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Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie cover

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Chapter 23: CAPITULO V.
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About This Book

A Colombian traveler recounts an Atlantic voyage that begins with river journeys along the Magdalena and visits to coastal towns, proceeds through shipboard episodes and storms, and continues with extended stays in England and France. The narrative follows routes from London to Paris, then through Burgundy, Lyon and the Rhone valley into southern France, before entering Spain to describe Catalonia, Valencia, Madrid, Toledo, La Mancha and extensive Andalusian landscapes and cities such as Granada, Seville, Córdoba and Cádiz. Observations alternate among monuments, urban life, commerce, industry, social types, local customs and reflective comparisons about Spain’s condition and institutions.

Antes de observar la casa del Gitano dejémosle en sus tratos y penetremos en la Cartuja.

El edificio en su conjunto no tiene nada que llame la atencion. Data del siglo XVI, y es un antiguo convento suprimido, que pertenece á una opulenta y piadosa granadina. La mayor parte quizá de lo que componía el convento ha desaparecido, ó solo quedan sus vestigios. Solo se conservan la iglesia, la sacristía y los claustros y algunos salones desiertos, con unas cuantas celdas felizmente sin capuchas vivientes. Los cuatro claustros contienen, en detestables cuadros sin ningún valor artístico, toda la historia de San Bruno, fundador de la orden mas prodigiosa (la de frailes mudos, sobrios y trabajadores), y de los martirios de los cartujos de Inglaterra. Al recordar las reglas de ese singular instituto se comprende por qué fueron tan raras las Cartujas en Europa y en todo el mundo católico, y por qué sus templos llegaron á ser maravillas de arte.

La iglesia y la sacristía, como todo el conjunto del edificio, es del estilo del Renacimiento. Al contemplar el interior se pasma uno admirando tantas delicadezas de arte, en que se manifiestan la inspiración del artista español profano, el gusto mas esmerado, la riqueza del convento y la increíble paciencia de algunos frailes. ¡Si todos los frailes tuvieran paciencia!… Aturde aquella profusion de dorados y relieves, de estucos primorosos y mármoles. Aquella capilla es una inmensa filigrana de infinitos primores, en que todo interesa. Los frescos riquísimos de Palomino, en la capilla, y de José Hermoso en la cúpula de la Sacristía, bastante notables; un Ecce Homo admirable de Murillo, una preciosa Vírgen de Alonso Cano, y otros cuadros; el Sancta-Sanctorum y su sagrario, todo en marmol purísimo y oro macizo del gusto y el esplendor mas completos; dos enormes ágatas, sin rivales en Europa, y mil otras preciosidades, hacen de aquel santuario un tesoro inestimable para el artista. Pero nada impresiona tanto como las puertas y vastos armarios de la sacristía, de ébano superior y con los mas maravillosos embutidos de nácar y plata. ¡Cuarenta años gastaron dos frailes en trabajar aquellos portentos de habilidad, de gusto y de paciencia! ¡Pobres monjes de otras épocas (excepcionales es verdad) que con sincera concurso de su trabajo industrial, al menos vivian en el recogimiento y las pacientes labores, sin dar alimento a las pasiones turbulentas del mundo. ¡Los frailes del siglo XIX son mas civilizados; ellos hacen elecciones, dirigen á los reyes, conquistan territorios, son accionistas de ferrocarriles y empresas comerciales, negocian con loterías piadosas, juegan en las Bolsas, hacen fortuna y viven contentos y satisfechos. San Ignacio ha derrotado á San Bruno.

Comenzamos á trepar la alta colina donde tiene su asiento el Albaicin, Servíanos de guia un hombrecito muy pobre, de setenta y dos años, llamado Juán López Salcedo, cuya conversación nos agradaba y divertía mucho. Había estado en Francia en tiempo del Directorio, combatido contra Napoleón en la guerra de la independencia española, y acompañado á Diego y Quiroga en su heroica revolución. Miserable y decrépito y con ocho hijos pequeños, aquel hombre nos resumía por sus cualidades el tipo del viejo español puro. Su fisonomía aragonesa tenia la rigidez del carácter enérgico, y su tenacidad de sentimientos y opiniones se conservaba á despecho del tiempo y de las privaciones. Era un liberalote de puño cerrado, humilde, convencido, bondadoso y prudente, con el corazón joven y el espíritu lleno de esa filosofía que se atesora con las duras pruebas de la vida. Trepabá por todas partes con la agilidad de un muchacho dé quince años, sin fatigarse nunca, embozado en su capa é impasible. El clero y los militares era su pesadilla permanente; la república su idea fija.

Un dia, al subir al Jeneralife, después que le hubimos obsequiado en una fonda de la Alhambra, las copas de generoso Málaga le desataron la lengua, y nos contó su historia, á invitacion nuestra, con detalles interesantes sobre episodios de la historia moderna de España. Al concluir su relato nos dijo que se había casado con una mujer joven y bonita hacia nueve años, y dejó escapar un suspiro. Temeroso de que ese suspiro revelase algún drama doméstico, le dije:

—Supongo que U., en lo posible, será dichoso.

—Ah, señor,—soy tan feliz como infeliz

—No comprendo….

—Es muy sencillo. Adoro a mi excelente mujer y ella es muy buena y me quiere mucho. Pero tenemos la desgracia de no poder dormir juntos. Apenas le doy las buenas noches y me nace un hijo mas. ¡Somos tan fecundos!… pero somos pobres, y el temor de los hijos nos condena á una especie de divorcio íntimo.

Aquel hombre sincero, al hablar con esa candidez, trazaba en cierto modo la historia del hogar del pueblo pobre…. ¿Hay drama del corazón tan sublime como el del amor que se defiende de sí mismo, luchando bajo formas diferentes? Confieso que Juan López me hizo meditar bastante.

Nada mas curioso que el renombrado Albaicin. Hacia las faldas de la colina alcanzan todavía las tortuosas calles de Granada, construidas á la luz del gol andaluz, mas ó menos caprichosas, mas o menos divergentes, según que corresponden al estilo morisco, tan gracioso y desigual, ó al español posterior a la conquista de Granada (si eso puede llamarse estilo) pesado, maciso y sin coordinación artistica ó completamente empírico. Pero en las cimas de la loma la estructura cambia: allí ningún techo se destaca en el horizonte, de tal manera que si se mirase por detras y de lejos esa loma, no se creería que hay en ella una población. Y sinembargo, allí viven como seiscientas familias que pudieran llamarse una población de armadillos humanos, Allí está la vida, pero la vida subterránea y entre harapos.

Imagínese una serie de calles sin empedrado, caracoleando en anfiteatro al derredor de una colina por tres de sus lados. Cada una de esas calles es como un callejón profundo entre dos filas de rocas y barrancos; y sobre cada lado ó fila se ven como bocas ó respiraderos de hornos que sueltan bocanadas de humo en medio de pobres jardincitos y plantaciones reducidas de alóes enanos, de tunales tupidos cuajados de flores amarillas y frutas de carmín entre espinas, y de habas y judías. Si la superficie desigual de la loma ofrece el contraste de aquellas tristes sementeras, que parecen vegetar sobre centenares de cráteres, á juzgar por las columnas de humo que salen de la tierra, la vida social no se revela sino al observar las puertecitas que dan sobre las calles, de las habitaciones cavadas en los barrancos cascajosos ó las rocas calizas. En realidad el hogar del Gitano se manifiesta por la entrada y la salida: la puerta, á flor de tierra, en la calle, y la chimenea, á flor de tierra también, sobre los barrancos.

Cada una de esas cuevas es habitada por una familia y se compone generalmente de cuatro piezas: algunas solo tienen tres; otras cuentan hasta seis. Solo visité con mis compañeros unas cinco, al acaso, entrando en cada callejón á la primera quo se nos ofrecía. Una puertecita angosta, de unos 160 centímetros de altura, está ajustada á la roca y se abre sobre una salita cuadrada de poco mas de 2 metros por lado. A un lado hay una puertecita interior que comunica con la cocina, estrechísima y ahumada; en el fondo hay otra que conduce á la alcoba, y mas adentro se ve un dormitorio para los muchachos y alguna despensa ó cuarto particular. La altura de aquel edificio negativo, ó edificio hueco, es de tres metros á lo mas; y en varios puntos de los techos hay troneras oblicuas arregladas de modo que el aire se renueve, aunque laboriosamente, sin que penetran la lluvia y los rayos directos del sol. Los muros, enteramente desnudos, muestran á la roca viva á los sedimentos de arenisca levemente petrificada que componen el terreno, muy bien igualados y nivelados.

