Por todas partes los graciosos balcones, las discretas celosías, veladas en su interior por finos cortinajes, tras de cuyos pliegues se alcanzan á ver medio escondidas algunas caras primorosas como apariciones ideales; los aéreos miradores de cristal, empinados caprichosamente sobre los techos; las ventanas con enrejados de hierro curiosísimos; las vastas azoteas adornadas de jarrones con flores y pequeños arbustos bañados por el sol y agitados por las brisas marinas. Pero nada tan curioso, tan deliciosamente bello y suntuoso como las casas de los mas ricos propietarios, en las principales plazas y calles, verdaderos palacios de hadas, de un orientalismo encantador. En todas ellas una portada magnífica de mármol ó rico jaspe, trabajada con esmero; un zaguán que parece la antesala de una suntuosa habitación, con el pavimento y los muros de mármol, el techo estucado y la puerta interior de soberbios cristales con labrados de arabescos y bellos colores. La puerta está siempre abierta durante el dia. Os acercáis, y un criado desciende la escalera al punto y os invita con la mayor atención á visitar la casa, aunque la familia esté presente. Si aceptáis, el propietario (algún opulento negociante) se presenta, y con una obligante cordialidad casi irresistible,—al ver que sois extranjero—os repite la invitacion, os ruega que subais, os pregunta si quereis tomar un refresco, etc.
Yo había visto espléndidos palacios y suntuosos hoteles en Francia, en Inglaterra, en Barcelona y Madrid; pero no tenia idea de casas tan preciosas, tan romanescamente orientales como las que visité en Cádiz y Sevilla. Pasais adelante del zaguan, y os encontrais en un patio cuadrado y claustrado, en cuyos cuatro costados se levanta el edificio, cubierto por una alta cúpula de cristal que lo hace parecer un invernáculo. A los lados, en el piso bajo, se ven los vastos salones destinados á los negocios ú oficinas del propietario; en el fondo hay un elegante pasadizo que conduce á los patios interiores (los verdaderos patios), destacándose á los lados, ya en caracol, ya en ángulos rectos, las escaleras monumentales que conducen á los tres, cuatro ó cinco pisos de la casa. Desde la base hasta la cúpula de cristal se proyectan en todo el interior del patio-salon tantos órdenes de balcones continuos y claustrados cuantos pisos tiene la casa. No hay un pavimento en ese patio cubierto (que es como la sala central), en las escaleras, los balcones interiores y todas las piezas del edificio, que no se componga de soberbias baldosas cuadradas de mármol blanco y azul, ó negro ó jaspeado; no hay un balcon, una puerta, una baranda que no tenga mil arabescos y primorosas molduras de un gusto exquisito; no hay una pared que no esté ricamente estucada y labrada. Cada patio tiene en el centro una preciosa fuente de mármol con surtidores que refrescan el aire, y en todo el recinto se ven grandes jarras de gaspe, de porcelana, etc., conteniendo arbustos delicados, macetas de jazmines, rosas y claveles, naranjillos en flor, enredaderas ó parásitas, que embalsaman aquella atmósfera embriagadora. Se cree uno soñando con algo de los Cuentos orientales; y para que el deleite sea completo para el amador de bellas artes, cada patio de esos tiene unas cuantas estatuas de mármol y ostenta en sus muros diez ó doce hermosos cuadros de pintura.
La luz del sol, cayendo verticalmente á medio día, ó entrando debilitada por la parte baja, prodúce los mas extraños efectos de brillantez, de sombra y claro oscuro; y por la noche, cuando el interior está iluminado por el gas, ese museo-jardin en cuyo centro murmuran las aguas del surtidor, es de una hermosura arrebatadora. Es allí donde se reúnen las familias, se reciben las visitas y se goza en las tertulias domésticas, durante las horas mas calurosas en los meses de estío, cuando no tiene la preferencia la azotea.
En Cádiz el mármol está prodigado en todas partes. En los grandes hoteles, en los numerosos y espléndidos cafés, en los teatros, las iglesias, las plazas y todos los monumentos hay un lujo de pavimentos que admira. El café de «Apolo», uno de los mas bellos y originales que he conocido, divierte y llama la atención al viajero, y da una idea del carácter ardiente, cordial, voluptuoso y expansivo de la población gaditana. Durante las primeras horas de la noche, las plazas de San Antonio y Mina (la primera sobre todo) y las grandes calles adyacentes, tienen mucha animacion y ofrecen los mas curiosos cuadros de costumbres. Las mujeres de Cádiz son generalmente bellas, picantes y atractivas: eso, y la condición mercantil de la ciudad, hacen la desgracia de ellas en las clases mas expuestas á debilidades y seducciones. Así, la prostitución tiene en Cádiz proporciones que espantan. Es inaudito el número de mujeres desgraciadas en ese género de establecimientos de corrupción, y de expertas en la infamia que especulan con la dirección de esas casas, que son la ignominia de las sociedades europeas. Contáronme cosas qué me aterraron, y anécdotas respecto de personas de la alta sociedad que, al ser ciertas, darían una idea muy triste de la moralidad gaditana. No quiero creer todo lo qué se me dijo por algunas personas; y sinembargo llevé de Cádiz, bajo ese aspecto, dolorosas impresiones…. Mucho podría decir sobre lo que he observado en las grandes ciudades españolas; pero el asunto es repugnante y escabroso, y el mundo colombiano, por fortuna, no conoce ciertas cosas que es mejor que ignore siempre. Hay tantos sofismas en la civilización europea…tantas miserias que deshonran el progreso y hacen aveces tener vergüenza de lo que hace la humanidad…. En España hay un contraste singular: la religion no es libre: el que no es creyente católico no puede tributarle culto á Dios;—pero la prostitucion no solo está legitimada por la ley, sino que la autoridad la reglamenta y dirige con esmero!
Bastaría para juzgar de la organización de ese país (cuyo pueblo tiene admirables cualidades características y graves defectos de educación) el hecho simple de estos dos contrastes: la ley especula con el juego por medio de las loterías, pero restrinje el trabajo inocente y fecundo; mantiene y dirige la prostitucion, pero oprime la conciencia y condena a prisión al que distribuye la Biblia y los Evangelios sin las notas del padre Scio!!
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Apesar del interes que podía tener la ciudad de Jerez, como población fuerte y gran centro de producción vinícola, teníamos mas vivos deseos de navegar el bajo Guadalquivir desde su desembocadura hasta Sevilla. Preferimos, pues, esa via, pero ántes de embarcarnos quisimos conocer las interesantes poblaciones vecinas á Cádiz. Tomando un coche y saliendo del recinto de la ciudad por la carretera que conduce á Jerez, es fácil visitar a San Fernando, Puerto-Real y Puerto-Santa-María.
El paisaje, si se mira hácia el continente, es monótono, por la igualdad del terreno y la naturaleza de los cultivos; pero es pintoresco y animado, si se tiende la vista del lado del mar, sea para reparar en los astilleros de la bahía, donde hay bastante movimiento, sea para echar una rápida mirada á las extensas salinas de San Fernando, cuya produccion es muy considerable y ocupa á un gran número de trabajadores. La sal está monopolizada en España, probablemente para probar á Dios una infinita gratitud por haber rodeado de mares á la península española. Ese monopolio (que le produce al Estado una fuerte renta, no obstante el contrabando) proporciona á los Españoles las inestimables ventajas de comer la sal de sus inmensas costas muy cara y mala, sin que por eso dejen de hacer su negocio los especuladores en grande que explotan el estanco de sales.
La ciudad de San Fernando, separada de Cádiz por fortalezas, murallas y un gran foso marítimo que corta la isla de Leon, está situada hácia el extremo de esta, que se liga al continente por dos puentes. En las cercanías hay numerosos huertos de frutales, y por todas partes se revela en las vastas salinas, los artilleros y las fábricas, la naturaleza de su produccion. Sus elementos principales son: la sal, en muy fuerte cantidad (que se exporta), tierras metalóideas, encurtidos y objetos de fundición y de marina, como de artes y oficios. La situación, de la ciudad es curiosa, por la forma que tiene el canal semi-circular que la rodea del lado del continente y que determina la isla. Tal parece como si dos largas y angostísimas bahías ó lenguas de aguas marinas fuesen á chocarse y confundirse bajo los puentes de Zuazo y Chiclana, que dan paso hácia el interior del pais.
San Fernando tiene semejanzas generales con Cádiz en su estructura exterior, y el aspecto es poco mas ó menos análogo. No tiene otra particularidad que su observatorio astronómico, que es muy inferior al de Cádiz, tan famoso en la geografía española y colombiana. La población de San Fernando alcanza á unos 17,000 habitantes, generalmente laboriosos y ocupados en rudos trabajos de fabricación y artefactos. Los innumerables ventorrillos ó casas aisladas que avecinan á San Fernando del lado de Cádiz tienen un aspecto original y pintoresco; es allí donde se aglomeran los millares de obreros que trabajan en el astillero de la Carraca y en muchas fábricas de las cercanías, formando en algunas horas del dia multitud de grupos tan animados como curiosos. Al pasar por en medio de ellos se siente un fuerte olor de brea, sal y otras materias que revelan desde el primer instante el género de ocupación de estas gentes.
