CAPÍTULO XLIX
Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con
su señor Don Quijote.
Y entonces Sancho, triunfante, exclamó: ¡cogido le tengo!, queriendo por ello probarle que no iba en verdad, como en verdad iba, encantado. A lo que respondió el Caballero: Verdad dices, Sancho, pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamientos.
Claro está, tantas como personas. Y de que sea uno esclavo de su cuerpo, jaula estrecha y pobre y más a paso de buey llevada que aquélla en donde iba encantado nuestro hidalgo, de que sea uno esclavo de su cuerpo no se ha de sacar que no es toda la vida de este bajo mundo sino puro encantamiento. Así discurren los Sanchos materialistas, que deducen no hay sino lo aparencial y lo que se ve y se toca y se huele de que tengamos todos, héroes y no héroes, que hacer aguas menores y mayores. La necesidad de tener que hacer lo que no se excusa es el argumento Aquiles del sanchopancismo filosófico, disfrácese como se disfrazare. Pero bien, dijo Don Quijote: yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia. ¡Admirable respuesta que pone la seguridad de la conciencia por encima de los engaños de los sentidos! ¡Admirable respuesta que opone a las necesidades de limpiarse el cuerpo la necesidad de asegurarse la conciencia! Rara vez se ha dado una más robusta fórmula de la fe. Lo que basta para la seguridad de la conciencia eso es la verdad y sólo eso. La verdad no es relación lógica del mundo aparencial a la razón, aparencial también, sino que es penetración íntima del mundo sustancial en la conciencia, sustancial también.
Sacáronle a Don Quijote de la jaula para que hiciese lo que no se excusa, y limpio ya su cuerpo, pasó por otra más dura prueba y fué tener que oir las hueras sensateces del canónigo, empeñado en demostrarle que ni iba encantado ni había caballeros andantes en el mundo. Y a ello respondió muy bien Don Quijote que si no era cierto lo de Amadís y Fierabrás, no lo sería más lo de Héctor y los Doce Pares y Roldán y el Cid. Y así es, como ya he dicho, pues hoy ¿hay más realidad en el Cid que en Amadís o en Don Quijote mismo? Mas el canónigo, hombre de dura cerviz y tupido de bastísimo sentido común, se salió, como todos los ergotistas más o menos canónigos, con simplezas como la de no haber duda de que hubo Cid, ni menos Bernardo del Carpio, pero sí de que hicieran las hazañas que de ellos se cuenta. Era, al parecer, el tal canónigo uno de esos pobres hombres que manejan la crítica o cedazo y se ponen a puntualizar, papelotes en mano, si tal cosa fué o no como se cuenta, sin advertir que lo pasado no es ya y que sólo existe de verdad lo que obra, y que una de esas llamadas leyendas cuando mueve a obrar a los hombres, encendiéndoles los corazones, o les consuela de la vida, es mil veces más real que el relato de cualquier acta que se pudra en un archivo.