CAPÍTULO IV
De lo que sucedió a nuestro Caballero cuando salió de la venta.
Salió de la venta Don Quijote y, acordándose de los consejos del sesudo ventero, determinó volverse a casa a proveerse de lo necesario y a tomar escudero. No era un necio que fuese a tiro hecho, sino un loco que admitía las lecciones de la realidad.
Y al volver a casa, a acomodarse de todo, oyó voces salientes de la espesura de un bosque, y se entró por él y vió a un labrador que azotaba a un muchacho desnudo de medio cuerpo arriba, reprendiéndole a cada golpe. Y al ver un castigo se sublevó el espíritu de justicia del caballero e increpó al labrador que se tomaba con quien no podía defenderse, e invitóle a luchar con él, por ser de cobardes lo que hacía. Es un mi criado—respondió con buenas palabras el castigador—, contando después cómo le perdía ovejas de la manada, y que al castigarle decía el criado lo hacía su amo por miserable, en lo que mentía según el amo. ¿Miente delante de mí, ruin villano?—dijo Don Quijote—; por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza; pagalde luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto; desatadlo luego.
¿Mentir? ¿Mentir delante de Don Quijote? Ante él sólo miente quien reprocha de mentira a otro, siempre que el reprochador sea el más fuerte. En el bajo y triste mundo no les queda de ordinario a los débiles otra defensa que la mentira contra la fortaleza de los fuertes, y así éstos, los leones, han declarado nobles sus armas, las recias quijadas y las robustas garras, y viles el veneno de la víbora, las patas veloces de la liebre, la astucia del zorro y la tinta del calamar, y vilísima la mentira, arma de quien no tiene otra a que acogerse. Pero ¿mentir ante Don Quijote, o mejor dicho, mentir a solas con quien sabe la verdad? Quien miente es el fuerte, que teniendo atado y azotando al débil, le echa en cara su mentira. ¿Miente? ¿Y por qué él, Juan Haldudo el rico, al ser cogido en flagrante delito, va a aumentarlo ejerciendo de acusador, de diablo? Todo amo que se toma la justicia por su mano, tiene que hacer de diablo para poder tomársela e inventar imputaciones. Siempre el fuerte busca razones con que cohonestar sus violencias, cuando en rigor basta la violencia, que es razón de sí misma, y sobran las razones. Es preferible un pisotón a secas, cuando nos lo dan adrede, que no con un «usted dispense» de añadidura.
Bajó el rico labrador la cabeza—¿y qué iba a hacer ante la verdad, que armada de lanzón, le hablaba amenazadora?—, bajó la cabeza sin responder, desató al criado y ofreció, so pena de muerte, pagarle sesenta y tres reales cuando llegaran a casa, pues no tenía allí dinero. Resistióse el mozo a ir, por miedo a nueva paliza, mas Don Quijote replicó: no hará tal, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto, y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga. Protestó el criado, diciendo no ser caballero su amo, sino Juan Haldudo el rico, vecino del Quintanar, a lo que respondió Don Quijote que puede haber Haldudos caballeros y cada uno es hijo de sus obras. Lo de haberle tomado por caballero Don Quijote vino de que vió tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua, y ¿quiénes sino los caballeros usan lanza?, ni ¿cómo sino por ella va a conocérseles?
Notemos aquel no hará tal, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto, sentencia probadora de la honda fe del caballero en sí mismo, fe en que se ensalzaba, pues no teniendo aún obras, creíase hijo de las que pensaba acometer y por las que cobraría eterno nombre y fama. Poco cristiano a primera vista lo de tener a un hijo de Dios por hijo de sus obras, mas es que el cristianismo de Don Quijote estaba más adentro, mucho más adentro, por debajo de gracia de fe y de mérito de obras, en la raíz común a la naturaleza y a la gracia.
