Concluída la elección, nuevamente sonó la música, desaparecieron de la mesa tinteros y cuartillas, sustituyéndose con finos manteles de piña, que bien pronto se cubrieron de manjares. Se almorzó y acto continuo se retiró á descansar el Alcalde, habiendo antes prevenido, que las quintas las haría á las cinco de la tarde.
Ni chiquillos de escuela en ausencia del maestro, armarían más ruido y batahola que la que armaron los concurrentes al Tribunal tan luego desapareció el jefe de la provincia. Se comentó la elección, se murmuró, se bebió, se comió, y, por último, se bailó. Es de advertir que en la provincia de Tayabas, las principalas asisten á la mayor parte de los actos oficiales, no faltando nunca á las elecciones.
Más de un indio se traspuso ante los vapores del tinto; pero sin consecuencias. La borrachera del indio es sui generis, propia y peculiar suya. Generalmente no pierde el conocimiento, y rarísimas veces le da la juma por ser valiente y pendenciero.
A las cinco de la tarde se tocó el tambor, yendo todas y todos en dos filas á sacar al Alcalde.
A los pocos minutos todo estaba listo para dar principio al sorteo. A derecha é izquierda del Jefe de la provincia hay dos bangas; en la primera, dice un papelito que tiene pegado: Nombres de los mozos solteros sorteables. En el rótulo de la segunda, se lee: Números. Tanto estos como aquellos, están inscritos en tiritas de papel enchufadas en pequeños canutos de caña. Al lado de cada banga hay un niño.
Varios escribientes debidamente separados, tienen sus listas con los nombres de los sorteados puestos por cabecerías, dispuestos á poner á continuación de cada uno de aquellos, el número que le toque en suerte. Dos Auxiliares de Fomento son los llamados á sacar de los canutos las papeletas, y dos individuos de la principalía, provistos cada cual de sus respectivos hilos encerados y enhebrados esperan de pie detrás del sillón presidencial. Todo estaba listo. A un campanillazo y un principia el sorteo— metió mano en la banga el niño de la derecha, sacó un canuto, el Auxiliar de Fomento desdobló el papel, lo dió al Alcalde y este leyó:—Cabecería, número cual: Fulanito de Tal. Los escribientes buscaron en sus listas la cabecería y apoyaron los puntos de la pluma al margen de Fulanito de Tal. El niño de la banga de la izquierda, sacó acto continuo su canutito, se hizo lo mismo que con el anterior, y una vez leído el número, pasaron las papeletas á las agujas enhebrándose por el orden con que van saliendo, en un hilo los nombres, y en el otro los números, de modo que, de resultar la más ligera inexactitud en los cotejos, los hilos son los llamados á resolverla. El sistema, como se ve, no puede ser, ni más exacto ni más sencillo.
Mientras se leen nombres y números, hagamos nosotros algunas observaciones sobre las quintas en Filipinas.
Alrededor del tribunal, no veréis esa multitud impaciente y anhelante, que con gran zozobra espera oir su nombre. En el hogar, ni llora la madre, ni reza la abuela, ni suspira la novia, ni calcula el padre. En Filipinas nada de esto sucede, ni hay lágrimas, ni impaciencias, ni temores, ni zozobras.
Las cercanías de un tribunal en día de quintas, presenta su fisonomía habitual, y en el salón donde se verifican aquellas, están todos, menos los interesados. ¿A qué obedece este indiferentismo? ¿Tiene su razón de ser, ó es uno de los muchos fenómenos psicológicos que se dicen se operan en este país? Estudiemos un poquito esta cuestión, y se verá, que en esto, como en otras muchas cosas, hay su perfecta lógica y su concluyente razón de ser. El temor del sorteado y de su familia, crece en razón directa, al número de soldados que han de sacarse, á las penalidades del cuartel, y á los riesgos más ó menos probables. En Filipinas, la contribución de sangre es escasísima, las fatigas del cuartel nulas, y los riesgos del soldado tan lejanos que generalmente cumplen su tiempo, suponiéndoseles el valor. En el año 1875, entraron en suerte en la provincia de Tayabas cinco mil trece quintos, de los cuales, solo fueron á ser soldados ochenta y cinco. Con estas cifras, ¿no es lógica la falta de temor, y sin él, la indiferencia? Lo es, máxime si se agrega que el soldado cumplido al volver á su pueblo, cuenta la vida holgada del cuartel, y con sus relaciones, aleja el temor de los quintos, que saben, que el soldado viste bien, come mejor, tiene dinero, y vive con holgura y poco trabajo. La paz, que gracias á la Providencia gozan las Islas, aleja la zozobra de presenciar escenas de sangre y horrores. Después de lo anterior, ¿es ó no lógico, eso que se llama indiferentismo? ¿Hay en esto misterios? Creemos que no, y para concluir de robustecer esta idea, y como prueba evidente de que el indio no es refractario al servicio de las armas, diremos, que conocemos sustitutos que se han comprado por cuarenta pesos. Esta es la mejor apología que puede hacerse del trato verdaderamente paternal que se da en estas colonias al soldado.
Una vez que fué cosido el último papelito, se preparó la cena, y tras ella, el baile, que duró hasta las dos de la madrugada.
Antes de despedirnos de Sariaya, no podemos menos de citar dos nombres. El Padre Juan Bellón, y el capitán Perto. El primero, es un santo, el segundo, un modelo de buenos Gobernadorcillos.
CHAPTER XV
CAPÍTULO XV.
De Sariaya á Tiaong.—Monotonía del camino.—Diversidad del resto de la provincia.—Panoramas.—El Lagnas.—Aguas minerales.—El río Quiapo y el Maasim.—Barrio de Maasim.—Su riqueza y necesidades.—Un indio rico.—Apunte de una idea financiera.—Cambio de caballos.—Vista de Tiaong.—Su situación, límites, historia, salubridad, productos y estadística.—Aspecto del pueblo.—Inclinaciones de sus habitantes.—La resistencia pasiva.—Falta de edificios.—El consabido baile.—Brillantes y sayas.—Paredes aprovechadas.—Camino de Tiaong á Dolores.—Dolores.—Su historia.—Bellos paisajes y riquísimas aguas.—Regreso á Tayabas en posta.
La jornada que habíamos de hacer el día tres para ir al pueblo de Tiaong era muy larga; así que se dió orden de salir antes de que alboreara.
A las cuatro de la madrugada todo estaba listo, ocupando á los pocos minutos el carruaje que nos había de conducir.
A la salida del pueblo dejamos un puente de piedra bastante bien conservado, y entramos en una recta y espaciosa carretera.
El camino de Sariaya á Tiaong, difiere completamente del resto de los que se encuentran en la localidad; verdad es que de la cabecera á aquel pueblo, forma la provincia un saliente que hay que retornar cuando se trata de dar á aquella la vuelta. El espacio que separa Tiaong á Tayabas, no armoniza ni en su geología ni en su industria, con el total de los demás terrenos que componen la provincia. Riquísimos pastos; dilatados cogonales; extensos manchones sin derivación alguna; profusión de mangas, bongas y madre-cacao; no escasos plantíos de palay en secano; algún que otro café, resguardado por la sombra del balete ó del abacá; y de trecho en trecho, descarnados algodoneros, en cuyas desnudas ramas acecha el aguilucho ó arrulla el bató-bató, es lo que se va encontrando en aquel camino cuya monotonía, regularidad y falta de accidentes hace interminable, máxime si se recorre en época de secas, en que los cascos de los caballos levantan un polvo cernido muy molesto. En aquel camino no encontraréis ni cascadas, ni ríos caudalosos, ni viva ni alegre vegetación. La hoja pierde su esmalte con el polvo que la cubre, y los ríos en tiempo de secas muestran sus descarnados lechos salpicados de las excrecencias volcánicas que arrastran de las misteriosas grutas del San Cristóbal.
Las aguas del Lagnas al cruzar el camino, en el que no tienen puente, dejan gran cantidad de hierro y azufre, conteniendo principios medicinales que han dado buen resultado á los que de ellas han hecho uso, sobre todo en las afecciones de la piel. Vadeado el río Quiapo—que se encuentra á continuación de Lagnas y cuyo vado generalmente está seco—entramos en la jurisdicción del rico y poblado barrio de Maasim, por cuyas tierras corre el río de su nombre.
El barrio de Maasim está llamado á ser pueblo en un plazo no muy largo. Se encuentra en el comedio del camino de Sariaya á Tiaong, y en la fecha en que escribimos, afluyen ricos propietarios que lo van poblando de excelentes construcciones. El día que Maasim sea pueblo, perderán gran número de tributos Tiaong y Sariaya, y así se explica la oposición que viene sosteniéndose para que no salga de su modesto nombre de barrio.
