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Viajes por España

Chapter 17: CAPÍTULO VII
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About This Book

Una colección de crónicas y apuntes de viaje en los que el autor recorre ciudades y paisajes españoles, combina observaciones geográficas y pictóricas con reflexiones históricas y artísticas, y narra episodios concretos como la visita al monasterio de Yuste, estancias en Salamanca y Granada, el trayecto de Madrid a Santander, un primer viaje a Toledo y la experiencia del eclipse de 1860. Alternan descripciones detalladas de monumentos y paisajes con anécdotas personales, consejos prácticos y notas de memoria, ofreciendo un retrato vivo y documentado de costumbres, arquitectura y ambiente local a lo largo de diversas excursiones.

Hemos apuntado que la dama principal de Granada subordina todos sus hábitos á la moda francesa, y ahora nos ocurre hacer una excepción muy trascendental, que va incluída en el siguiente inconcuso

AXIOMA

Todas las Granadinas pelan la pava.

Sí, señor; lo mismo la hija del Marqués ó del Conde, que la del médico ó el abogado y la del artesano ó el campesino, así la doctora en amor de la metrópoli, como la tétrica de la ciudad sedentaria, y la díscola lugareña, todas hablan con el novio por el balcón, por la reja baja, por el tejado, por las rendijas de la puerta, por la tapia del huerto á la luz del sol, á la de la luna, á la de los faroles y á ninguna luz: ¡á la faz de los transeuntes, cuando los padres son gustosos, y de media noche para abajo, entre la una de la madrugada y el amanecer, cuando se opone la familia!

Esta pava clandestina es la pava por excelencia, especialmente en el invierno.—Todo duerme en la ciudad de Boabdil, menos la campana de la Vela y las sonoras fuentes de los patios. El alumbrado público se apagó á las doce. Por la calle sólo pasan otros novios que van ó vuelven. Pegado á una reja que casi linda con el suelo hay un fantasma con capa y hongo. Detrás de la reja se columbra una mujer envuelta en inmenso mantón y cubierta su cabeza y rodeada su cara por aquel pañuelo de la India que ya hemos calificado de toca semimonjil, semihebraica. Marquesa ó cursi, ama ó criada, éste es el uniforme del amor á semejante hora, lo cual sirve luego para echarse el muerto recíprocamente la señorita á la doncella y la doncella á la señorita, en caso de delación.—La capa y el hongo del galán contribuyen al equívoco, pues todas las capas y todos los hongos son iguales á media noche.

¿Y qué más?—¡Nada más que pueda decirse con palabras!..... ¡Cuando Romeo y Julieta confunden pensamientos y suspiros, y se miran y callan, y tornan luego á su incoherente diálogo, y se repiten lo que ya saben, y se lo vuelven á decir, interrumpiendo el raciocinio con el requiebro, y pasando bruscamente de la pena á la alegría, de la queja al entusiasmo, de la confianza á la duda, de la gratitud á los celos, del «¡Cuánto me quieres!» al «¡Ya no me quieres!» y del «Te quiero, pero no quiero», al «¿Me querrás siempre como ahora?»; cuando sus labios balbucean este monótono, eterno poema del amor, mientras que sus almas están asomadas á sus ojos, mirándose tan intensamente como se miran la mar y el cielo, y confundiéndose como se confunden el silencio y la soledad que los aislan, hay que llamarse Shakespeare para ser taquígrafo de semejante escena!

Sólo diré (pues ésta es la ocasión) que ni la simbólica literatura de Oriente ni el alegórico arte germánico emplearon jamás formas tan figuradas, intención tan remota y sentido tan íntimo como el discurso amatorio de una Granadina. Sobre todo, cuando no está subyugada del todo por la ternura, ó cuando los celos le impiden ser expansiva, ó cuando teme que la esté oyendo algún profano, la profundidad y viveza de su lenguaje rayan en lo sublime.

¿Quién no la ha oído, y quién no la ha admirado en este último caso, cuando habla con el novio desde alto balcón, en el estío, á la hora de la siesta, advertida de que la está oyendo toda la vecindad detrás de las cortinas de cien salas bajas?—¡Qué disimulo en las frases! ¡Qué insistencia en unos mismos símiles hasta apurar el concepto! ¡Qué dos conversaciones en una sola, la una aparente y pública, la otra de imaginación á imaginación! ¡Cuán lógica y chispeante la primera, en medio de su fatuidad! ¡Cuán grave y apasionada la segunda! ¡Cómo brilla el ingenio en lo que dice! ¡Cómo relampaguea la pasión en lo que quiere decir! ¡Y qué energía de pensamiento, qué riqueza de fantasía para prolongar indefinidamente un exacto paralelismo entre la imagen y la idea, entre el apólogo y la realidad, entre la fábula y la historia!

Pero no hay que confundir esta pava, pelada á gritos, con la que hemos dejado pelando á las altas horas de la noche, libres, juntos y solos, al Romeo y á la Julieta de la reja baja.—Aquí desaparece el discreteo; aquí se disputa, como en la balaustrada de Verona, sobre si es la alondra ó el ruiseñor el que canta; aquí el éxtasis habla por los dos amantes, mientras que el implacable reloj les va notificando cada hora que transcurre: ¡horas mermadas por la eternidad á su juventud y á su dicha; horas que pueden ser las últimas de sus plácidos coloquios, si la oposición paterna prevalece y la niña se casa con el rico, á pesar de tutear al estudiante; horas descontadas á la esperanza, deudora inmortal del corazón humano, al cual nunca le paga lo que le debe, pero que en cambio es siempre confiada prestamista de los más locos deseos!

Y pues que hemos salido del templo de Cupido por esta imprevista puerta de escape del interés, aprovechemos la coyuntura para manifestar que la provincia de Granada es la tierra de los casamientos desiguales, ó sea de los enlaces amorosos entre pobres y ricas, y ricos y pobretonas.—De aquí tantas pavas clandestinas.—¡Los padres braman durante el depósito judicial y la luna de miel; pero los nietos arreglan luego el asunto!

*
* *

La señorita de familia poco acomodada de la clase media propende á copiar, y copia divinamente, todo lo que hacen la rica y aristócrata, pues ya he dicho que la distinción y el señorío sirven de común denominador á aquellas exquisitas criaturas, cualquiera que sea su condición social.—Lo que por fuerza acontece es que la joven de pocos recursos traduce el terciopelo al merino, la blonda al tul, el raso al tafetán, el gro al organdí y la batista á la indiana. Del propio modo, si va poco al teatro, va mucho al Liceo; si no pasea en coche, se sienta en las sillas de la Carrera los domingos, y si nunca estuvo en la ópera, oye tocar con frecuencia á las bandas militares las sublimidades cursis de La Traviata.—Porque esta señorita de que ahora hablamos, es aficionadísima á la música, y si llegan sus padres á poder estirar algo la pierna, tiene piano y maestro de canto..... Es además muy lectora ¡mucho! y de admirable criterio moral y artístico..... Todo lo bello, todo lo elevado encuentra eco en su corazón, así como todo lo patético abundantes lágrimas en sus ojos.

A propósito y entre paréntesis: Aunque la Granadina se guarda mucho de ser liberal, por humilde cuna que haya tenido; aunque es monárquica y religiosa hasta los tuétanos (¿cómo olvidar á los Reyes Católicos?), y apegada, por lo tanto, al antiguo régimen, hace causa común con una revolucionaria, con una conspiradora, que murió en el cadalso por haber bordado cierta bandera constitucional.—Comprenderéis que me refiero á la insigne heroína doña Mariana Pineda..... ¡En tratándose de la Mariana, las Granadinas no tienen opiniones! Todas la admiran, la compadecen, la lloran y le rinden verdadero culto. ¡Para ellas, aquel trágico suceso es lo único que ha ocurrido en Granada desde la expulsión de los moriscos!..... De lo demás no tienen noticia.....—Ni ¿qué es lo demás?

