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Viajes por Europa y América

Chapter 11: #TURIN.#
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About This Book

El autor reúne diarios de viaje y ensayos que relatan desplazamientos por Europa y América, combinando descripciones vívidas de ciudades, paisajes, interiores y colecciones públicas con apuntes sobre costumbres locales y lugares de interés. Medita sobre la naturaleza del viaje, diferenciando el mero movimiento de la observación atenta y reflexiva, y ofrece perspectivas personales forjadas por largas estancias. El texto alterna pasajes descriptivos, comentarios culturales y artísticos, y observaciones prácticas sobre mapas, monumentos y rutas. Pretende presentar sociedades extranjeras al lector nacional, fomentar la comprensión recíproca y proponer el viaje como vía para ampliar el juicio.

En el centro del salon hay dos inmensos globos; á la izquierda, entrando, hay en un estante de libros varios manuscritos de Petrarca, Catulo y otros escritores ilustres.

El salon del senado, magnífico como todos los del Palacio Ducal; hay dos inmensos cuadrantes que en vez de minuteros tienen los signos del zodíaco para señalar las horas: cuadros de los primeros artistas, techo de molduras, puertas de ébano.

El salon de mapas contiene grandes y excelentes grabados que designan todos los viajes y descubrimientos que hizo el famoso veneciano Marco Polo, que fué de los primeros que visitaron la América.

El salon del Consejo de los inquisidores de estado, que se componia de tres miembros, está poblado de lienzos del Verones, soberbios, como todos los que brotaron de su paleta: el pavimento de este salon, como el de todos, es de mosáico el mas precioso de mármoles incrustados.

El salon de embajadores, donde el presidente de la república, el Dux, recibía á los ministros de las cortes extranjeras, tiene puertas de ébano y cedro, traidas de la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, sillería admirable, cuadros.

El salon del Consejo de los Diez con lienzos tallados maravillosamente.

Salon de delaciones, con cuatro puertas y un buzón, por donde sin ser visto se denunciaba á los conspiradores; y ahora que hablo de conspiradores, bueno es añadir que las prisiones, de estado están separadas del Palacio Ducal solo por un canal estrecho, que salva un puente de piedra, por el cual pasaban los presos desde el palacio ducal á la prision.

Este puente que une ámbos edificios se llama puente de los Suspiros, llamado oportunamente así, por los lamentos que naturalmente exhalaban al cruzarle todos los que se veian privados de su libertad.

Los escritores franceses, que tienen el buen talento de equivocar todo, y de juzgar ligeramente, han descrito las prisiones con negros y románticos colores: yo las he visitado, están en el mismo estado que cuando las construyeron: no son alegres como no lo es calabozo alguno, pero nada tienen de lúgubres; el Gran Canal está delante, por el lado las baña otro canal, algunos morian ahogados con solo abrir la puerta de su calabozo, eran rarísimos.

En el salon del gran Concilio, colocándose en el balcon principal, el que está enfrente del Gran Canal, se goza de un punto de vista de que no hay ejemplo; el canal de San Márcos á los piés, en frente los soberbios edificios de la Aduana y la iglesia de la Salud; á la derecha el Palacio del Emperador; jardines, canales, góndolas, el mar, buques, palacios.

Todo el cuadro del balcon por fuera está adornado de estatuas; entre ellas hay una que el sublime Canova hizo á la edad de catorce años.

Todo el exterior del Palacio Ducal presenta el aspecto mas pintoresco, gallardo y artístico posible: sus elegantes arcadas, sus esbeltas columnas, sus millares de ogivas, sus calados maravillosos, sus diferentes estilos entre los que domina el árabe, todo es soberbio, todo es magnífico.

No he visto palacio alguno en Europa mas admirable, bajo todos aspectos, como riqueza, como arte.

La razon se comprende: Venecia ha sido por espacio de catorce siglos una poderosa y pujante república: ella ha hecho las conquistas de San Juan de Acre, de Constantinopla, de parte de la Grecia: Venecia ha sido por mucho tiempo el pirata ilustrado de los mares; sus hombres de estado, sus marinos, sus pintores, sus generales, sus conquistadores, no tenian otra ciudad que engalanar mas que Venecia, y de aquí el que esta ciudad sea una sultana oriental, engalanada como una reina: sus conquistadores la han traido de Grecia caballos de bronce, estatuas, columnas de Constantinopla; ébanos, cedros, ágata, mármoles, columnas; de todas partes han traido atavíos á su ciudad querida, que sentada sobre las aguas, rodeada de lagunas, y pobre en su orígen, pues solo contaba una docena de pescadores, ha ido creciendo y brillando, con los talentos y conquistas de los esforzados hijos que ha engendrado.

Aparte de sus generales y conquistadores ilustres, ella ha dado nacimiento al Ticiano, á Tintoreto, á Canova, á mil y mil celebridades, que la han llenado de cuadros y estatuas, de cuadros y estatuas modelos; solo así se cree ser cierto lo que el viajero ve en Venecia; solo recordando su historia, se explica y comprende su magnífica grandeza.

La basílica de San Márcos, que solo tiene en el mundo un rival, San Pedro de Roma, aunque le supera en algo, es otro de los portentos de Venecia: cuanto mas se ve, mas crece el asombro, cuanto mas se examina mas necesidad hay de acordarse de la historia, para admitir como cierto lo que se ve; tantos son los prodigios que contiene.

En todo el templo no hay un solo átomo de madera comun: oro, mármol, pórfido, ébano, cedro, ágata, plata, estos son los elementos: la iglesia tiene tres naves; todas las tres naves, todas las paredes, todo el pavimento, se compone de cuadros y alegorías estupendas de mosáico de mármol: este prodigioso trabajo, verificado en el siglo XIII, cuando apénas se conocia en el mundo artístico el mosáico, haria honor á nuestros dias.

No dejo correr mi entusiasmo porque deseo que el lector se emocione por sí mismo con la sola descripcion.

¿Qué puede decirse de una iglesia que tiene paredes, techo y pavimento, sembrado de preciosos mosáicos en mármol? ¿Qué puede decirse de los ilustres venecianos que comprendieron y ejecutaron obra tan magna?

El altar mayor, sencillísimo y elegante, se compone de cuatro columnas de pórfido, robadas á Santa Sofía de Constantinopla: las cuatro asombrosas columnas están coronadas de una cúpula de pórfido tambien: todas las puertas del templo son de bronce, incrustadas de estatuas, diríase es el templo de Salomon. El oratorio de la cruz, que segun se entra está á la izquierda, en el centro de la iglesia, fué traido tambien de Constantinopla; la cupulita elegante que le cubre, es de ágata, de pórfido, de oro, no hay mármol, allí seria vulgar, comun; cuatro columnitas esbeltas de pórfido de brillantes colores, un Cristo divino.

