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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 31: CAPÍTULO XXXV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXXV

Que trata de la brava y descomunal batalla que Don Quijote tuvo
con unos cueros de vino tinto, y se da fin a la novela de El curioso impertinente.

Tras la disputa entre el cura y el ventero y estando leyendo la impertinente novela de El curioso impertinente, ocurrió la triste aventura del acuchillamiento de los pellejos de vino por Don Quijote, en sueños y mientras dormía. Debió Cervantes habernos callado esta aventura, aunque Don Quijote se ensayase en sueños para sus hazañas de despierto. Y menos mal que no fué sino vino lo que se perdió, y así se perdiese todo él, por la falta que hace.

Para poder juzgar con justicia de esta aventura sería menester conocer lo que no conocemos y es qué soñaba entonces Don Quijote. Juzgarla de otro modo sería un juicio como el que habría hecho uno de nuestros petulantes sabios si hubiese oído a Íñigo de Loyola cuando en el hospital de Luis de Antezana, en Alcalá de Henares, hospital «infamado en aquella sazón de andar en él de noche muchos duendes y trasgos», al encontrarse una vez «a boca de noche» con que se estremeció todo el aposento, «se le espeluznaron los cabellos, como que viese alguna espantable y temerosa figura; mas luego tornó en sí, y viendo que no había que temer, hincóse de rodillas y con grande ánimo comenzó a voces a llamar, y como a desafiar a los demonios diciendo—según el P. Rivadeneira, en el capítulo IX del libro V de la Vida nos cuenta—: Si Dios os ha dado algún poder sobre mí, infernales espíritus, heme aquí; ejecutadle en mí, que yo ni quiero resistir ni rehuso cualquiera cosa que por este camino venga; mas si no os ha dado poder ninguno ¿qué sirven, desventurados y condenados espíritus, estos miedos que me ponéis? ¿Para qué andáis espantando con vuestro cocos y vanos temores los ánimos de los niños y hombres medrosos tan vanamente? Bien os entiendo; porque no podéis dañarnos con las obras, nos queréis atemorizar con esas falsas representaciones». Y añade el buen Padre historiador que «con este acto tan valeroso no sólo venció el miedo presente, mas quedó para adelante muy osado contra las opresiones diabólicas y espantos de Satanás».

Al narrar esta aventura de los pellejos el puntualísimo historiador nos descubre un pormenor secreto y es que tenía Don Quijote las piernas no nada limpias. Pudo habérselo callado. Pero en ello nos mostró que al fin el Caballero era de su casta, casta que nunca hizo entrar el aseo entre los deberes caballerescos. Y tan es así, que aunque se nos diga de un caballero español que era limpio, luego se ve que no extrema la virtud de la limpieza. Y así aunque en el capítulo XVIII del libro IV de la Vida del bienaventurado Padre Ignacio de Loyola nos diga de él Rivadeneira que «aunque amaba la pobreza, nunca le agradó la poca limpieza», en el capítulo VII del libro V de la misma nos cuenta que «a un novicio dió penitencia rigurosa porque se lavaba las manos algunas veces con jabón, pareciéndole mucha curiosidad para novicio». Bien es verdad que entre las propiedades en que se distingue el que tiene habilidad perteneciente al arte militar, que era el profesado por Don Quijote y por Loyola, señala el Dr. Huarte, en el capítulo XVI de su ya citado Examen como la tercera de ellas el «ser descuidados del ornamento de su persona; son casi todos desaliñados, sucios, las calzas caídas, llenas de arrugas, la capa mal puesta, amigos del sayo viejo y de nunca mudar el vestido» y da la razón de ello diciendo que «el grande entendimiento y la mucha imaginativa hacen burla de todas las cosas del mundo, porque en ninguna de ellas hallan valor ni sustancia», añadiendo que «solas las contemplaciones divinas les dan gusto y contento, y en éstas ponen la diligencia y cuidado, y desechan las demás».

Verdad es que en tiempo de Don Quijote, Íñigo de Loyola y el Dr. Huarte no se había aún inventado esto de los microbios y de la asepsia y antisepsia, ni andaban las gentes tan embrujadas en pensar que en acabando con esos bichillos acabaríamos o poco menos con la muerte, y que la felicidad depende de la higiene, género de superstición no menos dañoso ni menos ridículo que el de creer y pensar que abrazándose uno a la porquería gana el cielo. Un hombre sucio será siempre algo más que un cerdo limpio, aunque es mejor aún que se limpie el hombre.

Y volviendo a la aventura, hay que notar cómo Sancho, el buen Sancho, creía en el descabezamiento del gigante, y que el vino era sangre y todos reían. Todos reían, la ventera se quejaba por la pérdida de sus cueros, ayudándola Maritornes, y la hija callaba y de cuando en cuando se sonreía. ¡Poético rasgo! ¡La hija, enamorada de los libros de caballerías, se sonreía! ¡Dulce rocío sobre la pasión de risas que padecía Don Quijote! En aquel tormento de risotadas, la sonrisa de la hija del ventero era un hálito de piedad.