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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 70: CAPÍTULO XLIV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO XLIV

Cómo Sancho Panza fué llevado al gobierno y de la soledad y pobreza de Don Quijote.

Partióse luego de esto Sancho para el gobierno de su ínsula, después de recibidos los consejos de su amo, y apenas se hubo partido Sancho, cuando Don Quijote sintió su soledad; tristísimo rasgo que nos ha conservado la historia. Y ¿cómo no había de sentir su soledad, si Sancho era el linaje humano para él y en cabeza de Sancho amaba a los hombres todos? ¿cómo no si había Sancho sido su confidente y el único que le oyó aquello de los doce años en que había querido en silencio a Aldonza Lorenzo más que a la lumbre de sus ojos, que la tierra comería un día? ¿no estaba entre ellos dos solos el secreto misterioso de su vida?

Sin Sancho Don Quijote no es Don Quijote, y necesita el amo más del escudero que el escudero del amo. ¡Cosa triste la soledad del héroe! Porque los vulgares, los rutineros, los Sanchos, pueden vivir sin caballeros andantes, pero el caballero andante ¿cómo vivirá sin pueblo? Y es lo triste que necesita de él, y ha de vivir sin embargo solo. ¡Oh soledad, oh triste soledad!

Encerróse Don Quijote a solas, sin consentir le sirvieran doncellas, y a la luz de dos velas de cera, se desnudó, y al descalzarse ¡oh desgracia indigna de tal persona! se le soltaron, no suspiros ni otra cosa que desacreditase la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media que quedó hecha zelosía. Afligióse en extremo el buen señor—añade la historia—y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata. Y a seguida diserta el historiador sobre la pobreza, y entre otras cosas dice: ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con la otra gente?

Agradezcamos al puntualísimo historiador de Don Quijote el que nos haya conservado este suceso íntimo del habérsele suelto al caballero las dos docenas de puntos de la media y de su aflicción por ello. Es algo de una profundísima melancolía. Quédase el héroe a solas y encerrado en su aposento, lejos de los hombres, y cuando éstos le creen acaso con la mente ocupada en sus futuras empresas o encendiéndose en nuevos anhelos de perdurable gloria, está el buen señor—¡y qué bien cae lo de llamarle buen señor en este caso!—afligido por el soltamiento de los puntos de la media.

¡Oh pobreza, pobreza!—digo yo también—y ¡cómo ocupas las soledades de los caballeros andantes y de los hombres todos! Por no confesarse pobre se deslustra el héroe, y sus desmayos y aflicciones y tristezas es porque se le deshicieron las medias y no tiene con qué sustituirlas. Le veis triste, le veis abatido, juzgáis que el desaliento le gana o que el caballeresco ánimo se le mengua, y no es sino que piensa en lo mucho que rompen botas sus hijitos. ¡Oh pobreza, pobreza, y cuándo te llevaremos de bracete con la vista alta y el corazón sereno! El más terrible enemigo del heroísmo es la vergüenza de aparecer pobre. Pobre era Don Quijote y al verse con las medias sueltas de puntos, se afligía. Arremetió a molinos, embistió a yangüeses, venció al vizcaíno y a Carrasco, esperó a pie firme y sin temblar al león, para venir a afligirse luego de tener que presentarse ante los Duques con la media deshecha, mostrando su pobreza. ¡Tener que hacer un papel en el mundo siendo pobre!

¿Y si los pobres mundanos supiéramos el descanso que da el hacer voto de pobreza y no avergonzarse de ella? Íñigo de Loyola, a imitación de otros fundadores, instituyó voto de pobreza en la Compañía por él fundada, y de cuán bien les va a sus hijos con ella nos certifica el P. Alonso Rodríguez en el capítulo III del Tratado III de la Tercera parte de su Ejercicio de perfección. En que nos dice que si deja uno criados en el mundo, halla en la Compañía muchos que le sirvan, y que «si vais a Castilla, a Portugal, a Francia, a Italia, a Alemania, a las Indias y a cualquier parte del mundo, hallaréis que nos tienen ya puesta allá casa con otros tantos oficiales de asiento», por manera que dejando las riquezas del mundo «más señor sois vos de las cosas y riquezas del mundo que los mismos ricos; que no son ellos los señores de sus haciendas y riquezas sino vos», y así, en efecto, entienden muchos de los jesuitas. Y agrega con mucho tino el buen Padre que mientras el rico está dando vuelcos de noche porque su hacienda y riquezas le quitan el sueño, el religioso «¡cuán sin cuidado y sin tener cuenta si vale caro o barato, o si es buen año o malo, lo tiene todo!».