Tiene el templo dos órganos, un soberbio coro lleno de portentosos mosáicos, abundancia de estatuaria, canónigos con traje de obispos, millares de columnas de mármoles, y jaspes los mas preciosos.

La basílica cuenta con cinco cúpulas vestidas de mosáicos: la puerta de la sacristía, toda de bronce con el retrato del Ticiano, todas esas maravillas reunidas y otras muchas de que no hago mencion, porque de todo no puedo acordarme y porque mis apuntes, tomados en la misma iglesia, son cortos, forman el interior de San Márcos.

En cuanto al exterior, no tiene nada que no sea tambien prodigioso. Encima de la puerta principal de la iglesia, por la parte de fuera, hay tres enormes caballos de bronce traidos de Aténas: sirvieron en Roma para adornar un arco el dia de la entrada de Neron. Napoleon se los llevó á Paris, despues han sido devueltos y colocados de nuevo donde están. Delante de la iglesia, se levantan tres altísimas astas de cedro donde se izaban las banderas de la república … ahora el pabellón austríaco.

En la piazzetta de San Márcos, tocando con la Plaza y dando el frente al Gran Canal, dos gigantes columnas de granito, traidas de Alejandría, coronadas la una por una estatua de San Teodoro, primer patron de Venecia, la otra por un leon, símbolo de la fuerza: son de una sola pieza, admirables.

La fachada de San Márcos, que da frente al reloj llamado de los leones, porque hay dos de mármol, tiene en la pared, entre millares de mosáicos, un adorno persa, quizá el único en Europa; representa Ceres, en un carro tirado por dos leones.

Todas las fachadas de la basílica, sin contar la principal con sus pórticos elegantes, sus estatuas á centenares, su exquisito gusto, su fisonomía admirable y nueva, su lujo arquitectural, son obras maestras, son museos.

Volviendo al Palacio Ducal donde tantos portentos se esconden, nadie salga de su recinto sin ver el museo de escultura que hay en uno de sus infinitos salones.

El museo de escultura que existe en el Palacio Ducal de fenecía, depósito de tesoros artísticos, se halla en uno de sus bajos salones.

Aparte de la belleza artística del salon, de sus elegantes ornamentos, y de su lindísima techumbre, cuéntanse entre las muchas obras, modelo de escultura que le enriquecen, dos estatuas originales del rey de los escultores, de Fidias mismo.

La pureza de las formas, la suavidad de los contornos, la finura prodigiosa de las líneas, todo revela el cincel griego: Canova, digno rival de Fidias, ha enriquecido tambien este delicioso gabinete de escultura con obras brotadas de su mente: cuéntanse cinco ó seis bustos acabados de este maestro.

La escultura egipcia está tambien allí dignamente representada: Roma y Aténas han dado tambien su contingente. La antigüedad, presente allí bajo el prisma histórico, artístico, reprende en elocuente silencio la esterilidad de tantos siglos como se han hundido en el rio de las generaciones sin llegar á su altura.

El arte moderno, poderosamente inspirado, se afana noblemente por vengar con sus adelantos el atraso de los siglos pasados: allí está Canova, gloria de nuestros dias, allí está Sansovino, moderno tambien, que ha llenado á Venecia de prodigiosas estatuas: allí están Victoria y otros muchos: aconsejo á todos los viajeros que no salgan del Palacio Ducal sin visitar el museo.

El muelle de Venecia es verdaderamente pintoresco: cuando la ciudad tenia vida propia y era una respetada república que contaba con una valiente y poderosa armada, debia fascinar de encanto. A sus orillas están los artísticos lienzos del palacio que llaman del Emperador: la admirable fachada del Palacio Ducal que mira al Gran Canal; el lindo puente de la Paja; las prisiones, unidas, segun he apuntado ya, al Palacio Ducal por medio del Puente de los Suspiros; el Adriático; enfrente, las admirables iglesias de la Salud, la de San Jorge, el bello edificio de la Aduana, el canal de la Judea, rodeado de iglesias y palacios; infinidad de góndolas que á manera de coches de plaza aguardan, arrullándose dulcemente, al que primero se llega: las embarcaciones del comercio extranjero á la embocadura del Adriático: todo, todo es admirable.

¡Plegue á Dios que la dominacion austríaca concluya pronto y para siempre! Plegue á Dios que los italianos sacudan ese espíritu de provincialismo que ha hecho imposible su unidad nacional, matando su independencia! ¡Plegué á Dios que yo vuelva á Venecia, la encantadora, pero sin ver á los austríacos!

Me acuerdo en este instante del nombre del general que mandaba en Venecia cuando estuve; llámase Gorgoski, de nacion polaco, y á propósito me ocurre una reflexion.

El emperador de Austria, que tiene súbditos de tan diferentes paises, lenguas y costumbres, sigue la táctica de mandar á Italia guarnicion de húngaros, á Hungría italianos y tudescos, y así en las demas provincias de su imperio. Oprime con los oprimidos … ¿Porqué no se ponen de acuerdo los húngaros de Italia, y los italianos de Hungría, para dar la libertad y la independencia á sus respectivos paises? ¿porqué sirven de instrumento á la tiranía del mismo que á unos y otros ha sometido y esclavizado? ¿Porqué?… triste es decirlo, pero figúrome no equivocarme si encuentro la respuesta con solo consultar el corazon humano.

Somos propensos á oprimir, amamos la libertad y nos place dominar: ese mismo húngaro, ese mismo italiano que han combatido con denuedo, cada uno en su casa, para sacudir el yugo y conquistar la independencia, se prestan fácilmente á tiranizar en el extranjero, sirven de guardia pretoriana al que con gloria combatieron, y se vejan y esclavizan entre sí, con grande contentamiento del que los impera….

¡Miseria humana! ¡adelante y basta! me olvido de mis viajes y de todo en recordando á los austríacos.

Hay en Venecia muchas y maravillosas iglesias: la de San Nicolas, próxima al Campo de Marte, junto al embarcadero del camino de hierro, es uno de los templos mas antiguos de la ciudad; su color histórico, si se me permite la expresion, hace su fachada interesante. Es pequeña, pero muy linda, es la parroquia de los pescadores, primitivos fundadores de Venecia.

San Sebastian, situada tambien junto al Campo de Marte, tiene un aspecto muy gallardo, corona el edificio una elegante cúpula, y á los lados de esta, se levantan pomposamente dos esbeltas torres. La Salud, templo erigido por los venecianos al terminarse una peste que diezmó la ciudad, se ostenta magnífico enfrente de la Piazzetta de San Márcos, tocando con la Aduana: consta de cinco fachadas elegantes, adornadas cada una con graciosas columnas que coronan los órdenes jónico y corintio confundidos, con muchas y admirables estatuas.

