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Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas

Chapter 12: CAPÍTULO XI.
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About This Book

Relato de un viaje marítimo desde Manila hasta las Marianas que mezcla crónicas de la navegación y la vida a bordo con detalladas descripciones de costas, islas y puertos. Incluye observaciones sobre volcanes y tifones, episodios de tempestad y desembarcos, además de encuentros con poblaciones locales, sus costumbres, leyendas y prácticas religiosas. Ofrece también reseñas históricas de la exploración y la misión cristiana en las islas, junto a notas sobre flora, fauna, agricultura, arquitectura y la organización administrativa; el conjunto alterna observación etnográfica, naturalista y social con comentarios sobre fiestas, rituales y la vida cotidiana isleña.

CAPÍTULO XI.

Historia de las Marianas.—La tradición.—Los chamorris.—Intolerancias.—El Pico de los amantes.—División de razas.—Tinian.—Sarcófagos antiguos.—La casa de Taga.—Leyendas y supersticiones.—Cultos y creencias.—Los macambas.—El zazarraguan y el caifi.—Los anitis.—La peña de Fuuña.

El estudio de las islas Marianas lo dividiremos en dos partes; en la primera, y aunque ligeramente, trataremos de lo que fueron antes de pertenecer á España; en la segunda, desde que la bandera de Castilla ondeó en sus playas.

Respecto á su primer período ó sea antes de la conquista, los datos son poco luminosos. No existiendo aquellos, se puede venir á deducciones más ó menos acabadas, analizando la tradición y la leyenda, únicas claves para el estudio analítico de todo pueblo que lo cubren las sombras del ayer, cada vez más compactas al no legarle al hoy más que las supersticiones que han venido perpetuándose en la mente de padres á hijos, y que al llegar á nosotros remotamente nos aproximan á darnos una idea de lo que fueron las antiguas razas aborígenes de las actuales.

Fundados en la tradición y ayudados de significativos vestigios, podemos señalar á los primitivos habitantes de las hoy llamadas islas Marianas, como procedentes de las razas japonesa y malaya.

En cuanto á la manera de ser de aquellos habitantes, á los primeros pasos que se dan en el origen de algunas leyendas que aún relata el país, encontramos los comprobantes que señalan un pueblo que ha tenido dentro de su constitución el feudalismo absoluto, y por consiguiente, una marcada división de clases. Entre estas se conocían los llamados chamorris ó antiguos magnates, que si no tenían la almenada torre y el rollo de sus inmunidades, con los atributos de mesnaderos de horca y cuchilla de nuestros antepasados, poseían en toda su desnudez cuantos abusivos derechos se irroga el fuerte contra el débil, en todo pueblo en que ni el cristianismo ha suavizado los sentimientos, ni la civilización las costumbres. La división de razas y poder del chamorri, se presenta á los ojos del viajero que recorre las islas á poco que las estudie bajo el prisma de la investigación y de la ciencia.

En uno de los límites de la isla de Guajan en su extremo Norte, existe enclavada en un seno madrepórico de coral una peña, á cuya granítica masa tajada á pico, constantemente azotan las ondas del gran Pacífico; el conjunto de panoramas que se desarrollan ante la vista del que contempla aquellos desiertos lugares, desde luego le predisponen á la meditación, queriendo descubrir alguna huella á quien interrogar sobre aquel coloso calizo que se eleva en medio de las embravecidas ondas, y del cual se separa el natural con el supersticioso temor de un testigo que ha presenciado sangrientos episodios, que ni la mano destructora del tiempo ha podido borrar de la mente que lo trasmite, ni el mudo, pero elocuente lenguaje de la peña que lo atestigua. Aquella masa de granito se llama el Pico de los amantes. En la meseta que forma la superficie de aquella roca está escrita la intransigencia, principal atributo del feudalismo.

De aquella meseta, se cuenta una tradición semejante en su origen á la que guarda bajo el hermoso cielo de Andalucía, no lejos de Archidona, la llamada Peña de los enamorados. En ambos peñascos, el amor llegó al sacrificio; en ambos se confundieron en un postrer suspiro dos almas, con la única diferencia de que en el primero las causas eran originarias de la diversidad de clases y en la segunda partían del fanatismo y superstición mora.

Al Pico de los amantes condujo la desesperación á un plebeyo y á la hija de un chamorri. La áspera loma de la Pena de los enamorados, por última vez la treparon un cristiano y una mora, haciendo el fanatismo en este último caso lo que verificó en el primero la intransigencia.

La separación de razas que revela el Pico de los amantes, la vemos reproducida en los mismos monumentos, cuyos restos aún conservan las islas.

En la de Tinian y otras, existen unas columnatas en cuyos frisos se asientan sarcófagos cinerarios de forma esférica, en los cuales, y según verídicos testimonios que obran en el archivo del Gobierno de aquellas islas, se han encontrado en distintas épocas, osamentas humanas más ó menos completas, que vienen á revelar por el sitio especial en que se encontraron, una distinción bien marcada.

El número y situación de aquellas columnatas indican no pertenecieron á una sola familia, ni tampoco á todas las que compusieran la isla. Dichas columnatas, que se encuentran más ó menos deterioradas en casi todas las islas que fueron habitadas, debieron ser, al par que recuerdos cinerarios, apoyos de las casas de los magnates, tanto es así, que á cada uno de los grupos que componen aquellas, llaman los indígenas casas de los antiguos. En Tinian se conservan bastante bien 12 pirámides, que en conjunto formaron, según la tradición, la casa de Taga, personaje que por su carácter turbulento figura en la historia de las islas. De dicho Taga se cuenta tenía una hija muy hermosa, la cual, después de muerta, fué cubierta entre harina de arroz y enterrada en una de aquellas columnatas.

