CAPÍTULO XXX
De lo que le avino a Don Quijote con una bella cazadora.
Ahora empiezan las tristes aventuras de Don Quijote en casa de los Duques; ahora es cuando topó con la bella cazadora, la duquesa, que le llevó a su morada a regocijarse con él y burlarse de su heroísmo; ahora empieza la pasión del caballero en poder de sus burladores. Aquí es donde la historia de nuestro Ingenioso Hidalgo se hunde en despeñaderos de lamentable miseria; aquí es donde a su magnanimidad y discreción responden la bellaquería y sandez de aquellos próceres que creían, sin duda, nacidos los héroes para divertirlos y servirles de juguete y zarandillos. ¡Oh desdichado que caminas al templo de la fama y corres tras la inmortalidad de la gloria, mira que si los grandes de la tierra te agasajan y miman y regalan es para que adornes sus mansiones o para divertirse contigo como con un juguete! Tu presencia no es sino ornato de su mesa y figuras en ella como figuraría una fruta rara o el último ejemplar de un pajarraco que se extingue. Cuando más parecen reverenciarte más se burlan de ti. Mira que en el fondo no hay soberbia como la soberbia de aquéllos que no pueden atribuir a propio mérito, sino al azar del nacimiento, las preeminencias de que gozan. No seas juguete de los grandes. Recorre la historia y ve en lo que vinieron a dar los héroes que se redujeron a ser ornamento de los salones.