La segunda jerarquía, la constituye la taga-tabi, la que generalmente vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas, si bien sin confundirse con ellas, no habla español, no calza botitos por más tieso que repiquen, y no conoce el colegio, más que por las relaciones que oye de la taga-bayan cuando la permite que se acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sueños de una taga-tabi, es poder llegar al rango de las taga-bayan, á cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su suerte á la de algún viejo capitán pasado, ó cabeza reformado, cuyas jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado taga-bayan.
La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada taga-linang, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran á una taga-bayan con la misma admiración con que contempla un hijo del Corán el último rayo del sol poniente.
La taga-bayan tiene el orgullo de la antigua señora feudal, que desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la capitana babae, ó sea la Reina de las taga-bayan, guapa mestiza china, de labios muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas, y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida, no pude menos de observarlo á uno de los que me acompañaban, quien me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que más tarde tuve ocasión de comprobar.
—¿Le gusta á V.?—me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel, comerciante radicado hacía años en Lucban, viendo la profunda atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano por la mestiza.
—No sé qué decir á V.,—contesté—la estatua es correcta; pero el espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.
—Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha, pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.
—Y nosotros, amigo Pardo, volvemos con esto al tema de la cascada.
—Y bien, ¿ha quedado V. convencido de la verdad que encierra aquel tema, ó es de los que creen que las filipinas no aman?
—Creo como V., y en prueba de ello, le ruego que me entregue el autógrafo de la leyenda que nos contó en la cascada. Sacaré una copia, y le prometo que en el primer libro que escriba la publicaré, haciéndome solidario de las ideas que encierra.
Los últimos acordes del Fausto, fueron arrancados al piano, á la sazón que el toque de las ánimas nos recordó que el Padre cenaba á esa hora, y por lo tanto nos dirigimos al convento.
La promesa de mi amigo Pardo, no se dejó esperar. Al irme á acostar, me encontré sobre la mesita de noche el original de la leyenda, cuya copia literal es objeto del siguiente capítulo.
CHAPTER IV
CAPÍTULO IV.
El puente del suspiro.
Las mujeres no aman, los pájaros no cantan, y las flores no huelen.
(Dicho popular filipino.)
SECTION I
¡Qué triste es un día sin sol!
Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.
¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!
La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.
Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.
El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el Ángelus que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.
En el misterioso archivo de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.
El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.
Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.
Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el mundo de la luz, mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos adiós que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando en el teatro del mundo la realidad de la muerte.
¡Qué triste está hoy el día!
La madeja rubia que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras, perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un fuerte Noroeste ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.
¡Hoy no hay crepúsculo!
Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya reanimado mi ser.
¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos…!
Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz artificial ha sustituído á la luz del día.
¡Suena la oración!
Recemos por los que fueron…
* * * * *
Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen.
La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!—dije por último tirando la cartera sobre la mesa—sea de ello lo que quiera, es lo cierto que Ratelán, [6] á quien cariñosamente saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.
—Ratelán tiene razón—dije distraído en voz alta.
La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.—¿Lo poetiza?—¿Sí ó no?—le dije en tono de buen humor á mi buen Quico, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que Grimeau y más fiel que un perro de Terranova.
Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo—no entiendo, señor.
—Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en puro querer á un hombre.
—Puede más, señor.
—¡Caramba! Puede más.
—Seguro, más.
—¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí—y le señalé los picachos del vecino Banajao—que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?
—Sabe, señor.
—¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?
—Muere también—dijo Quico, interrumpiendo mi crescendo.
—¡Que muere has dicho!
—Muere, señor—contestó aquel con esa gravedad cómica del indio.—Pregunte V. á su amiga X … y ella contará á V. la historia de El puente del suspiro.
Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la misteriosa historia de El puente del suspiro.
SECTION II
El que haya corrido las alturas y hondonadas con que encadenan el Malinao, el Dalitiuan y el Balete, á las provincias de la Laguna y Tayabas; el que haya contemplado desde la descarnada atalaya del San Cristóbal, los risueños panoramas de Paquil y Paete; el que haya palpitado de emoción ante la grandiosidad del Botocan; el que la curiosidad, el estudio, la necesidad, ó la caza le hayan obligado á pasar el camino de Majayjay, necesariamente le habrá llamado la atención un puente abandonado, semi-derruído y de lúgubre aspecto que se eleva á un lado del camino. Su antigua y sólida fábrica ha adquirido con el tiempo, las aguas, y la viscosidad de los musgos que abrazan la bóveda que lo forma, un aspecto tan sencillo, al par que severo, que parece decir al viajero:—«Deten tu marcha; deletrea en mis piedras con los ojos de la investigación; escucha el gemir de las puras ondas que en un beso eterno acarician mi vida; contempla el panorama que rodea mi cuna; oye los alegres cantos y los melancólicos susurros que adormecen en mi cárcel de granito á los genios de las sombras, en esas interminables noches en que el aguacero carcome mis entrañas y el cierzo conmueve mi ser; reúne todo esto en el laboratorio donde se purifican los pensamientos, donde se aquilatan las más sublimes concepciones, donde se anida el genio, donde mora el alma; y al leer mi nombre de El suspiro en los viejos sillares que me sostienen, evocarás la triste historia de la desgraciada Hasay. [7]
¿Quién fué Hasay? ¿Cuál fué su vida? ¿Cuál su historia?
Poco más ó menos, procuraré recordar lo que en lenguaje natural y verídico me contó mi buena y bellísima amiga.
SECTION III
Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el último aliento al arrancar de sus entrañas un pedazo de su alma en su hija Hasay.
La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de su madre.
Hasay jamás supo quién fué su padre.
¡Infeliz expósita!…
La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar, depósito en su frente su desgraciada madre.
Ha dicho no sé quién—creo que Selgas—que se conocen los niños que se crían sin madre.
¡Qué cierto es esto!
¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del Otoño, he admirado en los jardines del Parterre, aquellas bandadas de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido al pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.
¡Significa tanto el nombre de madre!
Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen símbolo del dolor. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!
Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.
Un niño sin madre es cual la flor.
¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!
¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!
En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la sensitiva y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la Señora de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.
Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que inspiró un infanticidio á el autor de El Rey se divierte, al exclamar:
«Amor, contra el honor, te dió la vida.
Honor, contra el amor, te dió la muerte.»
Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible lasciate del Dante, el segundo.
¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!
Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.
En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.
Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.
La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.
Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.
SECTION IV
Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües, para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido, probo empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente propietario después.
Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño, todos sus cuidados en la hija de sus amores.
Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.
Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.
El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión, poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.
Hasay tenía una segunda madre en su protectora.
Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.
Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.
La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del libro, ó siente ante el teclado del piano.
De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á la mariposa.
La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando donde hay luz y perfumes.
Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay, cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.
Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.
Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.
