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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 60: CAPÍTULO XXV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXV

Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titeretero,
con las memorables adivinanzas del mono adivino.

De allí continuaron su camino, ardiendo Don Quijote en deseos de saber para qué llevaba armas un hombre que se les adelantó, y como rehusara éste darle cuenta de ello hasta que acabase de dar recado a su bestia, ayudóle a ello Don Quijote, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, maravilloso ejemplo de humildad que no suele ser lo mentado que merece serlo. Y ésta es sin duda una de las grandes aventuras de nuestro Caballero, la de haber ahechado cebada y limpiado un pesebre, no más, al parecer, que por oir pronto un relato deleitoso; el relato de los regidores rebuznantes.

Y como no nos está bien el creer que sólo por oir tal cosa se redujera Don Quijote a ejercer menesteres tan impropios de su oficio de caballero andante, hemos, por fuerza, de suponer lo hizo para ejercitar su humildad y ejercitarla sencillamente y buscando un protesto, con lo que evitó la soberbia del humilde. No se las echó de tal, ni hizo ostentación de humildad, sino que pura y sencillamente, como quien hace la cosa más natural y corriente del mundo, y sin concederle importancia al acto, con aquellas manos que alancearon molinos, libertaron galeotes, vencieron al vizcaíno y al Caballero de los Espejos y esperaron, sin temblar, al leoncito; con aquellas mismas manos ahechó cebada y limpió el pesebre, dando por razón aquellas sencillísimas palabras de: no quede por eso, que yo os ayudaré a todo.

Lo hizo más sencillamente aún que Íñigo de Loyola después de haber recibido el cargo de Prepósito general de la Compañía que formó cuando «se entró en la cocina y en ella por muchos días sirvió de cocinero y hizo otros oficios bajos de casa», porque Íñigo lo hacía con intención de enseñar, «para provocar a todos con su ejemplo al deseo de la verdadera humildad»—dice el P. Rivadeneira, lib. III, cap. II—y en Don Quijote no hubo ni esa segunda intención de aleccionar a otros, sino pura y simplemente ahechó la cebada y limpió el pesebre como si fuese cosa suya, como la violeta perfuma y el ruiseñor canta. No quede por eso, que yo os ayudaré a todo.

Yo os ayudaré a todo, es lo que dice Don Quijote a todo hombre sencillo y limpio de segundas intenciones.

En esta aventura se ve acaso más que en otra alguna cómo era el espíritu de Alonso Quijano, a quien sus virtudes le valieron el sobrenombre de Bueno, el espíritu que guiaba al de Don Quijote, y cómo en la bondad del hombre está la raíz del heroísmo del caballero. ¡Oh, mi señor Don Quijote, y cuán grande te me apareces ahechando cebada y limpiando el pesebre, sin ostentación alguna de humildad y como si tal cosa hicieras! A bueno es a lo que nadie te ha ganado, a sencillamente bueno. Y por eso tienes un altar en el corazón de todos los buenos que no en tu locura sino en tu bondad paran su vista. Tú mismo, mi señor, cuando quisiste alabar a tu escudero le llamaste por de pronto y ante todo Sancho bueno, y luego discreto, cristiano y sincero. Es lo que hay que ser en el mundo, señor mío, bueno, sencillamente bueno, bueno a secas, bueno sin adjetivo ni teologías ni aditamento alguno, bueno y no más que bueno. Y si tan noble dictado se confunde con el de tonto tú llegaste en tu bondad hasta la locura entre tantos cuerdos burladores, es decir, malos. Porque en nada como en la burla se conoce la maldad humana y el demonio es el gran burlador, el emperador y padre de los burladores todos. Y si la risa puede llegar a ser santa y liberadora y, en fin, buena, no es ella risa de burla, sino risa de contento.