Prometido, pues, por Juan Haldudo el rico, el pagar a su criado un real sobre otro y aun sahumados, sahumerio de que le hizo gracia Don Quijote, encomendándole cumpliera como juró, pues de otro modo juraba él volver a buscarlo y castigarle, pues tendría que hallarlo aunque se escondiese más que una lagartija; prometido así por Juan Haldudo, se apartó Don Quijote. Y cuando hubo traspuesto el bosque y ya no parecía, volvióse el rico Haldudo a su criado, tornó a atarle a la encina y le hizo pagar cara la justicia de Don Quijote. Y con esto el criado se partió llorando y su amo se quedó riendo; y de esta manera deshizo el agravio el valeroso Don Quijote—agrega Cervantes maliciosamente. Y con él maliciarán cuantos hablan de lo contraproducente del ideal. Mas ahora, ¿ahora quién ríe y quién llora ahora? El caballero se fué su camino, lleno de fe, ponderando su hazaña y cómo quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante. Al cual le fué sin duda de mayor premio la segunda tanda de azotes con que le dejó por muerto su amo, que no la primera y sin duda muy merecida en justicia humana. Más le valieron y más le enseñaron aquellos segundos furiosos azotes, que le hubieran valido y enseñado los sesenta y tres reales sahumados. Aparte de lo cual, tienen las aventuras todas de nuestro Caballero su flor en el tiempo y en la tierra, pero sus raíces en la eternidad, y en la eternidad y en los profundos, el entuerto del criado de Juan Haldudo el rico, quedó muy bien y para siempre enderezado.
Siguió Don Quijote el camino que a Rocinante le placía, pues todos ellos llevan a la eternidad de la fama cuando el pecho alberga esforzado empeño. También Íñigo de Loyola, cuando camino de Monserrate, se separó del moro con quien había disputado, determinó dejar a la cabalgadura en que iba la elección de camino y de porvenir. Y yendo así Don Quijote, es cuando dió con aquel tropel de mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Y vió nueva aventura y se plantó ante ellos como Cervantes nos lo cuenta, y quiso hacerlos confesar, ¡a los mercaderes!, que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Los corazones mezquinos que sólo miden la grandeza de las acciones humanas por el bajo provecho de la carne o el sosiego de la vida externa, alaban el intento de Don Quijote al querer hacer pagar a Haldudo el rico o al socorrer a menesterosos, pero no ven sino mera locura en esto de querer que los mercaderes confesasen, sin haberla nunca visto, la sin par hermosura de Dulcinea del Toboso. Y ésta es, sin embargo, una de las más quijotescas aventuras de Don Quijote, es decir, una de las que más levantan el corazón de los redimidos por su locura. Aquí Don Quijote no se dispone a pelear por favorecer a menesteroso, ni por enderezar entuerto, ni por reparar injusticia, sino por la conquista del reino espiritual de la fe. Quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones amonedados sólo veían el reino material de las riquezas, que hay un reino espiritual y redimirlos así, a pesar de ellos mismos.
Los mercaderes no se rindieron a primeras, y duros de pelar, acostumbrados a la sisa y al regateo, regatearon la confesión, disculpándose con no conocer a Dulcinea. Y aquí Don Quijote monta en quijotería y exclama: Si os la mostrara ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender. ¡Admirable caballero de la fe! ¡Y cuán hondo su sentido de ésta! Era de su pueblo, que fué también tizona en la diestra y en la siniestra el Cristo, a hacer confesar a remotas gentes un credo que no conocían. Sólo que alguna vez cambió de manos y erigió en alto la espada y golpeó con el crucifijo. Gente descomunal y soberbia llamó con razón Don Quijote a los mercaderes toledanos, pues ¿cuál mayor soberbia que negarse a confesar, afirmar, jurar y defender la hermosura de Dulcinea, sin haberla visto? Mas ellos, retusos en la fe, insistieron, y como los contumaces judíos, que pedían al Señor señales, pidieron al Caballero les mostrase algún retrato de aquella señora, aunque fuera tamaño como un grano de trigo, y añadiendo a la contumacia protervia, blasfemaron.
Blasfemaron, suponiendo a la sin par Dulcinea, lucero de nuestras andanzas por los senderos de esta baja vida, consuelo en las adversidades, manadero de acometedores bríos, doncella engendradora de altas empresas, por quien es llevadera la vida y vividera la muerte; supusieron a la sin par Dulcinea tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre. No le mana, canalla infame—respondió Don Quijote encendido en cólera—, no le mana eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones, y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. ¡No le mana! ¡no le mana!—repitamos nosotros todos—, ¡no le mana! ¡no le mana!, infames mercaderes, ¡no le mana sino ámbar y algalia entre algodones! Ámbar mana de los ojos de la Gloria que con ellos nos mira, infames mercaderes.
