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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 14: CAPÍTULO XI
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XI

De lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros.

Echaron a andar y fueron recogidos con buen ánimo por unos piadosos cabreros, Dios se lo habrá pagado, que les convidaron. Lo aceptó Don Quijote, sentóse sobre un dornajo vuelto del revés, hizo hermanalmente sentar a su lado a Sancho, y fué entonces, después de bien satisfecho el estómago, cuando tomó en la mano un puñado de bellotas y enderezó a los cabreros aquel discurso de la edad de oro, que en tantos muestrarios de retórica se reproduce. Mas nosotros no estamos haciendo aquí literatura, ni nos importa la letra sonora, sino el espíritu fecundo, aunque silencioso. Es el tal discurso uno de tantos vulgares discursos como se pronuncian, y ese pasado siglo de oro apagado relumbre del futuro siglo en que morará el lobo con el cordero y el león comerá, como el buey, paja, según nos cuenta el profeta Isaías (capítulo XI).

La arenga en sí tiene poco que desentrañar. Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados... y lo que sigue. No nos sorprenda oir a Don Quijote cantar los tiempos que fueron. Es visión del pasado lo que nos empuja a la conquista del porvenir; con madera de recuerdos armamos las esperanzas. Sólo lo pasado es hermoso; la muerte lo hermosea todo. ¿Creéis que cuando el arroyo llega al mar, al enfrentarse con el abismo que va a tragarle, no sueña con la escondida fuente de que brotó y no querría, si pudiera, remontar su curso? De ir a perderse, perderse más bien en las entrañas de la madre tierra.

No es el discurso de Don Quijote lo que hemos de desentrañar. No valen ni aprovechan las palabras del Caballero sino en cuanto son comentarios a sus obras y repercusión de ellas. Como hablar, hablaba conforme a sus lecturas y al saber del siglo que tuvo a dicha albergarle, pero como obrar, obraba conforme a su corazón y al saber eterno. Y así en esa arenga no es la arenga misma, en sí no poco trillada, sino el hecho de dirigírsela a unos rústicos cabreros que no habrían de entendérsela, lo que hemos de considerar, pues en esto estriba lo heroico de esta aventura.

Aventura es, en efecto, y de las más heroicas. Porque todo hablar es una suerte, y las más de las veces la más apretada suerte de obrar, y hazañosa aventura la de administrar el sacramento de la palabra a los que no han de entendérnosla según el sentido material. Robusta fe en el espíritu hace falta para hablar así a los de torpes entendederas, seguros de que sin entendernos nos entienden y de que la semilla va a meterse en las cárcavas de sus espíritus sin ellos percatarse de tal cosa.

Habla tú que conmigo consideras, lleno de fe en ella, la vida de Don Quijote; habla aunque no te entiendan, que ya te entenderán al cabo. Y con que sólo vean que les hablas sin pedirles nada o porque de gracia te lo dieron antes, basta ya. Habla a los cabreros como hablas a tu Dios, del hondo del corazón y en la lengua en que te hablas a ti mismo a solas y en silencio. Cuanto más hundidos vivan en la vida de la carne, tanto más limpias de brumas estarán sus mentes, y la música de tus palabras resonará en ellas mucho mejor que en la mente de los bachilleres al arte de Sansón Carrasco. Porque no fueron las rebuscadas retóricas de Don Quijote lo que alumbró la mente a los cabreros, sino fué el verle armado de punta en blanco, con su lanzón a la vera, las bellotas en la mano, y sentado sobre el dornajo, dando al aire de que respiraban todos reposadas palabras vibrantes de una voz llena de amor y de esperanza.

No faltará quien crea que Don Quijote debió atemperarse al público que le escuchaba y hablar a los cabreros de la cuestión cabreril y del modo de redimirlos de su baja condición de pastores de cabras. Eso hubiera hecho Sancho a tener saber y arrestos para ello, pero el Caballero no. Don Quijote sabía bien que no hay más que una sola cuestión, para todos la misma, y que lo que redima de su pobreza al pobre, redimirá, a la vez, de su riqueza al rico, ¡Mal hayan los remedios de ocasión! A cuantos van y vienen y se asenderean llevando y trayendo remedios específicos para los males de éstos o de aquéllos, cabe encajarles lo que decía el gaucho Martín Fierro:

De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos,
que en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos.

Cuando os hablen, cándidos cabreros, de la cuestión cabreril, es que están pegando gritos para alejaros del sitio en que guardan sus huevos.

Y además, ¿ha de hablarse tan sólo en vista del provecho inmediato, del fruto que nuestros oyentes saquen de lo que decimos? Tratando de esto el maestro de espíritu P. Alonso Rodríguez, en el capítulo XVIII del tratado primero de la tercera parte de su Ejercicio de Perfección nos dice que «no depende nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestra obra de que el otro se aproveche o no; antes podemos añadir aquí otra cosa para nuestro consuelo, o por mejor decir, para consuelo de nuestro desconsuelo, y es que no solamente no depende nuestro merecimiento y nuestro premio y galardón de que los otros se conviertan y de que se haga mucho fruto, sino que en cierta manera podemos decir que hacemos y merecemos más cuando no hay nada de eso, que cuando se ve el fruto al ojo».

