CAPÍTULO XVIII
Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor
Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas.
Y volvió Don Quijote al manadero de toda fortaleza, cual es el de tomar a los hombres que mantean y aporrean por fantasmas y gente del otro mundo. No te enojes por lo que pueda acaecerte en este mundo aparencial; espera al sustancial o acógete a él, en el hondón de tu locura. Ésa es la fe honda y verdadera. La cual flaqueó en Sancho, que por haber oído nombrar con nombres a los manteadores, los tomó por hombres de carne y hueso, y esto le bastó para pedir a su amo volverse al lugar entonces que era tiempo de la siega.
Acudió su amo a confortarle en la fe, a lo que él oponía lo que por sus ojos había visto y en sus costillas sentido, pero le habló Don Quijote de Amadís y el escudero se aquietó. E hiciste bien, Sancho, pues te has de convencer de que cuando nos injurian o escarnecen o mantean con sólo pensar que no son sino fantasmas los manteadores, se nos derrite el rencor y estamos al cabo de cura. Acuérdate de que tus enemigos se han de morir.
Y entonces dieron con la aventura de las dos manadas de ovejas, que tomó Don Quijote por dos ejércitos, y los describió tan puntualmente como quien lleva dentro de sí un mundo verdadero. Y el bueno de Sancho, sumergido en el otro mundo, en el aparencial, en el de los manteadores de carne y hueso, nada vió, quizá por encantamiento. ¡Oh Sancho admirable, y qué caudal de fe encierra ese tu quizá! Por un quizá empieza la fe que salva; quien duda de lo que ve, una miajica tan sólo que sea, acaba por creer lo que no ve ni vió jamás. Tú, Sancho, no oías sino balidos de ovejas y carneros, pero bien te dijo tu amo: El miedo que tienes te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas.
El miedo, sí, y sólo el miedo a la muerte y a la vida nos hace no ver ni oir a derechas, esto es, no ver ni oir hacia dentro en el mundo sustancial de la fe. El miedo nos tapa la verdad, y el miedo mismo, cuando se adensa en congoja, nos la revela.
Mandó Don Quijote a Sancho que se retirase, pues el que sólo ve con los ojos de la carne, antes estorba que sirve en aventuras, y sin hacer caso de las voces del sentido terrenal, acometió al ejército de Alifanfarón de Trapobana. Y allí alanceó a su sabor corderos como Pizarro y los suyos alancearon en el corral de Cajamarca a los servidores del inca Atahualpa, que ni siquiera se defendían. Mas no así los pastores de los trapobanenses, que molieron a Don Quijote a pedradas, derribándole del caballo.
Con ello volvió a tocar tierra con su cuerpo todo el Caballero, para recobrar como Anteo, fuerzas a su toque. Y estando en tierra llegó la voz del sentido común, por boca de Sancho, a reprenderle, pues eran ovejas, mas él supo oponer su fe a los encantamientos del maligno que le perseguía. Y consoló a Sancho, cuya fe flaqueaba de nuevo, con palabras evangélicas.
Y luego les avino la aventura del cuerpo muerto, cuyo mérito consistió en que habiendo la fantástica visión empezado por erizarle los cabellos de la cabeza a Don Quijote, supo éste vencer su miedo a lo fantástico, él, que no lo tenía a lo real, y en premio de tal victoria puso en fuga a los encamisados, que tomaron a Don Quijote por diablo del infierno. A los fantásticos con lo fantástico se les vence; con el miedo a los amedrentadores. Y el miedo mismo llega a un punto en que si no mata a su presa, se realza y se convierte, pasando por congoja, en valor.
Fué entonces, en medio de la fantástica aventura, cuando puso Sancho a Don Quijote el título de El caballero de la triste figura.
Y después se entraron por un valle donde les ocurrió la aventura de los batanes, intentada por Don Quijote para morir haciéndose digno de poder llamarse de su señora Dulcinea, de la Gloria. Y a Sancho, su quebradiza fe le puso en la boca palabras conmovedoras para apartar de su empeño a su amo, y como no bastasen las palabras, acudió a la industria de trabar las patas a Rocinante. Y pasó todo lo demás que Cervantes nos cuenta, hasta que amaneció y vieron la causa de los temerosos ruidos, y Sancho se burló de su amo, que le asestó por ello dos palos, acompañándolos de las profundas palabras de porque os burláis no me burlo yo.
