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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 61: CAPÍTULO XXVI
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXVI

Donde se prosigue la graciosa aventura del titeretero, con otras cosas
en verdad harto buenas.

Encontrándose Don Quijote en la venta y después de haber oído el relato de los alcaldes rebuznadores fué cuando llegó Maese Pedro con el mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra. Pasmado Don Quijote al ver que Maese Pedro, luego que oyó al mono, le conoció, lo tuvo por cosa demoniaca, y pasó después a ver el retablo y asistir a la representación de la libertad que a Melisendra dió su esposo Don Gaiferos.

Salieron allí entonces Carlo Magno y Roldán, el alcázar de Zaragoza, moros, Marsilio de Sansueña, Don Gaiferos... Y cuando llevándose éste a su esposa Melisendra partió en su seguimiento lucida caballería, púsose en pie Don Quijote, acudió en ayuda de Don Gaiferos después de pronunciado su discurso a los perseguidores, a estilo homérico, y comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél y entre otros muchos tiró un altibajo tal, que si Maese Pedro no se abaja, se encoje y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán.

¡Brava y ejemplarísima pelea! ¡Provechosa lección! Y no servía que Maese Pedro advirtiese a Don Quijote que aquellos que derribaba, destrozaba y mataba no eran verdaderos moros sino unas figurillas de pasta, pues no por eso dejaba de menudear aquél cuchilladas. Y hacía bien, muy requetebién. Arman los maeses Pedros sus retablos de farándula y pretenden que por ser las de ellos figurillas de pasta, declaradas tales, se les respete. Y lo que el Caballero andante debe derribar, descabezar y estropear es lo que a título de ficción hace más daño que el error mismo. Porque es más respetable el error creído que no la verdad en que no se cree.

—Mire, señor, que no haga el ridículo ni se meta a perseguir figurillas de retablo; que estamos todos en el secreto y es éste un juego de compadres en que a nadie se engaña; mire que aquí no se trata sino de pasar el tiempo y hacer que hacemos, y ni Carlo Magno es Carlo Magno, ni Roldán Roldán, ni Don Gaiferos es tal Don Gaiferos, y aquí a nadie se embauca, sino que se deleita y regocija a la galería, que aunque finge creer la comedia tampoco la cree en verdad; mire, señor, no malgaste sus energías en pelear con figurillas de pasta...

—Pues porque son de pasta las figurillas y estamos en ello todos—respondo—es por lo que hay que descabezarlas y destrozarlas, pues nada más pernicioso que la mentira por todos consentida. Todos estamos en el secreto, secreto a voces, todos sabemos y nos lo decimos al oído los unos a los otros, que el tal Don Gaiferos no es Don Gaiferos, ni hay tal libertad de Melisendra, y si es así ¿por qué duele e irrita que se encarame uno a la pingorota de la torre más alta del pueblo y grite desde ella a voces, como vocero de la sinceridad, lo que todos se dicen al oído, derribando, descabezando y estropeando así al embuste? Hay que limpiar el mundo de comedias y de retablos.

Y acude Maese Pedro cariacontecido y exclama: mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda. Pues no vivas de eso, Ginesillo de Pasamonte: es lo que le debemos responder. Trabaja y no armes retablos. Y en resolución digamos con Don Quijote: ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra! ¡Viva la andante caballería y muera la farándula!

¡Muera la farándula! Hay que acabar con los retablos todos, con todas las ficciones sancionadas. Don Quijote, tomando en serio la comedia, sólo puede parecer ridículo a los que toman en cómico la seriedad y hacen de la vida teatro. Y en último caso ¿por qué no ha de entrar en la representación y formar parte de ella el descabezamiento, estropicio y destrozo de los comediantes de pasta? Es fuerte cosa que se quejen de quien toma en serio la comedia los que representan ésta lo más seriamente del mundo, y ponen todo su cuidado en que no se falte una tilde a las reglas del arte cómico. Porque habréis observado, buenos lectores, que nada hay más insoportable que la exigencia de que se guarden estrechamente los ritos, etiquetas y rúbricas de las cosas de pura representación, y que sean los que se dan de maestros de ceremonias los que menos respeten la verdadera seriedad de la vida. Sabrá muy bien cuándo se debe llevar corbata negra y cuándo blanca, hasta qué hora levita y desde qué hora fraque, y qué tratamiento debe dársele, pero éste mismo no sabrá por dónde buscar a su Dios, ni cual es su destino último. Y no hablemos de los que rebelándose contra la ética quieren imponernos la tiranía de la estética y sustituir a la conciencia moral con esa quisicosa que llaman el buen gusto. Cuando empiezan a prevalecer tales doctrinas los obreros tienen que declararse cursis.

Tratando Teresa de Jesús en el capítulo XXXVII de su Vida de cómo «no cumple perder punto en puntos de mundo» por no dar «ocasión a que se sientan los que tienen su honra puesta en estos puntos» y de los que dicen que «los monasterios han de ser corte de crianza» dice que no puede entender esto. Agrega que ni aun tiempo hay para aprender tales cosas, pues sólo «para títulos de cartas es ya menester haya cátedra adonde se lea cómo se ha de hacer, a manera de decir, porque ya deja papel de una parte, ya de otra, y a quien no se solía poner magnífico, hase de poner ilustre». La animosa monja no sabía en qué ha de parar esto, porque no teniendo aún cincuenta años cuando escribía lo trascrito, decía «en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir». Y añadía así: «Por cierto yo he lástima a gente espiritual que está obligada a estar en el mundo por algunos santos fines, que es terrible la cruz que en esto llevan. Si se pudieran concertar todos y hacerse ignorantes, y querer que los tengan por tales en estas ciencias, de mucho trabajo se quitarían». ¡Y de tanto! Los espirituales deben concertarse, en efecto, y hacerse ignorantes en puntos de mundo y querer que los tengan por tales. Cuantos amamos a la verdad sobre todas las cosas debemos concertarnos para ignorar las premáticas y mandamientos de ese dichoso buen gusto con que se la disfraza, y para pisotear las buenas formas y dejar que nos llamen cursis y querer que nos tengan por tales.