¡Pobres gentes! ¡Con qué gusto y buena voluntad, con qué candido orgullo de aseudosidad nos invitaban aquellas mujeres á visitarles sus grutas, desde la puerta hasta el último rincón. Una ó mas tarimas en el dormitorio, un triste mobiliario en la cocina, una muy escasa provision de habas, garbanzos ó judías en la despensa, y en la salita dos viejos taburetes de palo, una mesita coja, y algunos pequeños trastos con útiles de trabajo pendientes de los muros entre estampas de colores vivos, ya religiosas ya profanas; tal es el menaje de aquella sociedad subterránea. Pero lo que admira mas es la robustez relativa de esa gente, y el admirable aseo de sus habitaciones. Aunque casi todos los muros están ahumados, todo está limpio y en su lugar, y no se nota humedad ninguna ni aún en las piezas mas recónditas. Sinembargo, el corazón se siente oprimido en presencia de tal espectáculo. Al tender la vista sobre los pequeños huertos de esas pobres familias de proscritos, no pude menos que hacer una observación: hasta sus objetos de cultivo son tristes. La tinta medio gris de los aloes y de las plantaciones de habas coincide con la historia de esa extraña raza, así como las extensas y apretadas huertas de tunales y espinos. Esas familias casi no conocen el sabor de la carne; su alimento consiste principalmente en habas y judias, y Granada les compra los frutos rosados de millares de cactus. Aquella loma me parecía un calvario; aquellos millones de flores amarillas y de frutas carmesíes, creciendo entre las espinas y troncos sin hojas ó follaje (como son los cactus), me parcelan representar la historia de la raza gitana; y esas quinientas columnas de humo en un campo sin casas, me daban la idea de los campamentos variables de un pueblo nómada. Por último, las numerosas fraguas subterráneas de aquella raza de albéitares y estañadores, me hacían imaginar que visitaba el reino de Vulcano en caricatura.

Pero no se crea que los Gitanos aman mucho sus cuevas. Si la noche los obliga á entrar en ellas decididamente, las dejan desiertas durante el dia. Esos hijos de la India, que se creen Egipcios, aman el sol con voluptuosidad. Así, cuando no llueve, se les ve en grupos numerosos por las calles ó en medio de sus melancólicos jardines ó huertos, remendando trastos, cosiendo, calentándose en la ociosidad ó bailando á cielo abierto. Sí; esa raza de la proscripcion es la raza de las danzas vehementes por excelencia. Fue imposible conseguir una danza formal que nos prometiera el capitán, pero en los bosques de la Alhambra y en las calles del Albaicin pudimos ver algunas muestras. ¡Qué de agitación, de delirio artificial, de extrañas contorsiones, de locura reflexiva, de lubricidad aparente en una raza esencialmente casta! ¡Qué de sonidos atropellados, rudos y de salvaje melancolía!

Al pasar por aquellos callejones en caracol, las bandas de mujeres jóvenes y de muchachos nos rodeaban gritando; las mujeres con una amabilidad provocadora se ofrecían a bailar,—porque así ganan la vida muchas de ellas;—y los muchachos pedían en coro un chavito, como los de Toledo. El que juzgase á esas mujeres por sus apariencias se equivocaría completamente. Picantes y provocadoras para ofrecerse á bailar, seduciendo al extranjero, se hacen esquivas y severas, casi insolentes, cuando se les hace comprender que su amabilidad ha sido mal interpretada. La gitana casada es fiel por religion y tradición de raza; la soltera es casta por reflexion, por interés personal y de raza también, y por educación. Los Gitanos nunca se mezclan con los Españoles sino para especular; su hogar es puramente gitano; y jamas se ha conocido una hija de esa raza entre las mujeres perdidas de Granada. Aunque hablan todos el español, muy incorrecto en lo general, no se sirven en sus relaciones exclusivas sino de su lengua propia, corrompida en cada pais, es cierto, por la influencia de las lenguas de Europa que los dominan necesariamente.

Vivamente impresionados por el espectáculo de esa poblacion en cuyo seno todo es excepcional,—tipo humano, vestidos, lenguaje, costumbres, habitaciones y cultivos,—trepamos hasta la altura donde se ostenta el vasto edificio del Seminario, un poco abajo de la capilla del Monte-Santo. San Blas es el personaje de ese sitio histórico, donde se conservan capillas subterráneas muy curiosas; y el día de ese santo se hacen peregrinaciones en masa muy concurridas. Cuentan que allí fueron hallados los cuerpos de san Cecilio y sus once compañeros mártires, quemados en tiempo de Nerón. Parece que fue buscando minas metálicas que se dio con aquel tesoro por casualidad, encargándose el azar de hacer un curioso epigrama. En efecto, san Cecilio y sus compañeros eran una mina, porque sus restos calcinados han dejado, mediante la fe, muy buenas utilidades…á los capellanes del Monte-Santo.

* * * * *

CAPITULO III.

* * * * *

LAS FALDAS DE LA SIERRA-NEVADA.

Santafé.—Un comisionista en viaje.—Loja.—La Sierra-Nevada.—El valle de Málaga.—La ciudad y sus curiosidades,—Algunas impresiones.

Después de cinco días de residencia en aquella ciudad tan curiosa como altamente histórica, era preciso partir. Habíamos observado lo mas interesante de Granada (respecto de lo cual me veo forzado á omitir muchos pormenores) y nos alejábamos con un sentimiento de tristeza, porque ese país seduce el corazón como el espíritu. Es un tesoro de recuerdos y poesía para todo viajero; pero para mí era además un objeto de profundas emociones íntimas. Desde las alturas de la Alhambra yo había vivido cinco días con mi patria, evocando todas las epopeyas de su historia, desde la época de Colon, Balboa y Jiménez de Quesada.

Por desgracia, la diligencia que debía conducirnos Málaga, por Santafé y Loja, atravesando la Sierra-Nevada, partía casi á media noche; y las sombras eran tan espesas en aquellas noches de lluvias primaverales, que toda la campiña nos debía estar velada por las tinieblas. Así cruzamos toda la extensión de la «Vega», sin gozar de cerca de su admirable paisaje, ni poder mirar siquiera la estructura general de la histórica Santafé, villa decaída que solo cuenta hoy unos 4,000 habitantes, sentada entre huertos y cortijos á la margen izquierda del Jenil, como una vieja matrona que trabaja silenciosamente con su rueca, á la sombra de los naranjos de un patio florido.

A falta de sueño y de paisajes el interior de la diligencia nos ofreció una grotesca distracción. Iba con nosotros un judío alemán, joven, robusto, ordinario te, petulante, locuaz y de una voracidad singular, que había estado hospedado en Granada en la misma fonda que nosotros. Quejábase amargamente de las hambres que había pasado, por la mala calidad de los alimentos (y eso que nuestra fonda era la mas famosa de Granada); y no le faltaba razón, porque es contra toda humanidad el que los hosteleros españoles mantengan al viajero con sus abominables platos de garbanzos cocidos. El curioso Alemán llevaba todos los bolsillos repletos de naranjas y bizcochos, y en tres horas, hasta que el sueno le rindió, no suspendió sus ejercicios gastronómicos.

Su manía consistía en querer pasar por un inglés turista original, que había conocido todo el mundo (con excepción de algunos continentes), que adoraba las muchachas bonitas, había hecho grandes conquistas de francesas, italianas, circasianas, españolas, etc., y se preparaba á emprender un viaje de recreo á Australia, sin duda para continuar en la Polinesia su vida de César de las hijas de Eva. Pero es el caso que al pedirle detalles sobre las comarcas que había visitado no daba razón de nada, explicando su Ignorancia con mil subterfugios. Aunque hablaba bien el inglés, su manera de hablar en español y francés revelaba el acento del alemán meridional, como su fisonomía revelaba al israelita. Nosotros teníamos nuestros motivos para creer que pertenecía á la raza industrial de otro compañero de diligencia, comisionista hordelés que charlaba hasta por los bolsillos, sin perjuicio de los codos. Entre los muchos beneficios que van haciendo los ferrocarriles y telégrafos debe contarse como de primer orden la cuasi abolición del commis-voyageur ó comisionista, la plaga mas detestable con que puede dar un viajero. El parte telegráfico y el wagon-vapor, en efecto, hacen casi innecesario el envío de esas langostas á buscar en otros mercados colocación para los productos fabriles. En Italia, en España y otros paises de Europa, donde todavía los ferrocarriles están en su principio, el Comisionista emisario de Francia, Inglaterra, Bélgica ó Alemania se mantiene firme ó con alguna consistencia. Así es que en Barcelona, Valencia y las ciudades andaluzas hube de encontrar esa peste en todos los hoteles ó fondas.

El comisionista (sobre todo y como ninguno el francés) es capaz de desacreditar á su pais, dónde quiera, con sus propios recursos. Ignorante, fatuo, grosero, petardista con frecuencia, charlatán hasta causar jaquecas, se le ve en todas partes fastidiando á cuantos tienen la candidez de admitirle su compañía. Una excepción en esa regla es un prodigio. Entre mas de cuarenta conocí en España uno soportable. Nuestro judío alemán comenzó por sucumbir en cuanto á su nacionalidad, pues, por divertirnos, le hicimos muchos cargos á la Gran Bretaña, y hubo de declararse alemán para no aceptar la responsabilidad. Fingí que tenia opiniones muy recalcitrantes y le dije que era un horror la admisión del judío Rothschild en el Parlamento británico, porque esa raza maldita no merecía ninguna consideración. Entonces saltó como agitado por un resorte, colérico y terrible, como si toda su raza hubiese de hablar por boca de él, y se confesó israelita con una candidez que nos arrancó á todos una explosión de risas. No tuve, dificultad en convencerle de que yo no tenia ninguna preocupación religiosa ni de raza, y que estimaba á la suya como una de las mas bellas, tenaces y enérgicas del mundo, y una de las que han contribuido mas, por el poder del trabajo y el sentimiento de la fraternidad, al progreso de la civilización. Corrido y azorado el ex-turista inglés, se arrellanó en su rincón y se manducó tres naranjas y seis bizcochos, por vía de compensación, con él mayor recogimiento. Al día siguiente, en Málaga, le pillamos infraganti en el hotel, presentándole á un comerciante toda su colección de cartones con muestras de mercancías; y aunque se sostuvo en lo de las conquistas femeninas, confesó que sus viajes cosmopolitas habían sido hechos no por un inglés turista, sino por un robusto judío alemán, comisionista de la casa H. B. & Cª e Manchester.

