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Viajes por España

Chapter 14: CAPÍTULO IV
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About This Book

Una colección de crónicas y apuntes de viaje en los que el autor recorre ciudades y paisajes españoles, combina observaciones geográficas y pictóricas con reflexiones históricas y artísticas, y narra episodios concretos como la visita al monasterio de Yuste, estancias en Salamanca y Granada, el trayecto de Madrid a Santander, un primer viaje a Toledo y la experiencia del eclipse de 1860. Alternan descripciones detalladas de monumentos y paisajes con anécdotas personales, consejos prácticos y notas de memoria, ofreciendo un retrato vivo y documentado de costumbres, arquitectura y ambiente local a lo largo de diversas excursiones.

Con tal motivo recordamos allí nosotros las muchas familias españolas que tienen apellido irlandés, como descendientes de emigrados de aquella isla establecidos en nuestro suelo, y algunos de cuyos individuos figuran noblemente en la historia de España. Salieron, pues, á relucir los O'Donnell, los O'Reilly, los O'Ryan, los O'Connor, los O'Doly, los O'Shea, los O'Farril, los O'Kelly, los O'Neil, los O'Callagan, los O'Mulryan y todos aquellos cuyo apellido principia con O y apóstrofo, así como otros que tienen diferentes iniciales.

Por lo demás, yo acribillé á preguntas al portero del Colegio del Arzobispo, el cual se sirvió contarme muchas cosas relativas á los escolares irlandeses.—Díjome, entre ellas, que vienen á Salamanca á la edad de diez y seis á veinte años; que traen aprendido el latín, y en el Colegio aprenden el español; que las clases de Teología están en el Seminario Conciliar, donde á la par estudian colegiales españoles; pero que los irlandeses viven, comen y duermen solos en el Colegio del Arzobispo, bajo las órdenes de un rector, también irlandés; que pasan en España seis ó siete años seguidos; que los veranos los llevan de vacaciones á Aldea-rubia, donde hay una casa-colegio de recreo, dependiente del Establecimiento que estábamos visitando, y que allí se comen un rebaño cada estío (textual); que unos regresan á su patria cuando terminan los estudios, á fin de ordenarse en ella, y otros reciben las Órdenes sagradas en Salamanca, habiendo también algunos que se quedan definitivamente en la Península; y, en fin, que la conducta de los jóvenes irlandeses, su aplicación, piedad y recogimiento son admirables; pero que hay que llevarlos indefectiblemente á las tres corridas de toros que se dan en la ciudad todos los años durante la feria.....

Luego que hube examinado bien al portero, pasamos á la mencionada Iglesia contigua, llamada también del Arzobispo.

Los jóvenes irlandeses, después de una breve oración, se habían marchado ya del templo al Seminario, dejándose los devocionarios en los bancos del presbiterio.—Nosotros nos permitimos hojear alguno que otro..... Estaban en inglés ó en francés, y les servían de registros estampitas de la Virgen ó de diferentes santos, británicos en su mayor parte.—¡Indudablemente (esta observación va á pareceros de inquisidor), aquellos muchachos eran católicos!

En cuanto á la citada iglesia, gótica de los malos tiempos, blanqueada y muy desnuda de accesorios, diré que sólo ofreció á nuestra admiración una galería de hierro (que sirve de coro alto, y cuyos sostenes son bastante graciosos y originales) y un retablo plateresco de mucho gusto, con pinturas en tabla y estatuas de Santos de verdadero mérito.—Todo ello se atribuye á Berruguete; lo cual no ha sido obstáculo para que lo pinten de nuevo en nuestros días..... ¡Dudo que haya valor semejante al de un restaurador de objetos artísticos!

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Desde allí nos fuimos al Palacio de Monterey, del cual ya he dicho que sirvió de modelo para el Pabellón Español edificado en la Exposición de París de 1867.

Del tal Palacio no existe, ni creo que haya existido nunca, más que un lado ó ala, con dos torres, bien que estén construídos los arranques de los otros lados. Es plateresco á la italiana, lo cual quiere decir que el escultor luce más que el arquitecto, y excitan, sobre todo, la admiración su preciosa crestería, formada de figuras grotescas, los leones y demás animales que sostienen grandes escudos, una hermosa cornisa primorosamente labrada, y sus elegantes ventanas y balcones, cuyas tallas son modelo de gracia y delicadeza.—El conjunto resulta alegre, profano, lujoso, bellísimo, como una fiesta de Verona ó de Ferrara en el siglo xvi.

Construyóse en el reinado de Felipe II, y pertenece al Duque de Alba, en su calidad de Conde de Monterey.—Hoy sirve casi todo de granero, y en su recinto, que visitamos con los amables hijos del Administrador, allí domiciliado, no hay nada que aprender ni que imitar; pero sí mucho que mueva á compasión y lástima.—En cambio, las vistas que se descubren desde lo alto de sus torres son asombrosas.

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Recorriendo de nuevo aquel suntuoso barrio monumental, que tanto nos había entusiasmado la mañana anterior, y al pasar por la calle de Bohordadores (llamada así porque en ella se hacían los bohordos para los caballerescos juegos de cañas, pero cuyo azulejo dice hoy malamente: «calle de Bordadores»), vimos una antigua casa, triste, bella, cerrada, en cuya primorosa fachada plateresca había un busto, con bonete y capa muy bordada y lujosa, el cual representaba, según pudimos leer, al severissimo Fonseca, patriarcha alejandrino.

—¿Qué casa será ésta?—nos preguntamos.

—Esa es la Casa de las Muertes.....—respondió una huevera que pasaba por allí á la sazón.—No llamen ustedes, que ahí no vivo nunca nadie.

—¿Y por qué?

—Porque ahí hubo siete muertes.....—replicó la mujer con acento lúgubre.

Nosotros nos miramos muy regocijados, y proseguimos el interrogatorio.....

Pero la huevera no sabía más.

Había, sin embargo, que averiguar el resto, y, efectivamente, aquella tarde supimos por nuestros amigos los anticuarios de Salamanca, que el nombre de Casa de las Muertes le venía á aquel edificio de la circunstancia de haber ostentado, entre los adornos de su portada, hasta hace muy poco tiempo, varias calaveras de piedra, borradas al fin por el terror de la plebe: que, ciertamente, había dado la casualidad, hace veintiséis años, de que una mujer que vivía sola en aquella casa de tan fúnebre nombre, fuese asesinada misteriosamente, cosa que al vulgo le pareció sobrenatural, y que, por resultas de todo esto, nadie ha vuelto á pisar aquellos umbrales, si se exceptúan dos comandantes de Carabineros y un jefe de Estadística, forasteros todos, que vivieron allí breves temporadas..... sin que les ocurriese ningún percance.....

¡Triste condición humana! ¿Por qué ha de ser siempre más poética la mentira que la verdad?

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De lo demás que vimos (regresando ya hacia el hotel; pues, á fuer de mortales, también teníamos precisión de almorzar aquel segundo día), sólo citaré y recomendaré la Iglesia de las Agustinas, correspondiente al convento del mismo nombre.

Es aquél el mejor monumento de estilo greco-romano que encierra Salamanca. Sus elementos griegos pertenecen al orden corintio, y todo el templo, aunque edificado á la mitad del siglo xvii, según lo demuestran algunos detalles poco clásicos, tiene la grandiosa sencillez y armonía de proporciones que constituyen el mayor mérito de este género de arquitectura. La cúpula es copia exacta de la del Escorial, aunque no tan gigantesca.

En el retablo del altar mayor hay un notabilísimo cuadro, de que con razón están orgullosos los salmantinos aficionados á las Bellas Artes. Es una Virgen de la Concepción, de tamaño natural, pintada por el Spagnoletto, y, sin embargo, dulce, suave, tierna, ideal; rodeada de ángeles de rostro inocente, y anegada, por decirlo así, en la placidez de la divina gracia..... Más claro: es una Virgen de la Concepción que nadie hubiera creído pudiese pintar el austero y sombrío autor del Jacob, de los martirios de San Bartolomé y San Esteban, del Apostolado y de todas las demás enérgicas y terribles obras que constituyen la gloria especialísima de nuestro inmortal Rivera.

Quien recuerde otras Vírgenes y otros ángeles pintados por él, y se haya asombrado, como nosotros, al considerar hasta qué punto negó la naturaleza á tan soberano artista el don de crear tipos afables; quien se haya asustado al ver aquellas Marías tan duras, ásperas y feroces, y aquellos niños de tan salvaje y desapacible aspecto, comprenderá toda la verdad é importancia de lo que digo. Es, por consiguiente, la Virgen que vimos en Salamanca un dato curiosísimo de la historia del arte y de la historia de Rivera; pues hay que advertir que no cabe duda alguna respecto de su autenticidad, ya porque así resulta de incontestables documentos, ya porque, en medio de su santa alegría y pudorosa mansedumbre, aquel cuadro ostenta, en cuanto lo consiente la índole del asunto, toda la intensidad y brío de color del Spagnoletto; su manera, su estilo, su genio, su carácter.

