ventanas ogivales ó circulares cubiertas de vidrios primorosos de colores pintados al fuego; los mil adornos de las columnas y de las setenta y dos bóvedas de las naves, de una ligereza superior; la magnificencia de las sillerías del coro, cuyos bajos relieves son admirables; el esplendor de los tesoros ó joyas que pertenecen al templo; los ecos profundos de los órganos, repitiéndose en mil senos de piedra; la solemne oscuridad del recinto; los preciosos cuadros de pintura que adornan los sombríos muros; y el hormigueo de la multitud de piadosos y curiosos, circulando como átomos bajo la estupenda mole: todo eso hace de la catedral de Toledo, el juéves santo, un monumento que asombra, impone, embelesa y hace enmudecer….
Allí se comprende todo el poder de la fe, que no solo inspirara á los artistas de la Edad media, sino que les diera á sus pueblos-obreros la fuerza titánica para levantar esas montañas labradas de granito y piedra comun, cuajándolas de primores que revelan toda la tenacidad paciente de una creencia y las extravagancias de la supersticion. Allí se comprende tambien la fuerza de propaganda que ha tenido el catolicismo en otros tiempos, mediante la poderosa fascinacion ejercida sobre las muchedumbres por la majestad de los templos y la pompa soberana del culto[2].
Yo comparaba la inmensa riqueza encerrada en el «Tesoro» de la catedral, con la profunda miseria de las clases inferiores de Toledo, ciudad que vegeta en el aislamiento, sin industria, comercio, ni agricultura importante, y me decia con tristeza: «¡Qué bien haría la Vírgen de esta catedral si, imitando á Isabel la Católica, no ya para descubrir un mundo sino para resucitar á Toledo, destinara sus joyas de valor fabuloso para un ferrocarril que comunicase á esa imperial ruina con todos los pueblos del magnífico valle del Tajo!» De cada catedral de España, sin contar mas que los valores de lujo, puede salir un ferrocarril; pero no hay riesgo de que salga nada, sin que por eso falten las entradas.
Sin contar catorce conventos suprimidos de frailes, y veintitres de monjas, Toledo tiene ademas de la catedral veinte iglesias parroquiales, nueve capillas públicas y seis muzárabes. Asi, pues, los habitantes no alcanzan para las iglesias. Despues de la catedral, las mas notables como monumentos son: San Juan-de-los-Reyes, Cristo-de-la-luz, el Tránsito y Santa María-la-blanca;—las dos últimas, antiguas sinagogas. Es curioso observar que en Toledo habia durante la dominacion moruna seis iglesias, llamadas muzárabes, donde los cristianos mantenian públicamente su culto, con expreso consentimiento de los Moros. Parece que aquellos bárbaros infieles eran amigos de esa iniquidad de la filosofía moderna que se llama tolerancia religiosa. La Inquisicion española les pagó mas tarde á los Moros esa tolerancia en muy buena moneda….
Los reyes de España tenian la costumbre piadosa de celebrar sus triunfos militares con la ereccion de iglesias, ora se tratase de los Sarracenos, ora de los Portugueses ú otros enemigos. A la victoria de Toro, obtenida contra los de Portugal, debe su existencia la preciosa iglesia de San Juan-de-los-Reyes, de un gótico florido delicioso, mandada construir en 1476 por Fernando é Isabel; como se debe al triunfo de Don Alfonso VI, conquistador de Toledo á fines del siglo XI, la importancia de la curiosísima capilla denominada Cristo-de-la-luz, donde se ofició la primera misa despues de vencidos allí los Sarracenos. Llaman la atencion en lo exterior de la iglesia de los Reyes una multitud de grilletes, cadenas y otros instrumentos de prision, pendientes de los muros para recuerdo de los mártires de España, pues todos esos fierros les fueron aplicados en Granada á los prisioneros que estuvieron en poder de los Moros.
Si la iglesia, de una sola nave, formando cruz latina, es de suma elegancia y bella ornamentacion, el claustro no es ménos interesante, apesar de sus escombros, provenientes de un terrible incendio en 1809. Es curioso un enorme trozo de mosaico excelente que yace casi abandonado en el zaguan. En el piso alto llama la atencion un museo de cuadros de pintura, comenzado en 1840, compuesto de 730 cuadros y establecido justamente en la celda del famoso cardenal Jiménez de Cisneros, primer novicio del convento allí fundado.