Las mencionadas damiselas entre merced y señoría son acaso las que más disfrutan de los encantos naturales y artísticos de la moribunda gran ciudad. ¡Por lo mismo que las pobres significan menos en lo presente, se aferran con más ahinco á lo pasado! Ellas son, pues, las abonadas á los almuerzos y comidas en las fondas de La Alhambra, donde, dicho sea de paso, se celebra todo lo fausto que acontece en la población: la boda, el casamiento, el bautizo, el grado de licencia, el ascenso, la transacción, el regreso, el desafío frustrado..... (Pudiérase decir que La Alhambra es una venerable abuela á quien se notifican todos los contentos y prosperidades de su raza, para alegrar su vejez.) Ellas suben á la Torre de la Vela á contemplar (una vez al ano, el 2 de Enero, aniversario de la Toma) los cuatro portentosos panoramas cardinales de Granada y sus alrededores. Ellas van en peregrinación al Laurel de la Zubia, de merienda á los cármenes y avellaneras del Sacro Monte, y de campo formal, en tartana, al Fargue, á Huétor del Genil ó á la Fuente Grande de Alfacar, verdadera maravilla de la naturaleza. Ellas conocen la antigua corte musulmana y sus deleitables contornos, piedra por piedra, mata por mata, tradición por tradición..... ¡Y ellas, poseídas íntimamente de aquella nostalgia historial que más atrás analizamos, saben estar en cada punto, hablar y callar á tiempo, comentar la situación con el suspiro y la mirada, y parecen á todas horas, ya á la luz del crepúsculo, ya á la claridad de la luna, ya al tenue relucir de las estrellas, los genios de las ruinas, las dríadas de los bosques, las náyades de los ríos, las ninfas de los arroyos y las fuentes!

¡Qué bonitas!

*
* *

La mujer del pueblo es más varia. Tenemos las artesanas y del pequeño comercio; tenemos las labradoras que viven en el Albaicín, en las Huertas, en el barrio de San Lázaro y en todos los arrabales; y tenemos la inmensa falange de criadas de aquella población donde apenas hay criados masculinos.

Todo este personal se reparte en sus días de asueto de la siguiente manera: las de educación más sana y tradicional, se esparcen por las caserías (casas de campo), por los amenos callejones de Gracia, ó por los cármenes en que tienen amigas, y allí bailan, juegan, cantan y hablan con los novios.—Estos bailes y estos cantos son estrictamente nacionales y casi se reducen al fandango. De donde ¡alguna puñalada por la noche....., y pare usted de contar!

Las sucursales de los bufos madrileños, sucursales á su vez de los bufos parisienses, han desnaturalizado un poco las costumbres del pueblo bajo granadino. Es, por tanto, algo frecuente ver grupos de criadas que acuden á los Campos Elíseos (¡también existe allí este mitológico cielo!) á bailar unas polkas íntimas de todos los demonios y unos estúpidos cancanes, que de tales sólo tienen la indecencia.....

Apartemos los ojos de aquella desabrida traducción de ajenas ignominias, y sigamos á las honestas menestralas, hortelanas y sirvientas de buena ley, en sus inocentes y animados paseos por los campos, viéndolas rumiar la fruta del tiempo ó los frutos secos que les regalan sus galanes, mientras que ellos no perdonan puesto ni ventorrillo (menudean en todas partes) sin refrendar el pasaporte.....

¡Complazcámonos, sí, en el manso júbilo y modesta felicidad con que estas desheredadas de la fortuna descansan de una semana de reclusión y de trabajo, y bendigamos las expansiones de su contentadizo corazón, cuando, al caer la tarde, vuelven á sus casas y á sus quehaceres, cogidas de la mano en anchas hileras, cantando en coro sus empresas amorosas, ó sea sus clemencias y sus desdenes, como bandadas de pájaros que tornan á sus nidos!.....

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* *

Hemos salido de la capital.—Relativamente á las aldeas, pocas cosas de bulto hay que decir, y para entrar en detalles y poner de relieve los accidentes novelescos de existencias tan rutinarias y monótonas, habría que emplear el microscopio y que escribir un libro entero de fatigoso análisis. Contentémonos, pues, con algunos ligeros rasgos exteriores.

La mujer acomodada de una aldea, la rústica que paga jornales, la alcaldesa de monterilla, no se conmueve ni esparce nunca. Dentro de su casa es una afanada hormiga: en la calle, ó cuando recibe la visita de un forastero, no habla sino lo más preciso, no sonríe ni por casualidad, desea perderos de vista, demuestra una misantropía horrorosa. La conciencia de su ignorancia y el más estólido orgullo se combinan monstruosamente para dar este resultado. ¡Depender de semejante mujer como sirviente, ó necesitarla por cualquier concepto, basta y sobra para formarse cabal idea de cómo serían los más terribles señores de horca y cuchillo!

La niña de esta casa no habla jamás. Siquiera, la madre tiene que rabiar, que tronar, que rugir de puertas adentro..... ¡La hija lleva la modosidad hasta perder la palabra y el movimiento!—No anda, se traslada; y no gesticula, no mira, no tose, no ríe, no vuelve la cabeza, aunque detrás de ella tiren cañonazos.—¡Por nada del mundo comería delante de gente!..... Esto último, sobre todo, le parece consecuencia precisa de su buena crianza y de su recato inexpugnable.

¡Y las hay realísimas mozas, y que se componen que da gusto!.....—Pero es ver una imagen vestida. Diríase que existe un armazón de madera, en lugar de un rollo de carne y huesos, debajo de aquella docena de sayas y de aquellos pañuelos estiradísimos.....; pañuelos de Lucifer, sujetos al jubón con mil alfileres, á fin de garantir la honestidad contra los cuatro elementos, contra los cinco sentidos y hasta contra un terremoto.

En los cortijos no se pela la pava por la ventana. El novio entra en la cocina, donde están constantemente, en verano como en invierno, todos los de la familia y todos los allegados. Allí se arriman á la cantarera los dos amantes, y medio sentados en los cántaros, medio de pie, se dan dos ó tres empujones, se sueltan tres ó cuatro insultos, se ponen muy contentos y colorados..... ¡y á vivir!—Lo infinito queda apelmazado dentro de sus almas, y no se desarrolla nunca..... Pero toda la palmera está en el dátil y toda la encina en la bellota: así es que cuando, en un rato de baile, se dicen un requiebro ó se endilgan una copla, el madrigal tiene la fuerza de una bala.—Y de aquí la densidad de sentimientos de los cantares pastoriles.

(Lo mismo proceden aquellas gentes con los santos de su devoción. El patrono del pueblo es saludado siempre á escopetazos y con espantosos apóstrofes, que pasarían por sacrilegios y blasfemias si no fuesen la concentrada y enérgica expresión de su piedad y de su gratitud, estallidos de unas lágrimas cristalizadas, pedazos que saltan de la mismísima cantera de la fe, como salta la esquirla cuando se rompe el hueso.)

La mencionada niña de vergüenza no responde á derechas á ninguna pregunta, como no sea de sus padres..... ¡La desconfianza, ley esencial de su vida, le impide soltar prendas, aunque se trate de saber si es de día ó de noche!—En cuanto á su pudor, no hay palabras para encarecerlo: raya en absoluto; se espanta como la liebre, ó se defiende á bofetadas y á coces.....—¡Qué Lucrecia, ni qué ocho cuartos! ¡Más fácil le fuera á Lovelace ó á Tenorio sujetar el azogue entre sus dedos que cautivar el albedrío ó la cintura de una de estas vírgenes refajonas!

Cuando la campesina se casa, puede decirse que se muere, como muere la flor al cuajar el fruto. Desde aquel día deja de ser joven, de mirarse al espejo ó á la fuente, de componerse, de cuidarse.....—Dos años después es efectivamente vieja.

En lo demás, la Granadina del campo, y singularmente las ricas, son lo mismo que las labradoras de la capital, si bien menos joviales y hasta un poco atrabiliarias. Y no es todo rusticidad, sino que la melancolía general de la provincia raya en ictericia á medida que se aleja uno de la poética Granada. Escasean, pues, las expansiones colectivas, y todavía no tanto en los pueblecillos como en aquellas tristes ciudades subalternas, que tienen algo de Pisa la Morta.....—Por cierto que, cuando en éstas hay motines, son siempre incumbencia de las mujeres de la clase ínfima, nunca de los hombres. Los hombres, lúgubres y callados, constituyen á lo sumo la reserva.

Y ahora que hablamos de semejantes ciudades, bueno será que, para concluir, busquemos en su seno cierto interesantísimo tipo que desde el exordio os tengo anunciado.—Aludo á la emparedada, último ejemplar de esta galería.

