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Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas cover

Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas

Chapter 23: CHAPTER IX
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About This Book

A travel account traces a route from the capital into the Tayabas region, combining route details and vivid descriptions of tropical landscapes, rivers, bridges, and villages. It offers town sketches, notes on churches and convents, administrative and statistical observations, and sustained attention to local customs and rituals such as marriage, funerals, and festivals. The narrative documents everyday life, crafts, social hierarchies, health and climate, agriculture, and municipal elections, and includes ethnographic observations about women, music, and popular poetry. On-the-spot reportage, cultural commentary, and personal reminiscence are interwoven to portray both physical terrain and social customs.

Si tales cosas dice un periódico tan serio y de los primeros de Europa, ¿qué no podrán decir los demás?

¡Así se escribe la historia!….

* * * * *

En muchas de nuestras ideas acerca del indio, convienen gran número de profundos observadores, y entre otros citaremos al eminente jesuita Murillo Velarde, quien en su Historia de Filipinas, dice: que el español es un vivo espejo en el que se mira el indio. Robertson, en su Historia universal de las Indias, compara á los indios con los muchachos de la escuela; semejanza que también la encuentran el abate Marden en sus escritos, y Solorzano en su Política Indiana. El sabio cronista de los viajes por Filipinas, del General D. Ignacio María de Alaba, Frey Joaquín de Zúñiga, escribe en un manuscrito, valiosa joya que guardan los archivos de San Agustín, cuyo hábito vistió, lo siguiente: «El genio de los indios, según los autores que han escrito de ellos, es un embolismo de contradicciones; dicen que al mismo tiempo son humildes y soberbios, atrevidos y cobardes, crueles y compasivos, perezosos y diligentes, y refieren de ellos otras mil contrariedades como estas. Yo he vivido con ellos diez y seis años y no he hallado contradicción alguna, sino una gran debilidad y mucha disposición á recibir la impresión de todas las pasiones, las cuales se les pasan luego, y con gran facilidad se desprenden de una para dar lugar á otra. Muchas de sus acciones nos parecen contradictorias, porque las referimos á nuestros ojos y no á los suyos; lo que entre nosotros es tenido por bajeza, lo tienen ellos por honra; lo que á nosotros nos abochorna, suele ser á veces entre ellos muy honorífico. Si cotejamos su modo de obrar con el modo de discurrir que se halla entre ellos, muchas que nos parecen contradicciones, las hallaremos consecuencias legítimas de sus principios.

CHAPTER VIII

CAPÍTULO VIII.

Costumbres.—Casamientos.—Código amoroso indio.—Prólogo al libro.—Bíndo—Cabezang Juan y cabezang María.—Los faldones del munícipe.—Elocuencia de las uñas.—El Eureka tagalo.—El pretendiente y la pretendida..—El pamimianan.—El _amang-cruz.—_Una casa vacía y una casa provista.—El _habiling.—_Calabazas en redondo.—Influencia de los mayores.—Rencor indio.—Los picos quemados de una carta.—La gayuma y el jonjon.—Aceptación del habiling.—De novio á marido.—El _pag-haharap.—_Ceremoniales.—La vuelta á la casa.—Novenario.

El indio en general es muy dado á sus tradiciones, y por nada en el mundo varía sus costumbres, costando no poco trabajo el introducir la más ligera adición ó supresión en ellas.

Desde que un lalaqui forma el propósito de hacer el amor á una babay, hasta que se consuma el matrimonio, pasa por una serie de ceremonias y es objeto de un sinnúmero de fórmulas difíciles de enumerar, y desgraciado de él si en esa larga gestación de pretendiente á catipán, ó sea novio, y de este á maridable, infringe alguno de los infinitos detalles del larguísimo ritual del código amoroso indio.

Ni el pretendiente que en fuerza de cortesías llega á retratarse en los tersos botones de portero de Ministerio, ni el aspirante á rica dote ante exigente futura suegra, ni el candidato extra-oficial en distrito cunero, ni el cesante con ocho hijos frente á despótico casero, tolera las injusticias, los desaires, las cavilaciones y los sudores que sufre y aguanta con estoica resignación el indio ante la bronceada deidad de sus pensamientos.

Veamos el tipo.

Bindoy es un fornido muchachote de veinte años, su padre Cabezang Juan y su madre Cabezang María, son dos honrados seres que tienen cuatro cavanes de regadío, quinientos, cocos, algunas vacas y dos carabaos aradores que labran la tierra, en la que se levanta el hogar donde nació Bindoy. Aquella casa se llama de sementera, y los habitantes de las ciudades conocen á sus moradores con el nombre de sementereros. Bindoy y sus padres no van al pueblo sino los domingos, los días de procesión y aquellos otros en que el ronco tañido del tambulic del matandá sa nayon anuncia al barrio que en la población ha de verificarse algo extraordinario. Cabezang Juan, acompañado de su hijo—que es primogénito de su cabecería,—asiste á las altas deliberaciones que algunos sábados se discuten en el Tribunal, y no sin gran trabajo recauda de sus carolos el tributo, trabajo que en cambio le da fuero sobre uso de chaqueta, asiento en la principalía, voto en las deliberaciones, media firma en informes de conducta, y sobre todo el oir llamar con cierto respeto á su cara consorte el aristocrático Cabezang, título tan nobiliario, como si su propietaria pudiera ostentar en vez de los blancos faldones de la munícipe camisa de su marido, un escudo con media docena de lagartijas en campo amarillo.

Bindoy ha entrado en quintas y sacado un número alto, por lo tanto, viéndose libre del servicio del Rey, principió á pasar por su imaginación el deseo de dedicarse al de una dama. Con tal resolución, se echó mi buen Bindoy por aquellas sementeras de Dios en busca del ideal de sus sueños. Una tarde se hizo cargo de una guapa dalaga que pilaba arroz acompañando el ruido acompasado del jalo con una monótona canción. Ver á la dalaga y pararse, y tras pararse, rascarse, fué simultáneo. En Europa, sabemos, mejor dicho lo saben otros, que con la música puede darse las buenas tardes y hasta pedir un fósforo al vecino; pudiéndose hacer esto, y muchísimo más, en el arte coreográfico, en el que, y solo con la ayuda de los pies se pueden recitar todos los pentacrósticos de Estrada. El arte mímico ha llegado á una gran altura en el viejo mundo; pero juramos á nuestros lectores, que con toda aquella mímica junta, no se llega á la expresión que envuelve el hecho de pararse un bagontao ante una dalaga, y rascarse. Las uñas en este caso tienen más elocuencia que todas las catilinarias juntas. Una rasqueta, reposada, tranquila y practicada en aquel sitio de que Sancho se quejaba después del manteo de la venta, es el ultimatum más perfecto que se conoce en el lenguaje de las peticiones. Cuando el indio se rasca en la cabeza, su exigencia solo será material, es el preámbulo para pedir ó dinero, ó cosa que lo valga; pero si el indio corre las uñas por los antedichos lugares, entonces la petición cambia de especie, y se convierte en moral.

La dalaga, vió que Bindoy se paró, que miró, y que abrió la boca; oyó que pronunció el eureka tagalo, ó sea el característico, ¡aba! y sobre todo, observó que bajó la mano y se rascó con el mismo mimo y parsimonia que podría hacerlo un gitano sobre el lomo de un pollino en feria, y visto y oído lo anterior, dejó jalo dentro del lusong y miró de reojo á Bindoy como diciendo, mañana tú serás el que piles.

En las costumbres tagalas de la provincia de Tayabas, el hombre trabaja mientras es novio, cuando es marido, generalmente quien lo hace es la mujer.

Sigamos á nuestro Bindoy.

Una vez que comprendió había encontrado su media naranja, traspuso el cerco de madre cacao que resguardaba la casa, en la que entró con la misma familiaridad que si fuera la suya. Dió las buenas tardes á los padres de la dalaga, fué cuidadosamente observado por aquellos, y acto continuo indicaron faltaba agua, á cuya indicación el pobre Bindoy, cargó con un pesado bombón de caña, que llenó en un manantial vecino. Con este trabajo empieza el via-crucis que tiene que recorrer el pretendiente. En el mero hecho de haber desempeñado una ocupación de la dalaga, se le acepta, y en tal concepto, presta con el nombre del servicio, ó sea el pamimianan, toda clase de trabajos. Acompaña á su pretendida á todas partes, desempeña sus quehaceres, pila por ella el arroz, lampacea el suelo, limpia los carajais y los platos, ayuda al padre en las faenas de las sementeras, y todo por ella, por ella, á quien mira con una cómica gravedad. No hay nada más digno de notar, que la respetuosidad con que es tratada una india en situación de pretendida.