También el pobre Don Quijote hizo algo así como voto de pobreza al principio de su carrera y salió de su casa sin blanca y se negaba a pagar, creyéndose libre de ello por fuero de caballería, mas el ventero que le armó caballero le persuadió a que llevase dineros y camisas limpias y le obedeció vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas. Y por haber así quebrantado su voto de pobreza, la pobreza le persigue y le acuita, y se acongoja al soltársele los puntos de las medias.

¡Oh pobreza, pobreza!, antes que confesarte preferimos pasar por bellacos, por duros de corazón, por falsos, por malos amigos y hasta por viles. Inventamos miserables embustes para rehusar lo que no podemos dar por carecer nosotros de ello. La pobreza no es la escasez de recursos pecuniarios para la vida, sino el estado de ánimo que tal escasez engendra; la pobreza es algo íntimo, y de aquí su fuerza.

¡Oh necesidad infame, a cuántos honrados fuerzas
A que por salir de ti, hagan mil cosas mal hechas!

como dice el tan sabido romance refiriéndose al engaño con que el Cid sacó dinero a los judíos, dándoles un arca llena de arena.

Mira a ése; no sale de casa sino a favor de las espesas sombras de la noche, porque entonces no se ve cómo su traje relumbra de puro roce; tiene vergüenza de aparecer pobre más aún que de serlo. Mira ese otro; es un Catón, un hombre rígido e incorruptible; repite cada día que hay que predicar con el ejemplo y la pureza de la vida, mas en cuanto se mete a murmurar, no inquiere sino cuánto gana éste o cuánto tiene aquél y no hace sino pensar en lo cara que es la vida.

¡Oh pobreza, pobreza!, tú has hecho el hediondo orgullo de nuestra España. ¿No conocéis acaso el orgullo de la pobreza y de la más baja y declarada, de la pobreza del mendigo? Es cosa maravillosa que sea la pobreza, lo que más nos afrenta y aflige, una de las cosas que nos dé más orgullo. Aunque no sea sino orgullo fingido y un modo de encubrir aquélla; es una vergüenza disfrazada de orgullo para defenderse, como el miedo de esos inofensivos animalitos que lo disfrazan de terribilidad y se ponen amedrentadores, hinchándoseles la gola cuando más muertos de miedo se sienten. Sucede con esto como con aquello de que muchos se ensoberbezcan de su humildad.

Es menester que os fijéis en la gravedad y aun altanería con que pordiosean muchos pordioseros. Os contaré un caso al propósito y es el de un mendigo que acostumbraba a pedir a un señor los sábados, y una vez le pidió no siendo sábado y aquél le dió una perra chica, mas percatándose luego de habérsela dado en día no sábado, le llamó al mendigo la atención sobre ello, rogándole no se saliese de la costumbre. Y al oir esto el mendigo, le alargó la limosna, devolviéndosela, y le dijo: «¿Ah, pero ahora salimos con ésas? Tome, tome su perra chica y busque otro pobre». Que es como si dijera: ¿Conque vengo a hacerle la merced de ponerle en ocasión de que ejercite la virtud de la caridad y gane así méritos para el cielo, y me viene con condiciones y reparos? Tome, tome su limosna, y busque quien le favorezca en tomársela.

