CAPÍTULO II
Que trata de la primera salida que de su tierra hizo Don Quijote.
Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana antes del día se armó de todas sus armas, subió sobre su Rocinante... y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Así, solo, sin ser visto, por puerta falsa de corral, como quien va a hacer algo vedado, se echó al mundo. ¡Singular ejemplo de humildad! El caso es que por cualquier puerta se sale al mundo, y cuando uno se apresta a una hazaña no debe pararse en por qué puerta ha de salir.
Mas pronto cayó en la cuenta de que no era armado caballero, y él, sumiso a la tradición siempre, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase. Porque no iba al mundo a derogar ley alguna, sino a hacer que se cumplieran las de la caballerosidad y la justicia.
¿No os recuerda esta salida la de aquel otro caballero, de la Milicia de Cristo, Íñigo de Loyola, que después de haber procurado en sus mocedades «de aventajarse sobre todos sus iguales y de alcanzar fama de hombre valeroso, y honra y gloria militar», y aun en los comienzos de su conversión, cuando se disponía a ir a Italia, siendo «muy atormentado de la tentación de la vanagloria», y habiendo sido, antes de convertirse, «muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías», cuando después de herido en Pamplona leyó la vida de Cristo, y las de los Santos, comenzó a «trocársele el corazón y a querer imitar y obrar lo que leía»? Y así, una mañana, sin hacer caso de los consejos de sus hermanos, «púsose en camino acompañado de dos criados» y emprendió su vida de aventuras en Cristo, poniendo en un principio «todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas... y esto no por otra razón sino porque los Santos que él había tomado por su dechado y ejemplo, habían echado por este camino». Así nos lo cuenta el P. Pedro de Rivadeneira en los capítulos I, III y X del libro I de su Vida del bienaventurado Padre Ignacio de Loyola, obra que apareció en romance castellano el año 1583, y era una de las que figuraban en la librería de Don Quijote, que la leyó, y una de las que en el escrutinio que de la tal librería hicieron el cura y el barbero, fué indebidamente al fuego del corral, por no haber ellos reparado en ella, que a haberla descubierto habríala el cura respetado y puesto sobre su cabeza. Y de que no reparó en ella, es buena prueba el que Cervantes no la cita.
Resuelto Don Quijote a hacerse armar caballero del primero que topase, se quietó y prosiguió su camino sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras. Y creyendo muy bien al creer así. Su heroico espíritu igual habría de ejercerse en una que otra aventura; en la que Dios tuviese a bien depararle. Como Cristo Jesús, de quien fué siempre Don Quijote un fiel discípulo, estaba a lo que la aventura de los caminos le trajese. El divino Maestro, yendo a despertar de su mortal sueño a la hija de Jairo, se detuvo con la mujer de la hemorragia. Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud.
Se dejaba llevar de su caballo el caballero, al azar de los senderos de la vida. ¿Qué menos daba esto si era siempre la misma y siempre fija su alma heroica? Salía al mundo a enderezar los entuertos que al encuentro le salieran, mas sin plan previo, sin programa alguno reformatorio. No salía a él a aplicar ordenamientos de antemano trazados, sino a vivir conforme a como los caballeros andantes habían vivido; su dechado eran vidas creadas y narradas por el arte, no sistemas armados y explicados por ciencia alguna. A lo que conviene añadir, además, que por aquel entonces no había aún esta cosa que llamamos ahora sociología por llamarla de algún modo.
Y conviene veamos también en esto de dejarse llevar del caballo uno de los actos de más profunda humildad y obediencia a los designios de Dios. No escojía, como soberbio, las aventuras, ni iba a hacer esto o lo otro, sino lo que el azar de los caminos le deparase, y como el instinto de las bestias depende de la voluntad divina más directamente que nuestro libre albedrío, de su caballo se dejaba guiar. También Íñigo de Loyola, en famosa aventura, de que hablaremos, se dejó guiar de la inspiración de su cabalgadura.
Esto de la obediencia de Don Quijote a los designios de Dios es una de las cosas que más debemos observar y admirar en su vida. Su obediencia fué de la perfecta, de la que es ciega, pues jamás se le ocurrió pararse a pensar si era o no acomodada a él la aventura que se le presentase; se dejó llevar, como, según Loyola, debe dejarse llevar el perfecto obediente, como un báculo en mano de un viejo, o «como un pequeño crucifijo que se deja volver de una parte a otra sin dificultad alguna».
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo: ¿quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos... y todo lo demás que, según nos cuenta Cervantes, iba diciéndose Don Quijote. Cuya locura tira siempre a su centro, a buscar eterno nombre y fama, a que se escriba su historia en los venideros tiempos. Fué el fondo de pecado, es decir, la raíz hondamente humana, de su generosa empresa; la de buscar nombre y fama en ella, la de emprenderla por la gloria. Pero ese mismo fondo de pecado la hizo, ¡es natural!, entrañadamente humana. Toda vida heroica o santa corrió siempre en pos de gloria, temporal o eterna, terrena o celestial. No creáis a quienes os digan que buscan el bien por el bien mismo, sin esperanza de recompensa; de ser ello verdad, serían sus almas como cuerpos sin peso, puramente aparenciales. Para conservar y acrecentar la especie humana se nos dió el instinto y sentimiento del amor entre mujer y hombre, para enriquecerla con grandes obras se nos dió la ambición de gloria. Lo sobrehumano de la perfección toca en lo inhumano, y en ello se hunde.