Hay una gavilla suelta de faranduleros que llevan prendido de la boca el amomiado credo, herencia de sus bisabuelos, como llevan el escudo de la casa grabado en la sortija o en el puño del bastón, y respetan esas venerandas tradiciones de nuestros mayores como respetan cualquier otra antigualla, por bien parecer y hacerse pasar por distinguidos. Es de buen tono y viste muy bien eso que llaman ser conservador. Y esa gavilla de farsantes ha declarado cursilería todo lo que es pasión y arranque y brío y de mal gusto los tajos y mandobles a las titereras y los guiñoles todos que tienen armados. Y cuando esos mamarrachos, alcornoques secos y vacíos, digan y repitan la gran sandez de «lo cortés no quita a lo valiente», salgámosles a la cara y digámosles en ella y en sus barbas, si las tuvieran, que lo cortés quita a lo valiente, y que el verdadero valor, el valor quijotesco puede, suele y debe consistir muchas veces en atropellar toda cortesía y aparecer hasta, si preciso fuere, grosero. Sobre todo con los Maese Pedros que viven de retablos.

¿Conocéis cosa más terrible que oir la misa de un cura ateo, que la celebra por cobrar el pie de altar? ¡Muera toda farándula, toda ficción sancionada!

Pasando por León fuí a ver y contemplar su primorosa catedral gótica, aquella gran lámpara de piedra, en cuyo seno canturrean los canónigos al son pastoso del órgano. Y contemplando sus mimbreñas columnas, sus altos ventanales de pintadas vidrieras por donde la luz al entrar se destrenza y desparrama en colores varios, y la enramada de nervios que sostiene a la bóveda, pensé así: ¡Cuántos deseos silenciosos, cuántos anhelos callados, cuántos pensares recónditos no habrá recibido esta pedernosa fábrica, junto con oraciones cuchicheadas o tan sólo pensadas, con ruegos, con imprecaciones, con requiebros de amor al oído de la amada, con quejas, con reconvenciones! ¡cuántos secretos vertidos en el confesonario! ¿Y si todos estos deseos, anhelos, pensares, oraciones, cuchicheos, ruegos, imprecaciones, requiebros, quejas y secretos, si todo esto empezase a cantar por debajo de la rutinera salmodia litúrgica del coro canónico? En la caja de una vihuela, en sus entrañas, duermen las notas todas que se le arrancaron a ella, así como las notas todas que pasaron junto a ella, rozándola, al pasar en vuelo, con sus alas sonoras; y si todas esas notas, propias y ajenas, que allí duermen, despertaran, estallaría la caja de la vihuela por el empuje de la tempestad sonora. Y así, si despertase todo eso que duerme en el seno de la catedral, vihuela de piedra, y rompiera a cantar todo ello, derrumbaríase la catedral rota por el empuje del clamor inmenso. Las voces, libertadas, buscarían el cielo. Derrumbaríase la catedral de piedra, vencida y agobiada por la violencia del propio esfuerzo, al ponerse a cantar, pero de entre sus escombros, que seguirían cantando, resurgiría una catedral de espíritu, más aérea, más luminosa y a la vez más sólida, una inmensa seo que elevaría al cielo columnas de sentimiento que se ramificaran bajo la bóveda de Dios, echando a tierra su peso muerto por arbotantes y contrafuertes de ideas. Y esto no sería comedia litúrgica. ¡Oh y quién pudiese hacer cantar a nuestras catedrales toda oración, toda palabra, todo pensar y todo sentir que en su seno han acogido! ¡quién pudiese animarles las entrañas, las entrañas mismas de la encantada cueva de Montesinos!

Volvamos al retablo. Un retablo hay en la capital de mi patria y la de Don Quijote, donde se representa la libertad de Melisendra o la regeneración de España o la revolución desde arriba, y se mueven allí, en el Parlamento, las figurillas de pasta según les tira de los hilos Maese Pedro. Y hace falta que entre en él un loco caballero andante, y sin hacer caso de voces, derribe, descabece y estropee a cuantos allí manotean, y destruya y eche a perder la hacienda de Maese Pedro.

El cual volvió a la carga y el pobre Don Quijote, como llevaba en sí al bueno de Alonso el Bueno, convencióse de que todo había sido cosa de encantamiento y ofreció pagar el destrozo. Y harto hizo con pagarlo. Aunque si bien se mira justo es que al que vive de mentiras, cuando se le han quebrado éstas, se le remedie en lo posible el daño hasta que aprenda a vivir de la verdad. Porque es lo que se dice: si quitáis a los faranduleros la farándula, de la cual tan sólo han aprendido a vivir ¿cómo vivirán? Y cierto es también que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y para que pueda convertirse ha de vivir y para que viva es menester sustentarle.

¡Oh Don Quijote el Bueno! y cuán magnánimamente después de haber derribado, descabezado y estropeado la mentira pagaste lo que ella valía, dando cuatro reales y medio por el rey Marsilio de Zaragoza, cinco y cuartillo por Carlo Magno, y así por los otros, hasta cuarenta y dos reales y tres cuartillos. ¡Si no costara más hacer añicos el retablo parlamentario y el otro!