Eran las seis de la mañana cuando llegábamos á Loja, después de haber cortado las primeras gargantas suaves ó inflexiones de la Sierra-Nevada. Excepto en Suiza, no he visto nada mas pintoresco, en clase de pequeños paisajes de encantadora frescura, que el cuadro que rodea á Loja. Es una ciudad bastante considerable, pues cuenta mas de 17,000 habitantes, y dista unos 45 kilómetros de Granada y 56 de Málaga. Sus producciones agrícolas son las generales de Andalucía; pero es notable por su fabricación de paños y papel. Es el país de las aguas por excelencia, deliciosas y abundantísimas. No solo tiene mas de doscientas fuentes públicas y particulares, sino que se llegaron á contar ahora siglos, en su término, mas de 5,000 vertientes. La población, fea, desigual, sin gracia, triste y bastante sucia, hace un raro contraste con los alderredores. Situada sobre dos colinas separadas por el Jenil, con la mayor parte de su masa en la margen izquierda, la dominan casi por todos lados los contrafuertes de la Sierra, y ofrece una vista deliciosa hacia una gran porción de la Vega de Granada.

El sol comenzaba apenas á producir sobre las crestas nevadas sus primorosas reverberaciones; una ancha faja de nieblas ceñía los cerros vecinos por la mitad, dejando en descubierto las eminencias con sus enormes peñascos de granito, y las bajas colinas, la ciudad y los vallecitos profundos y tortuosos del Jenil, frescos, verdes, floridos, cuajados de molinos y fábricas, de huertos primorosos y de hileras y grupos de álamos blancos y otros árboles enhiestos. La tierra parecía regocijarse, saludando al sol andaluz y á su admirable cielo con un concierto de armonías y una voluptuosa evaporación de aromas delicados.

Después de Loja, el camino sigue ascendiendo y caracoleando por entre bellas colinas bien cultivadas hácia el corazón de la Sierra. El viajero colombiano que recorre los caminos que cortan las Sierras españolas, no puede menos que sonreír con desden, al recordar que hay en Colombia perezosos fatalistas que creen que los Andes han condenado á la incomunicación á los pobladores de muchas comarcas montañosas del Nuevo Mundo. Al ver lo que se ha logrado, en punto á ferrocarriles y carreteras, en las regiones de los Alpes, los Pirineos y las Sierras de España, yo me decia: «No; los Andes, lejos de ser obstáculos, son el don mas prodigioso que Dios haya otorgado al Nuevo Mundo, y el pueblo que sepa aprovecharlos será el mas feliz de la tierra. Con voluntad y dinero todas las regiones de los Andes son susceptibles de admitir cuantas carreteras y ferrocarriles pueda necesitar el movimiento social.»

En medio de aquel océano de cerros desnudos, de colinas caprichosas, de altas y pequeñas planicies y de abismos inmensos, circulan sin riesgo ninguno las diligencias por una excelente carretera. Tal parece á cada momento, á la vuelta de un recodo brusco, que va la diligencia á salvar un precipicio saltando de un cerro á otro, según es de accidentado el terreno. Así se anda de sorpresa en sorpresa. No he visto nada tan romántico, tan ásperamente hermoso y triste como aquellas reducidas planicies de la Sierra-Nevada, que parecen lechos de lagos disecados hace muchísimos siglos. Al entrar en el recinto de una de esas planicies, vastísimos salones de pavimento de esmeralda entre muros colosales de hierro y estaño, se cree que no hay salida posible hacia adelante. La vegetación es de una tristeza poética, pues todo el suelo está cubierto de plantaciones de trigo y otros cereales, ó legumbres, sobre cuya alfombra se destacan de trecho en trecho, gigantescas, sombrías y majestuosas, esas encinas de verdura perpetua llamadas en España alcornoques, cuyas ramas producen el corcho. Esos árboles son numerosísimos allí, como en todas las alti-planicies de las Sierras españolas, y son objeto de un comercio relativamente considerable. La naturaleza, previendo que el hombre inventaría la botella como un segundo vientre para guardar el vino, ha poblado la tierra de alcornoques en las planicies superiores á las faldas donde crece la generosa vid. Si todos los alcornoques que vegetan en el mundo produjeran siquiera para corchos!

Al derredor de esos sencillos cuadros de verdura se levantan en completa circunferencia estupendas moles de granito del aspecto y la tinta mas singulares; todas abruptas, ásperas; con arrugas y grietas enormes,—unas cenicientas y opacas, otras del color del estaño con un brillo triste, otras negras ó pardas,—presentando los mas curiosos juegos de luz y sombra, según la inclinación del sol; y ya redondeadas en las cimas, ya en picachos extravagantes, en agujas ó conos truncados, ó en filas circulares y dentelladas que remedan estupendas coronas de hierro. Y encima de esas cabezas desnudas y esas moles de formas sorprendentes sin estratificación ninguna visible, descuellan perpendicularmente á lo lejos, como lámparas de plata y diamante pendientes del cielo, los altísimos lomos y las cúpulas entrecortadas de los nevados de la Sierra. Aquello es de una hermosura suprema, que convida al artista á la contemplación y desafía toda descripción….

Las ventas se habían sucedido (y por cierto que «no quisiera acordarme» de una cierta tortilla hecha con aceite rancio, como se usa en España, que me duró entre el paladar y las fauces mas de una semana); habíamos salido del centro de la Sierra, y comenzábamos á descender por entre un inmenso almácigo de cerros y colinas prodigiosamente complicados y entrelazados. La región de las encinas había terminado, y cruzábamos la de las faldas y los planos inclinados donde se hace un extensísimo cultivo de la viña. Es tanto como decir que bajábamos del cuello de la botella (el corcho) á su vientre embriagado (las uvas) Se comprende cuan enorme será, la producción de viñas en la provincia de Málaga, casi toda dé un terreno arrugadísimo por sus montañas desnudas, con solo ver que aún en las mas pendientes lomas y las profundidades y faldas mas escabrosas la tierra está cubierta de viñedos.

De repente, al volver un alto, recodo, el horizonte se abrió á nuestra vista, sin que ninguna eminencia interrumpiese el inmenso panorama. ¡Asombrosa hermosura la que nos aguardaba! En el fondo el valle, las costas y la ciudad de Malaga; más adelante los desiertos resplandecientes del Mediterráneo estrechado por dos continentes; á lo lejos, visibles solo con el auxilio del anteojo, las montañas azules del África, vagas, entrecortadas y confusas, hacia la costa de Tetuan; y todo cubierto por un cielo azul claro precioso é iluminado por un sol casi tropical: el magnífico sol africano! Aquello se contempla, se admira con supremo arrebato y luego con profundo embeleso; pero no se describe…. Yo sentía que mi corazón palpitaba sobre una eminencia de los Andes, en presencia de una pampa-océano….

* * * * *

Bajo el punto de vista artístico y el intelectual, Málaga es una ciudad de escasísimo interés. Allí no reinan sino la industria y el comercio, y los recuerdos históricos apenas se revelan, con relación á la época de los Arabes ó Moros, en la estructura general de la ciudad, en algunas artes tradicionales, en muchos rasgos curiosos aunque de poca importancia, y sobre todo en el mar y el cielo. En efecto, el mar y el cielo de Málaga hacen pensar á cada instante en África, cuya atmósfera, bañando con sus ráfagas ardientes las costas españolas, es como un vínculo de unión entre esos dos semi-continentes que se saludan desde lo alto de sus montañas rocallosas por encima del Mediterráneo.

El valle en que reposa Málaga, encuadrada entre el mar y los últimos estribos de la Sierra, es muy reducido. Ensanchado sobre la costa en una circunferencia como de 20 kilómetros, se prolonga hácia el occidente por entre cordones de cerros, en una muy angosta vega que surcan el Gundalhorce, pequeño rio que corta la llanura á poca distancia de la ciudad, y el Guadalmedina, que la divide, corriendo trabajosamente por un lecho de arena fina, variable y que se presta á las inundaciones por la excesiva depresión de sus orillas ó anchas playas. La llanura es un hermoso huerto, vista desde las montañas que dominan á Málaga. Allí no solo crecen mil árboles frutales, la opulenta viña y todas las producciones de la fértil Andalucía, sino que se cosecha el algodon, el tabaco y mucha cochinilla, crece y prospera la caña de azúcar, y podría creerse que se siembra sobre un pedazo de la tierra africana.

Del lado del oriente la costa se extiende en una faja angosta y de líneas curbas y caprichosas, en la direccion de Vélez-Málaga y Motril. Al norte la ciñen y dominan los complicados contrafuertes de la Sierra-Nevada, y al occidente se destacan mil eminencias que erizan todo el terreno, en dirección á Cádiz, por la línea de la Sierra de Ronda, donde se encuentran las mas sorprendentes formaciones geológicas, así como notables curiosidades sociales. Ronda tiene la fama de ser una pequeña ciudad muy curiosa, en la provincia de Málaga. Si esta cuenta una población de 451,406 habitantes (la sétima en España en ese orden), su activa capital tiene 94,289, inclusos sus egidos. Málaga es uno de los grandes centros del liberalismo en España, como Madrid, Barcelona, Sevilla, Cádiz y todas las ciudades de movimiento social activo. Donde quiera que el comercio, la industria ó la acción política dan lugar á una fuerte vitalidad social, el sentimiento popular se inclina hacia la libertad y el progreso. El conservatismo no tiene sus fortalezas en España sino en las ciudades donde reinan la inmobilidad y el silencio.

