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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 57: CAPÍTULOS XVI Y XVII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULOS XVI Y XVII

De lo que sucedió a Don Quijote con un discreto caballero
de la Mancha y donde se declara el último punto y extremo adonde
llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de Don Quijote,
con la felicemente acabada aventura de los leones.

Acabado este lance se encontró Don Quijote con el discretísimo Don Diego de Miranda, yendo con el cual toparon con los carros de los leones. Y allí fué la estupenda y nunca bien ponderada aventura, y cuando Don Quijote exclamó el inmortal: ¿leoncitos a mí? ¿a mí leoncitos y a tales horas? pues por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones. Quiso convencerle Don Diego con que los leones no iban contra él, mas despachólo Don Quijote con que él sabía si iban o no a él aquellos señores leones y amenazó al leonero si no les abría la jaula. Pidió el leonero desuncir las mulas y ponerse en salvo y oh hombre de poca fe—respondió Don Quijote—; apéate y desunce y haz lo que quisieres.

¡Maravillosa proeza! ¡nunca visto valor de Don Quijote, y valor en seco, sin motivo ni objetivo, valor puro, valor acendrado! ¿No sería tal vez que mientras Don Quijote mostraba ostentar así su valentía, por debajo de él el pobre Alonso el Bueno, agobiado por el desencanto sufrido al no encontrarse con la suspirada Aldonza, buscaba morir en las garras y quijadas del león con muerte no tan torturadora como la que de continuo le estaba dando su amor desventurado?

Ello fué que no sirvieron ruegos ni razones, sino que Don Quijote se apeó temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones... arrojó la lanza y embrazó el escudo y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente se fué a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea. Al mismo historiador le arranca expresiones de admiración esta intrepidez singular. Abierta la jaula, lo primero que (el león) hizo fué revolverse (en ella) donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro: hecho esto sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo Don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos, mientras acaso esperase en tanto el pobre Alonso el Bueno que entre las garras de la bestia acabase de sufrir su pobre y llagado corazón y se deshiciese en él la imagen de aquella Aldonza, suspirada doce años. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a Don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula.

¡Ah, condenado Cide Hamete Benengeli, o quienquiera que fuese el que escribió tal hazaña, y cuán menguadamente la entendiste! No parece sino que al narrarla te soplaba al oído el envidioso bachiller Sansón Carrasco! No, no fué así, sino lo que en verdad pasó es que el león se espantó o se avergonzó más bien al ver la fiereza de nuestro caballero, pues Dios permite que las fieras sientan más al vivo que los hombres la presencia del poder incontrastable de la fe. O ¿no sería acaso que el león, soñando entonces en la leona recostada, allá, en las arenas del desierto, bajo una palmera, vió a Aldonza Lorenzo en el corazón del Caballero? ¿No fué su amor lo que le hizo a la bestia comprender el amor del hombre y respetarle y avergonzarse ante él?

No, el león no podía ni debía burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino león, y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado original alguno, jamás se burlan. Los animales son enteramente serios y enteramente sinceros, sin que en ellos quepa socarronería ni malicia. Los animales no son bachilleres, ni por Salamanca ni por ninguna otra parte, porque les basta lo que la naturaleza les da.

Lo que le pasó al león, enjaulado entonces como en un tiempo lo estuvo Don Quijote, es que al ver a éste se avergonzó, y que esto debió ser así nos lo prueba y corrobora el que ya en otra ocasión, siglos antes, se había otro león avergonzado ante otro hazañoso caballero, el Cid Ruy Díaz de Vivar, según nos lo cuenta su viejo romance (Poema del Cid, versos 2278 a 2301). El cual dice que estando el Cid en Valencia con todos sus vasallos y sus yernos, los infantes de Carrión, y durmiendo el Campeador en un escaño, salióse de la red y se desató el león, sembrando miedo en la corte. Despertó el que en buen hora nació, y al ver lo que acontecía

Mió Çid fincó el cobdo, en pie se levantó;
el manto trae al cuello e adelinó pora leon;
el leon quando lo vió assí, envergonçó:
ante mió Çid la cabeça premió e el rostro fincó.
Mió Çid don Rodrigo al cuello lo tomó,
e lieva lo adestrando, en la red lo metió.