Cristo-de-la-luz es una curiosísima miniatura de iglesia, cuyo mérito está no solo en el orígen y la antigüedad sino tambien en sus proporciones singulares. Mide aquel juguete de mezquita bautizada unos 18 piés de largo sobre 14 ó 15 de ancho, con la altura proporcionada, y es de estilo byzantino-arábigo, con tendencias en algunos detalles á la transicion del primer al segundo período del gracioso arte sarraceno. Seis navecillas cruzadas en opuestas direcciones, de tres en tres, y sostenidas por cuatro columnitas de granito, muy toscas, en que reposan arcos en forma de herradura, constituyen la bóveda, que se divide en nueve cúpulas casi microscópicas, todas diferentes, aunque análogas en su estilo. Si se pudiera arrancar y trasportar con sus cimientos aquel juguete de arquitectura morisca, podría figurar en el mejor museo de antigüedades como una joya de inapreciable valor.
La iglesia llamada hoy Santa María-la-blanca, abandonada y desierta, fué una elegante sinagoga, construida hácia fines del siglo XI por los judíos de Toledo; corresponde á la época de transicion ó segundo período del estilo árabe; y tiene adornos y formas interiores de un gusto delicioso. El techo es un precioso artesonado de cedro, y todo el cuerpo está dividido en cinco naves; siendo el total un cuadrilongo que mide como 80 piés de longitud por unos 62 de anchura y 50 de elevacion en el centro. Sostienen la techumbre 32 columnas octógonas, estucadas, en cuatro filas iguales, y sobre sus capiteles se alzan 28 arcos en herradura, con bellos arabescos, los cuales apoyan otros órdenes de columnitas preciosas, pareadas, que soportan inmediatamente los artesonados. Estas construcciones, que me eran enteramente desconocidas (si no es en fotografías), tenían á mis ojos un encanto infinito, y me hacian evocar mil recuerdos de la historia de los pueblos orientales, leidas en los años de mi primera juventud. Bajo el pavimento mismo hay subterráneos profundos que guardan los restos de muchos israelitas. ¡Cuánto no me hacia meditar sobre las peripecías de la humanidad el abandono de aquel antiguo santuario de una raza que, perseguida durante diez y ocho siglos por todos los pueblos en inmensa y atroz gavilla, ha regenerado al mundo en el siglo XIX, con el poder de sus enormes capitales y su actividad industrial y comercial, poblando á la Europa de Bancos, ferrocarriles, almacenes y fábricas! Los israelitas se han vengado de los pueblos perseguidores, dándoles el progreso y la prosperidad y organizando el crédito….
No ménos curiosa, aunque de proporciones muy distintas, es la otra sinagoga, llamada hoy iglesia del Tránsito, construida á mediados del siglo XIV. Don Pedro el Cruel no lo era mucho, segun parece, con los judíos ricos, y le permitió á su famoso tesorero y favorito, Samuel Levi, la ereccion de aquel bello santuario de la religion israelita. Su única nave sostiene un precioso artesonado; los muros son de un delicioso estuco, adornados con lindos azulejos en mosaico, y labrados con los mas primorosos arabescos del tercer período de la arquitectura árabe, completamente andaluza. Aquella sinagoga se asemeja por muchos de sus pormenores á un espléndido salon de la Alhambra ó del Alcázar de Sevilla.
Basta de iglesias para el paciente lector. A propósito de Don Pedro el Cruel, es notable por su interes histórico y sus sombrías proporciones la casa ó palacio que habitara en Toledo aquel salvaje coronado. Es un edificio informe y pesado, que da la idea de los calabozos y causa cierto estremecimiento al viajero que conoce algo las viejas historias de la vieja España. Aparte del admirable escombro del Alcázar, son interesantes en Toledo: algunas de sus puertas monumentales, que dan acceso á la ciudad por caminos en caracol, sostenidos por estupendos murallones; el magnífico puente de Alcántara, de un solo arco y todo de granito; y el colegio militar, edificio que fué convento y en cuya fachada, capilla, claustros y escalera monumental puede admirar el viajero una multitud de objetos de arte muy interesantes.
