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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 22: CAPÍTULO XXIII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXIII

De lo que aconteció al famoso Don Quijote en Sierra Morena,
que fué una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan.

Y fué cuando, viéndose tan malparado, dijo a su escudero: siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar: si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho, paciencia y escarmentar para desde aquí adelante. El pobre Caballero, tendido en tierra, siente flaquear su fe. Mas ved que acude en su ayuda Sancho, el heroico Sancho, y lleno de fe quijotesca, responde a su amo: Así escarmentará vuestra merced como yo soy turco. Y ¡qué bien calaste, Sancho heroico, Sancho quijotesco, que tu amo no podía escarmentar de hacer el bien y cumplir la justicia verdadera!

Y porque apedrearan a Don Quijote y le robaran la ropilla ¿hemos de creer que no le iban agradecidos los galeotes y que la libertad no les mejoró el ánimo? Cuando le robaron la ropilla es que la necesitaban, y esto no excluía agradecimiento, pues una cosa es la gratitud y otra el oficio, y el de los más de ellos era el de ladrones. Y además ¿quién sabe si no es que querían llevarse una prenda suya como de recuerdo? ¿Y que le apedrearon? Sí, por agradecimiento también. Peor habría sido que le hubiesen vuelto las espaldas.

Encimada la aventura de los galeotes y obedeciendo Don Quijote a los ruegos de Sancho, que le pedía se apartaran de la furia de la Santa Hermandad, mas no por miedo a ella, se entraron en Sierra Morena, haciendo noche entre dos peñas y entre muchos alcornoques. Y aquella noche fué cuando robó su jumento a Sancho Ginés de Pasamonte, el desgraciado galeote. Y a poco hallaron la maleta de Cardenio y el montoncillo de escudos de oro que hizo exclamar a Sancho: bendito sea todo el cielo que nos ha deparado una aventura que sea de provecho.

¡Ah Sancho veleta, vuelve a vencerte la carne y llamas aventura a eso de topar con un montoncillo de escudos de oro! Eres del país de la lotería. Se lo regaló su amo, que no iba a la busca de tales aventuras de dinero hallado. Interesóse más en los lamentos amorosos que en la maleta se contenían, y al ver pasar saltando de risco en risco a un solitario, decidido a buscarle, mandó a Sancho lo atajase. Y entonces respondió éste aquellas notabilísimas palabras de: No podré hacer eso porque en apartándome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones.

¿Y cómo no, Sancho amigo, cómo no? Tu amo será, si quieres, loco de remate, pero ni supiste, ni sabes ni sabrás ya vivir sin él; renegarás de su locura y de los manteamientos en que con ella te mete, pero si te deja, te acometerá el miedo al verte solo. Tú sin tu amo estás tan solo que estás sin ti. Gustaste el amparo de Don Quijote, cobraste fe en él, si el mantenimiento de tu fe te falta ¿quién te librará del miedo? ¿Es acaso el miedo otra cosa que la pérdida de la fe?, y ¿no se recobra ésta en fuerza de miedo? Y la fe, amigo Sancho, es adhesión no a una teoría, no a una idea, sino a algo vivo, a un hombre real o ideal, es facultad de admirar y de confiar. Y tú, Sancho fiel, crees en un loco y en su locura, y si te quedas a solas con tu cordura de antes ¿quién te librará del miedo que te ha de acometer al verte solo con ella, ahora que gustaste de la locura quijotesca? Por eso pides a tu amo y señor que no se aparte de ti.

Y tu Don Quijote, magnánimo y fuerte, te responde: Así será, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te faltará aunque te falte el ánima del cuerpo. Ten fe, pues, Sancho, ten fe, que aunque te falte el ánima del cuerpo, no te faltará el ánimo de Don Quijote. La fe cumplió en ti su milagro; el ánimo de Don Quijote es ya tu ánimo y ya no vives tú en ti mismo, sino que es él, tu amo, quien en ti vive. Estás quijotizado.

Entonces encontró Don Quijote a Cardenio y apenas vió al otro loco, loco de amor, le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. Y así era en verdad. Saludáronse y manifestó Don Quijote su propósito de servirle y si no hallaba remedio a su dolor, ayudarle a llorar su desventura y a plañirla como mejor pudiera. Y al llorar y plañir la desventura de Cardenio ¿no llorarías y plañirías la tuya, buen Caballero? Al llorar los desdenes de Lucinda ¿no llorarías aquella contención que te impidió abrir el corazón a Aldonza?

Hay, sin embargo, maliciosos en creer que todo ello era sólo para mover a Cardenio a que contase su historia, pues era Don Quijote curioso en extremo y amigo de enterarse de vidas ajenas.