En una buena y cómoda casa de Maasim, descansamos y mudamos de caballos. El dueño de aquella, Capitán Ciriaco, que sabía nuestro viaje, nos tenía preparado un buen almuerzo, durante el cual nos enteramos que aquel poseía un capital inmenso consistente en sementeras, cafetales y ganados, lo que comprendimos desde luego al ver las dimensiones de sus tambobos, repletos de bayones de café, y cavanes de palay. Al apreciar toda aquella riqueza, y al calcular la tierra que debía poseer para lograr tales cosechas, no pudimos menos de reflexionar los pingües rendimientos que podría producirle al Estado la introducción de una módica contribución territorial. Capitán Ciriaco y otros muchos que se encuentran en su caso, por no pagar, ni aun pagan la prestación personal, de la que están exentos por razón del cargo que ejercieron. Ligeramente apuntamos esta idea que algún día quizá desarrollaremos, si Dios quiere, juntamente con otras muchas que guardamos en cartera.
Puestos nuevamente en locomoción, merced á la fogosidad de dos magníficos caballos que enganchó Ciriaco, continuamos nuestro camino, á una hora, en que no solamente molestaba el polvo, sino que también un calor sofocante.
Sin nada que de citarse sea, y después de cruzar el río Taguan, dimos vistas á Tiaong. En tres horas salvamos los 27,50 km. que separan á Tiaong de Sariaya.
El pueblo de Tiaong, fué fundado á principios del siglo XVII.
Está situado en una llanura por la que corre el río Lalig, cuyas aguas bañan las orillas del pueblo. Confina con Dolores, Sariaya y San Pablo. Su clima es seco y mal sano. Tiene 52 cabecerías, 7.273 almas, tributando 4.722. Acaecieron 252 defunciones, 115 casamientos y 310 bautizos. Se sortearon 335 mozos, de los que correspondieron 8 soldados.
Por término medio asistieron á las escuelas 50 niños, vacunándose 182. La jurisdicción de Tiaong está á cargo de 18 caudillos, y su fuerza pública la componen 38 cuadrilleros, y á más un puesto de Guardia civil, mandado por un teniente. La criminalidad de Tiaong da un resultado desconsolador, pues se registraron 33 causas.
Los vecinos de Tiaong son muy insistentes en sus propósitos, siendo muy apropiado el calificativo de cavilosos, con que los define el indio de Tayabas.
El pueblo tiene un aspecto triste, la hierba crece en sus calles y las conchas y puertas de las casas permanecen casi todo el año cerradas, efecto de vivir la mayoría de sus vecinos en las haciendas ó sementeras, de las que no salen sino en los días solemnes.
Edificios no tiene ninguno digno de citarse. La iglesia está en obra y el convento en completa ruina, estado en que permanecerán largo tiempo, teniendo en cuenta la proverbial resistencia pasiva del natural de Tiaong, quien prestará pocos y tardíos auxilios.
No hay Tribunal, y la escuela la constituye un malísimo camarín. El cuartel de la Guardia civil se levantó á fuerza de excitaciones y algo más. En el centro de la plaza, campea una casa que cuando se concluya será magnífica, mas no podemos responder el cuando brillará dicha magnificencia, pues por espacio de tres años la vimos siempre en el mismo estado.
Tiaong, es pueblo rico, cosechándose arroz en gran cantidad, que llevan á los mercados de Batangas; café recogen en bastante número de cabanes, cuya cosecha por lo general se compra por adelantado.
La pepita del lumban, que tanto llamó la atención en la última Exposición de París, deja un buen rendimiento. Se cultiva alguna caña de azúcar, cacao y abacá. Es agricultor en primer término, favoreciéndole á ello las dilatadas llanuras que comprende su territorio, en el que se encuentra mucha y buena caza mayor y menor, predominando en la primera, el venado y el jabalí, y en la segunda una rica y numerosa variedad de palomas. Pastos los posee excelentes, criándose en ellos ganado vacuno y caballar.
La noche de nuestra llegada hubo su correspondiente baile en la casa del Gobernadorcillo, y en ella vimos reflejarse la riqueza del pueblo. Había india que lucía valiosas perlas y gruesos brillantes; llamando sobre todo nuestra atención, lo extremadamente largo de las colas de sus ricas sayas.
Las quintas y elecciones se hicieron en el camarín que sirve de escuela. Días antes habíamos estado en Tiaong, y aquel mismo modestísimo templo de la ley y de la ciencia, estaba convertido en depósito de cadáveres. Pocas, poquísimas paredes habrá tan aprovechadas como aquellas, pues por aprovechar, ni aun desperdician los remolinos de polvo, que dan entrada, mas nunca salida, los irregulares agujeros que empiezan en la puerta y concluyen en el tejado. Si en aquella escuela se recoge tanta ciencia como basura, con el tiempo será Tiaong un pueblo de Sénecas.
En las primeras horas de la mañana del cuatro nos dirigimos á Dolores. El camino á este pueblo puede recorrerse en carruaje, en época de secas, en la de aguas se pone intransitable. Hay en aquel tres cuestas y un profundo barranco por el que corre un riachuelo, cuyos pasos deben hacerse con precauciones.
De Tiaong á Dolores, hay 10 km. que hicimos en cinco cuartos de hora.
Dolores es un alegre pueblecito enclavado bajo la influencia del Banajao, el San Cristóbal y el Masalacot. Su fundación es moderna, datando del año 1835. Ocupa el sitio que antiguamente se llamaba Hambuhan, y lo forman antiguos tributarios procedentes de Tiaong y de sus vecinos pueblos de Batangas.
El nombre que se le puso á su creación fué el de Nuestra Señora de los Dolores.
La altura que ocupa y lo limpio de los horizontes que domina, descubren pintorescos y bellísimos paisajes. Es muy sano y sus aguas contienen sustancias altamente diuréticas, efecto de venir muy batidas entre campos en que crece la zarzaparrilla. Sus productos son los mismos que los de Tiaong. Confina con este pueblo y con el de San Pablo. Lo forman 1.498 almas, de las que tributan 916 en 11 cabecerías. Sus defunciones llegaron á 49, á 21 sus casamientos y á 63 sus bautizos. Concurrieron á las escuelas 20 niños y se vacunaron 19. Se sustanciaron 3 causas, se sortearon 62 mozos, de los que se sacaron 2 soldados. Hay puesto de Guardia civil al mando de un sargento europeo; compone su dotación de cuadrilleros 16 individuos y 6 el número de caudillos para vigilar sus barrios.
Su Tribunal, lo mismo que la escuela, están en casas particulares. La iglesia, el convento y el cuartel, constituyen tres modestísimos edificios.
En Dolores almorzamos después de haber cumplido nuestra misión. Regresamos á Tiaong aquella misma tarde, desde donde retornamos á Tayabas, á cuyos bantayanes llegamos á las diez de la noche, habiendo aprovechado desde Dolores cuatro parejas de caballos, distribuídas en Tiaong, Maasim y Sariaya.
El día seis por la tarde debíamos salir para dar la vuelta á la provincia.
CHAPTER XVI
CAPÍTULO XVI.
De Tayabas á Pagbilao.—El bantayan.—Riqueza de cocales.—Alambiques.—Aguardiente de coco.—Su fabricación.—El mananguitero.—El coco mura y el macapunó.—Crecientes y menguantes de la luna.—Aceite de coco.—Forma de extraerlo.—Tubiganes.—Quebrada del Maragoldon.—El Dumaca.—Puente.—Sistema para resguardar los puentes de madera.—Pagbilao.—Su fundación, límites, situación, riqueza y estadística.—El convento, la iglesia y las escuelas.—Frey Manuel Rodríguez.—Importancia que tiene Pagbilao y la que debía tener.—Conducción de efectos.—Centralización de poderes.—Observaciones y lógica de los números.—Paráfrasis de un dicho de Montes.
En la tarde del seis salimos para Pagbilao, verdadero punto de partida para el que se proponga dar la vuelta á la provincia.
El bantayan que abre el camino para Pagbilao, es de mampostería y en él se sitúa una guardia durante la noche. Dicho camino ya tiene el carácter de los que predominan en la localidad, si bien su acentuación no es tan grande que no permita hacerlo en carruaje.