Los alderredores de Málaga contienen innumerables jardines y muy bellas y valiosas haciendas, donde se ven casas de campo de una notable elegancia, y algunas de riqueza artística. En la vega marítima del Guadalhorce hay preciosas plantaciones de naranjos y limoneros que hacen recordar los primores de la Huerta de Valencia. Es increíble el consumo que hace la Europa del fruto ó las esencias ácidas y aromáticas de aquellos bosques de limoneros. Al derredor de los huertos, los jardines y las haciendas y fábricas del valle, se suceden en anfiteatros cortados las colinas cuajadas de viñedos. La riqueza y variedad de esas viñas es asombrosa (en comparación de las dificultades del terreno), pues no solo se hace una inmensa produccion de vinos blancos, tintos y anaranjados, mas ó ménos aromáticos y agradables, cuya fama es universal, sino que se obtienen en abundancia esas famosas uvas especiales para la preparación de las exquisitas pasas. Debo decir, en obsequio del popular adagio, que me costó trabajo beber buen vino y conseguir buenas pasas en Málaga.

Casi una tercera parte de la ciudad se compone de nuevas construcciones, en lo general espléndidas, muy vistosas por sus numerosos balcones y celosías ó gabinetes volados, verdes ó azules, sus pavimentos de mármol, sus grandes enrejados de fierro, sus alegres azoteas y sus miradores de estilo oriental. En la parte nueva las calles son espaciosas y limpias, abundan los grandes hoteles y cafés, se notan la comodidad y el gusto, y no se encuentra verdadera semejanza material con las ciudades interiores de España. La famosa Alameda es una espléndida calle-paseo, donde abundan los árboles gigantescos, las fuentes, las estatuas y los canapés de granito, entre dos filas de elegantes edificios. Asi mismo, las construcciones que dominan los muelles ó avecinan el puerto, relevan, el progreso del buen gusto y la vitalidad de las ciudades marítimas.

Pero la gran masa de la ciudad, de construcción antigua, es un laberinto de callejuelas incomprensibles en el primer momento, oscuras, muy estrechas, generalmente sucias, llegando algunas a un grado de inmundicia increíble. Allí las construcciones caprichosas, extravagantes, bárbaras sobre toda ponderación, semi-morunas, semi-españolas, entre cuyas moles se agita sin cesar, en la estrechez y estrujándose sin lástima, una numerosa y activa poblacion de los tipos mas heterogéneos. La elegante y hermosa malagueña (las mujeres son allí muy lindas en gran número) se pasea visitando los ricos almacenes y las tiendas de modas y curiosidades, sacudiendo con una gracia inimitable el abanico de ébano, de nácar ó de sándalo con graciosos adornos y ricos paisajes; y seduce por la gracia de su andar, desembarazado pero digno. Y no menos llama la atención por sus dejos y picarescos aires la…malagüeña de menor cuantía,—tipo que media entre la manola y la griseta,—vestida con telas de colores vivos, con la cabeza descubierta, vivaracha y provocadora, guiñando el ojo con peligrosa habilidad, morena y rosada, rolliza y tentadora como uno de esos racimos maduros de rosadas uvas que produce el pais.

Al mismo tiempo hormiguea en las calles un enjambre de obreros toscos y brutales, vestidos con abandono, de marinos de todas las naciones, de comisionistas afanados á caza de clientes, de negociantes inquietos entregados exclusivamente á la fiebre de la especulacion, de soldados de franjas amarillas, pasablemente ociosos, de carreteros y vivanderas haciendo una algarabía de todos los diablos, de algunos semi-majos y toreros de estilo de matamoros, y de pillos de todas edades que abundan siempre en las ciudades mercantiles, con su numeroso acompañamiento de andrajosos mendigos que son inevitables en casi todas las ciudades españolas.

El gran movimiento de Málaga no proviene únicamente de su fuerte producción de vinos y demás artículos de su agricultura, por valores considerables. Malaga es, por su posicion y la naturaleza del terreno de toda la provincia y las vecinas, el puerto obligado de Granada, Jaen y parte de las comarcas de Córdoba, y de las poblaciones que demoran del lado de Ronda como del de Vélez-Málaga. Aparte de esos motivos de centralización de un vasto comercio, Málaga tiene una producción fabril ó manufacturera de bastante importancia y bien variada. Allí se fabrican sederías y muchos tintos, algún azúcar, varios tejidos, sombreros, máquinas y objetos de fundicion, jabones, encurtidos, loza, etc.,—se trabajan mil objetos de arte, como lindos abanicos, bustos de yeso muy delicados y otras curiosidades de mano,—y se hace una vasta preparación de frutas conservadas y destilaciones. Málaga es, sin disputa, la segunda ciudad mercantil de España, pues solo Barcelona le es superior.

Málaga, tan rica en industrias, tan comercial y fuerte en la producción de vinos[4], es una ciudad pobre en monumentos. El único que merece atención, todavía por acabar y rodeado de tristes y menguadas callejuelas, es la catedral. Pertenece al estilo del Renacimiento, del órden compuesto, y aunque su fachada es una obra muy notable, su torre magnífica y de muy buen gusto es por sí sola un monumento. El interior del templo, compuesto de tres hermosas naves, es verdaderamente grandioso por sus formas generales, pero carece en sus pormenores de valor artístico, en lo que hace á pinturas y esculturas, y no hay nobleza en las condiciones arquitectónicas. Deben exceptuarse los techos de las naves que son muy hermosos, enteramente de piedra y con muy buenos relieves, y el vasto coro central, cuya sillería posee riquísimas esculturas en madera, y cuyos dos órganos colosales son de mucho mérito.

La vista que ofrece el panorama de Málaga es soberbia, cuando se le contempla desde las alturas contiguas donde se encuentran el fuerte de la Alcazaba, que se conserva medio arruinado, y las ruinas del antiguo castillo de Gibralfaro, obra moruna que estuvo situada á mayor elevacion y se comunicaba con aquel fuerte. Desde allí se admira un cuadro de hermosura triste y majestuosa, si se tiende la vista sobre el Mediterráneo, las lejanas costas africanas y las serranías españolas, pero risueña y alegre, si solo se considera la ciudad y su puerto y el vecino valle. El mar, tan majestuosamente monótono cuando rodea sin contraste una de esas ciudades flotantes, formas admirables de la civilización, que se llama un buque, es un tesoro de primores y sorpresas cuando sirve de marco á una costa. Pero en ninguna parte tiene tanta hermosura y tan sublime poesía como en los estrechos de la Mancha y Gibraltar, donde las ondas con su incesante movimiento, sus resplandores vagos é inasibles, su población flotante y sus elocuentes rumores, parecen continuar en cierto modo, mas bien que interrumpir, el espectáculo de vitalidad que se manifiesta en la tierra. Ese gran drama del mar, permanente en su espíritu, pero variable en sus formas hasta lo infinito, es un misterio supremo que seduce, fascina, embarga los sentidos y obliga á meditar.

Pero en aquel estrecho del Mediterráneo la seduccion es mas poderosa que en ninguna otra parte, por el contraste de las razas y civilizaciones que se ven frente á frente al traves de ese valle movedizo, casi siempre atormentado por terribles tempestades. Al ver sus movimientos se imagina uno que cada onda trae en sus pliegues alguna revelacion, alguna queja de ese mundo misterioso, exuberante de calor, de fuerza, de vida y de barbarie que se llama el África…. ¡Extraño fenómeno! Apenas una ancha fosa marítima separa esos dos continentes (ó semi-continentes) y sinembargo su distancia moral es inmensa! El Nuevo Mundo, tan léjos de Europa y tan colosal, ha avanzado infinitamente mas en la civilización y la libertad, es decir, en la posesión de la conciencia ó la personalidad y la noción de la justicia, que esa estupenda península del viejo mundo en cuyo seno vegeta en la barbarie la gran raza de Cham. ¿Por qué ese contraste? ¿Es por culpa de la raza negra nomas ó principalmente? ¡Triste es decir la verdad! Es que la humanidad blanca ha trabajado durante muchos siglos, por la explotación de la esclavitud, en mantener á la humanidad negra en la barbarie!

El puerto de Málaga, aunque reducido, poco abrigado y muy defectuoso por los bancos de arena que arrojan á su seno las borrascas del Mediterráneo, está siempre poblado de numerosas naves de todas las naciones, y allí tocan todos los vapores que hacen el servicio de las costas españolas y africanas, y que giran entre el Mediterráneo y el Atlántico. El movimiento de buques, de marinos, obreros y mercancías le da al puerto un aire de alegría y un interés que agradan al viajero; y sinembargo no se siente el deseo de permanecer allí por muchos dias, como en Granada ó Sevilla. Se comprende y reconoce el mérito comercial é industrial de Málaga, pero su población y la masa general de sus gentes no inspiran simpatías.