Venid acá, señor alegre ¿paréceos a vos que si como éstos fueron mazos de batán fueran otra peligrosa aventura, no había yo mostrado el ánimo que convenía para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado a dicha, siendo como soy caballero, a conocer y distinguir los sones, y saber cuáles son de batanes o no?
La cosa está bien clara. Para enderezar entuertos y resucitar la caballería y asentar el bien en la tierra, no es menester distinguir de sones y saber cuáles son de batanes o no. Tal distinción no es cosa que toque al heroísmo, ni los más de los conocimientos que por ahí se enseñan añaden un ardite a la suma de bien que haya en el mundo. El caballero harto tiene con atender y oir a su corazón y distinguir los sones de éste.
Esta doctrina quijotesca hay que predicarla ahora en que el sanchopancismo no hace sino repetirnos que lo esencial es aprender a distinguir los sones y saber cuáles son de batanes o no, sin advertir que mientras es de noche y le dura el miedo, tampoco Sancho los distingue, y eso que los oye y no hace falta verlos. Sancho necesita, para tener serenidad y atreverse a burlas, ver la causa que produce los sones, verla; Sancho, que de noche no se atreve a apartarse de su amo por miedo a los temerosos sones y por miedo no los distingue, búrlase de él cuando ve el artefacto que los produce. Así es con el sanchopancismo que llaman ya positivismo, ya naturalismo, ya empirismo, y es que ha sido que pasado el miedo, se burla del idealismo quijotesco.
¿Por qué había de conocer Don Quijote, siendo como era caballero, los sones? Y más que podría ser, como es verdad—añadió—, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos; sino, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a las barbas uno a uno, o todos juntos, y cuando yo no diere con todos patas arriba, haced de mí la burla que quisiéredes. ¡Admirables razones! En lo esforzado del propósito y no en lo puntual del conocimiento, está el héroe.
Mas la verdad es que conviene acompañe Sancho a Don Quijote y no se aparté de él. Sancho, como villano ruin que es, criado y nacido entre batanes, en cuanto llega la noche y no los ve y oye sus temerosos sones, tiembla de miedo como un azogado y se arrima a Don Quijote y para que no se le vaya le traba las patas a Rocinante, con lo que el Caballero no se puede mover y se libra acaso de una muerte cierta entre los batanes, pero luego que se hace de día ¿por qué ha de burlarse del que le amparó en su congoja, y le dejó llegar a la luz del día, pues acaso sin él habríase muerto de miedo, o el miedo le habría arrojado en los batanes, más que su valor a su amo? Si inspiraciones del corazón y fe en lo eterno nos sacaron de las congojas de la noche de la superstición y del miedo a lo desconocido ¿por qué cuando la luz de la experiencia luce hemos de burlarnos de aquellas inspiraciones y de aquella fe? Y tanto más cuanto que volveremos a necesitarlas, pues si a la noche se sucede el día, vuelve nueva noche tras este nuevo día, y así entre luz y tinieblas vamos viviendo y marchando a un término que no es ni tinieblas ni luz, sino algo en que ambas se aunan y confunden, algo en que se funden corazón y cabeza y en que se hacen uno Don Quijote y Sancho.
Hoy Sancho distingue de sones y sabe cuáles son de batanes y cuáles no, siempre que sea de día y vea los mazos que los producen, pero de noche tiembla de miedo y nunca se atreve con seis jayanes, ni uno a uno ni con todos juntos, y hoy Don Quijote se atreve con los jayanes y no tiembla ni de noche ni de día, pero no distingue de sones y cuáles son de batanes y cuáles no. Día llegará en que fundidos en uno, o mejor, quijotizado Sancho antes que sanchizado Don Quijote, no tenga aquél miedo y distinga de sones lo mismo de noche que de día y se atreva con batanes y con jayanes. Pero es mal camino para llegar a ello burlarse del Caballero y creer que todo estriba en distinguir de sones. No, no es la ciencia sola, por alta y honda, la redentora de la vida.