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Viajes por Europa y América

Chapter 13: #VIENA.#
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About This Book

El autor reúne diarios de viaje y ensayos que relatan desplazamientos por Europa y América, combinando descripciones vívidas de ciudades, paisajes, interiores y colecciones públicas con apuntes sobre costumbres locales y lugares de interés. Medita sobre la naturaleza del viaje, diferenciando el mero movimiento de la observación atenta y reflexiva, y ofrece perspectivas personales forjadas por largas estancias. El texto alterna pasajes descriptivos, comentarios culturales y artísticos, y observaciones prácticas sobre mapas, monumentos y rutas. Pretende presentar sociedades extranjeras al lector nacional, fomentar la comprensión recíproca y proponer el viaje como vía para ampliar el juicio.

#ALEMANIA.#

De Berna á Munich, capital de Baviera, hay solamente un paseo.

Esta circunstancia, que me proporcionaba el deseado placer de conocer en pequeño la Alemania, el pueblo mas pensador de Europa, me decidió á hacer un corto paseo de Berna á Munich, y de allí á Viena.

Desde la capital federal de Suiza á Zurich, la diligencia recorre la distancia en trece horas: allí se toma el corto trecho que hay de camino de hierro, se vuelve á subir á la diligencia por tres horas, y se llega á la frontera bávara, y desde allí á Munich, camino de hierro, tres horas y media.

Las comunicaciones en Alemania tienen algo de diferente de todas las demas de Europa: la grave formalidad que caracteriza á los hijos de la Germania, hasta en el mas insignificante detalle de la vida, imprime un carácter especial á todo lo que ellos hacen, á todo lo que ellos emprenden.

La dignidad y el espíritu humilde reunidos, hacen de los alemanes unos seres complacientes y formales, que yo prefiero con mucho á la falsa é interesada cortesía de los franceses, á la seca y desabrida aspereza de los ingleses, y á la humillante insinuacion de los italianos.

Yo amo la Alemania: he tenido la complacencia y la satisfaccion de ver confirmadas las opiniones que habia formado de las naciones de Europa que he visitado ántes de salir de España.

Cierto es que para juzgar los pueblos es indispensable visitarlos: el frecuente y continuado trato con los extranjeros hace que desaparezca del todo y para siempre esa prevencion que para tratarlos tiene aun el hombre mas instruido, cuando no ha salido nunca de su pais. Se ven y aprenden muchas cosas nuevas, se ensancha el círculo de los conocimientos, se toma una idea cierta del estado de los pueblos que viven mas allá de las fronteras de su pais, se adquiere insensiblemente y sin advertirlo una suma de conocimientos especiales, se estudia, se ve, se toca, se compara, se discurre con exactitud sobre la grandeza y decadencia de las naciones. Se analiza el espíritu público de cada pueblo, se asiste á su vida interior, se aprende mucho en una palabra.

No hay libro mas precioso que el del viaje, que es, por decirlo así, una geografía práctica: pero no es ménos cierto, reanudando mi truncado pensamiento, que hay ideas generales que puede uno formar sobre otros paises sin haber salido del suyo, y esas son precisamente las que yo he confirmado con mis viajes.

Siempre mi predileccion al pasar revista á las naciones se la acordaba á la Alemania.

Me apresuro á protestar contra la deduccion que pudiera hacerse suponiendo que en política yo prefiero el sistema de la mayor parte de los gobiernos alemanes: no, de modo alguno, y hasta inútil era esta protesta, pues escritas y publicadas están mis opiniones sobre el gobierno de Austria.

No, no hablo de eso; hablo de la Alemania inteligente, de la Alemania pensadora, de la Alemania literata, de la Alemania estudiosa y grave, de la Alemania instruida y profunda.

Es sin duda alguna la Alemania la nacion mas avanzada de Europa en letras; el pueblo que mas medita y lee, el pueblo que tiene mas conciencia literaria, mas rectitud pensadora, si se me permite la frase.

Al entrar en Alemania empieza á sentirse ya el ruido de las prensas que gotean libros, el vuelo de los ilustrados periódicos que circulan: empiezan á verse graves fisonomías que el estudio y solo el estudio plega; no el tumulto político como en otros paises, no la aturdida existencia como en los mas.

En Alemania, al reves que en Francia, se lee y estudia mas que se escribe. ¿Pero por ventura pueden compararse en algo esos dos pueblos?

La España literaria es muy apreciada en Suiza y Alemania, y en Inglaterra tambien; en Alemania sobre todo, donde sin cesar se estudia y traduce, comenta y admira, el tesoro literario de nuestro pais.

Pero vamos á entrar en Munich, que sinó no llegarémos nunca.

Una circunstancia indispensable para el extranjero que visita la capital de Baviera y quiere sacar todo el partido posible, es … la de saber sepultar en su estómago una docena por lo ménos de vasos de cerveza, por dia se entiende, si puede beber mas tanto mejor.

No es broma lo que acabo de apuntar, es exacto, se bebe cerveza todo el dia y en todas partes, con ella se entablan las ilustradas polémicas literarias que forman la vida de Munich; ella segun parece facilita el uso de la palabra; discútense artes, literatura, historia, todos los dias, siempre; ¿pero cómo? admirable, admirable, con profundo conocimiento, con espíritu clarísimo, con sana y elevada crítica.

  En Alemania se pasa todos los dias revista á las literaturas de
  Europa, pero revista concienzuda, razonada, profunda.

Para gozar del inmenso encanto, que para mí lo es, de discutir sobre letras, es necesario saber beber cerveza; no es la cerveza de Lóndres, no es la pale-ale que dan en las tabernas de la capital de Albion y que los ingleses tanto aprecian, no, es una cerveza agradable que me gustó mucho, muchísimo, pues con ayuda de ella presencié animadas é interesantísimas discusiones.