Al llegar á Málaga nos habían registrado los diminutos equipajes, no obstante que veníamos del interior del pais, y nos hablan hecho exhibir los pasaportes! En eso hay, al ménos aparentemente, mas rigor en España que en Francia. España es el país clásico de las formalidades ridiculas y enfadosas, sin que por eso se evite el contrabando en inmensa escala, ni dejen de prevaricar los funcionarios subalternos. Debíamos partir para Cádiz, despues de una corta residencia en Málaga, y sinembargo fué preciso hacer visar los pasaportes por la Gobernación, y llenar una fórmula en el despacho de la Sanidad. Es como si para trastear de un barrio á otro hubiese que pedirle licencia al Alcalde y comprobar que se goza de buena salud. Los gobiernos llevan á veces el espíritu reglamentario hasta la estupidez.

Eran las ocho de la mañana y el vapor que debia conducirnos á Cádiz, tocando en Gibraltar, se balanceaba suavemente hacia la salida de la pequeña ensenada de Málaga, lanzando por sus dos altas chimeneas rojas sus espesas columnas de humo, que la brisa desbarataba en ondulaciones caprichosas arrojándolas sobre los arbolajes y las vergas de los numerosas fragatas mercantes que estacionaban en el puerto. El puente del vapor se iba llenando con la población heterogénea de pasajeros que se dirigían á distintos puntos de las costas españolas y francesas y á Amberes, Rotterdam ó Hamburgo. El capitán, tipo vigoroso y simpático, marino frances pur-sang, pasó revista á su equipaje, y hallándolo completo, asi como su lista de pasajeros, hizo levar anclas. En breve Málaga, tan pintoresca vista desde el mar, desapareció, y comenzamos á navegar hacia Gibraltar.

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CAPITULO IV.

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EL ESTRECHO DE GIBRALTAR.

A bordo.—El golfo de Algeciras.—Escenas de la tarde,—La ciudad de
Gibraltar.—Situación y comercio.—La fortaleza.—Delante de Tarifa.

El cielo, de un azul pálido, tenia una limpidez admirable, y el sol brillaba con todo su esplendor meridional, produciendo sus reverberaciones en la moviente superficie de las ondas como la imagen de un incendio intermitente y fascinador. El Mediterráneo estaba tranquilo, y una brisa tibia y deliciosa rizaba sus menudas olas, cual si millones de ondinas estuviesen peinando y encrespando suavemente la inmensa cabellera del gigante dormido. Las barcas pescadoras vagaban dispersas, pareciendo de léjos como gaviotas errantes rozando apénas las espumas trasparentes y azulosas que el juego de las ondas producía. Los viajeros, divididos en grupos sobre el puente del vapor, contentos y comunicativos, como todo el mundo en un vapor cuando no se sufre el mareo, jugaban ajedrez ó dominó, contaban anécdotas de viajes, ó hablaban con interés de los sucesos de Italia donde la guerra había comenzado. Algunos, perezosamente reclinados, leían novelas y fumaban; otros dormían cabizbajos, apoyados en la baranda á la sombra del toldo. Yo disertaba con mis dos compañeros franceses sobre la historia de España, su porvenir, y el destino de ese mundo de fuego—el África—que nos enviaba sus ráfagas fortificantes.

Hacia la tarde teníamos á la vista, á corta distancia, dos poblaciones que asomaban sucesivamente sobre la costa española, en situaciones pintorescas: Marbella y Estepona. La primera, de origen moruno, graciosamente asentada al de la Sierra-Blanca, es una villa de unos 6,500 habitantes, perteneciente á la provincia de Málaga, no poco industriosa, con bastantes fábricas, productora de vinos y azúcar, y en general de los mismos frutos agricolas que Málaga. Estepona yace hácia el nordeste de la Sierra-Bermeja, que desciende sobre la costa, toda surcada desde Málaga hasta Cádiz por contrafuertes y estribos de numerosas sierras. Estepona tiene mas de 9,000 habitantes, y su industria y producciones son análogas á las de Marbella.

A las tres de la tarde veíamos muy distintamente ese estupendo y curioso peñón de Gibraltar, cuyo nombre es un epigrama para los Españoles, que hace tan importante papel en el mundo europeo, tanto por su significación militar y mercantil como por su geografía, y que, correspondiendo á su misterioso y providencial destino, como centinela de Europa vigilando al Africa, ejerce una extraña fascinación sobre el viajero que lo admira. En efecto, es tan particular la forma de ese gigantesco peñasco, y concurre de tal modo á multiplicar el efecto la configuracion que tiene allí el estrecho y la del golfo de Algecíras, que mientras mas se mira la mole y mas se acerca uno, ménos se comprende su verdadera posición. Tal parece (al que no está habituado) que á medida que se cambia de posición ó dirección, el peñasco varia también de aspecto, presentando siempre la misma faz, pero bajo reflejos y sombras diferentes. Es al llegar á la entrada misma del golfo de Algeciras que se tiene la idea exacta de aquella península de granito, avanzada en punta hacia el sur y bruscamente empinada como un castillo ciclópeo, cual si quisiese al mismo tiempo penetrar en el flanco de la tierra africana y hundir su parda cabeza en el éter para lanzarle á Europa las primeras reverberaciones de un cielo abrasador.

El golfo de Algecíras, que es una de las formaciones oro-hidrográficas mas curiosas de la Europa meridional, tiene la forma de una herradura profunda ó alargada hácia el centro. El peñon de Gibraltar, abrupto y formidable, y ligado al continente ó la España por un istmo angosto, bajo y pantanoso, cierra el golfo al nordeste, batido por las violentas olas de un mar comprimido entre montañas que lo rodea casi totalmente. Al sudoeste se destacan los promontorios rocallosos de los cerros á cuyas faldas demora la ciudad de Algecíras, á alguna distancia de su puerto y arsenal; y las fortalezas británicas y españolas se miran allí de un lado á otro por encima de las ondas, coléricas á veces, cual si representasen la lucha permanente ó el desafío mudo entre el despecho de una vieja conquistadora de mundos, vencida por sus propias faltas, y el orgullo tranquilo de un gran pueblo que ha encontrado su fuerza en la libertad y simboliza todo su genio progresista con el cosmopolitismo de su comercio, soberano de los mares. Por todas partes las altas cimas de las montañas, tristes y desnudas, los grupos y escalones de colinas pintorescas dominando angostos valles, y un paisaje de la mas hermosa melancolía, en el territorio español; mientras que el peñón británico hace contraste por sus rocas ennegrecidas y colosales, su pintoresca ciudad, sus alegres jardines, sus estupendas fortificaciones, sus puertos animados y sus numerosos navíos mercantes y de guerra anclados al pié de las murallas ó en el centro del golfo, blandamente sacudidos por las ondas de un verde cristalino admirable.

En el fondo del golfo, cerca de la costa, se ve en el valle un pequeño pueblo llamado Liña, rodeado de plantíos, y mas alto, sobre una baja colina, la pequeña ciudad de San Roque (fundada despues de 1704), perteneciente, como Algecíras, á la provincia de Cádiz. El golfo tiene á la entrada como 16 kilómetros de anchura y una longitud hácia San Roque como de 20 kilómetros, miéntras que la distancia que media entre los lados (ó Gibraltar y Algeciras) es de unos 9 ó 10. La poblacion total que cubre aquella costa en herradura es como de unos 46,000 habitantes (sin contar las guarniciones militares), correspondiéndole 15,000 á Gibraltar, 16,000 á Algecíras y el resto á San Roque y Liña.

Eran las cuatro de la tarde cuando nuestro vapor fondeaba á doscientos metros del puerto de Gibraltar. El cuadro que se ofrecía á nuestras miradas era tan pintoresco y magnífico al mismo tiempo, que permanecimos durante mas de una hora contemplándole embelesados. Quisimos saltar á tierra, pero sabiendo que las puertas de la ciudad serían cerradas á las seis y nos faltaría tiempo, preferimos esperar basta el dia siguiente. Un enjambre de muchachos desnudos retozaba en las ondas de color de esmeralda y lázuli, nadando con voluptuosidad ó inquietud alternativamente y haciendo evoluciones por entre los vapores y bergantines del puerto, siguiendo los giros de los ligeros faluchos. Entre tanto atravesaba el golfo un pequeño bote lleno de banderolas, que venia de Algecíras á Gibraltar, trayendo á bordo una numerosa banda de paseantes alegres entre los cuales habia como cinco ó seis músicos. Sus sonatas eran de un efecto encantador en el fondo de aquel golfo murmurante rodeado de preciosos paisajes. Gibraltar, asentada en su roca monumental y prolongándose en anfiteatro hácia la cima hasta perderse entre picos abruptos, fortalezas y bosquedllos artificiales, tenia, á la luz ya vacilante de las seis y media de la tarde, no sé qué de fantástico y severo por su conjunto, y al mismo tiempo mucho de oriental, de voluptuoso y poético por sus rasgos y melancolía del momento.

Al fin las sombras de la noche lo cubrieron todo y el silencio fué absoluto. De aquel panorama lleno de luz, de vida y de capricho no quedaba sino un cielo sereno pero opaco, la vasta sombra movediza del mar, sus sollozos profundos sobre el horizonte de tinieblas, destacándose á distancias casi iguales, los grupos de luces que indicaban la posición de Gibraltar, San Roque y Algecíras, haciendo contraste con las negras moles de las fragatas de guerra y de comercio que parecían surgir, en derredor, de entre las olas adormecidas en un concierto de suspiros. Paseándonos á lo largo del puente, mis dos compañeros y yo conversábamos sobre la literatura francesa, tema que insensiblemente se nos vino á las mientes á propósito de una cancioncilla que preludiaba el capitán en uno de los camarotes.