Sucede—no sabemos cómo, pero es un hecho que sucede,—que tras las paredes de esas infantiles sociedades que se llaman colegios, trascienden hechos íntimos que se desarrollan en el hogar de los pequeños asociados. Lo que todos habían tenido cuidado de ocultar, lo que la misma Hasay ignoraba, se lo reveló en una sola palabra una amiga suya.
—¿Qué quiere decir inclusera?—Preguntó un día Hasay á la que llamaba su hermana.
—No sé, contestó Lola; y, dime: ¿por qué me lo preguntas?
—Porque ayer, sin querer, pisé el vestido á Ángela, y esta al ver que estaba roto, me dijo:—¡anda, inclusera!
La terrible palabra que descorría en parte el misterio de la vida de la niña, quedó grabada en su memoria, y poco á poco fué comprendiendo todo el valor de aquella frase.
SECTION V
La alegría de Hasay fué desapareciendo, sustituyéndola una profunda tristeza.
A los trece años, la niña era mujer.
La mujer, dejó de jugar y pensó.
Por este tiempo la naturaleza de Lola sostenía una terrible crisis, luchando con la pobreza de su constitución.
Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.
Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible, rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad, tormento de la ciencia que busca siempre el calor del alma, que se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede, se apoderó de la pobre existencia de Lola.
¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.
No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.
Y la humana máquina obedece como las obras del Divino Artífice á inmutables leyes.
¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya vida!
¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!
SECTION VI
Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la terrible enfermedad se incubaba en su vida.
La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las puras y frescas brisas.
Doña Luisa poseía un magnífico cafetal en las vertientes del Banajao, y tan luego fué prescrito á la enferma la vida del campo, su solícita madre dió órdenes para que se alojara y dispusiera la casa que se alzaba en el centro de la hacienda.
Nada de cuanto constituye lo necesario y representa lo supérfluo faltaba en la finca. Hábiles tallistas de Paete, inteligentes artistas de Lucban, y activos personeros de Manila, cambiaron en pocos días el aspecto de la granja agrícola en mansión señorial. No se olvidó ni un detalle en el pequeño santuario de la coquetería, que constituye el tocador de una dama, ni se dejó de indagar hasta encontrar un excelente piano de cola, construcción belga, que con grandes cuidados, quedó instalado en la casa, pronto á llenar de armonías las fragosas faldas del Banajao.
A doscientos metros de la casa se destacaba cual centinela avanzado, el sombrío Puente del suspiro, conocido por entonces, por el del Capricho, nombre que tuvo su origen en el informe que se emitió al ser reconocido y en la extraña y atrevida concepción de su único arco.
Registrando crónicas he podido adquirir algunas curiosas noticias respecto al puente que nos ocupa.
Un respetable escritor, virtuoso y docto, hijo de la orden de San
Francisco, dice en sus escritos:
«Dicho puente fué construido por el reverendo padre Fr. Victoriano de Moral. Se halla sobre el río Olla, basado sobre dos montes y cuyo arco tiene sobre noventa piés de cuerda, sin haber usado más amarras ni maderas para la formación de la colosal cimbra que bejucos, cañas, cocos y bongas; entrando en su construcción solo argamasa; su único ojo mide de luz cincuenta y dos pies de alto por cuarenta y ocho de ancho, construcción casi milagrosa, por lo cual sin duda alguna el arquitecto mayor de Filipinas en su informe al Superior Gobierno, fechado en 7 de Diciembre de 1852 decía entre otras cosas lo que literalmente copiamos.»
«Si se tratase de un puente levantado con estudio y bajo las reglas del arte, la prueba hecha con el de Majayjay era ya suficiente para manifestar su estabilidad. Por desgracia se trata de una obra sin principios: que los aplicados en su ejecución han sido caprichosos, y si bien el arco se mantiene sin desprenderse, como no puede hallarse en la ciencia una regla que manifieste la causa de este procedimiento, ó mejor diré fenómeno, no es la opinión del que suscribe, sino de toda la ciencia junta la que lo condena.»—A cuyo informe, donosamente dice un cronista de la orden del constructor. «Hete aquí un puente, tan asaz atrevido, que á pesar de estar condenado por toda la ciencia junta, tiene la desfachatez de mantenerse firme, de sufrir temblores como los del 16 de Setiembre de 1852 y el 3 de Junio de 1863 sin resentirse; fuertes avenidas como las que se desprenden del gran monte Banajao, sin descimbrarse, estando dispuesto y con pensamientos quizás de decir después de algunos siglos: yo fuí construido por un fraile franciscano sin principios. Sabed que los principios aplicados en mi construcción fueron caprichosos, y más caprichoso aún, el empeño de construirme sin gastar un solo maravedí y llevar á cabo su empeño.»
Muchos más datos poseemos entre nuestros apuntes tomados unos del análisis del mismo puente y otros de documentos particulares y oficiales; pero como nuestra misión ni es arquitectónica, ni histórica, ni más que ligeramente descriptiva, basta con que nuestros lectores sepan que dicho puente existe, como existen diferentes consejas que á él se refieren.
SECTION VII
—Decíamos,—que el Puente del suspiro, se destacaba cual sombría atalaya á la vista de la casa de Doña Luisa.
Esta quedó instalada en el cafetal con sus dos hijas, su antiguo y leal Pedro, criado depositario de la confianza de la familia ya largos años, su servidumbre, y su fiel León, hermosísimo perro de Terranova.
La joven naturaleza de Lola; las puras emanaciones azoadas del Banajao; sus frescas y deliciosas brisas, impregnadas de las delicadas esencias de la sampaguita y del ilang-ilang; la vida del campo, el constante murmurio de sus bosques, el lenguaje poético y enamorado de los cientos de arroyos que retratan en sus bulliciosas ondas la palma, la bonga y el coco; la existencia tranquila, la bondad del clima y los exquisitos cuidados, hicieron crisis en la enfermedad de Lola. Sus ojos se animaron, adquirieron color sus mejillas, y la imperceptible y pertinaz tos, terrible alerta de la enfermedad, dejó su monótona y constante pertinacia.
Todo respiraba alegría.
Hasay únicamente estaba triste.
Lola, entre los puros cristales del rocío de la mañana, buscaba la brillante rosa.
Hasay, entre las sombras de la noche, arrancaba triste y melancólica la humilde siempreviva, fiel emblema de la amargura.
Cuando los blancos dedos de Lola recorrían el teclado, arrancaban bulliciosos allegros; cuando los de Hasay se posaban en el marfil, solo producían tiernos nocturnos. A la una la animaba el genio de Strauss, á la otra la tierna inspiración de Beethoven.
Aunque distintos tipos, las dos eran hermosas.