Entrando en el terreno fabuloso y supersticioso podríamos llenar muchas cuartillas con las narraciones que se relatan de la hermosa hija de Taga, á la cual atribuye la tradición el perfeccionamiento en la lira. Se cuenta en las islas, haberla visto aparecerse encima de su sarcófago en los malos tiempos, ahuyentando los huracanes con los sonoros ecos de su lira de oro.

Sea lo que quiera, respecto á la desgraciada hija de Taga, es lo cierto que restos de columnatas se ven con bastante frecuencia recorriendo las islas, siendo aquellas intachables testigos que vienen á corroborar la creencia de haber existido alguna raza privilegiada que sobresaldría de las demás en ilustración y en poder. No otra cosa demuestran las construcciones de que nos ocupamos, las cuales se destacarían notablemente entre la salvaje perspectiva de las casas de hojas de coco, de que nos hablan las historias de las primeras misiones.

A más de los anteriores antecedentes, existen otros en los anales de aquellas, en los cuales vemos admitir como cierto el feudalismo de que nos venimos ocupando. Aquellos anales dicen que los habitantes de las islas manifestaban gran soberbia y vanidad en la nobleza, de tal modo, que no se casaba por nada del mundo el hijo del noble con la plebeya. En otro lugar añade, que los chamorris tenían mayorazgos de cocales, plátanos y otros árboles.

Las creencias religiosas que observaban aquellos primitivos pueblos, estaban resumidas al culto supersticioso de los cadáveres, teniendo cada familia un altar en el hogar y un ídolo en las calaveras de sus mayores, que cuidadosamente conservaban cual lo hacían en sus lares, los descendientes de Rómulo con sus pequeños dioses penates.

El ritual de sus supersticiosas creencias estaba circunscrito á pesadas salmodias en que relataban las virtudes y hazañas del que adoraban, repartiéndose en sus rezos, cual en sus fiestas, tortas hechas de arroz, pescado y frutas, las que comían con el atole, bebida espirituosa confeccionada con los jugos del coco.

Sus escasas creencias religiosas las completaban admitiendo un sér llamado Puntan, el cual decían, había existido muchísimos siglos antes de la creación del cielo y la tierra. Puntan, según la tradición, tenía una hermana, y esta, al morir aquel, creó de sus espaldas la tierra, de su pecho el cielo, de sus ojos el sol y la luna, y de sus cejas el arco-iris. Reconocían la inmortalidad de las almas, las cuales habían de gozar en el mundo de los espíritus, ó sufrir en Zazarraguan ó casa de Caifí, con cuyos nombres conocían el infierno y el demonio.

Sus sacerdotes, que se llamaban Macambas, invocaban á las calaveras, teniendo mucho temor á las almas de sus abuelos que llamaban Anitis.

Hacían grandes demostraciones de dolor en las muertes de sus parientes, y celebraban con bailes sus bodas y regocijos, constituyendo el principal adorno de sus galas, conchas y caracoles, engarzados en plumas y pequeños insectos de colores. El signo mayor de cariño consistía en pasar la mano por el pecho del que querían agasajar.

El orgullo del chamorri era tal, que suponía procedían todos los males de otros pueblos, creyendo que la humanidad tenía el origen en sus islas, y que las virtudes habían nacido de la peña de Fuuña, la cual llevaba ese nombre por encontrarse en el fondeadero de un pequeño puerto así llamado.

Como consecuencia inmediata del feudalismo, el que constantemente se localizasen las contiendas de cacique á cacique, manteniendo los campos en continua alarma, viniendo muy á menudo á las armas, que consistían en piedras, flechas y lanzas, que arrojaban con suma destreza.

Las demás fases, tanto materiales como morales, en que se encontraban los primeros habitantes de las islas, como el origen de su instalación en aquellas regiones, se pierde en las tinieblas de la impenetrable noche de los tiempos.

En tal estado de inseguridad histórica del pueblo que baña el gran Pacífico, corría el primer tercio del siglo XVI, en que ya empieza á delinearse la verdadera historia dé las hoy llamadas islas Marianas.

CAPÍTULO XII.

El siglo XVI.—Hernando de Magallanes.—Capitulaciones.—La Capitana, el San Antonio, la Victoria, la Concepción y el Santiago.—Sebastián Elcano.—Llegada al Brasil.—Invernadas.—Rebelión abordo.—Comunicaciones de mares.—El paso del Sur.—Bula de Alejandro VI.—Las Velas latinas.—Islas de los Ladrones.—Navegación penosa.—Isla de Cebú.—Muerte de Magallanes.—La Victoria—Vuelta al mundo.—Llegada á Sanlúcar.—Otras expediciones.—Legaspi.—El navío San Damián.— Luís de San Vítores.—Doña Mariana de Austria.—Primera misión.—Verdadera posesión.

Al siglo XVI, á ese siglo en que ni el sol dejaba de alumbrar dominios españoles, ni su bandera de ondear doquiera hubiera una peña donde sustentar su grandiosa insignia; al siglo XVI, epopeya ante la cual, todo español vuelve los ojos engrandeciéndose con su grandeza; al siglo XVI, que veía pasar ante los misteriosos dientes de su grandiosa rueda, hazaña tras hazaña, conquista tras conquista; á ese siglo que parecía no acabaría de registrar en sus doradas páginas triunfos y victorias: á ese siglo, en que veneros de oro arrojaba el Nuevo Mundo, mundo del cual dice un célebre poeta invocando la gran figura de Isabel, que había en bancos de coral, rocas de perlas; á ese siglo que tiene un prólogo tan grandioso como el que dejó escrito con la punta de su espada, el invencible Gonzalo de Córdoba, siendo una de las letras de su epílogo el postrimer suspiro del que moría entre los sombríos y artísticos muros del Escorial, después de haber hecho temblar al mundo de Oriente á Occidente; á ese siglo en que, á imitación de los antiguos rituales, hacían renacer los aragoneses y catalanes la memoria de Rodrigo de Vivar, reproduciendo las solemnes fórmulas del juramento que hizo temblar á Sancho el Bravo; á ese siglo que compendia la edad de oro de nuestra literatura, á cuyo frente figuran genios como Lope de Vega y Cervantes; á ese siglo, en que un Carlos I recogía del suelo los pinceles del Ticiano; á ese siglo en que se incubaban en la mente de Blasco de Garay los primeros gérmenes que habían de crear esos gigantescos pulmones de hierro que en sus potentes transpiraciones de vapor horadan la roca, dividen las ondas y acortan el espacio; á ese siglo, en fin, le cupo la gloria de ver descubiertas á la nueva civilización las hoy llamadas islas Marianas, con todo el Archipiélago Filipino.