La primera visita del extranjero en Munich es la de la célebre galería de pinturas que enriquece la ciudad[29].

Hay ciertamente mucho que ver y admirar en el museo de Munich. Se compone de nueve salas; hay colecciones soberbias de pintores flamencos y alemanes; riquísimos lienzos de la escuela italiana, y cuadros portentosos de la española; hay Murillos, Zurbaranes y Velasquezes; la galería de escultura es rica en monumentos de Grecia antiquísimos y en obras de Canova.

A la formacion del museo de Munich ha presidido el órden y el buen gusto: el ilustrado monarca que ha estado al frente de la nacion hasta hace poco, ese monarca artista que ha hecho tantos viajes á Roma solo por estudiar, que tanto ha protegido á los artistas, ha consagrado muchos desvelos á la magnífica galería de que hablo.

Todos los lienzos que allí se admiran, todos los cuadros que la constituyen, están cada uno en su puesto, ocupando el lugar que les pertenece en la historia del arte seguida allí paso á paso desde su orígen y desarrollo sucesivo hasta el apogeo de su gloria en tiempo de los Rafaeles y Murillos. En la colocacion de los cuadros se ve la mano entendida y sabia de los alemanes: no sucede así en otros museos que he visitado en otros paises: ¡qué desórden que traduce ignorancia!

El inteligente en pintura tiene horas deliciosas que pasar en el museo de Munich: allí se estudia y se admira, hay muchas obras maestras, hay prodigios de arte, hay muchos lienzos soberbios; y como yo no soy pintor y en los museos me limito á admirar, concluyo recomendando á todos los que vayan á Munich no se salgan sin conocerle.

Una de las mejores calles de Munich, que yo recorrí muchas veces, porque me placia estudiar aunque de paso la fisonomía de las tiendas y las casas, es la de Ludwig-Strasse, larga, ancha y bella.

Los comercios y las tiendas, con ese carácter especial que yo encuentro en todo lo que es aleman, con esa exactitud y formalidad peculiares, merecen verse detenidamente. Entrando en los comercios, aunque no se compre, solo por el gusto que yo tengo en todos los pueblos extranjeros de ver y oir, de ver hasta los detalles, de oir la manera de expresarse, se aprende y se estudia.

Aparte de esta calle, hay otras muy buenas y elegantes[30], pero es sin duda la mejor la citada. Tiene Munich un teatro magnífico de ópera próximo al Palacio Real, donde ademas se representan comedias: uno y otro en aleman, como sucede en Suiza, donde he oido casi todas las óperas del repertorio aleman. Cuéntanse otros varios teatros.

El viajero encuentra en Munich excelentes hoteles, cafés y paseos: inútil es añadir que existen muchas ricas bibliotecas donde se lee y estudia mucho.

La Biblioteca central, una de los mayores de Europa, es rica sobre todo en manuscritos: los hay del octavo y noveno siglos. La coleccion numismática es preciosísima y numerosa: monedas griegas y romanas de la mas alta antigüedad. Un libro magnífico que posee la citada biblioteca está enriquecido con grabados originales de Durero.

La Biblioteca de la universidad se compone de 200,000 volúmenes: hay otras varias, así como academias, liceos, catedras, establecimientos literarios.

  La sociedad de canto de Munich se compone de nuevecientos
  miembros: se dan magníficos conciertos en el Odeon: cuéntanse
  muchos casinos.

  Las iglesias principales de la capital de Baviera son la de San
  Miguel, la catedral, con sus altas torres, la elegante iglesia
  de San Luis, y el lindísimo templo de San Pedro.

  La poblacion de Munich, segun el último censo, se compone de
  110,000 habitantes. Tienen, como en todas partes, establecida la
  libertad de cultos, pero la mayoría es católica en Munich.

El templo de la Gloria, que se levanta gallardo sobre la altura Sendling, es de estilo dórico: contiene doscientos bustos de celebridades nacionales. Delante del edificio se admira una colosal y grandiosa estatua de bronce.

El rio Isar corre cerca de Munich, y alegra y fertiliza su campiña. Merecen una visita los alrededores, y en especial el famoso sitio de recreo, llamado Schleissheim: dista media legua de la ciudad, y en él se conserva una preciosa coleccion de cuadros, entre cuyas firmas ilustres están Van-Dyck, Rubens, Tintoreto y otros privilegiados artistas.

  Las principales plazas de Munich son las de Maximiliano, José,
  Odeon, Panaderos y otras dos cuyos nombres no recuerdo.
  Cuéntanse algunas estatuas dedicadas á la Virgen, lo cual me
  llamó bastante la atencion, pues solo en Italia las habia visto.

  En Munich abundan los gabinetes de lectura; y tanto las casas de
  beneficencia como de instruccion están bien comprendidas.

  Las cárceles en su sistema y organizacion interior no dejan nada
  que desear.

  La familia, principal fundamento de una sociedad, descansa en
  Baviera sobre la ancha base de la moral, y del hogar doméstico
  salen excelentes ciudadanos.

El pueblo sabe leer y escribir, y este santo pan del alma, que se llama instruccion, que regatean y escasean en muchas naciones de Europa los gobiernos, se otorga y se sirve abundantemente al pueblo en Munich y en la Alemania toda, en especial en Sajonia, que con la Suiza componen las dos naciones del mundo donde la instruccion está mas extendida.

Uno de los magníficos edificios de Munich es el palacio real, tan bello en su interior como por fuera. Una de las salas de que consta se llama Salon de las Hermosas: allí están los retratos de todas las queridas que ha tenido el monarca, entre las que ví á nuestra turbulenta y célebre compatriota, la Lola Montes, en pintura se entiende. El palacio está elegantemente vestido y decorado; el arte y el buen gusto le llenan[31].

La universidad de Munich, á la cual asisten jóvenes de todas las naciones, suministra á la capital de Baviera una agradable novedad para el extranjero.