Lola era blanca cual los misteriosos genios de las puras nieves: Hasay morena cual la mas perfecta concepción del sueño de un árabe. La primera poseía en sus azules ojos toda la ternura de la resignación; la segunda despedía de su negra y ardiente pupila el rugir de la pasión. Las rizadas hebras que adornaban á Lola se esparcían sobre su sonrosado seno, cuya blancura se confundía con las purísimas mallas del encaje que resguardaba los encantos de la virgen: la suelta cabellera de Hasay, negra cual el palacio de la noche, destacaba las cobrizas y mórbidas formas en que descansaba. El conjunto de esta irradiaba el ardor de la lucha, el de aquella, la paz de la conformidad.
Una mañana, encontrándose toda la familia reunida en la espaciosa caída, recibió Doña Luisa una carta de un antiguo capitán de la marina mercante, paisano y amigo de su difunto marido. En dicha carta la decía tendría sobre anclas el barco hasta abarrotar sus bodegas y cubierta de madera, y aprovechando la circunstancia de la larga estadía, y la proximidad del cafetal al fondeadero donde hacía su carga el velero Neblí, invitaba el capitán á sus antiguas y leales amigas á pasar unos días á bordo.
La oferta fué aceptada, y se dieron órdenes para emprender la marcha lo antes posible.
Hasay, de día en día, aumentaba su tristeza, viéndola muchas veces coger un libro y pasar horas sin volver una hoja, prueba evidente del ensimismamiento que dominaba su ser.
¿Qué motiva la creciente tristeza de Hasay? ¿Por qué todas las tardes, cuando el sublime artista combina en los cielos sus más divinas tintas, va al puente cual si fuera empujada por una invisible fuerza? ¿Por qué contempla con la inmovilidad de la estatua del dolor, el profundo abismo? ¿Por qué cuidadosamente limpia de gramas una frondosa planta de suspiros [8] que crece á la orilla del río? ¿Qué maléfico genio atormenta su corazón? ¿Qué sueño la adormece? ¿Qué fantasma la despierta?
¡Solo Dios lo sabe!…
SECTION VIII
Los diamantinos dedos de la aurora perezosamente plegaban los crespones de las sombras, en el amanecer del día en que Doña Luisa debía llegar á bordo del Neblí.
El gallardo brik denunciaba en su aparejo, en su fino y airoso casco, en su ligera arboladura, y en lo minucioso de su cordaje, la construcción americana. El Neblí besó por primera vez las saladas aguas, en las que acarician las playas de California. En uno de sus viajes dió fondo en las revueltas ondas de Bilbao, en donde fué comprado por una casa española, la cual desde aquel momento lo dedicó á la carrera de Filipinas.
Barco alguno ha rendido viajes tan rápidos como el Neblí.
Cuando sobre el espejo de los cielos tendía el Neblí sus blancas alas; cuando la embergadura de sus ligeras arrastraderas reclinaba en sus tomadores; cuando en la fresca ventolina se largaban gabias y velas altas, crugiendo cables, motones y relingas; cuando no quedaba rizo, trapo, ni estay que al viento no diera cara, entonces era de ver al Neblí besar con sus finísimos tajamares el encaje de espuma con que el creador borda el insondable manto de las ondas.
A bordo del Neblí venía como agregado, un joven que había dejado las rutinarias y graves carreras universitarias, optando por inscribirse en Cádiz en la matrícula del colegio naval.
López Ródenas se llamaba el prófugo de la Universidad de Madrid, en cuyos claustros siempre se había distinguido como calavera, decidor y camorrista.
Las horas que le dejaban libres el aula y los libros—que eran casi todas,—las pasaba entre requiebros, cañas y jolgorios. Jamás estudiante alguno ha corrido la calle de la Luna, llevando con más gracia la recortada torera; jamás pirata callejero, ha sabido mejor poner facha y dar caza á la picaresca y alegre modista; jamás ha entrado en casa de Botín joven alguno tan rumboso como Ródenas.
En la alegre zambra, el primer duro que se gastaba era el suyo, y en la contienda, el último que huía era él.
Desde los misteriosos cuartitos de la Fonda de la Castellana, nidos poéticos de las mañanas de Abril y Mayo, hasta los ahumados chamizos de Maravillas y Tribulete; desde la elegante victoria de Muñoz, hasta la histórica calesa; desde los aristocráticos bastidores del teatro de Oriente, hasta las desgarradas bambalinas de Capellanes; todo le era familiar, todo conocido. Punteaba unas malagueñas, que ni el Tío planeta; hacia llorar en el polo, como Silverio, y era capaz de dar lecciones gitanas al mismo Antón el pelao.
Ródenas era todo un buen muchacho, que se dormía con los textos de las Pandectas, que derrochaba la fortuna de sus mayores, que gustaba de las mujeres, daba jaqueca á los padres y maridos, y de cuando en cuando los disgustos iban precedidos de alguna que otra de cuello vuelto que obligaban al paciente á que Nogués le carenase una muela ó una mandíbula.
Con este género de vida, sucedió lo que debía suceder. Su tutor—pues era huérfano—le anunció un día, en son fatídico, que todo aquel caminito de rosas lo llevaban directamente y en tren expres á la portería de San Bernardino, santo respetable en el almanaque, pero que, inscrito al frente del establecimiento á que se alude, es capaz de dar un calambre á una pieza de molave.
Ródenas soñó con el beato santo, y ya que no podía echar cuentas con su tutor, las echó consigo mismo, resolviendo variar de vida, emprendiendo la carrera de la marina mercante, confiando en que un lejano pariente armador le daría con el tiempo el mando de alguno de los barcos de la casa.
Hecho el proyecto, lió los bártulos y se instaló en Cádiz, de donde salió á los tres años, montando el Neblí como agregado.
SECTION IX
Al llegar aquí, y viendo la precisión con que mi amiga X … había descrito la vida del estudiante tronera, no pude menos de interrogarla, y con cierto disimulo, para que no lo oyera su madre, me dijo no le era desconocido Fígaro ni Mesonero Romanos, y que casi podría recordar alguna de las bellísimas redondillas de El estudiante de Salamanca.
Con esta explicación me dí por satisfecho, y mi bella narradora, haciendo un gracioso gesto al ver mi admiración de que á las agrestes vertientes del Banajao se evocaran sombras tan venerandas como la del autor de El día de difuntos siguió su relación.
Abordo del Neblí pasaron Doña Luisa y sus dos hijas ocho días, al cabo de los cuales regresaron á la quinta.
SECTION X
Seis meses han transcurrido desde que Doña Luisa y sus hijas volvieron del Neblí.
Era el mes de Diciembre.
En las faldas del Banajao se respiraba una temperatura semejante á la del otoño en España.
Los panoramas que rodeaban la quinta de Doña Luisa tenían gran semejanza con los que retrata el suelo y el cielo de nuestras provincias meridionales en los meses de Setiembre y Octubre.
El árbol del Banajao pierde su lozanía, la hoja aminora su brillo y el cielo se cubre de fantásticos nubarrones que velozmente recorren su bóveda á impulsos de los fuertes Noroestes.