—¡Qué de servicios no ha hecho á la literatura en general, decíamos,—este monumento flotante que se llama un buque!—El navio, cualquiera que sea su dimensión, es por sí solo una literatura, porque es toda una civilizacion. No solo ha creado la literatura marítima, muy especial y acaso la mas grandiosa,—poesía sin igual, llena de misterios, y viajes, descubrimientos, conquistas, colonizaciones, cambios de ideas entre los pueblos, astronomía y geodesia, guerras maritimas, etc., etc.: no solo ha creado esos géneros de elementos literarios, decíamos,—sino que ha desarrollado inmensamente la literatura continental ó terrestre, multiplicándole sus medios de expansion y regeneracion de una manera prodigiosa. ¡Qué admirable cosa es un buque! No es solo una concha de madera y hierro que lleva en su seno una porción de la fuerza vital de la humanidad; es mas todavía: es una civilización aparte;—es el símbolo del poder misterioso del hombre para duplicar la superficie habitable de su planeta y someter á su servicio todos los elementos; es un pedazo del hogar de cada pueblo (accesorio pero no ménos real) buscando en la inmensidad de los mares el saludo fraternal de otras porciones flotantes de pueblos. El mar no es el límite de las naciones, de los continentes y las razas. No; al contrario, es él quien suprime las fronteras, quien mantiene en la unidad del elemento líquido (abrazando y envolviendo á todo el orbe, y recibiendo con igual hospitalidad el tributo de todos los pueblos) la imágen de esa unidad divina y eterna del Hombre con el Hombre, deducción lógica de la unidad del Ser creado con el Creador y la Naturaleza…. Un día la Humanidad será una sola familia, el Océano el lago común de millones y millones de vecinos y hermanos saludándose desde cada playa, y el buque, sin bandera nacional, surcará ese lago universal, tan anónimo como el coche que rueda hoy por las calles de una ciudad sin distincion de domicilio.

Al dia siguiente, á las siete de la mañana, saltábamos á un falucho para ir á visitar á Gibraltar. Al poner pié en el estrechísimo puerto, cerca de las primeras murallas y la gran puerta, y en medio del alegre bullicio de una plaza de mercado, fue preciso pedir la licencia de entrar, escrita. Los funcionarios británicos no la niegan jamas, y las transacciones se hacen allí con toda libertad. ¿Para qué la licencia, pues? ¡Cómo no, si Gibraltar es también una fortaleza! Así, esa noble libertad personal que es el orgullo del Inglés, y pugna con los pasaportes, las cuarentenas implacables y las cortapisas, sufre una excepcion en Gibraltar, por el solo hecho de haber allí un conjunto de máquinas de barbarizar al mundo. Aquel sencillo ejemplo está probando que las fortalezas, las guarniciones, los buques de guerra, y todo lo que tiene el carácter de armado, no son sino perturbaciones flagrantes del orden social.

Apesar de su origen antiguo y de las dominaciones morisca y española, Gibraltar es una población que no tiene la tristeza y monotonía de las ciudades de tipo análogo: se ve bien que el genio británico ha modificado profundamente la condicion social y la fisonomía de esa plaza de carácter complejo. Las calles son generalmente claras, limpias y regulares; los casas de solo dos ó tres pisos, alegres, caprichosas con gracia, casi todas pintadas de amarillo y otros colores, y adornadas de balcones, celosías, ventanas ó miradores, según que preside en cada cual la sencillez inglesa, el estilo oriental, ó el empirismo español á veces pintoresco. Los cafés y hoteles abundan; las sinagogas alternan con las iglesias católicas y las anglicanas; las filas de ricas tiendas llenas de curiosidades son interminables, principalmente en la «Calle-Mayor;» y donde quiera hay una confusion de tipos y una animación de curiosos y negociantes que llama mucho la atención, haciendo ver que aquella ciudad es una colonia cosmopolita, donde viven fraternalmente y cambian sus productos el Español, el Inglés, el Italiano, el Israelita y el Moro tangerino ó tetuanés.

Nada mas pintoresco y curioso que el conjunto de grupos sociales y de almacenes y tiendas de Gibraltar. Apesar de la confusión en que las gentes hormiguean, cada tipo llama la atención al primer golpe de vista, impresionando vivamente los contrastes á causa de la pequeñez del escenario. El inglés se pasea en marcha mesurada, sin altivez pero con el aire de seguridad que tiene siempre el que puede decir; «Aquí mando yo.» Su rubia cabellera, sus ojos azules, su vestido holgado, libre y de una uniformidad elegante pero monótona que lo presenta como de una sola pieza; su impasible fríaldad, si es un simple negociante,—ó su orgullo aristocrático, si es algún oficial de la guarnicion ó la marina británica,—todo le distingue fuertemente de los demás tipos.

Entre tanto se ve en las demas fisonomías el sello de la dependencia, aunque sin degradación. El español, mozo de cordel en el puerto, artesano, carretero ó negociante en detall, se muestra reservado, como si le oprimiese constantemente la idea humillante de que habita una ciudad fundada en el suelo de la Península, pero dominada por un poder extranjero. Los italianos (que eran muy numerosos), muchos de ellos refugiados, huyendo de la tiranía y la miseria, maniestaban el pesar del expatriado, al mismo tiempo que la satisfacción instintiva del que se siente libre bajo un cielo semejante al de su patria, y su conversación era simple, insinuante y ruidosa. El judío y el moro, vagando silenciosos y como soñadores por las calles de Gibraltar, con sus vestidos pintorescos y sucios, sus capuchones y turbantes, sus piernas desnudas y sus anchas sandalias, parecen estar evocando allí todas las tradiciones orientales y la historia de dos razas proscritas. Aquellos hombres, con sus mantos flotantes como sudarios, parecen fantasmas del mondo africano, ó cadáveres ambulantes de las generaciones que le trasmitieron al mundo cristiano el depósito de la civilizacion. Yo no podia mirar sin profunda tristeza ningún israelita ó moro de los que pueblan á Gibraltar. No sé si mi inclinacion hacia todos los débiles y proscritos del mundo me dominaba; pero sentía mas simpatía por los judíos, italianos y moros que por los ingleses mismos y los españoles.

Y sinembargo, nada hay que haga resaltar tanto como ese áspero peñón de Gibraltar la gloria relativa de las libres instituciones y las costumbres hospitalarias del pueblo inglés. En Lóndres, donde hay tantos miles de proscritos que viven bajo él noble amparo de una patria adoptiva, todo pasa desapercibido, porque la inmensidad de esa metrópoli esconde los pormenores. Es en Gibraltar donde se revela mejor el genio liberal, comercial, cosmopolita y tolerante del pueblo inglés. El español y el italiano, el israelita y el moro, el inglés y el extranjero de cualquier pais, todos son igualmente libres, se toleran en su religion y sus costumbres y viven fraternalmente. Gibraltar me pareció una especie de modelo (aunque imperfecto) de esa unidad en el derecho y el progreso, á que tiende la Humanidad, impulsada por el sentimiento del amor y la justicia que es el verdadero ideal de la civilización. Aquel peñasco hospitalario, que admite á todas las razas y religiones, colocado entre la España católica,—intolerante y fanática por sus instituciones papales,—y el África mahometana,—intolerante y fanática por resentimiento y por su atraso en la civilizacion;—aquel peñasco, digo, me parecía allí, azotado por las ondas balanceándose entre dos mundos enemigos, como una arca de salvación que llevaba en su seno la idea redentora de la libertad, del derecho y la fraternidad!

Si yo fuese español, acaso miraría con despecho flotar el pabellón británico sobre la roca de Gibraltar: el patriotismo (que muchas veces es un sofisma) me haría pensar así. Pero, hijo del Nuevo-Mundo, imparcial entre las dos potencias y amigo de la justicia y el progreso, bendigo hoy (todo es relativo) la dominación de Inglaterra en Gibraltar. Ella es la garantía de la libertad del comercio en el Mediterráneo; es el lazo de unión entre la civilizacion europea y la semi-barbárie africana; es una promesa de progreso, y una enseñanza severa y elocuente para las naciones que rechazan todavía los consejos de una política de tolerancia y equidad. Todos esos intereses se verían comprometidos el dia que Gibraltar volviese á la dominación de España,—de España, donde todavía, en 1859, mientras se llevaba la guerra á Marruecos en nombre de la civilizacion, se condenaba á nueve años de prisión á un ciudadano de Inglaterra, por haber vendido en Cádiz la Biblia (el libro de Dios!) en edición británica….

El comercio qué hace Gibraltar es muy considerable, Aquella plaza no solo es un punto de escala importante para la navegacion entre el Mediterráneo y el Atlántico, sino el depósito general de los cambios que hace la Europa occidental con el imperio de Marruecos. Ademas, es un elemento de comercio clandestino con España, muy considerable. España, como todo el que peca, tiene en los resultados de sus propias faltas el castigo y contragolpe de ellas. Egoísta por sus instituciones económicas ó fiscales, se ha rodeado de todas las trabas propias de un sistema rigoroso de prohibiciones, reglamentos y derechos diferenciales; y eso le cuesta caro. El contrabando es inmenso, por todos lados,—lo mismo por sus costas, que por las fronteras de Francia y Portugal; pero en ninguna parte se hace con proporciones tan visibles como en Gibraltar. El valor de los cambios que se verifican allí es tan considerable, que en los últimos años no exportaba Gibraltar hacia Europa y África menos de 22,000,000 de pesos fuertes ó 440 millones de reales de vellon.