CAPÍTULO VI

LA EMPAREDADA

Estamos en cualquiera de aquellas ciudades ó grandes villas dependientes de Granada que tanto figuran en la historia de su antiguo reino; que conservan bastantes casas solariegas; que son cabezas de partido judicial; que pagan á hacendados forasteros la mitad del trigo que producen; que están llenas de mozalbetes ociosos y aburridos; que agonizan devoradas por las gabelas; que se comunican rara vez con la capital, y cuyo vecindario escogido se reduce á algunos (pocos) ricos terratenientes (gracias á la desamortización), á los administradores de ausentes títulos, á este ó aquel arrendatario desahogado, á media docena de prestamistas, á los correspondientes curiales, á varios médicos, abogados y boticarios, á cierto número de comerciantes procedentes de Cataluña ó de Santander, á todo el clero preciso, á varios militares en situación pasiva, al jefe de la Guardia civil, al de Carabineros, si la escena es en la costa, á tal ó cual mayorazgo sin vínculo, y á tres ó cuatro empleados del Gobierno.

Todos ellos representan por igual la aristocracia del vecindario.—La clase media se compone de los artesanos, de los rústicos que viven con cierta holgura, y de todos los que, pagando alguna contribución directa, jamás usaron sombrero de copa.—Constituyen, en fin, la clase baja los jornaleros, los verdaderamente campesinos y todos los indigentes, esto es, lo que en más latas esferas se llama hoy el cuarto estado.—Allí sólo se cuentan tres estados, por no existir el primero ó superior.

La mujer sobresaliente que encontramos dentro de estas aletargadas ciudades; la que resume, á nuestro juicio, el espíritu de sus costumbres y el carácter de su poesía; la que no se parece á ninguna de la capital ni de los campos, es cualquiera de las dos ó tres más distinguidas señoritas de la mencionada relativa aristocracia; la hija de tal ó cual usurero ó espetadísimo señor, montado á la antigua española; la Eugenia Grandet, en fin, de aquellas poblaciones medio agarenas, medio milenarias, tan diferentes de las que riega el Loira.

Y ésta va á ser ahora nuestra gentil protagonista.

Para mejor estudiarla, imaginémonos á un joven enamorado de ella, y llamémosle Fidel.

La deidad, que es una mozárabe de ojos azules, ó una mudéjar de ojos negros, triste y descolorida en ambos casos como planta sin sol, elegante por naturaleza y por casualidad, y á quien llamaremos Amparo, habita un caserón antiguo, que da nombre á una calle ó plazoletilla poco pasajera, donde la hierba campa por su respeto. Este caserón tiene un inmenso portal, un enorme escudo de armas sobre la puerta, grandes balcones con guardapolvos, rejas bajas que no se abren nunca, algunos ventanuchos á un callejón, y su correspondiente puerta falsa.

Fidel pasa todos los días un par de veces (y no más, á fin de no avispar á la familia) por la calle ó plazuela herbosa (siempre con el notorio motivo de ir á alguna otra parte), y ve la cabeza de la emparedada durante dos segundos, detrás de un determinado cristal de un determinado balcón. Es todo lo que ha podido penetrar (desde hace tres años que principió esta novela) en la vida interior de la joven; todo lo que sabe de su casa, de sus hábitos, de su carácter, de sus gustos, de sus muebles y de cuanto hace, dice y piensa en el resto del día. Vive, pues, el pobre enamorado cavilando en los misterios que guardan aquellas paredes, y envidiando á la criada de Amparo, sólo porque oye hablar, porque ve comer, porque ve dormir, porque conoce al dedillo, en suma, á la esfinge de su existencia.

La esfinge sospecha que Fidel la ama, y á ella no le disgusta Fidel, el cual, tan apasionado se halla, que ni siquiera admite la posibilidad de su dicha. Fidel no le ha hablado nunca; pero la saluda con los ojos cuando la ve sola detrás del cristal, y ella le contesta del mismo modo..... (Él cree que por pura cortesía.)

Ella sabe bien cómo se llaman él y toda su parentela: los padres de ambos son íntimos amigos, y hasta creemos que se hablan de tú.—Él sabe de ella lo mismo (lo que sabe el padrón), y hasta podríamos jurar que conversa en la plaza con su padre y que tutea á sus hermanos. Sin embargo, ella es para él un ser diferente de todos los nacidos. Ella es fantástica, inmortal, divina, superior á su padre y á su madre.—A éstos les tiembla, es verdad; pero los desprecia soberanamente. ¡Y sus hermanitos son unos bárbaros, pues que la tratan como á una igual! ¡Él los envidia, les adula y los detesta!

Pero vamos al asunto.—«¿Cómo hablarle?»—se pregunta continuamente Fidel.

En casas como la de Amparo no se concibe la visita de un mozuelo. (Los árabes dejaron establecida jurisprudencia.) Allí sólo entra alguna señora de cumplido, á las doce del día, los domingos y fiestas de guardar. Los caballeros, en la calle, se tratan con llaneza, ¡con demasiada llaneza! Pero á las señoras se las trata, y ellas se tratan entre sí, con cancilleresca ceremonia.

Escribirle..... fuera jugar el todo..... por la nada, y además una impertinencia de marca mayor.

La criada..... sería contraproducentem.

—«¡Presentado!.....»—dirá algún madrileño.

¿Qué es presentar donde todos se conocen?—¡El padre de Amparo le tutea á Fidel, sin necesidad de presentaciones!—¡Ya se guardará el rapaz de meterse en semejantes dibujos!

Por otra parte, ella no sale nunca sino á misa de diez, y eso..... con su mamá, que es mucho más austera que su papá.—Pero, en fin, va á misa.....

—«¡Oh sublimidad del Catolicismo! (piensa Fidel). ¡Merced á sus leyes, puedo verla media hora seguida todos los días de precepto!—¿Por qué los habrán reducido últimamente?»

Sí; la ve durante treinta minutos; pero ¿cómo la ve? A media luz, con un espeso velo echado sobre el rostro, de perfil, de rodillas, con los ojos clavados en el libro.....

¡Pícaro velo! ¡Pobres rodillas de su alma!

A la salida y á la entrada, cruza Amparo delante de él, sin mirarlo, sin mirar á nadie, mirando al suelo.

¡Yo respondo de que sabe que su adorado está allí, y de que, á hurtadillas, lo ha medido de pies á cabeza!

Él se figura que no.....

¡Como que está enamorado!

Un día de procesión la ha tenido Fidel enfrente de sus ojos, durante tres horas, en el balcón de unas amigas, emancipada, sin velo en cuerpo gentil, vestida de claro, movible contenta, sonriente.....—¡Qué transfiguración! ¡Qué liberalidad! ¡Qué tesoros! ¡Qué delicia!

Una vez, en la feria, se encontraron en una platería improvisada, y la oyó hablar de diamantes, perlas y rubíes.....—¡Qué voz! ¡Cuán diferente de todas las humanas!—Ni ¿de qué otra cosa podría hablar más que de joyas aquella inmortal princesa?

(En esto tenía razón.)

Finalmente: una noche volvía la joven de casa de una parienta enferma, con uno de sus insolentes hermanos.

Fidel los siguió en silencio muchas calles, embozado hasta los ojos.

¡Y con qué emoción!—Amparo, en las tinieblas, le parecía suya.....—La luz determina las distancias. Las sombras confunden los objetos.....—La vista entonces tiene algo de tacto.

De resultas de esta emoción, Fidel pasó muchas noches entregado al placer de estar á obscuras.

Su adorada, entretanto, borda ó lee, reza el rosario con sus padres, hace flores, hace dulces, hace novenas.....; pero todo maquinalmente.—Ciertas noches, de tiempo inmemorial, van á su casa unas solteronas á acompañar á su madre, que no lee otro periódico que el que ellas constituyen por sí propias. Amparo, fingiéndose distraída, no pierde coma, á ver si oye decir algo que tenga relación con el hijo de D. Eusebio (que es Fidel). Óigalo ó no lo oiga, resulta que de la conversación de aquellas mujeres; del tumulto de cosas humanas que percibe en las novedades que ellas cuentan; de las ideas de pasión, de combate, de felicidad, de leyes naturales y de leyes escritas que estas novedades siembran en su alma; de lo que le mandan y vedan las obras místicas que lee; de lo que dicen con su mudo lenguaje las flores; los pájaros, los céfiros, el sol, la luna y hasta las tímidas estrellas, va formándose en el corazón de Amparo un mundo armónico y fulgente, lleno del sentimiento universal, lanzado en órbitas mucho más amplias, libres y luminosas, que el mundo de las cuatro paredes de su encierro, y henchido de un concento misterioso, que canta incesantemente esta oda de una sola frase: «¡Fidel mío!»