En una de esas tardes melancólicas en que todo lo que nos rodea se impregna de sentimiento y amor, se encontraba Hasay, cabe la murmurante corriente que se desliza bajo el puente.
Rojos están sus ojos, pálidas sus mejillas, contraídas sus facciones. Sus labios dibujan ora una sonrisa amarga, ora murmuran palabras ininteligibles.
¿Reza ó blasfema? ¿Implora ó maldice?
¡Pobre niña!
De pronto se levantó con un movimiento convulsivo: sus ojos adquirieron una potente fuerza de irradiación, sus facciones se acentuaron y ¡hay que acabar!—murmuró su lengua, al par que como una corza herida desapareció por las graníticas quebradas que conducen á la vecina cascada del Botocan.
SECTION XI
Aquella noche, Hasay no pareció por su casa. A la mañana siguiente se encontró el cadáver de la niña bajo el puente.
Entre las frescas campanillas de los frondosos suspiros descansaba el cuerpo de Hasay.
¿La mató el rayo del sentimiento que hace estallar el corazón ó la última resolución del suicida? ¡Dios y la muda y poética naturaleza, únicos testigos, solo lo saben!
—Y bien—dije á mi amiga,-¿por qué murió Hasay?
—Murió—me dijo muy bajito—de amor; al día siguiente al en que se encontró el cadáver de Hasay, debía Lola casarse con López Ródenas.
Hasay estaba enamorada de Ródenas.
¡Amaba sin esperanza!…
Mi amiga, al pronunciar la última frase de la leyenda del puente, cuyo nombre del suspiro se debe sin duda á las flores que crecen á su alrededor, vertió una lágrima á la memoria de Hasay, lágrima que se deslizó al blanco teclado del piano, sobre el que maquinalmente apoyaba sus dedos.
La voz calló, mas el piano fué alentado por el genio de mi buena amiga, arrancando de sus cuerdas uno de los más sublimes nocturnos.
Las últimas notas se confundieron con el gorjeo de un precioso pájaro, de plumaje tan bello como armonioso era su canto, que alojaba una dorada jaula pendiente de uno de los huecos de la caída.
—¿Ese pájaro es de China?—dije á mi amiga.
—No, me contestó con la mayor naturalidad—nace allí,—dijo señalándome las alturas del Balete, y se llama el pájaro del sol. [9]
SECTION XII
La modesta cruz puesta sobre la tumba de Hasay, y los gorjeos del pájaro del sol, son una página que claramente dice, que las mujeres en Filipinas aman, y los pájaros cantan.
Ya escrita la última cuartilla de esta histórica leyenda, recibo el correo de Europa. Entre las cartas viene una, de la que literalmente copio un párrafo.
Dice así:
«Adjunto te mando, hijo mío, el diploma del premio que han logrado en la Exposición de Viena, las esencias de las flores de ese país, que mandaste en tus colecciones.»
SECTION XIII
¡Hasay!
¡El pájaro del sol!
¡El premio de la Exposición de Viena!
* * * * *
Ratelán, tiene razón.
En Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan, y las flores huelen.
CHAPTER V
CAPÍTULO V.
Despedida de Lucban.—Arroyos que se convierten en torrentes.—Huellas de un baguio.—Puentes derruídos.—Troncos de cocos.—La sampaca y el jazmín silvestre.—Pedregales, hondonadas y pendientes.—Relente de la tarde.—Aguas sulfurosas.—El puente de la Princesa.—Belleza del paisaje.—Bravía y salvaje naturaleza tropical.—Melancolía.—Una caña acueducto.—El camarín de Alaminos.—Cuatrocientas dalagas á caballo.—Tubiganes.—Garzas blancas.—Cuesta y puente de las Despedidas.—Bulliciosa cabalgata.—Cocales.—El puente de la Ese.—Vista de Tayabas.—El kilómetro 146.
La buena y franca amistad que encontré en Lucban, detuvo mi viaje más tiempo del que me había propuesto, decidiéndome por último, aunque no sin trabajo, á señalar día para seguir á Tayabas; aquel llegó como todo en la vida, y en una entoldada tarde, me puse en marcha acompañado de mi inolvidable amigo Pardo.
A los pocos pasos que dieron los caballos, encontramos las huellas del terrible baguio del año 1873. Dos riachuelos que en tiempo de secas son completamente inofensivos, pero que en las grandes avenidas hacen imposible su vadeo, y que corre el primero á la salida del pueblo, y el segundo á un tiro de fusil de aquel, mostraban al viajero las ruinas de sus dos puentes, habiéndose establecido sobre las del último un arriesgado paso, formado de troncos de coco. El día en que hacíamos este viaje, ambos ríos traían poquísima agua, así que nos pusieron los caballos al otro lado sin salpicarnos las botas. Pasado el último, dejamos á la espalda una pequeña eminencia que da entrada á una bellísima cañada sombreada por miles de cocos, entremezclados de cañas, baletes y madre-cacao, cuyas verdes cimeras entrelazaban aquella vegetación virgen con las flexibles lianas, salpicadas de pálidas campanillas de la sampaca y del jazmín silvestre. En la cañada retozaban hermosos toretes, cuya lustrosa piel y buen estado de carnes, bien claramente demostraban la abundancia de agua y de pasto. Un sostenido galope nos alejó de aquel espacioso trozo de camino, haciéndose la marcha embarazosa por los pedregales y resbaladizas pendientes que íbamos encontrando.
El cielo estaba surcado de nubes, cosa muy frecuente en aquellas alturas; los picachos del Banajao los envolvía la bruma, y la humedad de que estaba impregnada la atmósfera nos obligó á ponernos los capotes á fin de preservarnos del desapacible relente de la tarde.
De hondonada en hondonada, y caminando siempre entre una salvaje y exuberante vegetación, entre la que de trecho en trecho se elevaba alguna que otra casita, morada de sementereros ó abrigo de viajeros, llegamos á la altura del puente de la Princesa, en la que un fuerte olor á huevos podridos nos indicó la presencia en aquellas cercanías de algún manantial sulfuroso. El olor á medida que avanzábamos era más acentuado, notando por último en la misma meseta de la prominencia, ligeros surcos impregnados de los residuos mineralógicos que arrastran las aguas. En el puente de la Princesa dimos un pequeño descanso á los caballos, y tuvimos ocasión de examinar la solidez de su fábrica. Una escalinata hecha en uno de los estribos, nos condujo guardando ciertas precauciones al lecho del río. El puente lo constituye un solo ojo de una gran altura fabricado con suma valentía, y cuya consistencia la probó en el último baguio, el cual arrastró por completo uno de los estribos, quedando el arco totalmente descarnado por uno de los lados, sin resentirse gran cosa su bóveda en el año y medio que duró su reconstrucción. Dicho puente, según las inscripciones que muestran sus pretiles, fué dedicado á la Princesa de Asturias, y concurrieron por igual, tanto para los gastos como para los trabajos, los pueblos de Tayabas y Lucban, constituyendo en la actualidad el comedio de dicho puente, la línea jurisdiccional entre aquellos.
