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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 11: CAPÍTULO VIII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO VIII

Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable
y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros
sucesos de feliz recordación.

En tales pláticas iban cuando descubrieron treinta o cuarenta molinos que hay en aquel campo. Y Don Quijote los tomó por desaforados gigantes, y sin hacer caso de Sancho, encomendóse de todo corazón a su señora Dulcinea, y arremetió a ellos, dando otra vez con su cuerpo en tierra.

Tenía razón el Caballero: el miedo y sólo el miedo le hacía a Sancho y nos hace a los demás, simples mortales, ver molinos de viento en los desaforados gigantes que siembran mal por la tierra. Aquellos molinos molían pan, y de ese pan comían hombres endurecidos en la ceguera. Hoy no se nos aparecen ya como molinos, sino como locomotoras, dínamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran al mismo daño. El miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos inspira el culto y veneración al vapor y a la electricidad; el miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos hace caer de hinojos ante los desaforados gigantes de la mecánica y la química, implorando de ellos misericordia. Y al fin rendirá el género humano su espíritu agotado de cansancio y de hastío al pie de una colosal fábrica de elixir de larga vida. Y el molido Don Quijote vivirá, porque buscó la salud dentro de sí y se atrevió a arremeter a los molinos.

Llegóse Sancho a su amo y le recordó sus advertencias, que no eran sino molinos de viento y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza. Claro está, amigo Sancho, claro está; sólo quien lleve en la cabeza molinos, de los que muelen y hacen con el bruto trigo que por los sentidos nos entra, harina de pan espiritual, sólo quien lleve molinos molederos puede arremeter a los otros, a los aparenciales, a los desaforados gigantes disfrazados de ellos. Es en la cabeza, amigo Sancho, es en la cabeza donde hay que llevar la mecánica, y la dinámica y la química y el vapor y la electricidad, y luego... arremeter a los artefactos y armatostes en que los encierran. Sólo el que lleva en su cabeza la esencia eterna de la química, quien sepa sentir en la ley de sus afectos la ley universal de los afectos de las partículas materiales, quien sienta que el ritmo del universo es el ritmo de su corazón, sólo ése no tiene miedo al arte de formar o transformar drogas o al de armar aparatos de maquinaria.

Lo peor fué que en esta acometida se le rompió la lanza a Don Quijote. Es lo que pueden esos gigantes, rompernos las armas pero no el corazón. Mas sobran encinas y robles con que reponerlas.

Y siguieron su camino, sin quejarse Don Quijote, pues no les es dado hacerlo a los caballeros andantes, y sin haber querido comer cuando Sancho se acomodó a ello. Y de camino comía Sancho y caminaba, y menudeaba tragos que le hacían olvidar las promesas de su amo y tener por mucho descanso el andar a busca de aventuras. Nefasto poder de las tripas, que oscurece la memoria y enturbia la fe, atándonos al momento pasajero. Mientras se come y se bebe, se es de la comida y de la bebida. Y llegó la noche y se la pasó Don Quijote pensando en su señora Dulcinea, y Sancho durmiendo el bendito, sin soñar. Y fué entonces cuando recomendó Don Quijote a Sancho que no pusiese mano a la espada para defenderle, no siendo de canalla y gente baja. Al hombre esforzado antes le estorban que le ayudan las defensas de sus secuaces.

Y fué también, estando en esta plática, cuando les ocurrió la aventura del vizcaíno, cuando salió Don Quijote a libertar a la princesa que se llevaban encantada dos frailes de San Benito. Los cuales intentaron amansar al Caballero, pero le hizo saber a aquella fementida canalla que los conocía y no había con él palabras blandas. Y dicho esto, los puso en huida. Y al ver al uno de ellos en el suelo, arremetió Sancho a desnudarlo, atento sin duda a lo de que el hábito no hace al monje.

¡Ah, Sancho, Sancho, y cuán de tierra eres! ¡Desnudar frailes! ¿Y qué ganas con eso? Así te fué, que los mozos te molieron a coces por ello.