Y entre los disparates que en este acto de su primer salida iba nuestro caballero ensartando, fué de lo primero acordarse de la princesa Dulcinea, de la Gloria, que le hizo el agravio de despedirle y reprocharle con el riguroso afincamiento de mandarle no parecer ante la su fermosura. La gloria es conquistadera, mas con harto trabajo, y el buen hidalgo, impaciente como novicio, se desesperaba de haber caminado todo aquel día sin acontecerle cosa que de contar fuese. No te desespere eso, buen caballero: lo heroico es abrirse a la gracia de los sucesos que nos sobrevengan, sin pretender forzarlos a venir.
Mas al caer de este primer día de su carrera de gloria vió no lejos del camino por donde iba, una venta, llegando a ella a tiempo que anochecía. Y las primeras personas con que topó en el mundo fueron dos mujeres mozas, destas que llaman del partido; encuentro con dos pobres rameras fué su primer encuentro en su ministerio heroico. Mas a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo—pues por tal tuvo a la venta—se estaban solazando. ¡Oh poder redentor de la locura! A los ojos del héroe las mozas del partido aparecieron como hermosas doncellas; su castidad se proyecta a ellas y las castiga y depura. La limpieza de Dulcinea las cubre y limpia a los ojos de Don Quijote.
Y en esto un porquero tocó un cuerno para recoger sus puercos, y lo tomó Don Quijote por señal de algún enano, y se llegó a la venta y a las trasfiguradas mozas. Llenas éstas de miedo—¿y qué sino miedo ha de criar en ellas su desventurado oficio?—se iban a entrar en la venta, cuando el Caballero, alzada la visera de papelón y descubierto el seco y polvoroso rostro, les habló con gentil talante y voz reposada llamándolas doncellas. ¡Doncellas! ¡Santa limosna de la palabra! Pero ellas, al oirse llamar cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fué de manera que Don Quijote vino a correrse.
He aquí la primera aventura del hidalgo, cuando responde la risa a su cándida inocencia, cuando al verter sobre el mundo su corazón la pureza de que estaba henchido, recibe de rechazo la risa, matadora de todo generoso anhelo. Y ved que las desgraciadas se ríen precisamente del mayor honor que pudiera hacérseles. Y él, corrido, les reprendió su sandez, y arreciaron a reir ellas, y él a enojarse, y salió el ventero, hombre que por ser muy gordo era muy pacífico, y le ofreció posada. Y ante la humildad del ventero, humillose Don Quijote y se apeó. Y las mozas, reconciliadas con él, pusiéronse a desarmarle. Dos mozas del partido hechas por Don Quijote doncellas, ¡oh poder de su locura redentora!, fueron las primeras en servirle con desinteresado cariño.
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido.
Recordad a María de Magdala lavando y ungiendo los pies del Señor y enjugándoselos con su cabellera acariciada tantas veces en el pecado; a aquella gloriosa Magdalena de que tan devota era Teresa de Jesús, según ella misma nos lo cuenta en el capítulo IX de su Vida, y a la que se encomendaba para que le alcanzase perdón.
El Caballero manifestó sus deseos de cumplir hazañas en servicio de aquellas pobres mozas, que aún aguardan el Don Quijote que enderece su entuerto. Pero tiempo vendrá—les dijo—en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca. Y las mozas, que no estaban hechas a oir semejantes retóricas y sí soeces groserías, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa. Cesó la risa; sintiéronse mujeres las adoncelladas mozas del partido, y le preguntaron si quería comer. Si quería comer... Hay todo un misterio de la más sencilla ternura en este rasgo que Cervantes nos ha trasmitido. Las pobres mozas comprendieron al Caballero calando hasta el fondo su niñez de espíritu, su inocencia heroica, y le preguntaron si quería comer. Fueron dos pobres pecadoras de por fuerza las primeras que se cuidaron de mantener la vida del heroico loco. Las adoncelladas mozas, al ver a tan extraño Caballero, debieron de sentirse conmovidas en lo más hondo de sus injuriadas entrañas, en sus entrañas de maternidad, y al sentirse madres, viendo en Don Quijote al niño, como las madres a sus hijos le preguntaron materialmente si quería comer. Toda caridad de mujer, todo beneficio, toda limosna que rinde, lo hace por sentirse madre. Con alma de madres preguntaron las mozas del partido a Don Quijote si quería comer. Ved, pues, si las adoncelló con su locura, pues que toda mujer, cuando se siente madre, se adoncella.
Si quería comer... A lo que entiendo me haría mucho al caso—respondió Don Quijote—, pues el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas. Y comió, y al oir, mientras comía, el silbato de cañas de un castrador de puercos, acabóse de confirmar que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas, el pan candial y las rameras damas, y el ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Con razón se dijo que nada hay imposible para el creyente, ni nada como la fe sazona y ablanda el pan más áspero y duro.
Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería. Y decidió hacerlo.