El paisaje que se admira desde el puente de la Princesa es de lo más bello que puede crear la naturaleza. El río corre entre dos eminencias, en las que el Sumo Hacedor ha derramado uno de los más hermosos destellos de su poder. Todos los matices de la flor, todos los misterios de la selva y toda la grandiosidad de la vegetación intertropical, se muestran escalonados en aquellas alturas, en las que repercutido se deja oir el estridente chillido del mono, el agorero canto del calao, el triste gemir del bató-bató, el monótono piar del solitario y los alegres gorjeos del pájaro del sol. Todo este conjunto, cerrado casi de continuo por compactas nieblas, predispone fuertemente á la melancolía. No concibo pueda reírse al pasar el puente de la Princesa.
Aquel panorama oprime el alma, aquellas alturas concentran en un círculo de tristeza el espíritu, y las brumas que se corren desde las quebradas del Banajao, las da vida la fantasía, convirtiéndolas en sombríos sudarios.
¡Qué triste, qué salvaje, y á la par qué hermoso es todo esto!—dije á mi buen amigo, al par que ligeramente rozaba con la espuela los hijares del caballo.
Pasamos un sencillísimo acueducto á los pocos pasos, tan sencillísimo, que solo lo componía una gruesa caña que comunicaba el agua de un borde á otro del desmonte que cruzábamos, y que da paso á una limpia planicie sembrada de caña dulce. Señalándome aquel lugar, me dijo Pardo se le conocía con el nombre del camarín de Alaminos. Le interrogué sobre este particular y me contó que allí se había elevado un precioso kiosco de caña y flores en la visita de aquel general, al cual, según el testimonio de mi amigo, esperaban en aquel sitio más de 400 dalagas á caballo adornadas con sus mejores galas y escoltadas por unos 4.000 jinetes. Me sonreí con cierto aire de incredulidad, pareciéndome muchos caballos, pero más adelante quedó fijada la veracidad de la cifra por las notas conservadas por el Alcalde. [10]
Pasado el cañadulzal, empiezan á verse tubiganes ó sean terrenos regadíos, labrados y escalonados, en los que se siembra el arroz y en los que vimos grandes bandadas de garzas blancas.
Puestos los caballos al paso y afianzándonos en el borrel de la silla, bajamos la escabrosa cuesta de las Despedidas, á cuya falda se asienta sobre un riachuelo el puente de aquel nombre, el cual le fué dado, según he podido averiguar, por ser el lugar señalado por la costumbre para despedir los de Tayabas á los que se van. ¡Qué tiernas escenas habrá presenciado! ¡Cuántas lágrimas habrá absorbido su candente arena! ¡De cuántos juramentos y de cuántas fugaces promesas habrá sido mudo testigo!….
El camino mejora notablemente desde aquel puente, pudiéndose hacer uso del carruaje. El bosque y el matorral cesan y solo se extienden á uno y otro lado, tierras cultivadas, sembradas de palay ó plantadas de coco. El agua es abundantísima, manteniendo los cuadros del arroz constantemente anegados.
Al otro lado del puente nos encontramos una alegre caravana, en la que nos llamó la atención varias dalagas á caballo perfectamente ataviadas, luciendo caprichosos sombreros con gran profusión de gasas y flores. Los colores de las faldas y los pañuelos que resguardaban sus hombros, eran de colores muy fuertes que destacaban el negro del tápiz. La tayabense jamás deja el tápiz; monta admirablemente y cifra su orgullo en su traje de montar y en la riqueza de los atalajes de su caballo. Todas montan al lado izquierdo y desconocen el uso de la espuela, sustituyéndola con flexibles latiguillos que suspenden de la muñeca con una cadenita de plata. La tayabense á caballo, es sumamente locuaz y decidora, desconoce el peligro, se impacienta á menudo y pocas veces lleva al paso su cabalgadura. Aquellas dalagas supimos se dirigían á una de las vecinas sementeras á pasar un día de campo.
Dejando á ambos lados del camino umbrosos cocales recargados de fruto, pasamos el pequeño puente de la Ese—así llamado por su configuración que lo asemeja á dicha letra—y dimos vistas á Tayabas, á cuyo bantayán llegamos de una trotada. El poste telegráfico que se eleva en la afuera del pueblo, marca en una tablilla el km. 146, cifra que representa la distancia que separa á Tayabas de Manila. De Lucban á Tayabas hay 12 km. y pico.
CHAPTER VI
CAPÍTULO VI.
Tayabas.—Su antigüedad,—Situación.—Estadística.—Pureza de raza—El bambán grande.—Fiebres palúdicas.—Su remedio.—Casa real, tribunal, iglesia y convento.—Una Semana Santa en Tayabas.—Riqueza de ornamentación.—Correría histórica alrededor de un escribano de Pilatos.—Fisonomías de los pueblos.—Comparaciones.—Indolencia.—Supersticiones.
Tayabas es pueblo de muchísima antigüedad; hoy es cabecera de la provincia á la que da nombre, habiéndolo sido anteriormente Calilayan. Se encuentra bajo la influencia del Banajao y á dos leguas del estrecho, cuyas aguas se divisan perfectamente á virtud de la gran altura en que dicho pueblo está situado. Confina con Pagbilao, Lucban y Sariaya. Tiene, según los padrones del año 1875, 125 cabecerías repartidas en 156 barrios, componiendo un total de población de 22.337 almas, de las que tributan 12.176. Acaecieron en dicho año 810 defunciones, igual número de nacimientos, y 311 casamientos; se sortearon 1.132 mozos, sacándose 17 soldados; concurrieron á las escuelas por término medio 150 niños de ambos sexos, vacunándose 1.109; se sustanciaron en el juzgado 23 causas correspondientes á delitos cometidos en su demarcación, y por último, tiene 71 cuadrilleros á más del puesto de la guardia civil al mando del capitán, jefe de la línea.
La situación de Tayabas, según el Padre Buceta, es 14° 50' lat. y 128° 30' long.
Tayabas, como toda la provincia á que da nombre, es el centro de la pureza de la raza india y la buena dicción del tagalo; por lo tanto, allí es donde puede estudiarse con gran resultado al indio y sus costumbres.
El pueblo es muy limpio, corriendo por sus principales calles abundantes aguas encauzadas en bambanes. La que lleva el de la llamada del bambán grande, hace mover una pesadísima máquina para descascarillar palay, que se asienta al final de aquella. Dichos encáuces no solo constituyen un poderoso elemento de limpieza, sino que también se utilizan para todo género de necesidades domésticas, siendo sus cristalinas aguas que vienen desde las vertientes del San Cristóbal y el Banajao, un abasto para Tayabas, esparciéndose luego por cientos de canales que riegan los extensos campos escalonados de palay.