El servicio, lo impone el padre de la dalaga, dura generalmente un año, ó sea de cosecha á cosecha, viviendo muchas veces el pretendiente en la misma casa de la pretendida. Desde el momento en que se acepta el servicio por parte de la familia de la dalaga, se abren dos listas, una que lleva el padre de aquella y otra el pretendiente, consignándose en ellas el importe de todo cuanta gasta en obsequios, sean de la clase que quieran. Los trabajos también tienen su tarifa, abonándose en cuenta dos reales por los servicios de noche, y uno los de día. Las listas del pamimianan son altamente curiosas, leyéndose en ellas, al lado de una libra de lichón, un pañuelo de guinaras, figurando más allá de este apunte, dos reales por una noche en claro velando el romadizo de la futura suegra, y más allá, un real por media noche en que acompañó á la dalaga á cantar la pasión. Al cumplir el año se hace la liquidación del importe total de los trabajos, de los obsequios y del valor de todo lo comible y bebible, que ha llevado el pretendiente, y este se prepara á recibir su sentencia, pues al concluir el servicio se resuelve en definitiva si se le acepta ó no.

En esta aceptación, poco ó nada se oye el asentimiento de la dalaga, la cual con raras excepciones sigue la voluntad de sus mayores, sin réplica ni objeción alguna.

El pretendiente, en esos días, se preocupa todo lo que puede preocuparse un indio; busca una especie de hombre bueno, que se le conoce con el nombre de amang-cruz, y con este, y algunas veces la música, se dirige á la casa de la dama de sus pensamientos, siendo de advertir que ya con anticipación se ha procurado se le comunique la noticia. Constituidos en la casa, si ven que nada falta en ella, es mala señal; mas si por el contrario, se encuentran solo con las paredes, sin que haya fuego, ni leña en el hogar, ni bancos, mesas y lamcapes en la caída y sala, entonces la cosa varía de aspecto, y el novio, el amang-cruz y los individuos de la familia de aquel, en un momento llevan cuanto hace falta, procediéndose acto continuo á preparar la cena y buscar á la dalaga, que la tienen escondida en alguna casa vecina. Encontrada aquella—y es de advertir que se la encuentra siempre—el amang-cruz entrega á su padre una bandeja adornada de flores. Entre estas se coloca una cajita, en cuyo fondo se ponen dos monedas de plata, cuyos bustos resulten mirándose el uno al otro. A esta ofrenda se la llama el habilin, y aceptado este, principia la cena; se bebe, se canta, se baila y se habla de todo, menos de la proyectada boda. A los ocho ó quince días de la entrega del habilin, se prepara otra cena, previo aviso á todos los parientes de una y otra parte, y si á la conclusión de aquella devuelve el padre de la dalaga al amang-cruz las dos monedas, es señal de calabazas en redondo; si no hay devolución, el pretendiente pasa á ser novio oficial.

De no aceptarse al novio, se le entrega el importe del servicio, el cual se le carga en cuenta al nuevo pretendiente que tenga la dalaga, de modo que el pamimianan no es ni más ni menos que un préstamo que se hace al padre, con la garantía de la hija. Volvemos á repetir, que pocas veces entre las indias de la provincia de Tayabas, se ven ejemplos de que contraríen la voluntad de sus mayores, y cuando esto sucede, el rencor se lleva á un terreno casi incomprensible. Conocimos una joven, que habiendo apelado al amparo de las leyes, y habiéndose decretado su depósito, escribió á sus padres una carta pidiéndoles perdón. El día que tal hizo fuimos á la casa en que se hallaba, y la encontramos llorando, teniendo á la vista su carta con los cuatro picos quemados, una mortaja, un cordón, un rosario y cuatro velas amarillas. Aquellos objetos mortuorios nos llamaron la atención, y al interrogar á la joven, nos dijo, que aquella carta era la suya, devuelta sin contestar por sus padres, quienes, juntamente con ella le habían acompañado los anteriores objetos. La carta que se devuelve quemadas las cuatro puntas, significa que el odio será eterno; si se acompaña la mortaja, revela, que aquel se llevará hasta la tumba.

La oposición de los mayores tratan algunas veces los pretendientes de conjurarla por medio de empíricas recetas ó tradicionales anitos. Las hojas de la gayuma y del jonjon, se prestan en primer término para las cábalas amorosas. Aquí no hay echadoras de cartas, ni agoreras pitonisas; pero el género no es desconocido, La mangcuculam suple aquí las rayas de la mano, la sota de bastos y los setenarios del amor, con los brebajes del jonjon y los sahumerios de la gayuma.

Nuestro conocido Bindoy no tuvo necesidad de recurrir á medios extraordinarios. Fué aceptado por todos, trabajó como un cumplido pacientísimo su año de servicio, y cabezang Juan guardó en el fondo del arca las dos monedas del habilin. Ya lo tenemos, por lo tanto, novio oficial de la simpática dalaga, cuyo nombre era el de Nínay.

Del estado de novio al de marido, hay entre el indio muy poco camino, así que á los pocos días tomaron el que dirige al convento, Bindoy, Nínay, el amang-cruz y los padres de aquellos. Presentes los novios ante el párroco, fueron examinados, y nemine discrepante aprobados, quedaron inscritos para las amonestaciones.

La presentación que hacen al cura la llaman el paghaharap, y con este nombre se da una fiesta, que se repite la víspera de la unión, con el nombre del casalan, la que dura hasta la hora de ir á la iglesia.

En todos estos actos hay un ceremonial especial que se repite de unos á otros con la precisión del engranaje de un cronómetro inglés.

Bindoy, solo, según programa, marcha por medio de la calzada que dirige al convento á la cabeza de la música; detrás de esta, y en la misma forma que su futuro, camina muy despacio la novia, llevando sobre su cuerpo la saya más pintarrajeada que ha encontrado y cuantos objetos relucientes ha podido proporcionarse. Leídas que fueron las solemnes palabras de San Pablo, Bindoy miró de reojo á Nínay, el cura bendijo la unión de ambos, y todos contentos y satisfechos regresaron á la casa de la desposada, en la que el pobre marido, antes de entrar en posesión de su mujer, tiene que sufrir nueve—¡nueve!—interminables días, por supuesto con sus correspondientes noches de baile, cutang-cutang, coquillo y demás agasajos que para el pobre Bindoy son otras tantas mortificaciones. En estos nueve días la desposada duerme con sus amigas, las cuales la rodean, no dejándola ni un momento sola. ¡Delicada y alegórica costumbre en que se despide la dalaga del mundo, rindiendo en aquel novenario el último tributo á la virginidad!

Bindoy es completamente feliz al lado de Nínay. Veamos en el siguiente capítulo si es ó no posible la felicidad en el indio.

CHAPTER IX

CAPÍTULO IX.

¿Es ó no feliz Ambrosio?

Decía un amigo mío que á ser posible volver á nacer y tener el derecho de petición, pediría á Dios nacer indio, pero indio puro, de sementera. Fundaba su deseo en la observación que había hecho de este país en su larga permanencia en él y en el trato y conocimiento de las costumbres del indio.

Hoy que llevo algunos años en Filipinas y que he pasado muchísimos días estudiándolo, comprendo cuánta razón tenía mi amigo.

Entiéndase, que tanto aquel como yo, nos referimos al indio de campo, no al ilustrado de las ciudades.

Para que no haya duda, voy á describir el tipo tomado del natural.

En mis excursiones por uno de los pintorescos ríos de la contra-costa de Tayabas, que desembocan en el Pacífico, vi deslizarse pesadamente una balsa de cañas, sobre las cuales tranquilamente dormía un indio. A las voces que le dió nuestro timonel, se incorporó lentamente y tras un largo esperezo y un no menos largo resoplido soñoliento, separó con la ayuda del tiquin su rústica embarcación, dejándonos paso en la corriente.

He ahí, dije en mi interior, un ser que respira tranquilidad, salud y bienestar.

Formulado que fué el anterior juicio, me asaltó el deseo de saber si habría sido ó no exacto en dicha apreciación.

—¿Conoces á ese indio que va en la balsa?—dije al timonel.

—No conoce, señor.

—Pregunta si vive cerca, y de vivir próximo al río, díle si podríamos pasar la noche en su casa.

El timonel con la ayuda de mi criado, tradujo en tagalo mi deseo, dando su contestación por resultado, que vivía un cuarto de hora de remo de donde nos encontrábamos, y que con mucho gusto nos ofrecía su casa y cuanto tenía, á cuyo ofrecimiento dí orden para que se largara un cabo á la balsa. Con la ayuda del remolque y apretando bogas, atracamos al poco rato al pié de la morada del indio. La casa era de caña y nipa, y todo su ajuar se reducía á dos lancapes, una mesa, una banga y unos cuantos tabos de coco, destacándose en las paredes varias estampas pegadas con morisqueta.