Es increible el número de estas que hay en Venecia: cada iglesia es un museo propiamente dicho, cuadros y estatuas, pero nada vulgar, todo obras del genio, por todas partes están Tintoreto, Verones, el Ticiano, por todas partes se encuentran Canova, Sansovino.

La iglesia de la Salud, cuajada de estatuas, tiene su torre, su cúpula, sus cinco fachadas; el interior, con monumentos y adornos de arte exquisitos.

La iglesia de San Juan y San Pablo, en el Campo del mismo nombre, admirable; estilos gótico y bizantino: á la puerta del templo hay un monumento de mármol dedicado á un general: la iglesia consta de tres naves, la enriquecen estatuas de Canova y Vitoria, cuadros de Pablo Verones, Ticiano y Tintoreto: el pavimento es de mármol; hay diferentes tumbas de duxes; entre ellos está la de Steno, miembro que fué del Consejo de los Diez, y uno de los que condenaron á muerte á Faliero; hay tres estatuas de bronce debidas al cincel de Sansovino, un cuadro de José, el Españoleto. En una capilla magnífica de la misma iglesia, está el portentoso cuadro de la Crucifixion, por Tintoreto: la batalla de Lepanto, por el mismo. En esta capilla está el altar del Rosario, erigido inmediatamente despues de la célebre batalla naval de Lepanto; está rodeado de cuadros y estatuas maravillosas, las paredes que rodean el altar están elegantemente vestidas de bajos relieves admirables, con estatuas de Torreti, maestro que fué de Canova: las tres naves del templo son altísimas.

Tocando con la iglesia se halla el Hospital civil, con fachada de mármol y cedro.

La iglesia de los Jesuitas, del otro lado del Gran Canal, con fachadas ricas de estatuas de mármol que apoyan columnas corintias: el pavimento del interior, mármol; la techumbre de frescos. Entrando, el primer altar de la izquierda, un cuadro inimitable del gran Ticiano; representa el martirio de San Lorenzo, obra maestra, como todo lo que brotó de su inspirada paleta. Las paredes de la iglesia, mosáico; el púlpito, esculpido en mármol griego, de forma gallarda, de ejecucion asombrosa: próximo al altar mayor, á la izquierda, un divino lienzo del Tintoreto representa el Paraíso: el presbiterio tiene un pavimento de mármol incrustado, tan maestramente hecho que es necesario, indispensable, tocarlo con las propias manos para persuadirse de que no es una alfombra. El tabernáculo es de lapiz lazuli; por todos lados hay estatuas de Sansovino; la pila de agua bendita es de mármol de Egipto.

¿No es verdad que parece mentira tanto arte, tanto genio reunido? ¿No son museos, y museos admirables, las iglesias de Venecia? ¿No es ciertamente notable que en una sola iglesia haya todo lo que brevemente he apuntado?

  ¡Ah! nada como Venecia, su impresion me durará siempre, el arte
  está allí en todas partes, ¡y qué arte! ¡qué arte!

  Y aquí solo se leen los apuntes de mi cartera, no todo lo ví,
  hay mucho mas, es admirable.

Recorriendo mis apuntes veo que hay todavía algo que decir de la iglesia de la Salud: en su sacristía, hay cuatro cuadros del Ticiano, gloria del arte; uno de ellos representa San Márcos: hay en la misma iglesia de la Salud una capilla separada dedicada á la Virgen, dos elegantes columnitas, estatuas de mármol; se edificó en 1670 despues de una asoladora epidemia; la peste está allí representada por una vieja, excelente idea. En todo el templo no se ve otra cosa que mármol, jaspes preciosos, Ticianos, Sansovinos; la forma de la iglesia es circular, soberbia cúpula, cuadros de Jordan.

Este desórden es el que á mí me place; despues de haber descrito la iglesia de la Salud en una de las anteriores páginas, he vuelto á ocuparme de ella; la razon es muy sencilla, hojeando la cartera de viajes he encontrado nuevos detalles: los traslado á este libro, precipitadamente escrito. Con este método, el lector sigue el mismo rumbo, el mismísimo itinerario que yo seguí en Venecia: si describo en dos sitios un mismo lugar, prueba de que le visité dos veces.

La iglesia del Redentor, situada del otro lado del canal de Giudecca, de la Judea, es soberbia como todas, y ántes de que se me olvide, séame permitido referir ligeramente una escena que me conmovió al ir á visitar la iglesia.

Era el 18 de junio si no me equivoco: habia procesion en el barrio de los pescadores, San Nicolas. Yo, al llegar en mi góndola al pié de la iglesia del Redentor, pregunté á un hombre que se aproximó, como hacen siempre que las góndolas tocan en la orilla, le pregunté, digo, cuál era la funcion que se celebraba aquel dia. El hombre á quien me dirijí era un venerable anciano, pobremente cubierto con un raido traje.

Al oir mi pregunta dobló la cabeza, y despues de un silencio religioso de algunos minutos, me dijo con acento emocionado: «Antiguamente, en tiempo de la república, cuando yo era un muchacho, se celebraba una gran fiesta: todos los pescadores, ataviados con sus mejores galas, venian en procesion á esta iglesia, habia mucha animacion, mucho contento, mucha alegría: hoy … no hay nada, señor, silencio y tristeza … la patria no existe….»

Mi carácter, que ávido busca estas emociones por todas partes, mi opinion respecto á los austríacos, la ancianidad respetable del veneciano que tenia delante de mí, su acento tierno y sentido, todo me penetró en el alma, todo me conmovió.

Como no hay nada á mis ojos mas sagrado que el amor de Dios, la familia, la patria y la libertad, como ví profundamente triste al hombre anciano que acababa de hablar, como supuse que le seria dolorosa la idea de morir, él, tan anciano, dejando á la patria en poder de los tiranos, quise consolarle, quise consolarme á mi mismo, augurando la próxima emancipacion de la heróica y abatida Venecia, le hablé con calor, con pasion, segun mi costumbre, segun mis creencias: y su entusiasmo, nunca muerto, se despertó, y su fisonomía, plegada por el tiempo y el sufrimiento, se dilató animándose, y me tendió una de sus trémulas manos que yo me apresuré á estrechar, y juntos llamamos á Venecia en apoyo de Venecia, y juntos pedimos á Dios la emancipara, y juntos desahogamos el corazon; yo tan emocionado como él.