El foco de la insalubridad de Tayabas, está precisamente en su misma riqueza; sus productivos regadíos, llamados tubiganes, alientan el virus palúdico que emponzoña la atmósfera, originando las tan conocidas y temidas calenturas que tantísimas víctimas hacen, sobre todo de Julio á Octubre, meses en los que la tierra descansa y hace pudrir con la ayuda del agua estancada, las raíces y demás hierbas que deja tras sí la siega del palay. Estamos seguros que desapareciendo los tubiganes, se concluirían las fiebres; pero el remedio salubre, está en la ruina de Tayabas, cuya principal riqueza la tiene en sus arrozales. El paludismo de Tayabas constituye la desesperación de la ciencia. Jóvenes ilustradísimos, avezados á la clínica y á estudiar la dolencia á la cabecera del enfermo hemos visto desconcertarse ante el extraño y mortífero desarrollo de aquellas fiebres, en las que las intermitencias unas veces, son verdaderamente locas, y otras pasan completamente desapercibidas, sucediéndose una fiebre á otra en la generalidad de los casos, sin dar lugar á poder emplear la quinina. Aparte de los meses citados en que las calenturas toman un carácter verdaderamente epidémico, la salubridad no es mala.
Las construcciones que componen el pueblo en su mayoría son de tabla con techo de cabo negro. Descuellan entre aquellas la Casa Real, la iglesia y el tribunal [11]. La primera, aunque pequeña, llena todas las necesidades oficiales y personales del Alcalde mayor, que la habita. El tribunal es sin disputa uno de los mejores de Filipinas, y no decimos el mejor, porque no conocemos todos los de las islas. Tiene espaciosos salones, magnífico decorado y ricos muebles. En uno de los ángulos del tribunal está la estación telegráfica.
La iglesia mide 113 varas y 2 palmos de longitud, siendo de 53 con 9 pulgadas de latitud de su crucero. Estas dimensiones que guardan relación con el edificio, forman una grandiosa masa, á cuya contemplación se aquilata cuanto puede hacer la fe de un pueblo. Aquella magnífica obra, y aquellos miles de sillares, suman un total de trabajo que nada más que la fe puede acumular. A la grandiosidad del edificio, no desmerece la suntuosidad y riqueza de los ornamentos que guarda, y la solemnidad con que en ella se practica el culto y se hacen las funciones religiosas. Lámparas de plata, pesados candelabros, riquísimos altares, moquetas, damascos, bronces y dorados se ven en el espacioso presbiterio. En los días solemnes, se luce un antiguo terno bordado de oro, procedente de Toledo, que llama grandemente la atención. Las procesiones se hacen con un orden y una magnificencia tal, que nos permite recomendar á nuestros lectores una Semana Santa en Tayabas. Los pasos que se exhiben en la semana del dolor, no serán de gran gusto, sus combinaciones resultarán churriguerescas, incorrecta la talla de sus figuras, impropios sus trajes, la verdad histórica falseada y el arte muy mal parado; pero lo que falta de arte, lo suple la riqueza. El armazón de uno de los carros es todo de plata. En la última procesión que vimos el año 1876, contamos 19 pasos, conteniendo algunos de ellos en sus plataformas hasta 12 figuras de tamaño natural profusamente recargadas de valiosos metales y preciosas telas. La verdad histórica, volvemos á repetir, está completamente olvidada en aquellas figuras. En uno de los pasos campea en primer término un escribano con sus correspondientes anteojos y su indispensable legajo, recordando en las prendas de su traje todas las épocas conocidas, haciendo sus gregüescos acuchillados dar una galopada de más de dos siglos, hasta llegar á su abotonado chaleco. El acuchillado escribano de Pilatos, no causó en nosotros extrañeza, puesto que ya habíamos visto á un personaje de las cruzadas luciendo un descomunal morrión de la milicia nacional, traído por un cabanista. Para muestra, creemos basta con ese … morrión.
Parece imposible que las fisonomías de los pueblos varíen tan en absoluto, mediando entre sí cortas distancias. Decimos esto al recordar á Lucban. Poco más de dos leguas separa este pueblo de Tayabas, y sin embargo las costumbres y manera de ser del uno, son casi la antítesis del otro. En el primero, el gusto y el arte suplen muchas veces á la riqueza; en el segundo, al contrario; en este, el rico amontona y entierra los antiguos pesos de dos mundos; en el otro, la vida activa y comercial baraja continuamente su poco numerario. En Tayabas no busquéis ni petacas, ni petates, ni tejidos, ni bolos, ni trabajos de palmas, ni ninguna de las múltiples y variadas producciones que hemos visto en Lucban. En Tayabas, el hombre no sabe más que cultivar el campo; en cuanto á la mujer, francamente, todavía no hemos podido averiguar lo que hace y en qué se ocupa. De esa misma indolencia y ese perpetuo reposo, nacen sin duda alguna el sin número de abusiones, ó sean supersticiones de que está llena la tayabense, y de las que nos ocuparemos en los capítulos siguientes, en los que trataremos de describir lo mejor posible al indio y sus costumbres.
CHAPTER VII
CAPÍTULO VII.
Costumbres.—Poesía popular indígena.—La tradición y el manuscrito.—El cumintán.—¿Qué es el cumintán—?—Reminiscencias moriscas.—El cariquitdiquitán.—Pensamientos tomados al oido.—El indio.—¿Es ó no definible?—El libro en blanco.—Identificación del indio.—Condiciones para conocerlo.—Fenómenos psicológicos.—Un regimiento europeo y un regimiento indígena.—Ingratitud y agradecimiento.—La india amiga y la india amante.—El portalón del Gloria.—Titay.—Una fortuna á la mar.—La Revista Europea viajando por el reino de Aracan.—Conocimientos de los escritores de allá y algunos de los de acá.—El cómo se escribe la historia.—Apreciaciones diversas.
Todas las comarcas del mundo tienen su poesía popular que conservan bien por la constante repetición que cuidadosamente hacen de padres á hijos, ó bien por la compilación escrita que guarda el libro.
El indio posee, como todas las demás razas, su romancero popular, que conserva por la tradición, y algo, aunque poco, en el manuscrito. El cumintán tagalo no es, ni más ni menos que el primer auxiliar de sus tradiciones.
