WeRead Powered by ReaderPub
Vida de Don Quijote y Sancho cover

Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 67: CAPÍTULO XXXIII
Open in WeRead

About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XXXIII

De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con
Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note.

Entre burlas y regocijo confesó Sancho a la Duquesa que tenía a Don Quijote por loco rematado y él, pues con todo y con eso le seguía y servía e iba atenido a las vanas promesas suyas, sin duda alguna debía de ser más loco y tonto que su amo.

Pero ven acá, pobre Sancho, ven y dinos ¿lo crees de veras así? Y aun creyéndolo ¿no sientes que es mejor para tu fama y tu salud eterna seguir al loco generoso que no a un cuerdo mezquino? ¿No dijiste hace poco al grave eclesiástico, cuerdo hasta reventar de cordura, que hay que juntarse a los buenos, por locos que ellos sean, y que habías de ser otro como él, como tu amo. Dios queriendo? ¡Ah, Sancho, Sancho, y cómo bamboleas en tu fe y perinoleas y te revuelves como veleta a todos vientos y al son que te tocan bailas! Pero sabemos bien que crees creer una cosa y crees otra, y que mientras te figuras sentir de un modo estás, en tu interior, sintiendo de otro modo muy diverso. Bien dijiste lo de: ésta fué mi suerte y mi malandanza; no puedo más, seguirle tengo; somos de un mismo lugar; he comido su pan; quiérole bien; es agradecido; dióme sus pollinos, y sobre todo, yo soy fiel... Sí, y tu fidelidad te salvará, Sancho bueno, Sancho cristiano. Estabas y estás quijotizado, y en prueba de ello pronto te hizo dudar la Duquesa de que hubieras inventado lo del encanto de Dulcinea y acabaste por confesar que de tu ruin ingenio no se puede ni se debe presumir que fabricases en un instante tan agudo embuste. Sí, Sancho, sí; cuando creemos ser burladores solemos muchas veces ser los burlados, y cuando se nos figura hacer algo en chanzas es que el Supremo Poder que de nosotros se sirve para sus ocultos e inescudriñables fines nos lo hace hacer en veras. Cuando creemos ir por un camino nos están llevando por otro, y así no hay sino dejarse guiar de las buenas intenciones del corazón y que Dios las haga fructificar, pues si nosotros sembramos la semilla, arando antes la tierra que la recibe, es el cielo el que la riega y airea y da lumbre.

Debo aquí, antes de pasar adelante, protestar contra la malicia del historiador, que al fin de este capítulo XXXIII que vengo explicando y comentando, dice que las burlas que hicieron los Duques al Caballero fueron tan propias y discretas, que son las mejores aventuras que en esta grande historia se contienen. ¡No, no, y mil veces no! Las tales burlas no fueron ni propias ni menos discretas, sino torpísimas, y si ellas sirvieron para poner a mayor luz el insondable espíritu de nuestro hidalgo y alumbrar el abismo de la bondad de su locura, débese tan sólo a que la grandeza de Don Quijote y su heroísmo eran tales, que convertían en veras sublimes las más bajas y torpes burlas.