CAPÍTULO XLVIII
Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías,
con otras cosas dignas de su ingenio.
Mientras cura y canónigo se satisfacían con vulgaridades, llegóse Sancho a su amo y le reveló lo de ir allí el cura y el barbero del lugar replicándole Don Quijote que bien podrían parecerle ellos mismos, pero no por eso debía creer que lo fuesen realmente, sino cosa de encantamiento para dar ocasión al pobre escudero a ponerse en un laberinto de imaginaciones. Y así es en verdad, que ni los curas ni los barberos son lo que parecen, sino figuras de encantamiento para meternos en un laberinto de imaginaciones. Y agregó el Caballero: yo me veo enjaulado y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes a enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamiento excede a cuantas yo he leído?
¡Oh fe robusta y maravillosa! No hay, en efecto, fuerza humana que pueda esclavizar y enjaular de veras a otro hombre, pues cargado de grilletes y esposas y cadenas será siempre libre el libre, y si alguien se ve sin movimiento, es que se halla encantado. Habláis de libertad y buscáis la de fuera; pedís libertad de pensamiento en vez de ejercitaros en pensar. Desea con ansia volar, aunque llevado en el encierro de una jaula y a paso de buey, y tu deseo hará que te broten alas, y la jaula se te ensanchará convirtiéndosete en Universo y volarás por su firmamento. Todo contratiempo que te ocurra ten por seguro que proviene de encantamientos, pues no hay hombre capaz de enjaular a hombre.
Pero Sancho no cejaba en su propósito para probarle a su amo que no iba encantado, como creía, le preguntó si le había venido gana de hacer lo que no se excusa, a lo que respondió Don Quijote: Ya, ya te entiendo, Sancho; y muchas veces, y aun ahora la tengo; sácame deste peligro, que no anda todo limpio.