El astillero de la Carraca, especie de población flotante y sólida al mismo tiempo, que se compone de buques, almacenes y vastos talleres, ofrece un cuadro muy interesante, no tanto por el mérito del establecimiento cuanto por el aire de los trabajadores, los edificios, etc. Es en ese astillero, situado en la bahía, cerca de las salinas, como á 1,200 metros de San Fernando, donde España tiene una de sus mejores fábricas navales. Allí se construyen buques de guerra, y aún de comercio á veces, de todos tamaños y condiciones, y se hace el carenaje, así como se trabajan en grande escala lonas para velas, jarcias, cordajes, etc. Millares de obreros trabajan constantemente en ese punto de la bahía y su vecindad, ya en la fabricacion naval, ya en la explotación y fabricacion de la sal. Después se extienden en varias direcciones muchas obras de fortificación, que son en cierto modo los baluartes de Cádiz y del fondo de la bahía.
Puerto-Real, situado en la costa continental, en el fondo de la bahía, es una bonita poblacion de 5,000 almas. La vecindad de la embocadura del Zurraque (al sur) confundido ya con un brazo de mar, y del Guadalete, que entra al norte, en el rincon de la bahía; la estructura moderna de las calles y las casas (generalmente simétricas) y de su muelle y su puerto llenos de pescadores de mariscos y bateleros cargando agua; el cuadro que forman á los dos lados, equidistantes, él astillero de la Carraca y el del «Trocadero» (de uso mercantil) que está al poniente sobre la bahía; la animacion de las gentes y la gracia de los huertos vecinos y las casas de campo,—todo eso contribuye á hacer de Puerto-Real una poblacion pintoresca y alegre. Aquel es el lugar de paseo y descanso para los ricos gaditanos, muchos de ellos poseedores de casas y quintas de recreo en ese punto de la costa española.
«Puerto-Santa-María» es mucho mas considerable. Demora, como he dicho, en el fondo de un pequeño golfo (al nor-oeste de Puerto-Real) cuyas aguas están separadas de la bahía de Cádiz por la península ó lengua de tierra donde se encuentra el «Trocadero». Santa-María, que dista unos 14 kilómetros de Jerez y 21 de Cádiz, es el término de la carretera de Sevilla, y por allí pasa el ferrocarril recientemente concluido. Desde allí se extiende un terreno de imponderable riqueza en viñedos esmeradamente cultivados (así como otros muchos frutales), sea del lado de Jerez, hácia el interior, sea por la costa, en la dirección de Rota (el país del famoso tintilla) y del bajo Guadalquivir. La distancia entre Santa-María y Puerto-Real es tan corta, con el Guadalete de por medio, que en realidad la primera parece pertenecer tanto á la bahía misma como al golfo mencionado. Sus comunicaciones principales con Cádiz se sostienen por medio de vapores que salen de un buen muelle y cruzan la bahía constantemente.
Santa-María es una bella población, con mas de 21,000 habitantes, con mucha actividad y movimiento agrícolas, industrial y mercantil. Yace á la falda de una colina, dominando la márgen derecha del Guadalete, y está literalmente rodeada de huertos y viñedos. Tiene numerosos institutos públicos, bastantes fábricas (principalmente de excelentes licores, encurtidos, sombreros y jabon), y aparte de su fuerte produccion de vinos, cultiva muchas artes y oficios. La estructura general es buena, notablemente su hermosa calle llamada Larga. Se ve allí el tipo de las poblaciones andaluzas, activas y laboriosas en lo general, donde no se revela casi nunca ningún síntoma de miseria ó decaimiento.
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El tiempo nos faltaba para continuar la excursion. Así, entramos á un pequeño vapor costanero y volvimos á Cádiz. Debíamos partir para Sevilla al día siguiente, y aprovechamos la segunda noche que nos quedaba visitando un teatro y algunos cafés. Nada de particular en el teatro, elegante y bien concurrido (porque el pueblo español es muy apasionado por los espectáculos que impresionan fuertemente ó hacen reír); pero hallamos, cómo en casi toda España, una farsa cantada á trozos, con el nombre de zarzuela, y las consabidas evoluciones coreográficas de estilo francés,—pestes insoportables que van haciéndole perder su originalidad y su gracia al teatro español. En vez de una buena comedia ó un buen drama (como hay de sobra en España) el público tiene que tragarse como puede una opereta bufa de mal gusto, que degrada al mismo tiempo á la comedia y la ópera.
En desquite, el café es en todas las ciudades españolas un elemento social sumamente curioso. Para un habitante del norte de Europa nada puede ser mas desagradable quizas; pero para un hijo del mediodía ó de Hispano-Colombia, con instintos de expansion y sociabilidad, la escena tiene muchos atractivos. Ya he dicho, al hablar de Barcelona y Madrid, lo mas digno de atención acercada los cafés en España. Como el espíritu de las poblaciones es enérgicamente liberal en todas las grandes ciudades españolas, y muy particularmente en las Andalucías, el café,—elemento de expansión franca y libre, de discusion y de censura,—es mucho mas importante aún en Cádiz, Sevilla, etc., donde la opinion liberal saca de él todo el partido posible. El piano (mueble infalible en los grandes cafés) contribuye á despertar los ánimos y aumentar el bullicio de los centenares de parroquianos,—sirviendo no pocas veces de instrumento epigramático, segun el humor de los concurrentes. Es muy frecuente el manifestar allí las tendencias de oposición al gobierno nacional, de aversión al gobierno francés, etc., haciendo ejecutar (con aplausos estrepitosos y unánimes) ya el himno de Riego, ya la Marsellesa, ú otra pieza que entrañe una fuerte alusión política.
El café de Apolo, donde nos establecimos en Cádiz durante algunas horas, en dos noches, nos procuró el medio de hacer curiosas observaciones en cuanto á las costumbres políticas de los gaditanos. Hasta la singular estructura interior del café contribuía á hacer interesante la escena, pues había cierta semejanza con las casas elegantes que he descrito, pudiéndose observar desde uno de los altos balcones que dominaban el gran salón todos los grupos y pormenores simultáneamente. Yo me aturdía de oir á los españoles hablando sobre los más graves asuntos: me parecía estar en un café de Bogotá (donde se habla con absoluta libertad) aunque, á decir verdad, hallaba mas tolerancia mútua en las francas y vehementes discusiones de los españoles. Se decian las mayores claridades, sin insultarse, pero sazonadas con la consabida pimienta española de las tres C.C.C., sin que hubiese el menor temor de una desavenencia. Hablaban de la reina…primores; ponían al ministerio de vuelta y média, ó descargaban su hilaridad epigramática y sus terribles censuras sobre el Capitán general, el Gobernador, el Obispo ó el primer personaje que hallaban á la mano. Es realmente rara la facilidad y el chiste con que el pueblo español maneja el epigrama y sabe aplicar un refrán en toda oportunidad.
Esa singular importancia política y social de los cafés en España me hizo reflexionar un poco. Ella data de los tiempos del gobierno constitucional, de manera que es una institución muy moderna. ¿Es un bien, ó es un mal?—me preguntaba yo. Desde luego que el café convertido en club tiene sus ventajas: tiende á suprimir ese aislamiento que helaba á la sociedad española, y la enervaba y mantenía en la impotencia moral é intelectual; distrae de la tentación del juego, tan general en España (por causa de las instituciones), y es un gran elemento de fusión de las clases sociales y de organización libre de la opinion pública, opuesto á las trabas que la encadenan bajo formas mas generales y ostensibles. Puesto que la ley amordaza la prensa y la tribuna, el café es un bien relativo que contrabalancea un poco la represion. Pero el café, tal como está organizado en España, tiene también su lado malo. Él no tiene la dignidad y compostura del club inglés, cosa natural, puesto que tanto difieren los tipos y las instituciones de Inglaterra y España; pero lejos de educar á los Españoles, el café les mantiene ciertos defectos de sociabilidad que les importa corregir. El lenguaje que allí se emplea, aún delante de las señoras, es demasiado libre, inculto y vulgar. ¡Qué de interjecciones impasables! ¡qué de alusiones y anécdotas coloradas! La familiaridad que allí reina establece una comunidad de lenguaje que degrada la lengua y priva al estilo de toda dignidad. Sin duda que del café pueden salir muchos oradores, hijos del hábito; pero oradores de muy mala calidad, viciados desde su nacimiento.
Por otra parte; la sociedad doméstica debe resentirse mucho de las consecuencias. Los que no llevan sus familias al café las dejan hasta muy tarde de la noche en completa soledad. He visto en los cafés de España muchas madres de familia con sus hijas, sentadas al derredor de mesas donde se sostenían habitualmente las conversaciones mas escabrosas. Aquello no puede menos que ser funesto para la moralidad de la familia. Pero si ella permanece en el hogar y el hombre solo es el que frecuenta el café, pasando en él tres, cuatro, cinco ó mas horas, los vínculos de la vida doméstica deben naturalmente relajarse. De todos modos, el café es en España una verdadera institucion política y social, creada por las costumbres, que tiene mucho de bueno y de vicioso, pero que perdería gran parte de su importancia si la opinion tuviera otros medios de libre expansion, como la prensa, la asociacion y la tribuna pública.