En mi sentir, y en el de mis compañeros de expedición, el Estado debía hacer que se recompusiera y copiara tan peregrino lienzo; dejar la copia á las Agustinas de Salamanca, y comprarles el original, para colocarlo en el Museo Nacional de Madrid. De lo contrario, las luces del altar mayor, el incienso, el polvo, la incuria y los sacristanes y monaguillos, acabarán con aquella obra maestra, ya muy deteriorada.

Pero se me ocurre otra idea. La iglesia y comunidad de las Agustinas tienen por patrono al Conde de Monterey, á sea al Duque de Alba. Así lo revela la inscripción que dice, al pie de una sepultura mural, á la izquierda del presbiterio, que D. Manuel Fonseca y Zúñiga, 7.º Conde de Monterey, fundó y erigió aquel convento..... ¡Bien podía, pues, el señor Duque, mi noble amigo, que tan espléndido es y ha sido siempre, hacer este regalo á la nación!—El mundo entero se lo agradecería extraordinariamente[11].

XI

ÚLTIMO PASEO.—LA CASA DE LA SALINA.—DOÑA MARÍA LA BRAVA.—LA TORRE DEL CLAVERO.—RECAPITULACIÓN.

Después de almorzar hicimos algunas indispensables visitas de despedida, entre ellas, la del sabio y virtuoso Obispo de la Diócesis, antiguo canónigo de Granada y actual adorno del Senado español, Sr. Martínez Izquierdo.

Cumplidos tan gratos deberes, fuimos á visitar, acompañados de los eruditos salmantinos que ya conocéis, la renombrada Casa de la Salina, sita en la calle de San Pablo, y llamada así por haber servido modernamente de almacén de sal.

Caminando hacia ella, nos refirieron la tradición que corre muy válida acerca del origen del edificio; y, como es digna de que la conozcáis, y yo no quiero poner ni quitar nada en tan delicado asunto, voy á transcribirla puntualmente, tal como la publicó hace años el Sr. D. Modesto Falcón, individuo correspondiente de la Real Academia de San Fernando, Secretario de la Comisión de Monumentos de Salamanca, etc., etc.

Dice así:

«Parece que en los últimos años del siglo xv llegó á Salamanca la Corte, y con la Corte muchos grandes, prelados, damas y caballeros. Contábase entre éstos el poderoso D. Alfonso de Fonseca, hijo natural de esta ciudad, oriundo de una noble familia, y que más tarde ocupó la Silla arzobispal de Santiago, recibiendo la dignidad de Patriarca de Alejandría, con la que más comúnmente es conocido en la Historia. El Ayuntamiento, según costumbre, proporcionó digno hospedaje á la Corte, puesto que, de acuerdo con la nobleza de la ciudad, hizo que los grandes, los prelados y las damas hallasen acogida entre las familias más distinguidas. Olvidó, sin embargo, dispensar el mismo agasajo á una señora llamada D.ª María de Ulloa, gallega, según dicen, de nacimiento, y amiga, según cuentan, de Fonseca; y resentido por aquella exclusión, casual ó intencionada, el caballero, dice la tradición, juró que la dama había de poseer el mejor palacio de Salamanca. El palacio, con efecto, se construyó, y la tradición quedó unida á su fábrica.

»Si la tradición se muestra veraz en todo lo que relata, no seremos nosotros quienes lo afirmen ni lo nieguen rotundamente; pero nuestra imparcialidad nos obliga á decir que se parece mucho á la verdad. El poderoso Patriarca de Alejandría había tenido un hijo en su juventud, como él Alfonso de nombre, y que, como él, llegó á ser con el tiempo Arzobispo; y aunque las historias suelen confundirlos por las circunstancias de ser ambos Arzobispos, ambos Fonsecas de apellido, ambos Alfonsos de nombre, y ambos, en fin, patronos de grandes fundaciones, fácil es distinguirlos cuando en ellos se para bien la atención.

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»La Casa de la Salina se fundó en los últimos años del siglo xv, en que tuvo lugar la tradición referida. Los escudos de cinco estrellas que en la fachada, en el interior y por todas partes del edificio se encuentran, no dejan lugar á dudas sobre la familia á que pertenecía el fundador. El escudo es de los Fonsecas.....

»Nada se sabe de los artistas que labraron este monumento; pero como por la misma época, y con pocos años de diferencia, se fabricaban también la fachada plateresca de la Universidad, el convento de San Esteban y otra porción de edificios, los mejores precisamente de la ciudad y cuya decoración es tan semejante, puede presumirse que anduvieron en él las mismas manos que esculpieron los demás. Si no fueron Sardiña, Ceroni ó Berruguete, fueron discípulos ó compañeros suyos.»

Hasta aquí el Sr. Falcón.—Ahora debo yo decir, como obsequio debido á la verdad, que son irrebatibles de todo punto las obvias razones que aduce otro autor (D. J. M. Quadrado) para demostrar que esa tradición ha confundido tiempos, cosas y personas.—«Que la casa se labró por los Fonsecas (dice) lo acreditan los blasones de cinco estrellas colocados sobre las ventanas de la izquierda, y en los ángulos de la fachada; mas lo avanzado del Renacimiento, aviniéndose con la noticia de que se empezó hacia 1538, desmiente la tradición, que enlaza su origen con la memoria del Patriarca de Alejandría, fallecido en 1512.....»—A lo cual pudo añadir el Sr. Quadrado, que Berruguete, educado en Italia, no regresó á España hasta 1520, y que Sardiña floreció mucho después.

Sea de todo ello lo que quiera, y ciñéndome yo á mi papel de cronista y de fotógrafo, diré que la Casa de la Salina, en medio de lo mucho que la han deteriorado el abandono en que estuvo largo tiempo y el bajo empleo á que se la destinó después, y no obstante las recientes profanaciones de que ha sido objeto al tratar de convertirla en casa moderna, cerrando nobilísimos arcos y poniendo en su lugar puertas, balcones, ventanas y todo un entresuelo, conserva aún, por dentro y por fuera, columnas, medallones, arcos, bustos, estatuas, mensulones, cornisamentos, escudos y centenares de figuras de animales fantásticos y caprichosos, que son otras tantas maravillas.

Yo espero que con el tiempo, y quiera Dios que no demasiado tarde, el Ayuntamiento de la culta Salamanca dedique su atención y algunos fondos á este notabilísimo edificio, comprándolo, si ya no es suyo, derribando todo lo moderno y postizo que hay en él, reforzando lo viejo y monumental, y poniendo allí un conserje que custodie y muestre á los viajeros aquellos prodigios del arte, dignos de veneración y estudio[12].

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En la misma calle de San Pablo, núm. 84, hay otra casa célebre, no ya por su estructura artística, sino por la rara é interesantísima historia que recuerda.—Llámase, por singular antífrasis, Casa de las Batallas, cuando debía llamarse Casa de las Paces, dado que en ella las pactaron y juraron dos bandos ferocísimos que, durante mucho tiempo, cubrieron á Salamanca de sangre y luto.—«Ira odium generat, concordia nutrit amorem»—dice una inscripción sobre el arco de la puerta de aquella casa desde el día que se firmaron allí las mencionadas paces.

Todo esto se refiere á la terrible historia de Doña María la Brava, de que ya hicimos conmemoración en el Corrillo de la Hierba y de la cual voy á daros dos versiones á cual más interesantes.

Dice el ya citado D. Modesto Falcón:

«El drama comenzó en un juego de pelota. Dos jóvenes, hijos de la noble familia de los Manzanos, mataron en una contienda suscitada sobre el juego á otros dos jóvenes, muy amigos suyos, é hijos de la familia de los Monroy. La madre de éstos, D.ª María Rodríguez, buscando á los agresores y hallándolos en tierra de Portugal, adonde se habían refugiado huyendo de la justicia, tomó sangrienta venganza en ellos, cortándoles las cabezas y entrando con ellas triunfante en Salamanca. A su vez, los deudos de los Manzanos, indignados de aquella bárbara acción, quisieron ejercer represalias semejantes, y agrupados los Monroy en torno á D.ª María, defendieron á la vengativa madre, arrastrando unos y otros á muchos parciales. Los bandos en que se dividieron, y que tomaron por nombre á las parroquias de Santo Tomé y San Benito, donde las irritadas familias enemigas tenían sus casas solariegas, duraron cuarenta años, sembrando la desolación y el espanto en la ciudad y enrojeciendo muchas veces de sangre sus calles. Impotentes fueron el Obispo, el Cabildo, las autoridades y el mismo Conde de Benavente, que intervinieron en la contienda, para poner fin á aquella terrible lucha, que fomentaban las discordias civiles. San Juan de Sahagún, más feliz que las autoridades, se interpuso entre los combatientes, y logró atraerlos á una concordia.»