  ¡Pobre Venecia! esto me pasó, no he podido ménos de contarlo;
  continuemos nuestro paseo á la iglesia del Redentor.

  Tiene, como todas, bellezas de arte, cuadros y estatuas,
  elegantísima fachada, gusto arquitectónico, formas y estilo.

  A la entrada del Gran Canal, las iglesias de San Simeon y Cármen
  Descalzo: ámbas de mármol, en su mayor parte, sabor monumental,
  primorosos adornos, fisonomía artística.

  El templo de San Eustaquio, próximo al elegantísimo palacio de
  Pésaro, en el Gran Canal, admirable tambien.

Visité por de contado, al dia siguiente de llegar á Venecia, las célebres é históricas casas que habitaron Canova, Ticiano, y el Petrarca. Ví tambien en el Palacio Ducal el cuarto en que estuvo preso el immortal Silvio Pellico.

  La casa que habitó Canova tiene una inscripcion sobre la puerta
  que lo indica; está en una plazuelita que se llama de
  San Márcos.

  La del Ticiano es de pobre aspecto, cuatro ventanas y un
  jardinito: hállase situada en una callejuela sin salida, próximo
  á la calle del Aguardiente.

Venecia tiene 150 canales, que son sus calles; están cruzados por 340 puentes, entre los cuales descuella el de Rialto[22] á la salida del Gran Canal.

Todas las calles de Venecia, sin exceptuar una, están embaldosadas, de modo que se marcha con la mayor comodidad: abundan los comercios y tiendas elegantes; el número de ellos que cuenta la ciudad, segun observé en una estadística que busqué en Venecia, es el de 5,200.

Hay, segun los datos de la municipalidad, 20,000 casas, y 160,000 habitantes.

En materia de teatros públicos solo ví tres, y no creo que haya mas: el de Fenice, que es el principal y muy bueno; el de Apolo, y el de la Malibran: no habia compañía de ópera cuando yo estuve.

En cambio se oyen músicas todas las noches en la bellísima plaza de San Márcos: de los muchos cafés que allí se encuentran, y de los cuales el de Florian es el mejor, sacan mesas y sillas á la plaza, que toda está perfectamente embaldosada. Allí acude mucha gente, y los delicados sorbetes que se sirven se toman agradablemente oyendo diferentes cuadrillas de músicos y cantantes que se suceden en el órden de sus conciertos al aire libre. Por lo regular, mejor dicho de seguro, cada grupo de músicos tiene por postulante una encantadora veneciana, de ojos negros y perfecta hermosura. Inútil es añadir que recoje bastantes esbancigas, moneda austríaca que allí circula, del valor de una lira italiana.

Ya que por incidencia he hablado de las venecianas, bueno será decir que son arrogantemente hermosas: las mujeres mas bellas que he encontrado en todos mis viajes. No es extraño pues que el Ticiano adorne sus inspirados lienzos con tan raras y sorprendentes bellezas que nos parecen ideales: los originales de sus seductoras mujeres los hallaria por todas partes, se paseaban á su lado, no hizo mas que copiar. Son verdaderamente admirables las venecianas: sabido es que nuestras arrogantes españolas son celebradas en toda Europa por su belleza; pues yo, todo lo que puedo decir, á pesar de mi inmenso amor patrio, es que no sobrepujan á las hijas de la un tiempo poderosa y temida república reina del Adriático.

Vamos ahora á los encantados palacios de Venecia.

El famoso Gran Canal, teatro de tanto recuerdo, por cuyas serenas ondas han cruzado tantos valientes capitanes, tantos inspirados artistas, tantas hermosas mujeres, tantos arrojados marinos, todo el senado y aristocracia veneciana en sus elegantísimas góndolas: ese celebrado canal, que ha escuchado tantas palabras de amor, tantas serenatas de trovadores, que ha presenciado tantas citas, que ha servido de palenque á la bulliciosa alegría de sus animadísimos carnavales, ese lindísimo canal, que víó cercar sus riberas por ámbos lados de estupendos palacios de mármol, que se víó surcado, sin quejarse, por tantos centenares de lujosísimas góndolas; ese histórico canal, que crecia en magnificencia y hermosura todos los dias á compas de las conquistas venecianas que le adornaban de mármoles y jaspes preciosos; ese canal, digo, contemporáneo de la grandeza de la república, es hoy testigo tambien de su postracion y abatimiento.

Parecióme al recorrerle de un extremo á otro, las diferentes veces que le crucé, que solo me paseaba por en medio de ruinas y escombros: su rica historia de conquistas y aventuras hablábame con el silencio y la soledad.

En vano dirijí mis afanosas miradas á los innumerables palacios que bordan el canal; cerrados están todos sus balcones y ventanas: las góndolas no están como en lo antiguo ancladas á las puertas de los palacios esperando á los venecianos que con sus elegantes vestimentas le cruzaban sin cesar: todo es silencio y tristeza, todo es soledad y ruinas … ¡tanto mejor! así es como debe estar la patria el dia que ha perdido su independencia … vestida de luto, llorosa, afligida.

Yo me alegro que los austríacos busquen inútilmente la histórica animacion de Venecia: el silencio los rodea, viven solos, enteramente aislados, ni un solo paisano se reune jamas con el tudesco, viven con el arma al brazo; el silencio de la ciudad que en su desgracia llora, les reprende su cobarde usurpacion.

¡Ah! ¿cuándo será libre? siempre me llevan los recuerdos, no lo puedo remediar, iba á hablar de los palacios y no sé cuanto he escrito en un minuto: vamos atras.

Entre todos los bellísimos palacios del Gran Canal, descuella y sobresale el de Pésaro: se compone de tres cuerpos, cada uno enriquecido con esbeltas columnas de los mas preciados mármoles, vestido con el brillante ropaje de las arquitecturas gótica y árabe: con un opulento lujo de preciosos ornamentos que léjos de hacerle degenerar en churigueresco aumentan la belleza de su severidad.

Tres grandes puertas en forma de arco le dan entrada por el lado del Canal Grande: hállase como todos rodeado de agua, novedad deliciosa para el viajero. Para llegar á sus puertas es preciso ir en una góndola: las primeras gradas de la escalera que le dan acceso, hállanse cubiertas por el agua: se atracan las graciosas embarcaciones á unas astas que á las puertas de los palacios se encuentran, y se penetra con toda comodidad en el vestíbulo.

Los patios, con elegantes columnas de mármol; la regia escalera principal, embellecida con magníficas estatuas; todo el interior en una palabra, aunque silencioso y triste, correspondiendo á la admirable fachada del canal.

