CAPÍTULO XVI
De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta
que él imaginaba ser castillo.
Volvió a encontrar Don Quijote mujeres que hicieron con él oficio de mujer, mujeres compasivas y piadosas, pues entre la ventera, su hija y Maritornes le hicieron una muy mala cama en que se acostó luego que le hubieron emplastado de arriba abajo. Agradeciólo Don Quijote haciendo a la ventera fermosa señora y a la venta castillo, con lo que las mujeres se maravillaron pareciéndoles otro hombre que los que se usan, y no les faltaba razón en parecerles así.
Entonces es cuando dió Don Quijote en esperar a la hija del señor del castillo, repentinamente enamorada de él, y fué cuando al acudir Maritornes a saciar la carne al carnal arriero, se encontró con el espiritual Caballero, que le endilgó un ingenioso discurso de disculpa, mostrándole ante todo que estaba tan molido y quebrantado que aunque de su voluntad quisiera satisfacer a la de ella, le sería imposible, y luego la fe prometida a la sin par Dulcinea del Toboso, que si esas dos cosas no hubiera de por medio, el no poder contentarla y lo otro, no fuera tan sandio caballero que dejara pasar tan venturosa ocasión en blanco.
Esto es fina virtud y continencia de mérito, y lo demás tontería. Y tuvo esa virtud, como es natural, su recompensa, cual fué los puñetazos y pisotones que arreó a Don Quijote el bruto del arriero, que de puro rijoso ardía en chispas. Y acudió el ventero al ruido y se armó aquella tremolina de puñetazos que Cervantes cuenta.