Y ¡oh pobreza la más triste y miserable de todas, la de tener que presentarse con las medias enterizas, la de tener que conservar el traje del papel que en la comedia del mundo representamos! Triste caso es el del pobre cómico que no puede mudarse de camisa y tiene que guardar y limpiar y conservar enteros los disfraces con que se gana su vida en el tablado; triste caso es no tener en las crudas noches del invierno una pobre capa con que guardarse del frío y tener que guardar el vistoso manto con que se hace el papel de rey en la comedia. Y más triste aún que no pueda uno en esas noches abrigarse con el manto teatral.

Don Quijote se afligía y avergonzaba de tener que aparecer pobre. Era, al fin, hijo de Adán. Y Adán mismo, nos cuenta el Génesis (cap. III, versículos 7 a 10) que después que hubo pecado conoció estar desnudo, es decir, que era pobre, y al llamarle Dios se escondió, y es que tenía miedo por verse desnudo. Y el miedo a la desnudez, a la pobreza, ha sido siempre y sigue siendo el primer resorte de acción de los pobres mortales. Terribles fueron aquellos tenebrosos tiempos medievales, hacia el milenio, cuando empujaba a los espíritus más que el ansia de la gloria celestial, el temor al infierno, pero ¿no veis que en nuestra sociedad es más el horror a la pobreza que no la sed de riquezas lo que lanza a los más de los hombres a sus más locas empresas? Es más avariciosidad que ambición lo que nos mueve, y si examinamos a los que pasan por más ambiciosos, encontraremos un avaro dentro de ellos. Toda garantía nos parece poca para preservarnos y preservar a los nuestros de la tan aborrecida y tan temida pobreza, y amontonamos riquezas para taparle todo agujero por donde se nos meta en casa. El delito hoy, el verdadero delito, es ser pobre; aquellas de nuestras sociedades que se dicen más adelantadas y cultas, distínguense por su odio a la pobreza y a los pobres; nada hay más triste que el ejercicio de la beneficencia. Diríase que se quiere suprimir los pobres, no la pobreza, exterminarlos, como si se tratase de exterminar una plaga de animales dañinos. Se trata de acabar con la pobreza no por amor al pobre, sino para que su presencia no nos recuerde el terrible término.

Y ¿qué de extraño tiene que se buscase el cielo no más que por huir de la indigencia? El ansia de renombre y fama, la sed de gloria que movía a nuestro Don Quijote ¿no era acaso en el fondo el miedo a oscurecerse, a desaparecer, a dejar de ser? La vanagloria es, en el fondo, el terror a la nada, mil veces más terrible que el infierno mismo. Porque al fin en un infierno se es, se vive, y nunca, diga lo que dijere el Dante, puede mientras se es, perderse la esperanza, esencia misma del ser. Porque la esperanza es la flor del esfuerzo del pasado por hacerse porvenir y ese esfuerzo constituye el ser mismo.

Y ven ahora acá, mi Don Quijote, y llama a tu Alonso el Bueno, y dime: esa tu vergüenza de ser pobre ¿no entró, en parte al menos, en la grandiosa vergüenza que te impidió declararte a Aldonza Lorenzo? Tú conocías lo de «contigo pan y cebolla» y algo más que pan y cebolla podías ofrecerla, como era una olla de algo más vaca que ternera, salpicón las más noches, lantejas los viernes... y algún palomino de añadidura los domingos, pero ¿era eso bastante para ella? Y aun siéndolo ¿lo sería para los frutos que de vuestro amor pudiesen nacer?... Pero dejo esto, pues sé bien cuán profundamente te conmueves y ruborizas si se te habla de ello.

No nos extrañe, pues, que Don Quijote se recostase pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía, como de la irreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los puntos aunque fuera con seda de otro color, que es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza. Y ¡qué maravillosa conjunción la que el historiador establece aquí entre la soledad y la pobreza de Don Quijote! ¡Pobre y solo! Aún se puede soportar la pobreza en compañía o la soledad en riqueza, pero ¡pobre y solo!

¿De qué le servían, estando pobre y solo, los requiebros del Altisidora? Hizo bien en cerrar la ventana al oirlos.