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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 37: CAPÍTULO XLV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XLV

Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de
la albarda, y otras aventuras sucedidas con toda verdad.

¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores—dijo el barbero—, de lo que afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía, sino yelmo? Y quien lo contrario dijere—dijo Don Quijote—le haré yo conocer que miente si fuere caballero, y si escudero que remiente mil veces.

Así, así, mi señor Don Quijote, así; es el valor descarado de afirmar en voz alta y a la vista de todos y de defender con la propia vida la afirmación, lo que crea las verdades todas. Las cosas son tanto más verdaderas cuanto más creídas y no es la inteligencia, sino la voluntad, la que las impone.

Bien hubo de verlo el pobre barbero de quien la bacía fué cuando no era aún yelmo. Primero fué Sancho, cuando Don Quijote dijo juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fué el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna, quien agregó en tímido apoyo de su amo: En eso no hay duda, porque desde que mi señor le ganó hasta ahora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.

¿Baciyelmo? ¿Baciyelmo, Sancho? ¡No hemos de ofenderte creyendo que esto de llamarle baciyelmo fué una de tus socarronerías, no!; es la marcha de tu fe. No podías pasar de lo que tus ojos te enseñaban, mostrándote como bacía la prenda de la disputa, a lo que la fe en tu amo te enseñaba, mostrándotela como yelmo, sin agarrarte a eso del baciyelmo. En esto sois muchos los Sanchos, y habéis inventado lo de que en el medio está la virtud. No, amigo Sancho, no; no hay baciyelmos que valgan. Es yelmo o es bacía según quien de él se sirva, o mejor dicho es bacía y es yelmo a la vez porque hace a los dos trances. Sin quitarle ni añadirle nada puede y debe ser yelmo y bacía, todo él yelmo y toda ella bacía; pero lo que no puede ni debe ser, por mucho que se le quite o se le añada, es baciyelmo.

Más resueltos encontró el barbero de la bacía al otro barbero maese Nicolás, y a Don Fernando, el de Dorotea, y al cura y a Cardenio y al oidor, que con grande asombro de otros de los presentes lo diputaron por yelmo. Como burla pesada quiso tomarlo uno de los cuatro cuadrilleros allí presentes, incomodóse, trató de borrachos a los que afirmaban lo contrario, lanzóle un mentís Don Quijote y fuese sobre él y armóse la de San Quintín, dándose de golpes los unos a los otros. Y fué Don Quijote quien con sus voces, y recordando la discordia del campo de Agramante, apaciguó el cotarro.

¿Qué? ¿Os extraña la general pendencia por si era la bacía bacía o si era yelmo? Otras más entreveradas y más furiosas se han armado en el mundo por otras bacías y no de Mambrino. Por si el pan es pan y el vino vino, y por cosas parecidas. En torno a Caballeros de la fe se arredilan carneros humanos, y por llevarles el humor o por cualquier otra cosa sostienen que la bacía es yelmo, como aquellos dicen, y se vienen a las manos por sostenerlo, y es lo fuerte del caso que los más de cuantos pelean sosteniendo que es yelmo, tienen para sí que es bacía. El heroísmo de Don Quijote se comunicó a sus burladores, quedaron quijotizados a su pesar, y Don Fernando medía con sus pies a un cuadrillero por haber éste osado sostener que la bacía no era yelmo, sino bacía. ¡Heroico Don Fernando!

Ved, pues, a los burladores de Don Quijote burlados por él, quijotizados a su despecho mismo, y metidos en pendencia y luchando a brazo partido por defender la fe del Caballero, aun sin compartirla. Seguro estoy, aunque Cervantes no nos lo cuenta, seguro estoy de que después de la tunda dada y recibida, empezaron los partidarios del Caballero, los quijotanos o yelmistas, a dudar de que la bacía lo fuera y a empezar a creer que fuese el yelmo de Mambrino, pues con sus costillas habían sostenido tal credo. Cumple afirmar aquí una vez más que son los mártires los que hacen la fe más bien que la fe a los mártires.

En pocas aventuras se nos aparece Don Quijote más grande que en esta en que impone su fe a los que se burlan de ella, y los lleva a defenderla a puñetazos y a coces y a sufrir por ella.

¿Y a qué se debió ello? No a otra cosa si no a su valor de afirmar delante de todos que aquella bacía, que como tal la veía él, lo mismo que los demás, con los ojos de la cara, era el yelmo de Mambrino, pues le hacía oficio de semejante yelmo.

