#INGLATERRA#.
La impresion que el viajero recibe dirijiéndose á Lóndres desde
Paris, como yo lo hice, es triste, verdaderamente triste.
La bulliciosa alegría que rebosa por todas partes en la animada capital de Francia, contrasta de un modo singular con la fria y reservada gravedad de Lóndres. En el momento de llegar á Calais ó Boulogne, comienzan á divisarse las nebulosas costas de Albion.
La travesía de Paris á Lóndres, que se verifica en el brevísimo término de doce horas, es agradable y fácil. Al reflexionar sobre la corta distancia que separa ámbas naciones, parece mentira que se encuentren tan marcadas y profundas diferencias: nada mas cierto sin embargo: las doce horas de distancia, significan otra religion, otra lengua, otras costumbres, otro carácter, otras leyes, otra familia, otra manera de vivir.
Para el que ama el estudio y procura recoger con cuidado las observaciones que la vida de un pueblo ofrece, es sumamente útil el viaje á Inglaterra.
El pueblo ingles solo tiene en el continente apologistas ó detractores: unos condenan su civilizacion, otros la encomian y preconizan, sin que acierten á formular un juicio imparcial que condene lo malo y aplauda lo que sea bueno.
Yo no abrigo la pretension de juzgar con entera exactitud la Inglaterra: ni la índole de este libro se acomoda á un detenido estudio de su civilizacion, ni he vivido bastante tiempo en su seno para poderla apreciar con pleno conocimiento de causa.
A pesar de todo, y sin contar para nada con las opiniones emitidas hasta hoy sobre Inglaterra; prescindiendo de toda prevencion, y limitándome á exponer en un breve capítulo las observaciones que yo he tenido lugar de hacer, expondré mi juicio sobre la Inglaterra con la misma imparcialidad que he usado al ocuparme de las demas naciones que conozco. Ni emplearé calificaciones duras ni emitiré elogios apasionados; contaré lo que he visto y nada mas.
Es una opinion casi recibida generalmente, la de creer que la Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion; no admitiendo yo semejante teoría, es de suponer que mis apreciaciones no sean por todos admitidas: yo las expondré sin embargo, con la seguridad de que son fundadas.
Lo primero que yo me apresuro á consignar con satisfaccion, es el admirable estado de la familia en Inglaterra. Esta institución social, tan eminente, principal fundamento de un pueblo, se halla sabiamente comprendida y organizada del otro lado del canal de la Mancha.
La familia inglesa, seguro cimiento de la moral pública, vive en el órden y en las afecciones: con sus excelentes circunstancias educa buenos hijos para la sociedad, y buenos ciudadanos para la patria. El legislador que organice un hogar doméstico con sabia economía, trabaja en pro de la sociedad, que es su reflejo. En la familia inglesa hay algo que yo no quisiera ver; como por ejemplo las leyes que hacen un tanto dura la condicion de la mujer, pero á pesar de todo, no puedo ménos de admirarla.
Sentadas estas breves apuntaciones que he creido necesario consignar, ántes de conducir al lector á Inglaterra, vamos á ponernos en marcha.
Salí de Paris á las ocho de la noche en tren directo. A la una de la madrugada llegué á Calais, embarcándome por la vez primera: la travesía hasta Douvres la hice en dos horas, sin haber sentido la mas leve incomodidad.
En Douvres nos registraron apénas el equipaje, nos dieron un documento para poder salir de Inglaterra, vieron nuestros pasaportes, recobramos el camino de hierro, y á las cuatro horas entramos en Lóndres.
Deliciosa es ciertamente la campiña que el viajero encuentra desde Douvres á Lóndres. Verdes y abundantes prados donde pastan numerosos rebaños de ganado lanar, adornan y embellecen el paisaje. Al entrar en la colosal ciudad, es decir, al llegar al embarcadero de London-Bridge el tren que nos conducia, pasó por en medio de otros cinco que en diferentes direcciones marchaban, todos con grande número de coches, henchidos de gente.
Tan portentosa actividad, tan grande número de líneas férreas arrancando de un solo punto, dan una excelente idea del movimiento industrial del pueblo ingles.
Tocóme por casualidad entrar en domingo en la nebulosa ciudad, y la impresion que recibí fué la que experimentan todos los extranjeros que llegan por la primera vez en semejante dia; tristísima, de aburrimiento.
La iglesia anglicana, que desde la época de la reforma se gobierna de un modo especial, prohibe en su libre fanatismo toda vida y todo movimiento en el dia del domingo. Ciérranse los comercios y oficinas de todo género, ciérranse los establecimientos públicos, ciérrase todo, á excepción de los clubs y tabernas, donde desde cierta hora de la tarde se destapan las botellas y se abren los labios.
Contrastes como los que he visto en Lóndres, no los ofrece pueblo alguno del mundo. El domingo, dia de silencio y de recojimiento, en el que todo está cerrado, en el que no hay espectáculos, en el que á nada puede jugarse en los cafés, ese dia he visto en los jardines de Cremorne-Gardens la procacidad la mas descarada: en ese mismo sitio de recreo no habia música ni habia baile porque era domingo, pero no es ménos cierto, que á pesar de la religiosidad oficial, las mujeres públicas paseaban á centenares, ofendiendo escandalosamente la moral pública. En Lóndres, el domingo, es preciso comer pan de la víspera porque no puede cocerse en semejante dia.
Durante mi permanencia en Lóndres en julio de 1855 tuvo lugar la famosa escena de Hyde-Park, nueva en su género. La policía disolvió los grupos repartiendo muchos golpes y haciendo prisiones: el pueblo por su parte, se contentó con silbar á los policemen y resistir un poco. El bill que se habia presentado al parlamento, prohibiendo las bebidas al pueblo en el dia del domingo, único de la semana en que descansa, y en el cual tiene cerradas las bibliotecas y el mismo palacio de cristal, donde pudiera aprender algo, el bill que negaba al pueblo lo que la aristocracia se concede profusamente[16], ese bill digo, que produjo las reuniones del pueblo en el parque[17], las escenas con la policía, y el miedo de los nobles, fué retirado ántes de discutirse.
La nobleza de Inglaterra, que tiene el escandaloso monopolio de la riqueza, del poder, el bienestar y las regalias todas, empezó en ese dia á conocer que su reinado puede terminar. La organizacion social del pueblo ingles, su vida práctica que he visto, las mil y mil barrerás que le separan de la aristocracia, esas desigualdades insultantes que allí se ven, esos privilegios-leyes que destruyen la igualdad social, atacan la dignidad humana y adulan el orgullo de unos cuantos, todo ese viejo edificio ingles, casi feudal, á pesar de todos los discursos que se hacen por todo el mundo, diciendo que la Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion, puede caer un dia en astillas, á impulsos del hacha revolucionaria, á impulsos de un movimiento, quizá mas próximo é inevitable que lo que casi todos creen.
El que quiera hablar de la orgullosa Albion, que se venga á Lóndres á visitar las clases, á ver la vida, á escuchar la respiracion social.
He tenido la satisfaccion de ver confirmadas las opiniones que por escrito habia yo formulado ántes de viajar por Inglaterra. La libertad en Inglaterra es como todo lo que allí existe, nueva, sui generis: hay mil fenóménos y contradicciones casi indescifrables; pero por encima de todo, dominando todos los ruidos, sirviendo de punto culminante y resolviendo todo, la Inglaterra para tratar los asuntos de fuera es comercial, negociante, inglesa, ni conoce paises, lenguas ni religiones, suma, resta, y multiplica. Dentro, en su casa, es despótica para con el débil, el ignorante y el pobre … y yo quiero la libertad general, que empieze por comprender al pobre, al ignorante y al débil: dentro es aristocrática, orgullosa, tiene clases[18], y esa sola palabra insulta.
