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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 13: CAPÍTULO X
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO X

De los graciosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote
y Sancho Panza su escudero.

Y viene Sancho, el carnal Sancho, el Simón Pedro de nuestro Caballero, y le pide la ínsula, a lo cual responde Don Quijote: advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las que no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. ¡Ay, Pedro, Pedro, o digo Sancho, Sancho, y ¿cuándo comprenderás que no es la ínsula, no es el poder temporal, sino la gloria de tu señor, el querer eterno, tu recompensa? Mas el carnal Sancho volvió a la carga y a pedir a su amo se retrajesen a alguna iglesia por miedo a la Santa Hermandad. Mas ¿dónde has visto tú o leído—le diremos con Don Quijote—que caballero andante haya sido puesto ante la justicia por más homicidios que hubiese cometido? Quien abriga en su corazón la ley, está sobre la dictada por los hombres; para el que ama no hay otra ley sino su amor, y si por amor mata ¿quién se lo imputará a culpa? Tiene, además, Don Quijote poder sobrado para sacar a los Sanchos de las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad.

Ocurrió luego lo de explicar Don Quijote a Sancho el bálsamo de Fierabrás, y lo de pedir Sancho a Don Quijote la receta del bálsamo como único pago de sus servicios, pues así son los servidores carnales, por muy grande que su fe sea, piden recetas para venderlas y negociar con ellas. Y entonces juró el Caballero conquistar el yelmo de Mambrino a trueque de la celada rota por Don Sancho de Azpeitia, y a seguida le llamó a razón el bandullo y pidió de comer.

Una cebolla y un poco de queso no más traía Sancho, pareciéndole manjares no pertenecientes a tan valiente Caballero, mas éste le hizo saber que tenía a honra no comer en un mes, y de hacerlo lo que hallare más a mano. Y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso, y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. Y ¡qué dicha, mi señor Don Quijote, si nos pudiésemos pasar en flores la vida toda! Del comer viene con la fuerza toda, también toda la flaqueza del heroísmo.

Y entonces, al explicar Don Quijote a Sancho que los caballeros andantes no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, le reveló, y nos reveló, una verdad cimental y de grandísimo consuelo para los que no saben cómo vivir su locura, y es la de que los caballeros andantes eran hombres como nosotros. De donde se saca que podemos llegar a ser nosotros caballeros andantes, y no es ello poco. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto, ni quieras tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios. No quieras, no, pobre Sancho, hacer mundo nuevo curando de su locura a los generosos, ni quieras sacar a la locura de su quicio, que le tiene tan bien hincado y tan derecho como la cordura misma, como ese llamado sentido común. Sancho, como no sabe leer ni escribir, no sabe ni ha caído en las reglas de la profesión caballeresca, como él dice. Y es cierto lo que dices, Sancho, por el leer y el escribir entró la locura en el mundo.