La segunda versión, más trágica y animada que ésta, es la que figura en Recuerdos y Bellezas de España, y dice del siguiente modo:

«Sobre un lance del juego de pelota trabaron contienda dos hermanos de la familia de Enríquez de Sevilla con otros dos de la de Manzano[13]: aquéllos sucumbieron en la atroz refriega, y fueron llevados exánimes á la casa de su madre.—D.ª María Rodríguez de Monroy no lloró sobre los cadáveres de sus hijos: nada dispuso acerca de su sepultura: silenciosa, sombría, fingiendo temer por sí, salió acompañada de criados y escuderos para su lugar de Villalba; pero á la mitad del camino les anunció resueltamente que no era fuga, sino venganza lo que meditaba; y asociándolos con terrible juramento á su plan, los condujo á Portugal, donde se habían amparado los homicidas. Dónde y cómo los sorprendió, si fué en Viseo, de noche, derribando las puertas de su posada, no queda bien averiguado; lo cierto es que á los pocos días volvió á entrar en Salamanca, animosa y terrible, al frente de su comitiva, enarbolando en las puntas de las picas las cabezas de los dos Manzanos; y á guisa de ofrenda expiatoria, más digna del altar de las Euménides que de una tumba cristiana, las hizo rodar sobre las recientes losas que en la iglesia de San Francisco, ó en la de Santo Tomé, cubrían los restos de sus hijos.—Poco sobrevivió á esta feroz proeza, que le valió el epíteto de Doña María la Brava; pero sí más de un siglo los bandos que de ella nacieron entre los caballeros salmantinos ligados con una ú otra familia, á los cuales se dice servía de línea divisoria, rara vez hollada, el Corrillo de la Hierba, explicando este título, allá como en Zamora, por lo solitario y medroso del sitio.—No hay, sin embargo, más fundamento para derivar de la expresada ocasión el origen de estas luchas tan habituales en todo el país durante la Edad Media, que para fijar su término (de 1460 á 1478) en los días de San Juan de Sahagún, cuyas fervorosas predicaciones, calmando y no extinguiendo la furia de los ánimos, le acarrearon más de una vez odios y violencias, y por último, la muerte propinada con veneno.—Bajo los nombres de Santo Tomé y San Benito, parroquias que encabezaban los dos grandes distritos de la ciudad, perpetuáronse largo tiempo dichos bandos, recordando aún sus distintos colores y opuestas cuadrillas, en las justas Reales de la dinastía austriaca, los antiguos enconos y reyertas.»

Y basta ya de anécdotas y de historias, que se hace tarde, y tenemos que salir para Madrid antes del obscurecer.....

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Así dijimos nosotros aquel día, tratando de volver á la Fonda del Comercio; pero todavía fuimos á contemplar, por consejo de nuestros amigos (y de ello nos alegramos extraordinariamente), la Torre denominada del Clavero, que hasta entonces sólo habíamos divisado á cierta distancia.

Dicha Torre pertenecía antes á un extenso edificio; pero hoy se ha quedado aislada y sola, como padrón conmemorativo de la Edad Media.—Su figura es de lo más elegante y gallardo que nos han legado aquellos tiempos. Cuadrada por la parte inferior, conviértese luego en octógona, y resaltan de ella ocho garitas preciosísimas, que la hacen más voluminosa por arriba que por abajo. Los capacetes que cubren estas garitas descuellan sobre el cuerpo de la torre, dibujando en el cielo una especie de corona feudal que ennoblece aquel esbeltísimo monumento.

Toda la fábrica es de granito, y mide 28 metros de elevación por seis y medio de anchura.—Edificóse en 1484, á expensas de D. Francisco de Sotomayor, Clavero de la orden de Alcántara, y hoy pertenece al señor Marqués de Santa Marta.—Recientemente han construído en lo alto de ella una especie de templete ú observatorio de pésimo gusto; y, pues me honro con la amistad de dicho señor Marqués, atrévome á suplicarle que mande derribar aquel detestable apéndice, por muy asombrosas que sean las vistas que desde él se disfruten.—Los fueros del arte, mi querido D. Enrique, son superiores á los derechos del individuo[14].

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A todo esto eran las tres de la tarde, y el tren para Madrid salía á las cinco.—¡Demasiado sabíamos lo mucho que nos quedaba que ver!..... Salamanca encerraba todavía iglesias, palacios, colegios, casas históricas y otros monumentos, para cuyo examen se requería por lo menos una semana de continuo andar..... Pero no podíamos disponer de más tiempo, y, además, estábamos tan rendidos, que teníamos que sentarnos á descansar en los trancos de las puertas, con gran asombro de los transeuntes.....—¡Habíamos andado tantísimo en dos días escasos!.....

Emprendimos, pues, la retiraaa; y ya, desde aquel momento hasta la mañana siguiente, que llegamos á esta Villa y Corte, no hicimos más que recapitular nuestras impresiones de Salamanca.....

He aquí un sucinto resumen de las mías.

———

La Universidad ha sido, moral y materialmente, el alma y la vida de Salamanca, la fuente de su grandeza y de su renombre, la ocasión y origen de casi todos sus mejores monumentos.—Si hubo allí los famosos Colegios mayores, llamados del Arzobispo, de San Bartolomé (el viejo), de Oviedo y de Cuenca (de los cuales sólo existen ya los dos primeros); si fundaron otros cuatro Colegios las Órdenes militares, y contáronse además infinidad de Colegios menores, de Seminarios, de Escuelas, etc.; si todas las Órdenes monásticas erigieron suntuosos Conventos; si los Jesuítas levantaron allí su mejor Casa, y si fué la Ciudad del Tormes mansión predilecta de Reyes y Magnates, que la embellecieron con multitud de palacios y de iglesias, todo se debió á aquel foco permanente de sabiduría, á aquel centro que atraía las miradas de Europa, á aquel emporio de la enseñanza, adonde iban á estudiar por millares (y muchas veces acompañados de sus familias) los jóvenes más ricos y nobles de toda España.—Cuando Toledo, y Segovia, y Burgos, y Valladolid, y todas las ciudades castellanas decaían; esto es, cuando se hubo entronizado en nuestro suelo la calamitosa dinastía austriaca, Salamanca se libró, por excepción y privilegio, de aquella postración general, que muy luego rayó en indescriptible miseria; y este privilegio y esta excepción fueron también debidos á la perdurable boga de su Universidad, al respeto que infundía, al constante atractivo que ejerció sobre Reyes, Prelados, Grandes, Sabios y hasta Santos, obligándolos á ir á rendirle pleito-homenaje y á enriquecerla más y más con nuevas fundaciones.

De aquí tantos soberbios edificios de los siglos XVI y XVII, y de aquí también el haberse conservado cuidadosamente los de épocas anteriores. Es decir, que la segunda barbarie demoledora de monumentos; la barbarie que en otras regiones de España destruyó, blanqueó, reformó y afeó tantas y tan preciosas obras artísticas en los tiempos que median entre los Reyes Católicos y Carlos III, no llegó á las orillas del Tormes.—En cambio, llegaron después otros bárbaros, émulos de los Atilas y Alaricos, y destruyeron dos terceras partes de los edificios monumentales de Salamanca..... Refiérome á los franceses y á los ingleses (durante la Guerra de la Independencia), y también á los iconoclastas modernos, que tanto y tanto han derribado al grito de progreso y libertad, en sus varios períodos de dominación ó de anarquía.

Otra de las razones que más han influído para que Salamanca pueda calificarse de Museo arquitectónico (donde se hallan, perfectamente conservados, exquisitos modelos de las obras más perecederas y hoy más destruídas, por lo nimio y menudo de sus primorosos detalles), es la excelente, inmejorable calidad de la piedra de todos sus monumentos.

Esta piedra, llamada franca, se encuentra á una legua de la ciudad, cerca de Villa Mayor. Blanda al principio como la cera, el tiempo la pone tan dura como el bronce y le da un hermosísimo color de oro. Admite, pues, y conserva perfectamente las más finas y delicadas labores, y de aquí la riqueza de obras platerescas que acabamos de enumerar y las muchas que no hemos citado, todas las cuales parecen recién hechas en sus menores tallas, sin embargo de estar á la intemperie: de aquí también aquellas afiladas aristas de las esquinas de la Casa de las Conchas; aquella tersura de sus muros, que parecen bruñidos; aquellos atletas, de tan admirable musculatura, de la Casa de la Salina; aquella férrea solidez de la Catedral Fuerte, ó sea de la Catedral vieja; aquellos primores del patio del Colegio del Arzobispo, y tantos y tantos otros prodigios de escultura y arquitectura como ve el viajero en todas partes.

Conque hagamos punto final.

He concluído mi penosa tarea, incompleta (ó sea diminuta, como se dice en el foro) para lo mucho que requería la gran Ciudad de los Fonsecas y Maldonados, pero harto larga para ser obra de un mero aficionado á las Bellas Artes, incompetente en todas ellas, y poco dado á escudriñar y explotar libros ajenos.

Réstame añadir que dedico estas pobres páginas, como recuerdo cariñoso, á mis amigos los Excmos. Sres. D. Servando Ruiz Gómez y D. José España, y á mi camarada Dióscoro Puebla.

1878.