Por ventura la revolucion moral está próxima, y nada en verdad mas necesario, nada mas lógico, nada mas legal. La Inglaterra necesita aun reformas: el pueblo necesita un cambio radical, profundo; Cromwell ni supo ser ni fué nunca revolucionario; era un fanático de mas ambicion que talento, y ántes que amigo del pueblo lo fué de la hipocresía religiosa que le movia: y basta, vengamos á nuestro viaje.
El aspecto de las principales calles de Lóndres es magnífico: el movimiento de los miles de carruajes de todas especies que inundan la poblacion, el inmenso gentío que pulula siempre en todas direcciones y por todas partes; sus millares de tiendas, todo el conjunto de tanta vida comercial, ofrece algo de maravilloso é imponente.
Los miles de ómnibus, porque se cuentan por miles los que circulan por todas las calles, ofrecen algo de nuevo para el que guste de hacer observaciones, enfermedad que yo tengo en sumo grado; puede decirse con toda propiedad que los habitantes de Lóndres están viajando todo el año sin salir de la capital de Inglaterra: vense en todos los ómnibus señoras que entran y salen con sus pequeños sacos de noche, lo mismo que en las diferentes líneas de caminos de hierro que dentro de Lóndres hay, para ir de un barrio á otro.
Las distancias son enormes, colosales, esto se comprende fácilmente con solo hacer una observacion. La mayor parte de las casas de Lóndres, casi todas, están ocupadas por una sola familia; los habitantes ascienden á mas de dos millones y medio; figúrese pues el lector si la extension de la ciudad será grande.
El Támesis, que separa el Lóndres industrial del comercial y elegante, ofrece tambien un portentoso cuadro de animacion, con los colosales edificios que bordan sus riberas, con los elegantes puentes que le interrumpen, con el grande número de vapores que llenos de gente le cruzan á todas horas.
Atolondra y pasma la ruidosa animacion de Lóndres: el tumulto y agitacion de Paris es agradable, es animado, es de otro género: en la ciudad inglesa todo es carbon de piedra, fardos de telas; todas las casas de Inglaterra tienen el mismo color sombrío, los tejados están henchidos de chimeneas, todas están ennegrecidas, no hay una sola casa de fisonomía alegre, el humo de la fabricacion y la tristeza de la atmósfera, siempre viuda del sol, han pintado con sombra toda la construccion inglesa.
La casa mas modesta de Lóndres vista interiormente es linda y curiosa: todo está ordenado y limpio. Un pequeño jardinito, de dos varas de extension, se tiende como una alfombra delante de la puerta, que capítulo está cercada por una verja de hierro.
Las plazas de Lóndres son magníficos jardines que abundan con lujosa profusion por todas partes: la vista de tanto jardin, el gran número de parques que existe, y el rico y verde arbolado que llena todos los sitios, embellece extraordinariamente la poblacion, distrae la vista de la monotonía de las casas y purifica y mejora sin duda alguna el estado de la atmósfera, siempre cargada de carbon.
Los teatros de Lóndres no valen lo que debieran ni corresponden á la grandeza de la ciudad. En Covent-Garden oí á la Grisi, á Mario, Tamburini, Lablache, etc., y á decir verdad no me emocionaron, eran celebridades históricas, nada mas: el teatro, que tiene su paraíso como el Real de Madrid, es grande, pero pobre, esterior é interiormente.
El de Drury-Lane, donde tambien habia ópera, y de cuya compañía formaba parte el tenor español Puig, es oscuro, con incómodas localidades y un público excéntrico.
Los jardines públicos del otro lado del Támesis, y los de Cremorne-Gardens en el barrio de Chelsea, son muy buenos; profusion de alumbrado de gas, profusion de flores y verdura, música, circo, fuegos artificiales. Las calles mas hermosas de Lóndres son la del Regente, la de Oxford, y Portland-Place. Picadilly y Bond-Street son los sitios mas elegantes. ¡Espectáculo repugnante! todos los dias se ven en las calles hombres y mujeres ébrios.
Las iglesias de Lóndres, desde que existe el protestantismo, han perdido toda su belleza y magnificencia: nada en verdad mas triste y frio que penetrar en la soberbia iglesia de San Pablo, de igual forma que San Pedro de Roma; la desnudez absoluta del templo, en el cual no se ve un solo altar ni imágen alguna de santo, el vacío prosáico de aquellas inmensas naves que nada dicen, la ausencia completa de la solemnísima pompa que acompaña á la ceremonia católica, todas estas circunstancias reunidas hacen de San Pablo un esqueleto frio, que solo despierta dos emociones: la de la grandeza del sentimiento que le dió vida, la de la pequeñez del que le ha disecado, que le ha muerto.
Lo mismo sucede con la famosa abadía de Westminster, llena, como San Pablo, de objetos profanos, estatuas de marinos, bustos de hombres de estado, tumbas de reyes y literatos.
Como escribo mi libro guiado por los recuerdos, necesito el desórden con que la memoria me cuenta; ántes que se me olvide, quiero consignar que en la abadía de Westminster hay un rincon que se llama de los poetas, donde están los ilustres trovadores de Albion, faltando, que me chocó mucho, pues al momento lo noté, la tumba de Byron.
Un sentimiento de hipocresía ha negado al ilustre poeta el consuelo de dormir entre Shakespeare y sus dignos compañeros.
La iglesia es una soberbia creación gótica, en toda la pureza de su imponente gallardía: Westminster es, sin duda alguna, uno de los mejores templos que he visto. En frente está el famoso Parlamento, magnífico y colosal edificio, gótico todo, purísimo, admirable.
La fachada que mira al rio, cuyas aguas le lamen humildemente, es rica de arte y decoracion. Las obras que se han hecho y continuan haciéndose, son prodigiosas; van gastados millones de libras esterlinas. Las dos torres colosales y altísimas, una de las cuales está concluida, colocadas como están formando un lienzo, el que da frente á la Abadía, son por sí solas dos monumentos de arte, admirables y magníficos, llenos de un riquísimo manto de adornos góticos, del mas delicado trabajo.
Esto solo las torres; despues, el edificio es colosal, augusto, sorprendente. Para entrar en él, el primer salon bajo que se cruza, es el mismo en que fué juzgado Cárlos I°, el mismo en que se reunia el largo Parlamento, el mismo que Cromwell desocupó de la manera que todos saben.
Es un soberbio salon, cubierto de labores de arte y con una lindísima techumbre. Al cruzarle en toda su extension se presenta una escalera, al fin de la cual se ofrece un saloncito de forma circular; á la derecha, la cámara de los lores, á la izquierda, la de los comunes.
Las dos son pequeñas, pero magníficas: mucha semejanza con el coro de una iglesia católica: soberbias maderas, profusion de molduras y dorados, gusto sajon-gótico.
El interior de las cámaras, en medio de una sesion, es un espectáculo curiosísimo. Excepto el que habla, todos tienen sus sombreros puestos, túmbanse en los cojines, muchos duermen cómodamente, otros hablan; la tribuna destinada para el público es pequeña: todo es lo mismo en Inglaterra, formas, apénas se da participación al pueblo en las sesiones de las cámaras: en el centro del salon y sobre una mesa, está la corona y el cetro de la Albion; el canciller, ó presidente, viste un traje ridículamente extraño: cubre su cabeza la histórica peluca blanca con que se vienen adornando los presidentes desde el orígen del Parlamento.