El contingente de estudiantes que allí se ven, diferentes de los de otros paises, en trajes, en costumbres, en todo, anima la ciudad, suministra asuntos á periodistas y escritores, da una cifra respetable por año á la estadística del consumo de cerveza y tabaco, asusta á mas de cuatro maridos, se bate en desafíos, discute, se mueve, bulle, hormiguea[32].

El paseo de los Jardines próximo á las cuatro hermosas calles que se cruzan, formando tan pintoresco cuadro, es el punto de cita y reunion de la sociedad de Munich. Los jardines del Tivoli y Hofgarten son tambien deliciosos.

#VIENA.#

La capital del Austria, situada en una llanura, rodeada de muchas y variadas colinas, aparece desde luego á la vista del viajero como una ciudad de importancia.

La descripcion que en mis apuntes encuentro es breve y concisa: habiendo solo permanecido quince dias en Viena, no me fué posible estudiar con detencion cuanto la capital contiene digno de ser visto: sin embargo, como mi única ocupacion en Viena fuera la de recorrer y visitar lo mas notable, creo que el capítulo sobre Viena, aunque corto, no dejará de contener algunos datos y noticias.

De Leipsick y Praga, ciudades que solo visité al pasar, nada podré decir; por lo tanto entremos en Viena.

El Danubio, ese imponente y majestuoso rio que ha presenciado tantas batallas y sido testigo de acontecimientos tan importantes, atraviesa y rodea Viena con sus ondas alguna vez turbulentas. El aspecto del rio, subdividido en tantos canales y cursos diferentes como en Viena ofrece, no responde á la idea de grandeza que de él se forma el que aun no le ha visitado.

Las calles de Viena, á excepción de las modernas, son en general estrechas. El aspecto general de la ciudad no es el de una capital de la Alemania: la fisonomía de algunos palacios semeja mas bien la Italia. Hay sin embargo alguno que otro edificio gótico que recuerda la edad media y que presta colorido antiguo á la ciudad.

La iglesia mas imponente y majestuosa de Viena es la de San Esteban: su elevado campanario domina todos los edificios y asoma su alta cabeza por encima de todo.

El pensamiento religioso, simbolizado en San Esteban, corona todos los ruidos, sirve de cúpula á todas las ideas y ampara y patrocina todas las emociones. Como la iglesia sea el templo mas democrático posible, donde todas las desigualdades se nivelan, ó al ménos deba serlo, segun el pensamiento de Jesucristo, no encuentro que merezca censura la idea de dar á las iglesias cristianas la talla mas alta entre todos los edificios.

La torre de San Esteban es un resúmen en cierto modo de la historia del Austria y de su arte: comenzada en 1100 solo ha podido levantarse airosa y esbelta en 1307, empleándose en su construccion mas de dos siglos y retratando en ella mil vicisitudes y recuerdos. El interior del templo responde á lo que desde fuera anuncia: es majestuoso y severo.

La iglesia de los Agustinos vale la pena de ser vista por mas de un concepto: aparte de la belleza del edificio, el célebre Canova tiene allí una de las mejores páginas que en mármol ha escrito su inspirado cincel. La tumba de la archiduquesa Cristina, mausoleo magnífico que la vanidad ha levantado, dió orígen, y por ello ya merece perdonarse, á que Canova, el escultor sin rival, desplegara todo su talento en la obra. Los que amen las artes, por poco que entiendan de escultura, no salgan de Viena sin visitarla.

Otro templo notable es el de San Pedro, construido el año 800 por Carlo Magno. Su venerable antigüedad y su belleza artística atraen la mirada del observador y contentan la imaginacion, que gusta de contemplar un pasado tan lejano y sin embargo tan firme y robusto.

En Viena, no obstante dominar casi exclusivamente la religion católica, tienen tambien la buena suerte de tolerar las demas: hay templos para todos los cultos, y colocados unos en frente de otros, no hay indiferencia ni hipocresía.

El palacio del Emperador no es seguramente uno de los mejores de Europa; es modesto y nada mas: en el jardin que por un lado le adorna se levanta una estatua dedicada á Francisco I. La plaza de armas, próxima al palacio, da frente al Jardin del Pueblo, cuyo título no he comprendido aun; en la capital de un imperio gobernado con las formas absolutistas, me figuro que es lo que los franceses llaman una plaisanterie, aunque no del mejor gusto.

Las calles principales son las de Herngasse, de los Señores, la de la Puerta del Cielo y otras cuatro ó cinco. Me llamó mucho la atencion el observar que con bastante frecuencia el viajero encuentra en las calles y plazas columnas dedicadas á la Virgen, á la Trinidad y otros símbolos religiosos. Yo encuentro que las manifestaciones mas expresivas en materia de religion son las de las acciones verdaderamente cristianas, que huyen la luz y el espectáculo, ocultándose en el santuario de la conciencia. Pero en fin, como que tengo una singular complacencia en tolerar todo respetando las opiniones de los demas, nada digo en contra, emito solamente mi parecer.

Las plazas mas grandes que yo tuve ocasion de ver en Viena, son la de la Harina y la de José: ámbas son espaciosas y monumentales. El viajero que guste conocer lo antiguo de las ciudades, tiene diferentes visitas que hacer; hay algunos edificios que merecen ser vistos. Abundan las fuentes en las plazas, lo cual es muy bueno.

Los establecimientos de beneficencia están admirablemente comprendidos y organizados en Viena: los pobres, esos desheredados de la fortuna, que el mundo apénas se digna mirar, la religion suavísima y tierna del Crucificado los recoje cariñosa y los abriga con amor en sus templos hospitales: los de Viena dejan muy poco que desear, son admirables.