(2296-2301).

Así ante Don Quijote, nuevo Cid Campeador, envergonzó el león, que acaso fuera uno de los dos que hoy figuran en nuestro escudo de armas, y el avergonzado ante el Cid el otro.

Aún insistió Don Quijote en que se irritase al león; mas el leonero le convenció de que no debía hacerse. Y fué entonces cuando el Caballero pronunció aquellas profundísimas palabras de bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible. Y ¿qué más hace falta?

Y no se me venga ahora aquí diciendo que me aparto del puntualísimo texto del historiador, porque es preciso entender bien en que no puede uno apartarse de él, sin muy grave temeridad y aun peligro de su conciencia, y en que somos libres de interpretarlo a nuestro sabor y consejo. En cuanto se refiere a hechos y aparte los evidentes errores de copista—rectificables todos—no hay sino acatar la infalible autoridad del texto cervantino. Y así debemos creer y confesar que el león volvió las espaldas a Don Quijote y se volvió a echar en la jaula. Pero que fuese por comedimiento y que considerase niñerías y bravatas las de Don Quijote y que no lo hiciese por vergüenza al ver su valor, o ya compadecido de su amor desgraciado, es una libre interpretación del historiador, que no vale sino por la autoridad personal y puramente humana del historiador mismo. Sucede con esto como con el comentario que pone al discurso de los cabreros, llamándolo inútil razonamiento, y que es una glosa desdichada que se ha interpolado en el texto.

Hago estas prevenciones porque no quiero, he de repetirlo une vez más, que se me confunda con la perniciosa y pestilente secta de los hombres vanos e hinchados de huera ciencia histórica, que se atreven a sostener que no hubo tales Don Quijote y Sancho en el mundo, y otras atroces osadías semejantes, a que les lleva su desmedido afán de lograr notoriedad sosteniendo novedades y singularidades. Y ved aquí cómo el mismo noble impulso de dejar nombre y fama que movió a Don Quijote a llevar a cabo sus hazañas, les mueve a otros a negarlas. ¡Qué abismo de contradicciones es el hombre!

Y volviendo a nuestra historia, hemos de añadir que luego de avergonzado el león y al explicar Don Quijote a Don Diego de Miranda su aparente locura en tal proeza, descubrió una vez más la raíz de ella al declarar que andaba a la busca de tan arriesgadas aventuras sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera y explicó, con atinadísimas razones, cómo debe el caballero dar en temerario—pues reconoció ser temeridad exorbitante lo del león—ya que es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía y en esto de acometer aventuras... antes se ha de pecar por carta de más que de menos. ¡Concertadísimas y muy cuerdas razones con las que se justifica todo exceso ascético o heroico!

Conviene también pararse a considerar cómo esta aventura del león fué una aventura por parte de Don Quijote, de acabada obediencia y de perfecta fe. Cuando el Caballero topó al azar de los caminos con el león aquél fué, sin duda alguna, porque Dios se lo enviaba a él, y su fortísima fe le hizo decir que él sabía si iban o no a él aquellos señores leones. Y con sólo verlos entendió la voluntad del Señor y obedeció según la tercera y más perfecta manera de obedecer que hay, según Íñigo de Loyola—véase el cuarto aviso que dictó sobre esto, según lo trae el P. Rivadeneira, en el capítulo IV del libro V de la Vida—y es «cuando hago esto o aquello sintiendo alguna señal de Superior, aunque no me lo mande ni ordene». Y así Don Quijote en cuanto vió al león, sintió la señal de Dios, y arremetió sin prudencia alguna, pues como decía el mismo Loyola—véase el mismo capítulo antedicho—«la prudencia no se ha de pedir tanto al que obedece y ejecuta cuanto al que manda y ordena». Y Dios quiso, sin duda, probar la fe y obediencia de Don Quijote como había probado las de Abraham mandándole subir al monte Moria a sacrificar a su hijo. (Gen., cap. XXII.)