En el trayecto que media hasta una casa que se alza á la izquierda del camino—y que nos dijeron llamarse del capitán Basio,—cimbrean á un lado y á otro magníficos cocales, á cuya sombra se ven algunos camarines, bajo cuyas nipas humean los hornos de los alambiques. Estos vierten en las tinajas gran cantidad de aguardiente, cuya fortaleza fluctúa entre los 16 y 19°. La tinaja de á veinticinco gantas de dicho alcohol, se vende de 28 á 34 reales fuertes. Este aguardiente es el resultado de la destilación del jugo del coco, llamado tuba. A los cocales que se dedican al aprovechamiento de la tuba no les dejan prosperar sus frutos, cortando al efecto la espata, ó botón en que nace el racimo, por cuyo corte destila un líquido ligeramente lechoso que va depositándose en pequeños bombones de caña, que atan debajo de aquellos. De árbol á árbol se suspende un rústico andamio, formado de dos cañas paralelas, por las que cada veinticuatro horas recorre el mananguitero todas las cimeras de las palmas. El mananguitero lleva colgado á la cintura el cabuic, ó sea un cilindro hueco de madera, en el que vacía los jugos que encuentra en cada coco. Una vez lleno el cabuic, se vierte en tinajas, que tapan perfectamente con la hoja verde del mismo coco, dejándolas en tal estado tres ó cuatro días, en los que fermenta la tuba. Hecha esta operación, se somete aquella á la destilación de la alquitara ó alambique, del que sale el aguardiente.
Al camarín en que está el alambique le llaman fábrica, y esta exige á su dueño una patente, que paga al Estado, y cuyo importe varía según la fuerza del aparato y de las arrobas que destile. Hasta ocho arrobas, por cada veinticuatro horas, exige patente de 4.ª clase, y esta lleva como condición el no poderse hacer ventas al por mayor, no teniendo en depósito más cantidad que la que se destila por día, ni operar ventas que excedan de una arroba.
Las faenas en que se ocupa el mananguitero, no solo son muy duras, sino que también expuestas, pereciendo todos los años algunos de ellos. Las palmas de Tayabas miden una gran altura, y como el paso de copa á copa solo se hace con la ayuda de dos cañas, de aquí el que algunas veces se escurra y caiga el operario. Estas circunstancias las aprovechan los que á tales trabajos se dedican, exigiendo crecidos jornales, y sobre todo el utang, ó sea el adelanto.
La tuba recién cogida es una bebida muy fresca y medicinal: en Tayabas la toman los tísicos y disentéricos.
Cuando á la palma se la deja desarrollar el fruto, este presenta las señales de madurez por un color amarillento. El coco verde, ó sea el mura, da una bebida muy agradable. El verdadero coco mura es aquel cuya carne no ha llegado á solidificarse en el interior de las paredes ó chiretas de la nuez. Hay una clase de estas nueces ó cocos muy especiales, llamados macapunó. Este crece entre los otros, no distinguiéndose ni el árbol que lo da ni el racimo en que se produce; es de advertir que en un racimo en que hay 15 ó 20 cocos, solo se encuentra uno de aquella clase. Si se señala la palma que lo crió y se registran los sucesivos frutos, no vuelve á encontrarse entre ellos por lo general, lo que prueba un fenómeno forestal que aparece y desaparece de una forma misteriosa. La propiedad del macapunó consiste en que la carne lo llena casi por completo, dándose la particularidad—según aseguran los mismos mananguiteros,—que esta clase de nuez se llena en los altos plenilunios, quedando un pequeño espacio en las crecientes y menguantes.
Del coco se extrae el aceite de su nombre, siendo el de Tayabas muy estimado en el mercado. En el camino de Pagbilao se encuentran algunos camarines de aceite. El sistema que tienen para extraerlo es todo lo primitivo que puede imaginarse. Cogen fruto por fruto, y con el bolo le quitan la corteza estoposa exterior, llamada bonote; rayan sobre bilaos de madera la carne, empleando para esta operación una cuchilla de cortas dimensiones y ligeramente curva, á fin de que pueda trabajar en las paredes cóncavas de la chireta. Una vez recogida toda la carne, la descomposición, el cocimiento y la prensa se encargan de lo demás. Con tal sistema, las faenas de corte, rayado, cocimiento y prensado son muy lentas y caras. Un buen molino en Tayabas daría utilidad. Por término medio, se dan mil nueces para cada tinaja de aceite.
En el camino de Tayabas á Pagbilao se hallan también riquísimos tubiganes y buenos terrenos de pasto.
La quebrada de Maragoldon, que se encuentra á media legua de Tayabas, es bellísima por los musgos y helechos que abrigan la peña. A la bajada del desmonte se admira el magnífico puente de aquel nombre, levantado sobre una profundísima sima, por la que corre el caudaloso Dumacá. Dicha obra es, sin duda, la mejor de la provincia, y por lo tanto, digna de figurar entre las primeras de Filipinas. El puente que nos ocupa se empezó el año 1841, siendo Gobernador el desgraciado D. Joaquín Ortega, y se concluyó en 1850. El nombre de Fr. Antonio Mateus va íntimamente ligado con la historia de aquella construcción, en la que es sabido aportó dicho padre conocimientos, trabajo y dinero. Recomendamos á los que vayan á Tayabas visiten aquella obra, la que es fácil de inspeccionar, merced á una rampa que le da bajada en una de las estribaciones.
A más del anterior, se encuentra en dicho camino el llamado de Mate-, que fué concluído el 15 de Diciembre de 1851, y otros cuatro más, de madera, resguardados con una montera de caña y nipa.
De Tayabas á Pagbilao hay 12,50 km., distancia que recorrió nuestro carruaje en hora y cuarto.
Pagbilao fué fundado á principios del siglo XVII en el sitio llamado Nayun, cuyo nombre llevó hasta que fué trasladado al que hoy ocupa. Se encuentra próximo al Estrecho, en una pequeña eminencia que conduce al embarcadero del río, que desagua en la mar á una media legua corta. La salubridad de Pagbilao es buena y sus productos principales son arroz, aceite, brea, bejucos y madera. Sus naturales tejen bayones en bastante número.
La iglesia está bajo la advocación de San Juan Bautista; es de buena fábrica, lo mismo que el convento. En este pueblo se destacan dos espaciosas y alegres construcciones, estas son las escuelas. Fueron principiadas y concluídas bajo la dirección de su párroco.
El natural de Pagbilao es flojo y apático por lo general, habiéndose dado el caso de que tuvimos que suspender la elección el día que llegamos por no haber concurrido los votantes. Aquella se llevó á cabo en la mañana del siete, sirviendo de Tribunal una de las escuelas habilitadas al efecto.
Las obras del Tribunal están presupuestadas, mas en las veces que se han sacado á licitación no concurrieron postores.
Pagbilao tiene 4.686 almas, de las que tributan 2.220 en 22 cabecerías. Nacieron 223, murieron 131, y se consumaron 53 casamientos. Mozos sorteados subieron al número de 163, de los que solo 1 fué al servicio. Asistieron á las escuelas 120 niños y se vacunaron 200. Su criminalidad está representada por 4 causas; su fuerza pública por 23 cuadrilleros, siendo vigilados sus barrios por 39 caudillos.
Pagbilao debía ser el punto de más importancia de la provincia, y el llamado á importar y exportar los productos de muchos de los pueblos del interior. Una de las cosas que no comprendemos es el por qué las conducciones de efectos estancados que se asignan á la provincia no se llevan por Pagbilao. Los fletes son baratísimos, y en las licitaciones lograría gran beneficio el Estado de hacerse allí la conducción.
Hoy se llevan los efectos á los almacenes de Pagsanjan, en la Laguna, y de aquí á Lucban. El camino que media entre ambos pueblos es muy largo y sobre todo penosísimo, tanto que el contratista necesita destinar á este servicio gran número de carabaos. Cada arroba de tabaco puesta en la Administración de Lucban, pasa por el gravamen de dos contratistas uno que lo lleva á Pagsanjan y otro á Lucban, mientras que de hacerlo directamente á Pagbilao y situar la Administración de Hacienda en Tayabas—que no sabemos haya razón en contrario,—repetimos sería mucho más económico, pues en las dos leguas que median entre los dos últimos pueblos, puede utilizarse el carretón.
Las ventajas de la exportación por dicho puerto la van comprendiendo los naturales, saliendo periódicamente de aquel algunas embarcaciones que hacen viajes á Manila.
Muchas economías podría hacer el Estado en el ramo de Hacienda; pero para ello debían desaparecer las Administraciones de provincias. Aquellas, quedando concentradas en la Casa Real y bajo la gestión del Gobernador, no producirían los entorpecimientos, complicaciones y gastos que hoy se originan. Para los que pregonan las excelencias de la división de, poderes, [15] solo les diremos que prácticamente se han visto los resultados de la centralización en el cobro de rezagos. Provincias enteras había que tenían cuantiosos descubiertos de muchos años atrás. Los dignísimos Jefes de Hacienda habían depurado todos sus recursos y excitaciones cerca de sus subalternos, y el final era arrastres y más arrastres en los cierres de cuentas. Llegó un día en que sin duda se trató de poner á prueba la influencia de los Jefes de provincia, y al efecto se les encomendó aquel cobro, lo que dichas autoridades hicieron no somos nosotros los llamados á decirlo: respondan los números y los resultados.
Para legislar hay que conocer las localidades, y muchas veces hemos repetido, que el que crea conocer á Filipinas conociendo solo á Manila, está en un grandísimo error.