No le faltó «esse descarado heroismo d'affirmar, que, batendo na terra com pé forte, ou pallidamente elevando os olhos ao Ceo cria a traves da universal illusão Sciencias e Religiões» como dice Eça de Queiroz al final de su A Reliquia.

Es el valor de más quilates, el que afronta no daño del cuerpo, ni mengua de la fortuna ni menoscabo de la honra, sino el que le tomen a uno por loco o por sandio.

Este valor es el que necesitamos en España, y cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por falta de él no somos fuertes ni ricos ni cultos; por falta de él no hay canales de riego ni pantanos, ni buenas cosechas; por falta de él no llueve más sobre nuestros secos campos, resquebrajados de sed, o cae a chaparrones el agua arrastrando el mantillo y arrasando a las veces las viviendas.

Que ¿también esto os parece paradoja? Id por esos campos y proponed a un labrador una mejora de cultivo o la introducción de una nueva planta o una novedad agrícola y os dirá: «Eso no pinta aquí». «¿Lo habéis probado?», preguntaréis, y se limitará a repetiros: «Eso no pinta aquí». Y no sabe si pinta o no pinta, porque no lo ha probado, ni lo ensayará nunca. Lo probaría estando de antemano seguro del buen éxito, pero ante la perspectiva de un fracaso y tras él la burla y chacota de sus convecinos, tal vez el que le tengan por loco o por iluso o por mentecato, ante esto se arredra y no ensaya. Y luego se sorprende del triunfo de los valientes, de los que arrostran motajos, de los que no se atienen al «en donde fueres haz lo que vieres» y el «¿adónde vas, Vicente?, ¡adonde va la gente!», de los que se sacuden del instinto rebañego.

Hubo en esta provincia de Salamanca un hombre singular, que surgido de la mayor indigencia amasó unos cuantos millones. Estos charros del rebaño no se explicaban tal fortuna sino suponiendo que había robado en sus mocedades, porque estos desgraciados, tupidos de sentido común y enteramente faltos de valor moral, no creen sino en el robo y en la lotería. Mas un día me contaron una proeza quijotesca de ese ganadero, el Mosco. Y fué que trajo de las costas del Cantábrico hueva de besugo para echarla en una charca de una de sus fincas. Y al oirlo me lo expliqué todo. El que tiene valor de arrostrar la rechifla que ha de atraerle forzosamente el traer hueva de besugo para echarla en una charca de Castilla, el que hace esto, merece la fortuna.

¿Que es ello absurdo?—decís. ¿Y quién sabe qué es lo absurdo? ¡Y aunque lo fuera! Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible. No hay mas que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura. Y sobre todo no hay más que un modo de triunfar de veras: arrostrar el ridículo. Y por no tener valor para arrostrarlo tiene esta gente su agricultura en la postración en que yace.

Sí, todo nuestro mal es la cobardía moral, la falta de arranque para afirmar cada uno su verdad, su fe, y defenderla. La mentira envuelve y agarrota las almas de esta casta de borregos modorros, estúpidos por opilación de sensatez.

Se proclama que hay principios indiscutibles y cuando se trata de ponerlos en tela de juicio, no falta quien ponga el grito en el cielo. No ha mucho pedí que se pidiera la derogación de ciertos artículos de nuestra ley de Instrucción Pública, y una mazorca de mandrias se pusieron a berrear que era inoportuno e impertinente, y otras palabrotas más fuertes y más groseras. ¡Inoportuno! Estoy harto de oir llamar inoportunas a las cosas mis oportunas, a todo lo que corta la digestión de los hartos y enfurece a los tontos. ¿Qué se teme? ¿Que se trabe pendencia y se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Es lo que necesitamos.

Sí, es lo que necesitamos: una nueva guerra civil. Es menester afirmar que deben ser y son yelmos las bacías y que se arme sobre ello pendencia como la que se armó en la venta. Una nueva guerra civil, con unas o con otras armas. ¿No oís a esos desgraciados de corazón engurruñido y seco que dicen y repiten que estas o las otras disputas a nada práctico conducen? ¿Qué entienden por práctica esas pobres gentes? ¿No oís a los que repiten que hay discusiones que deben evitarse?

No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas; que lo primero es hacerse fuertes y ricos. Y los muy mandrias no ven que por no resolver nuestro íntimo negocio, no somos ni seremos fuertes ni ricos. Lo repito, nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día para nuestro espíritu.

