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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 21: CAPÍTULO XXII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXII

De la libertad que dió Don Quijote a muchos desdichados que mal
de su grado los llevaban donde no querían ir.

Iban en esas y otras pláticas, cuando se le presentó a Don Quijote una de sus más grandes aventuras, si es que no la mayor de todas ellas, cual fué la de libertar a los galeotes. Que iban presos de por fuerza y no de su voluntad, y esto le bastó a Don Quijote.

Inquirió sus delitos, y de todo cuanto le dijeron sacó en limpio que aunque les habían castigado por sus culpas, las penas que iban a padecer no les daban mucho gusto, y que iban a ellas muy de mala gana, muy contra su voluntad y acaso injustamente. Por lo cual decidió favorecerles, como a menesterosos y opresos de los mayores, pues parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres; cuanto más, señores guardas—añadió Don Quijote—, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros; allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello, y así pidió con mansedumbre que los soltaran. No lo quisieron hacer a buenas y arremetió a malas contra ellos Don Quijote, quien ayudado por Sancho y los galeotes mismos, logró librarlos.

Hay que pararse a considerar el ánimo esforzado y justiciero que en esta aventura mostró el hidalgo. Mi infortunado amigo Ángel Ganivet, gran quijotista—lo cual es decir una cosa muy diferente y hasta opuesta a eso que suele llamarse cervantista—, el infortunado Ganivet, en su Idearium español, atañedero, a esto dice:

«El entendimiento que más hondo ha penetrado en el alma de nuestra nación, Cervantes... en su libro inmortal, separó en absoluto la justicia española de la justicia vulgar de los Códigos y Tribunales; la primera la encarnó en Don Quijote y la segunda en Sancho Panza. Los únicos fallos judiciales moderados, prudentes y equilibrados que en el Quijote se contienen son los que Sancho dictó durante el gobierno de su ínsula; en cambio los de Don Quijote son aparentemente absurdos, por lo mismo que son de justicia trascendental; unas veces peca por carta de más y otras por carta de menos; todas sus aventuras se enderezan a mantener la justicia ideal en el mundo, y en cuanto topa con la cuerda de galeotes y ve que allí hay criminales efectivos, se apresura a ponerlos en libertad. Las razones que Don Quijote da para libertar a los condenados a galeras son un compendio de las que alimentan la rebelión del espíritu español contra la justicia positiva. Hay, sí, que luchar por que la justicia impere en el mundo; pero no hay derecho estricto a castigar a un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la ley; que al fin la impunidad general se conforma con aspiraciones nobles y generosas, aunque contrarias a la vida regular de las sociedades, en tanto que el castigo de los unos y la impunidad de los otros son un escarnio de los principios de justicia y de los sentimientos de humanidad a la vez». Hasta aquí Ganivet.

De deplorar es el que espíritu tan inventivo como el de nuestro granadino creyera, conforme al común sentir, que Cervantes encarnó cosa alguna en Don Quijote, y no llegara a la fe, fe salvadora, de que la historia del ingenioso hidalgo fué, como en realidad lo fué, una historia real y verdadera, y además eterna, pues se está realizando de continuo en cada uno de sus creyentes. No es que Cervantes quisiera encarnar en Don Quijote la justicia española, sino que lo encontró así en la vida del Caballero, y no tuvo otro remedio sino narrárnoslo cual y como sucedió, aun sin alcanzársele todo su alcance. Ni aun vió siquiera el íntimo contraste que surge del hecho de que fuese Don Quijote el castigador de los mercaderes toledanos, del vizcaíno y de tantos otros más, el mismo que negaba a otros derecho a castigar.

