CAPÍTULOS XVIII, XIX, XX, XXI, XXII Y XXIII
Que tratan de lo que sucedió a Don Quijote en casa del caballero
del Verde Gabán, de la aventura del pastor enamorado, de las
bodas de Camacho, y en los dos últimos de la aventura de la
cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, y de
las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había visto en ella.
Llegaron a casa de Don Diego, conoció allí Don Quijote al hijo de aquél, Don Lorenzo, y al oirle negar que hubiese habido caballeros andantes no trató ya de sacarle de su engaño, sino que propuso rogar al cielo le sacase de él. ¡Ah, mi pobre Caballero, y cómo te ha dejado el encantamiento de tu Dulcinea!
Tras esto ocurrió lo de las bodas de Camacho en que nada hay que notar, y después se dirigió Don Quijote a la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha.
Antes de hundirse en ella hizo una oración en voz baja pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella al parecer peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego: oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso, si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo ahora que tanto lo he menester. Ved cómo a canto de meterse en tan inaudito empeño ruega primero a Dios y a Dulcinea luego, a Dios en voz baja y a Dulcinea en alta voz. Con Dios primero, sí, pero a solas, que no necesita de que nos desgañitemos para oirnos, pues oye hasta el resollar de nuestro silencio; mas con Dulcinea nos es menester dar grandes voces e invocarla a pecho henchido y boca llena, entre los hombres.
Y prosiguió diciendo Don Quijote: Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, sólo por que conozca el mundo que si tú me favoreces no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe. Amad a Dulcinea y no habrá imposible que se os resista y tese. ¡Ahí está el abismo; adentro de él!
Y en diciendo esto se acercó a la sima, vió no ser posible descolgarse ni hacer lugar a la entrada si no era a fuerza de brazos o a cuchilladas, y así poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa que dieron con Don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse en lugar semejante. Parémonos a considerarlo.
Si te empeñas en empozarte y hundirte en la sima de la tradición de tu pueblo para escudriñarla y desentrañar sus entrañas, escarbándola y zahondándola hasta dar con su hondón, se te echarán al rostro los grandísimos cuervos y grajos que anidan en su boca y buscan entre las breñas de ella abrigo. Tendrás primero que derribar y cortar las malezas que encubren a la cueva encantada, o más bien tendrás que desescombrar su entrada, obstruida por escombros. Lo que llaman tradición los tradicionalistas no son sino rastrojos y escurrajas de ella. Los grandísimos cuervos y grajos que guardan la boca de esa sima encantada y en la que fraguaron sus escondrijos, jamás se empozaron ni hundieron en las entrañas de la sima, y se atreven, no embargante, a graznar diciéndose moradores de su interior. La tradición por ellos invocada no lo es de verdad; se dicen voceros del pueblo y nada hay de esto. Con el machaqueo de sus graznidos han hecho creer al pueblo que cree lo que no cree, y es menester empozarse en las entrañas de la sima para sacar de allí el alma viva de las creencias del pueblo.
Y antes de hundirse y empozarse uno en esa sima de las verdaderas creencias y tradiciones del pueblo, no las del carbonero de la fe, tiene que derribar y cortar las malezas que cubren su entrada. Cuando lo hagáis os dirán que queréis cegar la cueva y taparla y ahogar a los moradores de ella; os llamarán malos hijos y descastados y todo cuanto se les ocurra. Haced oídos sordos a graznidos tales.
Y allí, en la cueva, gozó Don Quijote de visiones que se dejan muy a la zaga a las más maravillosas de que otros hayan gozado, sin que sea menester repetir aquí lo de que si a uno se le aparece un ángel en sueños es que soñó que se le aparecía un ángel. Invito al lector a que relea en el capítulo XXIII de la Segunda Parte el relato de las asombrosas visiones de Don Quijote y juzgando, como debe juzgarse, por el contento y deleite que de su lectura reciba, me diga luego si no son más fidedignas que otras no menos asombrosas con que dicen que Dios regaló a siervos suyos, soñadores en la profunda cueva encantada del éxtasis. Y no sirve sino creer a Don Quijote, que siendo hombre incapaz de mentir, afirmó que lo por él contado lo vió por sus propios ojos y lo tocó con sus mismas manos, y esto baste y aun sobre. Sancho quiso negar la verdad de tales visiones y más cuando oyó decir a su amo que vió a Dulcinea encantada en la moza labradora que aquél le había mostrado, mas Don Quijote respondió sesudamente: Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras. Ni debemos nosotros tampoco hacer caso de palabras sanchopancescas cuando de rendir fe a visiones se trate.