La sala de sesiones de la cámara de los Comunes es mayor que la de los Lores: ámbas están elegantemente vestidas con el ornamento gótico mas escojido. Frente al Parlamento hay una estatua del célebre Canning.
La moda de las estatuas ha llevado á los ingleses hasta el extremo: Wellington, que sin la oportuna ayuda de los prusianos, es derrotado en Waterlóo: Wellington, que vuelto á Lóndres despues de esta batalla, se ha dormido al compas de los vítores que le han dirijido, sin cuidarse para nada del ejército ingles, cuya organizacion por él descuidada ha producido los desastres de Oriente, ese Wellington, digo, tiene en Lóndres tres ó cuatro estatuas, cinco ó seis calles con su nombre, y otros tantos squares ó plazas, en donde se lee Wellington.
Todos los extremos se tocan: en nuestra España las escaseamos hasta el punto de negárselas á muchos que las merecen: en Inglaterra las prodigan hasta el abuso.
El sentimiento monárquico tambien, ó al ménos su apariencia, se halla escrito por todas partes en Lóndres: aparte de los infinitos establecimientos nacionales, que allí se llaman reales, todos los carruajes públicos llevan una corona, y debajo escrito Victoria reina.
En el paseo de Hyde-Park, no puede entrar en carruaje mas que la aristocracia; los coches de alquiler, siquiera conduzcan al hombre mas virtuoso é ilustre del mundo, no tienen entrada en el paseo … juzguen esto los que declaman tan alto en loor de esa nacion….
Entre las plazas de Lóndres que merecen ser vistas, descuellan las de Trafalgar y Waterloo: ámbas son grandísimas, con soberbios edificios, y sus correspondientes estatuas de Nelson y Wellington.
La Cité, que por sí sola es una verdadera ciudad, llama poderosamente la atencion del viajero: ella encierra en su seno la Bolsa, el Banco, el Correo, San Pablo y mil otros establecimientos de giro mercantil, que hacen de su recinto el punto mas animado del globo sin duda alguna.
A una de sus calles sale el puente de Lóndres[19], cubierto eternamente por encima de carruajes y peatones: por debajo, de vapores. A la izquierda del fin del puente está el embarcadero de la línea de hierro de Paris, Southampton y otras seis ó siete.
El centro de la Cité necesita verse para llegar á comprender la posibilidad de un movimiento tan enorme: millares de carruajes cubren el suelo en todas direcciones, es imposible cruzar de un lado de la calle á otro; solo marchando con estraordinaria precaucion se libra uno de ser atropellado; no por la torpeza de los cocheros, que sea dicho con verdad tienen mas destreza que en parte alguna, sino por el increible número de coches que en círculo y en confuso torbellino se confunden y aprietan.
El lord corregidor es el rey de la Cité; para entrar en su recinto la reina, necesita la venia de aquel funcionario: los polizontes de la Cité se diferencian de los de Lóndres en los vivos de las mangas: á propósito de policía, recuerdo que solo para el Támesis hay en Lóndres una policía especial.
Los ómnibus que circulan por la Cité como por toda la capital de Inglaterra, son como diligencias: de trecho en trecho y á horas precisas renuevan los tiros; eso solo prueba las distancias de la colosal London.
Lo que seguramente posee Inglaterra de mas valor, es sin duda alguna el famoso palacio de cristal. Ni Lóndres, ni todas las provincias del Reino-unido, tienen cosa mas admirable: es un monumento prodigioso, es la realizacion brillante de una grande idea, es un título de gloria, es una página de oro.
Para ir á visitar el famoso templo de la industria, hay trenes de diez en diez minutos: la travesía se hace en un cuarto de hora poco mas. El embarcadero parte del centro de un barrio, y los vagones vuelan por encima de los tejados al tiempo de salir: la vista de Lóndres desde los carruajes en semejante momento, ofrece algo de curioso y de nuevo que no puede ménos de llamar la atencion.
Al llegar al palacio, se presentan al viajero dilatados y espléndidos jardines, que son como la alfombra que se tiende al pié del edificio: fuentes y estanques en abundancia hermosean el lienzo que la vegetacion ofrece, siempre lozana en Inglaterra.
Cerrando el cuadro se levanta el majestuoso palacio, todo de cristal, soberbio y admirable. Tres grandes y anchas rampas, con graderías y estatuas de piedra y mármol, dan entrada al pié del palacio. Tres cuerpos colosales forman el frente; cierran los flancos otros nuevos, recientemente levantados.
El palacio tiene, ademas del bajo, otros tres pisos. Abundan en profusa riqueza los espléndidos salones, entre los que descuellan el del patio de los leones de la Alhambra, fielmente copiado. El salon egipcio, con decoracion pura de jeroglíficos y estatuaria egipcia: el asiático, con pomposa elegancia, y otros muchos de que yo no me acuerdo.
Dentro del palacio, y en medio de los salones, hay lo que en Paris he visto copiado, fuentes abundosas y elegantes, árboles de todos los climas, flores en profusion.
Las infinitas columnas que mantienen el palacio, todo de cristal, y que parece sustentado en los aires, son de hierro, esbeltas, finas, elegantes. La brillante claridad de todo el edificio, como de cristal que son sus lienzos, el perfume de las flores que en sus salones crecen, el canto de los abundantes pájaros que allí viven, la rica decoracion que viste todo, el murmullo de las copiosas fuentes que brotan en medio de los salones, la vista de la campiña, que sin obstaculo alguno se ofrece por todas partes, rodeando el edificio, todo este conjunto reunido, me causó una gratísima emocion.
Al pié del edificio una banda militar ejecuta todos los sábados escogidas piezas de música. Inútil es añadir que para que nada falte, dentro del palacio hay un hotel, abundantemente surtido, con su correspondiente cocina inglesa.
Los palacios que la Reina tiene en Lóndres no valen ciertamente la pena: son buenos edificios, cercados de elegantísimos parques, con ganados y estanques, como el de Whitehall cerca de la Abadía, pero no son monumentales. Los lores tienen muy buenos hoteles casi todos en squares, plazas que son fragantes bosques de árboles y jardines, que por todo Lóndres se encuentran.
La torre de Lóndres, célebre por las catástrofes de que ha sido templo, solo á traves del prisma histórico de los recuerdos, ofrece interes. Hállase situada á la izquierda del puente de Lóndres, desde el cual se goza un magnífico panorama, con una ciudad á cada lado del rio, con vapores elegantes que sin cesar cruzan, con templos y palacios en abundancia á derecha é izquierda, con Richmond al fin de un lado, y con la torre de Lóndres al otro.
Lóndres es solo agradable para los ingleses: así como Paris es la ciudad de todos los extranjeros del mundo, la capital inglesa no puede gustar mas que á los hijos del pais. La sociedad es la mas difícil é innaccesible: si un extranjero no es introducido no hará una sola relacion aunque permanezca un año, pero una vez introducido, la sociedad es agradable y fácil. La cocina inglesa, que no todos los extranjeros aman, es la única que hay, porque escasean los hoteles y restaurants de Paris, y escaseando hay que someterse.
