SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
De lo que el cura y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de su enfermedad.
Cuando llevaba muy sosegado Don Quijote un mes ya en su casa, nutriéndose de cosas confortativas para el corazón y el cerebro, creyéronle los suyos curado de su heroísmo caballeresco. Fueron a tentarle y probarle y entonces ocurrió entre él y el cura y el barbero la plática aquella que nos ha conservado Cervantes y lo de ¡caballero andante he de morir! que dijo Don Quijote a su sobrina. Y a seguida el cuento del loco de Sevilla, por el barbero, y la melancólica respuesta del hidalgo: Ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo, y todo lo que a esto se sigue.
En cierto tiempo en que yo corría una revuelta galerna íntima del espíritu, recibí una carta de un amigo en que a vueltas de mil elogios para dorar la píldora me daba a entender que me tenía por loco, pues me desasosegaban cuidados que a él nunca le quitaron el sueño. Y al leerlo me dije: ¡Válgame Dios y cómo confunden las gentes la locura con la mentecatería, pues este mi pobre amigo por creerme loco me juzga tan ciego que no he de ver por tela de cedazo; ¡me tiene por tonto que no he de entenderle! Pero me consolé pronto de la amistad de mi amigo. ¿No ves que ese tan solícito amigo te toma por loco al colmarte de atenciones?