Y así pasan años como eternidades, y así se forman almas y caracteres que son verdaderos abismos de disimulo, verdaderos infiernos de pasión reconcentrada, ó verdaderos eriales de ilusiones desvanecidas.

Pues imaginad ahora que llega un momento en que el demonio, las solteronas, una prima fea ó un sobrinillo amable, llevan medio recado, y se concierta una cita, y se abre á media noche cualquiera de los ventanuchos del callejón, ó se utiliza como locutorio el ojo de la llave de la puerta falsa.....

¡Poema seguro por lo pronto! ¡Edgardo y Lucía en escena!—¡Qué dúo, qué idilio, qué eternos esponsales de dos vidas!

Luego viene el drama....., y termina en tragedia ó en comedia: esto es, en el Cementerio para alguien, ó en la Vicaría para los dos enamorados.

Supongamos esto último: se casan.—¡Adiós, mundo! ¡Adiós, calle! ¡Adiós, balcón! ¡Adiós, todo!—Amparo ha desaparecido.

Sin embargo, esta casada de la ciudad no se marchita físicamente como la de la aldea.....

«¡Ojalá! (dirá aquí la musa romántica). ¡Cuántas terribles pasiones á lo Werther habría menos en el mundo!»

La casada de la ciudad sigue siendo joven y hermosa; pero las rejas del claustro doméstico se cerraron detrás de ella cuando regresó del templo.—Amparo ha tomado el velo de desposada: ha dejado moralmente de estar viva: es profesa del hogar. Ya no se la verá nunca, como no sea algún Jueves Santo..... Las cortinillas de sus balcones no se alzarán en lo sucesivo. Irá á misa, es cierto; pero al amanecer, hora en que los héroes de Goethe no se han levantado todavía.....—¡Y nada más, nada más!

Pues supongamos que Amparo no se ha casado con Fidel....., sino con otro, á gusto exclusivo de los padres tiranos.....—La musa romántica se apodera entonces por completo de la acción. Ya no se trata de Werther y Carlota: ya se trata de Francesca y de Paolo. Pero de una Francesca á quien Paolo no ve sino en sueños; de un poema de dos amores sin esperanza; el amor de él y el amor de ella, separados siempre y siempre paralelos, como dos ríos que cruzan á todo lo largo un mismo valle de lágrimas, sin mezclar nunca sus corrientes.

No: Fidel no buscará á la emparedada; ni, si la buscara, la encontraría; ni, si la encontrase por acaso, la Francesca del reino de Granada sería tan melodramática como la de Rimini. El recato de Amparo llega hasta el martirio. ¡Ha aceptado el cáliz de amargura, y no hay miedo de que aparte de él sus ojos ni sus labios! Fidel no lo ignora: Amparo está enterrada en vida.

Réstame añadir que esta reclusión absoluta de las Amparos no es una imposición de sus maridos. Es un retraimiento espontáneo de ellas mismas, resultancia compleja de temores, tedios, desdenes, fierezas y misticismos, propios de aquella melancólica y mordaz sociedad, y acaso también reminiscencia inconsciente de las costumbres mahometanas.

Y vean ustedes cómo, por medio de ficciones novelescas y de caprichosos artificios, hemos venido insensiblemente á saber cuál es, sobre poco más ó menos, la existencia de todas las señoras y señoritas de una de esas ciudades..... La casa, la familia, la iglesia, y alguna vez el campo: he aquí su universo.

Por ferias ó por pascuas suele ir una compañía de cómicos de la legua, ó de titiriteros á pie ó á caballo. Entonces oye uno tutearse en las lunetas, sin previo aviso, á dos personas de distinto sexo que no se han hablado desde que se arañaban, al salir él de la escuela y ella de la amiga; esto es, cuando tenían siete años.—Nadie diría que llevan veinte ó veinticinco de adorarse y de desearse en silencio.

Alguna vez, de resultas de cosas que pasan en el mundo (el mundo son las luchas políticas de Madrid), entra tropa en aquel pueblo; y, si se detiene dos ó tres días y lleva banda de música, todos los amadores se conciertan, abren una suscripción, van en legacía á convidar á las muchachas por conducto de sus madres, y á las madres con pretexto de las muchachas, y dan un baile de etiqueta en el Hôtel de Ville, al cual asisten todas ó casi todas las emparedadas solteras y no solteras.—Esta noche se señala con piedra blanca en la historia de muchos corazones..... ¡Lustros pasan luego haciéndose mención ó memoria del baile, principio ó fin de muchas novelas íntimas!

De lo que en semejantes poblaciones significa una forastera; del efecto que produce en la imaginación de los galanes; del perjuicio que por de pronto ocasiona á las damas indígenas; de las venganzas que éstas toman cuando aquélla pierde el prestigio de la novedad y de la extrañeza ó se marcha bendita de Dios (que es la frase sacramental), puede formarse juicio fácilmente, considerando el fastidio que la monotomía engendra en una juventud ociosa; fastidio que acaba por oxidar y ennegrecer los espíritus más brillantes.—La forastera es un relámpago que les habla de la tempestad de acontecimientos y de poesía que brama en las inmensidades del siglo; y ellos, los Napoleones encerrados en una Santa Elena previa, ven á su luz fosfórica surgir en el desierto océano de su vida todas las Atlántidas del deseo.—Considerad, pues, cuánto padecerá la emparedada, cualquiera que haya sido su destino (háyase casado á su gusto ó al de sus padres, ó esté moza todavía), al saber, por las dos susodichas solteronas, ó por la superviviente, si una murió, que Fidel le pone los ojos tiernos á la forastera;—cosa que hacen casi todos los Fideles, sin perjuicio de su perdurable amor á las Amparos.

Yo corto aquí esta novela-proteo, que sería infinita; como son infinitos todos los sentimientos que se fermentan en almas solitarias, ora entre las cuatro paredes de una celda, ora dentro de los ruinosos muros de estas ciudades que pudiéramos denominar cementerios de vivos.

Por lo demás, en esos cementerios, donde la dulce tradición y la mansa rutina, hijas de la incomunicación material y de la apatía moral, hacen de cada cuerpo ambulante un féretro semoviente en que va amortajado un espíritu; allí, donde la mayor parte de las personas de suposición viven todavía, respecto de la moderna mancomunidad social europea, en un apartamiento más esquivo que el que ya han abandonado los mismos japoneses; allí, donde hay horas, días, sitios, alimentos, frases, ropas, tristezas y alegrías de rúbrica, de rigor, de cajón, de ene y de tablilla.....; allí (creedme) es donde deben estudiarse las costumbres particulares de cada región de la Península, para compararlas entre sí, y donde encontraremos que la mujer ocupa aún, en todas las tierras que son ó que fueron España, el trono de flores á que la elevaron sucesivamente el Cristianismo, redimiéndola; el galante islamismo ibérico, deificándola....., y los hijos de Andalucía, sobre todo, combatiendo en primera línea la ley Sálica, á fuer de pertinaces mujeriegos.

*
* *

Pero (ocasión es ya de decirlo, y de decirlo muy seriamente para concluir) el imperio que las españolas ejercen sobre los hombres desde ese trono amasado con requiebros, serenatas, puñaladas y suspiros, tiene más de aparato pontifical que de íntimos y sustanciales atributos; y bueno sería que los españoles procurásemos que nuestras hembras, tan superiores á todas las del mapa por su dignidad moral, por la intensidad de sus sentimientos, por la autenticidad de sus pasiones y por la viveza y la gracia de su imaginación, no se dejasen aventajar, como se ven aventajadas hoy, por las inglesas, las alemanas, y hasta las francesas, en ciertas condiciones accidentales ó adventicias, referentes á la exterioridad de su espíritu á su manera objetiva de vivir y á su influencia civilizadora.