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A las ocho de la mañana siguiente á nuestra excursion por las cercanías de Cádiz, salíamos de la bahía á bordo de un bonito vapor español, con dirección a Sevilla. El mar tenia una hermosura espléndida, lleno de fulguraciones ardientes y agitado por olas poderosas. Bien pronto pasamos por enfrente de Santa-María, y Cádiz se perdió de vista entre las grandes sinuosidades del Atlántico, que parecían arropar la isla de León con su espumoso manto. Pasamos por delante de Rota, pequeña población de la costa, doblamos un cabo, y nos hallamos en breve en la especie de bahía producida por la desembocadura del Guadalquivir. La entrada al rio no se determina realmente sino casi al llegar á «San-Lúcar-la-menor», pequeña población mercantil ó de escala, asentada á la margen izquierda del Támesis andaluz. Y esta comparación no es aventurada, si se considera que, gracias al Guadalquivir, Sevilla es en realidad un puerto marítimo, habilitado para la importacion y exportacion, y centro principal del comercio de la baja Andalucía y algunas comarcas limítrofes.
Nada mas triste que esas llanuras marítimas regadas por el bajo Guadalquivir, en todo el trayecto que se extiende desde la bifurcación que produce la «Isla mayor» hasta San-Lúcar. Es un mar de gramíneas medio anegadas limitado por el océano mismo. Las márgenes del rio son sumamente bajas, de modo que en las épocas de crecientes los derrames producen una completa inundación, quedando las llanuras convertidas literalmente en una continuación del mar. Cuando pasamos por allí la tierra estaba descubierta y la poblaban numerosísimos rebaños y yegüerizos. Por todo el horizonte se veian innumerables bandas de patos salvajes, rosados pelícanos y otros acuátiles abatiéndose en los pantanos, en medio de las vacas, las ovejas y los potros, mientras estos pacían perezosamente ó se reunían en grandes grupos para defenderse del ardor del sol, que hacia fermentar las aguas estancadas y calcinaba la inmensa llanura completamente desprovista de árboles. No me parecieron muy avantajadas esas crias; la vacuna no tiene un crecimiento notable, y la caballar es bien inferior á su reputación. He observado que hay exageracion en lo que se dice generalmente de los caballos andaluces, lo mismo en Sevilla que en Córdoba y Granada.
El Guadalquivir, de una anchura media de 130 metros entre Sevilla y las cercanías de San-Lúcar, tiene en lo general poco fondo; el cauce, variable á causa de las fuertes aluviones de arena arcillosa, impone á la navegacion muchas dificultades en algunos meses del año, y en todo él se requieren algunas precauciones y una forma especial de las embarcaciones que evite las varadas. En todo el trayecto se van encontrando numerosas barcas marinas, ancladas ó navegando, que suben ó bajan á remolque ó aprovechando las mareas y los vientos. Asi, el Guadalquivir tiene un aspecto comercial que prepara al viajero al movimiento económico de Sevilla, bastante animado y considerable.
Después de algunas horas de navegacion, cuando íbamos aproximándonos á Sevilla, la topografía comenzó á ser diferente, sucediendo los paisajes pintorescos á la triste monotonía de la costa. Las riberas del rio eran mas empinadas, el cauce mucho mas estrecho, y en vez de las gramíneas de los bajos pantanos teníamos á la vista muchos huertos y alegres sementeras de trigos y legumbres, largas filas de álamos blancos y sauces en una y otra margen, bosques mas ó menos considerables, de una frescura y lozanía deliciosas, y levantadas barrancas abruptas sobre las cuales se destacan graciosamente algunas poblaciones vecinas á Sevilla. Al fin pasamos por el pié de los parques espléndidos del duque de Montpensier, y vimos asomar, al volver un recodo (por encima de las arboledas, los numerosos bergantines y vapores y los pintorescos edificios del puerto), las cúpulas llamadas torre de Oro y de Plata, resplandecientes y poéticas, dominando el rio como dos joyas monumentales destinadas á advertir al viajero que Sevilla es la opulenta y gentil metrópoli del país donde dejó sus profundas huellas la dominacion morisca, sin borrar las de la romana.
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CAPITULO VI.
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SEVILLA.
Idea general de la ciudad.—Panorama circunvecino.—El tipo sevillano.—Costumbres sevillanas.
La ponderada hermosura de Sevilla y de la inmensa llanura que la rodea, me hacia desear vivamente la ocasion de contemplarla en su totalidad. Su situacion y configuracion indican naturalmente la ascension á la torre de la Giralda, ante todo, para admirar el panorama entero á vista de pájaro. Ya instalados en el hermoso hotel de «Londres» (uno de los muchos elegantes y muy bien servidos que tiene la ciudad) atravesamos la espléndida plaza de la infanta Isabel, desde la cual veiamos la masa colosal de la famosa torre, visible de casi todas las calles de Sevilla. A unos trescientos metros de la plaza hallamos la admirable catedral y la torre, esta situada hácia atras y formando un edificio aparte, aunque ligado por construcciones posteriores.
Nada mas grandioso que ese monumento de cúpula fulgurante, que brilla al rayo del sol como una inmensa joya suspendida en el éter. Al mirarla se siente uno lleno de admiracion por la grandiosa sencillez que le quiso dar el genio oriental ó morisco. Aquel arcángel aéreo de bronce dorado que corona la cúpula y gira como una veleta, tiene no sé qué de celeste que provoca á escalar la altura para hundir la mirada alternativamente en el cielo y en el mar de casas resplandecientes y de campiñas admirables que las rodean. La torre, perfectamente cuadrada en su parte morisca hasta una altura muy considerable, fué terminada mucho tiempo después de la conquista, y por desgracia con un estilo del todo diferente. Así, hasta la región de las campanas se ve la civilización del árabe, rematando su obra la arquitectura refinada del Renacimiento. La elevación total de la Giralda es de 364 piés, siendo por lo mismo la mas elevada que existe en España. El cuerpo de la torre tiene 50 piés por lado. Éntrase á ella por una miserable puertecita, y se sube hasta la enorme altura de las campanas por 35 rampas ó corredores inclinados, sin gradería ninguna. Después, por escaleritas de mano muy estrechas, se puede hacer la peligrosa ascensión hasta la figura de bronce que tiene el nombre de Giralda. Allí se siente como un vértigo…algo que se parece al extravagante deseo de volar sobre los abismos.
El espectáculo que se contempla desde allí es de una hermosura suprema, mas espléndido aún (excepto la vista del mar) que él de Valencia. De un lado se ven muy lejos vagamente las montañas de la sierra de Ronda que terminan la cadena de la Sierra-Nevada. Del otro las llanuras del bajo Guadalquivir, perdiéndose en el horizonte en la direccion del océano. Al norte se ven mas ó menos las montañas de Córdoba, contrafuertes de la Sierra-Morena Por último, tendiendo la vista al oriente, en la dirección de la alta Andalucía, se ven llanuras hermosas que se van levantando insensiblemente hasta perderse en las ondulaciones de colinas y cerros que giran por el centro de la hoya del Guadalquivir hacia Jaén. El horizonte es inmenso y admirablemente bello.
Recogiendo la mirada en un círculo menor, se ve por todos lados la opulenta llanura, primorosa por su cultivo, esmerado, sus numerosas poblaciones, sus graciosos cortijos, sus enjambres de pequeños rebaños, de casas campestres, de huertos y jardines, y sus laberintos de arboledas ya en grupos mas ó menos extensos, ya en hileras ó en calles resplandecientes de verdura, donde alternan los naranjales con los viñas, los interminables olivares con las sementeras de hortalizas, cereales, etc. Y por en medio de la vastísima llanura va caracoleando el lento Guadalquivir, como una cinta gris, haciendo las mas graciosas vueltas y revueltas.
Localidades mas ó menos considerables, pero todas industriosas y de un aspecto homogéneo, se multiplican en todas direcciones. Allá se ven sucesivamente, con el auxilio del anteojo ó sin él (en la dirección de la carretera de Ecija y Córdoba), los pueblos de Alcalá-de-Guadaira y Mairena, y luego los cerros (llenos de poblaciones también) que dominan á la ciudad de Carmona, bastante populosa. Por otro lado (hacia Jerez) Utrera y Oran; y á la derecha del Guadalquivir, entre otras muchas poblaciones, San-Lucar-la-Mayor, Encarnacion y Alcalá-del-rio.
La provincia de Sevilla, la sexta de España en el orden de población, cuenta 463,486 habitantes. Las campiñas, sumamente cultivadas, tienen una poblacion muy abundante, robusta, vigorosa y amante del trabajo, al mismo tiempo que de los placeres vehementes. Muy á la inversa de las comarcas castellanas, la soledad no se manifiesta en ningún punto de la provincia de Sevilla, y abundan mucho los pequeños pueblos de 1,000 á 4,000 almas. Con todo, se hacen notar algunas ciudades considerables, centros de una vasta producción agrícola que consiste principalmente en vinos, aceite, cereales, granos, ganados de todas clases, hortalizas y frutas. Las mas notables de esas, ciudades son:
Sevilla, que cuenta (inclusos los nueve arrabales exteriores a las fortificaciones) 112,600 habitantes;
Ecija, con 28,800
Carmona, con 18,800.