El carácter de la ciudad es serio y grave, los domingos horriblemente tristes, solo el comercio, y nada mas que el comercio, constituye la vida inglesa: aunque hay teatros y diversiones, excepto los domingos, es inútil buscar la alegría, no se halla en parte alguna: es difícil, sino imposible, comer á gusto del individuo: en una palabra, Lóndres no hace nada por los extranjeros; Paris, todo: en la capital de Francia encuentra el viajero la realizacion de todos sus gustos, su manera de vivir; en la capital inglesa, es preciso plegarse al ajeno estilo, renunciar á lo conocido y agradable: en Paris se olvida uno si ha salido de su patria, en Lóndres nunca se deja de ser extranjero.
La razon se explica fácilmente: son dos pueblos antípodas en todo: hábitos, antecedentes, carácter, modo de vivir, todo diferente, todo distinto: esto en cuanto á los extranjeros en general: yo de mí sé decir que aunque en Lóndres recorrí y gusté cuantos placeres ofrece la capital, aunque viví en una buena casa, y estuve constantemente obsequiado, salí de su recinto no con pena, como me sucede al abandonar Paris, sino sin trabajo: contento, sí, muy contento, de haber visitado la curiosa capital de los ingleses, satisfecho del viaje que juzgo necesario para el que quiere estudiar la sociedad inglesa, pero sin el sentimiento mas pequeño, sin violencia alguna.
Lóndres, en 1856, ha dado al mundo un espectáculo repugnante: la propiedad y la vida amenazadas é inseguras; los ciudadanos, en medio de las calles, apaleados; los robos y los insultos hechos de dia en medio de la metrópoli; los caminos todos de los alrededores de Lóndres cubiertos de mendigos, que se ocupaban en acometer y maltratar á las mujeres desvalidas.
Esto en cuanto á la seguridad individual: la higiene pública ha tenido los enemigos siguientes: aparte de sus nieblas, frios y lluvias, se han adulterado en Lóndres, segun datos oficiales, todos los artículos alimenticios. Estos mismos géneros se han vendido con pesos falsos, de suerte, que ademas de falsearse con perjuicio de la salud pública todos los artículos de primera necesidad, se vendian con pesos y medidas falsas … esto no necesita comentarios, y estos hechos son oficiales, publicados por el gobierno ingles, para enseñanza de los que atribuyen á Lóndres una civilizacion pujante, avanzada y llena de vida.
Con respecto á la moral pública, los tribunales de Lóndres se han ocupado en 1856 de un inmenso número de procesos que traducen una corrupcion general de costumbres.
Las cárceles han recibido un contingente extraordinario, cuyo número desconsuela; se han cometido robos escandalosos por empleados públicos, así como por agentes de compañías de caminos de hierro; los nombres de Robbson Redpath, y otros, cuyos actos criminales tanto han escandalizado á la moral pública; las catástrofes de Dean Paul, Sadler y otros; los suicidios, los actos de embriaguez; los 36,000 obreros que pasearon las calles de Lóndres, hambrientos, miserables, sin trabajo; los 1,200 millones de libras esterlinas gastados en la guerra de Oriente, que han aumentado enormemente la deuda pública, que como una losa de mármol pesa sobre la Inglaterra, todos estos acontecimientos reunidos forman un conjunto poco envidiable para un pueblo que se llama libre y civilizado.
Los divorcios, que ultrajando la moral y el pudor, se arreglan con dinero, rebajando la dignidad humana y escarneciendo á la mujer, son otro cuadro tremendo que ningun pueblo debiera ofrecer á la consideracion pública.
Lo que ha salvado hasta hoy á la sociedad inglesa, el timbre mas alto que tienen, su gran dote, es el respeto que todos los ingleses profesan á la ley, y su acendrado amor patrio. Sin estas dos condiciones, en especial la primera, la revolucion hubiera llamado ya imponente á las puertas de Inglaterra, y la sociedad entera se hubiera conmovido hasta en sus cimientos.
En 1856, nacieron en Lóndres 44,159 niños, y 42,674 niñas: fallecieron del sexo masculino 28,894 personas, y 26,892 del femenino; el número total de habitantes que contaba Lóndres en diciembre del mismo año, era de 2,616,246, cifra crecidísima, y la mayor de todas las capitales de Europa.
Segun una memoria publicada en Lóndres en enero de 1857, las personas que viajaron por el Támesis en todo el año de 1856 fueron en número de cuatro millones. Esta crecidísima cifra, que parecerá exagerada al que no ha visitado Lóndres, no sorprende en modo alguno al que ha visto el número extraordinario de vapores que durante todo el dia cruzan el Támesis, conduciendo generalmente cada uno cuantas personas cojen sobre los puentes.
Marchan con gran velocidad, y al pasar por debajo de los puentes del rio, bajan instantáneamente sus chimeneas sin detener la marcha, volviendo á levantarlas inmediatamente despues de cruzar el arco por donde atraviesan.
El golpe de vista que ofrece el Támesis, en un dia claro del mes de julio, es magnífico y grande: el rio imponente y anchísimo, con sus magníficos puentes, y surcado por innumerables vapores; y cercando el rio, por ámbas riberas, dos grandes lienzos de palacios, iglesias, monumentos: es un admirable sitio de recreo la vista del Támesis.
Los establecimientos penales de Lóndres, que hace pocos años se hallaban en un estado lamentable, han recibido últimamente grandes mejoras, y su situacion actual es digna de ser estudiada por los viajeros.
Cuéntanse en Lóndres diferentes bibliotecas públicas perfectamente organizadas y servidas: los museos de historia natural, escultura, artes y pintura, son dignos de visitarse con detenimiento por las riquezas que contienen: en el de pinturas hay obras portentosas que admirar de las diferentes escuelas que conocemos.
Otra de las grandes conquistas que el pueblo ingles ha hecho desde que está gobernado constitucionalmente, es el respeto que se profesa á la seguridad individual.
Es magnífico y admirable; y al consignarlo aquí, tengo una verdadera satisfaccion, y desearia que los demas gobiernos de Europa imitaran en este punto á la Inglaterra. Lo mismo se puede decir de sus sabias leyes sobre imprenta, institucion alta, augusta y civilizadora, á la que deben los pueblos cuanto bueno poseen, tribuna pública de la sociedad, defensora de los oprimidos; sí, la Inglaterra ha comprendido mejor que nadie el gran poder de la imprenta, por eso le acata y le respeta, por eso la prensa inglesa es libre. ¡Ojalá lo sean pronto todas las prensas de Europa!
Manchester, Liverpool y Southampton, son las ciudades que conozco de Inglaterra ademas de Lóndres.
Una vez que ya hemos escrito todo lo que de la capital de Inglaterra nos ha llamado la atencion, vamos á apuntar unas breves noticias relativas á las ciudades industriales arriba mencionadas.
Liverpool, que en muy pocos años ha aumentado su poblacion de un modo fabuloso, y que en la senda de los adelantos fabriles marcha con paso resuelto y en continuo progreso, cuenta hoy con una poblacion de 250,000 habitantes.
Sus líneas férreas, que la ponen en rápida comunicacion con Lóndres, Manchester, y otros muchos puntos, aumentan su importancia. La ciudad es grande y hermosa; pertenece al condado de Lancaster; su situacion favorable, como punto intermedio entre Irlanda é Inglaterra, la proporciona grandes ventajas comerciales.
El rio Mersey baña sus alrededores, y la inmensa fabricacion que ocupa la actividad industrial de la ciudad, engrandece todos los dias su importancia y significacion.
