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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 10: CAPÍTULO VII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO VII

De la segunda salida de nuestro buen Caballero Don Quijote de la Mancha.

Sus anhelos interrumpiéronle el sueño a Don Quijote, pues hasta en sueños quijoteaba, pero volvió a dormirse. Y volvió a dormirse para encontrarse al despertar con que Frestón, el encantador, se le había llevado los libros, creyendo el incauto que con ellos le llevaba el generoso aliento. Y en apoyo de Frestón acudió la sobrina, rogando a su tío se dejase de pendencias y de ir por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin percatarse de que es el pan de trastrigo el que hace al hombre tras-hombre, o como dicen hoy, sobre-hombre. También para disuadir a Íñigo de Loyola de que saliese a buscar aventuras en Cristo, acudió su hermano mayor Martín García de Loyola, para que no se arrojase a cosa «que no sólo nos quite lo que de vos esperamos—le dijo, según el P. Rivadeneira, libro I, cap. III—, sino también mancille nuestro linaje con perpetua infamia y deshonra». Pero Íñigo le respondió con pocas palabras, que él miraría por sí y se acordaría que había nacido de buenos, y salió de caballero andante.

Quince días se estuvo sosegado en casa nuestro Caballero y en este tiempo solicitó a un labrador vecino suyo, hombre de bien pero de muy poca sal en la mollera, gratuita afirmación de Cervantes, desmentida luego por el relato de sus donaires y agudezas. En rigor no cabe hombría de bien, verdadera hombría de bien no habiendo sal en la mollera, visto que en realidad ningún majadero es bueno. Solicitó Don Quijote a Sancho y le persuadió a que fuese su escudero.

Ya tenemos en campaña a Sancho el bueno, que dejando mujer e hijos, como pedía el Cristo a los que quisieran seguirle, se asentó por escudero de su vecino. Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta sin rebozo, para oirse a sí mismo y para oir el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fué su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda.

«Ama a tu prójimo como a ti mismo»—se nos dijo—, y no «ama a la Humanidad», porque ésta es un abstracto que cada cual concreta en sí mismo, y predicar amor a la Humanidad vale, por consiguiente, tanto como predicar el amor propio. Del cual estaba, por pecado original, lleno Don Quijote, no siendo su carrera toda sino una depuración de él. Aprendió a amar a todos sus prójimos amándolos en Sancho, pues es en cabeza de un prójimo y no en la comunidad, donde se sana a todos los demás; amor que no cuaja sobre individuo, no es amor de verdad. Y quien de veras ama a otro ¿cómo podrá odiar a nadie? Y quien a alguien odie ¿no le emponzoñará este odio los amores que tuviese? O más bien le emponzoñará el amor, no los amores, porque es uno y solo, aunque se vierta sobre muchos términos.

De la parte de Sancho empecemos a admirar su fe, la fe que por el camino de creer sin haber visto le lleva a la inmortalidad de la fama, antes ni aun soñada por él siquiera, y al esplendor de su vida. Por toda la eternidad puede decir: «Soy Sancho Panza, el escudero de Don Quijote». Y ésta es y será su gloria por los siglos de los siglos.

Se dirá que a Sancho le sacó de su casa la codicia, así como la ambición de gloria a Don Quijote, y que así tenemos en amo y escudero, por separado, los dos resortes que juntos en uno han sacado de sus casas a los españoles. Pero aquí lo maravilloso es que en Don Quijote no hubo ni sombra de codicia que le moviese a salir, y que la de Sancho no dejaba de tener, aun sin él saberlo, su fondo de ambición, ambición que creciendo en el escudero a costa de la codicia, hizo que la sed de oro se le trasformase al cabo en sed de fama. Tal es el poder milagroso del ansia pura de renombre y fama.