El indio nos dijo llamarse Ambrosio, estaba casado y tenía dos hijos. Veamos las necesidades morales y materiales de aquella familia. El espíritu de Ambrosio flotaba en el mundo del indiferentismo, sin que le atormentase ninguna clase de ambiciones, puesto que ignoraba el ancho campo y el dilatado más allá, que se extendía tras la cerca de palmabraba que resguardaba la casa. Allí vivía, sin recuerdos del ayer, sin aspiraciones del hoy, ni intranquilidad ni zozobra para el mañana. Las edades, los tiempos, las esperanzas, las tiernas conmemoraciones y todo cuanto constituyen esos eternos fantasmas que se suceden sin interrupción en el gran laboratorio que da calor al alma, son completamente desconocidos en la morada de Ambrosio. No sabe cuándo nació y confusamente recuerda los cabos de año que ha celebrado desde que murieron sus padres. Adora á Dios sin que en sus ideas religiosas entre para nada tratar de profundizar ninguno de sus misterios, llevándole su misma ignorancia al fatalismo que predomina en la generalidad de los indios. Á la muerte la llaman la raya-negra, y poco ó nada hacen para contrarestar ese negro surco de sus creencias, tan luego anuncia una de sus muchas abusiones que la muerte ha de entrar en una casa.

Las necesidades morales de Ambrosio son perfectamente nulas. Tiene mujer é hijos, pero ni remotamente le ha preocupado su porvenir. Las palabras hospital, hospicio, casa de empeños y de refugio, son completamente desconocidas en su vocabulario; es más, Ambrosio no llegará jamás á comprender su significación; ignora lo que son las interminables noches del invierno sin abrigo y sin luz, y no sabe lo horrible de la palabra ¡pan! pronunciada por un hijo hambriento y aterido. La nauseabunda guardilla, los harapos, la miseria, el hambre, las privaciones de todo género, las luchas de la virtud con las necesidades, la camilla y la fosa común, jamás han llegado ni llegarán á atormentar los pensamientos de Ambrosio. Pertenece á la raza pura, su constitución como la de los suyos, es virgen, desconociendo casi las enfermedades, teniendo para las que le aquejen admirables específicos en las hojas de sus bosques, en los jugos de sus plantas y en las corolas de sus flores. La constante y benigna temperatura intertropical de su cielo, le libra de todas las necesidades que trae en pos de sí el invierno, poseyendo Ambrosio á su alrededor cuanto constituye su vida, no solamente con relación á su materia, sino que también á su espíritu. Un pequeño campo le provee de arroz para su morisqueta; el río le brinda con la riqueza de sus pescados; el coco, le ayuda con las múltiples aplicaciones de sus hojas, sus jugos y sus fibras; el chile, fortifica su organismo; las hebras del abacá, cubren su cuerpo; las esbeltas cañas y los trepadores bejucos, le dan albergue; los verdes nipares, bebidas alcohólicas; y por último, refrescan su sangre los poéticos tamarindos. Y todo esto lo tiene Ambrosio en las treinta varas que rodean su casa. En aquel terreno están cubiertas todas sus aspiraciones, no inquietándole el porvenir de sus hijos, puesto que sabe que en aquel suelo, mina inagotable cultivada por la mano del Sumo Hacedor, está encerrado todo el horizonte del mañana. Su cielo, siempre lleno de luz; sus alboradas, con sus diamantinos rocíos; sus plácidas noches, con los vividos destellos de los miles de alitaptap que baten sus alas de fuego en las rojas corolas del árbol del amor; la grandiosidad de la selva con sus árboles seculares, sus misterios, sus pájaros, sus arroyos y sus flores, sonríen á su espíritu y le enseñan á amar al que enciende en los altos plenilunios la pálida faz de la sultana de los cielos, á la que Ambrosio como todos los de su raza, rinde una verdadera admiración. Así nace y vive el indio, viendo llegar tranquilamente su última hora, sabiendo que sus despojos no han de ser llevados por manos mercenarias y sí por sus propios deudos, los cuales no tienen el amargo privilegio de verlos arrojar en la fosa común, ese horrible rincón de las grandes necrópolis, donde se hacinan cientos de cadáveres y se compendian millones de lágrimas.

¿Es ó no feliz Ambrosio?

CHAPTER X

CAPÍTULO X.

Costumbres.—Enfermedades y entierros.—El orimon.—Creencias del indio.—El mediquillo.—Confección de una receta.—El constructor de cigarrillos.—Dos respiraciones.—El frío y el calor.—Muerte de cabezang Pedro.—Al hoyo y … talagá nang Dios.—La casa por concluir.—Dolor de embarazo.—Las plegarias y la Orden tercera.—Las listas del presente.—El panalañgin.—El sentimiento y el estómago.—Inoac y sayos.—El sentimiento y el indio.—Filosofía del icao ang bahala, y el talagá nang Dios.—El cementerio de Tayabas.—La vida y la muerte.—¡Eterno olvido!—El dasalan.—Creencias.—El lungcasan.—Último recuerdo del vivo al muerto.

Ya que hemos visto todo el ceremonial que precede á un casamiento en Tayabas, síganme los lectores que quieran á la cabecera de un enfermo grave, y si muere les daremos á conocer las costumbres que se practican en los entierros.

—¿Estamos en camino? Sí, pues principiemos por doblar la rodilla, pues á pocos pasos de la casa adonde nos dirigimos llevan el orimon, resguardado por un inmenso payo de seda grana, y dentro de aquel se ve al ministro del Altísimo con la sacrosanta forma. Detrás del orimon, que no es ni más ni menos que una silla de manos conducida en hombros de cuatro fieles, y custodiada por una guardia de honor de cuadrilleros, va la música tocando la marcha real, y á continuación gran número de acompañantes con velas.

La devota comitiva se dirige á la iglesia, y nosotros entramos en la casa del paciente, en la que se notan algunos adornos, lo que prueba, que en aquella se ha recibido al Rey de los Reyes, con toda la suntuosidad á que alcanzan los recursos de sus moradores.

Ya estamos en la caída; si quien padece es mujer, y se encuentra de parto, no podemos detenernos ni hablar hasta llegar á la habitación donde se encuentra la enferma; si esto no hacemos, se creería en un resultado funesto. Delante de nosotros ha pasado un indio que se ha parado á encender un cigarro en una de las muchas luces que hay en la caída, á pesar de ser las cuatro de la tarde; aquella parada, desde luego nos da á conocer no habrá bautizo, ni necesidad de preparar agua de socorro. Con nosotros viene el estudioso y aventajado joven D. Evaristo Batlle, médico titular de la provincia; lleva poco tiempo en ella, y todavía no ha podido desterrar con su ciencia las ridículas y hasta estrafalarias prácticas de los mediquillos. El doctor nos acompaña como simple curioso, si bien, va animado de los mejores deseos humanitarios. Cerca de la caída está la cocina, y en ella nos enseñan á un grave y respetable señor, de camisa por fuera, armado de unos tremendos anteojos, cuyo varillaje difícilmente encuentra apoyo en una cosa que quiere ser narices. Aquel personaje, es el mediquillo; se encuentra rodeado de una porción de cachivaches, dando órdenes y disposiciones con un gran aplomo. Cree que ninguno de nosotros conoce el tagalo, y por lo tanto continúa con su explicación medica, al par que confecciona una receta. Veamos los ingredientes de esta, y oigamos el discurso.

En una hoja de plátano, embadurnado de aceite para que no se pegue, deja destilar la melaza de unos caramelos, que derrite á la llama de unos tinsines que arden por cima de la hoja, sobre la que vemos perfectamente picado un poco de tabaco y otro poco de buyo, que mezcla y revuelve con la melaza, haciendo por último con todos aquellos compuestos, una especie de tabaco de las dimensiones de un primera habano. Concluída su obra, miró por cima de las antiparras á todos los que aguardaban brotase la salud de sus manos, y con aire reposado y sentencioso, dijo en tagalo, lo que traducimos en español.

—Toma,—dijo, dándole el cigarrillo á una india, que supimos era la esposa del enfermo,—cuando le suba el frío, hay que traerlo abajo, y para llamarlo, tienes que taparle con eso todas las respiraciones—¡Santos cielos! exclamamos en nuestro interior,—¡cuántas respiraciones conocerá ese constructor de cigarrillos! Sudando, solo en pensar la horrible faena para conducir el frío abajo, nos dirigimos á la habitación del paciente. Con más parches que redoblante de concejo; más hierbajos que anaquelería de herbolario: y más sobas que espalda de galeote, yacía, en el petate del dolor, mi bueno de cabezang Pedro, aquejado de un descomunal ataque de frío y calor.

Al ver al pobre cabezang Pedro, comprendimos todo lo grave que es el estar malo en Tayabas.

Y en efecto, lo estaba tanto, que murió aquella misma noche.

Nuestro amigo el doctor nos dijo que el frío y el calor, no era ni más ni menos, que una fiebre maligna.

Por supuesto la muerte de cabezang Pedro, no se la achacaron al mediquillo ni mucho menos, pues allí no hay la fea costumbre de echar el muerto á las espaldas del que lo asistió en vida. Se muere porque , y al hoyo y talagá nang Dios.