Osuna, con 17,500
Utrera, con 14,000
Marchena, con 13,000
Alcalá de Guadaira, con 8,260
Todas esas poblaciones aunque son principalmente centros agrícolas, alimentan una multitud de manufacturas, fábricas y talleres de toda clase, que aumentan la animacion del pais, y le dan mucho interés económico. Sevilla sola tiene en algunos ramos vastas manufacturas y fábricas especiales de suma importancia,—tales como su magnífica fundicion de armas y cañones, su nitrería, y sobre todo su inmensa manufactura de cigarros (por cuenta del Estado se entiende), que da trabajo á 4,000 obreros, establecimiento digno de ser visitado con placer é interés.
Concretando la vista sobre la ciudad, el panorama es tan curioso como bello. El Guadalquivir, describiendo como un semicírculo, rodea en gran parte el recinto de la ciudad propiamente dicha, defendida y encerrada por murallas que, segun dicen, datan del tiempo de César, y por numerosos fuertes aislados que en la actualidad son inútiles aunque no sea mas que por su evidente inferioridad respecto del progreso de la estrategia y arquitectura brutal del egoísmo, el aislamiento y la muerte. De cualquier lado que se mire el conjunto interesa por sus caprichos y contrastes graciosos, y los pormenores llaman la atencion. Al derredor, los nueve arrabales, de los cuales solo uno, el de Triana, habitado por los Gitanos, que es el mas populoso, se halla á la márgen derecha del Guadalquivir, ligado á la ciudad por un hermoso puente colgante. Muy cerca del puente, sobre el puerto mismo, se levanta la linda cúpula dorada de la Torré-de-Oro, que parece cubierta de escamas relucientes.
Al pié mismo de la torre de la Giralda veiamos la masa estupenda y romántica de la catedral, cuyas formas góticas y color sombrío la hacian parecer una montaña de granito despedazada en cien picachos, agujas, arcos atrevidos y enormes grietas. Era como un volcan extinguido, imponiendo miedo por la sola majestad de sus grandiosos escombros ennegrecidos por el tiempo. Al lado de la catedral, el espléndido palacio de piedra y mármol llamado la Lonja ó Bolsa, que fué la famosa «Casa de Contratacion» para el comercio de las Indias. Algo mas léjos el precioso monumento morisco llamado el Alcázar, rodeado de jardines deliciosos que por sí solos son un tesoro para Sevilla. Y mucho mas léjos aun, el inmenso edificio de la manufactura de tabacos, y el elegante palacio moderno de San Telmo (propiedad del duque de Montpensier) á la vera de un vastísimo y bello parque que se extiende sobre la márgen izquierda del Guadalquivir.
Mirando en otra direccion, se ve en el arrabal de San Roque el monumento llamado Caños de Carmona, admirable acueducto romano de 410 arcos, y á un lado la gran fábrica de salitres; en el arrabal de la Resolana el hermoso hospital de la Caridad y la Maestranza; en el de Macarena el espléndido hospital militar; y en el de San Bernardo la famosa fundicion de cañones de bronce. Lo demas es un laberinto de calles tortuosas y estrechas, de edificios desiguales, caprichosos, muchos de ellos de formas extravagantes, de cuyo enjambre se destacan algunos cocoteros centenarios é históricos, multitud de palacios ó casas primorosas del mismo estilo que las que observé en Cádiz, y una masa informe de miradores, azoteas, torrecillas y construcciones moriscas, en cuyo fondo parduzco brillan las torres y las cúpulas de numerosas iglesias de estilo arábigo, lucientes y pintorescas á causa de los techos en forma de escama formados con pequeñas tejas de colores entremezclados.
Agréguese al interes de esos mil pormenores el primor de la vegetacion interior, y se comprenderá la hermosura de aquel pangrama semi-oriental y semi-español al mismo tiempo. Los huertos y jardines son innumerables, no solo en los arrabales sino tambien en el centro de la ciudad, mantenidos con esmero en los patios interiores. Así, se ven las moles de los edificios como un inmenso reguero de peñascos desiguales en medio de un mar de granados, naranjos, limoneros, jazmines y millones de flores que inundan el aire de perfumes. Sevilla merece bien su fama: es un paraíso de verdura y curiosidades de todo género.
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Despues de tener una idea general de la metrópoli andaluza, como objeto material, descendimos de la Giralda para ir á observar las costumbres de su sociedad. Recorriendo las calles, penetrando en los cafés y los hoteles, visitando las casas elegantes y los preciosos jardines, y escudriñando los objetos monumentales en que abunda Sevilla, se reconoce al punto el tipo esencial ó característico de esa sociedad, ardiente y poética por su sangre y su clima, independiente y altiva por el bienestar que el trabajo activo le procura, y apasionada en alto grado. Sevilla es un inmenso museo, en toda la fuerza de la palabra, así en lo material como en lo moral. El sentimiento artístico es el fondo del carácter sevillano, en todas las clases de la sociedad,—ora se revele en construcciones de suntuosa elegancia, ora en las cándidas manifestaciones populares,—ya predomine el buen gusto (sencillo ó refinado) en las costumbres y los usos, ya simplemente lo pintoresco y rudimentario. El adjectivo pintoresco es sin duda el que cuadra mejor al tipo sevillano. Hay en el fondo de todo lo que allí vive y se agita, como de lo inanimado, una manifestacion vigorosa de poesía, de tendencia á lo maravilloso, de expansión sentimental, que no puede escapar al observador.
No hay un rasgo que no concurra á impresionar al extranjero en ese sentido.—Los mil primores de las casas pertenecientes á familias ricas, donde el mármol, las flores y los adornos y colores vivos y seductores están prodigados; la gracia y la frescura de los millares de patios, que las noches de verano hacen convertir en salones; el esmero con que se conservan los innumerables jardines y los perfumados huertos, donde las aguas saltadoras no dejan de abundar jamas; el entusiasmo que todos manifiestan: por los cuadros de pintura y los objetos de escultura, cualquiera que sea su calidad; los mil graciosos caprichos de todos los portales, los balcones y gabinetes, los miradores aéreos y las ventanas enrejadas (que hacen tan importante papel en las aventuras amorosas ó de mera galantería); el lujo y artificio de las tiendas y los almacenes, resplandecientes de primores, joyas, sederías, objetos de arte y bagatelas; el gusto por el abanico que, aparte de la exigencia del clima, constituye todo un arte, sea por su fabricacion, sea por su uso; la pasión por la tauromáquia, el teatro, la equitacion, ios juegos funámbulos y toda clase de espectáculos; el amor al juego, bajo casi todas sus formas, pasion en que funcionan el arte, en cierto modo, y el gusto por lo maravilloso, inesperado ó azaroso; la singular energía de inclinación a lo pintoresco y sobresaliente, que se manifiesta en los vestidos populares, sea por sus formas, sea por sus adornos ó por la combinación de los colores vivos y lucientes; el encanto con que todos aman la música alegre y apasionada, las danzas vehementes, las cabalgatas y carreras, las ferias, las procesiones, etc.; las formas extrañas y los adornos de los aparejos de montar, las armas y los instrumentos de música; la suma abundancia de talleres, fábricas pequeñas y obradores, dónde millares de obreros trabajan (aislados ó en pequeños grupos) en la confeccion de mil objetos de arte: todo eso y algunas otras circunstancias que paso por alto, manifiestan el sentimiento profundamente artístico de los sevillanos.
Y no puede ser de otro modo, si se considera cuán poderosa es la influencia que ejercen en la educación moral de un pueblo la naturaleza y los objetos que le rodean é impresionan constantemente. El sevillano, al nacer, halla la noción de lo bello y la inspiración de la poesía en todo lo que tiene á la vista. Un cielo admirable con un sol que calienta y vivifica la sangre.; una tierra de fertilidad prodigiosa, que da cuanto se le pide; una vegetación esencialmente poética; como son los olivos y naranjos, los limoneros y granados; aguas y perfumes en abundancia para dar alegría y placer; una vida fácil, gracias á las condiciones topográficas del pais; el vino (ese gran tentador que incita al placer) bueno, vigoroso y en abundancia. Y por otra parte, los monumentos y la raza predisponen al amor del arte. Desde que se comienza á marchar, á vivir, se ven por todas partes admirables monumentos, bellos en su exterior y repletos de tesoros en su interior, y se observan fisonomías hermosas. No he visto jamas una raza tan enérgicamente hermosa como la de Sevilla, y creo que no tendrá rival en Europa, si no es en algunas regiones orientales, en Hungría y en algunas provincias de Italia.
