CAPÍTULOS XII Y XIII
De lo que contó un cabrero a los que estaban con Don Quijote y
donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos.
Entonces fué cuando Pedro el cabrero contó a Don Quijote la historia de Grisóstomo y Marcela, después de aquellos tiquismiquis con que el leído Caballero corrigió los vocablos al pastor. Era, no hemos de negarlo, impertinente Don Quijote cuando se picaba de letrado.
Fué el Caballero a ver cómo enterraban a Grisóstomo, muerto de amores por Marcela, y al ir a ello encontró a Vivaldo y platicó con él acerca de la caballería andante, profesión si no tan estrecha como la de los frailes cartujos, tan necesaria como ella en el mundo, donde sólo el ejemplo de lo inasequible a los más, puede enseñar a éstos a poner su meta más allá de donde alcancen. Así las carreras de caballos, que sólo para criar caballos de carrera sirven, mantienen la pureza de la casta caballar, impidiendo que el tiro y la noria y el vil oficio encanijen al noble bruto. Y entre ambas profesiones, la de pedir al cielo el bien de la tierra, y la de poner en ejecución lo pedido, creando, lanza en mano, el reino de Dios, cuyo advenimiento se pide en oración, no cabe primero ni segundo. Así que somos ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia—añadió Don Quijote.
¿No es acaso, desgraciado Caballero, la raíz de tus proezas y de tus desgracias a la par el noble pecado a través de cuya depuración te llevó a la gloria de tu Dulcinea, esto de creerte ministro de Dios en la tierra y brazo por quien se ejecuta en ella su justicia? Fué tu pecado original y el pecado de tu pueblo; el pecado colectivo de cuya mancha y maleficio participabas. Tu pueblo también, arrogante Caballero, se creyó ministro de Dios en la tierra y brazo por quien se ejecutaba en ella su justicia, y pagó muy cara su presunción y sigue pagándola. Creyóse escogido de Dios y esto le ensoberbeció.
¿Pero es que no estaba en lo seguro? ¿No somos acaso todos ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia? Y el persuadirnos de esta verdad ¿no es tal vez el mejor remedio para purificar y ennoblecer nuestras acciones? En vez de buscar hacer otras cosas que las que haces, luchando contra tu costumbre, persuádete de que en todo cuanto hagas, bueno o malo a tu parecer, eres ministro de Dios en la tierra y brazo por quien se ejecuta en ella su justicia, y sucederá que tus actos acabarán por ser buenos. Estímalos como viniendo de Dios y los divinizarás. Hay desgraciado a quien eso que en el lenguaje de los hombres llamamos natural perverso o mala índole le lleva a ser azote de sus prójimos, y si ese desgraciado se penetrase de que ese azote es azote de castigo que puso en sus manos Dios, la que llamamos mala índole le daría frutos de bondad.
No os apeguéis al miserable criterio jurídico de juzgar de un acto humano por sus consecuencias externas y el daño temporal que recibe quien lo sufre; llegad al sentido íntimo y comprended cuánta profundidad de sentir, de pensar y de querer se encierra en la verdad de que vale más daño infligido con santa intención que no beneficio rendido con intención perversa.
Te denuestan, pueblo mío, porque dicen que fuiste a imponer tu fe a tajo y mandoble, y lo triste es que no fué del todo así, sino que ibas también, y muy principalmente, a arrancar oro a los que lo acumularon; ibas a robar. Si sólo hubieras ido a imponer tu fe... Me revuelvo contra el que viene, tizona en la diestra y en la otra libro, a querer salvarme el alma a pesar mío, pero al cabo se cuida de mí y soy para él un hombre, mas para aquél que no viene sino a sacarme los ochavos engañándome con baratijas y chucherías, para éste no paso de ser un cliente, un parroquiano o vecero. Hoy se da en ponderar esto y pedir una sociedad en que en puro policía no pueda hacerse daño y acabemos por que nadie obre mal, aunque nadie sienta bien tampoco. ¡Qué horrible condición de vida! ¡Qué podredumbre bajo la verdura sosegada! ¡Qué quieto lago de ponzoñozas aguas! ¡No, no, y mil veces no, Dios nos dé antes un mundo en que todos sientan bien aunque todos obren daño, en que los hombres se golpeen en la ceguera del cariño y en que suframos todos en silencio por el mal que nos vemos arrastrados a infligir a los demás. Sé generoso y arremete a tu hermano; dale de tu espíritu, aunque sea golpes. Hay algo más íntimo que eso que llamamos moral y no es sino la jurisprudencia que escapa a la policía; hay algo más hondo que el Decálogo, que es una tabla de la ley, ¡tabla, tabla y de la ley!; hay un espíritu de amor.