A poco de ver el nieto de los Reyes Católicos reunidas en su sien las coronas de España y Alemania, la primera, por muerte de su padre Don Felipe el Hermoso y locura de Doña Juana, y la segunda, por muerte de su abuelo Maximiliano, apareció uno de esos genios que dejan de tarde en tarde por su valor, por su talento, ó por sus virtudes, una estela luminosa en el prosaico laberinto de intrigas y miserias que se agitan y revuelven en todas las etapas de los siglos. Esa estela la abrió en el Océano de la historia el intrépido marino Hernando de Magallanes.

La presencia de Hernando de Magallanes y la oferta hecha á Castilla de descubrir por ella y para ella nuevas y ricas tierras al Occidente, siguiendo un nuevo rumbo hasta el entonces conocido por los navegantes, originó oposición por parte de la corte de Portugal, procurando el entonces embajador de dicho reino, D. Alvaro de Acosta, entorpecer la empresa que ya se proyectaba.

Los manejos de Portugal y las excitaciones tardías de D. Manuel, su Soberano, se estrellaron en la firme decisión tomada por el Monarca español, el cual otorgó solemnemente en Zaragoza, las regias capitulaciones con arreglo á las cuales había de hacerse la expedición á Occidente.

Listas las naves y nombrados los capitanes, recibió Magallanes con toda la pompa regia de manos del Asistente de Sevilla, D. Martín de Leiva, el Real estandarte, celebrándose esta ceremonia con gran concurrencia en la iglesia de Santa María de la Victoria, en Triana en donde el Almirante juró pleito-homenaje con arreglo al fuero y costumbre de Castilla, prometiendo conducirse en la empresa como fiel y leal vasallo de su Majestad Católica, juramento que fué repetido por los capitanes y pilotos.

Componía la expedicionaria flota, á más de la nave Capitana, las llamadas San Antonio, Victoria, Concepción y Santiago; yendo á las órdenes de Hernando de Magallanes entre otros marinos célebres, el maestre Juan Sebastián Elcano, Juan Ginovés, Luís de Mendoza, Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Rodríguez Serrano. Montando las naves y completando sus dotaciones doscientos treinta hombres entre soldados y marineros.

Con tales elementos y un regular repuesto de vituallas, se hicieron á la mar el 10 de Agosto de 1519, tomando rumbo en demanda de las islas Canarias.

El 15 de Octubre dejó la escuadra la vista de Tenerife, poniendo proa á la Costa de Guinea.

Después de varios contratiempos, de sufrir la presión de altas temperaturas y terribles tormentas, llegaron el 13 de Diciembre á las costas del Brasil; rebasaron el Cabo de Santa María; recorrieron el misterioso río de Solís, y siguiendo la costa del Sur encontraron una pequeña bahía, á la cual por la gran abundancia de aves acuáticas llamaron de los Patos; en dicha bahía les sorprendió un fuerte temporal, aguantando en fondeadero hasta que aplacados los elementos, pudieron continuar su empresa.

Poco habían navegado, cuando la invernada se presentó altamente fría y desapacible.

Las anteriores y recientes luchas, el frío, la nieve, la soledad de aquellos inhospitalarios lugares y todas las privaciones que ya se dejaban sentir, levantaron descontestos que quisieron poner proa á Castilla; esto originó más de un tumulto, que el fuerte carácter de Magallanes reprimió, condenando á muerte á un capitán y algunos soldados. Cerca del Estrecho se verificó la invernada, permaneciendo sobre anclas á la embocadura del río que les había de abrir paso al Pacífico.

A primeros de Noviembre se descubrió un canal que corría de Oriente á Poniente, y sospechando fuese el paso que comunicaba el Atlántico con el mar del Sur, mandó el Almirante fuese de exploradora la San Antonio, cuya nave volvió con la fausta nueva, de que el canal que acababa de recorrer vertía sus aguas en las saladas ondas de los mares que buscaban.

Esta noticia produjo grandísimo aliento en los desfallecidos ánimos, internándose la escuadra por el canal, el cual debiendo ser nuevamente reconocido por haber llegado á puntos difíciles, salió en nueva exploración la San Antonio, la que se esperó en vano, sabiéndose después, que habiéndose perdido en el intrincado laberinto de aquel peligroso paso, y no encontrando á la Capitana, tomó rumbo á España.

La falta de la San Antonio y la pérdida del gran número de provisiones que llevaba, no hicieron vacilar la voluntad de hierro del navegante portugués, el cual siguió el peligroso y misterioso derrotero.

Muchos peligros arrostró la flota en el canal; hasta que por último, el 27 de Noviembre de 1520, desembocaron en los extensos dominios del mar del Sur, el cual fué descubierto por el valiente Balboa, el 25 de Setiembre de 1513, en las exploraciones que hizo por el Istmo de Panamá, pequeña lengüeta que divide las dos Américas. El grandioso Océano del Sur, ¿se comunicaría con los ya descubiertos? Esta pregunta se hicieron los navegantes, viniendo Magallanes á resolver el problema, enseñando en su Estrecho la unión de los mares y el paso para dar la vuelta al mundo.