Quédase Ganivet en los umbrales del quijotismo al suponer que la justicia hecha por Don Quijote en los galeotes se fundara en que «no hay derecho estricto a castigar a un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la ley» y que es preferible la impunidad de todos a la ley del embudo. Podría, en efecto, sostenerse que por tal razón se movió Don Quijote a libertar a los galeotes sobre el fundamento de haber dicho el mismo Caballero, en la arenga enderezada a los cabreros, y al hablar del siglo de oro, que la ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Mas aunque el mismo Don Quijote se engañara creyendo que fué ésta la razón de haber él dado libertad a aquellos desgraciados, es lo cierto que en lo más hondo de su corazón arraigaba tal hazaña. Y no os debe sorprender esto, lectores, ni debéis caer en la simpleza de tomarlo a paradoja, porque no es quien lleva a cabo una hazaña el que mejor conoce los motivos por que la cumplió, ni suelen ser las razones que en abono y justificación de nuestra conducta damos, sino razones a posteriori, o para hablar en romance, de trasmano, manera que buscamos para explicarnos a nosotros mismos y explicar a los demás el porqué de nuestros actos, quedándosenos de ordinario desconocido el verdadero porqué. No niego que Don Quijote creyera, con Ganivet y acaso con Cervantes, que libertó a los galeotes por horror a la ley del encaje y por parecerle injusto castigar a unos mientras se escapan otros por las rendijas de la ley, pero niego que les libertara movido en realidad, y allá en sus adentros, por semejante consideración. Y si así no fuera ¿con qué razón y derecho castigaba él, Don Quijote como castigaba, sabiendo que escaparían los más del rigor de su brazo? ¿Por qué castigaba Don Quijote si no hay castigo humano que sea absolutamente justo?

Don Quijote castigaba, es cierto, pero castigaba como castigan Dios y la naturaleza, inmediatamente, cual en naturalísima consecuencia del pecado. Así castigó a los arrieros que fueron a tocar sus armas cuando las velaba, alzando la lanza a dos manos, dándoles con ella en la cabeza y derribándolos para tornar a pasearse con el mismo reposo que primero, sin cuidarse más de ello; así amenazó a Juan Haldudo el rico, pero soltándolo bajo su palabra de pagar a Andrés; así arremetió a los mercaderes toledanos, no bien los oyó blasfemar contra Dulcinea; así venció a D. Sancho de Azpeitia, soltándolo bajo promesa de las damas de que iría a presentarse a Dulcinea; así arremetió a los yangüeses, al ver cómo maltrataban a Rocinante. Su justicia era rápida y ejecutiva; sentencia y castigo eran para él una misma cosa; conseguido enderezar el entuerto, no se ensañaba en el culpable. Y a nadie intentó esclavizar nunca.

Bien habría estado que al prender a cada uno de aquellos galeotes se les hubiera dado una tanda de palos, pero... ¿llevarlos a galeras? Parece duro caso—como dijo el Caballero—hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres. Y añadió más adelante: allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello.

Los guardas que llevaban a los galeotes los llevaban fríamente, por oficio, en virtud de mandamiento de quien acaso no conociera a los culpables, y los llevaban a cautiverio. Y el castigo, cuando de natural respuesta a la culpa, de rápido reflejo a la ofensa recibida, se convierte en aplicación de justicia abstracta, se hace algo odioso a todo corazón bien nacido. Nos hablan las Escrituras de la cólera de Dios y de los castigos inmediatos y terribles que fulminaba sobre los quebrantadores de su pacto, pero un cautiverio eterno, un penar sin fin basado en fríos argumentos teológicos sobre la infinitud de la ofensa y la necesidad de satisfacción inacabable, es un principio que repugna al cristianismo quijotesco. Bien está hacer seguir a la culpa su natural consecuencia, el golpe de la cólera de Dios o de la cólera de la naturaleza, pero la última y definitiva justicia es el perdón. Dios, la naturaleza y Don Quijote castigan para perdonar. Castigo que no va seguido de perdón, ni se endereza a otorgarlo al cabo, no es castigo, sino ocioso ensañamiento.

Mas se dirá: pues si se ha de perdonar ¿para qué el castigo? ¿Para qué, preguntas? Para que el perdón no sea gratuito y pierda así todo mérito; para que gane valor costando adquirirlo, teniendo que comprarlo con sufrir castigo; para que el delincuente se ponga en estado de recibir el fruto, el beneficio del perdón, borrado por el castigo el remordimiento que se lo impediría. El castigo satisface al ofensor, no al ofendido, y hasta le repugna a aquél el perdón gratuito, apareciéndosele como la más quintesenciada forma de la venganza, como flor de desdén. El perdón gratuito es un perdón que se echa como de limosna. Los débiles se vengan perdonando, sin haber castigado. Agradecemos más el abrazo, si es cordial, después de la bofetada con que a nuestra provocación se responde.

Cuando un hombre se siente ofendido, vese empujado a venganza, pero luego que se vengó, si es bien nacido y noble, perdona. De ese sentimiento de venganza brotó la llamada justicia, intelectualizándolo, y muy lejos de ennoblecerse con ello, se envileció. El bofetón que suelta uno al que le insulta es más humano, y por ser más humano, más noble y más puro que la aplicación de cualquier artículo del código penal.