Y este discurso de Don Quijote a los cabreros ¿fué acaso menos heroico y más inútil que aquel otro que cerca de Santa Cruz y en casa de la india Capillana enderezó a los indios Francisco Pizarro para explicarles los fundamentos de la religión cristiana y el poderío del rey de Castilla? Algo consiguió, pues los indios, por darle gusto, alzaron por tres veces la bandera española. No fué del todo inútil el razonamiento de Pizarro; no lo fué el de Don Quijote.

El malicioso Cervantes llama, en efecto, al discurso de éste inútil razonamiento, para añadir que se lo escucharon los cabreros embobados y suspensos. La verdad de la historia se le impone aquí, puesto que si los embobó y suspendió Don Quijote con su razonamiento, no fué éste ya inútil. Y que no lo fué lo prueba el agasajo que le rindieron dándole solaz y contento con hacer que cantara un zagal enamorado. El espíritu produce espíritu, como la letra letra, y la carne carne, y así la arenga de Don Quijote produjo, a vuelta, cantares al son de cabreril rabel. No fué, pues, inútil ni lo es nunca la palabra pura. Si el pueblo no la entiende, siente, empero, comezón de entenderla, y al oirla, rompe a cantar.

Y mientras Don Quijote, inspirado a la vista de las bellotas, regaló a los cabreros con aquella arenga ¿qué hizo Sancho? Sancho... callaba y comía bellotas y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que por que se enfriase el vino le tenían colgado de un alcornoque. Y pensaría para sí ¡así me las den todas!

Qué pensara Sancho de la arenga de su amo no lo sé, pero sí sé qué pensarán de ella nuestros Sanchos de hoy. Los cuales buscan ante todo eso que llaman soluciones concretas y en cuanto se ponen a escuchar a alguien van a oir qué remedios ofrece para los males de la patria o para otros cualesquiera males. Se han hecho los oídos oyendo a los charlatanes que, subidos en un coche, en la plaza del mercado, venden frascos de cualquier droga, y así, apenas alguien les habla, esperan saque la droga enfrascada. Mientras se les habla, callan y comen bellotas, y se preguntan luego: bien, ¿y en concreto qué? Todo eso del siglo de oro les entra por un oído y por el otro les sale: lo que ellos buscan es el elixir para curar el mal de muelas o el reuma o para quitar manchas de la ropa, el cocimiento regenerativo, el bálsamo católico, el revulsivo anticlerical, el emplasto aduanero o el vejigatorio hidráulico. A esto llaman soluciones concretas. Estiman que el habla no se hizo sino para pedir o para ofrecer algo, y no hay manera de que sientan lo que tiene de revelación la música interior del espíritu. Porque la otra música, la exterior, la que les recrea los oídos carnales, ésa no dejan de entenderla y apreciarla, y hasta es el único regalo que se permiten. Si se les habla, o ha de ser para acariciarles los oídos con párrafos acompasados a compás tamborilesco, o para enseñarles alguna receta de uso doméstico o político.

¡Soluciones concretas! ¡Oh Sanchos prácticos, Sanchos positivos, Sanchos materiales! ¿Cuándo oiréis la silenciosa música de las esferas espirituales?

Difícil es hablar a los Sanchos, nacidos y criados en lugarejos donde sólo se oye comadrerías de solana y sermones, pero más difícil aún es hablar a bachilleres. Lo mejor es tener por oyentes a cabreros, hechos y acostumbrados a oir las voces de los campos y de los montes. Los otros os saldrán con que no os entienden o entenderán a tuertas lo que les digáis, porque no reciben vuestras palabras en silencio interior ni en atención virgen, y por mucho que agucéis vuestras explicaderas no aguzarán sus entendederas ellos.

Es fuerte cosa que por dondequiera que uno vaya en nuestra España, derramando verdades del corazón, le salgan al paso diciéndole que no lo entienden o entendiéndolo al revés de como se explica. Y ello tiene su raíz, y es que van las gentes a oir esto o lo otro o lo de más allá, algo que se les ha dicho ya, y no a oir lo que se les diga. Los unos son clericales, anticlericales los otros, éstos unitarios o centralistas, aquéllos federales o regionalistas, los de aquí tradicionalistas, progresistas los de allá, y quieren que se les hable en uno de esos lenguajes. Ellos luchan unos con otros, pero luchan como es forzoso lo hagan los luchadores terrestres, sobre un mismo suelo, en un mismo plano y dándose cara, y si te pones a darles voces desde otro plano, por encima o por debajo del que ocupan, les distraes de su pelea y no comprenden a qué vas allá. Si estamos peleando—se dicen—, bien venido sea quien venga a animarnos con voces de ¡a ellos! ¡adelante! o bien a advertirnos de un peligro gritándonos ¡ojo! ¡atrás!, pero ¿quién es ése que desde las nubes o desde dentro de la tierra nos grita que levantemos la vista o que la hundamos en el suelo? ¿no ve que entre tanto nos degollarán los enemigos? Cuando se lucha no se puede mirar al cielo ni tratar de penetrar con la vista el seno de la tierra. Dicen así; no ven que les proponéis paz y cada uno de los bandos os cuenta en el contrario. Y no os queda sino ir a hablar a los cabreros, que os regalarán con música; ir a hablar a los sencillos, y hablarles sin intentar siquiera poneros a su alcance, hablarles en el tono más elevado, seguros de que sin entenderos os entienden.

Sólo Sancho, el carnal Sancho, estaba más para dormir que para oir canciones, sin conocer la virtud ensoñadora de éstas.