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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 27: CAPÍTULO XXX
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXX

Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas
de mucho gusto y pasatiempo.

Y hubiera callado del todo, si Sancho no lo delata y dice que fué su amo quien dió libertad a aquellos grandísimos bellacos. Había hablado su hombre, el que para él era su mundo. Majadero—dijo a esta sazón Don Quijote—, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías, con todo lo demás que añadió, retando a quien le pareciese mal lo que había hecho, salva la santa dignidad del señor licenciado. Admirable respuesta, y digna corona a las razones que expuso al libertar a los galeotes. Natural era que el cura, como los demás curas con que en el curso de su obra topó el hidalgo, discurriera por lo mundano y terrestre, que al fin los mundanos y terrestres le pagaban para que hiciese de cura, mas a Don Quijote cumplíale sentir por lo divino y celestial. ¡Oh, mi señor Don Quijote, y cuándo llegaremos a ver en cada galeote ante todo y sobre todo un menesteroso, poniendo los ojos en la pena de su maldad y no en otra alguna cosa! Hasta que a la vista del más horrendo crimen no sea la exclamación que nos brote: ¡pobre hermano! por el criminal, es que el cristianismo no nos ha calado más adentro que el pellejo del alma.

Prosiguiendo en sus burlas, a seguida de esto endilgó la princesa Micomicona a Don Quijote la sarta de disparates que había urdido para justificarse. Y dióse el triste caso de creérselas Don Quijote y Sancho, pues siempre el heroísmo es crédulo. Y allí fué el reir de los burladores. Don Quijote renovó sus promesas, mas no aceptó lo de casarse con la princesa, cosa que disgustó a Sancho, y tales cosas dijo éste poniendo a la Micomicona sobre Dulcinea, que su amo no lo pudo sufrir y alzando el lanzón, sin hablarle palabra a Sancho y sin decirle esta boca es mía, le dió tales dos palos, que dió con él en tierra.

Este silencioso castigo, lo único serio entre tan torpes burlas, nos levanta el ánimo, y serias y muy serias fueron las razones con que Don Quijote justificó su castigo, haciendo ver que si no fuese por el valor que infundía Dulcinea en su pecho, no le tendría para matar una pulga, pues no era el valor suyo, sino el de Dulcinea, el que tomando a su brazo por instrumento de sus hazañas, llevaba éstas a feliz término. Y así es en verdad que cuando vencemos es la Gloria la que por nosotros vence. Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella y tengo vida y ser. ¡Heroicas palabras, que debemos llevar grabadas en el corazón! Palabras que son al quijotismo lo que al cristianismo es aquella sentencia de Pablo de Tarso: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo; no ya yo, mas vive Cristo en mí». (Gal. II, 20.)

Y así es siempre en toda obra grande entre los hombres, y es que la tal obra, si ha de ser de veras grande, ha de hacerse en obsequio de hombre; de hombre o de mujer, mejor de mujer que de hombre. El fin del hombre es la humanidad y la humanidad personalizada, hecha individuo, y cuando toma por fin a la naturaleza es humanizándola antes. Dios es el ideal de la humanidad, el hombre proyectado al infinito y eternizado en él. Y así tiene que ser. ¿Por qué habláis de error antropocéntrico? ¿No decís que una esfera infinita tiene el centro en todas partes, en cualquiera de ellas? Para cada uno de nosotros el centro está en sí mismo. Pero no puede obrar si no lo polariza; no puede vivir si no se descentra. Y ¿a dónde ha de descentrarse sino tendiendo a otro como él? El amor de hombre a hombre, de hombre a mujer quiero decir, ha producido las maravillas todas.

Yo vivo y respiro en ella y tengo vida y ser. Al decir esto de tu Dulcinea, mi Don Quijote, ¿no se acordaba tu Alonso el Bueno de aquella Aldonza Lorenzo por la que suspiró doce años sin atreverse a confesarle su inmenso amor? ¡Vivo y respiro en ella! En ella vivió y respiró y tuvo vida y ser tu Alonso el Bueno, el que llevas dentro, metido en tu locura, en ella vivió y respiró doce largos años de cruel atormentadora cordura. Con ella amasó sus recatados ensueños; de su dulce imagen, entrevista tan sólo cuatro veces, bebió sus esperanzas, pues que jamás habría de sazonarse en recuerdos. En ella tuvo vida y ser, una vida oculta y silenciosa, una vida que corría bajo su espíritu como las aguas del Guadiana corren un buen trecho bajo tierra, pero regando allí, en aquellos soterraños, las raíces de las futuras hazañas de su carrera. ¡Oh, mi Alonso el Bueno, vivir y respirar en Aldonza, sin que ella lo sepa ni se de cata de ello, tener la vida y el ser en la dulce imagen que alimenta el alma!

Mas no se dió por vencido el carnal Sancho, sino que insistió en lo de que su amo se casase con la princesa, quedándole libre el amancebarse luego con Dulcinea. ¿Qué has dicho, Sancho, qué has dicho? ¡No sabes cómo atravesando el alma de Don Quijote has llegado a herir la hebra más sensible del corazón de Alonso Quijano! Además, Dulcinea no admite partijas ni aparcerías, y quien la quiera toda entera ha de entregarse todo y entero a ella. Muchos hay que pretenden casarse con la Fortuna y amancebarse con la Gloria, pero así les va, pues aquélla les araña de celos y ésta se burla de ellos, hurtándoseles.

Y siguiendo en su plática amo y escudero, acabó aquél por pedirle perdón de los palos que le diera, sabido que Sancho no vió a Dulcinea tan despacio que hubiera podido notar su hermosura y sus buenas partes punto por punto. Pero así a bulto—añadió—me parece bien. Es la concesión que los Sanchos, cuando se les ha pegado, hacen, mintiendo, en pro de Dulcinea, a la que no han visto ni conocen. Y luego fué Sancho, instado por la princesa, a besar la mano a Don Quijote, pidiéndole perdón, y el generoso hidalgo se lo otorgó, bendiciéndole. ¡Benditos dos palos del lanzón, Sancho amigo, que te han valido ser bendecido por tu amo! De seguro que al recibir el perdón tan redundante, diste por bueno el castigo que hizo lo merecieras.

Apartáronse después amo y escudero a departir de sus cosas, y entonces recobró Sancho su asno, encontrándose lo traía Ginés de Pasamonte, disfrazado de gitano, el cual al ver a Don Quijote y su escudero, puso pies en polvorosa.