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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 66: CAPÍTULO XXXII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXXII

De la respuesta que dió Don Quijote a su reprensor, con otros graves
y graciosos sucesos.

Pero a fe que si fué desabrida la reprimenda, también fué estupenda la réplica de Don Quijote a ella, tal cual en este capítulo se contiene. No hay sino releerla. No hay sino releerla la soberana lección a los que sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito se meten de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes.

Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata, merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas—exclamó Don Quijote. Pero es que se las había con uno de esos hombres de voluntad mezquina y de corazón estrecho que han inventado lo de que hay ideas buenas e ideas malas, y se empeñan en ser definidores de la verdad y del error, y en que se siguen al mundo grandes males de que los hombres crean las visiones de la cueva de Montesinos y no otras visiones no menos visionarias que ellas. Los tales, locos, o mejor menguados de corazón, no de cabeza, no hacen sino perseguir a los que tienen por locos de la cabeza, y entercarse en hacernos creer que traen perdido el mundo los caballeros andantes que enderezan sus intenciones a buenos fines, crean lo que creyeren, y no los graves eclesiásticos que miden la grandeza de los grandes con la estrechez de sus ánimos. Como sus seseras resecas y amojamadas son incapaces de parir imaginación alguna, atiénense como a inconmovible norma de conducta a las empedernidas y encostradas imágenes que en depósito recibieron, y como no saben abrirse sendero a campo traviesa y por la espesura de la selva, fija en la estrella norte la mirada, obstínanse en que vayamos los demás en su desvencijado carro por las roderas del camino de servidumbre pública. Esas gentes no hacen sino censurar a los que de veras hacen algo. Cuando alguien tiene cuita, acude a los caballeros andantes y no a ellos, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas, que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban como dirá más adelante el mismo Don Quijote cuando se le presente Trifaldín, el heraldo de la Dueña Dolorida.

Dijo muy bien Don Quijote: Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta irreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite. Razones dignas del Cid quien según el sabido romance, cuando aquel monje Bernardo se atrevió a hablarle en lugar del rey Alfonso, platicando en el claustro de San Pedro de Cardeña,

¿Quién vos mete, dijo el Cid, en el consejo de guerra
fraile honrado, a vos agora, la vuesa cogulla puesta?
Subid vos a la tribuna, y rogad a Dios que venzan,
que non venciera Josué si Moisén non lo ficiera.
Llevad vos la capa al coro, yo el pendón a la frontera
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que más de aceite que sangre, manchado el hábito muestra.

reprimenda que hizo exclamar al Rey lo de:

Cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras,
pues por cualquier niñería facéis campaña la iglesia.

Y cuando los graves eclesiásticos no pueden con los caballeros andantes, vuélvense a sus escuderos. Pero también Sancho sabe responder: soy quien júntate a los buenos, y serás uno de ellos... yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía y he de ser otro como él, Dios queriendo. Y lo querrá Dios, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano, Sancho sincero, lo querrá Dios. ¡Tú lo dijiste: júntate a los buenos! Porque tu amo fué y es y será bueno, ante todo y sobre todo bueno, y en pura fuerza de bondad loco, y su locura le ha merecido gloria en el mundo mientras éste dure y gloria también en la eternidad. ¡Oh, Don Quijote, mi San Quijote! Sí, los cuerdos canonizamos tus locuras, y que los graves eclesiásticos de ánimo estrecho se excusen de reprender lo que no pueden remediar. Y sin decir más ni comer más se fué, dice el historiador refiriéndose al grave eclesiástico. ¡Se fué!... ¡Se fué!... Oh y si pudiésemos decir siempre lo mismo...

Recordemos aquí, lector, que esta reprimenda del grave eclesiástico a Don Quijote no deja de tener parentesco con la reprimenda que el Vicario del convento de dominicos de San Esteban de Salamanca, de esta Salamanca en que escribo y en que se graduó de bachiller Sansón Carrasco, enderezó a Íñigo de Loyola según nos cuenta su historiador en el capítulo XV del libro I de su Vida. Cuando le invitaron a que fuese a aquella casa, pues los frailes tenían gran deseo de oirle y hablarle, y fué, y después de haber comido los llevaron a una capilla y preguntó el Vicario a Ignacio en qué estudios se había criado y qué género de letras había profesado, y dijo luego: «Vosotros sois unos simples idiotas, y hombres sin letras, como vos mismo confesáis; pues ¿cómo podéis hablar seguramente de las virtudes y de los vicios»? Y luego encerraron a Ignacio y sus compañeros y de allí los llevaron a la cárcel. Loyola, por su parte, «en más de treinta años, nunca llamó a nadie bobo, ni dijo otra palabra de que se pudiese agraviar» según su biógrafo en el capítulo VI del libro V de su Vida.

¿Cómo, sin licencia ni título, ni grados conferidos por tribunal ordinario, cómo se atrevía así Ignacio a hablar de la virtud y del vicio? Y a Don Quijote ¿quién le dió licencia para meterse a caballero andante o con qué derecho se entremetía a enderezar tuertos y corregir abusos, aunque no lo hicieren los graves eclesiásticos que para hacerlo cobraban su salario? Ni el Vicario del monasterio de San Esteban de Salamanca, ni el grave eclesiástico que gobernaba la casa de los Duques sufrían que se saliese nadie del oficio que la sociedad les tuviera asignado. ¿Qué orden puede haber, en efecto si no se atiene y atempera cada uno a lo que se le pide y no más que a ello? Cierto que no cabría así progreso, pero el progreso es fuente y raíz de muchos males. Bien se dijo lo de ¡zapatero, a tus zapatos! Ignacio habría hecho mejor en seguir la carrera a que sus padres le dedicaron, o por lo menos no meterse a predicar hasta haberse graduado de teólogo, y Don Quijote debía haberse casado con Aldonza Lorenzo para criar a sus hijos y cuidar de su hacienda. Ambos graves eclesiásticos, el de casa de los Duques y el del convento de San Esteban de Salamanca, fueron predecesores de aquel que escribió en el Catecismo: «eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder».

«Buenos estamos—como dijo el Vicario de San Esteban de Salamanca—: tenemos el mundo lleno de errores, y brotan cada día nuevas herejías y doctrinas ponzoñosas; y vos no queréis declararnos lo que andáis enseñando...» Medrados estamos, en efecto, si ha de salir por ahí cada uno a su antojo, éste enderezando entuertos y aquél predicando, el uno alanceando molinos y el otro fundando Compañías! ¡Al carril, al carril todos! ¡Sólo en el carril hay orden! Y lo estupendo es que sea ésta hoy la doctrina de los que se dicen hijos del reprendido en el convento de San Esteban y herederos de su espíritu.

Acabada la comida en casa de los Duques siguió la burla, no tan amarga ni burlesca como la gravedad del grave eclesiástico, y fué lo triste que fueron ya las doncellas las que, sin contar con sus amos los Duques, se propasaron a añadir burlas de su propia cuenta a las burlas tramadas por aquéllos. Ni él ni yo sabemos de achaque de burlas—dijo Don Quijote refiriéndose a Sancho. Y era verdad, pues jamás se vió loco más serio que Don Quijote. Y cuando la locura se acompaña de la seriedad, reálzase y se eleva mil codos sobre la cordura retozona y burladora.