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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 39: CAPÍTULO XLVII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XLVII

Del extraño modo con que fué encantado Don Quijote de la Mancha,
con otros famosos sucesos.

¡Encerrado en una jaula de madera tirada en carro de bueyes! Muchas y muy graves historias de caballeros andantes había leído Don Quijote, pero jamás vió ni oyó que les llevasen de tal manera a los caballeros andantes, sino siempre por los aires con extraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube o en algún carro de fuego. Pero es que la caballería y los encantos de su tiempo seguían otro camino distinto del seguido por los antiguos, y así cumplía para que se consumase la burlesca pasión de nuestro Caballero.

El mundo obliga a los caballeros a ir encerrados en jaula y a paso de buey. Y aun finge que llora al verlos ir así, como lo fingieron la ventera, su hija y Maritornes. Y emprendió su camino la carreta, entre los cuadrilleros, llevando Sancho de la rienda a Rocinante. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies y arrimado a las verjas con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne... Y claro que no lo era, sino hombre de espíritu. Admiremos una vez más a Don Quijote en esta aventura, en su silencio y en su paciencia.

Y no paró aquí su pasión, sino que yendo así hubo de topar con un canónigo, hombre de sobrado sentido común. Y a las primeras de cambio, enterándole Don Quijote de quién era, le mostró ingenuamente el fondo de su heroísmo, al decirle que era caballero andante, pero no de los olvidados de la fama, sino de aquellos que ha de poner ésta su nombre en el templo de la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y dechado de loa venideros siglos.

¡Oh, mi heroico Caballero, que encerrado en jaula y a paso de bueyes llevado, aún crees, y crees bien, que tu nombre será puesto para los venideros siglos en el templo de la inmortalidad! Se admiró el canónigo al oir a Don Quijote y aún más de oir al cura confirmar lo dicho por él, cuando vele aquí que Sancho metió su malicioso juicio, dudando fuese encantado su amo, pues comía, bebía, hablaba y hacía sus necesidades, y encarándose con el cura le echó en rostro la su envidia.

Acertaste, fiel escudero, acertaste; la envidia y sólo la envidia enjauló a tu amo, la envidia disfrazada de caridad, la envidia de los hombres cuerdos que no pueden sufrir locura heroica, la envidia que ha erigido al sentido común en tirano nivelador. Esclavos de él eran el canónigo y el cura ¡es natural! y se pusieron a departir aparte, ensartando el primero un sin fin de ramplonadas y oquedades a cuenta de literatura.

¡Y cuán profundamente castellana fué aquella plática entre canónigo y cura! En el contacto y trato de estos espíritus alcornoqueños, lejos de gastárseles el corcho de que están recubiertos, se les acrecienta, como con el roce crece, en vez de menguar, el callo. ¡Qué alegría hubieron de sentir al encontrarse tan razonables el uno para el otro! Está visto que esta casta sólo llega a lo eterno humano, a lo divino más bien, o cuando rompe gracias a la locura la corteza que le aprisiona el alma, o cuando con la simplicidad lugareña le rezuma el alma de ella. No le falta inteligencia; sino le falta espíritu. Es brutalmente sensata, y el supuesto espiritualismo cristiano que dice profesar no es, en el fondo, sino el más crudo materialismo que puede concebirse. No le basta sentir a Dios, quiere que le demuestren matemáticamente su existencia, y aún más, necesita tragárselo.