Y para hacerles pagar y cara, tan gran blasfemia, arremetió Don Quijote con la lanza baja contra el que lo había dicho con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante lo pasara mal el atrevido mercader.
Ya está en el suelo Don Quijote, gustando con sus costillas la dureza de la madre tierra; es su primer caída. Parémonos a considerarla. Cayó Rocinante, y fué rodando su amo una buena pieza por el campo, y queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada con el peso de las antiguas armas. Ya diste en tierra, mi señor Don Quijote, por fiar en tu propia fortaleza y en la fortaleza de aquel rocín a cuyo instinto fiabas tu camino. Tu presunción te ha perdido; el creerte hijo de tus obras. Ya diste en tierra, mi pobre hidalgo, y en ella tus armas antes te sirven de embarazo que de ayuda. Mas no te importe, pues tu triunfo fué siempre el de osar y no el de cobrar suceso. La que llaman victoria los mercaderes era indigna de ti; tu grandeza estribó en no reconocer nunca tu vencimiento. Sabiduría del corazón y no ciencia de la cabeza es la de saber ser derrotado y usar de la derrota. Hoy son los mercaderes toledanos los que están en derrota y en gloria tú, noble Caballero.
Y desde el suelo, tendido en él y pugnando por levantarse, aún los denostabas llamándolos gente cobarde, gente cautiva y haciéndoles ver que no por tu culpa, sino por la de tu caballo, estabas allí tendido. Tal nos sucede a nosotros, tus creyentes; no por nuestra culpa, sino por la culpa de los rocines que nos llevan por los senderos de la vida, estamos tendidos y sin poder levantarnos, pues nos embaraza para hacerlo el peso de la antigua armadura que nos cubre. ¿Quién nos desnudará de ella?
Y llegó un mozo de mulas, que no debía de ser muy bienintencionado, según Cervantes, y oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias no lo pudo sufrir, sin darle la respuesta en las costillas y le molió a palos hasta envidar todo el resto de su cólera y sin hacer caso a las voces de sus amos de que le dejase. Ahora, ahora que estás tendido y sin poder levantarte, mi señor Don Quijote, ahora viene el mozo de mulas, peor intencionado que los mercaderes a que sirve, y te da de palos. Pero tú, sin par Caballero, molido y casi deshecho, tiéneste por dichoso, pareciéndote ser ésa propia desgracia de caballeros andantes, y con este tu parecer encumbras tu derrota, trasmudándola en victoria. ¡Ah, si nosotros, tus fieles, nos tuviésemos por dichosos de haber sido molidos a palos, desgracia propia de caballeros andantes! Más vale ser león muerto que no perro vivo.
Esta aventura de los mercaderes trae a mi memoria aquella otra del caballero Íñigo de Loyola, que nos cuenta el P. Rivadeneira en el capítulo III del libro I de su Vida, cuando yendo Ignacio camino de Monserrate «topó acaso con un moro de los que en aquel tiempo quedaban en España en los reinos de Valencia y Aragón» y «comenzaron a andar juntos, y a trabar plática, y de una en otra vinieron a tratar de la virginidad y pureza de la gloriosísima Virgen Nuestra Señora». Y tal se puso la cosa, que Íñigo, al separarse del moro, quedó «muy dudoso y perplejo en lo que había de hacer; porque no sabía si la fe que profesaba y la piedad cristiana le obligaba a darse priesa tras el moro, y alcanzarle y darle de puñaladas por el atrevimiento y osadía que había tenido de hablar tan desvergonzadamente en desacato de la bienaventurada siempre Virgen sin mancilla». Y al llegar a una encrucijada, se lo dejó a la cabalgadura, según el camino que tomase, o para buscar al moro y matarle a puñaladas o para no hacerle caso. Y Dios quiso iluminar a la cabalgadura y «dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fué por el que era más apropósito para Ignacio». Y ved cómo se debe la Compañía de Jesús a la inspiración de una caballería.