Este glorioso descubrimiento sin duda alguna hubiera sido para Portugal, á no ser por las muchas ingratitudes que en recompensa de los servicios prestados á aquella Corona en las Indias Orientales, no hubieran puesto á Magallanes en el caso de ofrecer sus servicios al Monarca español, al cual cumplió como bueno, no sólo con el descubrimiento del paso del Sur, Tierra del Fuego, Continente de los Patagones, Archipiélago de Marianas y Filipinas, sino que planteó ventajosamente para Castilla, la cuestión que originaron las islas Molucas por razón de su falsa situación geográfica. Magallanes, que al par que intrépido marino y valiente soldado, era profundo astrólogo; Magallanes, que seguía con los ojos de la ciencia la rotación de los astros, la dirección de los vientos y el movimiento de las corrientes; que sondaba los abismos en el mundo de su inteligencia al par que interrogaba las misteriosas é incompletas cartas marítimas del gran Behen, y recogía cuantas observaciones constantemente le presentaba en su camino su aventurera existencia; demarcó la verdadera situación de aquellas islas, colocándolas dentro de los meridianos que á España señalaban las cláusulas de la Bula de Alejandro VI, reproduciendo en un todo al servicio de la corte castellana, sus pasadas hazañas prestadas al soberano de Portugal, en la aventurada empresa del sitio de Malaca y en tantas otras á cual más arriesgadas en que tomó parte al servicio de Alburquerque en las comarcas orientales.

El paso que une los dos grandes Océanos, aún hoy en que la navegación parece ha puesto su última letra en el libro de los adelantos, es uno de los más peligrosos derroteros que pueden emprender los navegantes, y que Magallanes llevó á cabo, falto de víveres, con imperfectos instrumentos, y con una tripulación descontenta y tumultuosa.

No contento el gran navegante con haber encontrado el paso que lleva su nombre y de hollar con su planta la tierra del Fuego, puso rumbo por el ancho mar en busca de nuevas empresas.

Largo todo el capo, la quilla de la Capitana, levantó hirviente espuma en el Océano Pacífico, dirigiendo Magallanes el timón aun más allá que veía en su atrevida imaginación.

El más allá que comprendía la fe de un hombre que sueña hazañas, encontró un eco en la voz de tierra que se escapó de todos los labios al descubrir por los horizontes donde se oculta la luz, una informe masa confundida con las espesas y revueltas nubes.

Tierra era en efecto, y abordando á ella se tomó fondo, siendo el 6 de Marzo de 1521.

La tierra que los intrépidos navegantes tenían á la vista, les ofrecía hospitalidad y recursos. Falta les hacía la una y los otros, pues al descubrirla, la desesperación, la impaciencia y las necesidades todas habían llegado á su término. Desde que entraron en las aguas del Sur, fueron poco á poco acortándose las raciones hasta el punto de hacer las comidas con agua del mar, no habiendo encontrado en el derrotero que traían, más tierra que las islas Desventuradas, así llamadas por Magallanes, en vista de su situación, inhospitalario abrigo y falta de recursos.

Tan luego Magallanes dió fondo, rodearon á la Capitana sinnúmero de pequeñas embarcaciones movidas por paletas que servían de remos, y por unas velas de tejido de palma. Por el gran número de embarcaciones y por la figura de sus velas, llamaron á aquellas islas de las Velas Latinas.

Aquel grupo de islas hay quien cree son las Celebes de la antigüedad. Los naturales las llamaban á la llegada de Magallanes, Laguas.

El día 7 del mismo mes, desapareció un bote de la Capitana, por lo que y por otros robos que hicieron los naturales en los demás barcos, cambió Magallanes el nombre de las Velas Latinas por el de los Ladrones, que es como todavía las llaman los extranjeros en la mayor parte de sus cartas. Con algunos arcabuceros y no pocas amenazas, consiguió el Almirante recuperar su bote, y no satisfaciendo á su carácter emprendedor la pequeñez y pobreza de la nueva tierra, nuevamente levó anclas el 9 del mismo mes, en demanda de las ricas y fértiles comarcas Filipinas. Después de una penosa navegación tomó puerto en la isla de Cebú, donde consiguió captarse el cariño y los servicios del Reyezuelo que imperaba en aquella, el cual estando en guerra con su vecino el de la isla de Maetan impetró de Magallanes su auxilio, que le fué otorgado por el intrépido marino, yendo él mismo con parte de su gente á una expedición contra los enemigos de los cebuanos; aquellos en gran número y con gran destreza resistieron el ataque, muriendo Magallanes. Esta sensible pérdida acaeció el 26 de Abril de 1521.

El vencido Rey de Cebú, bien por temor, bien por haber entrado en las prescripciones impuestas por el vencedor, ó bien por la inconstancia propia del natural, es lo cierto que so pretexto de un convite preparó una emboscada, en la cual perecieron villanamente asesinados hasta 30 soldados. Los pocos que habían quedado en las naves, impotentes por su número para tomar venganza, resolvieron salvar sus vidas y regresar á Castilla con las nuevas del descubrimiento.

Los pocos expedicionarios que habían logrado salvar la vida, emprendieron el viaje por el antiguo derrotero de las Molucas, en la Victoria y la Trinidad. Esta última nave quedó en la mar, aguantando únicamente la Victoria que mandaba Sebastián Elcano, los mares del Cabo de Buena Esperanza el cual consiguió doblar, no sin falta de ímprobos trabajos, arribando al puerto de Sanlúcar el 6 de Setiembre; sobreviviendo á aquella colosal empresa en que la Victoria había dado la vuelta al mundo, solamente 18 hombres.

Las nuevas que Elcano trasmitió á Carlos V, y la seguridad del descubrimiento, originaron nuevas expediciones.

