WeRead Powered by ReaderPub
Vida de Don Quijote y Sancho cover

Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 42: CAPÍTULO L
Open in WeRead

About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO L

De las discretas altercaciones que Don Quijote y el canónigo
tuvieron, con otros sucesos.

¿Que no son ciertos los libros de caballerías? Léalos y verá el gusto que recibe de su leyenda—retrucó triunfadoramente Don Quijote. ¡Válgame Dios, y que no comprendiese el canónigo la fuerza incontrastable de este argumento, cuando había tantas otras cosas tenidas por él como las más verdaderas de todas, más verdaderas aún que las percibidas por el sentido, y cosas cuya verdad se saca del consuelo y provecho que se recibe de ellas y de que bastan para la seguridad de la conciencia! Que todo un canónigo de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana no comprendiese cómo el consuelo, por ser consuelo, ha de ser verdad, y no que hayamos de buscar en la verdad lógica consuelo. ¡Oh, y si aplicándolo a los libros de caballería celestial o de ultratumba, le hubiesen retrucado al canónigo el argumento! ¿Qué habría dicho entonces? ¿Si los argumentos que él enderezaba contra la locura caballeresca, se los hubiesen rebotado enderezados contra la locura de la cruz? Don Quijote esgrimió el tan socorrido argumento del consentimiento de las gentes, ¿por qué no había de tener valor en su boca? Y sobre todo de mí sé decir—añadió—que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, sufridor de trabajos... ¡Suprema razón! Suprema razón que no podía rechazar el canónigo, pues sabía bien que de haber hecho a los hombres humildes, mansos, caritativos y prontos a sufrir hasta la muerte, se deduce la verdad de las leyendas que los hacen tales. Y si no los hacen así, entonces son mentira y no verdad las leyendas.

Pero ¡con qué canónigos se topa uno, Dios mío, por esos andurriales de la vida! A este con que topó Don Quijote y que era la sesudez en pasta, ¿no podría habérsele desentrañado un añico siquiera de locura? Es muy de dudarlo; el seso le había carcomido las entrañas. Estos hombres tan razonables no suelen tener sino razón; piensan con la cabeza tan sólo, cuando debe pensarse con todo el cuerpo y con el alma toda.

No consiguió el canónigo convencer a Don Quijote, ni era posible le convenciese. ¿Y por qué? Por la razón misma que decía Teresa de Jesús (Vida, XVI, 5) que no logran los predicadores que dejen los pecadores sus vicios públicos: «porque tienen mucho seso los que los predican» y «no están sin él con el gran fuego del amor de Dios como lo estaban los apóstoles y ansí calienta poco esta llama». Y así Don Quijote había movido a sus burladores a que sostuvieran y defendieran a costa de sus costillas que la bacía no era bacía sino yelmo, y el sesudo canónigo no logró convencerle a él de que no hubiese habido caballeros andantes en el mundo, porque Don Quijote con el gran fuego del amor de Dulcinea, encendido y atizado secretamente por aquellas cuatro furtivas vistas de Aldonza en doce largos años de pensar, estaba sin seso y calentaba su llama a cuantos de buena fe se le acercaban. No hay sino ver a Sancho, que gracias a ello sintió que hasta conocer a su amo había vivido, aun sin saberlo, en arrecidísima vida.