LA GRANADINA [15]

PROGRAMA

upongo que los panegiristas de Las Mujeres españolas que preceden á La Mujer de Granada en el orden alfabético, habrán escrito ya más de una disertación sobre la mujer en general, comparada con el hombre, y sobre las españolas ó ibéricas en particular, comparadas con las hembras de otros países. A mayor abundamiento, el ilustre redactor[16] del Prólogo capital de la obra ha sabido, como no podía menos tratándose de pensador tan profundo, desempeñar magistralmente la parte sinfónica de esta composición, sin que á su mirada comprensiva se obscurezca ninguno de los aspectos sumarios del asunto, ni en la esfera filosófica, ni en la moral, ni en la meramente literaria.

Véome, pues, por fortuna, dispensado de establecer aquí temerarios y abstrusos prolegómenos, á medida de mis intereses, respecto de las candentes cuestiones genéricas y diferenciales que ventilan hace 5856 años los dos sexos beligerantes en que se divide la especie humana, y dispensado también de definir, á medida de mis afectos, si la mujer blanca es superior ó inferior á la negra, la roja, la morena y la amarilla, ó si entre las blancas debemos preferir la europea, y entre las europeas á la latina, entre las latinas á la católica, y entre las católicas á la ibérica, todo ello (¡gran iniquidad!) sin audiencia de las pobres agraviadas.—En cambio, y aunque supongo también que otros de mis colegas lo habrán hecho, no puedo menos de discurrir un poco, por vía de Introducción, acerca de los inconvenientes con que tropezamos los autores de estas monografías al pretender clasificar á las mujeres de cada una de las actuales Provincias de España en una casilla aparte, que delimite técnicamente pretendidas variedades de su naturaleza ó de sus costumbres.

Estuviera aún dividida España al tenor de los antiguos reinos, ó de las vulgares y significativas denominaciones de Mancha, Rioja, Alcarria, Alpujarra, etc., etc., y sería obvio, en la mayor parte de los casos, trazar lindes y fijar término á los diversos hábitos y usos, á los varios caracteres y á las distintas cualidades intrínsecas que constituyen todavía (pésele al nivelador ferrocarril y á la uniformidad democrática) la pintoresca heterogeneidad de la población de nuestro suelo, rico también de contrastes topográficos y pictóricos. Pero la prosaica y anti-artística Administración, al hacer la vigente demarcación de Provincias, no tuvo ni pudo tener en cuenta (lo reconozco imparcialmente) la historia, las tradiciones y las prácticas de cada región para encerrarla en sus efectivas fronteras, sino que atropelló por todo y cortó por lo sano, como la expropiación forzosa, mutilando y desorganizando ciertas aglomeraciones etnográficas, legendarias ó políticas, que venían á ser el sistema ganglional de nuestro pueblo, y de aquí ha resultado (perjuicio baladí para la Administración, y acaso trascendentalísimo á los ojos de los verdaderos estadistas) la disgregación y dislocación de muchos intereses y sentimientos que eran al par efecto y causa del inveterado organismo geográfico, resultando también (y es lo que en este punto nos importa discernir) esa fría pléyade de Provincias de oficio que tan pobremente brillan á los ojos del artista ó del poeta, por ser las unas idénticas á sus adyacentes, por ser otras pedazos arrancados á un antiguo nobilísimo reino, y por ser no pocas meros caprichos arbitrarios, sin blasón ni carácter propios.

Ahora bien: el libro de Las Mujeres españolas ha tenido que acomodarse á la actual división administrativa, en virtud de muy atendibles consideraciones, y nosotros, los redactores de tal obra, nos veremos por ende expuestos á cada instante y obligados muchas veces, ya á repetirnos, ya á anularnos recíprocamente, ya á contradecirnos unos á otros en nuestros juicios y apreciaciones.

Yo, por ejemplo, al proponerme describir á la Granadina, hállome con que mi provincia no es toda la Andalucía, ni tan siquiera todo el antiguo reino de Granada; tropiezo con que, al llegar este libro á la G, ya contendrá descripciones cumplidísimas de las mujeres de Almería, Cádiz y Córdoba; y encuéntrome, finalmente, con que después han de venir los artículos sobre las de Jaén y las de Málaga, tan parecidas á las hijas del Darro, del Guadalfeo y del Guadix. No extrañe, pues, el lector que desatienda en ocasiones puntos de vista extensivos á todas las Andaluzas, ni que, por el contrario, señale algunas veces como condición propia de la Granadina lo que caracterice también á la de Almería y á la malagueña. ¡Sin esta libertad de acción fuera imposible sacar las siguientes fotografías!

Una advertencia más, y entramos en materia.

Mi plan es estudiar muchas Granadinas en diversos escenarios de la capital, de las ciudades subalternas, de los pueblos pequeños, y de los campos. No se confundan, pues, nunca las especies, y téngase siempre á la vista que estarán siendo simultáneo objeto de nuestras observaciones las ricas de las aldeas y las pobres de las ciudades; las mendigas de la capital y las petimetras de los cortijos; las elegantes huríes que bostezan en coche por la Carrera del Genil y las hechiceras cursis que cimbrean su primoroso talle, vestido de limpia indiana, en un balconcillo de madera festoneado de flores; las terribles alcaldesas de monterilla, más tiesas que D. Rodrigo en la horca, y las interesantísimas hijas bien criadas de padres del antiguo régimen, moradoras de ciudades que, aun siendo de cuarto orden, presumen de más históricas que Alejandría y Atenas.....

Hay, como veis, mucha tela cortada, y tenemos, por consiguiente, que ahorrar de razones.....—¡Arriba, pues, el telón!

CAPÍTULO I

LA GRANADINA COMO ANDALUZA

Quedamos en que á estas horas os han dicho otros colaboradores de este libro lo que es Andalucía. Os habéis, pues, hecho cargo del almo júbilo con que se ríe el Todopoderoso en aquel pedazo de cielo que deja transparentarse la gloria desde el Guadiana hasta el Segura, y desde Sierra Morena hasta los dos mares: habéis respirado aquel aire tibio y balsámico, que difunde, en Abril como en Diciembre, el aliento de nuevas rosas; habéis contemplado aquellas matizadas vegas, patrimonio á la par de Flora y Ceres, aquellos cármenes y huertos que no ensoñó Babilonia; aquellos bosques de naranjos y limoneros, como los imaginados por la Fábula; aquellos inmensos olivares y pomposas viñas que absorben y dan por fruto la luz y el calor del sol; aquellas costas en que tienen colonias las palmeras de Oriente y los plátanos de Occidente, y aquellos mitológicos ríos que desaparecen leguas y leguas bajo la fresca bóveda que tejen el arbolado y las malezas de sus fértiles orillas: habéis doquiera recibido la descarga eléctrica, ó sea la conversación, de aquella raza vívida, locuaz, entusiasta, turbulenta, que es á un tiempo sentimental y festiva, infatigable y perezosa, y os ha causado asombro y hasta miedo tanta gracia, tanto fuego, tanta poesía como brotan incesantemente de aquellas bocas siempre llenas de réplicas felices, de chistes rapidísimos, de embustes ingeniosos, de áticas sales, de donosas comparaciones, de atrevidas hipérboles, y de más retórica, en fin, para todos los casos y todos los gustos, que enseñaron Aristóteles, Horacio, Cicerón y los mismos Santos Padres! ¡Y allí, por último, ha surgido ante vuestros ojos, como una sílfide, como una llama de colores, como una tentación viva, la Eva morena, la Elena romántica, la Venus católica y vestida, la mujer andaluza, para decirlo de una vez....., superstición de britanos, locura de franceses, chochez de rusos y alemanes y perdición de los españoles!

Ahora bien: pues que ya conocéis la tierra y la gente, y de juro también os han llevado, para que estudiéis las costumbres, á los toros del Puerto y de Sanlúcar, y á las ferias de Mairena y del Rocío, y á la Semana Santa de Sevilla, y de paseo ó gran parada á la plaza de San Antonio de Cádiz, y de profana romería á la beata Sierra de Córdoba, y en todas estas exposiciones regionales habréis encontrado á las más genuinas andaluzas de alto y bajo copete, ora á pie, ora en las ancas de brioso caballo regido por apuesto contrabandista, ora en jumento con jamugas ó con maldita la cosa, ora en calesa, calesín ó birlocho; ya con vestido á media pierna, pañuelo de crespón encarnado y la cabeza orlada de claveles; ya con falda de espléndidos faralares, valioso mantón chinesco y toca blanca, al gusto de Goya; ya de legítima torera, con monillo, ceñidor y sombrero calañés; ya arrastrando luenga cola de seda y tremolando la clásica mantilla de casco, bandera negra de las españolas contra toda la extranjería; aquí tañendo las castañuelas, y bailando, verbigracia, el Vito; allí cantando, al son de sus palmas, la apasionada Soledad, ó entonando, con lágrimas en la voz, ¡sin palmas y con suspiros!, la Caña quejumbrosa y lastimera; aquí abriéndose paso con su rumboso meneo entre una turba de majos, que arrojan á sus pies capas y sombreros para que le sirvan de alfombra; allí volviendo valientemente una esquina, y al mismo tiempo la cara en sentido inverso, como fascinadora culebra que no quiere que se escape el pajarillo; es decir, pues que ya habéis visto á la mujer técnica de la Tierra de María Santísima, sea duquesa ó labradora, generala ó cigarrera, en el pleno ejercicio de su privativo poder, de su peculiar gallardía, de su porte soberano, tengo que principiar por advertiros que.....