Prescindiendo de los grandes almacenes de depósito, nada mas curioso que las tiendas de Gibraltar, repletas de las telas, los artefactos y objetos mas heterogéneos, procedentes de muy diversos paises. Lo que mas llama la atencion es el conjunto de artículos de la industria marroquí, tan graciosos y originales como pintorescos. Los preciosos y bruñidos tafiletes, los grandes chales de algodon y seda, de colores vivos sobre fondo blanco, ó mezclados; los mil caprichos de dibujo y bordado en las mantas rojas de lana, en los cojines y sandalias; los bellos turbantes; la infinidad de joyas y objetos de adorno, de plumas, corales, rosarios, filigranas, cigarreras bordadas de hilo de oro y plata, y mil objetos de uso manual,—todo eso despierta la curiosidad por sus particularidades, sus vivísimos colores y sus caprichos de forma, que dan idea del estilo de la industria en Marruecos y los paises vecinos. No menos curiosos son los pequeños objetos de diversa aplicación que se fabrican con mármol y granito en Gibraltar, en Ronda, en Tánger y otros lugares para tener su espendio en aquella plaza de cambio universal.

Cuando habíamos recorrido las calles de Gibraltar y visitado muchas de sus tiendas, pasamos de la ciudad al vasto recinto de la ciudadela. Sin cuidarnos de observar muy atentamente las fortificaciones estupendas que se destacan por todas partes en laberinto, cruzamos los primeros jardines para trepar hasta las alturas del peñón, pasando por inmensos patios repletos de pirámides de balas, bombas y granadas, y filas interminables de cañones estupendos. Aquel enjambre de proyectiles é instrumentos de muerte, en medio de tanta verdura artificial, de tantas flores y perfumes, y árboles frutales, y fuentes de aguas saltadoras, y puentecitos rústicos, y estatuas y arcos y muros abrumados de enredaderas y pámpanos;—aquellas fortalezas y fragatas amenazantes, en presencia de un golfo bellísimo y bajo un cielo admirable de oriental hermosura; aquel silencio traidor de tantas bocas de hierro y bronce, abiertas sobre las murallas y prontas á vomitar ondas de fuego sobre las verdes ondas del golfo,—mientras que en la ciudad todo era bullicio y animacion mercantil;—todo formaba un conjunto de contrastes que hacia meditar con tristeza ó reír de las locuras del mundo. Todavía pasarán muchos años antes de que el cañón, trepado insolentemente sobre su cureña, deje de ser un argumento; pero hay que esperar que llegará un dia en que una plaza mercantil y un estrecho de mar no tengan otra defensa que el interes del progreso y la nocion de la justicia.

El panorama que se domina desde las alturas superiores de Gibraltar es incomparable, como cuadro marítimo. Con el auxilio de un anteojo veíamos claramente los mas lejanos objetos, abarcando un conjunto encantador. Encima un cielo de fuego y los pardos picachos de granito, de una majestad imponente. Al derredor jardines primorosos y vastísimos, surcados de calles en zig-zag, que van caracoleando hasta la cima, tan bien niveladas que los coches suben y bajan sin dificultad ninguna; y todo el recinto erizado de fortificaciones, de rocas graníticas, de palacios y lindas casas de campo, de estatuas de personajes ingleses y grandes y hermosos árboles. En el fondo, el golfo incendiado por el sol africano, la costa de Algecíras y San Roque, con sus graciosas poblaciones, la Isla-Verde con su hospital, las fortalezas españolas y la faja de montañas cerrando el horizonte al sud-oeste. Por último, al sur y sud-este el Mediterráneo, las montañas y costas africanas, y después de la «Punta de Africa», que hace frente al Peñón de Gibraltar, Ceuta en el fondo de su pequeño golfo, semejante á un nido de gaviotas; y mucho mas léjos, como un punto blanco, el puerto y la ciudad de Tánger, mostrándose vagamente detras de un velo de ardiente gasa producido por las reverberaciones del aire inflamado. Aquel panorama es de los que no se olvidan nunca. Al describirlo en masa, me parece que lo estoy viendo, con el ojo enardecido por un sol devorador, después de ocho meses trascurridos desde que visité á Gibraltar.

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A las cinco de la tarde nuestro vapor levó anclas haciendo rumbo hácia Cádiz. Poco después, al volver la punta de Algecíras, la mas avanzada de España en el Mediterráneo, perdimos de vista el golfo y el peñón de Gibraltar. Salíamos ya casi del estrecho y empezábamos á ver la lucha infatigable entre las grandes ondas del Océano y las menudas olas del Mediterráneo,—las primeras lentas, formidables, inmensas, invadiendo el canal con majestad,—las otras inquietas, rápidas, revolcándose sobre la gran sabana líquida y queriendo salir al ancho espacio. Parecian innumerables rebaños de carneros empeñados en trepar sobre colinas y montañas formidables.

Las sombras de la noche caían cuando pasábamos por en frente de Tánger y Tarifa, tan cerca de la segunda que casi tocamos con la roca ó islote del mismo nombre, ligada por un estrechísimo istmo al puerto. Hoy Tarifa no es mas que un escombro, una memoria. La poblacion yace triste y solitaria al pié de una colina, y las fortalezas históricas nada valen. Pero eso grupo de piedras tiene un mérito moral inmenso. Al contemplarlo me parecia ver sobre una almena la sombra sublime de Guzman el Bueno, dominando las vagas sombras de la noche, con el brazo extendido mostrando el Africa, y recordando al mundo que la abnegación suprema es una virtud para la cual no debe haber ni época ni posteridad….

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CAPITULO V.

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LA BAHIA DE CÁDIZ.

La isla de León.—Panorama de Cádiz.—Reminiscencias.—Curiosidades y costumbres.—San-Fernando.—Puerto-Real.—Puerto-Santa-María.—Algo mas sobre Cádiz.—El bajo Guadalquivir.

Eran las seis de la mañana cuando fondeábamos delante de Cádiz, casi en el centro de la bahía, y fue necesario aguardar durante dos horas á bordo hasta que llegase el permiso para desembarcar. La Aduana no se debia despertar hasta las ocho, hora en que comenzaron los registros de equipajes y escrutinios de pasaportes, sin excepción de persona. El Español es extranjero en España bajo los umbrales de la Aduana, cuyas uñas inquisitoriales no respetan nacionalidad ni domicilio, escarbando lo mismo el equipaje del que viene de la China ó del Nuevo Hundo, que del que llega de paseo de alguna ciudad española.

Un sol magnífico plateaba las ondas de la bahía é iluminaba las torres, las fortalezas y los grandes edificios de Cádiz, produciéndose en las cúpulas y masas colosales de mampostería los mas vivos reflejos. El espectáculo era admirablemente bello, como era interesante el movimiento del puerto, animado ya por los numerosos grupos de marinos, de mozos de cordel, de mercaderes ambulantes, curiosos desocupados, etc., cuanto por la abundancia de buques anclados en la bahía y de las pequeñas barcas y faluchos de corta navegacion. A las diez de la mañana logramos salir sanos y salvos de la Aduana y fuimos á instalarnos en el hermoso hotel del «Comercio». Estábamos impacientes por trepar á una de las torres mas altas de la ciudad para poder abarcar con la vista todo el panorama, y aunque el sol calcinaba con sus lenguas de fuego la isla de Leon, no quisimos esperar la tarde. Una de las torres de la Catedral «vieja» (edificio algo espacioso, pero de mal gusto y que no valia la pena de un exámen detenido) nos sirvió de mirador.

La escena era enteramente distinta de la que nos había ofrecido el golfo de Algecíras. En la bahía de Cádiz el horizonte no tenia límites, y habia en todo lo que los ojos podían contemplar un maravilloso conjunto de majestad en lo inmenso, de gracia y vitalidad en los pormenores y de grandes recuerdos en el variado aspecto del panorama. Nada mas curioso y excepcional que la topografía de la isla de León y de la punta peninsular que le hace frente para formar la bahía. Cádiz está como un peñasco en el centro de una inmensa llanura: por el oriente la llanura sólida, la vastísima costa de la baja Andalucía, completamente plana, extendiéndose hacia el Guadalquivir de un lado, y del otro hacia los lejanos contrafuertes de Ronda, siguiendo la dirección de Medinasidonia;—al occidente, al sur y al nor-oeste los desiertos del Atlántico, llenos de luz y de solemnidad.

La isla de Leon tiene como la forma de un sombrero militar de gruesa copa y con una de sus puntas mucho mas prolongada que la otra. La base está azotada por las ondas del océano; en la punta setentrional demora Cádiz, y la copa se liga al continente por algunos puentes, al este de la ciudad ó villa de San Fernando. Pero la misma isla de Leon se subdivide en dos: la gran masa tiene por centro á San Fernando, miéntras que Cádiz está asentada en un islote ó promontorio, que es como la avanzada rocallosa de la grande isla, describiendo esta un arco caprichoso. Al norte se destaca del continente una península de formas regulares, mas larga que ancha, en cuya base demoran á los dos lados la ciudad llamada «Puerto-Santa-María» y el gracioso pueblo denominado «Puerto-Real,» donde desemboca el río «Guadalete», tan famoso en la historia de la dominación arábiga en España. La bahía, de forma irregular, aunque generalmente circular, queda encerrada entre la isla de León y la lengua de tierra mencionada; pero la punta de Cádiz es tan avanzada que parece como dominando el pequeño golfo de «Santa-Maria».