Un día que un Gobernadorcillo leía uno de los muchos artículos que sudaron la prensa de la capital, tratando de tan debatida cuestión de fallas, le vimos sonreir picarescamente, le interrogamos, y en buenas palabras nos hizo una paráfrasis de aquel célebre dicho de Montes; de que las lecciones se dan á la cabeza del toro.
CHAPTER XVII
CAPÍTULO XVII.
Las mareas.—El río de Pagbilao.—El castellano de Tabangay.—Islita de Patayan.—Simón el lazarino.—Capuluan.—Bajo Talusan.—Antiguas ruinas.—Las rocas Bagobinas.—Laguimanoc.—Almuerzo.—Un astillero.—Ensenada de Talusan.—Caserío y bajo de Calutan.—Calilayan, barrio y Unisan, pueblo.—Historia.—Ladia.—Castillo de Calilayan.—Síntesis de dos civilizaciones.—D. José Barco.—¡Rumbo á Pitogo!—Bajo Salincapo.—Cabulijan.—Pitogo.—Cacería de caimanes.—Un bailujan, un collar de coral y una pregunta.—¡A los botes!—Macalelong.—Su estadística.—Catanauan.—Su presente y su porvenir.—Mulanay.—Pastos y cogonales.—Monte Dumalong.—San Narciso.—Seno de Ragay.—Guinayangan.—Unión de los mares.—El Cabibijan.—Alunero.—Río y pueblo de Calauag.—López.—Su fundación, su estadística.—Alto en Gumaca.
Después de una larga discusión en que se oyeron varias opiniones respecto á las mareas,—circunstancia muy de tener en cuenta antes de embarcarse en Pagbilao,—se convino en que saliendo á la madrugada, encontraríamos agua bastante para el calado de nuestros botes, en el seno y bajo de Talusan.
Podríamos salvar este bajo, mas para ello, era preciso alejarse de la costa y navegar por fuera de las islas de Patayan y Capuloan, lo que no convenía á nuestros cálculos, no solo por el tiempo que habíamos de perder tomando tanta altura, sino también por lo inseguro de nuestras pequeñas embarcaciones.
Recomiendo á los que tengan que costear los senos de Tayabas, cuenten con las mareas antes de que se empuñen los remos, pues es muy fácil queden encallados entre medréporas y arenas si no aprecian debidamente las subidas y bajadas de las aguas.
A la madrugada, como dejamos dicho, embarcamos en un ligero y espacioso bote, propiedad de un honrado y laborioso comerciante, radicado en Calilayan, que galantemente nos lo había mandado. Acto seguido cayeron en las aguas del río de Pagbilao las seis palas de los remos. Con la ayuda de estos, navegamos durante unos veinte minutos por aquel caudaloso río embovedado de verdes ramajes, A la banda de babor, y en las cercanías del desagüe del estero de Tabangay, se alza un antiguo torreón, en el que se conserva un castellano llamado á vigilar aquella parte del Estrecho, en el que entramos siguiendo el canal del río.
Una vez tomada la competente altura, navegamos entre la costa de Pagbilao que teníamos á estribor, y la islita de Patayan que cual un canastillo de verdura se nos mostraba á babor.
En la playa de Patayan llamó nuestra atención una solitaria y alegre casita que se divisaba entre un grupo de cocos. Preguntamos y nos dijeron que en aquella vivía hacía algunos años, un lazarino llamado Simón, quien no sale del recinto de la isla y á quien sus parientes llevan semanalmente los alimentos, dejándoselos en la playa. Dicho lazarino, siempre que se le proponía el mandarlo á un establecimiento piadoso, rompía en lágrimas rogando no se le sacase de aquellas soledades para él tan queridas.
Dejando la bocana del Maruhi—en la que se ven las ruinas de un castillejo,—nos pusimos á la altura de la isla de Capuloan teniendo siempre á estribor la costa. Aquella isla la divide el arenal de Tulay-buhangin, cuyo arenal lo cubren las altas mareas formando un canal que une á Capuloan con Lipata, islas que al bajar las aguas se confunden en una.
Entre aquellas y la costa, se encuentra el bajo madrepórico del
Talusan y los descarnados peñascos llamados San Juan y Taliban.
Frente á aquellas islas desaguan el Parsabangon,—cuyo río tiene un vadeo por el que pasa el correo de Pagbilao á la contracosta,—el Binajan, el Malicbing, el Palaspas, y el Hinguibin, cuyas bocanas muestran al viajero las ruinas de los antiguos castillejos que las defendieron contra las piraterías moras.
Al doblar el recodo del Hinguibin se entra en la resguardada concha de Laguimanoc,—en la que avanzan cual dos vigilantes centinelas las acantiladas y tajadas rocas Bagobinas. Estas se llamaron antiguamente Lauig y Manoc, palabras tagalas que significan aguilucho y gallo. Al crearse barrio en aquella ensenada, unieron las dos palabras formando la de Laguimanoc, adonde atracamos á las dos horas de nuestra salida de la barra de Pagbilao.
Laguimanoc, depende de Atimonan pueblo situado en la contracosta, ó sea en el Pacífico. De Laguimanoc á su matriz Atimonan, hay que cruzar de costa á costa separada una de otra por un accidentado camino de bosque, que mide por lo más corto 18,50 km. Esta larga distancia y lo penoso de salvarla, hace no comprendamos cómo no depende Laguimanoc de Pagbilao, adonde es mucho más corto y más cómodo el llegar, bien por agua, ó bien por el camino de la playa.
El barrio de Laguimanoc lo forma un pequeño vecindario, compuesto de madereros, carpinteros, constructores de barcos y acopiadores de maderas. Dos eminencias cierran el anfiteatro, en el que se alzan el astillero, un camarín que resguarda una sierra movida por el vapor, y varias casas que se apoyan en la misma roca, en cuya cima y estribaciones se reparten el resto de las que componen el barrio. En aquel astillero se han construido magníficos barcos de alto porte, habiendo sido el último que se botó al agua el vapor Paz, propiedad de los hermanos Alcántara. En aquella ensenada hacen carga de maderas para China y Japón, gran número de barcos. En la fecha en que pasamos por Laguimanoc había dedicados á este negocio dos extranjeros, uno de ellos, Mr. Broom, nos ofreció una cordial hospitalidad y un confortable almuerzo, en las pocas horas que permanecimos en Laguimanoc. Allí estuvimos hasta las tres de la tarde, en que nuevamente volvimos á los botes para seguir á Calilayan, en donde debíamos pernoctar.
Una fresca brisa de tierra nos permitió dar vela en demanda de Punta-Remo, extensa lengua de tierra que va á hundirse entre las madréporas y arrecifes del Estrecho.
Una vez que la estrecha quilla de nuestro bote cortó las aguas de la ensenada del Talusan, notamos que el sondaje disminuía hasta el extremo de apreciarse los más insignificantes detalles de las preciosas y variadas algas, que destilan sus viscosos jugos sobre las afiladas excrecencias que forman el bajo de Calutan. En aquella ensenada desaguan gran número de ríos y esteros, siendo de citarse los llamados Pinanimdim, Yaue, Ipil y Cabuyao, cuyas corrientes prestan un gran servicio á los madereros, arrastrando los trozos que cortan en los bosques.
En la ensenada de Calutan, se conserva un castillejo habitado por un guardián. Alrededor de aquel modesto baluarte, se agrupan unas cuantas casitas que vienen á formar el barrio á que da nombre la ensenada; aquel pertenece al pueblo de Atimonan.
A las seis de la tarde orzamos á estribor, cambiamos vela, y enfilamos la bocana del río Calilayan, á cuyas márgenes se asienta la visita de dicho nombre.
Calilayan cuando lo visitamos dependía de Pitogo, hoy es pueblo, y en el superior decreto que mandaba su creación, se varió aquel nombre por el de Unisan.
Calilayan ya existía al descubrirse las tierras que componen la provincia de Tayabas, por Juan de Salcedo, que, se cree fué el primero que de ellas tomó posesión en nombre de Castilla, al ir en busca de las renombradas minas de oro de Camarines.
Aquel pueblo, según antiguas tradiciones, debe su fundación á Ladia, hermana del cacique Maglansangan, sanguinario y despótico señor que por largo tiempo impuso leyes en el Estrecho. A Ladia se la conocía por la reina de Calilayan. En las negras páginas de las conmociones populares, figura este nombre, que estuvo borrado por largo tiempo del número de los pueblos, habiendo renacido más tarde con el modesto de barrio.
El Tribunal de Calilayan lo compone un espacioso castillo de dos cuerpos, resguardado con sus correspondientes aspilleras, por las que asoman sus bocas dos inofensivos cañones, mudos veteranos, que difícilmente pueden mantener su actitud amenazadora, sosteniéndose sobre las agorgojadas y apuntaladas paralelas de sus cureñas.