(AXIOMA)

La Granadina no es andaluza de profesión.

Quiero significar con esto que la Granadina, aunque posee todos los encantos especiales de las andaluzas, su imaginación, su donaire y su belleza no es, ni nunca pretende ser, el consagrado prototipo de la raza bética; no es, ni siquiera entre la gente ordinaria, la jacarandosa macarena pintada en el forro de los calañeses y sobre las cajas de pasas de Málaga; no es, ni de ello presume, la estereotipada heroína de las saladísimas piezas de Sanz Pérez; no es, en fin, la mujer andaluza, tal como la tienen metida en la cabeza los extranjeros; tal como se la dieron á entender la Nena y la Petra Cámara, y tal como ellos van á admirarla allende Despeñaperros, á riesgo y hasta con ansia de que salgan á robarlos los Grandes de España de primera clase que, según es sabido, despluman, trabuco en mano, á los periodistas franceses que pasean sus tesoros por España!!!

No: la Granadina no hace gala del género andaluz, ni en su pronunciación, ni en sus actitudes, ni en su estilo, ni en sus hábitos. Es en lo que principalmente se diferencia de las hijas del Guadalete, del Guadalquivir y del Guadalmedina (ríos cuyos nombres valen un imperio, en el sentido recto de la palabra), las cuales, por muy damas que sean (y las hay principalísimas, que pueden echarse á pelear con las mejores de Madrid), siempre, siempre..... (¡no me lo neguéis!) abundan en su propio andalucismo, á sabiendas de lo que en el orbe vale y puede esta calidad.....—Por el contrario: aunque la Granadina, en su pronunciación, en sus actitudes, en su estilo y en sus hábitos, revele constantemente su idiosincrasia andaluza, es de una manera indeliberada, inconsciente, inadvertida. Creeríase que no se tiene por tal, ó que ignora que las andaluzas gozan fama en ambos hemisferios de jocosas por antonomasia. Ello es, repito, que nunca alardea en tal guisa, ó, para hablar más á la buena de Dios, nunca la echa de graciosa..... ¡Y lo es tanto!

Muchas veces (¡ya lo creo!: siempre que le hace falta para volver el juicio á un hombre, ó para salir de cualquier apuro) deja la Granadina el grave continente de que hablaremos después, ¡amigo!, y entonces sabe plantarse como una jerezana, y contonearse como una de Sevilla, y argüir como una de Córdoba, y poner más caras y más cruces que una de Málaga..... Pero esto es un relámpago fugitivo, durante el cual se ve lo que no es decible de trastienda, monadas y travesura, y luego vuelve su señoría á la acostumbrada formalidad, no quedando de la pasada metamorfosis sino algunos hoyuelos en las mejillas y cierto reir en los hechiceros ojos; permanentes indicios del alma que se esconde en aquel cuerpo.

CAPÍTULO II

MOROS Y CRISTIANOS

Conque, ya lo he indicado, y aquí lo consigno, y sirva esto de corolario al capítulo anterior, á la vez que de segundo

AXIOMA:

La Granadina es una andaluza seria.

Tan rara seriedad no tiene nada que ver con la inalterable circunspección, con la espetada tiesura ni con la solemne parsimonia de las pobladoras de otras regiones de España. Es un melancólico señorío, una poética distinción, un gracioso romanticismo, propio exclusivamente de las reinas destronadas. La Granadina podrá ser genial y chistosa por naturaleza, y resultar así cuando se la excita; pero se diría que siempre es á pesar suyo. No de otro modo (y va de símil) tal ó cual huérfana, ó tal ó cual reivindicable viuda, tiene la figura risueña y deliciosa, y la voz juguetona como un trino, y el discurso divertidísimo por lo travieso, aun el día en que estrena sus tocas de luto y en que está su corazón verdaderamente acongojado.

Y la verdad es que, en el fondo del espíritu de los granadinos de ambos sexos, hay no sé qué vaga sombra de esa viudez, de esa orfandad, de esa realeza y de ese destronamiento. Más frescos allí que en parte alguna de la Península los recuerdos de una autonomía soberana; habiendo sido aquella región la última que constituyó reino independiente; vibrantes aún en el espacio, por tradición sentimental de padres á hijos, los alaridos de dolor que lanzara, no hace tres siglos, la raza Morisca al ser arrancada de cuajo de aquel Edén; confundidos en la imaginación popular este infortunio y el anterior de los Judíos con sus infortunios propios, á causa del decaimiento intelectual y material que ambas expulsiones produjeron en Granada; creyéndose, en fin, todo el mundo, de un modo informe y fantástico, que desciende, á un propio tiempo y por línea recta, de los mismísimos Reyes Católicos y de Boabdil el Chico, ó cuando menos de Príncipes mudéjares y de los grandes Capitanes conquistadores (y de todo habrá ¡vive Dios! por bien que expurgara la población cristiana el buen Felipe III), resulta que el bello ideal de la raza granadina reside en lo pasado, que su orgullo es retrospectivo, y que el mundo de sus complacencias, de sus consolaciones y de sus engreimientos se encierra en aquel palacio de la Memoria que tan elocuentemente describe San Agustín, y en otro primoroso palacio material, aunque parece labrado por las hadas, entre el río de las arenas de plata y el río de las arenas de oro; es decir, en la incomparable, deleitosísima Alhambra, ufanía y ejecutoria de todos los granadinos de hoy, no obstante ser obra de los vencidos, expoliados y desterrados islamitas.

Y aquí tenéis explicado el por qué los poetas y poetastros de aquella tierra somos elegíacos hasta lo sumo, y

«cómo, á nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado
fué mejor.»

Pues bien: en las mujeres, esta especie de nostalgia hereditaria crea y fomenta los más quiméricos sinsabores, sin que ellas mismas se lo figuren, y yo apostaría cualquier cosa á que la síntesis de su pena es la siguiente: Echar de menos los gloriosos tiempos de la Conquista, en que el amor podía servir de corona al heroísmo, y envidiar simultáneamente la ventura de las Princesas árabes que conspiraban con los Caudillos cristianos en el Albaicín contra la corte de la Alhambra, y la felicidad de las ricas-hembras de Castilla que recorrían á caballo las vegas de Santafé y de la Zubia tras la hacanea de Isabel la Católica, escoltadas y servidas por la flor de la caballería cristiana y amenazadas de cautiverio por la flor de la caballería mora.....

¿Qué mucho, por tanto, que sean graves y melancólicas todas las granadinas en ciudades, villas y aldeas? ¡Cuando ese tedio de lo presente y esa pasión de ánimo por lo pasado se apoderan de una raza, su triste orgullo se transmite de generación en generación, y cunde de las clases ilustradas á las ignorantes, sin que nadie tenga que enseñar ni que aprender lección alguna! ¡Es una cosa que se hereda, como las facciones del rostro; es una cosa que se pega, como el acento; es una tisis del alma!

Lo repito: la Granadina es seria, soñadora, poética, elegíaca, sin embargo de su vívida sangre andaluza, como lo es el pájaro cautivo, como lo es el ángel desterrado. Ella está cautiva en la red de una creciente decadencia local: ella está desterrada de la Historia.

CAPÍTULO III

TRIUNFAN LOS CRISTIANOS

AXIOMA

Todas las Granadinas son católicas apostólicas romanas.

No exceptúo de esta regla ni á las mujeres de los más acérrimos republicanos federales, ni á las hermanas de los cuitados que en cierto pueblo de la costa repartieron hace algún tiempo Biblias protestantes, ni á las hijas de Constituyentes que en 1869 votaron la Libertad de cultos, ni á las madres de ninguno de ellos..... ¡Todas, todas las Granadinas son eminentemente católicas!

Piadosas, humildes, reverentes con Dios y con sus Ministros, su religiosidad brilla principalmente por una ardentísima devoción á la Virgen y por un miedo cerval al demonio.

La Virgen es para ellas preferente objeto de un amor indefinible. Trátanla como á madre, como á hermana, como amiga, como á confidente y consejera..... ¡Hasta pretenderían hacerla su cómplice!—¡Todo se lo cuentan; todo se lo consultan; en todo procuran interesarla; de todo le ofrecen participación, consistente en algunas velas, en alguna joya ó en la trenza de sus mismísimos cabellos.—El bandido de Nápoles le reza á San Genaro ó á la Madonna, para que le ayuden en sus negocios. Las Granadinas ponen bajo el amparo de la Virgen sus esperanzas de todas clases..... Con ella tienen mucha más franqueza que con Dios.