Si la casa donde acaece una defunción es nueva y está concluída, entonces no hay que preguntar, pues que está muy arraigada la creencia que enfermo que cae en casa nueva y concluída indefectiblemente ha de morir, haciendo esto, que jamás se concluyan las casas de Tayabas, dejando por poner, ó una puerta, ó una concha, ó una ventana. Durante los embarazos se suspende toda obra, así que si la dueña de una casa en construcción ó reparación nota síntomas de embarazo, se paraliza el trabajo en el estado en que se encuentre, hasta que aquella dé á luz.

Hemos dicho si la mujer nota síntomas de embarazo, y en esto no hay completa exactitud, pues basta que aquellos síntomas lo sienta por su mujer el marido. Pero…, pero que vamos, que hay que ponerse serio para decir ciertas cosas, mas es lo cierto, que en Tayabas la generalidad de los futuros papás, llevan su tradicional creencia, hasta jurar que sienten los mismos dolores que la mujer.

—¿Qué tiene tu padre?—decíamos en una ocasión á una muchacha.

—Tiene, señor, dolor de embarazo,—nos contestó.

—¡Vamos, que les digo á ustedes, que entre las muchas gangas que posee un marido, jamás pudimos creer podría llegar á tener la de ponerse á parir.

El pobre cabezang Pedro—como dejamos dicho—murió, no de una ilusoria creencia sino de una real y efectiva fiebre palúdica.

Tan luego espiró se le cubrió la cara con un pañuelo, se le entrelazaron las manos, poniendo en ellas un crucifijo, las campanas tocaron plegarias, y todos los individuos de la Orden Tercera, invadieron el cuarto, poniéndose á rezar, mientras los parientes más cercanos preparaban un hábito de San Francisco, mortaja con la que habían de vestir el inanimado cuerpo.

El toque de plegarias, al par que avisa á los vivos recen por el alma de un muerto, convoca con su lúgubre tañir á todos los que fueron sus parientes. Estos acuden á la casa si es que ya no están en ella, llevando cada uno un obsequio, consistente en dinero ó bien en tabaco, en bebidas ó en comestibles, obsequios que á su vez son recompensados en igual forma y en casos semejantes por los que los reciben, á cuyo efecto, se guarda una lista de presentes en cada casa.

Como los parientes del cabezang Pedro son muchos y pudientes, la lista del presente está llena de números, que aparecen traducidos en especie, sobre las mesas y fogones.

Una vez reunidos deudos y amigos, empieza el panalañgin ó sea el canto de la pasión, que dura toda la noche con gran contentamiento del estómago, al que se da lastre y refuerzo tras cada estrofa.

Entre cabezadas, esperezos y cánticos roncos y destemplados, viene el día, y con él el carro ó angarillas que ha de conducir al cadáver á la iglesia y de aquí al lugar del eterno reposo.

Todos los parientes acompañan al cadáver, conociéndose aquellos por una especie de frac de percalina engomada color garbanzo, de faldones muy largos, llamados sayos, que visten los hombres, y un manto, generalmente de raso, conocido con el nombre de inuac, con el que se cubren las mujeres.

El indio, bajo el punto de vista del sentimiento, ó es niño ó es viejo, lo que viene á ser sinónimo, de aquí lo difícil de definirlo. Tiene la volubilidad, la indiferencia, y los momentáneos caprichos del niño: como este odia y ama, como este quiere y olvida, sucediéndose en los impenetrables misterios de su espíritu, las más fuertes impresiones, sin dejar el dolor la más ligera huella, ni el placer el más mínimo recuerdo. Todas las cosas posibles la envuelve en su lacónico aco ang bahala, como todos los hechos consumados, los acepta en su filosófico talagá nang Dios.

Pronunciando el aco ang bahala, emprende todos los actos de su vida; y murmurando el talagá nang Dios, arroja el primer puñado de tierra sobre los últimos restos de la que le dió el sér, ó sigue con estóico indiferentismo el féretro del fruto de sus amores, sin que jamás se le ocurra protestar ni con la lengua ni con los ademanes de su profunda y filosófica frase.

Si la ciencia no hubiera ya convenido que las canas son, en la generalidad de los casos, consecuencia de la fijeza de los grandes dolores morales, nos convenceríamos de ello en este país. La casi carencia en el indio de esas prematuras y plateadas hebras, recuerdo de otras tantas lágrimas, prueba, que en su mente hay una gran fuerza de conformidad, que la mayor parte de las veces lo conduce al indiferentismo. ¿Será esto producto de una inquebrantable y poderosa fe, ó derivación de su temperamento? ¡Arcano insondable que solo Dios lo sabe, mas es lo cierto, que felices ellos mil veces que á la vista de una gran desgracia se quedan dormidos murmurando su concluyente y consolador talagá nang Dios, no conociendo las interminables noches de insomnios, en que se lucha con un insistente y doloroso recuerdo!

Haciendo estas reflexiones, llegamos al cementerio de Tayabas.

Aquella mansión de olvido y descanso, está rodeada de una gran exuberancia de vida. El murmurio del río que rompe entre guijas al pié de uno de sus muros; los esbeltos penachos de las flexibles cañas que los coronan, y los hermosos plumajes de las oropéndolas y solitarios que se posan en su parduzca y viscosa argamasa, constituyen una amarga verdad que enseña á los que vuelven cuán cerca está la vida de la muerte.

En uno de los lados del cementerio se alza una espaciosa y sólida capilla, en la que de poco tiempo á esta parte se ha principiado á formar esa fúnebre anaquelería invento de la pobre humanidad, que sin duda cree que un cajón de ladrillo elevado á tres cuartas del suelo es mejor lecho para dormir el sueño eterno, que el hoyo abierto en la madre tierra.

En el amplio y extenso patio, no vimos ni un mausoleo, ni un monumento, ni una lápida, ni una fecha, ni una inicial, ni nada que recordase un nombre. ¡Hierbas y musgos por doquier!… ¡Eterno olvido!

* * * * *

Recordando las sentidas estrofas, que la soledad del campo santo inspiraron al malogrado Becquer, volvimos al pueblo.

Aquella noche se verificó el dasalán, ó sea el principio del novenario, en el que si bien se reza, también se cena. Esta suele servirse en algunas casas los nueve días, mas lo general es verificarlo en el cuarto con el nombre de apat na arao, y en el último que se celebra con el de siam na arao.

Hasta que este se lleva á cabo, los parientes del muerto ni comen verduras, ni se bañan. Al quinto día de acaecida la defunción, creen que el muerto se aparece al que duerme en la misma cama del finado. Al sacar el cadáver de la casa, ponen á todos los chicos sentados en la escalera, de forma que el ataúd pase por cima de ellos. De no hacer esto, y no cerrar inmediatamente que sale el féretro todas las ventanas, se cree que pronto entrará en la casa otra muerte.

Con el nombre del lungcasan se celebra el cabo de año, en el que no solamente se cena, sino que en la generalidad de los casos también se baila.

Después del lungcasan, último recuerdo que consagra el vivo al muerto, no quedan ni fechas, ni memorias, ni conmemoraciones, ni marchitas coronas. Solo la iglesia conserva en sus archivos una partida de defunción; la campana un triste eco en la noche de todas las ánimas; la tierra un poco más de lodo, y el enterrador unos trozos de leña, restos de los descarnados brazos de una tosca cruz que carcomió y desunió la inclemencia del tiempo.

CHAPTER XI

CAPÍTULO XI.

Paseo á caballo.—El cocal de las _Angustias.—_La ermita.—La esquila del santuario.—Una alborada en los trópicos.—La niña, el árbol y el crepúsculo.—Una misa en la ermita.—Oración que implora y curiosidad que investiga.—La madre del dolor.—Una cifra y una fecha.—Averiguaciones inútiles.—El matandá de la ermita.—La Casa Real de Cotta.—Las ruinas y la recámara de la muerte.—Estancia en el barrio de Cotta.—Tamayo y Belloc.—Recuerdos.—Horas felices.—Salubridad y riqueza.

—Hermoso cocal es ese—dije á mi buen amigo A… con quien paseaba á caballo una tarde por el pintoresco y agreste camino que conduce al pueblo de Lucban.

—En efecto—me contestó mi amigo,—no encontrarás en toda la provincia un cocal como este; observa su cerca, su tierra, su labor, sus árboles y verás que ni falta una piedra, ni crece una grama, ni fructifica una parásita, y, cosa rara, este cocal no tiene dueño, es de todos y de nadie, no hay vecino del pueblo que no lo atienda, que no lo cuide, que no lo mejore, y, sin embargo, su dueño no es de este mundo. Cuando el indio pasa por delante de sus flexibles palmas agobiadas por los compactos racimos de sus frutos, si se ha desmoronado una piedra coloca otra, si se ha torcido un pono lo apuntala, si una planta exótica abraza un tronco la arranca, y cuando nada de esto hace porque nada falta, se quita el sombrero, lleva los dedos á la frente, hace la señal de la cruz y murmura una oración. Estamos en el cocal de las Angustias y su propietaria es la imagen que se venera en la ermita de aquel nombre.