¿No oís a ese burro grave que abre la boca y dice: «¡eso no puede decirse aquí!»? ¿No oís hablar de paz, de una paz más mortal que la muerte misma, a todos los miserables que viven presos de la mentira? ¿No os dice nada ese terrible artículo, padrón de ignominia para nuestro pueblo, que figura en los reglamentos de casi todas las sociedades de recreo de España y que dice: «se prohibe discusiones políticas y religiosas»?

¡Paz! ¡paz! ¡paz! Croan a coro todas las ranas y los renacuajos todos de nuestro charco.

¡Paz! ¡paz! ¡paz! Sí, sea, paz, pero sobre el triunfo de la sinceridad, sobre la derrota de la mentira. Paz, pero no una paz de compromiso, no un miserable convenio como el que negocian los políticos, sino paz de comprensión. Paz, sí, pero después que los cuadrilleros reconozcan a Don Quijote su derecho a afirmar que la bacía es yelmo; mas aún, después que los cuadrilleros confiesen y afirmen que en manos de Don Quijote es yelmo la bacía. Y esos desdichados que gritan «¡paz! ¡paz!» se atreven a tomar en labios el nombre del Cristo. Y olvidan que el Cristo dijo que él no venía a traer paz, sino guerra, y que por él estarían divididos los de cada casa, los padres contra los hijos, los hermanos contra los hermanos. Y por él, por el Cristo, para establecer su reinado, el reinado social de Jesús—que es todo lo contrario de lo que llaman los jesuítas el reinado social de Jesucristo—, el reinado de la sinceridad y de la verdad y del amor y de la paz verdaderas; para establecer el reinado de Jesús tiene que haber guerra.

¡Raza de víboras la de esos que piden paz! Piden paz para poder morder y roer y emponzoñar más a sus anchas. De ellos dijo el Maestro que «ensanchan sus filacterias y estienden los flecos de sus mantos» (Mar. XXIII, 5). ¿Sabéis qué es esto? Eran las filacterias unas cajitas que contenían pasajes de la Escritura y que llevaban los judíos en la cabeza y el brazo izquierdo en ciertas ocasiones. Eran como esos amuletos que se cuelga del cuello de los niños para preservarles de no sé qué mal y consisten en unas bolsitas, bordadas muy cucamente, con lentejuelas, por alguna monja que, bordándolas, mató el aburrimiento, y dentro de las cuales bolsas se mete unos papelitos en que van impresos pasajes del Evangelio, de ese Evangelio que jamás habrá de leer el niño que lleva al cuello el amuleto, y en latín dichos pasajes, para mayor claridad. Eso eran las filacterias, y llevaban además los fariseos en los flecos o randas de los mantos pasajes también de las Escrituras. Era como eso que hoy llevan muchos sobre la solapa de la levita o de la chaqueta: un corazón pintado en un disco de seco y duro barro. Y estos del amuleto, de la filacteria moderna, estos y sus congéneres son los que osan hablar de paz y de oportunidad y de pertinencia. No, ellos mismos nos han enseñado la fórmula: no caben nefandos contubernios entre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Y ellos, los cobardes servidores de la mentira, son los hijos de las tinieblas, y nosotros, los fieles de Don Quijote, somos los hijos de la luz.

Y volviendo a la historia vemos que se sosegaron todos, pero uno de los cuadrilleros empezó a examinar a Don Quijote, contra quien llevaba mandamiento de prisión por haber libertado a los galeotes y asióle del cuello y pidió ayuda a la Santa Hermandad, pero revolvióse el Caballero contra él y por poco lo ahoga. Separáronlos, pero los cuadrilleros pedían su presa, aquel robador y salteador de sendas y de carreras.

Reíase de oir decir estas razones Don Quijote, reíase y hacía bien en reirse, él, de quien los otros se reían; reíase con risa heroica y caballeresca, no burlona, y con mucho sosiego los reprendió por llamar saltear caminos a acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos. Y allí, arrogante y noble, invocó su fuero de caballero andante, cuya ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad.

¡Bravo, mi señor Don Quijote, bravo! La ley no se hizo para ti ni para nosotros tus creyentes; nuestras premáticas son nuestra voluntad. Dijiste bien; tenías bríos para dar tú solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se te pusieran delante, o por lo menos para intentarlo, que en el intento está el valor.