La ocupación de las Filipinas y las Molucas hicieron sin duda por su poca importancia, el que no se atendiera á las islas de los Ladrones, limitándose por entonces su ocupación á la toma de posesión que de ellas hizo el año 1528 D. Alvaro de Saavedra, y más tarde, en 25 de Enero de 1565, en que el intrépido Legaspi á su paso para Filipinas desembarcó en Guajan, en donde mandó celebrar una misa y levantó acta de posesión. Esta fué solamente nominal, pues ni dejó hombres, ni hizo nada de lo que constituye la material posesión; continuando los naturales en sus usos, costumbres y religión, si bien es verdad existen verídicos testimonios en que se acredita que las naos que recorrían el Pacífico, refrescaban aguada y se hacían de algunos víveres en las islas de los Ladrones.

En tal estado, llegó el año de 1662, en que tocó en la principal de las islas llamada, como ya dijimos, Guajan, el navío San Damián, que procedente de Acapulco se dirigía á Manila. En dicho navío, y como presidente de una misión de Jesuítas, venía el devoto Padre Diego Luís de San Vítores, el cual, viendo el estado de los naturales, resolvió trabajar para establecer una misión en aquellas apartadas regiones.

No bien llegó San Vítores á Manila, principió á gestionar la realización de su pensamiento, el cual no solamente no fué secundado sino que encontró acérrimos enemigos; esto no obstante el Padre San Vítores abrigaba en su alma la más fuerte de las perseverancias; la perseverancia que emana de principios del mismo Dios, «bautizarás al idólatra» dijo, y el infatigable jesuíta firme en su propósito se dirigió al Padre Nitarht, confesor de Doña Mariana de Austria, esposa del Soberano reinante por aquella época en Castilla, Don Felipe IV, del cual consiguió aquella una Real cédula satisfaciendo ampliamente los deseos del jesuíta.

En la expresada Real cédula se prevenía al desgraciado Gobernador de Filipinas, D. Diego Salcedo, facilitara á San Vítores toda clase de recursos para establecer una misión en las islas de los Ladrones, y en efecto, y al cumplimiento de lo mandado, se construyó en el puerto de Cavite, el navío San Diego, en el cual se embarcó la misión, á la que le surgió nuevos contratiempos al ir primero á Méjico en donde el Virey interpuso nuevas dificultades, que la constancia y excitaciones del jesuíta pudieron vencer; logrando por último, gracias á su invencible tesón, arribar á la isla de Guajan el 15 de Julio de 1668, desde cuya fecha se puede conceptuar la verdadera posesión de las islas de los Ladrones á los dominios españoles, puesto que hasta entonces no hay noticias se hiciera ocupación alguna.

CAPÍTULO XIII.

Adelantos de la misión.—Oposición de los macambas.—Saipan y
Rota.—Los urritaos.—Tradiciones usos y costumbres.—Colegio de San
Juan de Lotrán.—Crónicas de los jesuítas—Hostilidades.—Asesinato de
San Vítores.—Una modesta cruz.—Los Padres Solano y Ezguerra.—El
almirante Coello.—Nuevos asesinatos. Represalias.—D. Juan
Santiago.—El Gobernador Irrisari.—Descubrimientos al Norte de
Agaña.—Marianas en el siglo XVIII.

La misión dirigida por el Padre San Vítores desembarcó en la isla de Guajan, estableciéndose en el pueblo de Agaña, en donde inmediatamente principió su obra de conversión.

La misión al principio fué recibida con grandes muestras de cariño, sometiéndose gustosos los naturales al bautismo y á oir la voz de los que predicaban una religión para ellos desconocida; mas bien pronto aquellos afectos se convirtieron en una tenaz y terrible oposición en la que perdieron la vida varios misioneros y soldados.

En los primeros meses los agasajos y la dulzura que emplea todo el que trata de persuadir, hicieron su efecto, predisponiendo los ánimos á la protección de que fué objeto la misión.

Más tarde surgieron varios conflictos, creados primeramente por la intemperancia del magnate, el cual, oyendo un día y otro las excelencias del bautismo, quiso fuese patrimonio exclusivo de ellos y sus hijos. Esto, como es consiguiente, creó luchas y excitó los ánimos, no por la idea del bautismo, sino por la división que surgía su aplicación. La dulzura del Padre San Vítores y la fuerza de sus convincentes argumentos pudieron desvanecer este primer conflicto, viendo en ello dar al cristianismo el primer paso á la unión de clases.

La herida que abría lo anterior en las antiguas costumbres, fué comprendida por algunos que se propusieron crear nuevos conflictos en defensa de sus odiosos privilegios.

Los magnates descontentos por una parte, la superstición por otra ayudada de falsas tradiciones, y robustecida con las intransigencias de los sacerdotes ó macambas que concitaban los ánimos, despertando antiguas costumbres, y unido á esto el estratégico é infame rumor de que el bautismo originaba la muerte de los niños, fueron los elementos que pusieron en juego los enemigos de los ministros de la fe.

Los anteriores males fueron venciéndose, contrarrestándose unas veces la fuerza con la fuerza, é interponiendo otras la convicción en medio de las supersticiosas creencias.

No contentos los jesuítas con la aparente sumisión de la isla de Guajan, se extendieron al Norte, en donde descubrieron nuevas islas siendo las principales las nombradas Saipan y Zarpana, ó sea Rota. En estas se reflejaron bien pronto los mismos males por que estaba pasando Guajan, haciéndose los trabajos con grandísimo riesgo.

Las costumbres fueron siempre los principales elementos que los macambas trataron de explotar en defensa del predominio é influencia que venían poseyendo en aquellos pueblos, sujetos al capricho de su voluntad, por medio de las acomodaticias invocaciones, originarias de supersticiosos manejos.