—¡El cocal de las Angustias!—Ese título dije, seguramente debe encerrar un misterio sintetizando alguna histórica leyenda del país.

—No conozco la leyenda, solo sé que el producto del cocal se emplea en beneficio de la ermita, y que de cuando en cuando se extrae cantidad bastante de aceite para que una lámpara continuamente alumbre á la sublime madre del dolor.

—¿Y nada más sabes?—repliqué con creciente impaciencia.

—Absolutamente nada más, mis ocupaciones, y más que todo mi poca afición á escudriñar cosas que ni me van ni me vienen, han hecho que en los años que llevo por estas comarcas practicase lo que he visto hacer, quitándome el sombrero cuando por aquí paso, por aquello de que adonde quiera que fueres haz lo que vieres, sin que haya tratado de averiguar el cómo y el por qué la que es dueña de todo desde el cielo viene á ser propietaria aquí en el suelo de esas flexibles palmas.

Después de la anterior manifestación de mi amigo, continuamos el paseo sin hablar más acerca de la ermita y el cocal de las Angustias.

Volvimos al pueblo, y al día siguiente muy de madrugada me encaminé á la ermita, encontrando en ella á un matrimonio indio que la cuidaba.

—Abre—dije en tagalo á la mujer que se había adelantado á mi llegada.

Las pesadas hojas de una puerta profusamente claveteada rechinaron en sus goznes, quedando á la vista el interior del santuario. Este lo componía un pequeño cláustro, un modesto presbiterio y la sacristía que ocupaba un local á la derecha del presbiterio. Cuatro ventanas en los muros provistas de conchas y cristales, el altar con la imagen de la Dolorosa y una lámpara de plata que ardía frente á aquella, completaban el modesto templo á cuya puerta se levantaba una pequeña esquila, cuyo bronce anunciaba todos los días la oración de la tarde, y un alegre repique los viernes, el sacrosanto sacrificio que desde tiempo inmemorial se celebraba en ese día, conmemorativo de los dolores de María.

Después de inspeccionarlo todo, me volví á mi casa sin haber podido adquirir noticias referentes á la ermita.

Una hermosa y risueña alborada como lo son todas en la India, me despertó, oyendo los ecos del lejano volteo de la campanita que convocaba á los creyentes á la misa del alba. Era viernes. Apresuradamente me vestí, abrí las conchas de mi cuarto y me dispuse á asistir al más grande de los misterios del cristianismo.

Los últimos crespones de la noche fueron replegados por la tenue luz de un corto crepúsculo, y la claridad sustituyó á las sombras con esa potencia, esa vitalidad y esa gigantesca exuberancia con que hace la naturaleza en este país todas sus manifestaciones.

Aquí no hay crepúsculos, como tampoco hay juventud. El niño, pasa á ser viejo sin haber sido joven, y la niña se da cuenta que ha dejado de jugar, cuando es madre. Al árbol lo rinden los años, sin que su añoso tronco ó su ligera palma hayan visto arremolinarse al pié de su cuna, ni el melancólico sudario de su dorado otoño, ni los descarnados brazos de su prematura vejez.

Aquí, una semilla es un árbol, una niña, una mujer, y un crepúsculo, una rapidísima penumbra de la vívida luz de los trópicos.

Preguntar á una india qué acaba de dar á luz y os dirá que ha parido, no un niño ó una niña, sino una babai ó un lalaqui, es decir, un hombre ó una mujer. Plantar una simiente de las que en el viejo mundo dan un arbusto, y aquí saldrá un árbol. Salir á la calle sin el payo, contando con el crepúsculo y más que á paso tendréis que volveros con los sesos achicharrados.

Mas dejemos digresiones y entremos en la ermita, á cuya puerta se agolpaban gran número de fieles.

Me arrodillé al pié del presbiterio, y al levantarme después de oir pronunciar al sacerdote la última palabra del conmovedor evangelio del día, alcé los ojos á los inmóviles de la imagen, no recuerdo, si con el fervor de la oración que implora ó de la curiosidad que investiga; mas el resultado fué que poco á poco, el fiel se convirtió en el artista, admirando la corrección de la talla, lo acabado de sus detalles, lo valiente de sus líneas, y más que todo la profunda expresión de sentimiento que el artífice había sabido impregnar en la Dolorosa Madre. Recorriendo mi vista todos los detalles de la escultura, con gran insistencia se fijaron en un objeto que estaba á sus piés y que poco á poco vine á convencerme era un bastón.

Concluída la misa, me dirigí á la sacristía y supliqué al sacerdote me permitiera examinar aquel. Mi ruego fué atendido, teniendo ocasión de observar un antiguo bastón de mando, en cuyo rico puño, toscamente cincelada se destacaba una cifra, la misma que según me dijo el sacerdote, tenían el cáliz, propiedad de la ermita, y la lámpara. Examiné esta y aquella, y en efecto, en el oro del primero y en la plata de la segunda, se encontraba la cifra y una inscripción debajo de ella que decía: 8 de Enero 1720.

Mientras hice mis investigaciones, el sacerdote concluyó su rezo de gracias, y ambos nos dirigimos á la casa de mi amigo A…

Incidentalmente hice recaer la conversación acerca de la ermita y de lo que á ella se refería. El misterioso cocal, siempre cuidado y atendido, la correcta escultura escondida tras los muros del modesto santuario, el antiguo bastón de mando á los pies de la imagen, el laconismo de la jeroglífica cifra, y más que todo, aquel 8 de Enero de 1720, en cuya fecha seguramente se compendiaba alguna ofrenda conmemorativa de pasados sucesos, embargaban fuertemente todo mi ser. Tras no pocas insistentes preguntas y no menos vagas respuestas que mediaron, mientras tomamos chocolate, vine á perder la esperanza de lograr mi deseo.

Pasaron algunos días y una tarde en que con mi amigo respiraba la fresca brisa, sentados en la espaciosa azotea de su casa, pasó por la calle una procesión en la que todos los alumbrantes eran muy viejos. Esto hizo que se hablara sobre los frecuentes casos de longevidad de Filipinas, y el que dijera á mi amigo que entre aquellos alumbrantes irían muchos de ochenta y noventa años, á lo que me replicó aquel, que conocía un antiguo veterano que llevaba más de cuarenta años cobrando su retiro, siendo de advertir que al salir del ejército ya tenía el máximun de tiempo, debiendo por lo tanto cifrar en más de cien años. Encontrándonos en esta conversación, fué á hacernos compañía un honrado comerciante español, casado con hija del país y radicado en aquel pueblo. Enterado de nuestra conversación nos dijo, que él sabía de un viejo de ciento dieciocho años, que se le conocía con el nombre del matandá de la ermita, el cual, hacía tiempo vivía en el barrio de Cotta, distante dos leguas de Tayabas.

Al día siguiente al en que tuvimos la anterior conversación, caminaba con dirección á Cotta.

Tan luego desmonté del caballo, al pié de la escalera, de la que llaman Casa Real, indagué del castellano que la habita, quién era y dónde vivía el matandá de la ermita, sabiendo por boca de aquel y con gran desconsuelo mío, que hacía más de un año había muerto.

El castellano, pudo iluminar poco, ó nada, mis investigaciones, dando mis preguntas el único resultado de saber, que el matandá tuvo una especial predilección por unas ruinas que se descubrían en la margen del río. Dichas ruinas, cubiertas en su mayoría de brozas, musgos y malezas, muestran en su antigua argamasa las señales de un incendio. Sobre algunos ahumados y dentados ladrillos, descansa un tosco cañón de hierro de gran calibre. Su. ánima está destrozada, el herrumbre cubre su áspera superficie, y en su desportillada boca relucen en las horas de sol los ojillos de los verdes lagartos, que buscan la vida, en la que fué recámara de la muerte.

Sentado sobre aquel cañón, y rodeado de aquellos restos, supe pasaba muchas horas el matandá.

Las negruzcas ruinas del baluarte de Cotta, y su inválido cañón, claramente demostraban que por allí había pasado la tea incendiaria de la piratería morisca. Aquella muda, pero elocuente página de muerte y destrucción, seguramente ocupaba un lugar importante en la leyenda de la Virgen de las Angustias. ¿Cuál sería aquel? Hasta la fecha en que escribo no he podido averiguarlo. [13]

En los días que estuve en Cotta, tuve ocasión de ver y apreciar lo agradable que es una estancia en aquel precioso y saludable barrio levantado al borde de dos ríos, cuyas aguas se confunden en un mismo desagüe antes de llegar á la barra, la que dista del embarcadero un cuarto de hora.