Porque (no lo neguemos) culpa nuestra es, culpa de nosotros, padres, amantes y maridos, todo lo que hay de inculto y opaco, de sordo y de baldío en la superficie social (permitidme esta perífrasis) de casi todas las mujeres españolas. Si más exigiéramos, desde que nacen, de las compañeras de nuestra vida; si más reparásemos luego en la parte inmaterial de su naturaleza; si fuera más desinteresada la idolatría que nos inspiran; si nos respetásemos más á nosotros mismos y las respetásemos más á ellas en nuestros modales y discursos dentro del hogar; si les diéramos una importancia más grave y positiva que la que negligentemente y con intermitencia les damos, porque haya paz, ó por servilismo amatorio, la vida externa de las españolas correspondería á la superioridad sin rival de la vida de su espíritu.

Y todo esto tendremos que hacer los varones en España, si queremos librarnos de la peste de que nuestras hijas ó nuestras nietas den en la gracia de rehabilitarse y perfeccionarse por sí mismas, al tenor de los pavorosos procedimientos empleados ya hoy en varios países por algunos sabihondos marimachos, vulgo marisabidillas, justamente indignadas de que siga siendo cierto aquel dicho de un filósofo: «Las mujeres nos deben la mayor parte de sus defectos: nosotros les debemos la mayor parte de nuestras cualidades.»

CAPÍTULO VII

CONCLUSIÓN Y RESUMEN

He concluído: pero, por si algo se me ha olvidado de lo que ofrece la portada de estas monografías, creo oportuno evacuar ahora mi informe, de una manera oficial, por medio del siguiente estado, ratificación y resumen de todo lo que queda dicho[17]:

LA MUJER GRANADINA, TAL CUAL ES

En el hogar doméstico.
En los campos. En las ciudades. En el templo. En los espectáculos. En el taller. En los salones.
Reina absoluta. Reina absoluta. Reina absoluta. Amiga particular de la Virgen. Llorona. Caret. Reina absoluta.

DESCRIPCIÓN Y PINTURA DE SU

Carácter. Costumbres. Trajes. Usos. Religiosidad. Belleza. Defectos. Preocupaciones. Excelencias.
Según y conforme. Ejemplares. Excesivos. Árabes
ó
parisienses.
Idolátrica. Ideal. ¡Ninguno! Todas. Empiezan
á abundar
en la
provincia.

Enero de 1873.

DE MADRID A SANTANDER

———

I

alí de Madrid, mi querido Pepe, del modo y manera que sabes; empingorotado en el cupé de la Diligencia de Valladolid, con menos que mediana salud, á las seis de una caliente mañana de Agosto, no muy provisto de metales preciosos, en busca de aire y de agua, dos artículos de primera necesidad que escasean en la Corte de las Españas; con los bolsillos llenos de melocotones y naranjas, que tú me diste, y en la amable compañía de mi bastón, mi paraguas y mi saco de noche.

El viaje desde Madrid á Valladolid fué una especie de índice del de la Reina y sus ministros, cuyas pisadas venía siguiendo, á cuatro días de distancia, mi humilde humanidad; lo cual quiere decir que iba hallando á mi paso iluminaciones..... apagadas, arcos de triunfo..... por el suelo, y algún que otro músico desbandado, que tornaba á los patrios lares con su serpentón á la espalda.

La Corte, desandando la Historia de España hasta llegar á su cuna, y yo, dirigiéndome á Valladolid para luego girar hacia estos montes sin historia conocida, hemos atravesado, pues, el país clásico de los Infanzones de Castilla, la tierra que pisaron los Condes, los Reyes y los Caballeros, el lugar de mil batallas portentosas y de treinta Cortes que hoy son pobres y obscuras villas.

Ya, antes, al trepar al Guadarrama, tumba de hielo en que Felipe II se escondió en vida, cerrando el libro de la epopeya española, había yo meditado largamente..... El Guadarrama, ó sea el Monasterio de El Escorial, cuya triste mole descubrí á lo lejos, es una losa fúnebre colocada sobre nuestro pasado de gloria. No parece sino que el gran Misántropo presintió la ruina del imperio de Carlos V, y levantó un padrón mortuorio en conmemoración de la grandeza de España.—En adelante los Carlos de Austria se llamarían Carlos II, los Felipes, Felipe IV, et sic de cæteris.

Pasé por Olmedo, donde hace cuatro siglos se dieron dos batallas, la una en 1445, la otra en 1466.

En la primera resultó D. Álvaro de Luna herido en una pierna..... y Maestre de Santiago. Allí ganaron también D. Juan Pacheco el Marquesado de Villena y D. Íñigo López de Mendoza el de Santillana. ¡Reyes, Grandes y poetas combatieron pecho á pecho y brazo á brazo; triunfó Castilla, y cubrióse (dicen) de gloria el infante D. Enrique, más tarde llamado Enrique IV el Impotente!

En la segunda, el honor de Castilla fué vulnerado por vencidos y vencedores, por los nobles y por el Rey, demostrándose así con el testimonio de la Historia, que cuando los reyes no representan las aspiraciones de sus pueblos, hasta el laurel se convierte en sus manos en fúnebre sauce.

Pero dejemos la Historia, por respetos á la ley de imprenta que nos rige.

De Madrid á Valladolid hay treinta y cuatro leguas y pico, que se andan en veintitrés horas.—Llegué, pues, á las cinco de la mañana á la ciudad de D. Álvaro de Luna.

II

Ya allí el calor era soportable, el aire elástico, la vegetación risueña. Había un río surcado por lanchas y cuajado de bañistas; había espesas arboledas; hermosas Casas de Baños, y un paseo llamado las Moreras (donde estudié, la tarde de un domingo, el mujerío vallisoletano), y había un Campo Grande, paseo nocturno mucho más extenso que el Prado de esa Villa y Corte.

Todos pronostican á Valladolid un porvenir muy lisonjero. El ferrocarril, que llama ya á sus puertas, desarrollará los elementos de riqueza que posee de muy antiguo aquel país, juntamente industrial, ganadero y agrícola. En la actualidad tiene fábricas de papel continuo, de tejidos, de pan, de productos químicos, de harina, de calderería, de cerveza, de curtidos, de botones, de cola, de chocolate, de loza fina, de telas metálicas, de fundición, de cintas, de pasamanería, de platería, de herrería.....—Muchas de estas cosas en pequeña escala; pero con grandes condiciones de vida y prosperidad.

En cuanto á bellezas artísticas, á monumentos históricos, á glorias nacionales, Valladolid es, como si dijéramos, la Sevilla del Norte.

Visité la Catedral, ó, por mejor decir, el fragmento de ella que hay construído; pero, estudiando los planos y proyectos de Juan de Herrera, que guarda el Cabildo, comprendí que si el grande arquitecto no hubiese abandonado esta obra por la del Escorial, España tendría hoy un templo del Renacimiento digno de figurar al lado de San Pedro de Roma. En las proporciones á que ha quedado reducida, todavía la Catedral vallisoletana impone al alma su ruda y solemne magnitud..... Parece un elefante de piedra, una pagoda índica, una montaña ahuecada. Todas las profanaciones que legó á este grandioso edificio el malhadado Churriguera desaparecen y quedan enterradas bajo la noble gentileza de aquella fachada dórica, tan pura y colosal, y de aquellas naves corintias cuyas pilastras equivalen á otros tantos monumentos.

Pero mi carta no tendría fin si hubiese de enumerarte, no digo describirte, todo lo que el artista y el poeta encuentran en esa inmensa necrópole de nuestra historia que se llama Valladolid.—No diré, pues, más que lo principal.

Vi el Convento de San Pablo con su fachada gótica de filigrana, y el contiguo de San Gregorio, más famoso que de mi agrado. Aquel tour de force de reducir á ojivas, doseletes y columnas los caprichosos giros de una vegetación extravagante, parecióme pueril y necio. Reconozco el artificio, la rareza, la originalidad; pero niego el arte, la poesía, la propiedad, la belleza.—Prefiero, pues, la fachada de San Pablo.

Pasé por el Ochavo, lugar del suplicio de D. Álvaro de Luna.—Hace poco tiempo había visto sus cenizas en la Catedral de Toledo, y aun tenía que ver su Palacio convertido en casa de locos, y la Iglesia de Ajusticiados (San Andrés), en que depositaron todavía caliente su ensangrentado cuerpo.