A Dios apenas acuden directamente, contando como cuentan con la Reina de los Cielos. A Dios lo veneran, lo bendicen, lo respetan, y le huyen.....—¡Es que le temen! Initium sapientiæ timor Domini.—Aunque en esto de temer, repito que le temen más al Diablo.

El Dios temido, á quien acabo de referirme, no es otro que Dios Padre en particular; pues á Dios Hijo no le temen de manera alguna, sino que lo aman con entrañas de verdaderas madres desde que son niñas de ocho años. Aman, sí, á Jesucristo en persona, como otras tantas Marías agrupadas al pie de la Cruz; lo compadecen, lo asisten, lo acompañan, lloran su Pasión y muerte, viendo en Él un hijo legado por la desgracia á su solícita ternura. De aquí que una imagen del Señor del Mayor Dolor ó de Jesús Nazareno con la Cruz á cuestas les inspire á veces tanta confianza y tanto fervor como una Virgen del Carmen ó de las Angustias.....—Y ¡cosa rara! cuando este mismo Dios Hijo se les representa en su primera edad, como Niño Jesús ó Niño de la Bola, ya pierde su carácter filial, y, en vez de familiar ternura, infúndeles altísimo respeto.—¡Admirable intuición de lo más abstracto de la teología!..... ¡A medida que ven reducirse la Persona, crece y se impone á su imaginación la Esencia!

Por lo que hace al Espíritu Santo, dijérase que no existe para ellas. ¡Nunca es objeto de su misticismo! Lo cual se comprende sin esfuerzo: los atributos especiales del Parácleto son más perceptibles á los ojos de los Doctores de la Iglesia que á los de las fieles cristianas.

Acerca del Demonio no quisiera hablar en este sitio, pues es hacerle demasiado honor; pero no puedo pasar por otro punto. La Granadina ve á Lucifer tantas veces al día como lo vieron San Antonio Abad y Santa Teresa de Jesús, y lo acusa á cada momento de cuantas desgracias le ocurren ó presencia.—«El Demonio ha hecho que pase esto.»—«Quiso el Diablo que sucediera lo otro.»—«Satanás me ha escondido el ovillo, las tijeras ó la aguja.»—«Me tentó el Demonio, y dije aquello ó hice lo de más allá.»—«Hoy tengo los Malos en el cuerpo.»—«Fulano es el enemigo.....» Estas y otras parecidas frases no se caen nunca de sus labios, y, al propio tiempo, pónele la cruz á Luzbel, ó se santigua estremeciéndose, ó dice «¡Ave María Purísima!» por vía de exorcismo y desinfectante.—Y, sin embargo, en todo esto no hay nada de maniqueísmo, sino ortodoxia pura.

En lo que no hallo tanta ortodoxia, bien que tampoco intención herética, es en las preocupaciones y supersticiones que abriga respecto á la existencia y poder de otros seres no mencionados en el Catecismo. La mitad de las mujeres de la Provincia, sobre todo las de los pueblos pequeños, creen á puño cerrado en duendes, brujas, hechiceros, fantasmas y aparecidos. De aquí un miedo espantoso á los muertos, y de aquí también el que haya casas cerradas en que no se atreve á vivir nadie, por ser cosa sabida que ¡á media noche! óyense en ellas extraños ruidos, particularmente de cadenas.—Esta credulidad, de que nunca participaron las personas verdaderamente cultas, va cediendo también hoy en el ánimo de las indoctas, pero no así la fe en innumerables agüeros, talismanes, amuletos, cábalas y untos, de aplicación medicinal y moral, para cuya enumeración y recetario sería preciso escribir un tomo en folio.

Por lo demás, la Granadina es asidua al templo, lo mismo en la capital que en la última aldea; frecuenta el confesonario; da mucha limosna, y hace y cumple infinidad de promesas ó votos, como romper (ó sea usar hasta que se rompe) un hábito de tal ó cual Orden monástica, no comer postres, pagar misas, llevar velas á las sagradas imágenes, andar descalza, recorrer de rodillas iglesias enteras, rezar muchas partes de Rosario, etc., etc.

También tiene gran devoción á los santos y santas de la corte celestial; mas no á todos en idéntico grado ó con igual confianza en su poderío.—Quiero decir que prefieren entenderse con tal ó cual bienaventurado, según que lo juzgan más ó menos milagroso.—Pero esto acontece en todas partes.

Volviendo ahora á su adoración especial hacia María Santísima, diré como ejemplo, y para concluir en este punto, que no es dado formarse idea de nada tan tierno, tan expresivo, tan conmovedor, como los agasajos, fiestas y ovaciones que granadinos y granadinas hacen á la Virgen de las Angustias, patrona de la capital. Quien no haya visto, después de cualquier calamidad pública, trasladar en triunfo aquella célebre imagen, desde la Catedral, donde se llevó en rogativa, á su casa (así se designa su templo), no puede saber hasta dónde llega el sublime frenesí de un pueblo exaltado por la piedad; y quien haya presenciado tal espectáculo sin derramar, aun siendo de la cáscara amarga, lágrimas tan copiosas como las miserias de esta vida, no tiene corazón ni alma de hombre.

CAPÍTULO IV

LA GRANADINA EN EL HOGAR DOMÉSTICO

Echada la sonda en la imaginación y en el corazón de nuestra heroína, y conociendo, como ya conocemos, la índole y la profundidad de su fantasía y de sus creencias, se ha simplificado mucho la tarea de estudiarla, y podemos proceder á analizar sus costumbres rápida y objetivamente.

Principiemos por desenvolver este

AXIOMA

La Granadina es la señora de su casa.

En efecto: la mujer de aquella tierra manda en jefe en el hogar, donde ejerce de hecho y de derecho una autoridad superior á la del hombre. La doctrina evangélica que rehabilitó á la hembra, ha sido cumplida allí con exceso, por lo menos en esta parte. Y es que el granadino, por pasión ingénita ó genérica, y por galantería característica, ha hecho de la mujer un ídolo, en lugar de hacer una compañera. Puede decirse que ella es la reina del palenque en que lucha el varón toda su vida. Para ella y por ella quiere ser guapo, elegante, valiente, rico, poderoso. Ella es á un tiempo juez y premio del torneo. La opinión de los hombres, criterio del honor en todos los países, no les importa tanto á los hijos de Granada como la opinión de las mujeres, criterio que aquilata el mérito y el demérito con relación al amor.

Cierto que algunas veces el esposo maltrata á la esposa, la pega y hasta la mata; pero nunca la desprecia..... ¡Es que el pobre hombre tiene celos, ó es, más generalmente, que de vez en cuando se le ocurre, como á los pueblos, sacudir la tiranía! Empero el tirano (quiero decir, la mujer) aguanta el pujo; deja pasar la tormenta, y vuelve á imperar sobre el rebelde....., que entonces las paga todas juntas.—Vemos así que muchas mujeres de la clase y condición en que funcionan las manos ó la vara del marido, suelen quejarse amargamente de que éste haya renunciado por completo á sacudirles el polvo; pues entonces es cuando se creen verdaderamente destronadas.....

Por lo demás, la Granadina, desde que se constituye en esposa, adopta voluntariamente algo de la manera de vivir de las orientales.—Dígolo, porque se encastilla en el hogar, bien que sólo con el objeto de dirigirlo, de gobernarlo, de monopolizarlo. Del tranco de la calle para adentro, el marido no dispone de cosa alguna; suele no saber lo que sucede; cuando más, indica su opinión; y la mujer determina, decide, concede ó niega. Por regla general, ella es la depositaria del dinero, y, por regla universal, la distribuidora.—Habrá familias que vivan á la francesa, ó fuera de la ley de Dios, y con las cuales no recen, por consiguiente, estas bases. ¡Prescindamos de semejantes excepciones! La norma es la que digo.—Y aun hay más. El hombre en sus negocios de la calle, en los asuntos relativos á su profesión ó á su hacienda, no resuelve nada medianamente importante sin consultarlo con la señora (que así se llama la que usa vestido), ó con la parienta (que así se denomina si usa zagalejo). ¡Y estas no son debilidades del orden íntimo ó privado, sino legítimas deferencias que proclaman en alta voz los maridos como la cosa más natural del mundo!.....

En cambio, la mujer, dentro de la casa, á puerta cerrada, trabaja cuanto humanamente puede, á veces más de lo que nadie imaginaría, atendida la posición social de la señora.—En este punto es La perfecta casada de Fr. Luis de León. No sólo la muy pobre, sino también la que vive con algún desahogo, y hasta muchas acomodadas, naturalmente hacendosas, ó que precaven el porvenir economizando, para sus hijos, barren, limpian, cosen, planchan, lavan, friegan, amasan, guisan, crían gusanos de seda y cuidan á los niños (todo al par que la criada y por ahorrarse de tomar otra), sin contar con que, cuando se ocurre, le sirven la comida á su esposo, al mismo tiempo que ellas comen aparte, yendo y viniendo á la hornilla, con la majestad de antigua matrona que diera hospitalidad á un peregrino, ó con la humildad de una reina en Jueves Santo.