En las corroídas masas de hierro del castillo y en los gallardetes que ondean en los barcos que de continuo hacen carga en la ensenada de Calilayan, se ve la síntesis de dos civilizaciones; la primera está escrita á la rojiza tea de la morisma, la segunda registra sus anales en las serenas y tranquilas regiones del trabajo. La piratería quedó encerrada para siempre en los últimos picachos que sombrean las candentes arenas del Archipiélago de Joló, pudiéndose entregar con toda tranquilidad á sus habituales faenas los pueblos playeros que bordan el Estrecho de San Bernardino.
Calilayan es un centro maderero de gran importancia, y en su localidad hay inteligentes maestros y fuertes y robustos hacheros, que dan al comercio, con su duro trabajo, muchísimos miles de pies cúbicos de riquísimas maderas. En este pueblo hay establecidos algunos españoles dedicados exclusivamente á construir barcos y exportar maderas. Entre los constructores está nuestro querido amigo D. José Barco, cuya hospitalidad nos ofreció y gustosos aceptamos.
El 10, muy de madrugada, emprendimos rumbo á Pitogo. Entre este pueblo y Calilayan se encuentra el temido bajo de Salincapo, y en uno de los senos que abre la costa se halla el barrio de Cabulihan, dependiente de Gumaca; rico pueblo que encontraremos en las playas del Pacífico.
A las tres horas de navegación, aprovechando seis bogas, atracamos en el rústico embarcadero de Pitogo. Este pueblecito se halla situado en una prominencia que domina un extenso y limpio horizonte. Las casas ocupan la estribación de la montaña, esparciéndose hasta la misma playa. Entre esta y las cúspides de la prominencia, se levantan el Tribunal, la iglesia y el convento. El primero y el último, son edificios sólidos y espaciosos; en cuanto á la iglesia estaba reconstruyéndose. Un sólido castillo, hoy rodeado de malezas, estuvo llamado en otro tiempo á defender al pueblo contra los desembarcos de los piratas joloanos. Dicho castillo se encuentra á un tiro de fusil del Tribunal.
En los ríos y mangles que rodean á Pitogo, viven caimanes de extraordinarias proporciones. La cacería del caimán—ó sea la buaya, como le llama el indio—la verifican de una forma muy cómoda y sencilla. Cuelgan de las ramas del mangle un poderoso anzuelo revestido de un buen pedazo de carroña, que se mantiene á flor de agua; de la argolla del anzuelo, parte, á más del cabo que lo sostiene, una extensa y gruesa mata de abacá, cuyos hilos rematan en tres ó cuatro cañas muy largas que fuertemente anudan. En lo alto del mangle, atan un perro, cuyos ladridos bien pronto atraen al caimán; este, tan luego se halla dentro de las fuertes emanaciones de la carroña, fija en ella su voracidad, hundiéndose en el interior de su descomunal boca, las afiladas barras del anzuelo. Este es corto, de modo, que al hacer presa el caimán y cerrar la boca tropiezan sus poderosos colmillos en la mazorca de abacá, cuyas sueltas hebras se le introducen en la unión de aquellos, haciendo imposible su rotura; en tal estado, el animal se enfurece, hace esfuerzos supremos y rompe la cuerda que sostenía del mangle el anzuelo; mas esto le es imposible hacer con la suelta madeja. Tan luego se pone el caimán en movimiento, entran en juego las cañas; y si anda, malo, y si nada, peor, puesto que, la condición fibrosa de la caña hace imposible su rotura, y en la faena que el carnicero lagarto emplea para desprenderse de aquel enemigo, concluye por rendirle el cansancio y la fatiga.
Pitogo, con su antigua visita de Calilayan, formaban 21 cabecerías, á que correspondían 3.719 almas, tributando de ellas 2.006; hubo el año 1875, 200 defunciones, 39 casamientos y 194 bautizos. Se sortearon 173 mozos, de los que se sacaron 2 soldados; se vacunaron 325; asistieron á las escuelas 40. Se registraron 2 causas criminales, y se contaron para el resguardo del pueblo, y de su visita, 16 cuadrilleros, llamados á vigilar los 17 barrios que componían la jurisdicción.
En la tarde, verificó el Alcalde las quintas y elecciones. Por la noche hubo su indispensable bailujan, en el que, hizo los honores con gran desenvoltura una agraciada mestiza, llamada María, si bien ella respondía siempre por el nombre de Angue. De la conversación que tuve con Angue, deduje el estado primitivo de su espíritu. En un rasgo de verdadero orgullo hacia Pitogo y después de haberme hecho notar con infantil insistencia, los faroles de colores, los abullonados coquillos, las sayas de las dalagas, los exiguos instrumentos de la orquesta, y las gruesas y amarillas cuentas de un collar de ámbar, que descansaba en su amplio pecho, me preguntó con una alegre sonrisa si en España había bailes mejores que aquel. Bien valía aquella pregunta una inocente mentirilla, así que la contesté con un negativo monosílabo, con el que se quedó la buena de Angue en la firme creencia de que en toda la redondez de la tierra no había mas collares que el suyo, ni más faroles de colores que los de su pueblo.
A las doce de la noche terminó el baile y cada cual tomó el petate.
Pensando en la cara que pondría Angue al trasladarla de repente al
Teatro Real en una noche de baile, cerré los ojos y me quedé dormido.
Muy de madrugada nos embarcamos en los botes, salvando en tres cuartos de hora el trayecto que media entre Pitogo y Macalelong.
Macalelong, con su visita de Hingoso, lo componen 2.212 almas; tributan 1.182 en 15 cabecerías. Hubo 82 defunciones, 36 casamientos, y 121 bautizos. Se sortearon 77 mozos, de los que se sacaron 2 soldados. Se vacunaron 140. Asistieron á las escuelas 60 niños de ambos sexos; se sustanciaron 7 causas; y su fuerza de cuadrilleros ascendía al número de 23.
Poco ó nada que citarse hay en aquel pueblecito, cuyos habitantes en su mayoría viven en una indiferente apatía, de la que no les arrancan ni las necesidades ni las constantes excitaciones de la autoridad. Allí fuimos asediados por un sinnúmero de pobres, quienes nos demandaban una limosna con destemplada y gangosa voz. Este pueblo, lo mismo que el anterior y los que encontraremos hasta llegar á López, están á cargo de sacerdotes indígenas; en los demás de la provincia, sus parroquias son administradas por frailes franciscanos.
Siguiendo la línea de la playa, la que no habíamos perdido desde que salimos de Pagbilao, continuamos el día doce la navegación en demanda del pueblo de Catanauan. En esta travesía hay que ir provistos de todo, no solo por lo larga y pesada, sino que también por las peripecias á que da lugar lo inseguro de las imprevistas tufadas que repentinamente suelen soplar.
Toda la playa está deshabitada, pues á excepción de los pequeños caseríos de Cabuluan é Hingoso, apenas se ve alguna que otra miserable choza.
Al doblar la punta Sandoval, y cuando ya llevábamos diez horas de navegación, nos pusimos á la vista de Catanauan.
Dicho pueblo lo componen 3.174 almas, de las que tributan 1.462 en 15 cabecerías. Hubo 68 defunciones, 129 bautizos y 41 casamientos. Se sortearon 207 mozos, á los que correspondieron 3 soldados. Se vacunaron 122, asistieron á las escuelas 40 niños de ambos sexos, siendo 23 el número de cuadrilleros.
Catanauan poco á poco va despertando de su indolencia, y tenemos la seguridad de que tan luego se habitúe al trabajo, llegará á ser un pueblo muy rico, dadas las condiciones de su territorio. Hoy corre la triste y precaria suerte de sus colindantes. A Catanauan seguía en nuestro itinerario Mulanay, adonde puede llegarse en tres ó cuatro horas, utilizando una regular brisa ó seis fuertes remeros. Este pueblecito, con su visita de Bondo, lo forman 2.076 almas, de las que tributan 1.216 en 13 cabecerías.
Los dilatadísimos campos que se encuentran entre Mulanay y Bondo son susceptibles de mantener muchos miles de reses. Hay buenas piaras de vacas, pero no llegan ni con mucho á las que pueden sustentar aquellas riquísimas vegas refrescadas con las aguas de cientos de arroyuelos.
De Mulanay teníamos que cruzar al seno de Ragay, y para ello dejamos la vía marítima, tomando la terrestre.
De aquel pueblo al de San Narciso empleamos todo el día catorce, bien es verdad que dedicamos la mañana á la caza del carabao cimarrón.