Templos contemporáneos de Peroansúrez, de Doña Urraca y de Alonso el Sabio; esculturas de Pompeyo y Leoni, de Gregorio Hernández, de Jordán, de Juan Juni, de Felipe Gil y de Gaspar Becerra, todo pasó ante mis ojos en rápida confusión..... En el Museo de Pinturas vi tres cuadros atribuídos á Rubens, uno de ellos hermosísimo, que llaman la Virgen de Fuensaldaña, y representa el poético instante de la Asunción de María.—Estos tres cuadros nos fueron robados por los franceses en 1808; pero los españoles los reconquistamos con las armas en la mano en el ataque de Vitoria.

Recuerdo además un Bodegón, de Velázquez; una Santa María Egipciaca, de Rivera; una Cena, de Vinci; una Cabeza de San Francisco y un San Pedro Advíncula, del dicho Rivera; nueve cuadros de la Vida de la Virgen, de Lucas Jordán..... y, en fin, una multitud de lienzos notables, si no de primer orden, de Palomino, Zurbarán, Murillo, Vandik, Rubens, Valentín Díaz, etc.—El que no puedo menos de citar nominatim es una Magdalena de Correggio, digna de figurar entre las primeras obras de este inmortal artista.

Algo más despacio visité el Palacio de Felipe II, ó bien la que era morada principal de los Reyes de España cuando el melancólico hijo de Carlos V tuvo la humorada de hacer á Madrid capital de sus Reinos.—No vale mucho por dentro ni por fuera aquel vasto edificio; pero contiene pormenores preciosos y recuerdos interesantes..... Entre los pormenores, citaré los bustos de medio relieve de Berruguete, que adornan el patio interior, y, entre los recuerdos, el haberse alojado allí Napoleón el Grande cuando vino á nuestra tierra á empequeñecerse.

Con todo lo cual, y haber recorrido salones en que se habían celebrado Cortes y Concilios; casas particulares que fueron palacios de Reyes; Alcázares convertidos en conventos; la casa de Alonso Pérez de Vivero (ahora cárcel pública); el Palenque de mil torneos, antiguo Campo de la Verdad, hoy Campo Grande, donde murió un Carvajal á manos de D. Pedro Benavides, siendo Juez del combate el mismo Fernando IV el Emplazado, salí de Valladolid después de tres días inolvidables, á las tres de la tarde del 9 de Agosto, víspera de San Lorenzo.

III

De Valladolid á Palencia hay nueve leguas..... Corren paralelamente este trayecto la carretera, el canal de Castilla, el ferrocarril de Isabel II, el Telégrafo eléctrico y el río Pisuerga.—Estas cinco vías se acercan unas á otras hasta el punto de hallarse unidas en algunos sitios dentro de cien varas de anchura.

En un lado divisé el castillo de Dueñas, donde se verificó el casamiento de Doña Juana la Loca; en otro el castillo de Tariego, al que se acogió el Rey D. Ramiro después de una derrota; allá Torquemada, cuna de Zorrilla; acá el pueblo de Baños, donde los tomaba el Rey Recesvinto; por una parte, fábricas de harinas, también históricas, como que fueron teatro de los famosos incendios de 1856; por otra, los productivos campos de Castilla la Vieja, que se parecen al carácter de sus habitantes en que, sin galas ni lujo de expresión, dan lo que prometen y es una verdad lo que producen.

Cerca de la confluencia del río Carrión con el Pisuerga hállase un Monasterio de Agustinos, en el que sólo queda con vida una campana. Rodéanlo dos ó tres casas de pobrísima apariencia, y todo ello se llama Ventas de San Isidro de Dueñas.—No lejos de Venta de Baños dicen que hay una Capilla bizantina, del tiempo de Recesvinto.

En estas Ventas se juntarán con el tiempo varios ferrocarriles. Por consiguiente, allí habrá algún día un pueblo que empezará por una fonda, un hospital y una estación, se aumentará con una cárcel y un café, llegará á tener su mercado y su iglesia, aspirará luego á teatro y plaza de toros, y concluirá por reclamar su Alcalde Corregidor.....

Pensando así, iba yo dejando á la izquierda el riquísimo Monte de Palencia, cedido por D.ª Urraca á los pobres de esta Ciudad, quienes ciertos días del año tienen todavía derecho á cortar todo lo que pueden llevarse á cuestas.....—¡Y habrá quien se atreva á desamortizar aquel terreno!.....—¿Cuándo cesará la imprudentísima campaña de la clase media contra la clase pobre?

IV

Desde que se entra en la provincia de Palencia el suelo se quebranta y empieza á rizarse en valles y colinas. Las llanuras castellanas se accidentan, que diría un francés. Todo anuncia la proximidad de las grandes montañas cantábricas.

Cerca de anochecer llegué á la antiquísima ciudad de Palencia, cuya calle Mayor pudiera compararse en longitud—ya que ni por asomo en hermosura—á la calle de Rivoli de París. Toda es de columnas y pilastras, que forman soportales de forma irregular. Pasarán de mil estos informes pilares de piedra que sostienen viejísimas casas cargadas de escudos heráldicos.

Pero ¡ay! por dondequiera que voy, veo caerse á pedazos las más antiguas ciudades..... El prurito de derribar para ensanchar ó reedificar, que se ha apoderado de Madrid, trasciende ya á las más apartadas y sedentarias villas.....—Mucho ganará en ello, no la higiene, sino el ornato público; pero mucho perderán el arte, la historia y la poesía.....—Dígolo, porque, en medio de aquellos nobles caserones de Palencia, están ya levantando algunas jaulas de cinco pisos, para diez familias y al estilo francés, que ponen espanto á los extravagantes como yo, enamorados de lo viejo, tradicional y castizo, y sobre todo de la libertad y la holgura.

—Pero es el caso que los edificios viejos llegarían á hundirse y á aplastar á sus moradores.....—me observará alguno que presuma de lógico.

—¡Pues reedifiquémoslos á la española, sin economizar tanto el terreno! ¡Viva cada cual en una casa y Dios en la de todos!—contesto yo, sin miedo á las excomuniones de esos cursis, que creen que todo lo extranjero es mejor que lo de España.

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En Palencia permanecí dos horas; de modo, que sólo vi la Catedral.—Estaba ya cerrada; pero pude admirar desde luego su gracioso conjunto, que es una especie de fortificación como la de Almería, con dos fachadas del más puro estilo gótico.

Ya me retiraba, muy pesaroso de no haberla visto por dentro, cuando divisé al sacristán, que abría un postigo y penetraba en el templo.

Entré en pos de él, mal de su grado (disgusto que se le pasó bien pronto), y perdíme por las obscuras naves de la espaciosa iglesia, que ya sabrás es uno de los más hermosos templos góticos de España, bien que muy por debajo de las catedrales de Sevilla, Toledo y Burgos.

He dicho que estaba anocheciendo. De las altísimas ojivas caían largos crespones de sombra. Sólo por la parte del trascoro, que mira á Poniente, los calados rosetones dejaban penetrar alguna claridad melancólica.....—¡No sé qué religiosa tristeza inundó mi corazón!

Allá, á lo lejos, distinguí la moribunda luz de una lámpara que ardía detrás del altar mayor.—Era la Capilla de los Curas, donde yace el cuerpo de D.ª Urraca de Castilla, como sobre la tumba yace su estatua.

Dijo el sacristán que, cuando en 1828 Fernando VII y la reina Amalia, su esposa, volvían de las Provincias Vascongadas, desearon ver é hicieron descubrir los restos de la ilustre hija de Alfonso VI de Castilla, y que fué de admirar entonces la extraordinaria longitud del esqueleto.—¡Nada menos que nueve palmos debió de tener de estatura la infortunada esposa del Batallador!

Bajé luego á la célebre Cueva de San Antolín ó San Antonino, patrón de la ciudad, santuario subterráneo que sirve como de mística base al gran templo que hay encima: admiré después, casi á tientas, ó sea á la luz de uno y otro fósforo (pues la Catedral se había quedado á obscuras y al sacristán se le había apagado y perdido la vela dentro de la cripta), la magnífica sillería del Coro, las verjas y los púlpitos; me defendí á duras penas del mismo sacristán, empeñado en que volviéramos á bajar, con un farol, al tal subterráneo, que parece ser su ojo derecho; alegué, como era cierto y positivo, que tenía hambre, que el reloj marchaba implacablemente, y que la Diligencia seguía su camino á las nueve en punto, y logré, por último, salir de la iglesia y tomar el camino de la fonda, casi receloso de que mi cicerone de medias negras se habría alegrado de que me quedase por toda la vida haciendo penitencia en la Cueva de San Antolín.....