Los establecimientos literarios en Viena, como en toda Alemania, llaman poderosamente la atencion. Esta parte de la Europa, que la elegante Madame de Staël ha llamado la patria del pensamiento, y que es en verdad el oriente de donde nos viene la luz en materia de adelantos científicos, consagra un cariñoso cuidado á reunir libros y monumentos literarios.

La biblioteca principal de Viena contiene 300,000 volúmenes, pero de obras escogidas, de tesoros de inteligencia y saber. Allí, los monumentos mas preciosos que la ciencia ha levantado, se encuentran reunidos: allí, en presencia de tanto y tan magnífico caudal de ideas, el hombre comprende su dignidad, su grandeza y los altos fines para que ha sido creado. Allí reina la inteligencia, soberana del mundo, allí se respira el aire de la gloria, allí se levantan esas altas pirámides que señalan el camino del mundo, allí están reunidos los héroes del pensamiento, los atletas de la inteligencia, allí está la verdadera aristocracia de la humanidad, que cuenta por blasones 300,000 volúmenes: allí está el orgullo de las sociedades, la riqueza del porvenir, la gloria del pasado, el honor de las presentes edades.

En la biblioteca de Viena, los filósofos, sabios y escritores de todos los climas y lenguas, hermanos, por el parentesco del alma, viven reunidos y en paz: allí está el mejor árbol genealógico posible del humano linaje; esos son los establecimientos que yo visito con placer y predileccion: nunca, en ningun pais, he procurado ver las armerías, arsenales de instrumentos de muerte que nada bueno pueden decir; las bibliotecas honran una nacion; yo así lo creo; y haciendo un punto á mis involuntarias reflexiones, digamos algo de la biblioteca de Viena.

Las obras del Fénix de los ingenios españoles, del monstruo de fecundidad Lope de Vega, que en España no poseemos completas, se encuentran en la biblioteca de Viena, ocupando parte de una de sus principales salas y cuidadosamente cuidadas.

La coleccion de manuscritos es riquísima é importante: los hay de muchos escritores latinos, españoles, franceses é italianos: los manuscritos del Taso que la biblioteca de Viena posee son preciosos y de gran valía: el número de manuscritos que enriquece la biblioteca se eleva á 16,000.

Hay ademas en la capital del Austria cinco ó seis bibliotecas, con excelentes empleados á su frente y numerosas y preciadas colecciones de libros. Las academias, ateneos, y demas establecimientos literarios, responden á las necesidades intelectuales del pais.

El Museo de pinturas es tambien notable: la sala italiana contiene cuadros de Andrea del Sarto, Ticiano, Verones, Vinci y otros; que al emperador de Austria le ha sido muy fácil adquirir merced á su dominacion en Milan y Venecia.

La escuela española está dignamente representada en el museo de Viena por Velasquez, Murillo, Zurbaran y Gano, cada uno de los que tiene allí asombrosos lienzos de atrevida inspiracion.

Van-Dyck, Rubens, Rembrandt y otros artistas de gran mérito enriquecen la coleccion de cuadros que allí se ha reunido.

Seis son los teatros que cuenta Viena, en la ciudad y en los arrabales: el principal, situado cerca de la plaza de la Harina, y donde se canta la ópera italiana, vale muy poco, tanto por su escasa significacion artística como por su defectuosa construccion acústica. En los meses de abril, mayo y junio, temporada de la ópera italiana, se oyen en el teatro de Viena buenos cantantes.

La vida en la capital del Austria tiene algo de la vida de una provincia: diríase que todo está allí reglamentado y que á hora fija y de antemano marcada todas las distracciones deben terminar. Los espectáculos comienzan muy pronto; á las diez de la noche todos los teatros y cafés están cerrados, y cada ciudadano se retira á su casa, lo mismo, exactamente lo mismo que en una ciudad de provincia, lo cual no es ciertamente muy agradable.

El mejor paseo de Viena es el llamado del Prater, sitio muy agradable, plantado con muchos árboles y embellecido con la vecindad del Danubio. El Prater es un punto de reunion muy ameno y frecuentado; hay tambien diferentes jardines públicos, bastante buenos.

El teatro en Viena, como en toda la Alemania, se alimenta con traducciones: despues de Lessing, Schiller y Goëthe, que hicieron esfuerzos sobrehumanos para emancipar á su patria del tributo que pagan á las escenas extranjeras, nadie le ha levantado de su postracion: la literatura dramática, propiamente dicha, no existe en Alemania. Aparte de que la censura austríaca corta el vuelo á la imaginacion, falta en Alemania un centro donde haya lo que indispensablemente necesita un teatro para existir: autores, público y actores. En Alemania, merced á sus infinitas divisiones en pequeños reinos y ducados, todo está disperso, como el espíritu nacional, que apénas existe.

Pero en cambio y compensacion suficiente, los estudios filosóficos, el individuo, ya que no la sociedad reunida, trabajan allí mas que en parte alguna del universo. La crítica, el estudio de las ciencias, la filosofía, las averiguaciones científicas, la polémica, el deseo del saber, la investigacion de los secretos del arte, la meditacion y el estudio, toman allí la principal parte de la vida, y de ahí el que los alemanes doten todos los dias el mundo con nuevas obras de ciencia y erudicion. Su clima y su espíritu, su lengua y sus costumbres los señalan como los mas á propósito para investigar, profundizar, descubrir: la filosofía trabaja la Alemania, muchas y variadas escuelas la dividen, grandes y provechosas polémicas la ilustran, discusiones admirables la iluminan. Ellos recojen atentamente el espíritu humano, le analizan y le traducen en libros. ¡Honor á la Alemania pensadora!

Los escritores alemanes, que ántes de publicar obra alguna han estudiado mucho, que reciben una esmerada educacion literaria, que aprenden familiarmente tres ó cuatro lenguas, dedican todos los dias una especial atencion á nuestra rica literatura. Es necesario verlo para juzgar de la grande predileccion que los alemanes tienen por nuestra historia literaria.