Obsérvese cómo Sancho apenas se encuentra en una aventura cuando acude al punto al botín, mostrando en ello cuán de su casta era. Y pocas cosas elevan más a Don Quijote que su desprecio de las riquezas del mundo. Tenía el Caballero lo mejor de su casta y de su pueblo. No salió a campaña como el Cid «al sabor de la ganancia» y para «perder cueta y venir a rictad» (Poema del Cid, V. 1689), ni habría dicho nunca lo que dicen que dijo Francisco Pizarro en la isla del Gallo cuando haciendo con la espada una raya en el suelo, de naciente a poniente, y señalando al mediodía como su derrotero, exclamó: «Por aquí se va al Perú a ser ricos; por acá se va a Panamá a ser pobres; escoja el que sea buen castellano lo que mejor le estuviere». De otro temple era Don Quijote; nunca buscó oro. Y al mismo Sancho que empezó buscándolo, le veremos ir cobrando poco a poco afición y amor a la gloria, y fe en ella, fe a que le llevaba Don Quijote, y hay que convenir en que nuestros mismos conquistadores de América unieron siempre a su sed de oro sed de gloria, sin que se logre en cada caso separar la una de la otra. De gloria y de riqueza a la vez dicen que habló a sus compañeros Vasco Núñez de Balboa en aquel glorioso 25 de setiembre de 1513 en que de rodillas y anegados por el gozo en lágrimas sus ojos, descubrió desde la cima de los Andes, en el Darien, el mar nuevo.

Lo triste es que la gloria fué de ordinario una alcahueta de la codicia. Y la codicia, la innoble codicia, nos perdió. Nuestro pueblo puede decir lo que dice en el grandioso poema Patria, da Guerra Junqueiro, el pueblo portugués:

Novos mundos eu vi, novos espaços,
Não para mais saber, mais adorar:
A cubiça feroz guiou meus passos,
O orgulho vingador moveu meus braços
E iluminou a raiva o meu olhar!
Não te lavava, não, sangue homicida,
Nem em mil milhões d'annos a chorar!...
Cruz do Golgota en ferro traduzida,
Minha espada de heroe, o cruz de morte,
Cruz a que Deos baixou por nos dar vida;
Vidas ceifando, deshumana e forte,
Ergueste imperios, subjugando a Oriente,
Mas Deos soprou... eil-os em nada...

Luego de la aventura de Sancho, acudió el generoso Caballero a la princesa, a darle la buena nueva de su liberación, pues los frailes que la llevaban seducida habían huido, sin advertir, ¡oh ceguera de la nobleza!, que acaso llevaba ella la frailería dentro. Y le pidió en pago del beneficio de haberla libertado, que se volviese al Toboso a presentarse a Dulcinea. No contaba con el vizcaíno, que le habló en mala lengua castellana y peor vizcaína, lo cual es muy cierto, pues cabe dudar que D. Sancho de Azpeitia hablase puntualmente como Cervantes le hace hablar. Con frecuencia se cita las palabras de D. Sancho de Azpeitia no más que para hacer chacota, aunque respetuosa y cariñosa a las veces, del modo de hablar de nosotros los vizcaínos. Cierto es que hemos tardado en aprender la lengua de Don Quijote y tardaremos aún en llegar a manejarla a nuestra guisa, mas ahora que empezamos a dar en ella nuestro espíritu, que fué hasta ahora casi mudo, habéis de oir... Pudo decir Tirso de Molina aquello de

Vizcaíno es el hierro que os encargo,
Corto en palabras, pero en obras largo;

mas habrá que oirnos cuando alarguemos nuestras palabras a la medida de nuestras largas obras.

Don Quijote, tan pronto en llamar caballero a quien se le pusiera delante, nególe al vizcaíno tal cualidad, olvidando que a la gente vasca—entre los que me cuento—, según Tirso de Molina,

Un nieto de Noé la dió nobleza,
que su hidalguía no es de ejecutoria
ni mezcla con su sangre, lengua o traje
mosaica infamia que la suya ultraje.

¿No conocía Don Quijote las palabras de don Diego López de Haro, tal cual le hace hablar Tirso de Molina en la escena primera del acto segundo de La Pruencia en la mujer, cuando empieza diciendo:

Cuatro bárbaros tengo por vasallos
a quien Roma jamás conquistar pudo,
que sin armas, sin muros, sin caballos
libres conservan su valor desnudo?

¿Ni sabía aquello que había ya dicho Camoens en la estrofa oncena del cuarto canto de sus Lusiadas de

A gente biscainha que carece
de polidas razões, e que as injurias
muito mal dos estranhos compadece?

Por lo menos ya que La Araucana de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, caballero vizcaíno, era uno de los libros que se hallaban en su librería, y de los respetados en el escrutinio, tuvo que haber leído aquello de su canto XXVII, en que habla de

la aspereza
de la antigua Vizcaya, de do es cierto
que procede y se extiende la nobleza
por todo lo que vemos descubierto.

¿Yo no caballero?—replicó justamente ofendido el vizcaíno, y encontráronse frente a frente dos Quijotes. Por esto es tan prolijo Cervantes al narrarnos este suceso.

Requerido por el vizcaíno, arrojó el manchego la lanza, sacó la espada, embrazó la rodela y arremetióle.