Me diréis que no cabe sentir bien sin obrar bien y que las buenas acciones brotan, como de su fuente, de los buenos sentimientos y sólo de ellos. Pero yo os contestaré con Pablo de Tarso que no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago, y os añadiré que el ángel que en nosotros duerme suele despertar cuando la bestia le arrastra, y al despertar llora su esclavitud y su desgracia. ¡Cuántos buenos sentimientos brotan de malas acciones a que la bestia nos precipita!
Siguió discurriendo Don Quijote con Vivaldo sobre lo de encomendarse los caballeros andantes a su dama antes que a Dios, y dando las razones que había leído llegó a lo de no poder ser caballero andante sin dama, porque tan propio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores, y por el mismo caso que estuviese sin ellos no será tenido por legítimo caballero, sino por bastardo y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.
Ved aquí cómo del amor a mujer brota todo heroísmo. Del amor a mujer han brotado los más fecundos y nobles ideales, del amor a mujer las más soberbias fábricas filosóficas. En el amor a mujer arraiga el ansia de inmortalidad, pues es en él donde el instinto de perpetuación vence y soyuga al de conservación, sobreponiéndose así lo sustancial a lo meramente aparencial. Ansia de inmortalidad nos lleva a amar a la mujer y así fué cómo Don Quijote juntó en Dulcinea a la mujer y a la Gloria, y ya que no pudiera perpetuarse por ella en hijos de carne, buscó eternizarse por ella en hazañas de espíritu. Fué enamorado, pero de los castos y continentes, como dijo en otra ocasión él mismo. ¿Faltó con su castidad y continencia al fin del amor? No, pues engendró en Dulcinea hijos espirituales duraderos. Casado no habría podido ser tan loco; los hijos de carne le hubieran arrebatado de sus hazañosas empresas.
No le embarazó nunca cuidado de mujer que ata las alas a otros héroes, porque como dice el Apóstol (I Cor. VII, 33) «el casado se cuida de lo del mundo, de cómo ha de agradar a la mujer, y queda dividido».
Hasta en el más puro orden espiritual y sin sombra de malicia alguna, suele buscar el hombre apoyo en mujer, como Francisco de Asís en Clara; pero Don Quijote buscóle en dama de sus pensamientos.
Y cómo embaraza la mujer! Íñigo de Loyola no quiso que su Compañía tuviese nunca cargo de mujeres debajo de su obediencia (Rivadeneira, lib. III, cap. XIV), y cuando Doña Isabel de Rosell pretendió formar comunidad de mujeres bajo la obediencia de la Compañía logró Loyola que el Papa Pablo III, en letras apostólicas de 20 de mayo de 1547, la eximiera de tal carga, pues «a esta mínima Compañía—decíale Íñigo—no conviene tener cargo especial de dueñas con voto de obediencia». Y no es que despreciara a la mujer, pues la honró en lo que es tenido por más bajo y más vil de ella, porque si Don Quijote se hizo armar caballero ciñéndole espada y calzándole espuela dos mozas del partido, Íñigo de Loyola acompañaba él mismo, en persona, por medio de la ciudad de Roma, a las «mujercillas públicas perdidas» para ir a colocarlas «en el monasterio de Santa Marta o en casa de alguna señora honesta y honrada, donde fuesen instruidas en toda virtud». (Rivadeneira, lib. III, cap. IX.).
Don Quijote fué enamorado, pero de los castos y continentes y no sino por ser fuerza que los caballeros andantes tengan dama a quien rendir su amor—según decía, aunque veremos le quedaba otra dentro—por cumplir el rito. Y acaso no falte joven atolondrado que vea en esto un motivo para tener en menos a Don Quijote, pues los hay que cifran toda la calidad de un hombre en cómo se las ha en lances de amor; es decir, de eso que se llama amor a cierta edad de la vida. No recuerdo quién dijo, pero dijo muy bien quienquiera que lo dijese, que para los que aman mucho, es el amor—amor a mujer, se entiende—algo subordinado y secundario en su vida, y es lo principal de ésta para los que aman poco. Hay quienes no juzgan de la libertad de un espíritu sino según sienta en punto al amor; hay mozos para los cuales todo el valor de un poeta se cifra en cómo sienta el amor.