Aparte de haber traducido y comentado una y mil veces el portentoso Quijote, del cual casi todos los años publican una nueva edicion: aparte de representar con mucha frecuencia en todos los teatros alemanes comedias de nuestro teatro antiguo, traducen y representan tambien las de nuestro moderno repertorio.

Breton, Hartzenbusch, Vega, Espronceda (en sus poesías y Diablo mundo) son familiares en todos los círculos literarios de la sabia Alemania: el mismo Zorrilla, que nada tiene de poeta dramático, ha visto su Don Juan Tenorio traducido y representado en toda Alemania.

Se publican unas tras otras obras magníficas sobre nuestra historia antigua y moderna, sobre nuestra literatura, sobre nuestra novela: allí se conocen tan bien como en España mismo las obras y biografías de nuestros escritores, las cifras de nuestro movimiento literario, la vida de nuestras academias, el vuelo de nuestro periodismo, nuestra filosofía.

Es admirable; yo tengo un inmenso placer al pagarlos este merecido y justo tributo de gratitud hácia su señalado amor á todo lo que es español.

Ellos, con sus poderosos medios de comunicacion, con su pujante vida de movimiento literario, ponen en circulacion universal nuestras obras, y nos hacen leer en todas partes.

A la España le toca por utilidad y gratitud aplicarse á estudiar y difundir los tesoros literarios de la Alemania, apartándose á todo escape de esa corrupcion y pobreza de la superficialidad francesa, que sin título alguno invade nuestros dominios literarios, extraviando la juventud, pervirtiendo el gusto, y cegando nuestra poderosa facundia original con manantiales de estéril trivialidad, de infecunda superchería.

Concluyo mi corto capítulo de la Alemania, recomendando los excelentes hoteles de Munich, en especial los de la gran calle de Luis: están muy bien comprendidas las necesidades del viajero, y se sirve con excelente complacencia.

Mucho deseo poder escribir muy pronto las impresiones de un viaje por toda la Alemania, nacion la mas estudiosa de Europa.

Estamos en viaje y nos trasladamos á Portugal.

#PORTUGAL.#

Lisboa, capital del lusitano reino, tan celebrada por su belleza y grandiosidad, me produjo una impresion de desencanto; no satisfizo mis esperanzas.

Yo que habia escuchado entusiastas descripciones de Lisboa; que la imaginaba pomposamente gallarda, con el arrullo del Tajo á sus piés; que á juzgar por lo que de su belleza habia leido dibujaba en mi fantasía un cuadro de Paris, desperté con disgusto de mi sueño al aspecto de la ciudad, no obstante verla por su lado mas pintoresco, desde el mar, sobre el Tajo, á sus piés, y á la luz de un hermoso sol naciente.

El capítulo sobre Portugal será corto: solo conozco Lisboa, que he visitado dos veces.

A las cinco de la mañana de un dia clarísimo del mes de julio, entró en la rada de Lisboa el vapor que desde Inglaterra me condujo.

La ciudad, acostada todavía en el silencio, ofrecióse á mi vista por el prisma mas bello que tiene.

El célebre Tajo, que un eminente poeta portugues ha cantado con tan rica inspiracion, se tiende humilde y manso á los piés de Lisboa: á juzgar por su riqueza de caudales, imita al poderoso mar en majestad, pero sus tranquilas ondas cristalinas, sin soberbia ni estruendo, confiesan su naturaleza de rio, pero de gran rio. La ciudad, profusamente extendida, presenta un ancho lienzo de casas en forma de anfiteatro, por estar como están edificadas sobre colinas que avanzan hácia el puerto.

A la izquierda de Lisboa se distingue aunque confusamente el lindo sitio de Cintra; alcánzase tambien en lontananza el palacio de Belem y algunos otros edificios é iglesias.

La bahía es verdaderamente espaciosa y admirable: tranquilas y serenas las olas del Tajo, reflejan en sus cristales los edificios de la ciudad, que se ostenta sentada sobre promontorios, artísticamente cortados.

El interior de Lisboa ofrece poco que de notar sea: sus calles, con excepción de las modernas, bastantemente hermosas, están muy mal empedradas, contándose muchas, mas de la mitad, sin esta indispensable mejora, y en abandono completo.

Las casas, pobremente edificadas y de mezquina estatura, pues en general solo se componen de uno y dos pisos, entristecen la ciudad y la vista del viajero, que busca en vano la fisonomía de una capital de nacion. Hay un crecidísimo número de callejuelas estrechas y poco limpias, que no harian honor á una aldea: el aspecto general de todo Lisboa no es de seguro el de una ciudad que se esmera en la policía de las calles.

La desigualdad del terreno sobre que está sentada la capital lusitana, y el poco interes que se han tomado por su nivelacion posible, hacen que el que la visita y estudia se canse y fatigue al recorrer sus tortuosas calles, en cuesta la mayor parte.

  El terremoto que en el pasado siglo arruinó en su mayor parte
  Lisboa es causa de la absoluta carencia de monumentos y grandes
  edificios que hoy se nota.

Lisboa cuenta sin embargo con algunas calles de moderna construccion, con buenas casas y elegantes comercios, animadas y de buen aspecto.

Entre sus plazas principales sobresale la del Comercio; elegante, espaciosa y gallarda: frentes de hermosas casas la embellecen y adornan: en el centro se levanta sobre un pedestal la estatua de Don José: esta plaza tiene muy buena situacion, pues á sus piés está el puerto, desde el cual se ven los infinitos molinos de viento que rodean toda la ciudad y que hubieran proporcionado muchas peleas á nuestro inmortal Don Quijote si por allí se hubiera dirijido, pues son muchísimos los que á guisa de centinelas hacen la guardia á la capital, agitando sus enormes brazos, que en el verano parecen querer servir de abanicos que refresquen la atmósfera.