La hermosura es tan general en los tipos sevillanos que es casi vulgar. Allí no se ve la severa majestad de la belleza castellana, ni la hermosura impasible y fria de las inglesas, ni la gracia artificial (intencional en cierto modo) de la francesa, ni la áspera y casi brutal belleza de las valencianas. El hombre es generalmente de talla alta,—la mujer de regular si no pequeña estatura.—A pesar de las diferencias que el sexo determina en todas partes, hay ciertos rasgos que son comunes á hombres y mujeres en Sevilla: formas esbeltas y delgadas pero vigorosas; cabellos negros, sedosos y lucientes, rara vez encrespados; cejas negras y primorosamente arqueadas; dientes superiores y de suma blancura; una tez de color moreno suave y sonrosado, muy atractiva; ojos muy oscuros, vivísimos, inteligentes y que pasan con 1a mayor rapidez de la ardentía mas apasionada á la dulzura mas risueña y cordial; un andar lleno de abandono y donaire, naturalmente dengoso y como tentador sin malicia; la voz cadenciosa, suave y sonora, notablemente acentuada en los finales de dicciones; y siempre las interjecciones vehementes y la sal de los modismos provinciales,—sin contar la pronunciacion popular que cambia el sonido de 1a r, 1a l, 1a s, 1a z, etc. del modo mas original y picante,—tales son los rasgos generales del tipo sevillano.
La mujer es dulce y simpática, aunque hay en su fisonomía un no se qué de varonil sin afectacion. El hombre tiene algo de rudo, de muy oriental, que atrae ó asusta según la manera como se le trata. Si buscáis á un andaluz sevillano por las buenas, con finura y afabilidad, aunque pertenezca al vulgo, le hallareis cordial, expansivo, muy atento y obsequioso. ¡Pero cuidado con andar por las malas! Entónces, si es torero, ó matón ó campesino, jinete ó cosa parecida, os echa por lo pronto una granizada de interjecciones de á libra, y va sacando la navaja ó arremangándose los puños para decidir la cuestion por la vía ejecutiva. Mas, si en vez de uno de esos genios atrabiliarios se da con un andaluz del tipo fanfarron (que abunda muchísimo), el altercado tiene otras proporciones: es uña lucha de palabras-montañas en que el extranjero que no conoce bien el país puede ser completamente mistificado. Al oir al andaluz echando bravatas, le creeríais capaz de tragarse la Sierra-Nevada y desquiciar el mundo de un puntapié. Se formaliza, se crispa, grita, amaga, ruge como un cañon y parece una furia…. Le cojeis la palabra, mostrándole que no tenéis miedo, y entónces el leon se hace cordero, os hace mil zalamerías, rie, lo vuelve todo chanza («jarana») y os convida á tomar un trago con la mayor cordialidad.
El andaluz, y acaso mas que todos el sevillano, es franco y chancero, pero ligero de cascos: una mala palabra, una mirada burlona, un gesto dudoso es suficiente para provocar una querella ruidosa. Por fortuna, aunque muchas veces el negocio se arregla a cuchilladas ó por lo menos á los mas bofetones y golpes, generalmente la tempestad de roncas y baladronadas termina por una reconciliacion en la taberna, jurada sobre la botella entre una nube de humo de tabaco, quizas al son de la guitarra. Sinembargo, hay una cuestión que no se arregla nunca (á lo ménos en el mundo de los toreros, los majos y las manolas) sino por vias de hecho ó mediante la desistencia absoluta: es la cuestion de amor, que muchas veces no es sino cuestión de vanidad ó puntillo. El sevillano de aquella clase no soporta ni una mirada advenediza dirigida á su chica ó su guapa moza, como las llaman. Si como marido es á veces tolerante y se humaniza, como amante lleva los zelos hasta la ferocidad ó el ridiculo. Eso prueba que la vanidad entra por mucho, y muy poco el amor verdadero, en la energía con que defiende su posesion ó monopolio. Le miráis su «chica» ó pasáis por el pié de su ventana una vez y se pica; á la segunda os pone el ceño hosco; á la tercera os dice con enfado y acento provocador:
«—Eh, señorito! (ó camarda) quien me bujca me topa! Si ujté me le pela el ojo á ejta chica otra vée, ya puée saber que lo chicoteo, ú nos chicotéamo! Con que si quiée sarbar er burto, coja ujté er camino y á otra parte con la música.»
Y fuerza es desistir de la empresa, so pena de que la navaja entre en acción para apoyar con sus argumentos la intimacion del zeloso andaluz.
La inclinación á la galantería (y á sus muchas consecuencias) es muy general en Sevilla. La «reja» ó ventana hace en eso un papel muy importante y tradicional. Si os paseais por las calles despues de las seis de la tarde, vereis donde quiera escenas que os darán idea de las comedias da capa y espada. Al pié de muchas ventanas bajas y estrechas se ve algun galan que inclina la cabeza con aire de misterio, recostado sobre un brazo que reposa en la pared, y embozado en su capa, si no es del género majo (que no gasta sino chaqueta), mientras que se ve en la sombra una carita zalamera que asoma en el fondo de la reja. ¿Qué hacen esas dos figuras?—Están pelando la pava. Yo había oído muchas veces esta frase en Colombia, con un sentido muy diferente. Allí se llama pelar la pava estar ocioso, perdiendo el tiempo cuando se está obligado á una labor ó faena,—como el peón que suspende el trabajo para echarse a dormir ó ponerse á charlar sin oficio. En España se pela la pava de un modo mas entretenido y halagüeño, puesto que la operación consiste en hacer la corte por la reja ó ventana a la querida ó amada. Creo que debe de haber una grande abundancia de pavas en Sevilla, porque allí pelan muchísimas.
No importa que los amantes ó amigos de los dos sexos tengan entera libertad para verse y hablarse á todas horas, dentro ó fuera de la casa. La pava se pela siempre, porque así lo quieren las costumbres galantes. Acaso el galan ha hecho una larga visita durante el dia, ó la hará mas tarde á la familia de la señorita ó chica; y con todo, la visita al pié de la reja es indispensable, á prima noche por lo regular. ¡Ay del galan que se olvide un día de la pava que hay que pelar! Al siguiente oirá terribles reconvenciones, hallará un ceño irritado, ó muy indiferente y frio, cuando no sollozos, lágrimas y quejas reprochándole ingratitud y mal proceder…. Creo francamente que las leyes de la pava restringen mucho la autonomía individual del andaluz, pero les encuentro su lado poético y atractivo. Hay costumbres que no se encuentran ya sino en España, donde el orientalismo y la feudalidad han dejado raices muy profundas. El torero hace hoy las veces del trovador de los viejos tiempos.
Por desgracia, los sevillanos no se contentan con el poético platonismo de la «reja». Sevilla, como gran ciudad y puerto comercial, y como tesoro de primores de arte y de placer, atrae singularmente, sobre todo en la Semana Santa y la primavera, no solo á muchos extranjeros sino también á los españoles de otras provincias. Ese gran concurso de forasteros y la belleza de las sevillanas han dado lugar á un desarrollo alarmante de la corrupcion. Debo limitarme á indicar el hecho, porque el asunto no permite comentarios ni explicaciones. Ese mal es el cáncer de las grandes ciudades españolas.
Si Sevilla interesa durante el dia, por los caprichos de sus calles empedradas, estrechas y tortuosas, por el esplendor de sus casas modernas, sus hoteles y cafés, por la magnificencia de su plaza de toros, por la majestad ó el primor de sus monumentos, por su actividad industrial y mil circunstancias,—durante la noche, á la doble luz de la luna de mayo y del gas de millares de faroles, tiene un encanto particular. Miéntras el gas hacia brillar todas las curiosidades de las tiendas abiertas en las calles comerciales, y alumbraba á las turbas alegres que hormigueaban por los enlosados ó el centro de las plazas y calles,—los balcones, las celosías, los miradores y las altas rejas de colores vivos (generalmente azul y verde, sobre paredes pintadas de amarillo) estaban iluminados por la luz mas suave de la luna, proyectándose en los muros las sombras de las mujeres curiosas, inclinadas sobre los balcones para ver pasar los grupos de gente en incesante agitacion.
En aquellos momentos parecía mas vivo el contraste de los diversos tipos. Por una parte hacían juego los hombres de buena sociedad, con sus ámplias capas de vueltas de terciopelo y borlas flotantes y sus sombreros de fieltro, llamados en España chambergos, cuando no vestidos con el paltó francés y el sombrero negro de alta copa bautizado en Madrid con el apodo ultrajante de hongo; mientras que las damas elegantes arrastraban sus ampulosos trajes de luciente seda, exagerados de por sí, sin perjuicio de la crinolina, esa peste de todas las concurrencias, y ostentaban sus graciosos peinados y lujosas cabelleras, sin mas adorno que una flor natural, ó cubiertas con una cofia de lana calada de colores, ó el pañuelo de seda en barbiquejo. Y á su lado se cruzaban, rozándose con el grave inglés (maravillado y lleno de curiosidad), ó el francés (bullicioso y de humor ligero), los grupos de majos y manólas, del aspecto mas original y risueño.