Andando por las ya iluminadas calles, hice la observación de que en Palencia son las mujeres mucho más guapas que en otros pueblos de Castilla.

V

Nada puedo decirte de las diez y ocho ó veinte leguas que hay desde Palencia á Alar—las pasé durmiendo.

¿Qué son hoy, pues, para mí aquellas tierras que cruzó mi cuerpo, en tanto que mi alma viajaba por otra parte, quizás por la Alcarria, quizás por Andalucía? ¡Lo que la vida es para una vieja; lo que nuestras luchas políticas ó controversias filosóficas son, verbigracia, para los pastores de la Sierra de Gredos; lo que debió de ser, por ejemplo, para mis amigas las monjas de Ocaña la muerte de lord Byron!.....—¡Maldita la cosa!

Diez horas estuve detenido en Alar del Rey, almacén de trigo y harinas destinados al tráfico por el Canal de Castilla y Estación de un ferrocarril que irá á Santander con el tiempo, pero que ahora sólo llega á Reinosa.....

A las cuatro de la tarde salió al fin un tren para este punto.....—El tren se componía de tres ó cuatro coches, ocupados por diez ó doce personas.....

Parecía aquello una sombra de ferrocarril..... Pero yo me alegré en el alma de hacer aquellas nueve leguas tan solitaria y cómodamente, corriendo de una ventanilla á otra para admirar soberbios paisajes montañosos, en que se veían confundidos árboles, rocas, malezas, viaductos, prados, cabañas, túneles, desmontes, bosques, arroyos, puentes..... ¡Todos los encantos de la naturaleza y de la civilización!

Al cabo de dos horas estaba en Reinosa, á las orillas del incipiente Ebro, cerca de los nevados puertos que dan paso á la provincia de Santander.....—Y allí tomé la Diligencia para la aldea en que escribo estas líneas; aldea que tiene la dicha de no estar en el mapa, pero que no va á librarse por eso de figurar en letras de molde.

VI

Estoy en el valle de Buelna, á orillas del Besaya, en la jurisdicción de Los Corrales, en el corazón de las montañas de Santander.

Imagínate cien casas desparramadas sin concierto á lo largo del valle; es decir, imagínate entre casa y casa todo un prado, y á las veces dos ó tres huertas con árboles frutales.—He allí la Iglesia, sola en extenso campo, como un monasterio, y rodeada de castaños, nogales é higueras.—Las Casas Consistoriales se levantan en remoto paraje pintoresco, donde ya parecía que la aldea había terminado.—Aquella otra casa de campo que se ve á lo lejos es la Botica.—Aquel cortijo, cercado de portales llenos de vacas, acaso será el Estanco.....—Pero no extiendas más la vista, que la casa inmediata pertenece ya á otro pueblo.—¿Qué te parecen estas poblaciones, á ti que estás acostumbrado á las apiñadas villas y aldeas andaluzas ó castellanas? ¿No te parece mucho más propio para gozar de la vida campestre este caserío diseminado, que aquel colmenar de tristes é insalubres casuchas, donde se vive en forzosa vecindad con la grosería, la estupidez y el desaseo?

Pues sigue oyendo la descripción de mi retiro.....—Si quieres cazar, á la puerta de tu casa tienes liebres y perdices; en el monte de la derecha jabalíes y osos..... (á los cuales preparamos una batida); en el monte de la izquierda, corzos y venados, que ya han aparecido sobre mi mesa en varios guisos.—Si optas por la pesca, el río te brinda con anguilas, truchas y hasta exquisitos salmones.—¿Eres herborizador? Trepemos al monte de Caldas, y encontrarás plantas de todos los climas, inclusos el té y el tabaco.—¿Quieres flores? Paséate por el campo, y la pródiga naturaleza te dará mil variedades de rosas y mirtos silvestres, enredaderas, amapolas, lirios, madreselvas, violetas y jazmines.—¿Deseas frutos? Desde el delicado griñón, que no conoces, hasta la sabrosa pavía; desde la avellana hasta la pera de manteca, y variadas manzanas, ciruelas riquísimas, uvas, membrillos, melocotones, nueces y castañas, todo lo hallarás en sazón.—Porque aquí reinan á un mismo tiempo las cuatro estaciones, según que subas ó bajes, ó que camines al Norte ó al Mediodía. En ciertos sitios escarcha todas las noches; en otros hace calor. Arriba, el viento seca y orea la tierra; abajo, la humedecen constantes rocíos.....

Pero la especialidad, la maravilla de este valle es la leche. Que tengas tisis ó tengas asma; que Madrid te haya secado la médula de los huesos, ó debas al estudio ó á la disipación una gran frialdad de estómago....., ¡nada te importe! Bebe leche por la mañana, al mediodía y á la noche, recién ordeñada, como la toma el ternero, ó trasnochada y cubierta de crema, cocida ó cruda, líquida ó en requesones ó en queso..... ¡Mama á todas horas, te digo, y te nutrirás, te refrescarás, sacudirás todas las ruindades madrileñas, y remudarás tu sangre, tu color, tu vida, todo tu ser!

No creas que exagero: ¡este es el paraíso[18]! Aquí no quema el sol; aquí no moja la lluvia..... (Es decir, aunque moja, no da reumas ni calambres.)—Ahora estamos en Agosto, y salgo sin sombrero á las once del día á coger fruta ó á matar gorriones, y ni me da un tabardillo ni me duele siquiera la cabeza.....—Ayer he sufrido á pie quieto un aguacero de una hora, buscando en el río el nido de un salmón, un aguacero de una hora, á la orilla del río, y no me he baldado.....

¡Oh, sí! La benignidad de este clima es prodigiosa. Todos los elementos pierden aquí su rigor y todas las bellezas del mundo ofrecen sus encantos..... ¡Porque nada falte, hasta puedes ver el mar, sólo con subirte al próximo monte de Collados!.....

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Sin embargo, la mujer, sublimada por el cristianismo á esfera muchas veces superior á la del hombre; la mujer, objeto siempre en nuestra patria del culto de los caballeros, de las trovas de los poetas, de los agasajos de los rondadores nocturnos; la mujer, reina de su casa en Andalucía, lujosa, petimetra y holgazana á expensas del sudor del marido, lleva aquí la parte más dura de los trabajos agrícolas. Ella ara, ella siembra, ella coge, ella guía el carro, guarda las vacas y sufre todos los rigores de la intemperie..... Véselas, pues, ajadas, feas, sucias, andrajosas, con el cuévano á la espalda y el niño dentro, encorvadas contra la tierra, sin aliño alguno en su traje ni asomos de tocado, mientras que el hombre se pasea ufano y compuesto, colorado y robusto, ocupado en pescar ó en llevar las reses á las ferias.....

¡Triste condición la de un pueblo que no rinde culto á la hermosura y donde el amor no se levanta sobre el egoísmo del más fuerte!

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El día de San Roque he asistido á las fiestas de Somahoz y regaládome con la música y el baile del país.

La música es una especie de jota menos bulliciosa que las de Aragón y de una melancolía infinita.—El baile se distingue por la seriedad y circunspección con que se mueven las parejas.

No hay más instrumento que un pandero.

La copla corre á cargo de una cantora-bastonera, cuyo pulmón es infatigable.

Pues bien: aun estas horas de expansión y esparcimiento, nótase la frialdad ó desdén con que el hombre del campo mira á su compañera.—Parece como que el baile es un deber en tales días, un rito sagrado, algo que ya se vió en el mundo antiguo. Ni sonrisas, ni rendimiento, ni obsequiosos mimos; nada hay en esta danza que se parezca al fandango ni á la jota. Los hombres tienen los ojos fijos en tierra, y las mujeres en el rostro de su señor.

¡Ah! ¡Pobres pasiegas! ¡Cómo me explico ahora el que sus esposos las envíen á Madrid á desempeñar el papel de vacas de leche, convirtiendo la bendición conyugal y sus frutos en un oficio ó granjería! ¡Y cuánto siento haber tenido que retratarlas, en conciencia, hace pocas noches, de la cruel manera siguiente, en una epístola que dirigí á nuestro amigo Cruzada!.....