En Cotta he pasado días cuyo recuerdo será tan imperecedero en mi memoria, como lo es en mi alma el cariño que profeso á los que me acompañaron en aquellos. Mis amigos, mejor dicho, mis hermanos Tamayo y Belloc me han visto escribir en aquellas alegres soledades muchas cuartillas de este libro. Un frondoso tamarindo nos resguardaba de los rayos del sol mientras Belloc estudiaba, Tamayo disecaba, y yo escribía. Allí fuimos felices muchas horas, y ellos, lo mismo que yo, es imposible olviden aquellas tibias tardes, entre aquella naturaleza, que tiene en su cielo toda clase de colores, en su suelo toda la variedad de plantas, y en su ambiente toda la diversidad de aromas que Dios alienta en los pulmones de las flores. Cotta, como ya he dicho, es un barrio de Tayabas que necesariamente llegará á ser pueblo. [14] Su proximidad al Estrecho, lo caudaloso de su río, y la benignidad y salud que se respira en sus aires, hacen que su población aumente de día en día. Los vecinos de Tayabas buscan este barrio como lugar de convalecencia y recreo.

La riqueza de Cotta consiste en sus cocales, que puede asegurarse son de los mejores y más productivos del Archipiélago. Los bayones que tejen sus mujeres, la cera silvestre que producen las salvajes abejas de sus bosques, y la gran variedad de pescados que recogen las mallas de la red, ó las entrelazadas celosías de los corrales, completan los productos de Cotta, que dista como ya hemos dicho, dos leguas y cuarto de la cabecera.

CHAPTER XII

CAPÍTULO XII.

Estancia en Tayabas.—El archivo del Gobierno.—Trabajos preparatorios para girar una visita á la provincia.—Preliminares de quintas y elecciones.—Andoy.—Laboriosidad y mutismo.—El 1.° de Abril.—Salida de Tayabas.—El río Alitao.—Barrio de Muntingbayan.—Camino de Tayabas á Sariaya.—El gobernador D. José María de la O.

Mi estancia en Tayabas se prolongaba mucho más de lo que yo me propuse.

Dos años largos hacía que salí de Manila y residía en aquel pueblo. Sus costumbres, su manera de ser, sus campos, su industria, su agricultura, sus edificios, y hasta el nombre de sus habitantes me eran conocidos. El archivo del Gobierno—que dicho sea de paso, es de los más ricos y ordenados que conozco—me fué franqueado, y no había estante, tabla, ni legajo, que no hubiese registrado tomando luminosas notas y curiosísimos apuntes de la provincia. Uno de los días que me ocupaba con gran afán ayudado del bueno de Andoy, oficial encargado del archivo, en la busca de un dato estadístico que me faltaba, fuí sorprendido por mi querido amigo el Alcalde.

Era á fines del mes de Marzo, y se tenían sobre la mesa todos los trabajos preparatorios para verificarse en la provincia las quintas y elecciones de gobernadorcillos y demás cargos del municipio.

Nada faltaba. Las listas de mozos sorteables, los reglamentos, las actas, y cuanto hacía falta lo tenía Andoy perfectamente clasificado y ordenado. No restaba más que el Alcalde señalase día de salida para formar los itinerarios, y avisar á los pueblos.

Al hablar de las oficinas del Gobierno de Tayabas, es imposible dejar de consagrar un recuerdo á Andoy. Andoy está tan identificado con los estantes del archivo, que estoy seguro moriría de nostalgia el día que se le separara de ellos. A su vista aprendió á escribir, y entre sus legajos pasó de la niñez á la juventud, y de esta á la vejez. Más de treinta años lleva manejando aquellas carpetas que jamás han estado empolvadas, merced al cuidado y cariño con que son tratadas. Para Andoy no hay más allá que su oficina, esta constituye su hogar, sus goces y sus distracciones. La palabra mañana aplicada al trabajo le es desconocida, pues jamás dejó para luego lo que debe hacerse hoy. Andoy no habla, obra. Se le da una orden, y la cumple sin que jamás haga una observación. Al entrar una persona en sus dominios la mira por cima de sus dorados anteojos, contesta á los buenos días con un movimiento de cabeza si le es desconocida, y con una dulce sonrisa si es de su afecto, y después de este ligerísimo paréntesis su cara adquiere la severidad oficial de que está revestido, y continúa su trabajo esté quien esté en el despacho. Cuando se le habla, escucha; y cuando concluye de escuchar, busca un papel, hojea una Gaceta ó abre un libro, y contesta con el texto, mas pocas ó raras veces con la lengua.

Después de inspeccionar el Alcalde todos los trabajos y ver nada faltaba, dió orden de que el 1.° de Abril saldría de Tayabas á las cuatro de la tarde, con dirección á Sariaya.

Mientras Andoy extendía los oficios, mi buen amigo me invitó á que le acompañara en la visita de la provincia, invitación que desde luego acepté con muchísimo gusto.

Ya había oído que la salida sería á las cuatro de la tarde del día 1.° de Abril, y estábamos á 28 de Marzo, de modo que no había tiempo que perder, pues demasiado sabía que una vuelta á la provincia de Tayabas requiere algunos preparativos, por más que yendo con el jefe de la provincia poco podría faltarnos.

Ocupado en registrar escopetas, hacer cartuchos, ordenar apuntes y dar la última mano á las maletas, llegó la mañana del día 1.°, y con ella la animación propia de un pueblo que rompe con su habitual monotonía. A las doce llegaron á caballo frente la casa real, el Gobernadorcillo de Sariaya y principales que nos habían de acompañar. A las cuatro en punto me ofreció el Alcalde un sitio en su coche, y precedido de diez y seis cuadrilleros á caballo, armados de lanzas y seguidos de más de doscientos principales de Sariaya y Tayabas, emprendimos la marcha á los acordes de la música que nos despedía.

Dejamos la calle Real, y tan luego pasamos el amplio pretil del convento, entramos en el sólido puente que se levanta sobre el río Alitao. Este divide la población con Muntingbayan, primer barrio que se encuentra yendo á Sariaya y adonde va afluyendo el vecindario de Tayabas. En dicho barrio, y á la derecha del camino se halla una espaciosa capilla abandonada. La solidez de la obra, toda de magníficos sillares y la amplitud de la nave nos hizo sentir el injustificado estado en que se encuentra aquel edificio que á poca costa podría habilitarse y dársele aplicación.

El camino de Tayabas á Sariaya está en muy buen estado. A uno y otro lado se ven magníficos cocales y extensos terrenos, tanto de secano como de regadío, perfectamente labrados para la siembra de palay.

El cultivo de la tierra mantiene cerca de ella á sus dueños que viven en pintorescas y limpias casitas.

A más del puente de Muntingbayan son muy notables y dignos de citarse en este camino el de Isabel II, levantado sobre el río Iyam—su primera piedra la puso el inolvidable Gobernador, D. José María de la O., el 15 de Marzo de 1852, y la última el 6 de Julio del siguiente año,—el de Urbistondo sobre el río Malaoa y el de D. Francisco de Asís que une las altas rocas entre las que corre el pintoresco cáuce del tortuoso y agreste Domoit. El puente de Urbistondo se terminó el 31 de Julio de 1854, y el de D. Francisco de Asís el 15 de Octubre del mismo año, habiendo entrado en la fábrica de aquel 10.651 sillares de piedra y en la del último 9.967, según se lee en los datos que he recogido de sus planos. Excuso decir, que tanto estas obras como la mayoría de las que se encuentran en la provincia, son hechas bajo la inmediata dirección de los gobernadores con el empleo del trabajo comunal.

A los cuarenta y cinco minutos de marcha, dimos vista al bonito y pintoresco pueblo de Sariaya, en cuyos bantayanes nos esperaba la música, la que nos acompañó hasta el Tribunal provisional.

El trayecto entre Tayabas y Sariaya es de 11 km.

CHAPTER XIII

CAPÍTULO XIII.

Sariaya.—Su situación, límites, historia, productos y estadística.—La iglesia y el convento.—Una modesta cátedra del saber, convertida en un bullicioso templo de Tersípcore.—La mujer de Sariaya.—La dalaga.—El bosquejo, la caricatura y la fotografía.—Más sobre las hijas del país.—Sistema de gobierno femenino.—¿Manda, ú obedece?—La india casada con europeo.—El castila y el marido.—Valor de un calificativo.—Los saludos y el alma de Garibay.—Episodio histórico.

El alegre y pintoresco pueblo de Sariaya, se encuentra entre la mar y las estribaciones del San Cristóbal. Confina con los pueblos de Tiaong y Tayabas. Las brisas de la mar refrescan su atmósfera, y las brumas que se forman en las crestas del San Cristóbal, entoldan su cielo. Su situación, según el padre Buceta, es la de 125° 13' 40'' long. y 13° 55' 26'' latitud. Tiene gran altura sobre el nivel del mar, que se domina perfectamente, á pesar de distar su caserío una legua y media.

