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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 48: CAPÍTULO VI
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO VI

De lo que pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama; y es
uno de los importantes capítulos de toda la historia.

¡Y tan importante como es! Pues mientras Sancho altercaba con su mujer, disputaban con Don Quijote su ama y su sobrina, caseros estorbos de su heroísmo.

Y hubo de oir el buen caballero que una rapaza como su sobrina, que apenas si sabía menear doce palillos de randas, se atreviera a negar que haya habido caballeros andantes en el mundo. Triste cosa es venir a oir en la propia casa y de labios de una rapazuela, que las repite de coro, las simplezas del vulgo.

¡Y pensar que esta rapaza de Antonia Quijana es la que domeña y lleva hoy a los hombres en España! Sí, es esta atrevida rapaza, esta gallinita de corral, alicorta y picoteadora, es ésta la que apaga todo heroísmo naciente. Es la que decía a su señor tío aquello de y que con todo esto dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente siendo viejo, que tiene fuerzas estando enfermo, y que endereza tuertos estando por la edad agobiado, y sobre todo que es caballero no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres. Y hasta el esforzado Caballero de la Fe, vencido por la modesta entereza de aquella humilde rapazuela, se ablandó a contestarla: Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices.

Y si tú mismo, denodado Don Quijote, te dejaste convencer, aunque sólo fuese de palabra y pasajeramente, por aquella gatita casera ¿qué mucho el que se rindan a su sabiduría de cocina los que la buscan para perpetuar en ella su linaje? Ella, la muy simplona, no comprende que pueda un viejo ser valiente y tener fuerzas un enfermo y enderezar tuertos el agobiado por la edad, y sobre todo no comprende que pueda un pobre ser caballero. Y aunque simplona y casera y de tan corto alcance de corazón como de cabeza, si se atreve contigo, su tío, ¿no se ha de atrever con los que la solicitan para novia o la poseen como maridos? Le han enseñado que el matrimonio se instituyó «para casar, dar gracia a los casados y criar hijos para el cielo» y de tal modo lo entiende y lo practica, que aparta a su marido de que nos conquiste ese cielo mismo para el que ha de criar sus hijos.

Hay un sentido común y junto a él un sentimiento común también; junto a la ramplonería de la cabeza nos embarga y embota la ramplonería del corazón. Y de esta ramplonería eres tú, Antonia Quijana, lectora mía, la guardiana y celadora. La alimentas en tu corazoncito mientras espumas la olla de tu tío o mientras meneas los palillos de randas. ¿Correr tu marido tras de la gloria? ¿La gloria? Y eso ¿con qué se come? El laurel es bueno para asaborar las patatas cocidas, es un excelente condimento de la cocina casera. Y tienes de él bastante con el que coges en la iglesia el Domingo de Ramos. Además, sientes unos furiosos celos de Dulcinea.

No sé si caerán bajo los lindos ojos de alguna Antonia Quijana estos mis comentarios a la vida de su señor tío; hasta lo dudo, porque nuestras sobrinas de Don Quijote no gustan de leer cosa para la que tenga que fruncir la atención y rumiar algo lo leído; les basta noveluchas de diálogo muy cortado o de argumento que suspenda el ánimo por lo terrible, o ya libricos devotos tupidos de superlativos acaramelados y de desaboridas jaculatorias. Además presumo que los directores de vuestros espirituelos os prevendrían contra mis peligrosos extravíos de pluma si vuestra propia insustancialidad no os sirviera de fortísimo escudo. Estoy, pues, casi seguro de que no hojearéis con vuestras ociosas manos, hechas a menear palillos de randas, estas empecatadas páginas, pero si por un azar os cayesen bajo la mirada, os digo que no espero surja de entre vosotras ni una nueva Dulcinea que lance a un nuevo Don Quijote a la conquista de la fama, ni otra Teresa de Jesús, dama andante del amor que de tan hondamente humano se sale de lo humano todo. Ni encenderéis un amor como el que Aldonza Lorenzo, sin de ello percatarse, encendió en el corazón de Alonso el Bueno, ni lo encenderéis en el vuestro como aquel amor de Teresa para Jesús que hizo le atravesase el corazón un serafín con un dardo.