El majo (torero, ó jaque, ó chalan, ó semi-artesano) funda todo su orgullo en los botones de su chaqueta, el mérito de su faja y el lujo de sus polainas. Hay tal pasion por el lujo que el andaluz dejaría de comer tres dias por ahorrar el valor de sus lucientes botonaduras de plata, puestas en dobles filas en los bordes anteriores de su chaqueta de paño, azul ó negra y llena de adornos de lo mas cuco. La ancha faja, que da muchas vueltas al derredor de la cintura y el pecho, por debajo de la chaqueta (en forma de dorman y siempre abierta), llama la atención por su vivísimo color (azul, carmesí, rojo, verde ó amarillo), la finura de la seda ó lana y del tejido, y la gracia de las borlas ó flecos pendientes de las extremidades. Sus abundantes patillas se destacan libremente como dos bellos matorrales al pié del sombrero calañés, sin alas y adornado también con algunas borlas de seda negra. Sus polainas, de las cuales penden innumerables borlitas y cintitas del mismo cuero, le dan un aire de chalan muy original. Agregad á la gracia del vestido cierto aire de satisfaccion vanidosa, un acento ruidoso, muy marcado y de guapeton, el sombrero inclinado sobre una ceja, el cigarrillo en la boca, haciendo escupir por el colmillo, la gran navaja corva de cabo agudo y resortas, llena de labrados y adornos, medio asomando por un bolsillo ó por debajo de la banda, y el garrote en la mano, pendiente del puño con una manija de seda ó cuerda, y dando vueltas á veces en molinete, cuando no sirviendo de puntal,—y tendreis la figura completa del majo sevillano.
En cuanto á la manola (tipo que ya no se encuentra sino en Andalucía ó en las representaciones dramáticas y los carnavales), lejos de ser temible como el majo es sumamente simpática. Siempre melindrosa y zalamera, cuando está de humor y libre de la coaccion del majo;—arisca (es la palabra) y hasta desdeñosa, cuando el galan que le habla no sabe hacerse aceptar y se muestra vanidoso,—la manola revela instintos de independencia y de seduccion muy pronunciados. Su andar es garboso, su mirada provocadora y algo burlona; se perece por los bellos adornos y las telas de colores vivos; gústale mucho pavonearse de bracero con un buen mozo, y cuida su peinado y su aderezo con pasion. Al andar tiene cuidado en mostrar el enano pié calzado con una elegante babucha, y descubrir algo la rica pantorrilla, capaz de hacerle perder su gravedad á un inglés. Su traje es ampuloso, muy bien ceñido, muy alto y de telas en que se mezclan siempre los colores vivos, sobre todo el rojo y amarillo; su tocado sencillo y elegante; y su pecho turgente y de vigorosa palpitacion resalta con la negra pañoleta de terciopelo ó raso, ó la ligera mantilla que se enrolla en parte sobre el redondo brazo.
El obrero sevillano, como he dicho, tiene muchas disposiciones artísticas y es hábil en la fabricacion de una multitud de artefactos curiosos. La sola inspeccion de las tiendas de Sevilla es bastante para interesar al viajero. Ora llaman la atencion las preciosas joyas, los encajes, los primorosos abanicos, las esculturas en yeso y madera, las hermosas bandas, las caprichosas polainas, las mantas, capas y chaquetas ó chaquetones de uso popular, los jaeces raros, los pellones de monturas, los bellos tapices y las alpargatas de todas formas; ora se interesa uno en observar las armas de fabricacion indígena, desde la navaja casi microscópica hasta el gran puñal morisco, el sable de estilo toledano y la fabulosa y temible navaja de tres cuartas de longitud que asusta por ámbas extremidades. Todo es allí curioso, en términos que se siente la tentacion de comprar de todo para llevar un museo andaluz. En cuanto á mí, las impresiones fueron tan vivas que conservo mi museo en la memoria. Sevilla me ha quedado tan vivamente grabada en la imaginacion como si hubiera pasado allí mucho tiempo.
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CAPITULO VII
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MONUMENTOS Y CURIOSIDADES DE SEVILLA.
La Catedral.—El Alcázar.—La Lonja.—El Museo de pinturas.—La Universidad.—La Casa de Pilatos.—El barrio de Triana.—La industria sevillana.—Varias observaciones.
Imposible me sería hacer una descripcion hábil y detallada de las preciosidades artísticas que tiene Sevilla. Una residencia de cinco dias no era bastante para una observacion prolija, y aunque lo fuese, no me es dado hablar con propiedad respecto de bellas artes. Indicaré muy de paso mis impresiones mas vivas.
Desde luego, la catedral es la gran maravilla de la metrópoli andaluza. Es una enorme masa de piedra, de estilo gótico del siglo XV, en su casi totalidad; pues la parte de atras es del Renacimiento, terminada mucho mas tarde,—circunstancia que produce un contraste desagradable. El templo carece de torres y su fachada principal está incompleta, faltándole los principales bustos y adornos propios de su época. Concluido lentamente en un largo trascurso de tiempo, parece en su exterior como un monumento dislocado, no obstante la majestad y el atrevimiento de sus arcos y bastiones aéreos que parecen hacer una muda invocacion al cielo. La grandeza de la catedral (la primera de España sin disputa, bajo ciertos aspectos) está en el interior. Es tal su opulencia de mármoles, que su solo pavimento de grandes baldosas blancas y negras ha costado la fuerte suma de 125,000 duros. Mide una longitud total (con su prolongacion de la capilla real) de 417 piés, 315 de latitud y una elevacion que, empezando por 53 piés en las capillas se eleva á 104 en las naves laterales, á 145 en la principal y á 171 en la cúpula ó cimborrio que la domina. Como se ve, las proporciones son colosales.
Sus cinco vastísimas naves son de una majestad imponente, sobre todo la central, cuyo admirable artesonado de piedra reposando sobre numerosas columnas formidables y atrevidas es de una ligereza y audacia muy notables. Sus noventa y tres vidrieras de las ventanas ogivales (obra del siglo XVI) son bellísimas por su finura y colorido; y la sillería del coro es una de las mas ricas y mejor trabajada que he visto en las catedrales góticas. Los frescos de la cúpula son muy bellos, como las rejas monumentales de labor exquisita que encierran el coro. Puede considerarse cuántos primores de arte contendrá esa catedral, con solo saber que en ella han trabajado sucesivamente ciento noventa y seis artistas notables, algunos de ellos eminentes y de primer órden. Y con todo, por una extraña negligencia, se ignora el nombre del arquitecto que trazara el plan de tan grandioso monumento.
Si sus dos colosales órganos son soberbios en todos sentidos, y los muros, las pequeñas capillas y las bóvedas tienen cien bellezas que admirar, al penetrar á la capilla real y la sala capitular (haciendo una transicion repentina de la sombría solemnidad de lo gótico á las floridas creaciones del arte greco-romano) se encuentran primores de escultura y pintura y relieves y trabajos delicados de arquitectura que son de mucho mérito. Allí se revela en obras inmortales el genio de Murillo, de Herrera y otros grandes maestros, al lado de muy superiores escultores. En la capilla real veneran la efigie de Fernando el católico y se ven entre otros sepulcros notables los de Don Alonso el sabio y su madre Doña Beatriz.
La sacristía contiene riquezas inmensas en joyas y vasos sagrados, y es prodigiosa la pompa que el clero sevillano despliega en la Semana Santa para el tocado y las vestiduras de la Virgen. ¡Cuántas miserias no serían aliviadas si la Iglesia católica, renunciando á un lujo de ostentacion que ofende la majestad inmaterial y suprema de la Divinidad, y que desvirtúa la noble sencillez del cristianismo, renunciase á las costumbres paganas y consagrase á la enseñanza y la beneficencia los inmensos tesoros improductivos que yacen en las sacristías!
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El Alcázar de Sevilla, de universal renombre, es sin disputa uno de los mas bellos monumentos de la arquitectura arábiga; pero de ningun modo puede ser comparado con la Alhambra. Verdad es que la eminente situacion de esta es excepcional, miéntras que el Alcázar está como escondido en el seno mismo de Sevilla, á unos 500 metros apénas de la catedral. Comenzado por los Moros en 1111 y terminado en su parte baja ó primer cuerpo en 1181, fué la residencia de los reyes moros hasta la reconquista de Sevilla en 1247. Tocóle á Don Pedro el Cruel la construccion del segundo piso, que completó el edificio. Un vasto patio, rodeado de viejos muros, da acceso al Alcázar, cuya primorosa fachada, de una construccion sencilla pero cuajada de relieves ó arabescos, anuncia con esplendor las bellezas interiores.
Todo el edificio se reduce á dos series de vastos salones ó aposentos, generalmente cuadrados y superpuestos en dos pisos. La parte baja de los muros y los pavimentos se compone de lindos azulejos ó ladrillos finos de loza, de colores vivísimos, con las mas graciosas figuras ó dibujos. La parte superior de cada muro, desde su altura média hasta los techos artesonados, de yeso estucado ó de madera, reproduce en lo general, con increible profusion, los mismos adornos floridos ó arabescos que hacen el encanto de la Alhambra, repitiéndose siempre las formas de aquellas exquisitas filigranas de yeso, pero sin perder por eso su gracia de contornos, su finura de líneas sorprendente donde quiera, y su viveza de colorido en combinaciones resplandecientes. Como Don Pedro el Cruel empleó artistas árabes en la terminacion del edificio, los trabajos de arte son completamente homogéneos. Los artesonados ó techos, principalmente los de cedro, son de un gusto de ejecución delicadísimo.