¿Qué diría el casto y continente Don Quijote si volviendo al mundo viese el chaparrón de incentivos al deseo carnal con que se trata de desviar el amor? ¿Qué diría de todos esos retratos de mujerzuelas en actitudes provocativas? De seguro que movido por su amor a Dulcinea, por su noble y puro amor, emprendería a tajo y mandoble con todos los tenderetes en que esas porquerías se nos muestran, como la emprendió con el retablo de maese Pedro. Ellas nos apartan del amor a Dulcinea, del amor de la gloria. Siendo incentivos a que nos perpetuemos, nos apartan de la verdadera perpetuación. Acaso sea nuestro sino que haya de renunciar la carne a perpetuarse si se ha de perpetuar el espíritu.
Don Quijote amó a Dulcinea con amor acabado y perfecto, con amor que no corre tras deleite egoísta y propio; entregóse a ella sin pretender que ella se le entregara. Se lanzó al mundo a conquistar gloria y laureles para ir luego a depositarlos a los pies de su amada. Don Juan Tenorio habríase dedicado a rendirla con la mira de poseerla y de saciar en ella su apetito, no más que por amor de gozarla y pregonarlo; Don Quijote no. Don Quijote no se fué de galán al Toboso a cortejarla y enamorarla, sino que se echó al mundo a conquistarlo para ella. ¿Qué suele ser ese que llaman amor sino un miserable egoísmo mutuo en que busca su propio contento cada uno de los dos amantes? ¿Y no es acaso el acto de suprema unión lo que más supremamente los separa? Don Quijote amó a Dulcinea con amor acabado, sin exigir ser correspondido; dándose todo él y por entero a ella.
Amó Don Quijote a la Gloria encarnada en mujer. Y la Gloria le corresponde. Dió un gran suspiro Don Quijote y dijo: yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo, y todo lo que sigue. Sí, Don Quijote mío, sí; la tu dulce enemiga, Dulcinea, lleva de comarca en comarca y de siglo en siglo la gloria de tu locura de amor. Su linaje, prosapia y alcurnia no es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonnas y Ursinos, ni de ninguna de las famosas familias de distintos países que Don Quijote nombró a Vivaldo; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje aunque moderno tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos. Con lo que nos enseñó el ingenioso hidalgo que la raíz de la gloria está en el propio lugarejo y en la propia edad en que se vive. Sólo es duradera en siglos y en vastas tierras la gloria que rebasa de los propios lugar y tiempo por haberlos perinchido y cogolmado. Lo universal riñe con lo cosmopolita; cuanto más de su país y más de su época sea un hombre es más de los países y de las épocas todas. Dulcinea es del Toboso.
Y ahora, Don Quijote mío, llévame a solas contigo, porque quiero que hablemos corazón a corazón y lo que ni a sí mismos osan decirse muchos. ¿Fué de veras tu amor a la gloria lo que te llevó a encarnar en la imagen de Dulcinea a Aldonza Lorenzo, de la que un tiempo anduviste enamorado, o fué tu desgraciado amor a la bien parecida moza labradora, aquel amor que ella jamás lo supo ni se dió cata de ello, el que se te convirtió en amor de inmortalidad? Mira, mi buen hidalgo, que yo sé cómo es la timidez dueña del corazón de los héroes, y bien se ve en ver cuando ardías en deseo de Aldonza Lorenzo cómo no te atreviste nunca a requerirla de amores. No pudiste romper la vergüenza que te sellaba, con sello de bronce, los labios.
Tú mismo se lo declaraste a Sancho, tomándole por confidente, cuando al quedarte de penitencia en Sierra Morena (cap. XXV) le dijiste: mis amores y los tuyos han sido siempre platónicos, sin extenderse a más que a un honesto mirar, y aun esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con verdad, que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre de estos ojos que ha de comer la tierra, no la he visto cuatro veces y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba; tal es el recato y encerramiento en que sus padres, Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales, la han criado. ¡Cuatro veces tan sólo y en doce años! Y ¡qué fuego debía de ser el que ella despidiese para calentarte doce años el corazón con sólo cuatro lejanos toques y de soslayo! Doce años, mi Don Quijote, y cuando frisabas en los cincuenta. Te enamoraste, pues, al acercarte a tus cuarenta. ¿Qué saben los mozos lo que es la llama que se enciende en toda sazón de madurez? ¡Y tu timidez, tu insuperable timidez de hidalgo entrado ya en años!
