CAPÍTULO IX
Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo
vizcaíno y el valiente manchego tuvieron.
Y se trabó el singular combate o estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron, como la llama Cervantes en el título del capítulo IX, concediéndole toda la importancia que se merece.
Ahora va de igual a igual, de loco a loco, y parecen amenazar al cielo, a la tierra y al abismo. ¡Oh espectáculo de largos en largos siglos sólo visto, el de la lucha de dos Quijotes, el manchego y el vizcaíno, el del pardo páramo y el de las verdes montañas. Hay que releerlo como nos lo relata Cervantes.
¿Yo no caballero? ¿Yo no caballero? ¿Oir esto un vizcaíno y oirlo de boca de Don Quijote? No, no puede sufrirse eso.
Deja, Don Quijote, que hable de mi sangre, de mi casta, de mi raza, pues a ella debo cuanto soy y valgo y a ella también debo el poder sentir tu vida y tu obra.
¡Oh tierra de mi cuna, de mis padres, de mis abuelos y trasabuelos todos, tierra de mi infancia y de mis mocedades, tierra en que tomé a la compañera de mi vida, tierra de mis amores, tú eres el corazón de mi alma! Tu mar y tus montañas, Vizcaya mía, me hicieron lo que soy; de la tierra de que se amasan tus robles, tus hayas, tus nogales y tus castaños, de esa tierra ha sido mi corazón amasado, Vizcaya mía.
Discutía un Montmorency con un vasco e irritado aquél hubo de decirle a mi paisano que ellos, los Montmorencys, databan no sé si del siglo VIII, X o XII, y mi vasco le respondió: ¿Sí? ¡Pues nosotros los vascos no datamos! Y no, no datamos los vascos. Los vascos sabemos quiénes somos, quiénes queremos ser.
Ya ves, Don Quijote, que es un vasco el que ha ido a buscarte en tu Mancha y te arremete porque le regateaste lo de ser caballero. Y ¿cómo, contemplando a un vasco, y de Azpeitia, no recordar una vez más a aquel otro caballero andante vasco, y de Azpeitia también, Íñigo Yáñez de Oñaz y Sáez de Balda, del solar de Loyola, fundador de la Milicia de Cristo? ¿No culmina en él nuestra casta toda? ¿No es nuestro héroe? ¿No lo hemos de reclamar los vascos por nuestro? Sí, nuestro, muy nuestro, muy más nuestro que de los jesuitas. Del Íñigo de Loyola han hecho ellos un Ignacio de Roma, del héroe vasco un santón jesuítico. ¡Lástima de mula que montaba el héroe!
La de Don Sancho de Azpeitia, con sus corcovos, dió en tierra con el vizcaíno, lo que debe enseñamos a pelear apeados. Y así fué vencido el vizcaíno, pero no por mayor flaqueza de su brazo ni menor coraje, sino por culpa de su mula, que no era, de cierto, vizcaína. Si no es por la condenada mula lo habría pasado mal Don Quijote, estad seguros de ello, y habría aprendido a reportarse ante el hierro vizcaíno
corto en palabras, pero en obras largo.
Aprended, hermanos míos de sangre, a pelear apeados. Apeaos de la mula resabiosa y terca que os lleva a su paso de andadura por sus caminos de ella, no por los vuestros y míos, no por los de nuestro espíritu y que, con sus corcovos, dará con vosotros en tierra, si Dios no lo remedia. Apeaos de esa mula, que no nació ahí ni ahí pasta, y vamos todos a la conquista del reino del espíritu. Aún no se sabe lo que podemos hacer en este mundo de Dios. Aprended, a la vez, a encarnar vuestro pensamiento en una lengua de cultura, dejando la milenaria de nuestros padres; apeaos de la mula luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra casta circundará en esa lengua, en la de Don Quijote, los mundos todos, como circundó por primera vez al orbe la carabela de nuestro Sebastián Elcano, el fuerte hijo de Guetaria, hija de nuestro mar de Vizcaya.
Y fué por la intervención de las damas afrailadas por lo que perdonó Don Quijote la vida a Don Sancho de Azpeitia, a promesa de ir a visitar a Dulcinea. Y fueron las damas las prometedoras, que a haberlo sido Don Sancho, habríala visitado, de seguro, y hasta es muy de creer que se habría enamorado perdidamente de ella y ella de él.