El Alcázar, lleno de luz por la naturaleza de su construccion, no tiene en sus salones y aposentos ese aire de voluptuosidad y de misterio sombrío que domina en la Alhambra. En el Alcázar todo es alegre y resplandeciente, y desde las ventanas y los balcones volados de las piezas interiores se goza de todo el espectáculo encantador que ofrece el inmenso jardin oriental que rodea al palacio. ¡Qué de tradiciones dramáticas en aquel recinto donde reinaron razas y dinastías enemigas! Si el salon de los Embajadores arrebata por su magnificencia y su cúpula soberbia, hace evocar mil historias y leyendas con los retratos al fresco de todos los reyes godos que se ostentan en la techumbre. Ya se siente uno sobrecogido de horror al atravesar la sala donde fué asesinado Don Fadrique por órden de su hermano Don Pedro; ya se destiene á cavilar, visitando la alcoba donde dormia el rey cruel, sobre los dramas de sangre, de zelos y desconfianzas terribles que fueron la consecuencia de las sombrías meditaciones de aquel hombre en sus desvelos; ya en fin, al descender al patio de las Muñecas (donde tenian las moras sus grandes baños) y penetraren los subterráneos donde un tiempo se bañaran voluptuosamente las princesas orientales y mas tarde Doña María de Padilla, se estremece uno pensando en el doble uso de aquellos subterráneos creados para el deleite y convertidos en sepulcro. Allí, en uno de los calabozos húmedos, sin aire ni luz alguna, sufrió su prision y su martirio esa mujer de tan célebre memoria.
El jardin, que tiene como tres hectaras de superficie total, está encerrado por un alto muro que por sí solo es un monumento. Todo él está lleno de arabescos, de columnitas preciosas, de frescos, inscripciones y mil adornos muy bellos. Lo que mas admira es que esos primores de arte, expuestos á la intemperie despues de tantos siglos (pues tal es la construcción de los muros) se conservan perfectamente y subsisten como modelos del arte arábigo. Sería imposible describir completamente ese admirable jardin (tan especial en Europa) sin llenar muchas páginas cuyo poético lenguaje parecería exagerado. Aparte del interes que tienen la fachada interior del Alcázar y los altos muros que encuadran el recinto, el fondo mismo del jardin es encantador por su conjunto así como por sus preciosos detalles. Al recorrer sus laberintos de arrayanes simétricamente recortados, sus tupidos bosquecillos de naranjos y granados, sus vastas aglomeraciones de arbustos y plantas en flor, tan brillantes como artísticas en unos sitios, tan graciosamente desiguales en otros, y al penetrar en todos los santuarios de verdura que pueblan el recinto, se cree uno como trasportado á los edenes orientales.
Allí todo es voluptuoso, risueño, tentador. Ya se divierte uno en querer hallar la pronta salida de los laberintos de arrayan, ó en descifrar las alegorías de todas formas trazadas en el suelo por medio de los mismos arbustos de arrayan hábilmente dispuestos; ya se goza en admirar los grupos floridos, los juegos de aguas ingeniosísimos y sorprendentes, las numerosas fuentes de formas arábigas y las escalinatas de mármol donde el sol andaluz brilla con todo su esplendor. Ora se pone uno á vagar, soñando y recordando mil historias, bajo la sombra espesa de los bosquecillos de naranjos, limoneros y granados, donde se siente la embriaguez deliciosa que producen el azahar y el jazmin, la albahaca y las rosas en profusion. Ora en fin, al rumor de las fuentes y al canto de los pajarillos habitadores del jardin, se reposa con deleite, sentado en otomanas de mármol, bajo las cúpulas de lindos pabellones de estilos diferentes, construidos en el centro de aquellos retretes de verdura que parecen evocar las sombras de las sultanas y las tradiciones de la civilizacion morisca. El Alcázar es un delicioso monumento. Su tipo es la frescura risueña. Allí falta la grandeza que caracterizó la Alhambra. Por eso, al salir de la antigua mansion de Don Pedro el Cruel, se siente pesado y desagradable el aire de la calle y se lleva una dulce impresion, pero no se experimenta esa tristeza que acompaña al viajero al alejarse de los sitios y los monumentos admirables de la vieja fortaleza de Boabdil.
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La Lonja, situada al lado de la catedral, es un hermoso y elegante monumento que hace honor á su artífice, el famoso Herrera. Es completamente cuadrado, mide 37 metros por lado y su estilo es del Renacimiento, pero de una sencillez deliciosa que en nada perjudica á su majestad. El mármol está allí prodigado con suma opulencia, y la luz entra por todas partes á torrentes. El Tribunal de comercio y la Bolsa tienen su residencia en ese espléndido palacio de la especulacion. Allí tuvo su asiento, como he dicho, la famosa Casa de contratacion, institucion establecida por la España en sus tiempos de obcecacion política para explotar el comercio de sus colonias colombianas, mediante el monopolio. Los inmensos archivos se conservan en hermosos armarios con el mayor cuidado, en términos que la historia comercial y económica de Hispano-Colombia, durante una larga época, se encuentra allí esparcida en millones de documentos.
El edificio es de dos pisos, claustrado en ambos, pero sin balcones ni galerías salientes. Todos sus pavimentos son de mármol y todos los muros y techos de piedra pura. Lo mas notable por su mérito de composicion está en la escalera y los artesonados. La primera es por sí sola un espléndido monumento, por sus formas, la enormidad de sus mármoles (todos de Granada) tan ricos por su finura como por sus colores y volumen y formando mosaicos primorosos. El techo se compone en los cuatro lados de un encadenamiento de bóvedas, con la particularidad de que no hay entre mas de cuarenta artesonados (de pura piedra, sólidos en extremo y atrevidos y hermosamente ensamblados y labrados) dos que se parezcan en sus relieves ó formas parciales. La Lonja es, en su género; quizas el mas hermoso monumento que tiene España.
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Si el arte de edificar reune tan admirables muestras de todo género en Sevilla, el arte divino que crea la luz y eterniza la verdad en la tabla, el lienzo y el muro, no tiene ménos quizas de qué enorgullecerse en la patria de Murillo y Herrera. El Museo de pinturas de Sevilla es por sí solo un tesoro inmenso, aún á los ojos del que ha conocido los de Madrid, Paris, Dresde, Ambéres y otras ciudades europeas. Sinembargo, no todo el Museo merece tal reputacion. Exceptuando unos seis cuadros de primer órden en el gran salon (local oscuro y triste de una antigua iglesia), puede decirse que el valor esencial está en el salon de Murillo, cuyo precio es incalculable.
El salon principal tiene buenas obras, sin duda; pero la gran masa no es sobresaliente, porque Sevilla (que ha dado su nombre á una grande y gloriosa escuela) ha sido sucesivamente saqueada en materia de pinturas, ya por el mariscal frances Soult, en la época de la guerra nacional, ya por las autoridades que han querido organizar museos nacionales y particulares á expensas de las provincias. Se siente uno pasmado de admiracion á la vista de la sublime Asuncion de Murillo, tan profundamente celestial en sus formas y expresion; del famoso cuadro de Zurbarán (que tiene su historia político-diplomática) representando la predicacion de Santo Tomas de Aquino; de una Concepción y una Visitacion de Valdez, que evoca con divina uncion todo el poema del misterio bíblico; de un Cristo, de Zurbarán tambien, asombroso de dolor y agonía suprema; de un Jesus de Estéban Márquez (discípulo de Murillo), que parece creado por la inspiracion y la mano del maestro; y en fin, de los Cinco Apóstoles de Polanco, artista cuyas obras me han parecido notables por la energía del pincel. Al contemplar todas esas figuras, bajo las sombras del templo desierto, se comprende bien la superioridad de los genios que, profundamente agitados por el sentimiento de la piedad y la idea cristiana, han creado un arte nuevo, dándole el sello de la majestad, la uncion y la santidad.
Esto es precisamente lo que mas resalta al recorrer el salon que contiene únicamente obras de Murillo. Los veintitres cuadros que forman esa coleccion fueron elaborados durante un encierro voluntario á que se condenó el piadoso artista, asilado en el convento de capuchinos de Sevilla. Es bien sabido que Murillo nunca empezaba una obra sin haber comulgado, lo que prueba cuán hondamente lo impresionaba el sentimiento religioso. La soledad era su mejor elemento, porque ella le infundia ese recogimiento supremo que les diera su carácter de beatitud casi inimitable á todas las creaciones del gran artista sevillano. A este propósito es digna de mencion una obra superior de Herrera el viejo, que se ve en el primor salon. Es un San Hermenegildo admirable, hecho en su calabozo por aquel pintor, condenado á perder la mano por haberle dado un bofeton á cierto clérigo. Sin duda el artista comprendía muy bien todo el valor de su mano en capilla, puesto que produjo una obra sublime que le valió el perdon. Casi siempre las mas grandes producciones del genio han nacido en momentos críticos y en las sombras del recogimiento.
