CAPÍTULO XXXI
De los sabrosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote
y Sancho Panza su escudero, con otros sucesos.
Y a seguida pasaron aquellos sabrosos razonamientos entre Don Quijote y Sancho acerca del encuentro de éste con Dulcinea. Cuando Sancho dijo haberla encontrado ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa, respondió Don Quijote: Pues haz cuenta que los granos de aquel trigo eran granos de perlas tocados de sus manos, y al decir Sancho que el trigo era rubión, pues yo te aseguro—dijo Don Quijote—que ahechado por sus manos hizo pan candeal, sin duda alguna. Agregó el escudero que al recibir la carta, mandó la ahechadora la pusiese sobre un costal, que no la podía leer hasta que acabara de acribar lo que allí tenía, a lo cual dijo Don Quijote: Discreta señora; eso debió de ser por leella despacio y recrearse en ella. Añadió Sancho que olía Dulcinea a hombruno, y no sería eso—respondió Don Quijote—, sino que tú debías de estar romadizado, o te debiste de oler a ti mismo, porque yo sé bien lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído. Dijo luego Sancho que Dulcinea, no sabiendo leer ni escribir, rasgó y desmenuzó la carta en piezas, por que no se supiese en el lugar sus secretos, bastándole lo oído al escudero sobre las penitencias de su amo, y diciéndole quería ver a éste y se pusiese camino del Toboso. Cuando Sancho respondió a su amo no haberle dado Dulcinea, al despedirle, joya alguna, sino un pedazo de pan y queso por las bardas del corral, es liberal en extremo—dijo Don Quijote—y si no te dió joya de oro, sin duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero buenas son mangas después de pascua; yo la veré y se satisfará todo.
Ruego al lector relea todo este admirable diálogo, por cifrarse en él la íntima esencia del quijotismo en cuanto doctrina del conocimiento. A las mentiras de Sancho fingiendo sucesos según la conformidad de la vida vulgar y aparencial, respondían las altas verdades de la fe de Don Quijote, basadas en vida fundamental y honda.
No es la inteligencia sino la voluntad la que nos hace el mundo, y al viejo aforismo escolástico de nihil volitum quin praecognitum, nada se quiere sin haberlo antes conocido, hay que corregirlo con un nihil cognitum quin praevolitum, nada se conoce sin haberlo antes querido.
Que en este mundo traidor
nada es verdad ni es mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.
como dijo nuestro Campoamor. Lo cual ha de corregirse también diciendo que en este mundo todo es verdad y es mentira todo. Todo es verdad en cuanto alimenta generosos anhelos y pare obras fecundas; todo es mentira mientras ahogue los impulsos nobles y aborte monstruos estériles. Por sus frutos conoceréis a los hombres y a las cosas. Toda creencia que lleve a obras de vida es creencia de verdad, y lo es de mentira la que lleve a obras de muerte. La vida es el criterio de la verdad, y no la concordancia lógica, que lo es sólo de la razón. Si mi fe me lleva a crear o aumentar vida ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando las matemáticas matan, son mentira las matemáticas. Si caminando moribundo de sed ves una visión de eso que llamamos agua y te abalanzas a ella y bebes y aplacándote la sed te resucita, aquella visión lo era verdadera y el agua agua de verdad. Verdad es lo que moviéndonos a obrar de un modo o de otro haría que cubriese nuestro resultado a nuestro propósito.
Uno de esos que se dedican a la llamada filosofía dirá que Don Quijote estableció en esa plática con Sancho la doctrina, ya famosa, de la relatividad del conocimiento. Claro está que todo es relativo, pero ¿no es relativa también la relatividad misma? Y jugando con los conceptos, o no sé si con los vocablos, podría decirse que todo es absoluto, absoluto en sí, relativo en relación a lo demás. En esto, en juego de palabras, cae toda lógica que no se basa en la fe y no busca en la voluntad su último sustento. La lógica de Sancho era una lógica como la escolástica, puramente verbal; partía del supuesto de que todos queremos decir lo mismo cuando expresamos las mismas palabras, y Don Quijote sabía que con las mismas palabras solemos decir cosas opuestas, y con opuestas palabras la misma cosa. Gracias a lo cual podemos conversar y entendernos. Si mi prójimo entendiese por lo que dice lo mismo que entiendo yo, ni sus palabras me enriquecerían el espíritu, ni las mías enriquecerían el suyo. Si mi prójimo es otro yo mismo ¿para qué le quiero? Para yo, me basto y aun me sobro yo.
Los granos de trigo son de rubión o de candeal según las manos que los tocan, y aquellas manos, mi Don Quijote, no han de posarse en las tuyas. Y en lo que el Caballero estuvo profundísimo fué en afirmar que si Dulcinea huele a hombruno a los Sanchos es porque están romadizados y se huelen a sí mismos. Aquellos a quienes el mundo sólo les huele a materia es que se huelen a sí mismos; los que sólo ven pasajeros fenómenos es que se miran a sí mismos y no se ven en lo hondo. No es contemplando el rodar de los astros por el firmamento como te hemos de descubrir, Dios y Señor nuestro que regalaste con la locura a Don Quijote; es contemplando el rodar de los anhelos amorosos por el cimiento de nuestros corazones.
El pan y el queso que por las bardas del corral te dió Dulcinea, se te ha convertido, Sancho amigo, en joya de eternidad. Por ese pan y ese queso vives y vivirás mientras quede en hombres memoria de hombres y aun mucho más allá; por ese pan y ese queso con que tú creías mentir, gozas de verdad duradera. Queriendo mentir, decías la verdad.
Siguieron departiendo amo y escudero y en el curso de la plática volvió Sancho a sus trece de que se casase Don Quijote con la princesa, y por rehusarlo le dijo: y ¡cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos! Para Sancho la locura de su amo cifrábase tan sólo en dejar la fortuna por la Gloria, y así son los Sanchos todos; tienen por cuerdo al loco que con su locura prosperó en bienestar y suerte y estiman loco al cuerdo a quien su cordura le impidió cobrar fortuna. Sancho quería amar y servir a Dios por lo que pudiese; el puro amor no cupo en él.