Miradas desde lo más adentro, suspiros ahogados de que ella ni se dió cata siquiera, redoblar el golpeteo de tu corazón preso de su hechizo cada una de esas cuatro veces que gozaste a hurtadillas de su vista. Y este amor contenido, este amor roto en su corriente, pues no hallabas en ti brío ni arrojo para enderezarlo a su natural término, este pobre amor te labró acaso el alma y fué el manantial de tu heroica locura. ¿No es así, buen caballero? Acaso ni tú lo sospechabas.
Adéntrate en ti mismo y escudriña y ahonda. Hay amores que no pueden romper el vaso que los contiene y se derraman hacia adentro, y los hay inconfesables, a los que el destino formidable oprime y constriñe en el nido en que brotaron; el exceso mismo de aquéllos los cuaja y los encierra, la tremenda fatalidad de éstos los sublima y engrandece. Y presos allí, avergozándose y ocultándose de sí mismos, empeñándose por anonadarse, bregando por morir, pues que no pueden florecer a la luz del día y a la vista de todos, y menos fructificar, se hacen pasión de gloria y de inmortalidad y de heroísmo.
Dímelo aquí a solas, Don Quijote mío, dime: el intrépido arrojo que te llevó a tus proezas todas ¿no era acaso el estallido de aquellas ansias de amor que no te atreviste a confesar a Aldonza Lorenzo? Si eras tan valiente ante todos ¿no es porque fuiste cobarde ante el blanco de tus anhelos? De las íntimas entrañas de la carne te acosaba el ansia de perpetuarte, de dejar simiente tuya en la tierra; la vida de tu vida, como la vida de la vida de los hombres todos, fué eternizar la vida. Y como no lograste vencerte para dar tu vida perdiéndola en el amor, anhelaste perpetuarte en la memoria de las gentes. Mira, Caballero, que el ansia de inmortalidad no es sino la flor del ansia de linaje.
¿No te llevó acaso a llenar tus ratos ociosos con la lectura de los libros de caballerías el no haber podido romper tu medrosa vergüenza para llenarlos con el amor y las caricias de aquella moza labradora del Toboso? ¿No es que buscaste en esas ahincadas lecturas lenitivo, a la vez que alimento, a la llama que te consumía? Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; sólo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo; sólo la esterilidad temporal da fecundidad eterna. Y tu amor fué, Don Quijote mío, desgraciado por causa de tu insuperable y heroico encogimiento. Temiste acaso profanarlo confesándoselo a la misma que te lo encendía; temiste tal vez mancharlo primero y después malgastarlo y perderlo si lo llevabas a su cumplimiento vulgar y usado. Temblaste de matar en tus brazos la pureza de tu Aldonza, criada por sus padres en grandísimo recato y encerramiento.
Y dime, ¿supo Aldonza Lorenzo de tus hazañas y proezas? De seguro que si de ellas supo algo le sirvió de solaz y de comidilla y palique en los seranos y en las solanas. ¡Sería de haber oído a Aldonza Lorenzo cuando en sus inviernos añosos, al amor de la lumbre del hogar, en el rolde de sus nietos, o en el serano de las comadres, contara las andanzas y aventuras de aquel pobre Alonso Quijano el Bueno, que salió lanza en ristre a enderezar entuertos, invocando a una tal Dulcinea del Toboso! ¿Recordaría entonces tus miradas a hurtadillas, heroico Caballero? ¿No se diría acaso, a solas y callandito, y en lo más adentro de sus adentros: «yo fuí, yo fuí la que le volví loco»?.
No necesitas decírmelo, Don Quijote mío, porque comprendo lo que debe ser sacrificar ante un altar, sin que el dios que sobre él se yergue se entere siquiera del sacrificio. Te lo creo sin que me lo jures, te lo creo a pie juntillas, sí; te creo que cruzan el mundo Aldonzas Lorenzos que lanzan a inauditos heroísmos a Alonsos Quijanos y se mueren tranquilamente y en paz de conciencia sin haber conocido la maternidad que les cupo en los heroísmos tales.