Yo llegué á Lisboa en julio, y ciertamente no dejó de chocarme el aspecto de las mujeres del pueblo, envueltas en sus largas capas que las cubren de piés á cabeza…. Dijéronme que era un medio de preservarse del calor, y yo, por mas que hice, no pude comprender la utilidad de semejante preservativo contra el sol y el calor.

El uso del paraguas para preservarse del sol, que mas tarde lo ví en América, donde se entiende, existe tambien en Lisboa.

Otra plaza notable tambien es la de Don Pedro: uno de sus frentes le ocupa un teatro que estaban reparando cuando yo le ví. En el centro se levanta un elegante pedestal que debe sustentar una estatua: por lo visto los portugueses han tomado el gusto de las estatuas de Lóndres, donde abundan en gran cantidad: bueno es seguir las huellas de los que en Portugal son tan escuchados.

La obra verdaderamente notable de Lisboa es el acueducto: depósito inmenso que surte á toda la ciudad de aguas potables.

Su extension es verdaderamente prodigiosa, pues cuenta cerca de tres leguas: se compone de altos arcos de piedra, con galerías de pasmosa longitud. Los trabajos prácticados para tamaño establecimiento han sido colosales, empleándose en él cuantiosas sumas.

Al entrar por su puerta principal se ofrece un elegante patio adornado de muchas columnas y estatuas: en su centro se ha construido un algibe de gran profundidad: en algunos sitios, que el terreno es sumamente desigual, los arcos que conducen las aguas son de una altura extraordinaria.

En el piso superior hay una plataforma anchísima desde la cual se domina toda la ciudad, con la vista del puerto.

Hay en Lisboa tres ó cuatro buenos hoteles entre los que merece especial mencion el de Braganza. Los cafés y establecimientos públicos son regulares: los palacios de Belem y las Necesidades parecen mas bien casas particulares.

Hay pocos y feísimos carruajes de plaza: en las fuentes públicas noté el mismo uso de las cubas de nuestros gallegos. No ví ningun templo monumental ni de arte, la ciudad no es muy animada, y su grande poblacion apénas se ve.

La vida del extranjero en Lisboa debe ser sumamente triste, si se atiende á los pocos recursos con que cuenta la ciudad: faltan caminos, no solamente de hierro, sinó de tierra. Los hilos eléctricos, mensajeros de luz que en todas las naciones se cruzan, faltan tambien en Lisboa.

No conozco detalladamente toda la ciudad, pero en todas las calles y plazas que recorrí, busqué inútilmente gabinetes literarios, no pude encontrar uno. En materia de bibliotecas, una sola tuve ocasion de visitar.

Hay en un extremo de la capital, pero dentro de su recinto todavía, un elegante paseo público, con buenos jardines y riqueza de árboles.

La parte de la ciudad que da frente al puerto es la mas pintoresca y hermosa.

Los teatros públicos son cuatro ó cinco, uno bastante bueno para la ópera italiana: la comedia portuguesa tiene su teatro, y las traducciones del frances tambien.

Las mas concurridas calles de Lisboa son las que rodean la elegante plaza del Comercio.

Portugal ha entrado de buena fe en la senda del gobierno constitucional: el ilustrado y jóven monarca que hoy ocupa el trono, impulsará no lo dudamos el progreso en la nacion lusitana: cuando las provincias se reunan con Lisboa por medio de líneas férreas, cuando la frontera de España se aproxime á Lisboa, cuando una union aduanera bien entendida la asimile á España, la capital de Portugal cobrará mucha importancia y significacion.

Hasta que ese dia llegue, nosotros hacemos votos por la prosperidad de Portugal, nacion cuyo progreso y adelantamiento deseamos sinceramente.

Y aquí, porque nada se me ocurre, porque creo que nada mas merece recordarse en este libro, termina esta ligera nota sobre la capital lusitana.

De todas las capitales que he visitado, solo he dicho lo principal, sin extenderme demasiado aunque tenia asunto.

Con Lisboa me sucede lo contrario: he procurado alargar la descripcion y no he podido; la culpa no es mia, la ciudad no me ofreció nada, mi curiosidad no se satisfizo, mis esperanzas fueron burladas.

Lisboa como capital es ménos que Turin.

#AMÉRICA.#

  Para dirijirme á Rio Janeiro desde Inglaterra me embarqué en
  Southampton, á bordo del vapor Great Western[33].

La ciudad de Southampton, de la cual nada he dicho al ocuparme de Inglaterra, no merece mencion especial: es pequeña y triste: á excepción de su concurrido puerto nada ofrece de interesante al viajero. Por eso prescindo de su descripcion, y empiezo mi viaje marítimo.

Yo no me habia embarcado nunca, pues aunque habia cruzado el canal de la Mancha sin experimentar incomodidad alguna, tan corta navegacion no merece el nombre de viaje marítimo.

Al poco tiempo de haber salido de Southampton, la niebla espesa que casi todo el año envuelve las costas de Inglaterra, cercó nuestro buque y quedamos envueltos en la neblina.

Entónces, el capitan, colocándose á la proa, mandó la operacion que ordinariamente se hace en estos casos, consistente en herir de minuto en minuto con un martillo una campana de metal, cuyos ecos anuncian la marcha del buque, con objeto de evitar un choque con cualquiera embarcacion, cosa que fácilmente sucederia sin este aviso.

Cruzamos la ria de Southampton, el golfo de Gascuña, Finisterre; pasamos por enfrente de Burdeos, y al cuarto dia de viaje llegamos á Lisboa.

El Great Western, vapor que me condujo, es una colosal embarcacion de 2,500 toneladas, con un puente de una extension prodigiosa y unos anchos y soberbios salones.

Salimos de Inglaterra doscientos pasajeros, y cada uno tenia cómodamente su puesto en la mesa, pues el comedor es un magnífico salon. Los camarotes, de dos camas en su mayor parte, son estrechos y poco confortables.