Por lo demas Toledo es en su totalidad un inmenso y complicado monumento. Allí todo es curioso y singular, todo llama la atencion y obliga al extranjero á detenerse á cada paso. En cada calle, en cada esquina, en cada portal ó muro, balcon ó ventana, se ve algun objeto precioso para el anticuario, sorprendente para el viajero que por primera vez recorre una ciudad tan especial como aquella. Aquí se da con un trozo de mosaico precioso, una bella baldosa de mármol, un busto raro de piedra ó una inscripcion histórica; allá con una ventana ogival, un balcon morisco, un curioso mirador, un torreon gótico ó un escombro lamentable. Toledo es el cementerio magnifico de dos civilizaciones, de dos razas; cada edificio es una tumba y cada puerta ó muro contiene un epitafio….
Apresurémonos á hablar rápidamente de esa maravilla pretérita que se llama el Alcázar, para acabar con lo monumental y mostrar al lector algunos rasgos de la fisonomía social de Toledo. Esa admirable ruina está situada al lado oriental de la ciudad, sobre una eminencia, dominando al mismo tiempo á Toledo y las profundidades del Tajo. Los cimientos y diferentes cuerpos y fachadas del Alcázar datan de épocas muy distintas. Fundada en el mismo sitio una fortaleza romana, despues goda y en seguida árabe, el conquistador de Toledo, Alfonso VI, varias veces mencionado, le dió mas grandiosas formas, haciendo gobernador del castillo nada ménos que al heróico Cid campeador. Muchos reyes mejoraron sucesivamente el famoso fuerte, hasta que Cárlos V resolvió demolerlo en casi todas sus construcciones superiores, conservando solo una fachada gótica, los sótanos y los formidables cimientos. Felipe II terminó la obra, invirtiéndose en ella los cincuenta años trascurridos de 1534 á 1584, y trabajando allí los mas eminentes artistas, como Villalpando, Covarrubias y Juan de Herrera. En 1710 fue incendiado el admirable palacio-fortaleza por las tropas aliadas que luchaban contra Felipe V en la guerra de sucesion. Restaurado con esmero, incendiáronlo á su turno en 1810 las tropas francesas invasoras, dejándolo reducido á un sublime escombro. Hoy no quedan sino los muros interiores y exteriores, los torreones rotos, las cuatro espléndidas fachadas, los sótanos y cimientos; sin techumbres ningunas, despedazados los arcos que ligaban los muros, vacíos los huecos de los balcones y todo en ruina.
!Pero qué ruinas! Aquello es imponente y grandioso como una montaña desnuda, de indestructible granito y de ladrillo durísimo. Al vagar en medio de aquellas masas colosales, por esas enormes escaleras de piedra, sobre tantas bóvedas de inaudita fuerza y audacia singular, y en los oscuros abismos de los inmensos subterráneos (que en un tiempo abrigaron regimientos enteros de infantería y caballería), se siente uno poseido de un respeto profundo por el genio de los artífices, y adquiere, interrogando los ecos de esas formidables obras, la idea completa de una civilizacion terrible, fundada en la fuerza y el antagonismo artificial, de cuyo seno ha nacido, por uno de esos prodigios del divino misterio del progreso, la nueva civilizacion que tiene su solo principio en la libertad y la justicia.
El Alcázar es un cuadrado de 200 piés por lado, que presenta cuatro fachadas diferentes, espléndidas, que no obstante cierta armonía general corresponden á diversos estilos de arquitectura, predominando el del Renacimiento. Una de las fachadas, la mas antigua, es gótica por su carácter general, aunque por sus detalles, posteriores, es del mismo Renacimiento. Cuatro torreones gigantescos, en los ángulos, encuadran el edificio, dándole aspectos diferentes segun el lado por donde se le contempla. Se compone de tres cuerpos ó pisos, sin contar el de los sótanos, que se ve por un lado. El interior es de una esplendidez que arrebata, á pesar de su estado ruinoso. Los estupendos sótanos, de aquel palacio-fortaleza podian contener millares de soldados, de prisioneros y caballos, los víveres, y municiones y armas en grande escala; en fin, toda una fuerte guarnicion ó pequeño ejército, capaz de resistir por largo tiempo el asedio. Un inmenso subterráneo conducia desde el fondo de aquella montaña artificial hasta la márgen muy lejana del Tajo, á una gran profundidad, para poder dar de beber á las caballerías, coger agua del rio, etc., etc. Tal era de grandioso el sistema de arquitectura de la vieja España, que ha dejado en todas partes los mas soberbios monumentos.