Hay hoteles excelentes, bastantes edificios de consideracion y algunas calles muy buenas.
Lo que el viajero debe visitar en Liverpool, como en todas las poblaciones industriales de la Albion, son los establecimientos fabriles, verdaderos centros del poder ingles, teatros de su grandeza, monumentos de su civilizacion.
La mecánica con todos sus prodigiosos adelantos, la industria, con sus progresos, el órden admirable que reina, los productos que ofrecen, todo es digno de ser visto, todo merece estudiarse.
Los alrededores de Liverpool son tambien deliciosos, y para recorrerlos hay mucha facilidad, valen la pena de ser vistos.
De Liverpool me dirijí á Manchester, perteneciente como Liverpool al condado de Lancaster, y centro principal de la industria; cuenta con una poblacion de 200,000 almas, cuando hace un siglo era una pequeña é insignificante ciudad de cuarto órden.
La industria, floreciente y poderosa como en Liverpool, es la que ha dado tan rápido vuelo á la ciudad. Está situada sobre el rio Irwell, y cuenta con mas de trescientas máquinas de vapor, cuyo crecidísimo número parece increible: funcionan en Manchester mas de 30,000 telares, y prestan vida y movimiento á su actividad prodigiosa. Sus líneas férreas á Liverpool, Lóndres y otros puntos aumentan todos los dias su riqueza.
De esta ciudad, diré lo mismo que de Liverpool, que es preciso visitar los establecimientos fabriles con preferencia á todo; son en Inglaterra las grandes obras nacionales, los monumentos.
Tiene Manchester edificios majestuosos, hoteles, paseos, hermosas calles, y una animacion industrial pujante. Tambien son dignos de visitarse, como en Liverpool, los deliciosos alrededores de la ciudad.
Si el extranjero tiene intencion de permanecer bastante tiempo en Manchester ó cualquiera otra ciudad de Inglaterra, necesita absolutamente, si no quiere aburrirse, hacerse presentar á algun club, único medio de conocer la sociedad y de distraerse en algun modo. Una vez presentado lo pasará bien.
Como Manchester es visitado por muchos extranjeros, y como su fabricacion y comercio le prestan mucha importancia, hay bastante animacion en sus calles y paseos: los hoteles son regulares; cuéntanse muy pocos edificios notables, como arte.
Y aquí terminan nuestros ligeros apuntes sobre Manchester y Liverpool. De Southampton hablaré despues; ahora nos trasladamos á Italia.
#ITALIA#.
El viaje á Italia le hice desde Suiza. Salí de la capital federal en la diligencia de Lucerna, travesía corta y deliciosa que se verifica en once horas. Llegado á Lucerna me trasladé á Fluelen por el lago de los Cuatro Cantones.
Nada mas poético, nada mas agradable que cruzar la distancia intermedia entre Lucerna y Fluelen: el tiempo que se emplea es el de dos horas y media.
Los pequeños vapores que viajan de un punto á otro, ofrecen comodidad y aseo.
Al comenzar la travesía, el viajero contempla admirado las encumbradas montañas de Riggi y Pilato, coronadas de nieve, que esconden su cabeza en las nubes. A medida que el vapor avanza, surcando las azuladas ondas del lago, que rodean montañas de córtes y perfiles caprichosos, los recuerdos históricos de Guillermo Tell van presentándose á la vista, el interes crece y se dispierta, la travesía se hace corta y agradable.
Recuérdase con placer que en ese mismo lago se libró el ilustre Tell de los sicarios de Gesler que preso le conducian á Lucerna, despues del tremendo castigo á que le condenó el tirano, obligándole á tirar sobre la cabeza de su hijo.
Los sitios todos que recorrió Tell ínterin permaneció escondido; la capilla donde los fundadores de la Suiza se congregaron, todos esos recuerdos agradables renacen en el ánimo del viajero con toda la fuerza y verdad de un acontecimiento de la víspera.
Las cordilleras de montañas que en forma de graciosos anfiteatros rodean el lago, el cielo que se refleja en las olas, la armonía del conjunto, todo habla al alma.
A las dos horas y media estábamos en Fluelen[20].
Al llegar á este último punto, tomé billete hasta Milan, y como
Fluelen se encuentra al mismo pié de los Alpes, por el lado de
San Gotardo, cuya carrera era la que yo seguia, empezamos desde
el momento á subir.
La diligencia nos condujo por una admirable y soberbia carretera hasta llegar á una legua del San Gotardo, convento que, como el de San Bernardo, se halla situado en la cima de los Alpes.
Solo víéndolo, puede uno formarse idea exacta de lo que voy á referir: el que no ha hecho ese camino duda.
Desde Fluelen hasta el Hospital, sitio en que tuvimos que abandonar la diligencia, para marchar del modo que mas adelante diré, subimos constantemente las infinitas pendientes de esos centenares de montañas que puestas las unas sobre las otras forman lo que llamamos Alpes.
Cascadas estupendamente atronadoras y magníficas que descienden impetuosas de lo alto de los Alpes; rios tormentosos, que corren gritando entre peñascos, salpicados de espuma, blanquísima como la plata; precipicios de mayor extension que la que puede medir el ojo humano; puentes como el del Diablo, perfectamente designado con ese nombre, por debajo del cual ruge con la poderosa voz de su cólera el impetuosísimo Reuss, que rompe entre piedras, con un espantoso ruido; abismos de profundidad espantosa; montañas de nieve del grueso de veinte y tres varas que amagan desplomarse: todo esto, reunido, forma el camino desde Fluelen hasta el Hospital.
Al llegar á este punto tuvimos que dejar la diligencia, porque la nieve, no limitándose como ántes á cubrir los costados, llenaba la carretera.
Seis pequeños cajones de madera, llamados trineos, sin ruedas, sin cubierta, de media vara de altos, y lo mismo de anchos, fueron los encargados de recibir á todos los que veníamos en la diligencia. En cada cajoncito, nos colocamos dos viajeros, en otros nuestros equipajes; y cada cajoncito, arrastrado por un caballo, empezó á resbalar con trabajo por aquella carreta henchida de nieve.
A derecha é izquierda lienzos de grandísimo espesor de nieve congelada amenazaban cubrirnos de un momento á otro: cuatrocientos hombres con hachas, tendidos á lo largo del camino, iban abriéndonos paso.
Antes que se me olvide, voy á consignar el efecto de aquella inmensa blancura; deslumhra, y no puede soportarse: todos los hombres que allí trabajan tienen anteojos verdes: nosotros tuvimos precision de mirar siempre á un punto fijo, á la ropa de nuestros gabanes negros.
Rodando con dificultad, con precipicios espantosos á los lados, incómodos en los estrechos cajones, llegamos á la cima de los Alpes, á una altura de que solo víéndolo se cree possible llegar; tanto habíamos subido.
Allí, sobre la cima, se levanta el San Gotardo, muchas veces ya cubierto por la nieve, y vuelto á reedificar; solo quedan dos monjes: la casa estaba casi toda cubierta de nieve, era en el mes de junio….
En diciembre nadie pasa, ni los pájaros. No hay voces bastantemente entusiastas con que pregonar la grandeza de los Alpes: el Océano como los Alpes dan la idea del infinito, traducen Dios, inspiran el recojimiento. ¡Bien haya mi viaje á Italia, que tan grande emocion me produjo con la presencia de sus Alpes!
Una vez allí era preciso bajar, por supuesto en los mismos vehículos: rodando lentamente y con un exquisito cuidado, fuimos descendiendo por un estrechísimo sendero, por encima de la carretera, pero con un fondo de treinta varas de nieve.