El trato que reciben los viajeros es bueno: á las nueve de la mañana se sirve el almuerzo, á medio dia el indispensable lunch ingles, que equivale á tomar las once, á las cuatro una abundante comida, inglesa por de contado, á las siete el té con pan y manteca.

De Southampton á Lisboa, todos los viajeros estuvimos en cama veinticuatro horas. El mar de Inglaterra y el golfo de Gascuña, constantemente agitados, dan al buque un movimiento continuo que no hay viajero que soporte sin incomodidad.

En Lisboa nos detuvimos doce horas, continuando despues nuestra marcha por un mar sosegado y tranquilo, llegando á las treinta y seis horas á Madera.

Esta bellísima isla que goza de un saludable clima y produce el celebrado vino que en todas las buenas mesas se sirve, merece un viaje. Ocho horas solamente descansamos en Madera, en cuyo tiempo visitamos parte de la isla, corriendo sobre los esbeltos y ligeros caballos que aguardan dispuestos y enjaezados á la orilla del mar siempre que llegan viajeros. Los alquilan por un moderado precio, y con su ayuda se goza del encanto que producen los pintorescos paisajes que por todas partes se ofrecen.

Las calles de Madera, en cuesta en su mayor parte, están á derecha é izquierda sembradas de jardines frescos y lucidos, que con sus flores embalsaman el purísimo y fresco aire que allí se respira.

La poblacion es pequeña y de corta importancia: hay dos ó tres hoteles, entre ellos uno ingles que está regularmente servido[34].

De Madera salimos para Santa Cruz de Tenerife empleando cuarenta y ocho horas.

Yo venia de recorrer paises extranjeros todos; hacía bastante tiempo que faltaba de España y tenia necesidad de hablar nuestra espléndida lengua y recordar á mi querida patria.

Mis deseos se frustraron en parte: llegamos á Santa Cruz á las ocho de la noche, y habiendo dicho el capitan que solo nos detendríamos el tiempo necesario para dejar y recojer la correspondencia, ningun viajero saltó á tierra. Yo me desquité, hablando, hasta que el buque marchó, con los españoles que vinieron á bordo en sus pequeñas lanchas cargadas de naranjas, manzanas, ciruelas y otros deliciosos frutos.

Entre las sombras de la noche, mi ávida mirada distinguia, aunque confusamente, la ciudad de Santa Cruz, que simbolizaba á mis ojos toda España, y saludándola con júbilo y emocion, la perdí de vista en el momento en que continuamos nuestro largo viaje.

De Santa Cruz de Tenerife á San Vicente, en el Cabo Verde, se emplean cuatro dias.

San Vicente, notable para mí, por ser el primer sitio del mundo donde ví lo que llaman esclavos, seres desgraciados tan dignos como el primer hombre libre, es un miserable lugar que cuenta solo una docena de casas: allí tiene la Empresa de los vapores depósito de carbon de piedra: esta es la causa de detenerse en semejante sitio, de otro modo nadie se pararia.

Grupos de africanos, hombres, mujeres, niños, todos desnudos casi completamente, componen la corta poblacion de San Vicente. El alma se duele y el corazon se comprime al aspecto de semejante sitio: el clima de allí, casi abrasador, como tocando con el Africa que está, hace imposible toda vegetacion: falta tierra, aire, vida, seres humanos, todo falta allí.

El número de esclavos africanos que allí habita, no tiene por alimento mas que el maiz, y no todos. No hay viajero que al desembarcar en San Vicente no se sienta mal á la vista de semejante cuadro: inmediatamente que nuestro vapor se proveyó del carbon necesario, dejamos las islas del Cabo Verde con general contentamiento.

Al salir de San Vicente dió principio el verdadero viaje: nos engolfamos en pleno Océano, solos, en medio del poderoso Atlántico, sin mas testigos que Dios, sin otro horizonte que un círculo siempre el mismo, cerrado por todas partes por la inmensidad.

Al salir de San Vicente, se despide el viajero de la tierra que no vuelve á ver en ocho dias; el mar y el cielo son su única perspectiva en todo ese tiempo.

Hay algo de solemne y magnífico en un viaje por mar, por ese prepotente elemento que nos habla del infinito con la tremebunda voz de su cólera.

El mar, cuyos secretos permanecen en el misterio, que nuestra curiosidad no acierta á comprender, que la ciencia no explica, que nos habla con su eterno movimiento sin que podamos saber qué es lo que nos dice; el mar, digo, es soberbiamente majestuoso y grande.

El hombre, que á pesar de su pequeña talla ha obrado prodigios de gigante, ora recojiendo el rayo en su mano, ora barrenando las montañas, ya descendiendo á las entrañas de la tierra para robarla sus guardados secretos, ya escalando el cielo para ver de cerca esas lumbreras que le cubren y cuya marcha ha averiguado; el hombre, que por todas partes imprime la huella de su paso, no ha conseguido nada del mar.

El arrojo de los navegantes, á los que la industria humana ha prestado casas flotantes para cruzar las soledades del Océano; la ciencia, que una tras otra le ha suministrado al marino nuevas conquistas, con las cuales sabe donde va y por qué sitios, cuanto anda y adonde se encuentra; el vapor, que le ha facilitado marchar velozmente y en todas las épocas del año, sin tener que someterse como ántes á la poderosa ayuda de los vientos; todo en una palabra, solo ha servido para que los hombres se comuniquen, para estudiar y conocer el mundo, para grandes y poderosas conquistas, es verdad, pero no para imprimir la huella del hombre, pero no para marcarle con el sello del genio como el hombre hace con todas sus obras.

El mar, el poderoso mar, quizá demasiado soberbio, no quiere que el hombre le señale.