Si al recorrer los extensos tubiganes y cocales que rodean á Tayabas oís plañidera guitarra y dirigís vuestros pasos en busca del tañidor; si al llegar al cerco de la casa donde salen los acordes, veis los tapancos y caranes alzados, notando en el interior profusión de gente que con gran silencio escucha á una india que perezosamente canta y baila al son de la guitarra, siguiendo con gran cuidado las ondulaciones de su cuerpo, el equilibrio de una taza que mantiene en la cabeza; si de cuando en cuando el silencio de los que escuchan es sustituído por el característico grito de alegría del indio y á veces con un palmoteo semejante al que acompaña las canciones andaluzas; si subís la escala de caña y bejuco y tomáis asiento entre aquella reunión, que sin preguntaros quién sois, ni quién os presenta, os acoge con cariño y os da lo que tiene; si entendéis el tagalo y lleváis algún tiempo en el país, desde luego comprenderéis que á vuestra llegada se bailaba y cantaba el cumintán. ¿Qué es el cumintán? dirán aquellos de nuestros lectores que no conozcan las costumbres tagalas. El cumintán es una mezcla de todos los acordes tristes y melancólicos que se conocen en el pentágrama. El cumintán es una balada compuesta de suspiros. Sus notas son otros tantos ayes arrancados en el silencio de la noche, de la mujer que ama, del corazón que espera, del proscripto que tras la azulada bóveda busca cual otro rey del Oriente la estrella que marca el derrotero de su patria. El cumintán tiene algo de salvaje, algo que hace volver la vista á los agrestes bosques en que se escuchan sus acordes. Tiene sus reminiscencias de las antiguas cántigas moriscas, recordando no pocas veces el gemir del polo gitano. El cumintán nació con la primera guitarra que se oyó en estas playas. En esta canción india, todas las razas que han pasado por este suelo han llevado una adición ó una nota. Como dejamos dicho, se asemeja á las canciones gitanas, las cuales ni se aprenden, ni se inspiran en la pauta sino en la vívida luz de unos ojos de fuego, en el dolor intenso de una perfidia ó en el triste recuerdo que sintetiza un acerbo dolor.
El cumintán no se aclimata en las ciudades, así es, que hay que buscarlo en esas perdidas casitas ocultas tras los verdes penachos de las bongas y las cañas.
Veamos lo que es el cumintán.
En la casa á que habéis llegado se celebra un suizán. Una treintena de indios é indias están sentados en el sajig; un indio templa las dobles cuerdas de metal de su guitarra, y un individuo del sexo fuerte y otro del débil, esperan que aquella esté á punto, teniendo la mujer sobre la cabeza una taza llena de vino de coco. Templada la guitarra, principia el baile que se reduce á ligeras ondulaciones de las caderas, acompañando á los cortos pasos con que van acercándose los bailadores. Al encontrarse, se paran y ella canta, tomando un tema alusivo á la persona por quien se da la fiesta ó picarescamente intencionado contra el individuo con quien baila. Concluída la copla, beben ambos, y cambiando la taza de cabeza, contesta el indio á la canción que le han dirigido, repitiéndose estas evoluciones horas y horas, en que se oyen tiernos y delicados pensamientos. ¿Quién es su autor? Nadie lo sabe, son hijos de un momento de inspiración; el oído los recoge y la memoria los perpetúa. Si entre nuestros cantares populares tenemos tiernos y delicados pensamientos, no los tiene menos el indio, tanto en el cumintán, como en el balitao [12] y el cutang-cutang.
El tagalo se presta mucho para los poéticos giros que generalmente emplea el indio en sus cantares. Hay una palabra en casi todos los cumintán que no se puede traducir á ningún idioma conocido; es como si dijéramos el ¡ole! ó el ¡chachipé! de la taberna del candil de Cádiz.
Si no hay lengua en el mundo que traduzca esas palabras, tampoco la hay que lo haga del cariquit-diquitán tagalo. Dicha palabra compendia todo un mundo de mimos, de caricias, de besos, de suspiros. Es el summum de la belleza á quien se le aplica, y el paroxismo del amor en el lenguaje de los amantes.
—«Si mi novio se muriese, yo iría á dormir sobre su tumba, para que sus huesos no tuvieran frío»—decía en una ocasión una india que cantaba un cundimán.—«Si tú estuvieras aquí, yo me pondría buena»—oímos decir una noche á una india, que en el delirio de una fiebre palúdica modulaba un cumintán, en el que recordaba á su amante.
Se dice, y se dice como una cosa concluyente que no admite réplica, que el indio es imposible de definir. Difícil, sí, imposible, no. Se aduce como premisas de que el indio es indefinible, aquel célebre libro de un misionero, cuidadosamente encuadernado, en cuyo lomo se leía: El indio, libro que á nadie dejó hojear y que ávidamente fué abierto tan luego murió, encontrándose los curiosos con que todas las páginas estaban en blanco. Á más del libro en blanco, corre de boca en boca la célebre definición que hace del indio un doctísimo escritor, en la que asienta entre otras muchas cosas, lo imposible de conocer al indio. En las páginas en blanco, solo vemos, ya que no un cuento, por lo menos un rato de buen humor del Reverendo Padre, que ponía á tortura la curiosidad tras las alambradas puertas de la librería. En cuanto al segundo testimonio, solo podremos decir que en las definiciones se ve que el pobre Padre lo que tenía más bien, era un empacho indio que no podía digerir, y se comprende perfectamente al decir llevaba cuando tal escribió, más de cuarenta años de país.
Al indio no se le conoce, dicen unos; es imposible definir ni calificar, replican otros: jamás podréis formar juicio sobre ellos, añaden los más. ¿Por qué? decimos nosotros. ¿Le habéis estudiado, ó solo le habéis visto? Si solo lo veis, ¿como queréis conocerle? El indio tarda muchísimo tiempo en presentarse ante el europeo tal cual es; el mismo respeto es la primera circunstancia que nos aleja de su conocimiento. Hacer con tiempo y cariño que se identifique con vosotros; lograr que vuestra vista no interrumpa sus costumbres; aprender su idioma; ser tolerantes, procurando modificar con el ejemplo, lo que queráis reprender; llevar á su inteligencia la seguridad de que ni os burláis de él, ni tratáis de originarle mal alguno, y cuando esto suceda, principiaréis á estar en condiciones de poder definirlo; mientras esto no suceda, no sé con qué derecho queréis profundizar una moral, cuyos sentimientos os son completamente desconocidos. No estando en las condiciones descritas, á buen seguro que tampoco podréis apreciar la poesía popular indígena.
Una india que canta un romance ó un cumintán, que es sorprendida por un europeo, deja la mayor parte de las veces su canto, ó de continuar, lo hace de una forma cohibida á todas luces. Aquel ser se transforma tan luego reina la confianza á su alrededor. Dirán mis lectores, ¿de modo que para conocer al indio hay que hacerse tan indio como ellos? No, puesto que podemos asegurar hemos vivido muchísimo tiempo á su lado, tanto en el campo como en la ciudad, sin que jamás se hayan identificado nuestras costumbres con las suyas. La base de la confianza es el cariño, y ese es el que hemos empleado para apoderarnos de su manera de ser y poder asegurar que en el mundo psicológico del indio se opera toda la serie de sentimientos que se conocen en el vocabulario del corazón.