Una tras otra bajamos doce colosales montañas, creyendo encontrar en cada falda la suspirada llanura: ¡vana esperanza! para descender de aquella prodigiosa elevacion, donde están las fuentes del Rin, del Tesino, del Reuss, y de otros muchos rios, lo cual solo prueba la tremenda altura que será, era necesario bajar, bajar, y bajar siempre.
Puedo asegurar que no sentí ningun frio á pesar de aquella temperatura, las emociones me mantuvieron el calor: nada mas portentoso que semejante viaje; pueden con gusto aceptarse los riesgos que se corren, á trueque de verlo una vez.
Millares de cascadas blanquísimas, valles inmensos atestados de nieve, rios que se despeñan, montañas de córtes y perfiles sorprendentes, rios que corren por debajo de una espesa y petrificada capa de nieve; una carretera portentosamente soberbia, que basta para inmortalizar al ingeniero que la dirijió por en medio de aquellos altísimos montes de nieve eterna; todo es admirable, todo es grandioso, todo es sublime.
A as seis horas de tan penosísimo y espuesto viaje, y con gran contentamiento de todos, encontramos la diligencia que nos esperaba. Ocupamos nuestros respectivos asientos, y despues de seis horas, siempre bajando, llegamos á Bellinzona, capital del Tesino[21], donde descansamos una hora.
Todo el camino es admirable: de Bellinzona á la frontera de
Italia se encuentra el Lago Mayor, con sus cristalinas y
azuladas ondas: la campiña está bien cultivada, recuerdo que el
víñedo está plantado con mucho gusto, abrazadas las vides,
formando pabellones.
En todos los pueblos del canton del Tesino, se ven en las paredes imágenes de santos, en especial de la Virgen. Como pueblo italiano que es, en todo se ve la mano del clero: aunque forma parte de la Confederacion Helvética, conserva toda la fisonomía italiana.
El dia 1° de junio, á medio dia, llegué á la frontera lombarda,
sitio llamado Ponte Chiasso.
Al momento ví los austríacos que tanto debian hacerme sufrir en
el resto del viaje por Italia, con sus medidas sobre pasaportes.
Me bastó ver su dominacion en Venecia y Lombardía para sentir y
llorar la suerte de Italia. En fin, sigo mi viaje; de otro modo,
escribiria muy largo contra los austríacos.
Registraron minuciosamente los equipajes, ojearon los
pasaportes, los embadurnaron con sellos y visas, y seguimos en
la diligencia.
A los quince minutos de la frontera, se presenta el célebre lago de Como, lindísimo y poético como todos los lagos, que tanto me encantan.
La campiña de Como es riquísima, semeja un paraíso: todo está cultivado, y la vegetacion mas hermosa engalana todos los términos. Muchos y elegantes palacios se levantan al rededor del delicioso lago: muchos y elegantes jardines completan el cuadro de Como.
Chocóme y me gustó ver la mantilla española en la mayor parte de las mujeres: la peina que en Valencia llevan las mujeres del pueblo adornaba tambien las cabezas de las italianas. Como es un lugar encantador: desde allí seguimos á Camerlata, que está tocando, y allí tomamos el camino de hierro hasta Milan, pasando por Monza, donde estaba Radetzky.
El tiempo que se emplea desde Camerlata á Milan, es el de una hora poco mas: el movimiento es desigual é incómodo, la nivelacion no está bien hecha: los coches son buenos, soberbia la campiña.
Los vagones, en Milan y Venecia, tienen todos puertas de comunicacion entre sí: no se ha hecho para comodidad del público: es para dar paso á la policía, que recorre todo el tren, pidiendo y recojiendo los pasaportes: dan un documento con el cual se recoje en Milan. Le preguntan al viajero á que hotel va á hospedarse, cuanto tiempo piensa permanecer, etc., etc., etc.
No quiero dejar correr la pluma porque la paciencia se acaba.
Entré en Milan el dos de junio hospedándome en el Hotel de la
Ville, en el Corso, frente por frente á la iglesia de San
Cárlos Borromeo.
La Catedral es lo primero que debe visitarse: blanquísima como una paloma, como de mármol que es toda, gallarda y esbelta, con su rica arquitectura y su prodigiosa decoracion de estatuas, que se cuentan por miles.
La catedral de Milan, soberbio y magnífico monumento que el cristianismo ha levantado, es una obra colosal que solo la fe de nuestros mayores pudo construir. Monumentos de la importancia de esta iglesia, traducen altos sentimientos de verdadero amor á las artes y de portentosa fe cristiana. Es un pensamiento muy generoso el de emprender una obra que no puede verse terminada por los mismos que la empiezan: hay patriotismo y abnegacion en acto semejante. Todas las catedrales góticas que cuenta la Europa, son otros tantos poemas que afirman la grandeza de los siglos que las levantaron.
La catedral de Milan, principiada en 1276, no está hoy mismo terminada: tan colosal es su plan. Napoleon hizo concluir la fachada principal en la cual hay diferentes gustos y arquitecturas. El conjunto del edificio, sorprendente y magnífico, produce una grata emocion en el ánimo: tiene la forma de una cruz, gallarda, esbelta, blanquísima, deslumbrante.
El espléndido ropaje gótico que viste, su prodigiosa decoracion de estatuas, sus atrevidas flechas, sus elegantes detalles, sus formas galanas, todo hiere la imaginacion, todo admira y seduce. Coronando el edificio, y sobre la aguja mas alta, se destaca impalpable y aérea la estatua de la Virgen, fundida en bronce, esbelta y admirable; su actitud atrevida revela un gran pensamiento, apénas tocan sus delicados piés el ligero pedestal que la sustenta; se lanza á los aires, toca apénas la tierra y esconde su cabeza en las nubes, es la corona del templo.
Lo que causa verdadera pena al ánimo, es el observar las mutilaciones horribles que los viajeros, en su mayor parte ingleses, han prácticado con un grande número de estatuas de las infinitas que coronan el templo. Es un verdadero sacrilegio maltratar las obras del genio y dejar atras á los bárbaros, que sin duda las respetarian. Nosotros desearíamos que se adoptasen medidas severas para impedir que los que visitan la Catedral tocasen á objeto alguno.
Es un prodigioso espectáculo el que ofrece al espectador que se coloca en lo alto del Domo, el poblado bosque de estatuas que coronan las gallardas agujas que suben hasta perderse en las nubes; su número parece fabuloso, pasan de seis mil las que existen.
La fachada principal se compone de cinco cuerpos elegantes, con sus soberbias puertas de entrada. Solo por el lado de la fachada principal se presenta el edificio en su majestuosa grandeza; los demas lienzos de su elegante construccion aparecen ocultos entre las apiñadas casas que le cercan, lo cual produce una verdadera pena, pues la Catedral merecia presentarse sola y despejada á la admiracion del viajero.
El interior del templo es tambien suntuoso é imponente: cinco naves inmensas cruzan la iglesia en toda su longitud, y otra nave lateral, tan grande por sí sola como una iglesia, forma una elegante cruz. Detras del altar mayor se abren tres grandes rosetas de ciento cuarenta y cuatro cristales cada una, pintadas con la mayor riqueza de colores imaginable.
El coro, unido al altar mayor, es magnífico: adornado con primorosos bajos relieves; debajo está la tumba de San Cárlos, que merece verse.