Para llegar á San Narciso hay que vadear un sinnúmero de veces el Dumalong, no siendo esto lo más malo, y sí el salvar las peligrosas fragosidades del monte de aquel nombre. No hay que soñar siquiera en hacer este trayecto á caballo, y sí en carabao ó en hamaca. Hay precipicios y fangosos barrancos, que únicamente la planta humana, ayudada de la inteligencia ó las condiciones especiales de la pezuña é instinto del carabao, pueden salvar. Para colmo de males se encuentra tal profusión de pequeñas sanguijuelas en el ramaje, en las puntas del cogón y hasta en las hierbas, que no hay forma de evitar su sangrienta voracidad. Vencidas las alturas del Dumalong, se interna el viajero en un espeso bosque, y tras este se alegra su espíritu ante la vista de San Narciso, en donde podrá hallar descanso su desvencijado cuerpo.
A San Narciso lo forman un caserío levantado en el seno de Ragay. Aquel lo habitan 1.375 almas, de las que tributan 990 en 9 cabecerías.
En San Narciso nuevamente volvimos á la mar, navegando por espacio de doce horas en el seno de Ragay para encontrar á Guinayangan. Este pueblecito con su visita de Piris, lo forman 7 cabecerías. Toda la miseria en que hoy se consume, es indudable que en una época más ó menos lejana se trocará en riqueza y movimiento. Teniendo á la vista un buen plano de la provincia de Tayabas, se comprende que necesariamente está llamado Guinayangan á ser uno de los puntos en que ha de arrancar la división de la isla de Luzón, poniéndose en comunicación el gran Pacífico con el Estrecho que aprisiona las revueltas ondas del mar de China. Guinayangan está situado en el seno de Ragay, en el desagüe del río Cabibijan. Las condiciones de este, su caudalosa corriente, su gran anchura y su mucho fondo lo hacen navegable. Dicho río se interna en el istmo que separa el seno de Ragay de el de Alabat; istmo que constituye el punto más estrecho de toda la isla de Luzón. Entre Guinayangan y Calauag está el río Cabibijan, que desagua como ya hemos dicho en el mar de China, y por parte de Calauag se halla el río de este nombre vertiendo sus aguas en el seno de Alabat ó sea en la gran bahía de Lamón. Bien que se eligiera el río Calauag, ó bien el de Viñas que se encuentra algo más al Norte, la unión entre los dos ríos sería trabajo de legua y media á dos de canal, confundiéndose en este las ondas de ambos mares. Los beneficios que esto reportaría son incalculables, y repetimos que abrigamos la firme creencia de que la unión ha de verificarse por la vía indicada, que es la misma que nosotros seguíamos para llegar á Calauag. De Guinayangan fuimos en banca contra corriente del río Cabibijan hasta el desembarcadero de Alunero; de aquí á caballo más de dos horas hasta encontrar las aguas del río Calauag, y una vez dentro de aquellas los remeros condujeron la banca á dicho pueblo.
Calauag lo mismo que Guinayangan, más bien que pueblos son una agrupación de sucias y miserables casucas que difícilmente dan albergue á su vecindario, compuesto de 9 cabecerías.
De Calauag á López hay un regular camino, fácil de hacer á caballo. Hasta dicho pueblo nuestra marcha fué muy acelerada, deseando cuanto antes salir de aquellos lugares en los que nada nuevo encontrábamos.
López fué creado con la visita de Talolong, el año 1857, siendo Gobernador de la provincia D. Cándido López Díaz. Dicho pueblo lo componen 5.432 almas, de las que tributan 2.892 en 30 cabecerías. Hubo 47 casamientos, 221 bautizos y 173 defunciones. Se sortearon 247 mozos de los que fueron 3 á ser soldados. Se vacunaron 147, asistieron á las escuelas durante el año 120 niños. Se sustanciaron 4 causas criminales, ascendiendo sus cuadrilleros al núm. 99. A nuestro paso por López se estaba construyendo una iglesia, que á juzgar por la solidez de sus cimientos y por las proporciones de su obra está llamada á ser una de las primeras de Filipinas.
De López á Gumaca el camino mejora notablemente, y una vez pasada la balsa de Camuhangin apenas se pierde de vista la playa. Este camino puede hacerse en tres á cuatro horas.
CHAPTER XVIII
CAPÍTULO XVIII.
Gumaca.—Su antigüedad.—Su situación.—Águilas imperiales.—Castillos de Santa María, San Diego, San Sebastián y San Miguel.—Estadística.—Saqueo, incendio y peste.—Libros canónicos.—Reminiscencias valencianas.—Una velada en las ruinas.—Recuerdo glorioso.—Productos.—De Gumaca á Atimonan.—Una madera incorruptible y un hongo fosforescente.—Kiosco en el camino,—Grupos fantásticos.—Compañía no buscada.—Ninay.—Una presentación por medio de un cigarro.—El Moro y el Rosillo.—Atimonan.—Su historia, sus productos y su estadística.—Un bailujan, un regalo y una promesa.—El correo.
Gumaca es uno de los pueblos más sanos y mejor situados de los que bañan las aguas del Pacífico en las costas de Tayabas. Su fundación no hemos podido comprobarla, debiendo ser muy antigua, puesto que ya se le nombra en los registros de la Orden de San Francisco correspondientes al año 1582. En 1638 se trasladó á la Silanga de la isla de Alabat, volviendo á su antiguo sitio después del incendio á que le redujeron los holandeses en el año 1665.
Gumaca debió ser muy combatido de las piraterías moras, teniendo en cuenta la situación que ocupa y los restos de defensas que aún se conservan. Una sólida muralla corre por la playa, arrancando desde el río á que da nombre el pueblo. Sobre aquel se alza un puente de madera, que comunica con el fuerte de Santa María. Encima de la puerta del fuerte—que abre el camino que dirige á Atimonan—se conservan toscamente grabadas sobre la piedra las águilas imperiales de la casa de Austria, escudo que también se muestra en las ruinosas paredes del Tribunal. La muralla cierra el pueblo por la parte que mira á la mar con el castillo de San Diego. La construcción de este fuerte revela una mano inteligente, y la solidez de su fábrica lo mantendrá en pie muchísimos años. En su plataforma se guarda un pesado cañón de hierro. Formando cuadrilátero con aquellos fuertes, quedan restos de los llamados San Sebastián y San Miguel. Entre estos había una fuerte empalizada de molave.
Gumaca tiene 7.137 almas; tributan 3.360 en 38 cabecerías. Hubo 151 defunciones, 88 casamientos y 273 bautizos. Se sortearon 330 mozos, de los que se sacaron 4 soldados. Se vacunaron 431. Asistieron á las escuelas 130 niños de ambos sexos; correspondieron á su territorio 5 causas criminales. Los cuadrilleros, llamados á vigilar los 19 barrios, ascendían á 38.
Entre los edificios de Gumaca, son dignos de visitarse la iglesia, el convento y la escuela. El convento abre sus muros en una espaciosa plaza, que limita la muralla. La iglesia es buena y espaciosa, lo mismo que la escuela.
Gumaca ha pasado por un sinnúmero de vicisitudes, no habiendo respetado á su laborioso vecindario ni los horrores del saqueo, ni las destructoras llamas del incendio, ni los estragos de la peste. Hojeando los libros canónicos de defunciones de aquel pueblo, correspondientes á los meses de Abril y Mayo del año 1772, y fijándose en las páginas que empiezan en el asiento 28, se verá el tristísimo cuadro de las más encarnizadas hecatombes que registra la historia de la viruela.
Examinando el antiguo Tribunal, los fuertes de San Diego y Santa María, la muralla, las empalizadas y el capitel ojival que resguarda la gran cisterna que provee de agua al pueblo, se viene en perfecto conocimiento de que por allí ha pasado una activa y buena inteligencia. El piso alto del Tribunal está basado en arquerías, terminando en azotea, construcción rarísima en Filipinas, que hace recordar las casas de Alicante y Valencia.
En la plataforma del castillo de San Diego pasamos al lado del virtuoso párroco Fray Mariano Granja, una alegre velada respirando las puras emanaciones de las ondas del gran Pacífico.
Toda ruina tiene para nosotros un augusto misterio ante el cual bajamos con respeto la frente. Las agrietadas aspilleras del castillo de San Diego, son otras tantas páginas de nuestra gloriosa historia. Sobre aquellos muros había ondeado la sacrosanta enseña de Castilla, en una época en que, si la tenue brisa de la caída de la tarde plegaba sus paños en otros horizontes, los matinales céfiros acariciaban sus colores enseñando al primer rayo del sol los castillos y leones, inseparables compañeros de su luz.
El castillo de San Diego debió prestar excelentes servicios, pues dada la situación de Gumaca necesitaba un avanzado centinela que precaviese las sorpresas, fáciles de llevar á cabo en aquellas playas, por la circunstancia de interceptar la exploración la extensa isla de Alabat.
Los principales productos de Gumaca son: el arroz, las maderas, la brea y la cera. Caza hay mucha en sus bosques, y el poco cacao que recoge es muy estimado.