El hombre ha cambiado mil veces la faz de la tierra sembrando ciudades, cortando montañas, haciendo excavaciones inmensas, barrenando istmos: pues bien, la superficie del mar está hoy como al dia siguiente de haber brotado del soplo de Dios, y así estará hasta el último y postrero instante del mundo. Pasa una magnífica nave por las ondas del océano, abre un sulco, inmediatamente se avanzan nuevas olas y borran la huella; por eso gritan eternamente al rededor de un buque, se impacientan al sentirle, pero inmediatamente que pasa se lanzan á borrar sus trazas.

  El océano es la imágen de la inmensidad, el espejo de Dios, la
  brillante prueba de su existencia.

  Ocho dias estuve solo en pleno océano, sin otra cúpula que el
  firmamento, sin otro apoyo que el abismo.

  Es arrogantemente temerario el valor del hombre que se ha
  lanzado á ciegas en medio de los precipicios y las tempestades.

  No hablo en manera alguna de hoy; hoy no tiene ningun mérito un
  viaje al rededor del mundo, hoy todo se conoce, hoy hay medios.

  Me refiero á Colon, atalaya inmensa de las modernas edades que
  no tiene rival.

Es necesario hacer un viaje á América para llegar á comprender el heroismo de Colon; de otro modo no se entiende; y mas que el heroismo de Colon, el de nuestros valientes compatriotas que componian la tripulacion de sus tres pequeñas embarcaciones.

Sí, ellos son mas heróicos; Colon tenia el genio, el rayo de la inspiracion, la perspectiva de la gloria que le ha inmortalizado, por guia: él sabia adonde iba: los sencillos marineros que le acompañaban no, no conocian mas playas que las de España, no podian ni soñar con la existencia de otro mundo, se veian arrojados en una empresa que acobardaba á todos, que la Europa toda calificaba de locura, se vieron solos en medio de mares que nadie mas que el ojo de Dios habia visto, sin saber adonde iban ni por qué ruta: creyendo que la vuelta seria imposible y creyéndolo con razon é ignorando al propio tiempo si habria llegada, porque ellos nada sabian, porque entónces se ignoraba todo, porque no se sabia qué habia detras del mar. Es necesario hacer un viaje marítimo para comprender esto.

Desde San Vicente hasta Pernambuco, primera poblacion del Brasil, que del otro lado de la línea se encuentra, empleó nuestro vapor ocho dias.

La distancia que separa ámbas poblaciones es de 1,620 millas marítimas.

Nada mas grande que la salida y puesta del sol vista desde un buque en pleno océano. Semeja el astro del mundo un inmenso globo de fuego resplandeciente: no parece sino que se levanta del seno de los mares, la ilusion es completa.

El horizonte está cerrado por todas partes por un círculo de agua; allí, á bordo, en mitad del Atlántico, figúrase la imaginacion que la tierra toda está cubierta por el Océano, único elemento que se ve; de aquí el que parezca, con todas las apariencias de verdad, que el sol se levanta por la mañana del seno de las aguas, y que allí vuelve á acostarse cuando la tierra girando en el vacío ha hecho su movimiento diario al rededor de él.

En el mar no se comprende el ateismo: tampoco tiene explicacion en la tierra, no, pero el Océano, con su voz inmortal, ora hable con la soberbia cólera de la tormenta, ora con la apacible majestad de su tranquilo y eterno flujo y reflujo, siempre publica la existencia de Dios, siempre pregona su poder, siempre canta su omnipotencia, siempre habla de la eternidad, siempre explica el infinito, siempre convence de la otra vida.

Esos inmensos buques que cruzan hoy los mares, á pesar de sus gigantescas proporciones, están en el mar, en la relacion que un átomo en la materia, que un punto en el espacio. Una sola de las tremendas ondas que arrullan el Océano despedaza y convierte en astillas las mas pujantes escuadras.

Esto habla muy alto en favor del hombre, que á pesar de su pequeñez, que en el Océano se palpa mejor que en parte alguna, se lanza atrevido á sulcar sus piélagos y abismos, marchando entre tempestades y truenos, solo, en una miserable lancha, porque eso es en el Océano el mas colosal navío, una lancha; allí va el hombre, solo, pero con Dios encima de su cabeza.

Un viaje marítimo de ocho á diez dias es magnífico, sorprendente, admirable: es necesario hacerle para ver y oir á Dios, para comprender el mundo, para adivinar la inmensidad.

Pero un viaje largo no siendo marino por vocacion es monótono, fatiga, cansa.

En ocho dias pueden admirarse las bellezas de un cielo azul y transparente, visto desde el mar; el portentoso descenso del sol que sumerge su brillante cabellera en el seno de las aguas: la espantosa y dramática grandeza del mar poderosamente irritado: en una palabra, en ocho dias puede verse lo que en treinta, que fueron los que yo empleé en mi viaje, á pesar de que el vapor era el agente de nuestra marcha.

Un tiempo tan largo en el puente de un buque fatiga. Al fin de los diez ó doce primeros dias las escenas se repiten, son las mismas, las emociones ningunas, y allí donde no hay emocion, alimento mio, no hay nada, hay el prosáico fastidio.

Desde Pernambuco á Bahia empleamos cuarenta y ocho horas, y desde Bahia á Rio Janeiro cuatro dias.

La distancia que acababa de recorrer, desde Southampton á la capital del Brasil, mi primer viaje marítimo, fué de 5,155 millas, distribuidas del siguiente modo: de Rio Janeiro á Bahia, 685 millas; de Bahia á Pernambuco, 380; de Pernambuco á San Vicente, 1,620; de San Vicente á Canarias, 850; de Canarias á Madera, 265; de Madera á Lisboa, 525; y de Lisboa á Southampton, 830.

El ensayo fué bueno, tuve la suerte de no sufrir el mareo haciendo todo el viaje perfectamente bien.