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Lánguido el Pas las hortalizas riega
Que cultiva y se come á dos carrillos
La famosa en Madrid hembra pasiega.
Viérasla aquí, entre chotos y novillos,
Arar, sembrar, coger..... ¡siempre á la espalda
El cuévano cargado de chiquillos!.....
Ó, bailando en los campos de esmeralda,
Los domingos y fiestas, la hallarías,
Con las trenzas más largas que la falda,
Recios los huesos, las miradas frías,
Y rebosando del corpiño el pecho,
Rica promesa de robustas crías.
Mas ¡oh cálculo vil!..... Sólo ¡provecho
Buscando en el amor, franco de porte,
Abren á estos gaznápiros el lecho,
Y, sin que el hijo luego les importe,
Anuncian leche fresca en el Diario,
A las bellas madrastras de la corte!
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Pero volvamos al baile del día de San Roque.

Los vascongados que trabajan en el ferrocarril, tocaban la flauta de boj toscamente labrada, haciendo como quien dice rancho aparte, y bailaban á las pasiegas con más donaire y animación. La luna creciente aparecía ya sobre el ocaso á presidir los patéticos instantes del anochecer. Del río y de la selva brotaba el concierto misterioso con que las aguas, las plantas y los animales daban su adiós al día. Sonaban á lo lejos las esquilas de los ganados y el último tiro del fatigado cazador, mientras que en las cumbres de los montes resplandecía la hoguera de los pastores y modulaba el viento lánguidos sollozos que parecían el lejano murmullo de Madrid.....

Pero me dirás:—¿Cuándo llegas á Santander, á la capital de la provincia, al término de tu anunciado viaje?

Llegaré, amigo mío, cuando acabemos el trozo de ferrocarril de Los Corrales á Torrelavega, en que trabajamos sin descanso, por medio de apuestas y de profecías, todos los habitantes de este valle, desde la distinguida familia constructora (inglesa por más señas), hasta mi humilde persona, que ha clavado ya más de una escarpia asentando rails.....—Conque ten otra semana de paciencia.

VII

ESTRENO DE UN FERROCARRIL.—CATÁSTROFE

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Ya estábamos á media legua del fin de nuestro viaje de inauguración: acabábamos de entrar en el Valle de Buelna, de regreso de Santander: sólo nos faltaban cuatro minutos de marcha por la llanura, para estrechar la mano á los que nos aguardaban ansiosos, con las botellas de Champagne á medio abrir, y celebrar la apertura de esta sección de la vía férrea..... Pasábamos sobre el último terraplén—también el último, por haberse concluído aquella misma mañana.

Esta obra tiene por la izquierda (hacia donde caímos) 22 pies de elevación, por la derecha 35, y se alza sobre el río Besaya, formando, como él, una ligera curva.

De pronto, pero no sin que hubiésemos notado ya cierta vacilación en la marcha del tren, como si se balanceasen las traviesas, sentimos una fuerte sacudida de atrás para adelante, seguida de un grito general de horror de las gentes que había en los balcones de los próximos Baños de las Caldas y en las peñas cercanas al ferrocarril.....

A este grito contestó otro más espantoso, que lanzamos los del tren al ver que nos faltaba la tierra, que nuestro vagón se inclinaba al abismo, que las maderas crujían, que la locomotora caía despeñada arrastrándonos detrás, envueltos en los materiales del terraplén.....

Del ténder y de la locomotora, que iban delante de mí llenos de gente, no se veía ya nada, sino humo, polvo, fuego; agua que corría de la caldera; las ruedas vueltas hacia arriba; las peñas saltando al empuje de la máquina, que aun quería andar después de haber encallado en ellas; algún hombre que se levantaba ensangrentado de debajo de aquellas destrozadas moles, dando alaridos; y nuestro vagón, al cual le tocaba volcar en seguida, y al que le faltaba poco para acabar de dar la vuelta ó para saltar en astillas.....

Mil muertes nos amenazaron en aquellos cuatro segundos: delante, la caldera, que podía reventar..... (no sabíamos que un rail la había atravesado de parte á parte); á un lado, las peñas del abismo que nos aguardaban y nuestro propio vagón que se nos venía encima; detrás, los demás coches, que, al pararse, nos golpeaban con la velocidad adquirida; debajo, el camino que se hundía con nosotros.....

Y luego el horror, la pena, el miedo....., la compasión por aquellas diez ó doce personas que iban delante de mí, y que ya no veía, y que suponía muertas debajo del ténder y de la locomotora.....—¡Oh! fueron cuatro segundos....., pero cuatro inmensidades de pensamientos, de recuerdos, de angustias.

Las descripciones leídas de otras desgracias; la muerte imprevista; el mundo que desaparece; la familia; los amigos; el natural arrepentimiento del viaje; las personas que nos esperan; la fiesta frustrada; el instinto que clama por la conservación; el alma que condensa todo su poder, todas sus facultades para el instante supremo, y que, despidiéndose de sí misma, se dice: «aquí era la muerte.....»; todo esto y mil nimiedades que no sé cómo caben en aquella situación extrema, mil ideas frívolas, unidas á otras muy solemnes y graves, la muleta, la mano cortada, lo que será uno sin dientes, la cuestión de la inmortalidad del alma, lo que dirá fulana cuando sepa lo sucedido, cómo llegará la noticia al hogar paterno, y un punto de conformidad cristiana, y una mirada al cielo, y la tranquilidad más estoica, y el miedo más miserable: todo eso y mucho más, resumido en una idea multiforme, súbita, luminosa, intuitiva, llenaron aquellos cuatro segundos, abreviatura y término de la existencia.

Cuando me vi en salvo, he aquí lo que observé y cómo me dí cuenta de todo lo ocurrido en tan poco tiempo.

El terraplén se había hundido hacia la izquierda; la locomotora volcó por allí, encorvando el rail sobre que gravitaba; pero, como marchaba al mismo tiempo que caía, se encontró con el rail siguiente, que atravesó la caldera de parte á parte. Unido esto á que el Ingeniero inglés Alfredo Jee, que hacía de maquinista, tuvo tiempo antes de morir de quitar alguna fuerza á la máquina, dió por resultado que la locomotora encalló en las rocas que hay al pie del terraplén, por su parte menos elevada, y se paró, no sin haber dado dos vueltas enteras en el aire y el ténder una.

Nuestro vagón se balanceaba sobre el abismo..... ¡Un paso más, y cae también! El siguiente estaba descarrilado; el otro sobre los rails, y el coche de primera tan perfectamente colocado sobre la vía, que las Autoridades y personas de edad que lo ocupaban, no se enteraron desde luego de nuestro peligro, sino que creyeron que nos habíamos parado.

Los que iban en la máquina y en el ténder rodaron por la pendiente movediza del terraplén.—¡Ni ellos mismos saben cómo! Los más afortunados quedaron en pie, y huyeron de la mole que se les venía encima. Los hermanos Jee, que iban delante de todos, cayeron mal, ó no tuvieron tiempo de huir, y quedaron debajo de la locomotora, el uno, Alfredo, muerto en el acto, abrasado por toda la lumbre y por el agua hirviente de la máquina, y cogido por una rueda en medio del pecho; y el otro, Morlando, preso entre las piernas de su hermano y una peña, tendido boca abajo, con la cabeza y el pecho fuera de la máquina, pero recibiendo desde la cintura hasta los pies, y especialmente en la pierna derecha, el agua hirviendo de la caldera y el calor del hierro y de los carbones hechos ascuas.—Contusos, ligeramente heridos ó quemados, estaban otros muchos; pero ninguno de gravedad.

Nuestro dolor al ver muerto al eminente ingeniero Alfredo Jee, y en tan grave situación á su hermano; nuestro asombro al encontrarnos vivos; nuestro reconocimiento á Dios que nos había librado; el terror del pueblo que nos cercaba; los penosos cinco cuartos de hora que se tardó en sacar á Morlando Jee de debajo de la máquina, son cosas que no acertaría á describir.....

Míster Morlando Jee vive todavía; pero frío como el granizo y sin esperanza de salvación.

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El desgraciado murió á la noche siguiente.

Los Corrales (Valle de Buelna), 1858.