La mejor calle de Milan es la del Corso, especie de boulevard, aunque sin árboles y sin grande anchura; le adornan algunos palacios y buenos edificios, muchos y elegantes comercios, cafés, y hoteles (albergos).
Cerca de la catedral, á su izquierda, está el palacio imperial, donde habitó Napoleon: merece verse; encierra algunos buenos cuadros y hay una magnífica capilla, soberbios salones y objetos de arte.
La plaza de armas, donde está el arco de la Paz, es colosalmente grande: no dejó de chocarme en el acto que lo ví, el castillo y las fortificaciones vecinos del arco de la Pace: al pié del arco, que es magnífico, y sobre el cual se levantan ocho enormes caballos de bronce formando una alegoría dedicada á Napoleon, se tiende el camino del Simplon.
La plaza de San Fedelle, aunque pequeña, es muy linda, la adornan buenos edificios.
San Cárlos Borromeo, frente por frente del Hotel de la Ville es una iglesia nueva, de forma circular y elegante. Tocando con la iglesia hay un pasaje, único que ví en Milan.
La Bolsa tiene tambien su palacio correspondiente.
Los cafés son buenos, se sirven baratos y excelentes sorbetes. Hay muchos y buenos coches de alquiler; por las calles de Milan se va en carruaje con mucha comodidad, hay en todas las calles dos listones de baldosa por donde resbalan las ruedas, de modo que el movimiento es suavísimo, y la celeridad grande. En el Corso hay jardines públicos á imitacion de los de Mabille de Paris, pero no tan buenos.
El Museo de pinturas está en un gran palacio donde se halla la
Biblioteca, y donde habia exposicion de artes cuando le visité.
Es preciso dirijirse á la iglesia de Santa María de la Gracia, cubierta como está su bizarra arquitectura, con el color histórico del tiempo, y una vez en la iglesia y aun sin ir á Santa María es necesario ver á todo precio el famoso cuadro de Leonardo de Vinci, que representa la cena de Jesucristo con los Apóstoles: este magnífico cuadro que los frailes mutilaron bárbaramente, y los profanos al arte restauraron de un modo torpe, se encuentra en una habitacion del claustro de Santa María, que hoy sirve de cuartel: está pintado en la pared, y es una inspiracion sublime del célebre Vinci.
En Milan como en todas las poblaciones de Italia, existe un número grande de iglesias, algunas notables, sin incluir la catedral, que es un prodigio del arte.
En materia de comunicaciones tiene Milan caminos de hierro á Camerlata y Treviglio: este último, que es el de Venecia, estará muy pronto terminado completamente: hay diligencias para casi todas las ciudades de Italia: las carreteras, en general, son magníficas.
El célebre teatro de la Scala, donde oí á nuestro compatriota Echebarria en la ópera El Profeta, es majestuoso en el interior, sin llegar, como ninguno de los que he visto en todos mis viajes, á la grandeza de nuestro coliseo de Oriente. El exterior de la Scala es pobre y de muy mal gusto: tiene la apariencia de una casa particular, y una entrada reducida, de tan pésimo gusto como la del teatro de Oriente de Madrid por el lado de palacio, cuya forma es la misma.
La escena está muy bien servida en la Scala, no deja nada que desear; excelente y numerosa orquesta, mediana compañía.
No dejaré de consignar, ya que me acuerdo, que durante la representacion guardan sus sombreros todos los espectadores que hay de pié en el parterre y que se situan á derecha é izquierda entre la pared y las butacas: costumbre que no me pareció extremadamente galante.
Hay en Milan muchos y buenos coches públicos, regulares hoteles, gabinetes de lectura, teatros, paseos, buenos cafés y muchas mujeres hermosas.
Los austríacos, de quienes hablaré poco, porque me exalto al solo recuerdo, patrullan dia y noche por la ciudad, hacen sonar sus sables en la primera fila de butacas de la Scala, que les pertenece, impiden pensar y hablar, etc.
De Milan, me dirijí á la poética, desgraciada y heróica Venecia. Salí de Milan en línea de hierro hasta Treviglio, una hora de camino: allí tomé un ómnibus que me condujo en tres horas á Cucallo, y de allí á Venecia en camino de hierro, empleando nueve horas.
Las estaciones de las líneas férreas que arrancan de Milan, son pobres y están mal hechas: al subir á los carruajes es necesario enseñar el pasaporte que piden en el camino diez ó doce veces dentro de los mismos vagones, segun se va marchando.
Los alrededores de Milan son admirables: les he visto por tres líneas distintas, y por todas partes la campiña se ostenta lozana, y enriquecida con una vegetacion profusa. De Milan á Treviglio no se encuentra ningun pueblo de importancia: de Cucallo á Venecia, se encuentran las ciudades de Brescia, Verona, Vicenza y Padua: todas, excepto la última, á la izquierda yendo á Venecia desde Milan.
La primera que se encuentra es Brescia, ciudad de cuarenta mil habitantes, situada al pié y sobre una montaña: solo la ví de paso; tiene muy lindo aspecto, y muchas y elegantes torres. Entre Brescia y Verona, se presenta el lindísimo lago de Garda, de treinta millas de extension, el mayor de Italia, desde el cual por medio de excelentes vapores se hace el viaje á Trento, al Tirol y otros varios puntos.
Verona, ciudad importantísima, tiene sesenta mil habitantes, una agricultura floreciente, industria de sedas y otros ramos de riqueza pública, á la cual sacan los austríacos el 25 por ciento, segun tuve lugar de observar enterándome por medio de algunos contribuyentes. Verona como Brescia está situada tambien sobre una montañita, se presenta en forma de anfiteatro, tiene muchas y buenas iglesias entre las que descuella la catedral, edificios, paseos, un caudaloso rio con elegantes puentes, buenos hoteles y cafés.
La mejor calle de Verona es la Nueva; siguiendo hasta su fin se encuentra el palacio de Radetzky, al cual da entrada un patio sombrío. En la misma calle se ve el palacio donde en 1815 se reunió el congreso en que se conjuró contra la libertad española.
La gran plaza de Verona es muy notable por contener todavía dentro de su recinto un soberbio coliseo, construido por los Romanos: se conserva casi completo, con sus anfiteatros: hoy en vez de las luchas, se ejecutan comedias durante el dia.
Hay tambien en Verona, considerada como monumental, un arco romano, de triunfo, que sirvió para la entrada de un emperador: en la calle en que está este arco se conservan todavía los listones de baldosas de la via que conducia á Roma, para cuya ciudad, á pesar de tan grande distancia, habia como desde todas excelentes caminos.
Ví tambien, porque con interes lo busqué, una piedra que queda ya solamente de la tumba de Julieta, la apasionada de Romeo.
El rio Adige rodea casi toda la ciudad. Hay por de contado, pues están allí los austríacos, murallas, fosos, cañones, fortificaciones.
Al lado del camino de hierro, se encuentra el Campo Santo.
Hay siempre en Verona, como punto céntrico entre Milan y
Venecia, 30 á 40,000 tudescos.
Despues de Verona se pasa por Vicenza, ciudad de treinta mil habitantes: un poco ántes de llegar, y situados sobre una elevacion, se ven los restos de los castillos mismos que habitaron los célebres Montecchi y Capuleti. Vicenza tiene, como es indispensable en Italia, muchas iglesias; aunque no ví la ciudad, conté al pasar mas de treinta torres, entre las que descuella una altísima.