¿Y quién se esquiva de la codicia y quién de la ambición? Temíalas Íñigo de Loyola, y tanto las temía, que cuando D. Fernando de Austria, rey de Hungría, nombró al P. Claudio Jayo obispo de Trieste y lo aprobó el Papa, acudió a éste Íñigo para estorbarlo, pues no quería que sus hijos espirituales «deslumbrados y ciegos con el engañoso y aparente esplendor de las mitras y dignidades, viniesen a la Compañía, no por huir de la vanidad del mundo, sino por buscar en ella al mismo mundo» (Rivadeneira, lib. III, cap. XV). ¿Y lo consiguió? Ese huir de las dignidades y prelacías de la Iglesia ¿no puede envolver más refinada soberbia que el aceptarlas y aun que el buscarlas acaso? Porque «¿qué mayor engaño que buscar por medio de la humildad ser honrado y estimado de los hombres? y ¿qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde?»—dice un hijo espiritual de Loyola, el P. Alonso Rodríguez, en el cap. XIII del tratado tercero de su libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. Y la soberbia ¿no se pasaría de los individuos a la Compañía misma, haciéndose colectiva? ¿Qué sino soberbia refinada es pretender, como pretenden los hijos de Loyola, que se salva todo el que muere dentro de la Compañía, y de los que no entraron en ella no se salvan todos?

La soberbia, la refinada soberbia, es la de abstenerse de obrar por no exponerse a la crítica. El acto más grande de humildad es el de un Dios que crea un mundo que no añade un adarme a su gloria, y luego un linaje humano para que se lo critique, y si deja cabos que presten apoyo, siquiera aparente, a esa crítica, tanta mayor humildad. Y pues Don Quijote se lanzó a obrar y se expuso a que los hombres se burlasen de su obra, fué uno de los más puros dechados de verdadera humildad, aunque otra cosa nos finjan las engañosas apariencias. Y con esa humildad arrastró tras de sí a Sancho convirtiéndole la codicia en ambición y la sed de oro en sed de gloria, único medio eficaz de curar la codicia y sed de oro.

Reunió luego Don Quijote dineros vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas, en obediencia al consejo del ventero gordo. Era nuestro Caballero un loco razonable y no ente de ficción, como creen los mundanos, sino de los hombres que han comido y bebido y dormido y muerto.

Proveyóse Sancho de asno y alforjas, de camisas y otras prendas Don Quijote, y sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni Don Quijote de su ama y sobrina, rompiendo así varonilmente las amarras de la carne pecadora, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese. Segunda vez que sale el Caballero al mundo sin que se le vea y al amparo de la oscuridad. Mas ahora no va solo; lleva a la Humanidad consigo. Y salieron platicando; recordando Panza a su amo lo de la ínsula. En lo cual quieren ver los maliciosos una vez más su codiciosidad y que por ella servía a su amo, sin caer en la cuenta de que prueba más quijotismo seguir a un loco un cuerdo, que seguir el loco sus propias locuras. La fe se pega, y es tan robusta y ardorosa la de Don Quijote, que rebasa a los que le quieren, y quedan llenos de ella sin que a él se le amengüe, sino más bien le crezca. Pues tal es la condición de la fe viva: crece vertiéndose y repartiéndose se aumenta. ¡Como que es, si verdadera y viva, amor!

¡Maravillas de la fe! No bien ha salido con su amo, y ya el buen Sancho sueña con ser rey y reina Juana Gutiérrez, su oíslo, y sus hijos infantes. ¡Todo para la casa! Mas por causa de su mujer—siempre la mujer es causa de tropiezo—duda de ello; no hay reino que a ella le siente bien. Encomiéndalo tú a Dios, que Él le dará lo que más le convenga—le respondió el piadoso Don Quijote. Y tocado de piedad, dijo Sancho que su amo sabría darle todo aquello que le estuviera bien y él pudiese llevar. ¡Oh Sancho bueno, Sancho sencillo, Sancho piadoso! No pides ya ínsula, ni reino, ni condado, sino lo que el amor de tu amo sepa darte. Éste es el más sano pedir. Lo aprendiste en lo de «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Pidamos todos tomar a bien lo que por mal nos dieren, y habremos pedido cuanto hay que pedir.