La poligamia con toda la asquerosa desnudez venía sucediéndose en las costumbres de aquellos isleños, y la poligamia que necesariamente había de ser combatida en los ascéticos principios de San Vítores produjo sus consecuencias. Los urritaos, ó sean los jóvenes, levantaron una cruzada que fué á engrosar las filas de los que combatían la idea por el orgullo, viniendo á ser las pasiones sensuales y las tradiciones aristocráticas, las piedras de apoyo que sustentaban la discordia y la oposición.

La lucha entre la argucia del macamba y la persuasión del misionero, era tanto más tenaz cuanto que tenía por palenque la condición del natural, el cual admitía cuantas ideas llegaban á su escasa comprensión.

Su imaginación voluble está comprobada en sus tradiciones, que atestiguan eran muy dados á las fantásticas leyendas, las cuales relataban en coro formando dos círculos, uno de hombres y otro de mujeres, que giraban en inverso sentido. Para estas fiestas, en las cuales cantaban las excelencias y las antigüedades de sus Anitis, se adornaban las mujeres tiñéndose de negro los dientes y blanqueándose el pelo, completando el adorno conchas, caracoles, plumas, insectos de colores y hojas de plátano. Los hombres se rapaban el pelo, yendo completamente desnudos. Restos de estas antiguas costumbres y reminiscencias de aquellas fiestas todavía se conservan en Marianas. El autor de estas líneas ha presenciado algunas escenas entre los carolinos residentes en Agaña, en las cuales se refleja las primitivas tradiciones.

Los elementos turbulentos cada vez tomaban más fuerza, al par que la adquiría la evangélica persistencia de los misioneros, en tanto que el corto número de soldados mantenían en los cañones de sus mosquetes el desbordamiento que ha tiempo se venía presintiendo.

En 1669 se bendijo una iglesia, creándose poco después un colegio con el nombre, que aún hoy lleva, de San Juan de Letrán, para el cual consiguió San Vítores se expidiera en 1663 Real cédula de perpetuidad, con la dotación anual de 3.000 pesos, los cuales se habían de pagar por las cajas de Méjico.

En contestación á esta merced, otorgada por Doña Mariana de Austria, escribió el jesuíta una sentida carta al Padre Nitarht, haciéndole presente participara á su Reina que en él espacio de pocos meses y debido á su protección, había en las islas entre bautizados y catecúmenos 34.000.

Este dato no lo hemos podido comprobar en documentos oficiales, y como quiera que nos parece un tanto exagerado, debemos hacer presente lo hemos tomado de las mismas Crónicas de los Jesuítas, de cuya institución dependían todos los Padres que compusieron las misiones de Marianas, cuya dotación eclesiástica corrió á su cargo hasta que fueron expulsados de los dominios españoles.

Las expresadas crónicas hacen subir la población de las islas á 100.000 almas, cifra que asimismo nos parece inexacta, no comprendiendo que ni la extensión, ni los productos del suelo pudieran alimentar tal exceso de población, y sobre todo y más que la falta de proporción entre los habitantes y el suelo, en que aquellos, según las mismas crónicas, se redujeron en muy pocos años á más de la quinta parte; disminución incomprensible en tan poco tiempo, teniendo en cuenta la razón de situación de las islas y la casi absoluta incomunicación en que estaban con los demás pueblos.

La emigración sin los medios de comunicación es imposible, y la enormidad de la baja sin aquella, por razón de mortandad también lo es, atendiendo á la salubridad que en todo tiempo se experimenta en las islas.

El casi imposible se opone á la creencia de que hubiera 100.000 almas, en donde escasamente solo restan en el día unas 7.000.

De estos y otros datos se prevale un escritor francés para mezclar entre el gran caudal de poesía que respiran sus obras, un sinnúmero de vulgaridades, por no calificarlas de otra manera, al ocuparse de Marianas.

Los pocos narradores de aquellas islas habrán podido equivocarse, es más, de hecho se han equivocado en algunas cosas; en cambio M. Arago, escritor á quien aludimos, es muy posible no haya dicho una sola verdad en las páginas que consagra á las Marianas.

Mas continuemos su historia.

Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados, la alevosa muerte que dieron los isleños á más de uno, y las dificultades que oponían, ora en la resistencia pasiva, ora en el éxito de las armas, motivaron el que poco á poco, y á medida que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra, y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levantó en un principio, se perfeccionara tomando el carácter que distingue la conquista, y la persuasión, las armas y la fe, la suavidad de los principios del cristianismo, y los mortíferos estragos de la metralla; participando bien pronto el establecimiento de la abadía y del fuerte; del campanario y de la atalaya; de la cruz y de la espada.

En tal estado llegó el 2 de Abril de 1672, en que Diego San Vítores desoyendo prudentes consejos, salió del recinto de Agaña acompañado únicamente de un filipino, dirigiéndose al pueblo de Tumhun á seguir su evangélica obra. No bien había caminado una legua, cuando oyó llorar á una niña en una casa de palma; quiso bautizarla, mas fué muerto á lanzadas por su padre llamado Matapang y por Hirao, vecino de aquel. Después de muerto fué arrastrado hasta la playa, arrojando su cuerpo en los arrecifes de la costa del Pico de los Amantes.

Pocas existencias humanas habrán recorrido su peregrinación sobre la tierra con más fe, con más abnegación, y con más valor que la que alentaba Diego Luís de San Vítores.

Cuatro años permaneció en las islas Marianas, cuya reducción casi puede asegurarse se le debe á él, y en ese tiempo predicando la caridad y la virtud fué consuelo de propios y extraños.

En el sitio en que fué muerto se conserva en el día una modesta cruz; á la sombra de su tosca madera consagramos una oración como cristianos y un recuerdo como españoles. En sus descarnados brazos, habrá marchitado el hálito de los fuertes Nortes, una corona de flores silvestres que hizo una decidora chamorra que nos acompañó en la expedición.