También ella, Teresa, así como Alonso Quijano anduvo doce años enamorado de Aldonza, así tuvo ella trato con quien por vía de casamiento le pareció podía acabar en bien, y aquel con quien confesaba le dijo que no iba contra Dios (Vida, cap. II), pero comprendió el premio que da el Señor a los que todo lo dejan por él y que el hombre no aplaca la sed de amor infinito y aquellos libros de caballerías a que fué aficionada le llevaron, a través de lo terreno del amor, al amor sustancial, y anheló gloria eterna y engolfarse en Jesús, ideal de hombre. Y dió en heroica locura y llegó a decir a su confesor: «suplico a vuestra merced seamos todos locos, por amor de quien por nosotros se lo llamaron» (Vida, cap. XVI). Pero ¿tú, mi Antonia Quijana, tú? Tú no enloqueces ni en lo humano ni en lo divino; tendrás poco seso tal vez, pero por poco que sea te llena y tupe la cabecita toda, que es más pequeña aún que él y no te queda en ella sitio para el cogüelmo del corazón.

Tienes muy buen sentido, discreta Antonia, sabes contar los garbanzos y remendar los calzones a tu marido, sabes cuidar la olla de tu tío y menear los palillos de randas, y para pasto de lo supremo de tu espíritu tienes tus funciones de celadora de este o del otro coro y la obligación de recitar a tal hora del día estas o las otras untuosas palabras que te dan por escrito. No dijo para ti Teresa lo de «no haga caso del entendimiento, que es un moledor» (Vida, cap. XV), porque te da poca molienda tu entendimientecillo enroderado por tu director de espíritu y menoscabado y engurruñido desde que te lo descubrieron. Ese tu espíritu, tu almita que acaso fué soñadora otraño, te la alicortaron y encanijaron en un terrible potro; te la han brezado desde que lanzó su primer medroso vagido, te la han brezado con el viejo estribillo de

duerme niño chiquito
que viene el Coco
a llevarse a los niños
que duermen poco
,

te la han brezado con la gangosa canción con que tú misma, mi pobre Antonia, brezas a tus hijos, cuando eres madre, para que se duerman. Y mira, Antonia, no hagas por un momento caso alguno de los que te quieren gallinita de corral, no les hagas caso y medita en ese plañidero estribillo con que aduermes a tus hijos. Medita en eso de que venga el Coco y se lleve a los niños que duermen poco; medita, mi querida Antonia, en eso de que sea el mucho dormir lo que haya de librarnos de las garras del Coco. Mira, mi Antonia, que el Coco viene y se lleva y se traga a los dormidos, no a los despiertos.

Y ahora, si por un momento logré distraerte de tus faenas y quehaceres, de las que llaman labores de tu sexo, perdónamelo o no me lo perdones. Yo soy quien no me perdonaría nunca el no haberte dicho que sólo te queremos de veras, te queremos mujer fuerte, los que te hablamos recio y duro, no los que te amarran, como ídolo, a un altar y te tienen allí presa atufándote con el incienso de fáciles requiebros, ni los que te aduermen el espíritu brezándotelo con ñoñas canciones de una piedad de alfeñique.

Y tú, mi Don Quijote, triste cosa es que cuando te retraes a tu casa, al amor de tu hogar, como a castillo roquero que te mantenga lejos de las flechas envenenadas del mundo, y no te deje oir las voces de los que hablan por no callarse, triste cosa es que te muelan entonces todavía los oídos con ecos de esas mismas voces importunas. Triste cosa es que en vez de ser tu hogar expansión de tu espíritu y ámbito que de él te hizo, sea trasunto de lo de fuera. No te habría dicho eso Aldonza, de seguro, no te lo habría dicho.