Nada ciertamente mas artísticamente bello que el palacio de Pésaro, situado al centro del Gran Canal y unido al de Catalina Cornaro, reina que fué de Chipre. El palacio de Pésaro, como todos los del Gran Canal, está solo y triste, deshabitado y en abandono; hanse ya casi extinguido las familias de los senadores y de los duxes: como falta la patria falta todo: los palacios portentosos que allí abundan se venden por insignificantes cantidades: la célebre Taglioni posee tres en el Gran Canal: con lo que la han costado apénas podrian pagarse los cimientos de uno solo.

El palacio de Catalina Cornaro es hoy oficina del Monte de Piedad … es un gallardo y majestuoso edificio, que, como todos los del Gran Canal, costó millones; fué animadísimo teatro de bailes, reuniones y aventuras; hoy … recuerdo triste de un pueblo que fué nacion, y al presente provincia de Austria.

Frente por frente al de Catalina Cornaro se levanta el palacio de Cadoro, admirable y bello: á su lado el de Marcello, donde existe un opulento depósito de antigüedades de arte muy digno de ser visitado; conócese en Venecia bajo el nombre de coleccion Riccheti: hay muchos y buenos cuadros, estatuas, mosáicos, pedrería, tapices, molduras, cuanto puede desearse: allí compré un reloj que me dijeron haber pertenecido á Catalina Cornaro, figura que yo he tratado de dibujar en mi primer ensayo dramático.

El palacio de Gritti, próximo al puente de Rialto, en su mayor parte de mármol, admirable. Este palacio, como otros muchos que hay hácia el fin del Gran Canal, tiene por fuera, en sus paredes, nada ménos que frescos del inmortal Ticiano: las lluvias, el tiempo y la incuria, han medio borrado los sublimes toques del gran maestro.

Así es todo Venecia: maravilloso y sorprendente, pues sorprende y maravilla ciertamente ver que lo que ningun palacio de las grandes ciudades de Europa tiene apénas en su interior, frescos del Ticiano, los palacios de Venecia, la oriental, porque así es preciso llamarla corrigiendo el mapa, los tienen por fuera.

  Tocando tambien con el puente de Rialto, el palacio bellísimo de
  Manin[23], último dux, que por su sobra de buena fe y falta de
  energía fué causa del triunfo de Napoleon. Los estilos de este
  palacio, los de casi todos los del Gran Canal, son gótico,
  corintio, árabe y paladio, felizmente combinados, sin mezclarse.

Otro de los mas elegantes palacios del Gran Canal es el de Foscari, triste como está, mas seductor aun: es todo gótico, soberbio, admirable. Se encuentra á la revuelta ó recodo del Canal, da frente á los cinco palacios de Mocénigo y al de la familia Cornaro.

Tocando con el de Foscari, el palacio Balbi, donde habitó Napoleon: el de enfrente, uno de los cinco de Mocénigo, sirvió de morada al ilustre Byron; allí escribió los primeros cantos de su Don Juan.

Palacio del Hotel de la Villa, allí cerca, frente al palacio que fué Embajada de España: al lado un elegante puente de hierro que hace poco han construido.

Entrando en el Gran Canal, por el desembarcadero del camino de hierro, á la izquierda, frente á una iglesia, un medio palacio, de historia original. Perteneció á Francini, noble veneciano que tenia dos hijos: al morir, dispuso que heredasen por iguales partes, y no habiéndose convenido de modo alguno, en razon á la perversidad del uno, se demolió exactamente la mitad del hermoso palacio, quedando dividido por el medio segun se ve hoy todavía.

Hácia el centro del canal, los palacios de la duquesa de Berry, de Don Juan, el hermano de Montemolin, y del duque de Burdeos.

El palacio de Bellas Artes, tambien en el Gran Canal, encierra milagros de arte; nadie salga de la encantada ciudad sin visitarlo.

La sala de la Asuncion, llamada así por el cuadro del Ticiano del mismo asunto, es verdaderamente una joya de inmenso valor. Aparte del lienzo que da nombre á la sala, y que por sí solo puede enriquecer cualquier museo de Europa, hay Tintoretos y Veroneses divinos á derecha é izquierda: allí están tambien la primera y la última de las obras del gran Ticiano, cinco soberbias telas en la techumbre, cuatro de Verones, otro del inmortal veneciano, incrustados entre preciosas molduras.

Un portentoso prodigio del Tintoreto, dando frente al cuadro de la Asuncion.

En otra sala que hay contigua, es preciso permanecer un par de horas por lo ménos: la coleccion de diseños de Rafael que allí se ofrece á la admiracion, es por sí sola un precioso museo: al lado de los diseños se ostentan inimitables ocho ó diez cabezas del Ticiano: no hay nada mas admirable; y en esta misma sala tambien, para que nada falte al interes del arte, poderosamente sobreexcitado y satisfecho ya, se encuentra perfectamente conservada en una caja de cristal la mano derecha del gran Canova: la misma que manejó el cincel que ha producido tan asombrosas estatuas.

A propósito de hombres célebres, y ahora que me viene á la memoria, tambien visité la casa que habitó Goldoni, el autor de tan buenas comedias.

  Otra visita indispensable en Venecia es la del Seminario
  Patriarcal, próximo á la iglesia de la Salud.

Allí abundan, como por toda la ciudad encantada, las obras de su mas distinguido hijo, cuadros del Ticiano: el Verones ha escrito tambien su inspirado nombre en soberbias telas que allí brillan.

La fábrica de tabacos, con un espacioso y bello edificio, se halla junto al Campo de Marte, detras de San Nicolas; merece verse; coleccion admirable de mujeres encantadoras, de belleza artística.

Hay en Venecia buenos hoteles y cafés, tiendas elegantes, profuso alumbrado de gas, sociedad amabilísima y fácil, bibliotecas, muchísimos edificios notables, buenas librerías.

No tengo mas apuntes que consultar: escrito queda cuanto mi memoria recuerda haber visto; salí de la ciudad para regresar á Milan, con la cabeza y el corazon henchidos de recuerdos que conservaré toda mi vida, con fervientes deseos de volver un dia, con ardientes plegarias por la emancipacion de la ciudad querida.

Con lo que yo ví, hay asunto para un volúmen; yo me he limitado á trazar en compendio, y segun el órden de mis apuntes, todo lo que queda apuntado.

  Saludemos nuevamente á Venecia y emprendamos el camino de
  Turin.

  Pero ántes de salir de Venecia, tengo que apuntar una cosa que
  habia olvidado.

El mismo dia que llegué á Venecia, chocóme, y lo pregunté, porqué las airosas góndolas que recorren las calles están vestidas de luto, con bayetas negras.