Ni la religión, ni las nuevas costumbres, ni los escasos rayos de civilización que se abren paso hasta aquellas lejanas tierras, han podido destruir antiguos gérmenes de pasadas generaciones. La superstición y la fábula son innatas en el chamorro, así que la muerte del Padre San Vítores, como su martirio y su vida, la envuelve en sinnúmero de fantásticas relaciones. Decir á un chamorro, y sobre todo á una chamorra, que las aguas donde arrojaron al jesuíta no tienen el color de sangre, y os mirará con la lástima de creer trata con un loco.

Al Padre Diego sucedió en la dirección de la misión, el jesuíta Fray Francisco Solano, el cual continuó la obra de su antecesor con fe y perseverancia.

La dirección del Padre Solano fué bien corta, pues la falta de alimentos, la naturaleza de estos, las fatigas causadas por las incesantes luchas y la tristeza que le ocasionó el martirio de su compañero, rindieron aquella existencia, ocasionando su muerte una aguda enfermedad.

Á la muerte de Solano, acaecida en Junio de 1672, sucedió el Padre Francisco Ezguerra. Por este tiempo y acostumbrados los naturales á los azares de la guerra, y ora generalizándola y dirigiendo sus ataques al establecimiento, ora localizándola de ranchería á ranchería y de caudillo á caudillo, tenían á los pocos españoles en una continua zozobra, la cual se aplacó un tanto con la llegada de los navíos Santiago y San Antonio, los cuales sucesivamente tomaron puerto en Agaña, el año 1672 y 1673.

El almirante Coello, que mandaba el navío Santiago, enterado del estado en que se encontraban los españoles los atendió con toda clase de recursos, haciendo quedase al mando de la fuerza que se organizó, el capitán de los antiguos tercios D. Juan Santiago; este, como buen soldado, de genio aventurero, de pronta y decisiva acción, de resistente naturaleza y de un valor y tesón á toda prueba, comprendió que las contemplaciones eran el verdadero foco donde se incubaban las hostilidades y la guerra, así que, dejando correr sus instintos en armonía con sus antiguos hábitos de campaña, reforzó el fuerte, levantó empalizadas, acumuló materiales y vituallas, y una vez asegurada la retirada, principió su obra de conquista talando cuantos campos se le oponían y quemando las rancherías que mostraban resistencia.

El miedo cundió por las islas, el cual bien pronto fué acompañado del supersticioso terror que produjo en los naturales la vista de un caballo que se había desembarcado del navío San Antonio, por disposición de su Almirante Monfort, el cual prestó hombres y recursos á la obra de la conquista.

Los isleños comprendieron que su ruina era cierta de continuar en actitud de guerra, y aparentemente desistieron, enviando emisarios á los españoles, con presentes de conchas y tortugas como símbolos de paz, pidiendo perdón por los hechos pasados, y prometiendo ciega obediencia para lo sucesivo. Esto acaeció á 13 de Noviembre de 1673.

Las anteriores paces se concertaron con los elementos de la confianza y la hidalguía por una parte, y el terror y la necesidad por otra, convenciéndose bien pronto los españoles de lo mentido de las promesas y la falsía de la sumisión.

A 1° de Febrero de 1674, dirigiéndose el Superior Padre Ezguerra con cinco soldados por el camino de Fuuña, fué asaltado por sinnúmero de hombres armados, los cuales, con grandes gritos pedían su muerte. Las palabras se hicieron obras, y el Padre Ezguerra y sus compañeros perecieron taladrados de flechas y arrastrados sus restos hasta el mar, en donde los arrojaron.

Este hecho inaudito, propio solo de una raza salvaje é indómita, produjo el efecto consiguiente en el ánimo del capitán y de los pocos soldados que tenía á sus órdenes. Siendo rotas las treguas y ávidos de venganza, no hubo perdón ni misericordia. Donde quiera había oposición, había incendio; donde quiera había resistencia, había metralla; se talaron campos, se destruyeron estacadas, y por último, se pisotearon los falsos ídolos personificados en las calaveras, acompañando á este sangriento cuadro la ejecución que con toda publicidad se llevó á cabo, ahorcando á todos los que pudo justificarse participación directa en los asesinatos.

La destrucción de las calaveras y el haber entre los ahorcados dos macambas de los más influyentes, fueron causa de que se apoderara de los isleños un grandísimo terror, alejádose del terreno de las hostilidades, buscando amparo en los extremos de las islas y en lo más oculto de los bosques, convencidos de que toda resistencia era imposible en vista de la actitud de los españoles y filipinos, los cuales habían perfeccionado las obras del establecimiento, proveyendo de dos pequeños cañones el torreón que dominaba las trincheras y estacadas, doblemente resguardadas con sinnúmero de púas de cañas y palma brava.

Con la conducta observada por D. Juan Santiago y por su sucesor D. Damián de Esplana, que con decisivo tesón continuó en la obra de reducción, se pudo ir asegurando la tranquilidad en las islas, en las cuales fueron construyéndose iglesias y casas de instrucción, habiéndolas en gran número de pueblos, cuando llegó á Agaña en Junio de 1676 el navío San Antonio, conduciendo á su bordo al capitán D. Francisco de Irrisari, primer Gobernador de Real nombramiento de las islas Marianas.

Azarosos fueron en extremo los dos años que gobernó Irrisari; el odio estaba oculto, la venganza por un lado, y por otro la cautela aprendida por los chamorros á consecuencia de los continuos descalabros que habían sufrido siempre que frente á frente y en ancho campo presentaron contienda, los hicieron astutos y precavidos. Las asechanzas y emboscadas eran cada vez más frecuentes, y las muertes y asesinatos parciales sustituyeron á los ataques francos y en masas.