Casi sería inútil, y acaso pretensioso, hacer una eleccion cualquiera entre los veintitres cuadros de Murillo, que valen mas de quinientos mil pesos, al decir de algunos conocedores. Todos son á cual mejor. Sinembargo, el cuadro que representa el milagro de San Francisco de Asis es acaso el mas vigoroso como obra de pincel ó labor. Como obra dé inspiracion, nada seduce tanto como la Adoracion de Jesus: la figura de la Virgen es de una expresion de pureza y gozo celestial insuperables; y el candor, la sencillez, la sorpresa inocente de los pastores, que atisban al niño con curiosidad infantil, son inimitables. Acaso sea necesario mencionar tambien, como creaciones soberanas, el mendigo del cuadro de Santo Tomas de Villanueva, un San Félix de Cantalicio, una Concepcion (el estudio predilecto de Murillo) y una Asuncion, tipo que muy raros artistas han logrado imitar ó revelar con sus verdaderas condiciones.
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Que el lector me perdone si le invito aún á visitar otro museo interesantísimo, simple porcion de ese vasto, complicado y preciosísimo museo de mil formas que se llama Sevilla.—Hablo de la Iglesia de la Universidad, que el extranjero visita con profundo placer. Allí hay una numerosa coleccion de tumbas interesantes bajo todos aspectos. Entre las diez que sobresalen se ven las del duque de Alcalá y su mujer, fundadores del edificio, y de otros nobles castellanos célebres en la historia, que son verdaderos monumentos por el gusto de las formas, el mérito de los mármoles y el primor y la riqueza de los relieves, los bustos ó cuerpos y demas esculturas. En clase de esculturas religiosas hay un Cristo de Montañez, tan asombrosamente superior que por sí solo vale por un museo; así como un San Ignacio de Loyola y un San Francisco de Borja (del mismo artista), que son estatuas admirables. El San Ignacio principalmente parece haber realizado el ideal supremo del arte que puede animar el mármol, la piedra ú otra materia, y darles un lenguaje elocuente y una mirada profunda. Toda la historia de la Compañía de Jesus parece surgir a priori de esa frente marmórea y ese ojo ardiente y fascinador que sondea y medita.
En cuanto á pinturas de la capilla, el altar mayor y los muros laterales contienen obras verdaderamente maestras de Roelas, Pacheco, Alonso Cano y otros artistas que tuvieron justa celebridad en España. Es bien digno de notar que el arte de la pintura ha corrido siempre parejas con el movimiento caballeresco y religioso de los pueblos. Entre las sociedades europeas el pincel parece haber reinado siempre al lado de la espada y á la sombra del capuchon. Italia, España y Francia,—los pueblos mas guerreros y mas exaltados ántes en el sentimiento religioso,—han revelado su historia en los lienzos con singular energía. España es un país inmensamente rico en pinturas, porque ha tenido exuberancia de conquistadores y frailes.
Sinembargo, pocas ciudades tienen en la península el privilegio que posee Sevilla. Madrid, Barcelona, Cádiz, Búrgos, etc., son esencialmente españolas. Valencia es medio morisca, pero muy inferior en cuanto al arte á las dos ciudades andaluzas mas notables. Córdoba es casi toda morisca. Toledo esencialmente compleja, pero dejando predominar el arte gótico y el greco-romano en sus principales monumentos. Solo Sevilla y Granada tienen la singular ventaja de revelar simultáneamente, por sus obras artísticas, las mas completas manifestaciones de diferentes y aun opuestas civilizaciones. Pero todavía Sevilla es en eso muy superior á Granada. Sevilla mantiene juntas y vivas, con singular energía, todas las tradiciones orientales, así como las pruebas del arte latino y del gótico en obras superiores.
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Todavía mencionaré un monumento en extremo curioso, que es una de las obras de estilo morisco mas interesantes en ese arte de la escultura plástica y pintoresca que los Moros tenían tan avanzado en el siglo XIV. Me refiero á la Casa de Pilato, edificio curiosísimo que hoy pertenece á los duques de Medinaceli. Se asegura que esa casa es una del reproducción de la que habitara en Jerusalen el famoso juez que dejó á los togados y políticos el modelo de la habilidad que consiste en matar y lavarse las manos, Cuentas que un caballero cruzado español, al volver a Sevilla de la guerra santa, quiso perpetuar la memoria de sus campañas en Palestina y para eso mandó construir la Casa-Pilato conforme al modelo traído. Sea cierta ó no la tradición, ello es que la casa no revela en sus obras de arte sino el estilo arábigo florido (el mas avanzado), que no podía haber sido conocido en los tiempos de Cristo, y que apenas se iniciaba en los de las Cruzadas. Pero la cuestión no nos importa a los curiosos, que debemos limitarnos á observar y recoger impresiones.
La famosa casa del cruzado sevillano tiene dos patios, el primero común y sin obras de arte, y se compone de dos pisos, con galerías superpuestas, en forma de claustros. El patio interior, perfectamente cuadrado (forma general en la arquitectura oriental), está todo pavimentado con bellas y grandes baldosas de mármol negro y blanco, y tiene en el centro una primorosa fuente que hace juego con cuatro estatuas romanas colocadas en las esquinas. Las galerías están sostenidas por veinticuatro columnitas, también de mármol, de mucha gracia y ligereza, y en todo el derredor se ven en los muros los bustos de los emperadores romanos muy bien trabajados. Si en los pavimentos de las galerías y la parte inferior y central de las paredes brillan los primorosos azulejos (que son los mosaicos del arte oriental), en la parte superior hay un gran lujo de arabescos ó relieves, blancos y de colores, que imitan ó reproducen los primores plásticos y los bellos estucos de la Alhambra y el Alcázar,—siempre serviles, sin originalidad ó variacion notable, pero siempre graciosos. Por último, al derredor del patio, sobre las galerias bajas, se hallan cuatro salones cuyos azulejos, arabescos y artesonados son de mucho gusto por la ejecución esmerada y el colorido. Lo demás de la Casa de Pilato, aunque mas ó ménos curioso, llama poco la atencion, siendo de notarse que la distribucion del edificio es de extrema sencillez.
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Sevilla es una ciudad célebre por muchos motivos, entre otros por los hombres eminentes ó personajes históricos que ha producido. Allí tuvieron su cuna los emperadores romanos Adriano y Teodosio, el ilustre Las-Casas, los pintores Murillo, Herrera (el viejo) Roelas y Pacheco, el famoso historiador Herrera, llamado el divino, y los poetas Rioja y Jáuregui. De allí partió Magallanes para hacer su primer viaje al derredor del mundo, en 1519; y Sevilla le disputa á Granada la cuna de Lope de Rueda, tan ilustre actor como escritor dramático; especie de Molière español.
Cada uno de los nueve arrabales de Sevilla es notable por algún monumento ó fábrica importante. Pero el de Triana es de una especialidad puramente social. Está ligado á la ciudad, como he dicho, por un hermoso puente colgante, que interrumpe ó sirve de límite á la navegación del Guadalquivir marítimo. Sus muelles hacen frente á los del puerto principal de Sevilla, así como á las fortalezas que dominan el río y la estación del ferrocarril que conduce á Córdoba. Si las primeras calles de Triana que avecinan al puerto tienen la estructura general de las de la ciudad, al avanzar hacia el interior de ese arrabal se encuentra el aspecto complejo de la vieja España y de las poblaciones gitanas. Triana es la residencia de todos los gitanos de Sevilla, cuya suerte se parece bastante á la de los judíos en Roma, en Praga y otras ciudades europeas. Así como en estas hay un Ghetto ó barrio donde los israelitas viven ó vegetan, confinados en unas partes (como en Praga) ó proscritos y cruelmente tratados (como en Roma), los gitanos tienen su Ghetto en cada ciudad de España, sin habitar nunca los demás barrios.
Pero hay una diferencia muy sustancial. El judío es proscrito en Europa, especialmente en Roma, por espíritu de persecución é intolerancia, ó por tradición ó costumbre; en tanto que el gitano no es en España objeto de persecución. Él se confina a un solo barrio, se proscribe á sí mismo, por espíritu de raza (orgullo, resentimiento é interés en el aislamiento); y por eso se ve á los gitanos formando una comunidad aparte, lo mismo en Madrid (hacía la puerta de Toledo), que en Granada (en el Albaicin) y en Sevilla en el arrabal de Triana. Aquí se revela quizás con mas energía uno de los rasgos distintivos del gitano. En Granada es casi natural la arquitectura subterránea de esa raza, porque el terreno parece indicarla en el Albaicin. Pero en Sevilla no se comprende en el primer momento por qué razón los gitanos siguen el mismo sistema (aunque notablemente variado en la forma), no obstante que el terreno de Triana es enteramente llano. El aspecto de las calles es tristísimo. Raras son las casas que tienen un piso alto; casi todas son muy bajas, con puertas y ventanas mezquinas, pequeños patios desiertos, paredes y techos lamentables que revelan suma pobreza y abandono. Las calles, malísimamente empedradas, están desiertas por lo regular, y al andar por ellas apenas se oye el ruido subterráneo de objetos metálicos ó del martillo del zapatero remendón,—ó se ve muy rara vez alguna cara femenina, en una ventana, ó un pequeño grupo de muchachos sucios en un zaguán ó un patio, tristes, pobremente vestidos y con fisonomías repelentes y ásperas en lo general.