Yo, con mi carácter exaltado, supuse, ántes de preguntarlo, que seria una manifestacion de luto nacional por la pérdida de la independencia; halagué esta idea, y temí que no fuera cierto mi pensamiento, y en verdad no lo era.

  Un veneciano que tenia pretensiones de erudito, me contó con
  aire melodramático la historia de Faliero y su trágica muerte,
  haciendo partir de este acontecimiento la costumbre de tener
  enlutadas las góndolas.

Esta explicacion no me satisfizo, porque bien se deja entender que aparte de que fué justa y ejemplar la sentencia de Marino, el senado y el dux no hubieran tolerado una manifestacion tan contraria á sus soberanos decretos.

Nada repuse á mi compañero, callé y tan luego como supe donde estaba la Biblioteca, hice lo que siempre que tengo una duda, busco inmediatamente el medio de resolverla.

En mi calidad de extranjero, nada tenia de extraña mi pregunta: me dirijí al que me pareció ser director del Establecimiento, y con extrema cortesía satisfizo mi curiosidad.

La cuestion es muy sencilla: los nobles de Venecia, dados á la opulencia y al lujo, empezaron con sus elegantísimas góndolas, que es como si dijéramos coches de gala, á oscurecer las del dux. El fausto fué creciendo cada dia: el Gran Canal víóse henchido de magníficas góndolas, con incrustados de márfil, con estupendas molduras, con cortinajes y pabellones de damasco. Despertóse un sentimiento muy pronunciado de rivalidad que dió orígen á enemistades, duelos, y crecidísimos dispendios en las familias.

El momento habia llegado; el Senado veneciano, que jamas se dejaba imponer, y que en mas de una ocasion tuvo arranques que no correspondian á un poder republicano, dispuso, é hizo bien á mi juicio, en atencion á las fatales consecuencias que producia, que todas las góndolas, sin exceptuar una, fueran iguales, y estuvieran cubiertas con una bayeta negra.

La ley se ejecutó, y hoy está aun en vigor; hé aquí todo explicado.

De Venecia regresé á Milan deteniéndome en Verona: ya he hablado de esta ciudad. En Milan visité de nuevo la catedral, y teniendo que volver á Suiza sin atravesar los Alpes por el peligroso y encantador paso del San Gotardo, decidí dirigirme á Turin, para entrar en Suiza por el Monte Cenis y la Saboya: así lo ejecuté.

  En Milan tomé billete en la diligencia hasta Novara, cuya
  distancia se recorre en siete horas.

  La carretera es sobradamente buena, no deja nada que desear;
  pintoresca y deliciosa la campiña.

Al cruzar la frontera de Milan para entrar en territorio piamontes, ántes de Novara, la policía austríaca detuvo una hora la diligencia, nos registraron los equipajes, hojearon y visaron los pasaportes; y con el pecho prodigiosamente dilatado, con el júbilo del que sale de un calabozo para recobrar la libertad querida, con el alivio de una ponderosa carga que me oprimia, salí del territorio que profanan los tudescos, y pisé el libérrimo suelo del Piamonte.

Habia salido de Milan á las seis de la mañana, entré en Novara á las dos de la tarde. Inmediatamente se agolparon á mi cabeza todos los recuerdos de Cárlos Alberto, y solo así me interesó Novara, que en verdad tiene poco que ver.

Quizá un pensamiento de ambicion fué causa de la derrota de Cárlos Alberto; quizá la ambicion que en Novara se mostró fué orígen de deplorables acontecimientos… ¿Quién sabe si á no ser por ella Milan y la heróica Venecia no hubieran sacudido su ominoso yugo?

En Novara estuve una hora: á las tres de la tarde subí á uno de los coches del tren que salia para Turin, y á las diez de la noche entré en la capital del Piamonte.

El camino de hierro que une Turin con Novara está muy bien acabado; sus terraplenes y nivelaciones, acertadamente concluidos, prestan al movimiento de los carruajes una facilidad suma.

Ninguna poblacion notable se encuentra en todo el trayecto: la campiña es deliciosa y alegre, está bien cultivada: las estaciones todas muy animadas, el servicio está bien atendido.

A media legua de Turin hicimos alto: todos los viajeros y equipajes se trasladaron á los ómnibus que aguardaban, media hora despues entramos en Turin.

El camino de hierro no estaba completamente terminado mas que hasta el sitio indicado. Hoy llega á Turin.

#TURIN.#

La capital del Piamonte, que yo habia soñado bellísima, es una ciudad muy linda, no puede negarse, pero extremadamente monótona é insustancial.

Todas sus calles están cortadas por el mismo patron; fastidia y cansa una igualdad tan estudiada: sus arcadas magníficas, que prudentemente repartidas hubieran dado fisonomía á la ciudad, hermoseándola, encierran la vista en círculo tan limitado y monótono que cansan hasta el disgusto.

Aunque la ciudad es pequeña abundan las colosales plazas: la mas bella para mí es la de Victorio Emmanuel, al extremo de la ciudad.

Su extension es prodigiosa; hállase circuida por tres fachadas de indispensables arcos, elevados y espaciosos como todos. Ciérrase en forma de semicírculo por el lado de la larga calle que conduce en línea recta á la plaza del Palazzo Vecchio.

A los piés de la inmensa plaza se tiende el histórico Pó, con sus cristalinas y abundantes ondas. Desde el centro de la citada plaza se ofrece un cuadro muy pintoresco: el caudaloso rio, que salva un elegante puente de piedra de cinco arcos, al fin del cual, y dando frente, se levanta la iglesia de la Gran Madre di Dio, con su esbelta cupulita por corona, y un humilde peristilo con columnatas por frente: á derecha é izquierda y cerrando el horizonte, artísticas montañas, vestidas pomposamente de verdura.

A la derecha, y situado sobre una pintoresca colina, se presenta un convento de frailes; á la izquierda, la bellísima iglesia de la Superga, con elegantes columnas, dos torres y una airosa cúpula.

Antes de pasar adelante quiero apuntar la impresion que me produjo la vista de los frailes.

En Venecia fué donde por primera vez pude examinar de cerca un monje. Acostumbrado á oir hablar de ellos desde mi niñez, en el sentido que hoy se hace; persuadido yo de que es una institucion que pasó para fortuna de la humanidad, y que pasó para no volver jamas; sin tener una idea precisa de ellos, porque en España fueron abolidos cuando yo tenia siete años, confieso francamente que al pasar junto á mí el primero que se ofreció á mi vista en Venecia, me separé espontáneamente por un movimiento casi repulsivo.

Le observé con curiosidad suma, y cuando le perdí de vista, me felicité nuevamente, como lo habia hecho otras veces, de que no les hubiera en mi pais.