El indio, y entiéndase que hablamos del indio de raza, del indio puro, no mistificado ni con las costumbres de las ciudades ni con los instintos de la conjunción de sangre, es sumamente adaptable á modelarse en el busto en quien reconoce superioridad, y en esto, podemos asegurar que la reconoce siempre. El indio, aunque sea rico, siempre rinde homenaje á un amo; es un ser libre con todas las condiciones para haber conllevado con resignación el ser esclavo. Por los criados muchas veces conocéis el amo. Al definir al amo, generalmente se define al criado. El indio hace lo que ve hacer, y se deja llevar en momentos dados, desde sus indolentes sueños á las altas regiones donde centellea la luz de los héroes. Un capitán español al frente de cien indios, puede recordar las grandes epopeyas de las guerras épicas. El español se bate por el ardimiento de su sangre, por el sacrosanto amor patrio, por su espíritu de raza. El indio se bate ante el ejemplo, ante la identificación que hace de su ser en otro ser, en quien reconoce superioridad. ¡Misteriosa mistificación que crea y alienta una campaña como la de Cochinchina, una epopeya como la de Simón de Anda, y un recuerdo glorioso como el de Clavería; el jefe que al frente de fuerzas europeas vuelve la espalda en un momento de peligro, encuentra las bayonetas de sus soldados; el que la vuelve ante fuerzas indígenas, tropieza con las mochilas. Un coronel de un regimiento europeo, es la táctica; un coronel de un regimiento indígena, es la conjunción de mil almas en la suya, flotando en su espíritu la suerte del regimiento: su responsabilidad es inmensa, pues tan fácil le es llegar al Capitolio como á la roca Tarpeya.
La identificación del indio con el sér en quien reconoce superioridad, está demostrada. De esta demostración, se deducen necesariamente un sinnúmero de corolarios que vienen á definirlo.
Se dice, el indio es esto y aquello y principalmente desagradecido, á lo que contestamos nosotros, que si bien se ven entre ellos pruebas de olvido—cosa que por otra parte, y dicho sea de paso, no es de extrañar, dado el estado de la humanidad—también podríamos citar hechos concretos, de que si hay indios que olvidan, también los hay que recuerdan y agradecen.
Lo que muchas veces se llama desagradecimiento, suele ser exigencias no otorgadas quizás porque vienen repetidas ó porque son odiosas.
—¿Por qué te vas de esta provincia?—decía en una ocasión una india á un amigo nuestro.
—Me voy porque me han ascendido, y porque lo manda el rey.
—Pues, pídele al rey—replicó con la mayor naturalidad—que te deje aquí, y en cuanto al sueldo, yo te lo daré.
Las anteriores palabras, en la generalidad de los casos despiertan la indignación; pero juramos á nuestros lectores que en el tono y la forma en que lo dijo la india, solo originan la gratitud. Es de advertir que aquella no tenía amores con mi amigo, y solo había tenido ocasión de prestarle aquel algunos pequeños favores. Hacemos esta salvedad, pues es de hacer, puesto que la india amante, no ofrece, sino que da, ó tira cuanto tiene. Como ejemplo, citaremos un hecho.
Una mañana estaba á punto de levar anclas el magnífico vapor Gloria, de la casa Clano. Las blancas burbujas que se escapaban de los tubos y la compacta columna de humo que perezosamente se iba confundiendo con las matinales brumas, bien claramente demostraban que el coloso estaba listo para alentar con sus potentes transpiraciones, las dobles hélices. El Gloria debía conducir á la madre patria gran número de sus valientes hijos, que después de haber peleado como buenos en las aguas de Joló, iban con la alegría pintada en la cara en busca de las azules ondas de las castellanas playas. De pronto saltó desde el portalón á la cubierta una india, preguntó por el capitán, y una vez en su presencia le suplicó la llevase á España, ofreciéndole doscientos pesos por su pasaje. A las justas observaciones del capitán explicándole lo imposible de realizar su petición por no tener pasaporte ni haber llenado ninguno de los requisitos de embarque, la india rompió á llorar; volvió á suplicar, y no pudiendo conseguir nada, secó sus lágrimas, y dirigiéndose silenciosamente al portalón tiró á la mar los doscientos pesos.—¡Pobre Titay!—oímos decir á un artillero que veía alejarse la barquilla en que iba la india.—¿Quién es Titay?—preguntamos nosotros.—Titay es esa pobre mujer que acaba de salir, era la amante de un compañero y anoche supimos había vendido cuanto tenía, creyendo poder seguirnos.—¡Pobrecilla!—añadió el valiente hijo de España visiblemente conmovido; sin él nada quiere y toda su fortuna la ha tirado á la mar.
Que le digan al novio de la india que son indefinibles, y de seguro se sonreirá amargamente al recordar la facilidad con que él podría definir á la desgraciada Titay.
Sin el trato y el conocimiento íntimo del carácter, volvemos á repetir, es completamente imposible definir, máxime cuando corre de boca en boca tanta y tanta vulgaridad, escribiéndose en la generalidad de los casos en el mismo tono en que se habla.
No ha muchos días, hojeando una de las últimas entregas de la Revista Europea nos fijamos en un artículo, en cuyo epígrafe se leía: Una llaga social. La respetabilidad de la firma del autor, la justísima reputación de la revista y nuestra afición á la lectura nos hicieron adivinar un precioso cuadro que encarnaría algún cáncer moral. Principiamos la lectura, y á vueltas de bellezas de primer orden nos encontramos con un párrafo que literalmente dice así: En el reino de Aracan, en las islas Filipinas, ningún hombre toma por esposa una doncella so pena de considerarse deshonrado.
Después de decirse que en estas islas la virginidad es una deshonra, creemos que bien puede asegurarse lo de los nidos en los rabos de los carabaos; lo de los misteriosos embozados de la calle de San Jacinto; lo de la persecución del anay por fuerzas del ejército; lo de los rabos de las indias de la costa de Baler lo de los tigres de Mariveles, y lo otro y lo otro, incluso el asegurar que el indio es indefinido. Si lo han de tratar de la forma que lo hace el autor de La llaga social, más vale que lo sea y no le atribuyan cosas que está muy lejos de ser, y con las cuales se forman conceptos y apreciaciones completamente erróneas. Todos los indios de Filipinas, lo mismo los remontados que los de las ciudades; lo mismo los que campan en su vida nómada en las escabrosidades del Banajao y del Caraballo, que los reducidos; lo mismo los cristianos que los idólatras, aetas, tinguianes y busiaos conocen el valor de la virginidad, y en sus confusas ideas del deber y el honor jamás ha entrado como deshonra el que la compañera que han de tomar por esposa haya perdido al unirse á ellos la flor de la pureza.