WeRead Powered by ReaderPub
Vida de Don Quijote y Sancho cover

Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 18: CAPÍTULO XVII
Open in WeRead

About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XVII

Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo
Don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta, que
por su mal pensó que era castillo.

Cosas de encantamiento, de las que no hay para qué tomar cólera ni enojo, que como son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quien vengarnos aunque más lo procuremos. ¡Y cómo llegaste, oh maravilloso Caballero, al hondón de la sabiduría, que consiste en tomar por invisibles y fantásticas las cosas de este mundo, y así, en virtud de tal tomadura, no enojarse por ellas!

Porque ¿qué sino mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante pudo ser aquello que a deshora y cuando más en tu coloquio estabas vino a asentarte una puñada en las quijadas? Cosas son de otro mundo y recuerda si no cómo estando durmiendo una noche Iñigo de Loyola «le quiso el demonio ahogar el año de 1541—como en el capítulo IX del libro V de su Vida se nos cuenta—y fué así que sintió como una mano de hombre que le apretaba la garganta y que no le dejaba resollar ni invocar el Nombre Santísimo de Jesús», y aquello otro que contó el hermano Juan Paulo al P. Rivadeneira, según éste en el mismo capítulo nos lo cuenta, de cuando «durmiendo una noche como solía junto al aposento de Loyola, y habiéndose despertado a deshora, oyó un ruido como de azotes y golpes que le daban al Padre, y al mismo Padre como quien gemía y suspiraba. Levantóse luego y fuese a él, hallóle sentado en la cama, abrazado con la manta, y díjole: ¿Qué es esto, Padre, que veo y oigo? Al cual respondió: ¿Y qué es lo que habéis oído? Y como se lo dijese, díjole el Padre: Andad, idos a dormir».

Cosas son de otro mundo, y para curar sus efectos basta el bálsamo de Fierabrás. Sólo que no obra maravillosamente sino en los caballeros, y bien se vió en lo que le ocurrió con él a Sancho.

A poco de esto aconteció lo de convencerse Don Quijote de que estaba en venta y no en castillo, a una sola palabra del ventero, en que vuelve a verse, una vez más, cuán cuerdo era en su locura. Mas aun así, negóse muy caballerescamente a pagar, lo cual le valió a Sancho un manteamiento. Acabado el cual le dió de beber vino la piadosa Maritornes, Dios se lo pague, pues era la generosidad y el desprendimiento mismos. Ella amó mucho, si bien a su manera, como todos, y por eso le serán perdonados sus refocilamientos con arrieros, ya que lo hacía de puro blanda de corazón.

Creed que la dadivosa moza asturiana, más buscaba dar placer que no recibirlo, y si se entregaba era, como a no pocas Maritornes les sucede, por no ver penar y consumirse a los hombres. Quería purificar a los arrieros de los torpes deseos que les emporcaban la imaginación y dejarlos limpios para el trabajo. Presumía muy de hidalga—dice Cervantes—y por hidalguía concertó ir a refocilarse con el arriero, y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase, no tomarlo. Ella

dar quería
o que des para darse a natureza

aunque no hubiese leído a Camoens, de cuyos Lusiadas es esta filosófica sentencia (IX, 76). Y por este sencillo desprendimiento, tan sin rebuscas de vicio como sin melindres de inocencia, se ha inmortalizado la moza asturiana. Vivía ella allende la inocencia y la malicia que de la pérdida de ella nace.

Creed que hay pocos pasajes más castos. Maritornes no es una moza del partido que por no trabajar o por ajenas culpas comercia con su cuerpo, ni es una pervertidora que embruja a los hombres encendiéndoles los deseos para apartarles de su ruta y distraerles de su labor; es pura y sencillamente la criada de un mesón que trabaja y sirve, y alivia las gravezas y remedia los aprietos de los viandantes, quitándoles un peso de encima para que puedan reanudar, más desembarazados, su camino. No enciende deseos, sino que apaga los que otras, menos desprendidas, o el sobrante de la vida carnal habían encendido. Y creed que siendo pecaminoso esto, lo es mucho más encender deseos adrede, con ánimo de encenderlos, como hace la coqueta, para no apagarlos, que apagar los que encendió otra. No peca Maritornes ni por ociosidad y codicia, ni por lujuria; es decir, apenas peca. Ni trata de vivir sin trabajar ni trata de seducir a los hombres. Hay un fondo de pureza en su grosera impureza.

Fué buena con Sancho, que salió de la venta muy contento por no haber pagado.