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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 59: CAPÍTULO XXIV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXIV

Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias
al verdadero entendimiento desta grande historia.

Al llegar a esta aventura de visión se cree el historiador obligado a dudar de su autenticidad, mostrando en ello su poca fe, y hasta se propasa a suponer que al tiempo de morir se retractó de ella Don Quijote y dijo que la había inventado por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había en su historia. ¡Oh menguado historiador, cuán poco se te alcanza de achaque de visiones!

Sin duda no leíste, o si lo leíste, pues se publicó veintidós años antes que tú publicases la historia de Don Quijote, no meditaste bien el libro de la Vida del bienaventurado P. Ignacio de Loyola, del P. Pedro de Rivadeneira, quien en el capítulo VII del libro I nos cuenta las visiones del caballero andante de Cristo y cómo «se le representó la manera que tuvo Dios en hacer el mundo» y «vió la sagrada humanidad de nuestro Redentor Jesucristo, alguna vez también a la gloriosísima Virgen» y otras maravillosas visiones, entre ellas la del Demonio, que se le apareció muchas veces «no sólo en Manresa y en los caminos, sino en París también y en Roma; pero su semblante y aspecto... era tan apocado y feo, que no haciendo caso dél, con el báculo que traía en la mano fácilmente le echaba de sí».

De los que nieguen tales visiones y digan que son imposibles, digamos lo que de ellos dice el piadosísimo P. Rivadeneira y es que «serán comúnmente hombres que no saben, ni entienden, ni han oído decir qué cosa sea espíritu, ni gozo ni fruto espiritual... ni piensan que hay otros pasatiempos y gustos, ni recreaciones sino las que ellos, de noche y de día, por mar y por tierra, con tanto cuidado y solicitud y artificio buscan para cumplir con sus apetitos y dar contento a su sensualidad. Y así no hay que hacer caso de ellos». ¡Prudentísimas palabras, que debía conocer y haber leído Don Quijote, pues contestó a Sancho lo de: Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras!

Con gran acierto trae a colación aquí el Padre Rivadeneira lo del Apóstol (I. Cor. II) de que los hombres carnales no son quién para juzgar de las cosas y visiones de los espirituales y se consuela y nos consuela el buen padre con que había también «cristianos y cuerdos, y leídos en historias y vidas de Santos» que aunque entienden que en cosas de visiones «es menester mucho tiento, porque puede haber engaño y muchas veces le hay», no por eso ha de dejarse de darlas crédito. Conviene que el lector lea las razones todas que aduce el piadoso Padre historiador de Íñigo de Loyola para convencernos de la verdad de las visiones de éste, pues quien tan grandes obras llevó a cabo, bien pudo ver lo que vió, y «necesariamente habemos de conceder lo que es más, concedamos lo que es menos, y entendamos que todos los rayos y resplandores que vemos en las obras que hizo, salieron destas luces y visitaciones divinas». ¿Cómo, en efecto, negaremos que vió lo que vió Don Quijote en la cueva de Montesinos siendo caballero incapaz de mentir y habiendo arremetido a molinos y yangüeses, enzarzado a sus burladores en defender lo del yelmo, vencido al Caballero de los Espejos y avergonzado al león? El que estas, y otras no menos asombrosas hazañas llevó a cabo, bien pudo ver en la cueva de Montesinos cuanto se le antojara ver en ella. Y si lo vió, de lo cual no debe cabernos duda, ¿qué diremos de la realidad de sus visiones? Si la vida es sueño ¿por qué hemos de obstinarnos en negar que los sueños sean vida? Y todo cuanto es vida es verdad. Lo que llamamos realidad ¿es algo más que una ilusión que nos lleva a obrar y produce obras? El efecto práctico es el único criterio valedero de la verdad de una visión cualquiera.