Este pueblo es de gran antigüedad, ignorándose la época exacta de su fundación. Registrando archivos, se encuentra, en el de Reverendos PP. Franciscanos, la tabla capitular más antigua de su orden, que data del 17 de Abril de 1599, en la que ya figura el nombre de Sariaya, y el nombramiento del Padre Frey Miguel Linares, para su convento de Santa Clara. Según las crónicas de dicha orden, el año 1605, ya fuese por escasez de Misioneros ó ya por ser el pueblo demasiado pequeño, quedó agregado al de Tayabas permaneciendo así hasta el año 1743, desde cuya fecha existen datos exactos.

Los límites jurisdiccionales de Sariaya, abarcan un diámetro de unas cinco leguas en su mayor extensión, de terrenos llanos de pasto y de labor. Se cosecha gran cantidad de arroz, café, cacao, aceite y trigo. Este último es de grano pequeño y oscuro. El pan que se hace de su harina es excelente.

La salubridad de Sariaya es buena, siendo de notar la diferencia de temperatura que se advierte entre este pueblo y Tayabas. El paludismo que tantas víctimas hace en este último, apenas es conocido en aquel.

El caserío de Sariaya es muy limpio, viéndose entre sus ligeras construcciones de palma brava, caña, cabo negro y cogón, no pocas de sólidos y buenos materiales. El convento es muy espacioso, apreciándose desde sus galerías un lindísimo paisaje. En su iglesia se venera un crucifijo que, según cuenta la tradición, fué salvado de las llamas á que redujeron los moros el pueblo de Sariaya, en una de las muchas correrías que verificaron en la costa de Tayabas en el pasado siglo. El convento, es de bonito aspecto, cómodo y muy proporcionado en su distribución. La amplitud de su escalera da acceso á una dilatada caída, que termina en una bonita azotea con vistas al Banajao. La construcción de los dos salones que á derecha é izquierda tiene la galería, revelan la arquitectura moderna, y descubren en el director de la obra un gusto nada común. A primera vista, mas parece la casa de un rico hacendado, que el asilo ascético de un misionero; es verdad, que contribuye á ello, en primer término, la situación pintoresca en que se asienta, y los dilatados horizontes que domina.

Como edificios, son de citar á más del anterior, la casa cuartel de la Guardia civil, levantada á la margen del río,—que lame con su corriente los límites del caserío,—y la escuela, que se halla en el centro de la plaza, y que sirve de tribunal en las grandes solemnidades.

Los datos estadísticos que hemos podido reunir son los siguientes: tiene Sariaya 50 cabecerías que componen 7.778 almas, de las que tributan 4.462; hubo 281 defunciones, 103 casamientos y 245 bautizos; se vacunaron 246 niños; asistieron á las escuelas por término medio 60 á 70; fueron sorteados para el servicio de las armas 357 mozos, de los que correspondieron 8 soldados; en el juzgado se tramitaron 20 causas, á consecuencia de otros tantos delitos perpetrados en su jurisdicción, que la compone 48 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos; la fuerza pública la forma un puesto de Guardia civil al cargo de un oficial europeo, y 66 cuadrilleros, dependientes del tribunal; la distancia á la cabecera, como ya hemos dicho, es de poco más de 11 km.

La noche que llegamos á Sariaya, hubo baile en el Tribunal, al que concurrieron todas las dalagas adornadas con sus mejores galas. El tipo de la mujer de Sariaya, es en su generalidad como el de toda la provincia, indio puro. Sus facciones son muy acentuadas, si bien las dulcifica la constante sonrisa de bondad que dibujan sus labios y el meloso adormecimiento que retrata la negra pupila de sus ojos; son muy inteligentes, y aunque su oído no conozca la significación de la palabra española, sin embargo, sus ojos saben penetrar y traducir el más ligero deseo. Es verdad que la raza india tiene muy perfeccionado el espíritu de observación. Nadie como ellos saben fotografiar en una sola frase á un individuo, y nadie aplicar un calificativo, una definición ó un mote.

Aquellos de mis lectores que conozcan el tagalo, les recomiendo que si pasan por Tayabas, procuren sorprender una conversación íntima entre varias dalagas. Si estas se creen completamente solas, de seguro pronunciarán conceptos altamente ingeniosos á la par que poéticos. Manejan con gran facilidad los metafóricos giros y no perdonan en su alegre cháchara, persona, cosa objeto que se presente á la vista ó á la memoria. No hay intención de herir y jamás sus dichos traspasan las negras fronteras de la calumnia. En una palabra, hacen un bosquejo; en un gesto, un retrato; y en un movimiento, una caricatura; se ríen de su obra y de aquí no pasa.

La risa jamás llega al sarcasmo y nunca fabrican en sus labios el sucio barro en que modela la maledicencia sus asquerosos ídolos.

La mujer de Filipinas, tiene muchísimo que estudiar. El que verdaderamente la llega á comprender, es el que sabe apreciar cuánto vale. Para la generalidad, es un misterio el cómo muchos europeos concluyen por estar completamente dominados por hijas del país. Esto se atribuye á debilidad en ellos y fuerza de carácter en ellas, nosotros no lo creemos así; conocemos á varias de esas despóticas señoras, que toda la fuerza que emplean en su sistema de gobierno, la basan precisamente en su misma humildad. Nada desarma tanto el carácter, como la obediencia, como nadie está más dispuesto á ser dominado que quien lucha con una dulce sonrisa de resignación. La mujer india, casada con un europeo, jamás dice mi marido, sino el castila. En esta sola palabra establece la diferencia de raza y retrata su propia humildad. Llega á su casa y al entregar el tápiz á la criada, á buen seguro que no dirá ¿dónde está mi marido? y sí ¿dónde está el castila? Á los hijos de este, los llamará por sus nombres ó simplemente sus hijos; pero lo que es el castila jamás será en el hogar, ni Pepe, ni Juan, ni Andrés, sino siempre el castila. La madre, en todas partes es la misma. La mujer, no en todas es igual.

Es de advertir que cuando en una casa viven varios europeos, los criados no dan el nombre de castila sino á aquel en quien reconocen más superioridad.

Un indio de pura raza que sirva, por ejemplo, en Malacañang, no encontrará otra palabra más gráfica para nombrar al general que la de el castila, todos los demás que lo rodean serán D. Fulano, D. Mengano, ó esto ó aquello, pero el general será siempre el castila. Sale aquel criado del servicio de palacio y entra al de alguno de los que llamó D. Fulano ó D. Mengano, y si este vive con otros ciento, que sean en posición oficial menos pasará á ser el castila, y los demás seguirán siendo D. Mengano ó D. Fulano.

El mayor título de respeto que puede dar el indio es el llamarle á uno el castila, palabra que va aplicando en el escalafón de las categorías.

Tan difícil sería convencer á un aragonés de que había más duques que el de la Victoria, como hacer comprender á un indio, tal como él lo aplica y entiende, que el castila es todo aquel que ha nacido bajo la bandera española.

Con el castila indio sucede lo que con los saludos. Ir veinte ó treinta caballeros honrados acompañando en Tayabas, por ejemplo, al Alcalde, encontrar á quinientos indios, en el camino, y á buen seguro que no oiréis ni á uno solo emplear el plural en sus salutaciones. Se quitará el sombrero, se inclinará ante el Alcalde, y solo dirá magandang hapon pô, es decir, buenas tardes, señor. El Señor, en este caso, es el castila. Fuera del Alcalde todos los acompañantes son para el indio otras tantas almas de Garibay.