El fin de la justicia es el perdón y en nuestro tránsito a la vida venidera, en las ansias de la agonía, a solas con nuestro Dios, se cumple el misterio del perdón para los hombres todos. Con la pena de vivir y las penas a ella consiguientes se pagan las fechorías todas que en la vida se hubieren cometido; con la angustia de tener que morirse se acaba de satisfacer por ellas. Y Dios, que hizo al hombre libre, no puede condenarle a perpetuo cautiverio.

Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno. Aquí Don Quijote remite el castigo a Dios, sin decirnos cómo creía él que Dios castiga, pero no pudo creer, por mucha que su ortodoxia fuese, en castigos inacabables, y no creyó en ellos. Hay que remitir, sí, a Dios el castigar, pero no haciéndole ministro de nuestras justicias, como tanto se acostumbra, cuando somos nosotros los que deberíamos ser ministros de la suya. ¿Quién es el mortal que osa pronunciar en nombre de Dios sentencias, dejando a Dios el ejecutarlas? ¿Quién es el que así hace a Dios ministro suyo? El que cree estar diciendo: «en nombre de Dios te condeno», lo que en realidad está queriendo decir es esto otro: «Dios, en mi nombre, te condena». Mirad bien que los que se arrogan ministerio especial de Dios es en el fondo que pretenden que Dios les ministre a ellos. Don Quijote no; Don Quijote que se creía ministro de Dios en la tierra y brazo por quien se ejecuta en ella su justicia, pero como lo somos todos, Don Quijote le dejaba a Dios el juzgar de quién fuera bueno y quién malo y merced a qué castigo habría que perdonar a éste.

Mi fe en Don Quijote me enseña que tal fué su íntimo sentimiento, y si no nos lo revela Cervantes es porque no estaba capacitado para penetrar en él. No por haber sido su evangelista, hemos de suponer fuera quien más adentró en su espíritu. Baste que nos haya conservado el relato de su vida y hazañas.

No es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles en ello nada. Don Quijote, como el pueblo de que es la flor, mira con malos ojos al verdugo y a todo ministro y ejecutor de justicia. Santo y bueno que se tome uno la justicia por su mano, pues le abona un natural instinto, pero ser verdugo de otros hombres para ganarse así el pan sirviendo a la odiosa justicia abstracta, no es bien. Pues la justicia es impersonal y abstracta, castigue impersonal y abstractamente.

Ya os veo aquí, lectores timoratos, llevaros las manos a la cabeza y os oigo exclamar: ¡qué atrocidades! Y luego habláis de orden social y de seguridad y de otras monsergas por el estilo. Y yo os digo que si se soltase a los galeotes todos no por eso andaría más revuelto el mundo, y si los hombres todos cobraran robusta fe en su última salvación, en que al cabo todos hemos de ser perdonados y admitidos al goce del Señor, que para ello nos crió libres, seríamos todos mejores.

Bien sé que en contra de esto me argüiréis con el ejemplo mismo de los galeotes y de cómo le pagaron a Don Quijote la libertad que les había devuelto. Pues no bien los vió sueltos, los llamó y diciéndoles que de gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofenden es la ingratitud, les mandó fuesen cargados de la cadena a presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso. Los desdichados, llenos de miedo no fuese les prendiera de nuevo la Santa Hermandad, respondieron por boca de Ginés de Pasamonte, que no podían cumplir lo que Don Quijote les pedía, y se lo mudase en alguna cantidad de avemarías y credos. Irritó al Caballero, que era pronto a la cólera, el desenfado de Pasamonte, y le reprendió. Y entonces hizo éste del ojo a sus compañeros y apartándose aparte comenzaron a llover tantas y tantas piedras sobre Don Quijote... que dieron con él en el suelo. Y una vez en tierra, le golpeó uno y le quitaron la ropilla y a Sancho el gabán.

Lo cual debe enseñamos a libertar galeotes precisamente porque no nos lo han de agradecer, que de contar de antemano con su agradecimiento, nuestra hazaña carecería de valor. Si no hiciéramos beneficios sino por las gratitudes que de ellos habríamos de recoger ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no sólo a pesar de que no nos lo han de corresponder en el mundo, sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienen pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Pero viene aquí un pasaje tan triste como hermoso, pues mostrándonos una carnal flaqueza del Caballero, nos muestra que era de carne y hueso como nosotros, y como nosotros sujeto a las miserias humanas.