En la tarde del veintiuno nos dirigimos al pueblo de Atimonan. El camino que conduce á aquel, salvo ligeros trayectos, no se separa de la playa. Los muchos ríos y esteros que desaguan en el Pacífico en toda la contra-costa de Tayabas, hacían que á cada paso tuvieran nuestros caballos que vadear un arroyuelo, ó hiciesen resonar bajo sus duros cascos los fuertes ensambles de los veintinueve puentes que encontramos. Aquellos son de madera, empleándose el molave para los pilares. El molave es incorruptible á la acción del agua, como impenetrable á la destrucción de los insectos. Hemos visto sacarse de un fondo de fango, harigues de molave que habían permanecido entre aquel más de cien años, sin que mostrasen señales de carcoma ni podredumbre. En la demolición de todo antiguo edificio en que haya molave y cañas, llama la atención la conservación de los primeros, y las bellísimas fosforescencias que se desprenden de los alimacmac en las segundas. El alimacmac, es un pequeño hongo que nace en el interior de la caña cuando es vieja y ha estado sometida por largo tiempo á la acción de las aguas. La vejez ayudada de la humedad, incuban en las paredes de la caña esa brillante excrecencia que buscan las dalagas entre las ruinas, adornando con ellas su pelo y sus relicarios.
Los añosos y entrelazados troncos de los bacauan que forman los mangles, constituyen una sólida barrera que resguarda contra la rompiente de las olas el camino de Atimonan. Si aquel se recorre de noche, hay que ir despacio y con algunas precauciones, so pena de exponerse á que se rompa el caballo una pata en alguno de los agujeros que hacen los cangrejos, y de que está salpicado todo el terreno.
En la línea que empieza la jurisdicción de Atimonan, nos encontramos la comitiva que salía á esperar al Alcalde. Las dalagas iban lujosamente vestidas, montando ligeros caballos. El Gobernadorcillo de Atimonan tenía preparada bajo un bonito kiosko, una suculenta merienda. Lo delicioso del lugar, las frescas brisas del Pacífico cuyas espumas llegaban á nuestros pies, y la armonía de la música que se mezclaba con el eterno y acompasado murmullo de las ondas, nos retuvo más tiempo del que debíamos.
Montamos nuevamente á caballo al aproximarse el crepúsculo, así que, bien pronto nos envolvieron las sombras. El numeroso grupo que componía nuestro acompañamiento presentaba un aspecto altamente fantástico. La fosforescencia de la mar, los destellos de los alitaptap, y los preciosos cambiantes de luz, que nos mandaba Sirio, la estrella más hermosa de los cielos, daban la bastante claridad para apreciar conjuntos, ya que no detalles.
El camino era bastante estrecho, circunstancia que hacía marchásemos de dos en dos. Varias veces levanté la cabeza desde que dejamos el kiosco y siempre encontré á mi lado una misma cara. Yo no buscaba á Ninay, y sin embargo, constantemente estaba cerca de mí. ¿Quieres fumar?—la dije, á la par que sacaba la petaca para encender un cigarro.—Tu cuidado,—me contestó con esa habitual franqueza de la india. Un cigarro, en todas partes del mundo es un gran introductor; el que oprimía entre sus labios Ninay, hizo tan perfectamente la presentación, que no se interrumpió entre nosotros la conversación hasta que llegamos á los bantayanes de Atimonan. Dos horas fuimos hablando, y en ellas me contó Ninay, con una encantadora naturalidad, una verdadera serie de superfluidades para mí, pero que constituían para ella un mundo. Me habló de su cocal, de la saya que tenía preparada para el baile, de la peineta de su amiga Chichay, del imbay del Moro y del Rosillo, y por último de su novio. Moro y Rosillo, se llamaban los caballos que montábamos, eran hermanos, y siempre habían comido en una misma tina, estando en esto explicado, el por qué al buscarse ellos, nos acercaban á nosotros. Al pronunciar Ninay el nombre de su novio, no lo hizo balbuceando ni mucho menos, aquel estaba ya admitido por sus mayores, y por lo tanto la cosa era muy natural y corriente.
A las nueve de la noche entramos en Atimonan; de este á Gumaca hay 21,50 km.
Atimonan se llamaba en lo antiguo un llano que se extiende en una ensenada de las costas de Lamon; y en aquel sitio se resguardaron por los años de 1635 los pocos seres que pudieron escapar de las llamas de Cabullao, pueblo que fué reducido á cenizas por los piratas moros. En dicha ensenada quedó formado Atimonan el año 1637, siendo hoy el pueblo más rico de la contra-costa de Tayabas. Su extenso territorio, que abarca de costa á costa, produce preciosas maderas, inmejorables resinas, cera, maíz, café, cacao, abacá y aceite. Las ceras de Atimonan son de una pureza y transparencia tal, que pocas habrá que las igualen. En la Exposición de Filadelfia fueron premiadas, y abrigamos la convicción de que también lo serán en la próxima de París, adonde sabemos se mandarán. Los tejidos de piña que hacen las mujeres son muy buscados en el comercio.
La salubridad de Atimonan es buena, y aun cuando no se halla en la misma playa, solo la separa el corto cáuce de la desembocadura del río, á cuya margen derecha se levanta. El caserío es bueno, destacándose por la solidez de su fábrica, la iglesia y convento. Los muros de estas obras tienen de doce á quince pies de espesor. El Tribunal lo componen dos cuerpos, el uno antiguo y el otro moderno, en el último hay un salón de los más grandes que hemos visto en Filipinas.
Atimonan tiene 8.790 almas, tributan 4.262 en las 46 cabecerías que registra. Hubo 172 defunciones, 62 casamientos y 343 bautizos. Se sortearon 475 mozos, de los que se sacaron 9 soldados. Se vacunaron, 234, asistiendo á las escuelas 160 niños de ambos sexos. Se sustanciaren 2 causas criminales y su territorio está á cargo de 42 caudillos y 53 cuadrilleros.
A la noche siguiente á la de nuestra llegada á Atimonan, y terminadas que fueron las quintas y elecciones, hubo el consabido baile, en el que volví á reanudar la conversación con Ninay: me hizo conocer á su novio; y yo en pago de sus secretillos la dí un anillito, en el que estaba esmaltada una imagen de los Dolores, exigiéndola al dárselo que había de ser el que usase el día que se casara.
Después supe no había olvidado mi deseo, y que alguna que otra vez recordaba Ninay al castila de las balbas, nombre con el que me conocían en toda la contra-costa.
En Atimonan recibimos el correo, este sale de Tayabas con dirección á Pagbilao los viernes; de aquel punto cruza toda la provincia, yendo á Atimonan, y de aquí sigue por toda la contra-costa á buscar á Calauad, para internarse después en la provincia de Camarines, y de aquí á Albay. La línea de inspección del correo de Manila á Albay termina en Tayabas; el conductor llega hasta este pueblo, en donde espera, quedando la correspondencia á merced de Dios y del servicio personal de los muchísimos pueblos que tiene que recorrer hasta llegar á Albay. Sin balijas, sacos ni árganas, excuso decir á mis lectores los deterioros y detrimentos por que pasarán los paquetes.
Para evitar gran calor, convinimos en hacer el trayecto, que separa Atimonan de Mauban, de noche y por mar, á cuyo efecto se prepararon bancas y barotos, quedando todo listo para embarcarnos á la caída de la tarde.
CHAPTER XIX
CAPÍTULO XIX.
Navegación en baroto.—Escasez de luz y abundancia de mosquitos.—Los principios y los medios.—Horas interminables.—Malayo po.—El monte Soledad.—Vista de Mauban.—Su historia, estadística y productos.—Episodio glorioso.—Don Simón de Anda y los franciscanos.—Documento notable.—Setecientos quintales de plata.—De Mauban á Lucban.—Caminos que hace el hombre y arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y desmontes.—El Balete.—Barrio de Sampaloc.—La hamaca.—Lúgubres semejanzas.—Descanso en Lucban.—Vuelta á Tayabas.
¿Saben ustedes lo que es navegar en baroto?
Si la contestación es negativa no deseen hacerla afirmativa, pues de seguro se arrepentirán. De Atimonan á Mauban puede irse por algo, que algunos afirman que es vereda; pero el viajero que llega á poner en ella su planta, se convence á costa de sus huesos de que no hay tal cosa, sobre todo, en la parte que comprende el escabroso monte Pitisang. Para evitar esto, y sobre todo las ocho ó diez horas á caballo que se invierte en la jornada, resolvimos dejar la vía terrestre y entrar en la marítima.
El tiempo estaba algo revuelto, y el patrón del baroto trincó perfectamente las amarras del caran, de modo que la parte habitada de la embarcación quedó convertida en una especie de ratonera, en que si bien escaseaba luz y aire, abundaban los mosquitos y las moscas.