Los macambas, á pesar de ver que la numerosa población que en otro tiempo habían subyugado, merced á la evocación de supersticiosas fábulas estaba casi aniquilada, que las cábalas mágicas de los anitis eran impotentes ante el fuego de los mosquetes y la metralla de los cañones, que los castigos eran públicos y ejemplares, que de día en día se perfeccionaban las obras, se levantaban otras aumentaban hombres y vituallas, que se talaban y se incendiaban las rebeldes rancherías, no desmayaban en sus predicaciones y en sus pérfidas gestiones. En un principio explotaron el orgullo y privilegios de raza; más tarde, excitaron la maternidad; después, echaron mano del desenfrenado sensualismo, y por último, y en los años que nos ocupa, aprovecharon como arma de excisión el hecho primero en aquellas islas, de casarse una mariana con un español. Esto dió origen á que los macambas predicaran el odio contra aquellos, recrudeciendo los ánimos al presentar el matrimonio como un robo simulado, ante el cual los conquistadores principiaban á apoderarse de sus hijas y mujeres.

Esta falsa doctrina hizo su efecto y volvieron á las antiguas hostilidades, las cuales fueron estrellándose en la constancia y valor de Irrisari y los suyos.

Al llegar á Marianas en el año 1678 D. Juan Antonio de Salas, su segundo Gobernador, se hicieron exploraciones en el puerto, se situaron lugares seguros de anclaje, y se desembarcaron refuerzos; con estos y con la inteligencia, tanto de Salas como de su sucesor D. José Quiroga, se logró reducir, no solo la isla de Guajan, sino las que aún quedaban revueltas al Norte.

En completa reducción, y estando las islas al mando de Madrazo, llegó el siglo XVIII, á cuyos principios se aumentaron escuelas, se perfeccionaron las obras de las iglesias, se levantaron almacenes, se abrieron caminos y se ultimaron cuantas construcciones habían estado abandonadas por efecto de la guerra. Las rancherías esparcidas por los montes se refluyeron al llano, desapareciendo la vida nómada y errante del natural, con la aparición de los pueblos de Merizo, Pago, Agat é Inarajan.

En el año 1701 no había habitadas en todo el Archipiélago de Marianas más que las islas de Guajan, Rota y Saipan, y estas últimas, era tan poca su importancia y tanta su miseria, que al despoblar los españoles años después la isla de Rota, dice una crónica de aquel tiempo, literalmente lo que sigue: «La tierra es estéril, el cielo melancólico, el viento y el mar á temporadas furioso, horrible y formidable. Solo en ciertas monzones se ve un aspecto apacible, la gente es poca, bárbara y bozal. Nadie sale de allí, nadie pasa por allí, no hay noticias, ni del resto del mundo, ni aun de aquel pequeño rincón del mundo. No hay desierto ni yermo en la Nitria, ni la Thebaida, que sea comparable á esta soledad. Ovidio, no acaba de ponderar las miserias de Tomis; pero si hubiera visto á Rota dijera, que era el Tomis del mismo Tomis.»

La situación de Rota desde que con tan vivos colores se describió, realmente poco ha mejorado, participando del sensible descenso que se observa en todo aquel pequeño Archipiélago, descenso más sensible en Rota por la casi absoluta carencia de comunicaciones, por la nulidad en las transacciones, por la consiguiente miseria del natural, y por lo inhospitalario de sus puertos.

La reducción de las islas como hemos dicho, quedó ultimada en absoluto á principios del siglo XVIII. Pero, ¿qué quedó de aquella reducción? Una docena de peñascos deshabitados en su mayor parte, y un pequeño pueblo al cual había que atender con cuantiosas sumas, á fin de darle vida al par que actividad y movimiento. Los sacrificios pecuniarios de la nación y los deseos de los gobernantes, se estrellaron como era consiguiente, con la falta de inspección que no podían ejercer en razón á la distancia que separa Marianas de Manila.

Se estudiaron todos los medios al par que iban creciendo las exigencias, y aumentando por consiguiente el personal y con este el presupuesto. Se ensayó centralizar el comercio en sentido oficial, y á este propósito el Real Erario en vez de remitir caudales, lo hacía de géneros de más ó menos fácil realización.

El Estado se convirtió en tendero; la Hacienda absorbió el cambio, la venta y la permuta y los gobernantes constituyeron la Real Hacienda en muestrario de las transacciones. El gobernado se convirtió en comprador, y el Estado en razón social mercantil.

Semejante manera de arbitrar fondos, produjo como consiguiente era, un sinnúmero de abusos, que denunciaron otras tantas fortunas improvisadas y caudales adquiridos á la sombra de un mostrador, en que la mercancía venía gravada con el impuesto de considerables primas, en que los comerciantes eran meros factores, y en que los dueños eran puramente nominales.

La acumulación del capital por razón de la venta; la ventaja de la retención, á causa de la escasez; el aumento del pedido en proporción á la demanda, y el acopio y almacenaje ante el cálculo racional del expendio y la necesidad, fuentes de todo comercio, no las negamos en el muestrario oficial, pero lo que desde luego aseguramos, es que dichas fuentes no vertían sus caudales en las cajas de la entidad jurídica llamada Estado, sino en la positiva de los administradores al par que administrados. Ellos se compraban y se vendían facturas, y este continuo agiotaje y más que todo la triste realidad, que aunque tarde se iba observando en los centros inspectores, dieron origen á que se abandonara el sistema anterior y á que se ensayara el hacer los pagos por medio de situados. Estos y aprovechando las naves de Méjico, dejaban en Marianas el total del importe del presupuesto.

Mas adelante, y pasados bastantes años de ser evacuadas las Américas, y cerrado por consiguiente el paso de las naves por Marianas, se redujeron en las cláusulas de un reglamento los gastos de las islas, quedando estos en la suma de unos doce mil pesos.

El reglamento no podemos negar se publicó, pero el presupuesto por ningún concepto refleja en el día los beneficios de su observación y con ella su reducción.

Hemos visto lo que fueron ayer las islas de los Ladrones; veamos lo que son hoy las islas Marianas.