CAPÍTULO XXXI
Que trata de muchas y grandes cosas.
Recibieron de solemne burla a Don Quijote en casa de los Duques, vistiéronle a usanza caballeresca y le llevaron a comer.
Y allí fué donde se encontró, en la mesa, con aquel grave eclesiástico déstos que gobiernan las casas de los príncipes; déstos que como no nacen príncipes no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; déstos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos y el cual enderezó a Don Quijote, llamándole Don Tonto, aquella reprensión áspera y desabrida, recomendándole se volviese a su casa a criar a sus hijos, si los tenía, y a curar de su hacienda, dejando de andar vagando por el mundo y dando que reir a cuantos le conocían y no conocían.
¡Oh, y cómo dura y persiste y no acaba en nuestra España la ralea de estos graves y sesudos eclesiásticos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos! ¡Don Tonto! ¡Don Tonto! Y ¡cómo te viste tratar, mi loco sublime, por aquel grave varón, cifra y compendio de la verdadera tontería, humana! El grave eclesiástico no debía de haber leído los Evangelios ni debía de conocer aquel sermón de Jesús desde la montaña en que dijo: «cualquiera que dijere a su hermano raca será culpado del concejo, y cualquiera que le dijere tonto será reo del infierno del fuego» (Mat., V, 22). Reo se hizo, pues, del infierno del fuego por haber llamado a Don Quijote tonto.
Ya estás, señor mío, frente a la encarnación del sentido común. Y no nos quepa duda de que si Cristo Nuestro Señor hubiese en tiempo de Don Quijote vuelto al mundo o si hoy volviese a él, formaría aquel grave eclesiástico entonces o formarían hoy sus sucesores, entre los fariseos que le reputarían por loco o dañino agitador y le buscarían nueva muerte afrentosa.