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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 50: CAPÍTULO VIII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO VIII

Donde se cuenta lo que le sucedió a Don Quijote yendo a ver
a su señora Dulcinea del Toboso.

Y de camino disertó Don Quijote sobre Eróstrato y el deseo de alcanzar fama, raigambre de su heroísmo. Y no dejó de abismarse entonces Don Quijote en los abismos de la cordura de Alonso el Bueno, observando la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza, la cual fama por mucho que dure se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado.

Eu sou a gloria, genio jocundo
De radioso paiz solar;
Seras o poeta maior do mundo...
............................................
Dizem que o mundo debe acavar.

dice Sagramor en el poema de Eugenio de Castro.

En esta tercera y última salida de Don Quijote hemos de ver cómo se hunde en las simas de su cordura, hasta llegar a la inmersión en ellas con su muerte ejemplar.

Movido por las palabras de su amo y viendo Sancho cuán más grande es la fama de los santos que no la de los héroes, dijo a Don Quijote aquello de que se dieran a ser santos y alcanzarían más brevemente la buena fama que pretendían, poniéndole el ejemplo de San Diego de Alcalá y San Pedro de Alcántara, canonizados por aquellos días.

«Veréis que un día seré adorado por el mundo entero», solía decir el pobrecito de Asís, según nos cuentan los Tres Compañeros (4) y Tomás de Celano (2. Cel., I. I), y los mismos móviles que empujaron a unos al heroísmo empujaron a otros a la santidad. Así como Don Quijote, enardecido por la lectura de los libros de caballerías se lanzó al mundo, así Teresa de Cepeda, siendo aún niña y encendida por la lectura de las vidas de santos, que le parecía «compraban muy barato el ir a gozar de Dios», concertó con su hermano irse a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá los descabezasen, y visto lo imposible de ello, ordenaron hacerse ermitaños, y en una huerta que había en casa procuraban, como podían, hacer ermitas (Vida, I, 2). De Íñigo de Loyola hemos dicho ya lo que nos cuenta al respecto su secretario que fué, el P. Pedro de Rivadeneira.

¿Qué es todo esto sino caballería andante a lo divino o religioso? Y en cabo de cuenta ¿qué buscaban unos y otros, héroes y santos, sino sobrevivir? Los unos en la memoria de los hombres, en el seno de Dios los otros. ¿Y cuál ha sido el más entrañado resorte de vida de nuestro pueblo español sino el ansia de sobrevivir, que no a otra cosa viene a reducirse el que dicen ser nuestro culto a la muerte? No, culto a la muerte, no; sino culto a la inmortalidad.

El mismo Sancho, que tan apegado aparece a la vida que pasa y no queda, declaraba que más vale ser humilde frailecito de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero, a lo que le contestó muy sesudamente Don Quijote que no todos podemos ser frailes y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo. Y si no todos podemos ser frailes, no puede ser que sea el estado de frailería o monacato más perfecto en sí que otro cualquiera, pues no cabe que el estado de mayor perfección cristiana no sea igualmente asequible en cualquier estado, sino se reserve, por fuerza de ley natural, a un número de personas, ya que de aspirar a él todos el linaje se acabaría. Y dijo muy bien Don Quijote, respondiendo a Sancho, que si hay en el cielo más frailes que caballeros andantes es por ser mayor el número de religiosos que el de caballeros merecedores de tal nombre. ¿Y cuando el religioso sea a la vez caballero?, se preguntará. Ya nos hablará de ellos Don Quijote.