Grande es una pasión que rompe por todo y quebranta leyes y arrolla preceptos y desencadena torrencialmente su caudal perinchido, pero es más grande aún, cuando temerosa de enfangarse con las tierras que ha de arrastrar en su furiosa arremetida, se arremolina en sí y se condensa y se mete en sí misma, como queriendo tragarse a sí propia, luchando por deshacerse en su imposibilidad misma, y revienta hacia dentro y convierte en inmenso piélago el corazón. ¿No te sucedió esto?
Y luego, ven más junto a mí, mi Don Quijote, y dímelo al oído del corazón; y luego, cuando la Gloria te ensalzaba ¿no suspiraste en tus entrañas por aquel inconfesado amor de tu madurez? ¿No la hubieras dado toda ella, a la gloria, por una mirada, no más que por una mirada de cariño de tu Aldonza Lorenzo? Si ella, pobre hidalgo, si ella se hubiese dado cata de tu amor, y compadecida te hubiese ido un día y te hubiese abierto los brazos y entreabierto la boca, llamándote con los ojos, si ella se te hubiese rendido, venciendo tu contención grandiosa y diciéndote: «te he adivinado, ven y no sufras» ¿hubieras buscado la inmortalidad del nombre y de la fama? Mas entonces ¿no se te habría disipado el encanto luego? Yo creo que ahora mismo, mientras te tiene apretada a su pecho tu Dulcinea, y lleva tu memoria de siglo en siglo, yo creo que ahora todavía te envuelve cierta melancólica pesadumbre al pensar que ya no puedes recibir en tu pecho el abrazo ni en tus labios el beso de Aldonza, ese beso que murió sin haber nacido, ese abrazo que se fué para siempre y sin haber nunca llegado, ese recuerdo de una esperanza en todo secreto y tan a solas y a calladas acariciada.
¡Cuántos pobres mortales inmortales, cuyo recuerdo florece en la memoria de las gentes, darían esa inmortalidad del nombre y de la fama por un beso de toda la boca, no más que por un beso en que soñaron durante su vida mortal toda! ¡Volver a la vida aparencial y terrena, encontrarse de nuevo en el augusto instante que una vez ido ya no vuelve, quebrar el vergonzante miedo, trizar el tupido respeto o romper la ley y luego deshacerse para siempre en los brazos de la deseada!...
Mientras Don Quijote hablaba a Vivaldo de Dulcinea del Toboso, entró Sancho, el buen Sancho, con la más maravillosa profesión de fe. Como Simón Pedro, que aun deseando plantar tiendas en lo alto del Tabor para pasarlo allí bien y sin penalidades, y aun negando al Maestro, fué quien con más ardor le creyó y le quiso, así Sancho a Don Quijote. Pues mientras todos los que oían la plática entre Vivaldo y el Caballero y aun hasta los mismos pastores y cabreros conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro Don Quijote, sólo Sancho Panza pensaba——nos dice Cervantes—que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde su nacimiento. ¡Oh Sancho bueno, Sancho heroico, Sancho quijotesco! Tu fe te salvará. Pues mientras los menguados mercaderes toledanos pedían a Don Quijote, como los judíos a Jesús, señales para creer, un retrato de aquella señora aunque fuera tamaño como un grano de trigo, Sancho el heroico pensaba que era verdad cuanto su amo decía, sabiendo quién era Don Quijote y habiéndole conocido desde su nacimiento. Y las gentes ligeras no quieren ver, Sancho heroico, la grandeza de tu fe y la fortaleza de tu ánimo, y han dado en menospreciarte y calumniarte haciéndote padrón de lo que nunca fuiste. No quieren conocer que tu simpleza fué tan loca, tan heroica, como la locura de tu amo, pues que creíste en ésta. Y a lo más que llegan es a reprocharte de simple porque creías esas cosas. Mas que no lo eras, ni tu sublime fe una ceguera de embaucado, lo prueba el que dudando algo en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a tu noticia aunque vivías tan cerca del Toboso. La fe es algo que se conquista palmo a palmo y golpe tras golpe. Y tú, Sancho heroico, pues crees en tu amo y señor Don Quijote, llegarás a creer en su señora Dulcinea del Toboso, y ella te cogerá de la mano y te llevará por los campos perdurables.