Estoy hasta la evidencia convencido de que los monjes han pasado para siempre y por fortuna; las instituciones humanas todas tienen su época.

Otra de las buenas plazas de Turin es la de Carignano: ancha y espaciosa, con majestuosos edificios.

La plaza del Palacio Viejo, detras del cual reside el rey de Cerdeña en un edificio que llaman palacio, por equivocacion sin duda, es grande y despejada como todas las de la ciudad: á ella desembocan las calles mas elegantes, donde el comercio tiene sus lujosas tiendas[24].

El Palacio Viejo, que aislado se ofrece en medio de la plaza, no logró interesarme un minuto á pesar de su antigüedad venerable y su color histórico. Sus lienzos desiguales y abandonados, sus viejos torreones, su balconaje oscuro y pobre, su mezquina estatura que no llega ni con mucho á la talla de los palacios, todo su conjunto en una palabra no ofrece nada que admirar, razon por la que seguimos adelante, y á la verdad que es un apuro no pequeño para mí, que no sé donde llevar al lector: ¡tan diferente es Turin de Venecia[25]!

  Uno de los mas bellos ornamentos de la capital del Piamonte para
  mí, es natural, y nada debe á los hombres.

  Hablo de los magníficos Alpes, siempre portentosamente
  admirables, con su secular cabellera de blanquísima nieve.

  El nombre de la nacion indica sobradamente la situacion de los
  Alpes en Turin: Piamonte, es decir, al pié de los montes.

Efectivamente, al entrar en muchas calles de Turin, rectas y llanas en su mayor parte, preséntanse de repente los Alpes, cerrando el horizonte, cerrando la calle, materialmente al pié. Esta soberbia decoracion, que tanto me seduce y encanta, hermosea á mis ojos las calles de Torino, cierra majestuosamente los horizontes con montañas de plata que al esplendor del sol deslumbran, nos ofrece dentro de la ciudad las espléndidas magnificencias con que Dios engalanó su perfecta obra, y embellece todo, el cuadro y los accidentes.

Esta tan íntima vecindad de los Alpes, hace que el invierno en Turin sea excesivamente frio, si bien se neutraliza su accion como en Suiza por la frecuencia y abundancia de las nieves.

Las iglesias de Turin, consideradas bajo el aspecto del arte, no ofrecen absolutamente nada que admirar[26].

Es Turin quizá la única poblacion de Italia que carece de templos monumentales, de iglesias donde el arte brilla: recorrí muchas y no encontré una sola que merezca un elogio, se entiende bajo la calificacion de artística.

Uno de los sitios mas pintorescos de los alrededores de Turin es el llamado Vigna della Regina: frondosidad y verdura, alegres y blancas casas, colinas lindísimas.

A poca distancia del Puente del Pó, que une como ya he dicho la plaza de Victor Manuel á la iglesia de la Gran Madre de Dios, acaba de construirse un puente colgante que yo crucé despues de haber pagado una corta cantidad que exigen por el paso, segun sucede en Lóndres en varios puentes.

El Dora corre tambien por Torino.

Una gran calle, anchísima y espaciosa, con dobles filas de árboles, rodea la ciudad por un lado; es un paseo muy bueno que hermosea la proximidad del Pó.

En Turin existen muchas librerías que surte en su mayor parte el comercio de Paris: encuéntranse muchos y buenos libros: los gabinetes de lectura y las bibliotecas, así como los demas establecimientos literarios de Turin, están bien montados y comprendidos.

En materia de hoteles y cafés hay abundancia, en especial de los últimos, que por todas partes se encuentran. Los teatros, á excepción del Real, son de pobre aspecto; estaban muy poco animados cuando yo los ví: bien es verdad que la trágica Ristori con toda la compañía del primer teatro de verso de Turin se hallaba en Paris, donde despues la ví.

Asistí á una representacion de la Linda en un miserable teatro llamado Cervino, teatro que está á la derecha de la plaza de Victor Manuel.

La compañía era detestable; la orquesta de provincia; el interior del llamado teatro difícil de describir: la Linda que cantaron, muy fea, con perdon de Donizetti; que sea dicho con verdad no la hubiera conocido. El mejor teatro de Turin es el Real.

  Una de las visitas que ningun extranjero debe dispensarse en
  Turin es la del Museo Egipcio.

El edificio en que se halla la coleccion egipcia es un antiguo palacio que está en una de las principales calles de Turin, la calle Nueva.

En el mismo establecimiento hay una corporacion literaria y un gabinete de agricultura.

Segun me dijeron en Turin, la coleccion de momias y bustos egipcios de que hablo, fué reunida y comprada por un frances que queria vendérsela á Luis Felipe. Parece que no habiéndose convenido en el precio, Cárlos Alberto ofreció lo que pedian y la obtuvo, enriqueciendo de este modo su pais con una rara y preciosa coleccion.

En el piso bajo del edificio, ocupan dos salones, estatuas, bustos, columnas y restos de templos, todo egipcio puro, con sus correspondientes jeroglíficos y sus ininteligibles inscripciones.

Es curiosísima esta coleccion, y digna por mas de un concepto de ser visitada.

Allí, en presencia de aquellas columnas, la antigüedad renace, y el Egipto, que ántes que la Grecia misma fué cuna del saber y de una civilizacion muy adelantada, sobre todo en artes, se ostenta todavía jóven y artístico.

Hay allí cinco ó seis estatuas de los infinitos dioses que el politeismo egipcio creó para halagar sucesivamente todas las pasiones, aun las mas torpes. Tambien se encuentran en esta coleccion cuatro ó cinco templos egipcios en miniatura; dan una exacta y cumplida idea de los verdaderos, porque contienen hasta el mas pequeño detalle.

En el último piso están las momias, perfectamente conservadas é intactas, despues de los siglos que cuentan.

Entre ellas hay una de un sacerdote egipcio de remota antigüedad: cuéntanse diez y seis ó diez y ocho admirablemente conservadas.

El gabinete de historia natural es tambien curioso: se compone de riquísimas colecciones de aves, cuadrúpedos, pájaros, etc., etc., en muy buen número.

  Hay unos empleados muy amables, que, mediante cierto saludo
  expresivo de manos, explican y enseñan todo.

  Allí tambien, como en el nuestro de Madrid, se enseña muy bien
  disecado y puesto el colosal esqueleto de un megaterio.

  Los tres reinos mineral, animal y vegetal con sus diferentes
  ramificaciones y familias, están dignamente representados con
  ricas colecciones. El gabinete ocupa diferentes salones; los
  objetos están muy bien clasificados.

El museo de pinturas, cerca del palacio que habita Victor Manuel, es pobremente pobre y apénas merece una hora de exámen: compónese en su mayor parte de copias, y los buenos maestros de las escuelas de Venecia, Florencia y Roma no aparecen por allí.

