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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 23: CAPÍTULOS XXIV Y XXV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULOS XXIV Y XXV

Donde se prosigue la aventura de Sierra Morena
y que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al
valiente caballero de la Mancha y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros.

Aquí Cervantes, no fiando demasiado en la virtualidad de la historia de su héroe, intercala la de Cardenio. Mas aun así nos contó la interrupción de Don Quijote a Cardenio y cómo salió a la defensa de la reina Madasina, ofendida por éste. Con lo cual quiso enseñarnos a que no toleremos se le ofenda a él por los que se obstinan en tratarle como a mero ente de razón, sin consistencia real. Y no es razón que los tales no estén en su cabal juicio, pues contra cuerdos y contra locos, como dijo en aquella ocasión Don Quijote, debe volver uno por la verdad radical. Como por ella volvió el hidalgo. El cual si pecaba era de jactancioso, pues aun entonces afirmó que él se sabía las reglas de caballería mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo.

Yendo después por aquellas soledades de Sierra Morena volvió a dar Don Quijote en su verdadero tema, y fué al decir a Sancho que le llevaba por aquellas partes el deseo de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar—dijo—perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra. Y para lograrlo se propone imitar a su modelo, Amadís de Gaula. Sabía bien que a la perfección se llega imitando a hombres y no tratando de poner en práctica teorías. Y para imitarle en la penitencia que hizo en la Peña Pobre, mudando su nombre en el de Beltenebros, decidió Don Quijote hacer en Sierra Morena del desesperado, del sandio y del furioso, aventura más fácil que la de hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y dehacer encantamentos.

Y como el heroico loco era muy cuerdo, no quiso imitar a D. Roldán en lo de arrancar árboles, enturbiar las aguas de las claras fuentes, matar pastores, destruir ganados, abrasar chozas, derribar casas, arrastrar yeguas y otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura, sino sólo en lo esencial, y aun venir a contentarse con la sola imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más. El punto estaba en alcanzar fama y renombre, y si las locuras de daño no eran para ello necesarias, eran ya locuras de locura.

Y requerido por Sancho de por qué razón habría de volverse loco sin que Dulcinea le hubiese faltado, contestó con aquella preñadísima sentencia que dice: Ahí está el punto y ésa es la fuerza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, qué hiciera en mojado. Sí, Don Quijote mío, el toque está en desatinar sin ocasión, en generosa rebelión contra la lógica, durísima tirana del espíritu. Los más de los que en ésta tu patria son tenidos por locos, desatinan con ocasión y con motivo y en mojado, y no son locos, sino majaderos forrados de lo mismo, cuando no bellacos de lo fino. La locura, la verdadera locura nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado el propio.

Ahogado se lo tenía a Sancho, pues dudó de ti, heroico Caballero, cuando le hablaste de nuevo del yelmo de Mambrino y estuvo a punto de creer patraña tus promesas todas porque sus ojos carnales le hacían ver el yelmo como si fuese bacía de barbero. Pero bien le respondiste: eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa. Ésta es la verdad pura; el mundo es lo que a cada cual le parece, y la sabiduría estriba en hacérnoslo a nuestra voluntad, desatinando sin ocasión y henchidos de fe en lo absurdo. El carnal Sancho creyó, al ver empezar a Don Quijote la penitencia que iba de burlas y no de veras, mas desengañóle su amo. No, Sancho amigo, no, la verdadera locura va de veras siempre; son los cuerdos los que van de burlas.

Y ¡qué locura! Entonces fué cuando Don Quijote declaró a Sancho lo de ser Dulcinea Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, y Sancho nos declaró las prendas terrenales de ella, moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, que tiraba la barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. Se puso un día encima del campanario de la aldea a llamar a unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre y aunque estaban de allí a media legua, así lo oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y se la oye ahora, que convertida en Dulcinea, pregona tu nombre, Sancho socarrón. Tiene mucho de cortesana—añadió—; con todos se burla y de todo hace mueca y donaire... Sí, de todos sus favoritos se burla la Gloria.

Dejó de hablar Sancho, juzgando a Dulcinea, o mejor a Aldonza, según sus groseros ojazos, y su amo le contó el cuento de la viuda hermosa, moza, libre y rica que se enamoró del mozo rollizo e idiota. Para lo que le quería... Sí, para el que quiere estrujar idealidad del mundo nada hay en él de bajo ni de grosero, y muy bien puede Aldonza Lorenzo encarnar a Dulcinea.

Pero hay aquí algo más íntimo. Alonso Quijano el Bueno que había recatado en los más recónditos recovecos de su corazón durante doce años aquel amor que fué acaso lo que llevándole a engolfarse en libros de caballería le llevó a hacerse Don Quijote, Alonso Quijano, roto ahora, merced a la locura caballeresca, su vergonzante recato, confiesa a Sancho su amor. ¡A Sancho! Y al confesarlo, lo profana. El muy bellaco del escudero no se percata de lo que se le abre al conocimiento y a la confianza y habla de Aldonza como de una garrida moza cualquiera de lugar. Y entonces Don Quijote, apesadumbrado al ver cuán a lo burdo entendió Sancho sus amores, sin conocer que para todo buen enamorado es su amor único y como no lo ha habido en la tierra antes, le cuenta la sustanciosa historia de la viuda y el idiota, para concluir en lo de por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. ¡Pobre Caballero! y cómo tuviste que callar y sepultar en lo más escondido de tu seno que a no haberte atado la vergüenza del de demasiado amor que se te prendió en el otoño de tus años, para otra cosa que para invocarla por los caminos bajo el nombre de Dulcinea habrías querido a la hermosa hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales! Di ¿no hubieras dado por ella la gloria, esa gloria que por ella ibas a buscar?

Acabado el coloquio, escribió Don Quijote la carta a Dulcinea, aun no sabiendo leer Aldonza Nogales, y la cédula de los tres pollinos que se entregarían a Sancho. ¡Ah, Sancho, Sancho, llevas el más grande de los cometidos, una misiva de amor a Dulcinea, y necesitas llevar con ella una cédula de tres pollinos!

Siguióse nuevo coloquio y en él dijo Don Quijote aquello de: A fe, Sancho, que a lo que parece no estás tú más cuerdo que yo. Cierto es ello, pues le contagiaste, noble Caballero.

Al ir a partir Sancho, desnudóse su amo con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales y luego, sin más ni más, dió dos zapatetas en el aire y dos tumbos la cabeza abajo y los pies en alto descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dió por satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco.