CAPÍTULO XLIV
Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta.
Y luego que Maritornes le soltó, temerosa de lo que sucediese, Don Quijote subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su lanza y retó a quien dijese que había sido con justo título encantado. ¡Bravo, mi buen hidalgo!
Procure siempre acertarla
el honrado y principal;
pero si la acierta mal,
defenderla, y no enmendarla
como dice el conde Lozano a Peranzules en Las mocedades del Cid.
Los de a caballo fueron a su asunto, y Don Quijote, que vió que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso de él, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho y saña... Sí, mi pobre Don Quijote, sí; gustamos más de que se rían de nosotros que no de que no nos hagan caso. Comprendo tu despecho y saña. Entre aquel corro de burladores lo peor para ti es que no hiciesen, ni aun de burlas, caso de tus retos ni bravatas.
Poco después de esto trabóse el ventero a puñetazos con dos huéspedes que buscaban escurrírsele sin pagar, y acudieron la ventera y su hija a Don Quijote como más desocupado, para que socorriese al marido y padre, a lo cual respondió muy de espacio y con mucha flema: fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto no diere cima a una en que mi palabra me ha puesto, añadiendo que corriese a decir a su padre entretuviera la batalla mientras él obtenía licencia de la princesa Micomicona. Obtúvola, mas ni aun así puso mano a su espada Don Quijote, al ver que eran gente escuderil. E hizo bien.
Pues qué ¿no hay sino acudir al Caballero cuando se nos antoja y ahora burlarnos de él y colgarle de la mano y querer luego que nos sirva y acorra en nuestros aprietos con aquella misma mano injuriada antes? Está muy bien burlarse del loco, mas luego, cuando lo necesitamos acudimos a él. ¡Desgraciado del héroe que pone su heroísmo al servicio de los que se le vienen delante, y así lo rebaja! Si tu prójimo anda a puñetazos con bellacos como él, déjale y allá se las haya, sobre todo si es porque quieren escurrírsele sin pagar; tu entremetimiento será dañoso. No cuando él crea deber ser socorrido, sino cuando crea yo deber socorrerle. No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita, y soporta luego su ingratitud.
A poco de esto entró en la venta el barbero del yelmo de Mambrino y la tramó con Sancho; llamándole ladrón al ver los aparejos del suyo en el asno de éste, y Sancho se defendió bravamente contentando a su amo, que propuso en su corazón armarle caballero. Mentó el barbero la bacía y entonces se interpuso Don Quijote, y mandó traerla y juró que era yelmo y lo puso a la consideración de los allí presentes. ¡Sublime fe que afirmó en voz alta, bacía en la mano, y a la vista de todos, que era yelmo!