Hemos hecho la anterior digresión para que se comprenda el valor que tiene el castila pronunciado por la esposa india. Para recargar el cuadro y hacer comprender el cariño y respeto que tiene la mujer de la provincia de Tayabas al español, voy á recordar un episodio que presencié el año 1874. Había llegado el general Alaminos á Lucban, y todas las dalagas se ocupaban en el tribunal de Tayabas en hacer preparativos para recibir dignamente al primer magistrado de las islas. Unas cosían banderolas y gallardetes, otras confeccionaban adornos, aquellas limpiaban vajillas, no pocas arreglaban cortinas y damascos, y las más daban la última mano á los trajes y galas que habían de lucir. Todas trabajaban y todas hablaban. La impaciencia era grande por saber cuándo llegaría el general. Esto por una parte, y la rivalidad por otra que existe entre las de Lucban y Tayabas, hacía que la impaciencia de las últimas subiese de punto, deseando saber si podrían ó no sobrepujar á las primeras. Este era el tono de todos los corrillos y de todas las conversaciones, hasta que, por último, para salir de dudas, se resolvió mandar á Lucban, de riguroso incógnito, á una picaresca y lista mestiza, que era quien las capitaneaba. La misión de la embajadora se reducía á correr en posta las dos leguas que separan á los dos pueblos, y una vez salvada la distancia, averiguar, escudriñar, verlo todo y tomar nota de cuanto se hiciese y se pensase. Hubo quien la dijo, en un rasgo de verdadero valor—¡mira, si es preciso, habla al mismo general!—La niña, que en honor á la verdad no es corta de genio, montó á caballo, y á los cincuenta minutos estaba en plenas funciones. Nada le quedó por ver, incluso al ilustre viajero. A las cuatro horas de haber salido de Tayabas refrenó el caballo á la puerta de su Tribunal, en donde esperaban en sesión permanente, no solo las dalagas, sino que también las ñoras graves. Taconeando como un húsar apareció la enviada en el dintel. Su larga falda, toda llena de barro, no estaba tan mustia como su cara. Todas la rodearon.—¿Qué hay?—murmuraron los labios.—¡Qué no viene, que se vuelve desde Lucban!—dijo con voz desfallecida la interrogada. Ni la inscripción del festín de Baltasar, ni la rota de Roncesvalles, ni la capitulación de Sedán, produjeron tanto efecto como el que originaron las anteriores palabras. Un silencio de muerte invadió el salón, y las lágrimas se agolparon á los ojos. Viendo á todas llorar, la capitana babae prorrumpió en una carcajada, al par que las decía:—Vamos, muchachas, no hay tiempo que perder; mañana llegará á las once.—¡Qué soberano contará en sus crónicas que todo un pueblo ha llorado ante la idea de no verle! Creemos que ninguno.

Los anteriores recuerdos nos los acentuó el baile de Sariaya, en el que vimos muchas de las dalagas que figuraron en el verídico episodio que hemos narrado, encontrándose entre ellas la protagonista, que aquella noche nos demostró que lo mismo sirve para correr la posta, que para entonar un cadencioso cundiman, ó bailar un característico balitao.

A las dos de la madrugada concluyó el baile. Á las ocho de la mañana, según la orden que dió el Alcalde, debían verificarse las elecciones, á las que Dios mediante, nos proponemos asistir.

CHAPTER XIV

CAPÍTULO XIV.

Quintas y elecciones en Sariaya.—Adorno del salón.—Las bangas.—Los capitanes pasados, los cabezas reformados y los cabezas en ejercicio.—Escrutinio de canutos.—Preparación de una elección.—Los muñidores de allá y los camisas por fuera de por acá.—Engranaje municipal.—El Gobernadorcillo, el Teniente mayor y el Juez mayor.—Bambalinas y bastidores.—Votación.—Forma de hacerse.—Ternas.—Constitución del municipio.—Las principalas, de oficio.—El sorteo.—Manera de verificarse.—Fisonomía de un día de quintas en Filipinas.—Los alrededores de un tribunal y el interior de un hogar.—Deducciones y apreciaciones.—Lógica pura.—La cena.—Despedida de Sariaya.—Un santo y un hombre honrado.

Exactos como cronómetro inglés nos encontramos á las siete de la mañana en el gran salón de la escuela, cuyo techo estaba revestido de verde ramaje, formando una pintoresca bóveda, de la que pendían una gran variedad de frutos. Los huecos de las conchas y ventanas cerraban colgaduras, banderolas, grímpolas y gallardetes. Una ancha mesa, con un dorado sitial en el centro, y otra formando martillo con aquella, provista de trece tinteros sujetando bajo su base blancas cuartillas, se destacaban en el testero de la derecha. Dos hileras de bancos corrían por toda la extensión del salón, y frente á la mesa presidencial, en el testero de la izquierda, se hacinaban en otra mesa, cubierta de blanquísimo mantel, adornado de lazos y bullones de colores, gran profusión de fiambres, pastas y dulces, y no escaso número de botellas de vinos y cerveza. Sobre la mesa presidencial campeaba una magnífica escribanía de plata, y á derecha é izquierda de aquella dos bangas, cuyas bocas las cerraba un papel pegado con morisqueta. La mesa de la votación con sus cuartillas, sus trece tinteros, convenientemente separados, y las sillas que rodeaban aquella, más bien la semejaban á la de confección de un periódico que á otra cosa, por más que esa cosa sea tan grave y trascendental para el pueblo, como el nombramiento de su municipio. En este estado sonó el tambor y tras este la música y precedidos de escuelas, principales y cuadrilleros, llegó el Alcalde acompañado del Cura y de algunos otros españoles. Ya todos en el salón, cesó la música, y habló el Gobernador, traduciendo el intérprete en tagalo lo que les dijo aquel en español. El discurso se reducía á prevenirles que al llegar á las urnas, lo hicieran sin sujetarse á presión alguna, obedeciendo solo á su conciencia y al bien del pueblo. El Alcalde rompió los parches que cubrían las urnas, que eran unas tripudas y relucientes bangas, obras perfectas de alfarería, llamadas en aquel día á contener dentro de su frágil barro la futura suerte del pueblo, por más que fuesen más tarde relegadas al último rincón del sajig de la cocina, ocupando la morisqueta ó el atole aquellas entrañas de barro, que albergaron los nombres de tanto, y tanto cabeza de … barangay.

Rota la cubierta de la banga que estaba á la derecha, vació el Alcalde su contenido, cayendo sobre la mesa unos pequeños canutitos de caña, cuyos extremos enseñaban el rollito de papel que contenían. En dichos papelitos estaban inscritos los nombres de los capitanes pasados y cabezas reformados, ó sean aquellos individuos que teniendo todas sus cuentas corrientes han pertenecido diez años al municipio.

En la banga de la izquierda estaban los nombres de todos los cabezas que en aquel entonces formaban la principalía.

Mientras el Alcalde hace el escrutinio de canutos que precede al acto del sorteo, hagamos una pequeña digresión y veamos los actos que preparan una elección.

Me río yo de todos los muñidores de por allá, pues créanme mis lectores, hay camisa por fuera de por acá que les pueden dar, no digo cruz y raya, sino un centenar de calvarios más rayados que libro mayor de comerciante chino. Los elementos que entran en Tayabas para toda elección, son en primer término, el lechón asado y las damajuanas de vino y anisado. Meses antes de la elección empiezan á moverse los partidarios de los distintos candidatos, y estos por su parte menudean las comilonas entre los votantes. Se hacen ofrecimientos, se buscan influencias, se apalabran concesiones, se reanudan amistades, se dirimen odios y todos marchan al objeto que se proponen. El cargo de Gobernadorcillo y los de Teniente primero y Juez mayor son los más ambicionados, y no viéndolo, no se concibe los resortes que se mueven en ese complicadísimo engranaje municipal que empieza en las altas prerogativas del Gobernadorcillo, y acaba en el amargo servilismo del tanor de tribunal. Un tribunal de Filipinas tiene más bambalinas, bastidores y telares que el mejor provisto teatro, y hay Gobernadorcillo que se reiría de compasión al enterarse de lo atrasados que en esta materia están los anfitriones de Fornos. ¡Si ellos tuvieran un Fornos qué no harían!

El Alcalde había vuelto á sus respectivas bangas todos los canutos, diciendo con voz solemne.—Señores, principia la elección:—Acto continuo un niño de cinco á seis años sacó, uno por uno hasta seis canutos de la banga de la derecha, y otro niño de aquella edad, igual número de la izquierda, procediendo el Alcalde á desarrollar los papelitos, leyendo los nombres de los doce votantes. En medio de un religioso silencio se acercaron aquellos á la mesa, tomando asiento en unión del Gobernadorcillo en funciones, quién tiene voto personalísimo. Armado cada cual de pluma y cuartilla, en la que con anticipación se ha puesto el encabezamiento, se llenan los huecos estampando tres nombres, dos de libre elección del votante y uno forzoso. Este uno, es el Gobernadorcillo en ejercicio que completa la terna, figurando siempre en el último lugar. Llenas las papeletas se las presentan al Alcalde quien las lee en voz alta, procediéndose al escrutinio y formando á su vez con los dos que hayan reunido más votos y el Gobernadorcillo la terna que con informe documentado, en el que se enlegajan las papeletas de la votación, lo eleva al Gobernador general, quien tiene el derecho de elección.

Concluída la votación de Gobernadorcillo, fueron acercándose uno á uno los trece votantes á la mesa presidencial, manifestando verbalmente las candidaturas para los cargos de Teniente mayor, que es el llamado á sustituir al Gobernadorcillo, en ausencia, licencia ó enfermedad; el Juez mayor, munícipe encargado del fomento y mejora de la agricultura; el Juez de ganados á cuyo cargo está la vigilancia de la matanza, ventas, transferencias y marcas de reses; el Juez de caminos llamado á mantener en buen estado las carreteras, puentes y demás obras fuera de poblado; el Juez de palmas cuya misión estriba en la buena conservación y fomento de los cocales; el Juez de policía á cuyo cuidado está el ornato y aseo público, y el Juez de aguas, por último, que está en el deber de velar por las presas, bambanes, encauces y cuanto se refiere á tubiganes y regadíos.