El aspecto general de Turin, es el de un pueblo que cuenta cuatro dias de existencia; todo es nuevo, todo es reciente, todo moderno.

En vano se pregunta el viajero donde están los edificios que en todas partes existen de las generaciones que fueron; inútil es querer buscar el Turin del dia anterior; no se le encuentra, porque no existe.

Esta circunstancia, muy atendible para mí, que busco en un pueblo sus antecedentes y su pasado, unida á la de su cansada monotonía de un todo igual, me hicieron abandonar Turin á los pocos dias de mi llegada.

Esto mismo creo sucederá á todos los extranjeros que como yo vayan con el único objeto de visitarle.

El sistema de comunicaciones, desde que el Piamonte ha entrado de buena fe en la senda de un pueblo constitucional, que marcha sin obstáculos á su desenvolvimiento y progreso, ha recibido un impulso importantísimo, que ayudando á su presente enriquece ya el porvenir, porque sabido es que las comunicaciones son hoy una segura fuente de progreso y riqueza.

Parten de Turin diferentes líneas férreas bien construidas y llenas de vida y animacion.

Por todos los sitios que recorren van repartiendo vida y movimiento, aproximan los pueblos á la capital; cambian ventajosamente, y con utilidad general, todos los productos; promueven las obras de utilidad y de recreo por donde pasan, y aumentan en una palabra la riqueza pública, como sucede en todos los paises que cuentan buenas comunicaciones.

  De Turin hay caminos de hierro á Novara, Génova, Alejandría y
  Suse, al mismo pié de los Alpes.

Las líneas todas son muy importantes, en especial las de Novara y Génova: los carruajes son buenos, excelente nivelacion, movimiento y servicio.

El camino de hierro de Turin á Suse, línea de unas catorce leguas españolas, habla muy alto en pro del Piamonte. La línea, importante bajo todos aspectos, marcha por el lado de los Alpes, y en direccion á la Saboya, venciendo grandes obstáculos materiales, como son las faldas de esos tremendos montes que rodean Turin.

Esta fué la que yo escojí para regresar á Suiza.

Salí de Turin á las tres de la tarde: á las cuatro y media llegamos á Suse, tocando materialmente con el Monte Cenis, y por consiguiente con inmensas alturas que subir.

Su paso por allí es ya imposible; yo habia tomado billete desde Turin á Ginebra: llegado á Suse subí á la diligencia, tirada por catorce vigorosas mulas, y despues de subir constantemente nueve horas, llegamos á la cima del altísimo monte, coronado de nieve resplandeciente.

Eran las dos y media de la madrugada; en un hotel que allí existe tomamos café con leche, y seguimos nuestro camino, que desde allí es de descenso, y de descenso constante, no interrumpido un momento hasta llegar al mismo Ginebra.

El camino es soberbio, imponente, magnífico: los Alpes, esos portentosos montes que he tenido el sin igual placer de cruzar por diferentes sitios; esas altísimas montañas que el grande hijo de Cartago atravesó el primero, por uno de los milagros que abortó su genio, se ofrecieron de nuevo á mi admiracion al atravesar la Saboya.

Valles profundos henchidos de nieve, cascadas bulliciosas y brillantes, precipicios de inconmensurable grandeza, el pequeño San Bernardo, colinas seculares de perfiles y contornos pintorescos, una asombrosa carretera que los salva y cruza desde el lado de Suse, cerca de Turin, hasta las mismas calles de Ginebra, todos estos accidentes reunidos, hicieron de mi viaje un estudioso y agradable recreo, que me produjo una no interrumpida serie de emociones halagüeñas.

A media legua de Chambery, capital de la Saboya[27], empiezan á verse las magníficas y numerosas casas de campo que la aristocracia de Saboya y los ingleses y alemanes que viajan han levantado en su derredor. Es un delicioso sitio de recreo en los meses de verano, con la agradabilísima vecindad de los Alpes, el pintoresco Chamouny, el Monte Blanco, el hospicio de San Bernardo, y los Glaciers.

La capital de la Saboya tiene muy pocos encantos para el viajero: solo hay dos calles buenas: al fin de la principal, se levanta un monumento consagrado á un hombre verdaderamente grande y modesto: es una fuente de mármol, coronada por una estatua de bronce, busto del ilustre ciudadano de Chambery[28] que legó parte de sus inmensos bienes á los pobres; que levantó y fundó con bienes raices propios la casa de expósitos, que detras de su estatua se levanta, que creó y dotó una escuela de educacion gratuita para los pobres, y que hizo enfin otras muchas obras de relevante caridad, que granjeándole el amor de los que le conocieron, le ha asegurado la veneracion de los que viven y el respeto de los que vendrán.

Hay en Chambery dos buenos hoteles y otros muchos medianos, un teatrito, una catedral curiosa, algunos cafés, y una calle de tiendas elegantes.

Desde Chambery á Ginebra, se encuentran algunos pueblos importantes: la campiña está bien cultivada, en cuanto se puede, y es muy limpio y alegre el aspecto de los pueblos que salen al paso desde Chambery á Ginebra.

Llegué á esta última ciudad que ya he descrito al hablar de Suiza, y desde Ginebra á Berna, encontré mas comodidades que en ningun pueblo de Europa.

Hice la travesía en catorce horas, pasando por Yverdon y Neuchatel, viajando en vapor por lagos, en vapor por tierra, en diligencia y en ómnibus, todo en poco tiempo, y admirablemente bien.

Y aquí terminan mis apuntes del viaje á Italia: el recuerdo agradabilísimo de Venecia le guardará eterna y cuidadosamente mi memoria: ninguna de las grandes capitales que he visitado, tanto en Europa como en América, me ha producido la emocion que la reina del Adriático hizo en mi ánimo; bien es verdad que Venecia no se parece á ninguna ciudad.

  El paso de los Alpes por el San Gotardo merece por sí solo un
  viaje: buen recuerdo tambien.

  La Italia tiene excelentes carreteras, y los medios de
  comunicacion reciben todos los dias un grande impulso.

El Piamonte marcha á la cabeza de los demas pueblos de Italia, y sus vias férreas bien construidas, abarcarán dentro de poco y sujetas á un solo centro comun, las diferentes provincias que constituyen el reino.

Nada digo de Florencia, porque solo permanecí veinticuatro horas en su recinto; fáltame visitar detenidamente Roma y Nápoles. Y ahora que quedan recopiladas y en compendio mis impresiones de Italia, el lector me sigue á una corta expedicion al que fué un dia teatro de Lola Montes, y desde allí á Viena.