A las seis vencimos la barra, balanceándonos en el gran Pacífico; orzamos para tomar rumbo, pero la vela se empeñaba en no tomar viento, empeño perfectamente justificado al ver los agujeros que tenía su triangular superficie y la poca gana de soplar que había por arriba.
La postura que se busca en cualquier forma de locomoción es agradable al principio, más si la jornada es larga, antes de llegar á los medios aquella, no solo es molesta, sino que no hay ninguna que satisfaga. El baroto no tenía asientos, así que los que íbamos embanastados en su camareta tuvimos que hacerlos con mantas y maletas. Durante la primera hora todo fué bien; fumamos, reimos y hablamos de largo, mas poco á poco se nos entró la noche por la boca de la camareta, y las nuestras dejaron paulatinamente de moverse y de chupar.
El monótono crujir que produce toda vieja embarcación; la uniformidad del quejido de la onda al ser cortada por una lenta marcha; el silencio de la noche y lo impenetrable de las sombras, traen al espíritu un sinnúmero de fantasmas que pasan y se desvanecen en la misma forma en que nacen; mas cuando esas fantasmas son vistas por unos ojos que pertenecen á un cuerpo que no encuentra postura buena, que desea reposo y no lo halla, y que tiene sueño y le es imposible conciliarlo, entonces entra un grandísimo malestar y las horas se hacen interminables. La estrechez del baroto no permitía echarnos, obligándonos á conservar posturas irreconciliables con el descanso; y no hay nada más molesto que estar completamente rendido y falto de sueño, y, sin embargo, no poder dormir. Cincuenta veces por hora preguntamos al patrón si faltaba mucho, y siempre tuvimos por contestación su invariable malayo po.
Macilentos, escalofriados, somnolientos y doloridos, principiamos á ver el cómo se retiraban las sombras á sus antros y el cómo la aurora abría las puertas al día. El sol apareció en los cielos, y nos mostró entre ligeras brumas el monte Soledad, á cuya falda se asienta el pueblo de Mauban.
A las ocho de la mañana llegamos á aquel. Catorce horas invertimos en tan deliciosa navegación, de que me acordaré mientras viva.
Mauban no se conoce cuando se fundó. En los archivos se encuentra aquel nombre figurando en los anales del último tercio del siglo XVI. El año 1600 se sabe fué su párroco el padre frey Fernando Moraga. Dicho pueblo sufrió varias traslaciones hasta el año 1647, en que definitivamente ocupó el sitio en que hoy se halla. Se encuentra en la costa del Pacífico frente á la isla de Alabat. Su clima es muy caluroso, si bien las tardes y madrugadas son refrescadas por las brisas del mar. Mauban tiene 9.039 almas, tributando en sus 48 cabecerías 4.274. Hubo 366 defunciones, 57 casamientos y 320 bautizos. Se sortearon 476 mozos, á los que correspondieron 9 soldados. Se vacunaron 341. Asistieron á las escuelas 160 niños. Se incoaron 9 causas, y el número de cuadrilleros y de caudillos ascendían, los primeros al número de 43, y de 29 los segundos.
Como edificios no hay ninguno digno de citarse, excepción hecha de la iglesia y el convento. Aquella es de una fuertísima construcción, componiendo su torre cinco cuerpos.
Los productos principales son arroz, abacá, café, cacao y maderas. Las mujeres tejen salacots y petates muy buscados. En la extensa jurisdicción de Mauban se cría mucha y buena caza.
El nombre de Mauban, representa un hecho histórico digno de citarse. Habiéndose logrado sacar de Manila con grandes trabajos y peligros durante la invasión inglesa, el Real Tesoro, aquellos se aumentaron, estando en camino de la Pampanga, por haber dado el enemigo con su pista; conociendo esta posición el cauteloso D. Simón de Anda, se dirigió al Provincial de los Franciscanos, que se hallaba en Lucban, comisionándole para que de acuerdo con los conductores del Tesoro, buscara forma para embarcarlo y salvarlo en uno de los puertos de Tayabas.
El superior de la Orden, en vista de tan arriesgada comisión, eligió para llevarla á cabo á Mauban, á cuyo cura párroco le dirigió la siguiente carta, acreedora por todos conceptos de ser conocida. Dice así:
«A nuestro hermano Frey Francisco Rosado de Brozas, Predicador ex-definidor, Guardián y Ministro de doctrina de nuestro convento de Mauban, salud y paz en Nuestro Señor Jesucristo.
«Hallándonos con este superior decreto que con la mayor veneración y rendimiento obedecemos; y siendo de nuestra obligación el poner todo nuestro desvelo y cuidado en el servicio de Nuestro Rey y Señor natural, aunque sea á costa de nuestras vidas, manifestando el debido vasallaje y lealtad de agradecidos hijos y afortunados vasallos de un Rey y Señor, de cuya soberana mano viven tan reconocidas y obligadas, nuestra seráfica religión y apostólica provincia de San Gregorio. Por tanto, teniendo satisfacción de las prendas que en V.C. concurren, mandamos á V.C. por santa obediencia, acompañe, ayude y sirva á conducir el Tesoro de S.M. (q.D.g.), según que dispusieran el Capitán de navío D. José de Acevedo y el maestre de plata D. José Góngora: y á este efecto mandamos á V.C. disponga y avíe todas las embarcaciones servibles de todos nuestros conventos, ya sean de esa costa, ya de la provincia de Camarines, sacando de dichos conventos cuantas provisiones se juzguen necesarias para el gasto y manutención de la gente necesaria, hasta consumir lo que los conventos tengan para su preciso mantenimiento. Y porque es muy correspondiente á nuestro instituto y gratitud, el servir á nuestro Soberano Monarca, con el desinterés y celo, á que nos obligan tantas leyes y respetos como sus leales vasallos, obligadísimos frailes de San Francisco. Mando á V.C. por santa obediencia, que por ningún concepto permita reciban nuestros conventos ni religiosos cosa alguna por el servicio de embarcaciones, y recompensa de las provisiones que suplan, y sí solo se expresarán á continuación de estas nuestras letras, las embarcaciones con la nominación de sus conventos; los víveres que de estos se sacaren con expresión singular, y todo lo demás que acredite el desempeño de nuestra obediencia al superior decreto y servicio á Nuestro Soberano y al común de la patria. Y estas nuestras letras serán leídas é intimadas á nuestro hermano Guardián de nuestro convento de Naga y Comisario provincial de la provincia de Camarines, para que en su vista provea lo conveniente y necesario á la expedición del presente negocio, y concluído este se nos devolverán originales con el Superior decreto que acompaña, para presentarlo al superior Gobierno. Dadas en este nuestro convento de San Luís obispo, del pueblo de Lucban, firmadas de nuestra mano, selladas con el sello mayor de nuestro oficio y refrendadas de nuestro Secretario en siete días del mes de Febrero de mil setecientos sesenta y tres años.—Frey Roque de la Purificación, Ministro provincial.»
La comisión cumplió su encargo, embarcando en Mauban, en 20 bancas y 1 pontín, el Real Tesoro, que pesaba unos 700 quintales. A los pocos días se encontraba toda la plata en poder del justiciero y valiente magistrado.
Dos días permanecimos en Mauban, y al terminar aquellos emprendimos el camino de Lucban. La descripción de dicho camino es imposible, entre otras cosas, porque en muchos sitios no lo hay, y en otros las torrenciales aguas lo modifican á su antojo entre aquellas accidentadas y bruscas estribaciones. Vadeos, precipicios, quebradas, desmontes y derrumbaderos es lo que se encuentre entre la balsa de Mauban y la visita de Sampaloc, en donde termina el Balete, ó sea el monte que divide las jurisdicciones de Mauban y Lucban. Hasta Sampaloc generalmente se emplea la hamaca, muchos van á caballo, pero es peligroso y molesto por las continuas bajadas. Las hamacas de la provincia de Tayabas consisten en dos bastidores de vara y media de largos, y menos de una de anchos, divididos y sujetos por dos tablas de narra, por las que pasa una larga y fuerte caña. Sobre el bastidor superior se coloca el trapal, y el inferior es el llamado á sostener al viajero. Entre bastidor y bastidor hay poco espacio, de forma que no hay medio de sentarse, habiendo que permanecer echado todo el tiempo que dure la jornada. La hamaca es llevada por 8 á 16 hombres, en cuyos hombros se apoyan los salientes de la caña, que pasan por el interior de la hamaca. Cuando llueve y hay que cerrar aquella, dejando caer las faldetas de los trapales, se asemeja á un ataúd más que á otra cosa. Esta lúgubre semejanza la han encontrado todos los que por primera vez han viajado de tal forma.
Desde Sampaloc á Lucban el camino mejora notablemente, pudiéndose emplear el caballo.
De Mauban á Lucban hay 25 km. En este último pueblo descansamos un par de días, al cabo de los cuales volvimos á pisar la casa Real de Tayabas.