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Nada mas curioso que el espectáculo de las plazuelas y callejuelas de Toledo, durante la procesion del juéves santo. Aunque naturalmente se escogen para el paso del Cristo y de la Vírgen las calles ménos imposibles, el acompañamiento eclesiástico y popular tiene que pasar por las mas grandes crujidas para hallar salida por aquellos pendientes y endemoniados pasadizos al aire libre. Todo el mundo se estrecha, se codea, se pone en prensa y estrangula, resultando de la confusion y los apuros los mas curiosos contrastes en los mil grupos que se agitan entre aquellos desfiladeros. El lujo suntuoso de la gran dama madrileña ó toledaña, cubierta de terciopelos, de ricos encajes y de joyas, tiene que frotarse allí contra la capa raida de paño ya pelado, un tiempo carmelita claro y luego de un amarillo mugriento inescrutable, que es el ornamento indispensable del toledano,—obrero, tratante ó mendigo, así como del manchego y todos los habitantes de las dos Castillas.
En Toledo faltan absolutamente en las clases inferiores esos atavíos pintorescos, de colores vivos y cortes caprichosos, que se ven en Valencia, en Sevilla y otras poblaciones ménos impregnadas de los usos castellanos. En Toledo todo es triste, y el hombre de alguna comodidad, como el menestral y el mendigo, tienen todos un aire de vetustez, de tristeza, de ruina y de miseria que los hace sombríos á los ojos del viajero. Cuando vagaba yo en medio del largo y complicado tumulto de la procesion, arrebatado en todas direcciones por una onda de capas amarillentas y mantillas negras, me parecia asistir á un carnaval de la muerte. Sobre mi cabeza, á uno y otro lado, veia los bajos balcones repletos de mujeres y niños, con aire de aplastar á los transeuntes cayendo como enormes racimos; miéntras que el aspecto de las calles y la movilidad de los sombríos grupos tenian no sé qué semejanza con las menudas olas y los grupos de rocas negras, en el seno de un arrecife, agitándose desordenadamente en un dia de borrasca.
Las bandas de mendigos pululan y circulan allí por todas partes, asediando al extranjero sin tregua. Rendido de luchar con las masas movientes en la procesion, fuí á sentarme en un banco de piedra, á la sombra de algunos árboles en la plaza principal, llamada del Horno de Bizcochos. Tenia sed y compré unas naranjas. Cayéronme al punto, en gavilla cerrada, siete ú ocho muchachos hambrientos, de los mas cercanos, pidiéndome cada cual una naranja, ó un chavito, como llaman los mendigos la moneda de cobre denominada ochavo. Alejáronse contentos al recibir algunas monedas, y yo creia quedar en libertad para comer tranquilamente mis naranjas. Pero en breve arremetieron de nuevo, en mayor número, á disputarse las cortezas que yo arrojaba al suelo; y hube de ponerme en salvo para no claudicar entre aquella vorágine de mendigos impúberes. No les bastaron las monedas y las naranjas, pues en un instante se tragaron todas las cortezas, como si fueran pedazos de pan!