Lo que la Granadina no hace nunca.....—Pero esto que voy á decir merece figurar como

AXIOMA

La Granadina no cultiva el campo.

¡Ah! lo contrario sería un deshonor para el más pobre labriego. ¡Su mujer no es una negra!—Él ara, siembra, labra, coge, trilla, riega con todo el sol canicular, con hielos y nieves, con el agua á la cintura, sin reparar en su comodidad ni en su salud..... ¡Pero trabajar ella delante de gente! ¡Hacer lo que puede hacer un mozo, un peón....., y, si no hay peón ni mozo, él mismo, á costa de un poco más de fatiga!..... ¡En manera alguna!

No sin orgullo consigno esta observación (aplicable á todas nuestras provincias meridionales), advirtiendo de paso á las granadinas, para que se lo agradezcan á los granadinos, que en otras regiones de España y en las más cultas naciones de Europa sucede todo lo contrario: la mujer del campesino labra la tierra, y el hombre se las compone en el hogar.—¡Y así anda ello!

Lo que sí hace la Granadina en el campo es espigar.—Pues ¿qué es espigar?—Espigar es hacer uso de un gracioso derecho que cristianamente concede el más pobre labrador á las mujeres necesitadas (y sólo á las mujeres) de entrar en su heredad, de donde ya se han sacado los haces, á rebuscar y apropiarse las espigas que han quedado desperdigadas en el rastrojo.—¡Después de la galantería, la caridad erigida en ley consuetudinaria! ¡Muchas leyes como ésta nos diera Dios! ¡Algo más medrado andaría nuestro siglo!.....—Pero doblemos la hoja.

AXIOMA HASTA CIERTO PUNTO

La Granadina es lujosísima en la calle.

Ni el marido ni el padre reparan en su propia persona, con tal que la esposa ó la hija vista «como corresponde»: y siempre corresponde vestir mejor de lo que buenamente se puede.—El traje pontifical de la mujer, y no el del amo de la casa, representa la clase social de la familia. Un hombre rico ó linajudo podrá descuidarse en el vestir, usar ropa como de artesano ó de labrador; abandonar para in æternum el frac, la levita y hasta el sombrero de copa; pero la señora de la casa no saldrá nunca á la calle sino de tiros largos, con arreglo á ordenanza, «como quien es», según dice ella enfáticamente.

En compensación, de puertas adentro, lleva demasiado lejos el negligé, que en España llamamos trapillo, con tal de que la casa ofrezca un aspecto irreprochable.....—Digamos, pues, que nuestra perfecta casada es objetivamente limpia hasta un extremo increible..... Los muebles, los utensilios de cocina (de los cuales tiene repetidas baterías de lujo que no sirven nunca), los techos, las paredes, los suelos, brillan siempre como el oro. «¡En los ladrillos de mi casa se pueden comer migas!» dice con muy fundado orgullo.—Si, en cambio, no todas aquellas mujeres de bien se distinguen por una completa ó total limpieza subjetiva, cúlpese al Sr. D. Felipe II, que dictó cierta endiablada pragmática, prohibiendo á los moriscos y moriscas de Granada el pícaro uso de los baños domésticos.

OTRO AXIOMA

La Granadina, en general, recibe y hace muy pocas visitas.

Por lo común, se pasa toda la semana sin poner un pie en la calle y sin que ninguno de fuera pise su casa, como no sea algún pariente muy cercano.—En toda la provincia escasean las tertulias en que se reunan señoras.—Si éstas pasean, es en domingo, y eso en la capital.—En las poblaciones subalternas se necesita que repiquen más gordo.....—Pero ya volveremos sobre esto.

Entretanto, allá van algunos

NUEVOS AXIOMAS

La Granadina es floricultora, domadora de gatos y domesticadora de canarios.

Recomiendo á los pintores de género el insondable cuadro de una de estas mujeres de su casa, sentada al lado de un balcón, lleno de macetas floridas, entre una manada de gatos enroscados á sus pies, y media docena de canarios enjaulados sobre su cabeza.—Con esto y con su fértil aventurera imaginación, tiene bastante una hija de Granada para no estar nunca sola.

El gato, la flor, el canario y la mujer..... ¡qué cuarteto!

La Granadina es herbívora, vinífoba y gazpacháfaga.

Es herbívora: esto es, se alimenta principalísimamente de vegetales cocidos, fritos, asados ó crudos. Cierto que acepta las sustancias animales inherentes al puchero, pero es como precepto medicinal más que como verdadera satisfacción. Y fuera de esto y de algún huevecillo, seguro está que ninguna Granadina se recete motu proprio otros manjares que ensaladas, ensaladillas y ensaladetas, en cuyo ramo su inventiva es inagotable. Pasarán de doscientas ¡vaya si pasarán! las combinaciones que sabe hacer de aceite, vinagre y sal, con todas las hierbas del campo.—Y entiéndase que en la palabra hierbas incluyo todo lo que, según el Diccionario, es legumbre, todo lo que es hortaliza, y además muchos frutos y frutas. Porque hay ensalada de pimientos y tomates, y de tomate crudo y solo, y de pepino, y de calabaza, y de cardo, y de patata, y de remolacha, y de escarola, y de judías, y de apio, y de pero, y de lechuga, y de coliflor, y de cebolla, y de granada, y de manzana, y de naranja, y de todo lo nacido.—¡Ah! ¡Se me olvidaba!—«De la mar los boquerones..... (la Granadina rinde este tributo de respeto á Málaga) sobre todo, fritos, de noche, con ensalada de escarola.»—Pero hablarle á la Granadina (exceptuamos á las afrancesadas) de beefsteak ó de roastbeef, equivale á hablarle de herejes y de judíos.

Es vinífoba.—Explicación: nunca prueba el vino, como no sea muy dulce, en una broma de rompe y rasga, y considerándolo la más atroz de las travesuras. Pero en la mesa, á pasto, como en otras provincias de España y como en los demás pueblos extranjeros....., ¡jamás!—Verdad es que tampoco los granadinos, hasta hace muy poco tiempo, y salvas ligeras excepciones, habían visto el vino sobre su mesa. Y todavía, fuera de la capital, es esto verdaderamente extraordinario.—¡Sin embargo, la provincia, según datos estadísticos, resulta aficionada, muy aficionada, demasiado aficionada!.....—Pero se bebe como se peca, á solas, clandestinamente.....—«El vino..... ¡en la taberna!» le dice la mujer al marido. Y en seguida le elogia la limpidez, la baratura y las virtudes higiénicas del agua, «creada por Dios para que no se beba vino».

Es gazpacháfaga.....—¿Y quién no lo es en aquel país? ¡Desde el Prócer y el Prebendado hasta el mendigo, en diciendo que llega Mayo, todo el mundo se administra, cuando menos, un gazpachillo por día!—La Granadina-tipo se administra dos ó tres: lo toma antes del puchero; lo toma entre comidas; lo toma antes de acostarse..... Ni ¿qué fuera del género humano sin el gazpacho,

En aquella tierra,
Con aquel calor,
Donde tan temprano
Sale siempre el sol?

La Granadina es honesta, y en ningún caso escandalosa.

En Granada, por la misericordia de Dios, todavía está de moda la virtud de las mujeres..... Quiero decir que la opinión pública no tolera el pecado, ni transige con las pecadoras..... Son, pues, ellas buenas por innata circunspección y acendrada religiosidad, y al mismo tiempo porque les es indispensable para vivir entre las gentes; y de aquí resulta que su rigor y severidad, no sólo impiden la falta propia, sino también la falta ajena. ¡La delincuente, en aquel país, no está dentro del derecho común, como en esta Villa y Corte y como en otras varias partes! ¡Pecar en aquella provincia es para la hija de Eva colocarse fuera de la ley, incomunicarse con la sociedad, aislarse como una leprosa!—Quizás por esto mismo tampoco sirve allí de timbre y loor á un hombre el ser un D. Juan Tenorio ó cosa parecida. ¡Todo el mundo detesta y condena al infame que sedujo á una joven en estado de merecer, perdió á la mujer del prójimo ó dejó abandonada á la suya!—¡Dure mucho en mi amada tierra este sentido moral! Cuando él falta, los pueblos más prósperos son una repugnante sentina.—Dígalo París.

Y aquí concluyen las generales de la ley de todas las Granadinas.—Examinemos ahora los caracteres que las diferencian entre sí, según que viven en la Capital, en las poblaciones subalternas ó en el campo, y según que pertenecen á la aristocracia, á la clase media ó al pueblo. Pero examinémoslas confundidas unas con otras, pues toda clasificación regular, ordenada y simétrica, está reñida con el Arte.

CAPÍTULO V

GALERÍA DE GRANADINAS

¿Quién no conoce y admira á Granada, aunque no la haya visitado nunca?—Creo, pues, innecesario repetir aquí lo que han escrito Chateaubriand, Zorrilla, Teófilo Gautier, Washington Irving y otros mil literatos, y me limitaré á deciros que, por lo que yo he visto, por lo que he leído y por lo que me han contado de cuanto hay en el globo, no existe teatro mejor dispuesto para el sueño del amor y la apoteosis de la mujer que aquel en que vamos á contemplar ahora á nuestra heroína.