El paisaje es tan vasto del lado de tierra que con el anteojo se alcanza á ver casi toda la parte llana de la provincia de Cádiz, en la direccion de las extensas llanuras del Guadalquivir y la provincia de Sevilla. A unos 35 kilómetros de Cádiz se alcanza á ver en masa la considerable ciudad de «Jerez-de-la-frontera», tan famosa por sus vinos y sus opulentas y grandes bodegas ó sótanos, y con una población de mas de 51,000 habitantes. Por toda la comarca se ven las llanuras y las bajas colinas cubiertas de viñedos, plantaciones de cereales, olivares, etc., cuyas tintas hacen muy bello efecto en el horizonte lejano. Sin contar mas que las poblaciones vecinas de Cádiz, hay al derredor de la bahía (incluyendo á «Puerto-Santa-María» que es como adyacente) una masa de 114,153 habitantes, de condición esencialmente marítima, aunque productores en industria y agricultura. La bahía tiene como 58 kilómetros de circunferencia.

Como se ve, Cádiz remeda un barco inmenso flotando entre dos bahías, sacudido por las ondas en todas direcciones. Si la situacion hace de esa ciudad la mas bella y poética población de España, su interior, sus curiosidades y sus tradiciones la hacen tan interesante como simpática y graciosa. Cádiz es una ciudad de origen muy antiguo, pues fue una colonia fundada por los Tirios. Los Romanos la conquistaron dos siglos antes de la era cristiana, y en todos tiempos ha tenido la doble importancia de plaza mercantil y de guerra. Si hoy es la primera plaza fuerte de España, erizada de castillos y defendida en todas direcciones, como plaza mercantil es muy inferior á Barcelona. Mientras que la capital catalana y Málaga, Valencia, Alicante y Gibraltar le disputan el tráfico que gira hácia el Mediterráneo, Sevilla, Coruña, Santander y Bilbao le hacen competencia del lado del Atlántico. Su poblacion, que en tiempo de la dominación española en América no bajaba de 100,000 habitantes, hoy está reducida á poco mas de 70,000.

Cádiz me interesaba por sus tradiciones bajo todos aspectos. De allí salieron las mas importantes expediciones españolas, tanto en la época de las colonizaciones emprendidas sobre el Nuevo Mundo, como durante la terrible guerra de la independencia de «Colombia,» Méjico, Perú, Chile, Buenos-Aires, etc. La libertad colombiana no tuvo en ninguna parte enemigos tan implacables como en Cadiz, residencia de la famosa compañía que tuvo el monopolio del comercio entre Europa y varias colonias hispano-colombianas. Y cosa singular, que prueba cuánto los intereses del monopolio influyen en la política de las naciones!—esa misma población gaditana que tan cruda guerra hiciera á la revolución del Nuevo Mundo, era en la misma época el refugio de los patriotas españoles y el arca de salvación para la nacionalidad de España, en su heroica lucha contra Napoleón y el despotismo…. Cuántos males ha sufrido el pueblo español, por no haber comprendido desde entonces que la causa de la libertad y del derecho era la misma en España que en Colombia, y que los patriotas de uno y otro mundo debían aliarse como hermanos en vez de hacerse la guerra!

Otros recuerdos me asaltaban en Cádiz. Aparte de sus defensas heroicas contra los Ingleses, en 1626, 1772 y 1797, y contra los Franceses en 1811; aparte también de sus interesantes episodios políticos, su constitución liberal de 1812 y la heróica revolución de 1820 encabezada por Riego y Quiroga, Cádiz me hacia recordar que allí había nacido ese feroz brigadier Enrile, pacificador de espantosa memoria en mi patria; y que allí murió miserable, hambriento y lacerado por mil amarguras, en el fondo de un calabozo, el ilustre y generoso Miranda, guerrero de la revolución francesa y mártir de la independencia colombiana, tratado por unos con suprema ingratitud y por otros con una fría crueldad!

La faja de altas murallas (dobles y aún triples en algunas partes) que rodea completamente á Cádiz, tiene una circunferencia de 7,500 varas españolas. Así, por donde quiera que el viajero pretende buscar una salida tropieza con una masa enorme de piedra, soldados y cañones, viendo al pié las ondas espumosas del océano estrellándose con violencia en los bancos de arena y los peligrosos arrecifes que avecinan la isla y sirven de asiento á castillos y fortificaciones. Si la vista sobre la bahía es pintoresca y variada, la que se tiene sobre el océano, al sur y sud-oeste, desde el paseo de la «Alameda» es de una majestad imponente. Desde el primer momento, Cádiz me habia ofrecido muchas semejanzas de aspecto con la ciudad de Cartagena en «Nueva Granada». Semejanza no es el término propio: es no sé qué analogía vaga en la configuracion de la isla y las bahías, en la estructura exterior de la ciudad; algo de muy armónico en el estilo de las fortificaciones, en la atmósfera y el cielo. Al recorrer el hermoso paseo de la Alameda, las plazas y las calles, y observar las gentes allí, la comunidad de tipo me pareció evidente. En cada elegante gaditana creia ver una hija de Cartagena: el acento, los modales, la soltura, el garbo lleno de gentileza y dengue, el ojo negro y dulce, la sonrisa de adorable coquetería, la tez de un moreno suave y pálido, el andar mesurado y señoril, la amabilidad y la franqueza insinuante, y un no sé qué de voluptuoso en el vestir, en las formas delicadas pero expresivas y en el juego del inevitable abanico,—todo contribuia á producirme una ilusion que me hizo pensar en la patria.

El sol se hundia como una brasa fulgurante en las ondas de un horizonte infinito; la Alameda estaba poblada de paseantes y habia por do quiera una encantadora animacion. El escenario parecia una gran canasta de flores flotando entre los remolinos de un torrente. El mar producia al pié de las murallas sus formidables chasquidos, lanzando nubes instantáneas de espuma, miéntras que centenares de paseantes vagaban por en medio de las arboledas y los lindos jardines de la «Alameda», casi bajo los balcones y las celosías de las espléndidas casas que dominan los malecones y terraplenes. Los techos reverberando,—los pintorescos balcones verdes y azules,—las altas y elegantes azoteas de estilo morisco,—los arbustos cuajados de flores y perfumes,—los grupos animados de una poblacion en que se veian tipos muy variados,—los mármoles resplandecientes de las casas mas lujosas,—los lejanos castillos destacándose sobre las ondas,—las montañas, confusas en lontananza,—el mar encrespado y sacudiéndose bajo su manto de luz crepuscular,—el sol, enorme por un efecto de óptica, como bañándose en el océano,—la brisa agitando suavemente los árboles,—el cielo de una hermosura extraordinaria;—todo aquello me llenó de encanto, de embriaguez, dejándome en el alma una hondísima impresion que nunca olvidaré.

El tiempo me faltaba para hacer observaciones detenidas. España es un país que no puede ser bien estudiado en ménos de tres años, y yo solo pódia disponer de tres meses para recoger impresiones, reparando en las cosas mas salientes é importantes. Ningun monumento me pareció en Cádiz digno de especial atencion bajo el punto de vista artístico. Lo que hace de esa ciudad una poblacion interesante es su posicion, su conjunto, su estilo particular de construcciones, su aire social, sus recuerdos históricos y su valor económico.

Cádiz, que tanto habia decaido como plaza mercantil desde que perdió la explotacion de Colombia, comienza á recobrar su animacion, gracias á las nuevas líneas de vapores, á notables mejoras en las vias de comunicacion hácia el interior de la Andalucía, y al despertamiento económico que ha tenido España desde 1855. Sus exportaciones consisten en sal, aceite, vinos, frutas secas y otros artículos andaluces;—es una plaza importante de escala y depósito, y fabrica algunos objetos de bellas artes, así como los de aplicacion á la marina. La pesca le procura considerables utilidades. Asentada sobre una roca viva, ya que le faltan las aguas corrientes las tiene superiores en sus vastas y numerosísimas cisternas. Posee hermosos hospitales y un gran número de institutos de enseñanza, beneficencia, crédito, comercio y navegacion.

Desde luego que el clima, la influencia de la dominacion morisca y el gusto español, han determinado en Cádiz el mismo género de construcciones que en casi toda la península y especialmente en las Andalucías. Asi, las calles son en lo general ó en su mayor número angostas y sombrías, tortuosas, desiguales y llenas de capricho. Pero hay allí un sello particular de elegancia y gusto que no se encuentra en ninguna otra de las grandes ciudades españolas, exceptuando á Sevilla. Se siente un vivo placer al recorrer casi todas las calles de Cádiz, ó al reposar bajo la espesa sombra de las magníficas arboledas de las plazas de «San Antonio» y de «Mina». Aparte del interes que excitan los corrillos de gentes de todas condiciones y las tiendas elegantes llenas de curiosidades, donde quiera se camina de sorpresa en sorpresa al recorrer las mejores calles, las que no empedradas ricamente embaldosadas.