Aquella escena me afectó profundamente, tanto mas cuanto que sabia que tal ejemplo de miseria no era una excepcion. Toledo, por mucho que se haga, no saldrá de la miseria. Es un escombro que no tendrá resurreccion sino á virtud de esfuerzos inauditos. Siendo la metrópoli eclesiástica del país (donde los canónigos son muy dichosos) y teniendo un gran colegio militar y una guarnicion, admirables monumentos y carencia absoluta de industria, Toledo es un conjunto de cuatro tipos principales que se revelan en cuatro vestidos diferentes: la sotana del clérigo, el uniforme de vueltas amarillas y rojas del militar, el elegante paltó del extranjero curioso, y la capa raida y nauseabunda del mendigo. Fundada con un destino militar, segun las ideas de otra civilizacion,—para ser una fortaleza—el aislamiento es la condicion de Toledo. No puede tener industria, porque carece de agua para mover máquinas, no habiendo sino aljibes ó cisternas; ni tiene elementos para el comercio y la agricultura, por su posicion excepcional. Toledo, pues, seguirá siendo una ruina sublime, una estupenda curiosidad y nada mas: el museo de la vieja España, custodiado por clérigos, militares y mendigos!…
Toledo me ofreció la ocasin de poner á prueba mi estómago y verificar la reputacion (usurpada la una y legítima la otra) de la olla podrida y el vino de Valdepeñas. Durante los tres dias que pasé en la imperial Toledo, tan magníficamente cantada por Zorrilla, me vi forzado á renunciar á la carne, recibiendo la ley de la situacion. Pero como no habia pescado, ni huevos, ni leche, quedé á discreción de los garbanzos cocidos y otras iniquidades de la cocina española, neutralizando algo mi desdicha con buenos tragos de un exquisito Valdepeñas. Este, sinembargo, tenia el atrevimiento de subírseme á la cabeza, sin la menor ceremonia, obligándome á multiplicar los brebajes de café. Tuvo al fin piedad de mí la posadera y me mandó servir puchero.—«Un puchero español! me dije con trasporte; vamos, esto será mejor que la Catedral y el Alcázar.»
!Mentirosa ilusion! Yo habia hecho ya algunas experiencias poco satisfactorias en Barcelona y Valencia, respecto de la olla podrida, y la habia encontrado tan sofística como la monarquía constitucional en España. En Toledo se acabó la ilusion; el puchero legitimo terminó su mision sobre la tierra española; hoy pertenece á la historia, como la antigua grandeza del pueblo conquistador del Nuevo Mundo. Hoy no quedan de las glorias del puchero sino los innobles garbanzos cocidos, capaces de indigestar á un elefante, el vil chorizo y el desvergonzado tocino, que ha perdido su importancia desde que los moros y judíos han aceptado las impiedades de la cocina y la bodega cristianas. Desengañado y hambriento, hube de consagrar en Toledo todo mi culto gastronómico á las ricas naranjas valencianas y el atrevido Valdepeñas.
Apesar de algunas impresiones desagradables, Toledo me habia complacido mucho por sus enseñanzas de carácter social, no ménos que por sus monumentos. Habia podido comparar la vieja España, representada en Toledo, con la España regenerada y progresista, revelada en Barcelona y Madrid:—la primera basada en el aislamiento, inmóbil, indolente, rezandera en demasía, miserable y mendicante: la segunda buscando el progreso en la libertad y el movimiento, despreocupada, tolerante y pensando seriamente en lo porvenir. Me despedí de Toledo como el que acaba de visitar un sepulcro y sale del cementerio á pasos largos, volviendo á mirar hácia atras de tiempo en tiempo, con un sentimiento mezclado de tristeza y esperanza….
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CAPITULO V.
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LA MANCHA.
Dos compañeros de viaje.—Aspecto del pais.—Recuerdos de Don
Quijote.—Las poblaciones manchegas,—La Sierra-Morena.
El mes de abril terminaba y era llegado el momento de visitar la fértil y hermosa Andalucía, tan llena de recuerdos, tan pintoresca y original en todo. Tomé el ferrocarril de Alicante; pasó el tren por Aranjuez, Castillejo y Villasequilla, y á 100 kilómetros de Madrid descendí del wagon, en Tembleque, para tomar asiento en la diligencia que debia conducirme á Granada, atravesando los Montes de Toledo y la Sierra-Morena, y pasando por Jaen. La Mancha habia comenzado entre Aranjuez (que pertenece á la provincia de Madrid) y Castillejo, poblacion que corresponde á la de Toledo. Esta provincia y la de Ciudad-Real, separadas en parte por la serranía de los Montes de Toledo, constituyen la region de planicies y montañas desnudas que tenia la denominacion antigua de la Mancha.