La campiña, desde Milan hasta cerca de Venecia, es soberbia y admirable: el cielo azul, sereno, bellísimo; el aspecto de las ciudades que salen al paso, encantador.
Despues de Vicenza sigue Padua, con cincuenta mil habitantes, un crecidísimo número de iglesias, buenos y muchos edificios: entre los templos descuella el titular de San Antonio de Padua, donde se conservan reliquias del mismo.
Despues de Padua, se llega á la mágica Venecia, donde entré á las ocho de la noche. Momentos ántes de penetrar en la encantada ciudad, se cruza, en el ferrocarril por supuesto, un soberbio puente de piedra de media legua de largo, compuesto de 222 ojos, obra que costó veinte millones de reales: se llama puente de San Segundo. Le han construido para que el camino de hierro pudiera llegar hasta dentro de Venecia, como llega, pues el embarcadero está á la entrada del gran canal.
Se cruza por medio de él, y conducido por el vapor, el conjunto de lagunas que cercan la ciudad por el lado de Padua: como el puente no tiene mas anchura que la necesaria, y desde los vagones no se ve, el viajero se figura atravesar el mar con un ferrocarril que resbala por su superficie.
Yo, aunque la obra es notable, hubiera deseado que no la hicieran, pues con él han quitado á Venecia su fisonomía de flotante y poética, aislada como está entre las aguas que la cercan por todas partes.
Al apearme en Venecia, entré con los demas viajeros en la sala de equipajes, en la cual todo el mundo tiene obligacion de descubrirse; no por cortesía, sino porque están allí los austríacos, mas insolentes que en parte alguna. Antes de llegar y en el mismo camino de hierro, nos recogieron los pasaportes; al apearnos, nos preguntaron nuestros nombres, nos hicieron designar el hotel adonde nos dirigíamos, y los dias que pensábamos permanecer en su recinto. Nos registraron los equipajes, y despues tuvieron la bondad de dejarnos seguir á nuestros hoteles….
Una góndola me condujo desde el desembarcadero del camino de hierro, al hotel de la Luna, donde permanecí.
Era de noche, habia luna; para llegar á mi hotel, cruzamos muchas calles, es decir muchos canales: el movimiento, las luces del cielo, los recuerdos que se agolpaban á mi imaginacion del poderío antiguo de la república veneciana, los infinitos palacios de mármol que ví hasta llegar al hotel, el número de góndolas que se cruzaban, las palabras dulces que mi gondolero cambiaba con otro de su oficio cada vez que doblaba una esquina, para evitar un choque; las músicas que oí al pasar por enfrente de la soberbia plaza de San Márcos, todo este conjunto hiriéndome poderosamente la fantasía, hizo que oyera yo con disgusto la voz del gondolero, anunciándome que habíamos llegado al hotel.
Inmediatamente que me dieron un cuarto en el hotel y guardé mi equipaje, me lancé á la calle, y á los dos pasos, pues el hotel de la Luna está tocando, me encontré de improviso en la plaza de San Márcos.
Describir mi emocion no es posible; diré si puedo lo que ví, y lo diré como todo lo que va escrito, ayudado solo por los recuerdos, sin querer consultar un libro, mis recuerdos y mi cartera; allí apunto siempre mis impresiones.
La plaza de San Márcos, mas larga que ancha, tiene la sin rival basílica de San Márcos, formando la fachada principal: á la izquierda un palacio que ocupa todo el lienzo de las antiguas procuradurías; á la derecha el Palacio del Emperador, todo el lado, y da vuelta á la Piazzetta: y en frente de la basílica otro cuerpo majestuoso; hé aquí los cuatro frentes de la gran plaza.
A la izquierda de la iglesia, se levanta aislada una alta torre que llaman Campanella.
Arcos prodigiosos, de gusto, de arte, de belleza, de formas, dan vuelta á las tres fachadas de la plaza. Debajo de ellas se ofrecen entre un profuso alumbrado de gas centenares de elegantes tiendas y cafés.
La plaza de San Márcos, como toda Venecia, sin exceptuar una sola calle, está muy bien embaldosada.
A las doce del dia, es curioso ir á la plaza de San Márcos á ver dar de comer á las palomas: centenares de ellas, que pasean constantemente en medio de la multitud, y á las cuales nadie molesta, comen su racion en medio de la plaza. Un veneciano rico dejó en su testamento una manda con este objeto.
El Palacio Ducal, que está unido á la basílica de San Márcos, es uno de esos palacios que sueña una fantasía acalorada, es la realizacion de un sueño: es una grande obra monumental, á cuyo pié hay dos columnas traidas de Asia, un grupo de Alejandría, con cuatro antiquísimas figuras pegadas á la pared; describo sin órden, segun mis apuntes taquigráficos, segun me acuerdo, adelante.
La fachada principal del Palacio del Dux se construyó á mediados del siglo XIV, bajo la direccion del maestro Buono, aunque algunos pretenden que fué Calendario el arquitecto.
De cualquiera modo, es un edificio mágico y admirable, de estilo gótico, y uno de esos prodigios del arte que tanto abundan en Italia.
La osadía de la construccion del Palacio Ducal tiene algo de verdaderamente temerario: el inmenso cuerpo superior, mole pesadísima y abultada, tiene por todo fundamento y base dos series de ligeras y esbeltas columnas. El material le componen exclusivamente los mármoles blanco y rojo: todos los chapiteles de las columnas son obras maestras de arte.
Las fachadas de este mismo palacio que miran al canal y á la iglesia de San Márcos, son mas modernas que la principal: son obra del renacimiento: los estilos de ellas son diferentes, hábilmente combinados; los arcos ogivales juegan con los arcos redondos resultando una miscelánea pintoresca y magnífica; los mármoles de diferentes colores que componen su material, son de los mejores, y la vista se recrea contemplando tan soberbio palacio.
A su poderosa belleza se agrega la excelente situacion que ocupa: unido á la portentosa basílica de San Márcos, con fachada admirable sobre la Piazzetta, con lienzos soberbios del lado del canal, con grandes edificios en frente, con la plaza de San Márcos al lado.
Esto en cuanto á su exterior: ahora vamos á penetrar en sus inmensos salones, ricos de arte y elegancia: pero ántes de llegar á su cuerpo principal tendrémos ocasion de detenernos á admirar la espléndida escalera de los Gigantes.
La escalera de los Gigantes, construida en el siglo XV, parece una mentira: un artesonado brillante, unas labores que no se ejecutan en cera; al pié hay dos colosales estatuas de mármol, Neptuno y Marte. La escalera de oro propiamente llamada tal con tallados del metal de su nombre, con un lujo de decoracion de que no hay ejemplo, con un prodigioso gusto artístico, con artesonados y techumbres de maravillas, con gradas de mármol y pórfido, con tallados de estatuas de maestros, en una palabra, con milagros.
El Palacio Ducal se compone de muchos salones: el del Gran Consejo, donde se reunian 1,500 miembros, contiene todos los retratos de los duxes que han presidido la república: falta el de Marino Faliero que fué decapitado; en lugar del retrato, hay un cuadro que cuenta el trágico suceso.
La techumbre, vestida de molduras, está cubierta de cuadros magníficos de Pablo Verones, Ticiano, Tintoreto, etc.
En la pared principal del salon, hay un cuadro portentoso de Tintoreto, el mayor de los conocidos; llena la pared, representa el Paraíso; es un modelo de dibujo, colorido, pensamiento y ejecucion; es una obra maestra tiene, mas de cuatrocientas figuras: es admirable.