Allí podemos verla de paseo amatorio, por la tarde, en la primavera, bajo las sombras paradisíacas de La Alhambra; ó en excursión higiénica, el verano, al amanecer, por la amenísima y misteriosa cuenca del Dauro ó Deoro, en busca de la fuente del Avellano; ó, en tren de merienda, por las fértiles huertas de los Callejones de Gracia, con presupuesto de cerezas, habas verdes ó lechugas, para engañar unos típicos bollos de pan de aceite. Allí podemos admirarla cuando cruza en carretela bajo las célebres alamedas del Salón y de la Bomba, entre perpetuos verjeles; ó cuando echa pie á tierra y luce su garbo y su elegancia por la alegre Carrera de Genil, frente á la cual sonríen embelesadas las eternas nieves de la vecina Sierra, que parece toca uno con la mano; ó bien la encontramos asomada, como una flor más, á un balcón natural de rosas y alelíes, en aquellos cármenes escalonados por las laderas de todas las colinas, desde cuyas alturas corren, triscan y saltan mil arroyos bullidores, como otros tantos duendes que minan los cerros, las calles y las casas de la ciudad, creando pensiles en todas partes. Allí podemos acompañarla, finalmente, en su constante peregrinación artística, subiendo por la Cuesta de los Molinos, por las Vistillas de los Ángeles, por el Campo del Príncipe y por la Cuesta de San Cecilio, á buscar los sublimes panoramas que se descubren desde los Mártires ó desde Torre Bermeja, para ir luego á visitar las maravillas del Palacio encantado de Alhamar el Magnífico, y del aéreo, quimérico Generalife, asilos perdurables de poéticos ensueños..... Y en todos estos parajes veremos á aquella mujer, tan sensible y reflexiva, tan amante y soñadora, siempre al través del prisma de colores de una flora inagotable, siempre al son del canto del ruiseñor, siempre oyendo bajo nuestros pies, sobre nuestra cabeza y á nuestro lado, el rumor melancólico del agua, reluciente ú oculta, despeñada ó juguetona, y siempre entre la magia de los recuerdos históricos, de los primores artísticos, de las tradiciones románticas, de las solemnidades religiosas y del patético gemido que exhala todo lo decadente, todo lo desgraciado, todo lo que pasó..... como pasa nuestra vida.....

*
* *

Conque vedla, ¡sí, vedla! ¡Saludad á la Granadina de Granada bajo cualquiera de las formas en que aparece á nuestros ojos!

Ya es la noble, la distinguida, la delicada aristócrata de aquella tierra clásica de lo regio..... Ésta va en coche.

Ya es la sílfide que apenas huella la tierra con sus menudos pies; la ideal y elegante dama ó señorita de la clase media, de cultas formas y gentiles pensamientos.....—¡Canela pura!

Ya es la graciosa, y fina, y seria doncella del pueblo, silenciosa y expresiva como las flores con que adorna su reluciente peinado.....

Pero siempre halláis la misma mujer exquisita, de fibra superior, de inmaterial belleza que directamente os habla al alma; más insinuante que fascinadora, más á lo Murillo que á lo Ticiano, más de Calderón que de Lope, más de Cleómenes que de Fidias.

Sí: cualquiera que sea su clase, la Granadina resulta siempre aseñorada y sentimental, al propio tiempo que dulce, risueña y recatadamente voluptuosa. No chisporrotea en ella la sangre, como en las andaluzas oficiales de otras comarcas; pero su imaginación, sus nervios, la médula de sus huesos, los suspiros de su boca, son amor y sólo amor.....

No me preguntéis por las facciones de su cara, ni por las dimensiones de su cuerpo..... Allí, como en todas partes, per troppo variar natura é bella..... Hay, pues, Granadinas morenas y Granadinas blancas; de pelo negro, de pelo castaño y de pelo rubio; altas y bajas; delgadas y gordas; feas y bonitas.—Sépase, empero, que el tipo general y genuino, el arquetipo, el dechado, no es alto y recio como el de la hermosa cariátide vascongada, por ejemplo; ni fresco y amplio como el de las mujeres de Rubens; ni pequeño y pardo como el de las hijas del interior de España: sépase también que las bellas están en Granada en mayoría, y sépase, en fin, que casi todas tienen poco hueso, pie diminuto, provocativo talle, la color algo quebrada, rasgados ojos obscuros y sus indispensables interesantísimas ojeras.—Decir que hay más morenas que rubias, fuera ocioso, tratándose de Andalucía; pero su moreno es esclarecido, como el de las legítimas venecianas. Sin embargo, en el Albaicín abunda un tipo hechicero y rarísimo en España: la mujer blanca como la nieve y con el pelo negro como el azabache.....—¿Serán descendientes de odaliscas circasianas de los últimos harenes moros?

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Pasemos á la parte indumentaria.

La dama de la alta sociedad y la acomodada de la clase media visten como determina mensualmente el figurín de París, ni más ni menos. Excusado es, por consiguiente, buscar nada local, nada típico en su traje..... En este punto, ver á una elegante madrileña es ver á una elegante granadina.

La mujer de las clases populares no tiene tampoco traje característico; pero su toilette de gala, aunque poco singular, es bastante graciosa: zapato bajo, negro ó color claro; media blanca: vestido entero de percal, casi rayando con el suelo, adornado con uno ó más volantes de la misma tela; pequeño delantal negro; un pañolillo de vivos colores, cruzado sobre el pecho, dejando adivinar todas las primorosas líneas del talle; y, finalmente, otro pañuelo de seda, llamado de la India, también muy vistoso, doblado diagonalmente, prendido sobre la cabeza con un alfiler y atado debajo de la barba.....—Este tocado, merced á ciertos picarescos fruncidos y dobleces, llega á dar al óvalo del rostro un carácter confuso, entre monjil y judaico, de irresistible coquetería....., cuando la interesada es interesante.

Hasta aquí la capital.—En los pueblos, el traje de las campesinas varía mucho, pero siempre sobre la base de un jubón negro de anascote. La falda va aparte, y es de coco, indiana ó percal. En algunas villas sólo las hay de picote listado. De todos modos, la elegancia rural consiste en colgarse cuantos refajos y enaguas se poseen, aunque sean cincuenta.

Las lugareñas de más tono usan mantilla sin velo ni blondas, esto es, una gran tira de franela negra, con anchas franjas de terciopelo. Las muy pobres, hacia Levante, llevan el mantón doblado en triángulo, pendiente de la cabeza, lo que les ahorra otro pañuelo y les da un aire míseramente africano. En la Alpujarra, las cortijeras se echan sobre la cabeza la saya á guisa de manto, y, como la saya está forrada de amarillo, y el refajo es encarnado, ofrecen á distancia, en aquellos ásperos montes, un aspecto interesantísimo. Por último: en varios pueblos las mujeres de todas clases gastan medias negras, á excepción de la hija del sacristán, que usa medias blancas, y á excepción también de las infelices que no tienen medias.

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Volviendo á las señoras de las clases acomodadas, y especialmente á las aristócratas, hay que aplicar á sus costumbres externas, ó sea á sus hábitos, lo mismo que hemos dicho de su traje: son una repetición exacta de los hábitos de la alta sociedad madrileña. De consiguiente, sus horas, sus gustos, sus esparcimientos, sus modales, sus opiniones sobre todas las cosas que no son del alma, se arreglan al meridiano de París. Y contra toda herejía importante en esta delicada materia las aseguran y garantizan sus frecuentes viajes á la corte, y alguno que otro á Bayona.—Inútil es añadir que cada recién llegada de Francia ejerce una especie de dictadura durante dos ó tres meses.

Para la aplicación y ostentación de estas mudables reglas de buen tono, cuentan las elegantes de Granada con bastantes coches propios, con dos teatros, con excelentes modistas, con baños de mar en la cercana costa, con su correspondiente Junta de Damas de Beneficencia, y con una deliciosa Rifa de la Inclusa, en público, en una gran tienda de campaña colocada en el paseo del Salón, durante las famosas fiestas del Corpus; tienda que es una copia en miniatura del Paraíso de Mahoma, por lo que respecta á la hermosura de las huríes que premian allí las buenas acciones de los héroes. La Plaza de Toros funciona pocas veces, pero, cuando funciona, las Granadinas se acuerdan de que son andaluzas, y dejan el pabellón nacional bien puesto. (Ya sabemos que este pabellón es la mantilla blanca.) También he indicado que en Granada hay pocas tertulias que salgan de la órbita de la familia. Tampoco abundan los bailes en estos últimos tiempos. Pero, cuando ocurre lo uno ó lo otro, la noble hija del Genil se viste, se prende, se presenta, valsa, polka, habla y escucha con tanto gusto, distinción y gallardía, como aquella ilustre y bella Granadina que se sentaba, hace tres años, en el que entonces era el primer trono de Europa, hoy arrumbado sillón sin empleo.